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LAS COMUNIDADES EN LA

REGION DE HUAMANGA
1824 - 1968
Jaime Urrutia Ceruti*
Antonio Adriano Araujo**
Haydeé Joyo***

* Profesor de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga.

**Estudiante de Historia de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga.

***Estudiante de Historia de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga.

[Material editado para su divulgación por el “Portal del Sarhuino” en España 2011].
LAS COMUNIDADES
EN LA REGIÓN DE HUAMANGA
1824-1968

Jaime Urrutia Ceruti*


Antonio Adriano Araujo**
Haydeé Joyo***

REFLEXIONES GENERALES

Es un reto demasiado grande pretender siquiera esbozar una


historia de la comunidades en nuestra región, sobre todo si
tenemos presente que no se dispone de estudios monográficos
suficientes, por un lado, y, por otro, que nos enfrentamos al vacío
de investigación del siglo XIX en nuestro espacio huamanguino.
Solo es posible, entonces, delinear algunas ideas surgidas de una
investigación en curso que, recurriendo básicamente a los
documentos existentes en el Archivo Departamental de Ayacucho,
trata de definir los procesos centrales y las realidades básicas por
las que han atravesado las comunidades en nuestra región rural.
De otra parte, el «ritmo» registrado en los documentos sobre
hechos relacionados con la vida de las comunidades es «lento»,
negando casi al silencio por muchos años, lejano durante

*
Profesor de la Universidad San Cristóbal de Huamanga.
**
Estudiante de Historia de la Universidad San Cristóbal de Huamanga.
***
Estudiante de Historia de la Universidad San Cristóbal de Huamanga.
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otros; apenas nos llegan -en una documentación hecha por y para
mistis- ecos de la vida campesina de los siglos XIX y XX. Quedan
definidas, pues, las limitaciones para un trabajo más profundo
La primera suposición generalizada es aquélla que señala que
la pérdida de recursos comunales en momentos inmediatamente
posteriores a la independencia -gracias, fundamentalmente, a los
decretos emanados de las constituciones liberales que veían en la
posesión comunal de los recursos un freno para el desarrollo del
capitalismo en el país- posibilitó el crecimiento de la gran propiedad.
Si nos remitimos a los juicios registrados por la Corte Superior de
Justicia, es recién —en términos globales- a partir de 1835 y hasta
1855 que las comunidades parecen resistir una mayor presión de
parte de los hacendados sobre los recursos que disponen (ver
cuadro l); pero, luego de 1855, esta presión aparentemente
disminuye y, más bien, son las propias haciendas las que enfrentan
el inicio de un largo ciclo de parcelación y litigios entre ellas. La
curva de diezmos en la región nos demuestra la contracción de la
economía luego de la independencia, en un proceso de declinación
iniciado en plena guerra separatista; este proceso de contracción
se acentúa precisamente en el período que se señala (cuadro 1)
como el de mayor «agresividad» de la hacienda sobre los recursos
comunales.
De hecho, el espacio regional no es homogéneo en cuanto a la
propiedad de la tierra; en otro trabajo (Urrutía 1981) hemos señalado
que las provincias norteñas son territorios casi exclusivos de
haciendas, si bien este nombre involucra propiedades muy disímiles
entre sí; desde el gran latifundio de la quebrada de San Miguel o de
las punas hasta los «funditos» de los valles adyacentes a la ciudad
de Huamanga (ver mapa l). En este «mar» de haciendas, cuyo
centro es la misma ciudad de Huamanga, «navegan» algunas de
las comunidades más grandes de la región, convertidas con la
república en capitales de distrito y fuentes de mano de obra y de
conflictos para la gran propiedad: Vinchos, Socos, Quinua,
Huamanguilla, por citar las más importantes; la realidad del sur,
desde las alturas de Pampa Cangallo hasta el Sarasara, muestra
una presencia comunera con recursos básicamente altoandinos y
de zona quechua, no «atosigada» por las haciendas, si bien algunas
de éstas existen en todas las regiones.
De aquellas comunidades «sumergidas» en el mar de
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Cuadro 1
Juicios que involucran comunidades (1821-1900)

Motivo 1825-35 1836-45 1846-55 1856-65 1866-75 1876-85 1886-95 1896-1900 Total
Intercomuncales por
tierra, etc. - - 3 1 4 1 3 4 16
Abusos autoridades
(nacionales) 4 6 3 1 1 1 4 2 22
Oposic. a tributo/con
tribuc., mita, diezmos, 3 3 2 - - - 5 1 14
etc.
Motín/levantamiento
(por varios) 1 1 3 - - 1 9 2 17
Comunidad contra
hacienda 2 7 9 5 5 1 6 3 38
Comunidad contra cura - 2 - - - - 3 1 6
Comunidad contra par-
ticulares 4 3 4 2 - - 1 3 17
Abigeato 1 - 1 - - - - - 1
Intercomunales por
abigeato - 1 - - - - 1 2

