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Autoestima

Les noisettes («Avellanas», 1882).


Pintura de William-Adolphe Bouguereau. Los humanistas consideran que las artes tienen un papel importante
en la psicología.
La autoestima es un conjunto de actitudes que dependen de las percepciones, pensamientos, evaluaciones,
sentimientos y tendencias de comportamiento dirigidas hacia nosotros mismos, hacia nuestra manera de ser y de
comportarnos, y hacia los rasgos de nuestro cuerpo y nuestro carácter. En resumen, es la percepción evaluativa
de uno mismo.1
La importancia de la autoestima estriba en que concierne a nuestro ser, a nuestra manera de ser y al sentido de
nuestra valía personal. Por lo tanto, no puede menos de afectar a nuestra manera de estar y actuar en el mundo y
de relacionarnos con los demás. Nada en nuestra manera de pensar, de sentir, de decidir y de actuar escapa a la
influencia de la autoestima.1
Abraham Maslow, en su jerarquía de las necesidades humanas, describe la necesidad de aprecio, que se divide
en dos aspectos, el aprecio que se tiene uno mismo (amor propio, confianza, pericia, suficiencia, etc.), y el
respeto y estimación que se recibe de otras personas (reconocimiento, aceptación, etc.). La expresión de aprecio
más sana según Maslow es la que se manifiesta «en el respeto que le merecemos a otros, más que el renombre,
la celebridad y la adulación».2
Carl Rogers, máximo exponente de la psicología humanista, expuso que la raíz de los problemas de muchas
personas es que se desprecian y se consideran seres sin valor e indignos de ser amados; de ahí la importancia
que le concedía a la aceptación incondicional del cliente.1 En efecto, el concepto de autoestima se aborda desde
entonces en la escuela humanista como un derecho inalienable de toda persona, sintetizado en el siguiente
«axioma»:
Todo ser humano, sin excepción, por el mero hecho de serlo, es digno del respeto incondicional de los demás y
de sí mismo; merece estimarse a sí mismo y que se le estime.1
En virtud de este razonamiento, incluso los seres humanos más viles merecen un trato humano y considerado.
Esta actitud, no obstante, no busca entrar en conflicto con los mecanismos que la sociedad tenga a su
disposición para evitar que unos individuos causen daño —sea del tipo que sea— a otros.1
El concepto de autoestima varía en función del paradigma psicológico que lo aborde (psicología humanista,
psicoanálisis, conductismo). Desde el punto de vista del psicoanálisis, radicalmente opuesto, la autoestima está
relacionada con el desarrollo del ego; por otro lado, el conductismo se centra en conceptos tales como
«estímulo», «respuesta», «refuerzo», «aprendizaje», con lo cual el concepto holístico de autoestima no tiene
sentido. La autoestima es además un concepto que ha traspasado frecuentemente el ámbito exclusivamente
científico para formar parte del lenguaje popular. El budismo considera al ego una ilusión de la mente, de tal
modo que la autoestima, e incluso el alma, son también ilusiones; el amor y la compasión hacia todos los seres
sintientes y la nula consideración del ego constituyen la base de la felicidad absoluta. En palabras de Buda, «el
budismo no es el camino hacia la felicidad, la felicidad es el camino».3
CONSECUENCIAS DE BAJA AUTOESTIMA

Una baja autoestima puede desarrollar en los niños sentimientos como la angustia, el dolor, la indecisión, el
desánimo, la pereza, la vergüenza, y otros malestares. En razón de eso, el mantenimiento de una autoestima
positiva es una tarea fundamental a lo largo del crecimiento de los niños.
Dentro de cada uno de nosotros existen sentimientos ocultos que muchas veces no los percibimos. Los
malos sentimientos, como el dolor, la tristeza, el rencor, y otros, si no son remediados, acaban por
convertirse y ganar formas distintas. Estos sentimientos pueden llevar a una persona no solo a sufrir
depresiones continuas, como también a tener complejo de culpabilidad, cambios repentinos del humor,
crisis de ansiedad, de pánico, reacciones inexplicables, indecisiones, excesiva envidia, miedos,
hipersensibilidad, pesimismo, impotencia, y otros malestares.

FALTA DE INTERÉS Y VALOR PROPIO

Una baja autoestima también puede llevar a una persona a sentirse desvalorada y, en razón de eso, a estar
siempre comparándose con los demás, subrayando las virtudes y las capacidades de los demás. Los ven
como seres superiores a ella. Siente que jamás llegará a rendir como ellos. Esta postura le puede llevar a no
tener objetivos, a no ver sentido en nada, y a convencerse de que es incapaz de lograr cualquier cosa a que
se proponga. Lo que le pasa es que no consigue comprender que todos somos distintos y únicos, y que nadie
es perfecto. Que todos nos equivocamos y volvemos a empezar.

Es dentro del ambiente familiar, principal factor que influye en la autoestima, donde los niños van creciendo
y formando su personalidad. Lo que su familia piensa de él, es de fundamental importancia. En razón de
eso, es recomendable que a los padres no se les escapen los logros que conquistan sus hijos. Si el bebé
empieza a caminar pero los mayores ven la situación como una obligación y no como una conquista del
bebé, la criatura no se sentirá suficientemente estimulada para seguir esforzándose para conseguir otros
logros, para superarse.

Lo importante en todo el proceso de crecimiento de nuestros hijos es que demos a ellos la posibilidad de ser,
de sentirse bien con ellos mismos. Que nuestro esfuerzo esté vinculado al afecto, al cariño, a la observación,
a valorar sus calidades y apoyarle cuando algo va mal. Y para eso es necesario conocerles cada día,
favoreciendo los encuentros, las conversaciones, el contacto físico.

Tener una autoestima sana y bien desarrollada (o alta, como generalmente se dice) es reconocer
nuestro valor inalterable como seres humanos, es decir, estar convencidos que somos valiosos como
personas (y que ese valor no cambia y no disminuye aunque hagamos algo mal) y que somos
capaces de enfrentarnos a los problemas de la vida (o de aprender a hacerlo, porque tenemos esa
capacidad, aunque no esté desarrollada).

La autoestima elevada es una actitud ante la vida, basada en la confianza en mí mismo y en la


satisfacción que siento, por ser lo que soy, basado en el planteamiento anterior.

Es estar a gusto conmigo mismo y con mi vida en general, aunque haya aspectos que no me gusten
y que quiera cambiar.
No es, pensar que estoy satisfecho, porque creo que soy perfecto.

Es tener la convicción de que soy capaz de salir adelante en la vida. De resolver los problemas que
se me prsenteno de buscar la ayuda necesaria para solucionarlos.

Es reconocer mis errores para corregirlos y en la medida de lo posible, no volver a cometer esos
mismos errores. Sabiendo que voy a cometer otros y que me voy a tener que enfrentar a sus
consecuencias. Pero que los errores no me cambian, ni me hacen inferior.

Una persona con autoestima alta no niega los problemas, fracasos, errores y sufrimiento, ya que son
parte de la vida. Pero se siente capaz de enfrentarlos y superarlos.
No les teme, porque está convencido de que los resultados de sus experiencias y conductas, sean
positivos o negativos, no cambian su valor como persona. No lo hacen ni mejor ni peor persona. Por
lo tanto, se puede sentir mal momentáneamente, pero lo supera.

Una persona con mucho ego, es lo que llamamos tener una autoestima inflada.

La persona con un gran ego está centrada en sí misma, piensa que todo lo que sucede está
relacionada con ella y quiere que todo sea como ella quiere.

Esta actitud la tienen los niños, Pero al crecer e ir madurando, vamos tomando consciencia de la
realidad, aprendiendo a deslindar responsabilidades, a “ver” y tomar en cuenta a los demás,
aprendiendo lo que implican las relaciones, el respeto a los demás, las consecuencias, etc.

Una persona con mucho ego puede parecer que tiene muy buena autoestima porque lo vemos exigir
lo que quiere, pensar que tiene la razón, hablar sobre sus logros y habilidades, etc., pero no lo hace
porque está muy seguro de sí mismo.

Al contrario, es una persona insegura, aunque no lo reconoce, que está tratando de ocultar y
compensar esa inseguridad.

El ego es, para la psicología, la instancia psíquica a través de la cual el individuo se reconoce como
yo y es consciente de su propia identidad. El ego, por lo tanto, es el punto de referencia de los
fenómenos físicos y media entre la realidad del mundo exterior, los ideales del superyó y los instintos
del ello.
Ego para el psicoanálisis freudiano el ello (id) está compuesto por los deseos y los impulsos. El
superyó (superego), en cambio, está formado por la moral y las reglas que un sujeto respeta en la
sociedad. El yo (ego), por último, es el equilibrio que permite que el hombre pueda satisfacer sus
necesidades dentro de los parámetros sociales.

Aunque algunas corrientes rechazan esta división de la mente en tres personas diferenciadas, para
Sigmund Freud la personalidad humana está compuesta tanto por los elementos concientes como
por los impulsos inconscientes.

El ego, que evoluciona con la edad, intenta cumplir con los deseos del ello de manera realista y
conciliándolos con las exigencias del superyó. El yo, por lo tanto, cambia con el paso del tiempo y de
acuerdo al mundo externo.

Freud cree que el ego trasciende el sentido de uno mismo para convertirse en un sistema de
funciones psíquicas de defensa, funcionamiento intelectual, síntesis de la información y memoria,
entre otras. El yo supone el primer paso del propio reconocimiento para experimentar alegría, castigo
o culpabilidad.

En el lenguaje coloquial, por último, se suele hacer referencia el ego como exceso de autoestima.
Por ejemplo: “Este actor tiene tanto ego que, en algún momento, va a chocar contra una pared”.

Se conoce como egoísmo al amor excesivo que una persona tiene sobre sí misma y que la lleva a
atender sólo su propio interés, sin interesarse por el bienestar ajeno. El egoísmo es, por lo tanto, lo
opuesto al altruismo.