TOTAL 15 23 24 9 10 4 32 16 133

431
432
haciendas se desprenderán muchas otras pequeñas a lo largo
del presente siglo, en un proceso contemporáneo con la
decadencia de las haciendas; pero es también allí, en esas grandes
comunidades cuya mayoría proviene de importantes núcleos
mitimaes prehispánicos que surgirán, originariamente, procesos
de privatización de recursos y diferenciación interna, asi como de
disolución de instituciones tradicionales; tanto la calidad de los
recursos mismos cuanto la cercanía y relación con los circuitos
mercantiles contribuyen a ese proceso de disgregación comunal;
en el sur, en cambio, sólo a fines del siglo pasado se inicia la
compra-venta en las comunidades, aunque el proceso tan
fácilmente enunciado no se presenta con tal claridad, puesto que
comunidades como Sarhua, por ejemplo, disponen a inicios de
siglo, como veremos, luchas contra la privatización, como única
vía para evitar una marcada diferenciación y una concentración
abusiva de recursos en manos de algunos comuneros.
Nosotros partíamos en nuestra investigación del supuesto que
en un período de contracción económica, y ante la expansión de las
haciendas, los conflictos intercomunales también aumentaban
significativamente; de hecho, son pocos los conflictos registrados en
el siglo XIX, si bien debe tenerse en cuenta que muchos de estos
conflictos no transitaron por papeles ni corredores de la justicia misti,
por lo cual sería necesario seguir el rastro casi en cada arcón comunal,
pues continuamos en la suposición de conflictos mucho más
numerosos y sostenidos de los que hemos hallado (ver cuadros 2 y
3). Para el siglo XIX, y desde la independencia, son menos de 20 los
conflictos iniciados en los tribunales por comunidades contra otras
comunidades, reconociéndose en ellos, básicamente, los antológicos
y brutales enfrentamientos de las comunidades de la cuenca del
Qaracha, territorio libre de haciendas (Lucanamarca, Sarhua,
Huancasancos, Espite), y los otros enfrentamientos de la «banda de
enfrente» (Chuschi, Quispillaqta, Vinchos). En 1875, un juicio embarca
a casi todas ellas en la defensa de lo que cada una considera sus
linderos de pastos; es, como veremos, el inicio del ciclo ganadero en
la región (ver Montoya, 1980), y los recursos posiblemente se vuelven
más codiciables que en otras coyunturas. De hecho, las quejas contra
las autoridades locales (gobernador, juez de paz y cura) son más
frecuentes en los documentos registrados antes de la guerra con
Chile, lo cual no descarta el siempre latente conflicto por linderos,
433
GRÁFICO No. 11

434
DIEZMOS EN HUAMANGA
abigeato o aguas que hace explotar, a veces con violencia, los
equilibrios intercomunales del sur de la región.
La estructura de dependencia de las comunidades implica,
ya lo dijimos, la intermediación abusiva de dos autoridades
locales: gobernador y juez de paz. A partir de su posición de
poder, los gobernadores intentarán, como mistis que son,
apropiarse de recursos en el ejercicio de su cargo -los ejemplos
abundan a lo largo del siglo XIX, y los curacas, varayos, etc.
intentarán proteger los recursos comunales:
«Agustín Pacheco, Cayetano Benítez, Manuel Alfaro,
Manano Yrilla (y otros)... y demás curacas y cobradores
del distrito de Anco... no podíamos sufrir tanta
hostilización de este Sr. Tello con nombre de
Gobernador... que desde que nos invocó con nombre
de gobernador... estamos tan hostilizados... y hace
degollar nuestros animalitos...» (JPI: leg. 5 1; Cuad. 039,
1843).
Frente a las autoridades directamente representativas del
orden estatal y de sus leyes, con presencia cada vez más
creciente, las comunidades se organizan alrededor de una
jerarquía interna de cargos que, con ligeras variantes en
algunas zonas, culmina en los varayos como autoridades
máximas representativas de cada comunidad; aún en la mitad
del siglo XIX se mencionan «curacas» como personajes
representativos en juicios seguidos por comunidades, tal como
vimos en la cita anterior, pero a lo largo del siglo XIX la mención
a éstos irá desapareciendo, para hacer prevalecer la autoridad
de los alcaldes «de vara» y alcaldes «de campo» quienes, hacia
el último tercio del siglo pasado, ya detentan la máxima autoridad
al interior de las comunidades. La dualidad de alcaldes coincide
con otra dualidad bastante extendida en la región y que
permanece en muchas comunidades aún en nuestros días;
Hanan y Hurin son muchas veces elementos de referencia
cuando se trata de litigios en las comunidades; estas mitades
son consideradas «ayllus», diferenciándose de divisiones de
otro tipo, como la de ayllus de mitimaes en comunidades
también de la región y también vigentes durante el siglo
pasado: «tierras de la comunidad de Quinua del ayllu.
Anansayocc» y «tierras del ayllu Cañari», ambas de la comunidad de
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CUADRO No. 2
Comunidades en Litigios
Comunidad Parte Año Motivo
Contraria
Acosvinchos matrimonio 1825 Robos y abusos
Iquicha Estado 1825/1840 Levantamiento
Socos hacendado 1826 Despojo de tierras
Totos-Paras diezmero 1827 Oposición a diezmos
Huayhuaca hacendado 1828 Tierras
Quinua tintillero 1828/1843 Posesión ilegal de tierras
Acosvinchos usurpador Tierras usurpadas por deuda
Vinchos
Socos
Paccha municipalidad 1831 Oposición a reparar puente
del Pongora
Tambillo diezmero 1831 Abusos físicos para cobrar
diezmos
Cachi gobernador 1831 Abuso de autoridad
Chiara gobernador 1831 Abuso de autoridad
Parqay vecino 1833 Despojo de tierra a 35
indígenas
Santiago hacendado 1835 Asonada y ocupación de
tierras
Hualla gobernador 1835 Abuso de autoridad
Huamanguilla familia 1836 Pertubar tierras de comuni-
dad
Hualla Estado 1837 Motín contra contribución
Ccarhuauran juez de paz 1838 Abusos para obtener regalos
Vischongo gobernador 1838 Abusos para obtener regalos
Quinua gobernador 1838 Abuso en contribuciones
Chusqui/Quis-
pillacta Cachivinchos 1839 Robo de ganado y bienes
Huamanguilla hacendado 1840 Litigio por tierras
Quinua cura 1840 Litigio por tierras
Chaviña hacendado 1840 Litigio por tierras
Huambalpa intendente 1840 Abusos
Chanin Arr. Pomacocha 1841 Por privar de libertades indi-
viduales
Santiago juez de paz 1843 Excesos
Anco gobernador 1843 Hostilización para contribuir
Vinchos hacendado 1843 Litigio por tierras
Cachi-Vinchos monja 1844 Litigio por tierras
Comunidad Parte Año Motivo
Contraria
Colcabamba hacendado 1844 Flagelaciones, robos, asesinatos
Socos hacendado 1845 Entrega de documentos
Pacaycasa gobernador 1846 Oposición a contribución
Paccha juez de paz 1846 Abusos
Andamarca gobernador 1846 Despojo de tierras comunales
Pomabamba forastero 1846 Uso de tierras comunales
Cachivinchos monja 1846 Deslinde y propiedad de tierras
Socos Rancha 1846 Barbecho ilegal de tierras
Quinua gobernador 1847 Devolución de echaderos
Maynay hacendado 1848 Uso del agua de riego
Paquec/Chaco
Huamanguilla hacendado 1848 Despojo de tierras
Vinchos hacendado 1848 Despojo de tierras
Socos hacendado 1848 Despojo de tierras
Paccha hacendado 1848 Despojo de tierras
Pomabamba forastero 1846 Uso de tierras comunales
Cachivinchos monja 1846 Deslinde y propiedad de tierras
Socos Rancha 1847 Barbecho ilegal de tierras
Quinua gobernador 1848 Devolución de echaderos
Maynay hacendado 1848 Uso del agua de riego
Paquec
Chaco
Huamanguilla hacendado 1848 Despojo de tierras
Vinchos hacendado 1848 Despojo de tierras
Socos hacendado 1848 Despojo de tierras
Paccha hacendado 1848 Despojo de tierras
Chuschi forastero 1849 Oposición a compra de tierras
por forastero.
Pomabamba grupo indios 1850 Posesión de tierras
Quinua hacendado 1851 Litigio por tierras
desconocida Allarpo 1851 Litigio por tierras
Huamanguilla hacendado 1852 Litigio por tierras
Quinua hacendado 1852 Juicio por deuda anterior
Huamanguilla indígena 1852 Posesión incorrecta de tierras
Maynay Reg. Aguas 1852 Reparto arbitrario del riego
Quinua hacendado 1856/62 Litigio por tierras
Pinahua hacendado 1858 Litigio por tierras
Apucancha juez de paz 1859 Expropiación y despojo
injusto de tierras
Anchachuasi invasores 1861 Pide linderación para evitar
invasores
Comunidad Parte Año Motivo
Contraria
Chilcas familia 1861 Quieren quitarles «tierra de mita»
Cordoba hacendado 1861 Litigio por estancia y pastos
Rancha hacendado 1862 Usurpación de tierras
Poma gobernador 1866 Despojo de tierras comunales
Huando vecino Acoria 1870 Litigio con hacienda
Pomahuasi hacendado 1870/75 «Asonada», litigio por tierras
Acoria hacendado 1871/73 Deslinde, litigio por tierras
Sancos hacendado 1872/79 Compra de moyas comunales
Chigua hacendado 1872 Restitución de tierras de Hda.
Manta Auccara 1872 Deslinde de usurpac. Tierras
Lucanamarca Sarhua 1875 Pastos en litigio
Acobambilla Manta 1875 Litigio por tierras
Lucanamarca/Es-
pite/Chuschi/
Sarhua/Sancos/
Vilcanchos/Chiara vecino 1876 Usurpación de tierras
Huanta-Huanca municipio 1877 Remate ileg. de tierras comunales
Mamacocha hacendado 1878 Litigio por tierras
Tincacc Manchiri 1881 Deslinde por tierras
Colta Oyolo 1886 Acta de conciliación
Lorccaje Estado 1886 Levantamiento
Tambo Estado 1886 Levantamiento
Chuschi/Pujas gobernador 1887 Levantamiento contra
matrícula
Prov. Cangallo subprefecto 1887 Descontento de todas las comu-
nidades contra contribución
Socos cofradía 1887 Reclamo terr. a Pdte. Repúb.
Chihua hacendado 1888 Tierras de mita usurpadas
Huaribamba hacendado 1888 Litigio por tierras
Chihua hacendado 1888 Quieren cobrar deudas con
bienes comunales
Sancocirca hacendado 1889 Piden amparo de propiedad
Macachacra gobernador 1890 Oposición a contribución
Huaribamba Yanaconas 1890 Litigio por tierras
Anyama Antaparcco 1891 Desvío río en lluvias (daños)
En toda región 1891-93 Oposición a moneda feble
«boliviana»
Querobamba Estado 1892 Reparto «ilegal» tierr.p.varayos
Puente Anos 1893 Abigeato

438
Comunidad Parte Año Motivo
Contraria
Pampas hacendados 1893 Usur. de tierras comunales
Sta. Ana/S. Pedro cura 1893 Abuso tarifas eclesiásticas
Acosvinchos Estado 1893 Contra gobernador
Pampas/Cochamarca juez de paz 1894 Litigio por tierras
Totos gobernador 1894 Oposic.a nombram. Gobernad.
Challhuanca Estado 1894 Enfrentamiento de ejércitos
Huancasancos gobernador 1895 Cambio gobernad. P. Incompet.
Sancos comisario 1896 Abuso, multas y prisiones por
querer terrenos
Vilcas/Manchiri/
Tinca, etc.
Pomabamba Chivilla 1896 Oposición a entrega tierras en
posesión
Carapo cura 1896 «Primicias» atrasadas
Manchiri Estado 1896 Apoyo a Cáceres
En toda la 1896 Contra el impuesto a la sal
región
Ongoy hacendado 1896 Restitución de tierras
Huachuas hacendado 1896 Invasión hacienda p. Compra
Laramate vecino 1897 (?) Destrucción de cerco privado
Manchiri vecino Carapo 1898 Usurpac. De tierras comunales
Sancos vecino 1898 Usurpación de tierras y sgua
Ayahuanco gobernador 1898 Levantamiento contra gobern.
Sarhua vecino Lucanas 1898 Usurpac. De tierras
Sarhua Lucanamarca 1899 y ss. Arriendo de pastos y usurpac.
Quije hacendado 1899 ¿1939? Usurpac. De tierras

Fuentes: Corte Superior de Justicia, Juzgado de Primera Instancia, Prefectura,


Archivo Departamental de Ayacucho.

Pomabamba, son ejemplos mencionados en 1846, entre otros,


cuando ambas comunidades inician juicios por usurpación de
tíenus contra mistis o forasteros:
«José Yahuachi, ciudadano natural del pueblo de
Quinua, con permiso de mi señor gobernador y a nombre
de los alcaldes auxiliares, de los ministros de vara (así)
como los mayores de ambos ayllus Anansaya y
Lurinsaya de aquel pueblo».
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Cuadro 3
Principales litigios intercomunales registrados
entre 1824-1899
Demandante Demandado Año Motivo
Chusqui Cachivinchos 1839 Robo de ganado y bienes
Socos Rancha 1846 Barbecho ilegal de tierras
desconocido Allarpo 1851 Por posesión de tierras
Pomabamba varios indios 1850 Por posesión de tierras comunales
Anchachuasi (invasores) 1861 Pide linderación para evitar
invasores.
Manta Auccapa 1872/
1873 Usurpación de tierras
Lucanamarca Sarhua 1875 Pastos en litigio
Acobambilla/ Auccapa 1875 Litigio de linderos (varios presos)
/Manta
Lucanamarca/
Sarhua/Huanca-
sancos/Vilcanchos
Chuschi/Espite
Tincacc Manchiri 1881 Deslinde de pastos
Colta/Oyolo 1886 Acta de conciliación
(continuas luchas)
Anyama Antaparcco 1891 Daños por desvío de río en lluvias
Puente Ancos 1893 Abigeato
Pomabamba Chirilla 1896 Oposición a deslinde
Sarhua Lucanamarca 1898/
1955 Usurpación de tierras
Sarhua Lucanamarca 1898/ Arriendo de pastos y usurpación.

Está bastante claro que la autoridad de los alcaldes auxiliares


y varayos se subordina a las órdenes de los gobernadores, pero
también es claro que al interior de las comunidades los alcaldes
varas y «camayos» (ancianos) son quienes mantienen en el
siglo pasado el equilibrio del grupo y ocupan los espacios de
poder interno, actuando como elementos aglutinadores del
grupo que representan; en otras palabras, están plenamente
legitimados y sus decisiones son atendidas por los comuneros
involucrados en ellas; de allí que -al revisar los documentos del
juzgado, por ejemplo, se encuentren pocos casos donde los
litigios o conflictos internos entre indígenas hayan alcanzado
los tribunales de justicia-, mientras que los pleitos iniciados y
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desarrollados por «mistis» o forasteros parten de trámites
necesarios para la expropiación abusiva de los recursos de
indígenas. Ante los usurpadores o los ansiosos de apropiación,
las autoridades comunales son precisamente las Principales
enemigas; el gobernador aparece así en toda la dimensión de
su importancia y es la alianza con él la que resulta fundamental
y la que ampara todos los abusos cometidos contra los indígenas.

PERIODOS IDENTIFICABLES EN LAS COMUNIDADES DE LA


REGIÓN DE HUAMANGA (1824 -1968)

El estado actual de nuestra. investigación nos induce a


proponer, tentativamente, cuatro períodos, a nuestro parecer
identificables. Además de resultar un recurso metodológico, los
periodos que a continuación especificamos han sido fijados,
básicamente. en función de las tendencias y procesos centrales
reconocibles en las comunidades de la región.

1824-1870
Favre (1985) ha señalado, para el caso de los Asto de
Huancavelica, la finalización en 1830 del largo proceso de pérdida
de la identidad étnica, así como la paralela «homogenización
social» y la atomización política. Para el caso de Huamanga
habría quizá que reconocer el mismo proceso en la región de
haciendas, hacia el norte; mientras que en el sur la identidad se
mantiene un período mayor por ausencia de la gran propiedad.
De 1824 a 1870 el dominio ejercido por grupos descendientes
de mitimaes sobre los recursos, en su mayoría condicionó o
fortaleció actitudes comunales; si bien la disgregación de la
identidad étnica, —como señala Favre- parece ser ya una
evidencia a fines del siglo XVIII (siglo que aparece como el de
mayor agresividad de parte de la gran propiedad); de otra parte,
se insinúa también desde fines de ese siglo la recuperación
demográfica en toda la región (la visita de Huamanga de 1770
así lo muestra).
De la historia de comunidades luego de la independencia, resalta
la sublevación de los iquichanos -que durará casi hasta mediados
de siglo- y la oposición a ella del nuevo orden y sus clases
441
dominantes, que deben recurrir a comuneros libres (los
morochucos de Cangallo) para defenderla ciudad de Huamanga.
Pasado el peligro iquichano encontramos un aumento en las
quejas contra apropiación de tierras de parte de las haciendas.
Nos parece, como dijimos, que entre 1835 y 1855 la gran
propiedad tiende a acaparar recursos comunales.
La supresión en 1853 del tributo no implicó la eliminación
real de muchas cargas impuestas a los indígenas y comunidades
en la región y en todo el país; censos y contribuciones, los dos
mecanismos de exacción más extendidos, continuaron frenando
no sólo el desarrollo de las comunidades indígenas sino también
el de las mismas haciendas, que nunca pudieron librarse, a lo
largo de su historia, de las pesadas cargas tributarias que
impidieron una acumulación primitiva que hubiera generado otras
características de producción en la región. La toma de conciencia
por las comunidades ante el abuso es ilustrado con el siguiente
ejemplo:
«El proceso criminal contra el joven Mariano Flores por
denominarse protector de la comunidad e incentivar a
los indígenas a que no pagasen los censos y
contribuciones y a fuerza de pleito sacar libre las
haciendas de Huacaurara, Catarrara, Pampachacra,
Sayhuapata y otras para luego repartirse entre ellos (los
indígenas)». (CSJ, leg. 896, f. 6,1846-1869.)

Esta expresión de radicalismo en la comunidad de Quinua coincide


con la supresión del tributo ordenada por Castilla, precisamente en
Ayacucho, como mecanismo de obtención del apoyo indígena en su
lucha por el poder, lo que ha sido señalado por varios historiadores.
Sin embargo, a pesar de la supresión oficial o de protestas como la
reseñada, los impuestos continuaron apretando su tenaza y las
revueltas -si bien esporádicas, a veces muy violentas- no eliminaron
el sistema de impuestos ni variaron el orden por el cual este sistema
sobrevivía.
Al lado de los impuestos y las autoridades locales, del gobernador
y el juez de paz, la figura y el rol de los curas rurales –
»chacracurakuna», en el lenguaje popular huamanguino- resultan
claro ejemplo de las limitaciones a las que se enfrentan los indígenas.

442
Fueron los curas, creemos, los Principales acaparadores de
tierras y recursos comunales a lo largo del siglo XIX e inicios del
siglo XX; ser cura resultaba, al parecer, una vía de «acumulación
similar a la de comerciante, arriero o ganadero. Abundan los
testamentos en el Archivo Departamental de Ayacucho, como el
del presbítero Mariano Saturnino Muñoz, cura de Acobamba, en
Angaraes, quien llegó a su diócesis sin mayores bienes propios
y luego de varios años de ejercer en la zona incluye en su
testamento las haciendas Socos y Chaupimayo, las cuales dona
a su madre e hija, respectivamente; para salvarse en la eternidad,
destina el producto de la venta del ganado que se hallaba en
esas haciendas para, gastos al momento de «entregar su alma
al señor». Ejemplos como éste de 1864 pueden hallarse en
cualquier momento del siglo pasado y prácticamente en cualquier
rincón de la región; la dependencia ideológica indígena hacia el
cura resulta mayor que hacia cualquier otra autoridad, y los
chantajes ante las protestas de los comuneros son entonces
tomados con mucho mayor temor: imposibilidad de enterrar a
los muertos, de bautizarse, de realizar misas, etc. Los curas se
muestran inflexibles y rapaces cuando se trata de obtener las
«primicias» (derechos cobrados en especies) de las
comunidades, o aumentar arbitrariamente sus tarifas por
servicios:
«…habiendo puesto en conocimiento del P~ de esta
Doctrina D.D. Mariano M. Aybar, quien no ha dado
cumplimiento a dicho arancel, por el contrario ha
cobrado y cobra a su arbitrio, motivo por el que los
varayos a pedimento de la comunidad fueron a esa
ciudad (de Huamanga) a reclamar... y lejos de sacar
algún provecho en favor de este pueblo, se asegura
han sido reducidos a prisión y sometidos a juicio» (Pref.
Of. Rec.; S.P. Ayacucho; leg. 02,1893-1899).

Un escritor ayacuchano señala, para 1933:


«Es fácil observar que por esta manera de comprender
los trabajos agrícolas dándoles un carácter religioso, los
clérigos que desempeñan los curatos y las parroquias se
aprovechan para adjudicarse tierras, resultando a la larga

443
verdaderos hacendados o entregando el dominio de las
tierras a los conventos o iglesias que son los que en la
sierra van acaparando o inmovilizando los capitales»
(Parra, 1933: 17; el subrayado es nuestro).

El mismo Parra comenta agudamente el acaparamiento de


recursos comunales por las cofradías, indirectamente controladas
por el cura y pequeños grupos de poder al interior de las
comunidades: «como se ve, hasta los santos tienen interés en
las comunidades» (Ibid:18).
En resumen, los curas resultan la punta de lanza del sistema
de despojo permanentemente acechante sobre los recursos
comunales, lo cual motiva numerosas quejas y rebeliones contra
su autoridad a lo largo y ancho de la región.
Paralelamente a esta siempre depredadora presencia de los
chacracurakuna, luego de la mitad del siglo XIX parece reducirse
-como hemos señalado- la presión de las haciendas sobre los
recursos comunales, al iniciarse un proceso de fragmentación
por herencia y compra-venta de ellas, que se acentuará hacia
fines de siglo. Es significativa la relación de juicios entre supuestos
herederos registrados luego de la mitad del siglo XIX hasta el
presente siglo; en realidad, la mayor incidencia de juicios está
en relación con haciendas .que podríamos llamar «de segunda»
pequeñas o pobres en recursos, casi meramente proveedoras
de productos obtenidos con trabajo servil de los colonos o
yanaconas, para consumo de los propietarios rentistas; los líos
derivan incluso en agresiones físicas y juicios criminales. Creemos
que se reconocen dos procesos: de una parte, las tierras
comunales continúan sosteniendo, en términos generales, a los
grupos propietarios indígenas, a pesar de las leyes y trucos
existentes para despojarlos; de otra parte, se manifiestan
claramente los límites del desarrollo, e inclusive de la reproducción
del sistema de haciendas, pues la ola de litigios se une a las
cargas tributarias que limitan las posibilidades de acumulación o
de inversión por los hacendados.
Por otro lado, los litigios intercomunales, básicamente por tierras
de pastos de altura, mantienen los mismos niveles oficiales durante
todo el siglo XIX (ver cuadro 3).
Reconocemos que muchos de los conflictos existentes entre
444
las comunidades (dicho sea de paso, ¿existirán comunidades
vecinas colindantes?) no constan en los documentos registrados
en el Archivo Departamental de Ayacucho, por lo que proponemos
el estudio comparativo de comunidades vecinas a partir de los
documentos archivados por cada comunidad. Muchos de los
conflictos se han solucionado y se solucionan -por lo menos,
transitoriamente- con acuerdo escrito de las partes, y el método
de la historia local puede resultar tremendamente provechoso,
no sólo por los conflictos mismos que se puedan analizar sino
por la mejor aproximación a la evolución de las comunidades
«desde abajo».

1870-1915
En estos años son varias las coyunturas que inciden en la
evolución de las comunidades en la región, además de la
continuación de los procesos más lentos y sostenidos descritos
anteriormente. Nos parece encontrar en este período:
- La guerra con Chile y la crisis posterior.
- Un ciclo en alza ganadero-lanero, cuya curva está aún
por establecerse con precisión para toda la región..
- El aumento en la producción de trigo.
- Los intentos de «colonización» de la ceja de selva del
Apurímac.
La guerra con Chile movilizó distintamente al campesinado de
la región. Si bien no hubo casi acciones bélicas entre los ejércitos
beligerantes, salvo la resistencia en Huanta a la expedición chilena
destacada en persecución de Cáceres, las campañas de
resistencia incorporaron posiblemente importantes contingentes
de comuneros de la región; no hemos podido aún analizar cuáles
fueron los sectores que se incorporaron al ejército de Cáceres,
pero sublevaciones posteriores nos permiten insinuar una adhesión
muy definida en comunidades del río Pampas y de la zona de San
Miguel, a las cuales se unen los movilizados detrás (te los caudillos
caceristas locales, de los cuales Miguel Lazón, terrateniente de
Huanta, es el más destacado ejemplo. Además de estos sectores
campesinos, cabría recordar el apoyo al «ejército de la resistencia»
de parte de artesanos, pequeños Comerciantes y arrieros de la
misma ciudad de Huamanga, ejemplificado en el enfrentamiento
de Cáceres con Frías, en el llamado combate de Acuchimay.
445
Muy tentativamente podemos proponer la hipótesis que las
comunidades dueñas de sus recursos, sin interferencia de
haciendas, y los sectores populares urbanos más mercantiles, es
decir, morochucos, pequeños comerciantes, viajeros, artesanos,
minifundistas del valle de Huanta, así como comunidades ganaderas
del sur apoyaron o formaron parte del ejército de resistencia; por el
contrario, siervos y yanaconas, o miembros de comunidades
«esclavas» fueron relativamente indiferentes al conflicto. No está
demás recordar que en el centro del territorio terrateniente, la ciudad
de Huamanga brindó una acogida casi generosa, sin dificultades, a
la expedición chilena, y Cáceres impuso una y otra vez cupos a los
terratenientes huamanguinos, muchos de los cuales luego, por
opción lógica, se convirtieron en pierolistas activos.
En este período, la mejora en la demanda de ganado y lanas
benefició, sobre todo, a las comunidades del sur, dueñas de recursos
adecuados para participar en el mercado creciente de ganado en
pie y de fibra. Hasta fines del siglo pasado los circuitos de ferias,
que eran los que conectaban cíclicamente la demanda del mercado
con la oferta campesina, funcionaron dinámicamente en cada una
de las zonas donde aquéllas se realizaban (Urrutía 1982). Si bien la
creación en 1870 del departamento de Apurímac y el
desmembramiento oficial de la provincia de Andahuaylas restaron
cierto poder a la clase dominante ayacuchana, ello no hace sino
demostrar, entre otras cosas, el peso que los circuitos del sur habían
cobrado en la región.
Desde Huancasancos hasta Parinacochas, el impacto de la
demanda de ganado y lanas es mayor que en el resto de la región,
y los mecanismos de comercialización se enlazan con el uso del
poder local o los lazos establecidos en las comunidades:
«Los pocos que saben leer y que pueden ser
Gobernadores, reciben abilitaciones (sic) de los
obligados, colectores de ganados, esto reparten a los
tenientes que deben ganar algo, de modo que los
propietarios o dueños de res reciben el dinero ya
aquilatado, es una verdadera plaga la que existen (sic)
en esos pueblos» (Pref S.P. Luc. leg. 26, 1874-1899).

El crecimiento del abigeato -endémico en la región a lo largo de


su historia- alcanza cifras bastante preocupantes en las dos últimas
446
décadas del siglo pasado; las ferias, por supuesto, permiten
comercializar el ganado hurtado, como lo evidencia la
correspondencia prefectural:

«... mas aseguro a ud. que estando próximo (sic) a


realizarse la feria del Rosario, en la provincia de
Parinacochas, a principios del próximo mes
(noviembre) se encontrará en aquella (el acusado de
abigeato) pues concurren centenares de personas»
(PreL; Of. Rec. S.P. Lucanas, leg. 26,1874-1899).

En la provincia de Huamanga el principal cultivo mercantil


era el trigo, hasta su definitiva decadencia en las dos primeras
décadas del presente siglo, cuando su poca calidad y alto
precio lo colocaron en irremediable desventaja frente al trigo
o harinas importados.
No disponemos aún de series de producción y precios del
trigo en la región para el siglo XIX e inicios del presente, pero
si nos remitimos a la opinión de autores de entonces la queja
por el colapso de la producción es generalizada; debe
señalarse, igualmente, que en décadas anteriores al período
que estamos analizando este cultivo abarcaba áreas mayores.
Por su parte, y en mayor relación con la economía de las
comunidades, los intentos de colonización de la selva -ya
ocupada fundamentalmente en el cultivo de la coca- son
bastante mas continuos después de la guerra del Pacífico.
Las comunidades de la vertiente oriental disponían de acceso
directo a tierras de montaña, e inclusive nombraban
autoridades comunales allí, como fue el caso de Iquicha y
Chungui.
A los señalados corno procesos reconocibles en este
periodo debemos añadir que, entre 1885 y 1915, la región es
escenario de encuentros conflictivos en los que participarán
como actores Principales las comunidades: oposición a la
tributación y la «matricula», rebelión contra el impuesto a la
sal, oposición a autoridades pierolistas, oposición al trabajo
gratuito en las ciudades y larga Protesta contra la introducción
de la moneda feble, llamada «boliviana».
447
La oposición a la contribución es bastante más generalizada de
lo que se pueda haber pensado, y las «asonadas» contra ellas se
suceden, desde 1887, en muchas. comunidades de Cangallo, Víctor
Fajardo y Lucanas. El Estado quiere cargar la crisis de la posguerra
en los indígenas y éstos se resisten tenazmente; lo demuestra en
1896 la rebelión contra el impuesto a la sal, impulsada violentamente
por los campesinos y comunidades de Huanta, La Mar y Huamanga.
Inclusive el argumento usado por los enemigos de Lazón, el caudillo
cacerísta latifundista de Huanta, es que éste pretendía el pago de
la contribución personal; la protesta contra este rumor
desencadenará la muerte del mismo Lazón y la violenta represión
de las comunidades en 1890. El fenómeno se repite en Cangallo y
en Lucanas, donde:

« ... los indígenas de esta población se resisten a ser


matriculados en el Padrón General de Contribuciones de
esta provincia; parece que hubiese una mano oculta que
instigue a aquellos para tal resistencia» (Pref. Oí. Rec.,
S.P. Luc. leg..26,1874-1899).

Las autoridades caceristas en ejercicio achacan a sus enemigos


pierolistas lo que era una protesta legítima y generalizada.
Los desaciertos de la política gubernamental se ahondan con la
introducción de la llamada moneda feble, que genera una masiva
respuesta de protesta en toda la región por la pérdida de liquidez
que significaba su cambio.
Esta protesta nos revela que, además de los sectores urbanos
relacionados con la circulación mercantil, el uso de dinero en efectivo
de alguna manera está presente también en la vida de las
comunidades, pues las quejas no sólo provienen «(del) comercio,
sino de los vecinos y especialmente de la clase trabajadora y
menesterosa de los diversos pueblos» como dice el subprefecto
de Parinacochas en 1891. El motín, en 1892, de los sectores
populares de la ciudad de Huamanga es el máximo momento de
oposición, pero quienes están en el circuito de ganado y lanas, o el,
de productos agrícolas, sean comuneros o no, se resisten a canjear
su dinero por la devaluada moneda feble.
Como señalamos anteriormente, el apoyo a la resistencia de
Cáceres contra los chilenos se puede apreciar a posteriori en las suble-
448
vaciones producidas al asumir los pierolistas el gobierno en 1895.
Así, por ejemplo, los comuneros de las alturas de san Miguel
cercan esta capital de provincia:

«...para hacer resistencia a mano armada puesto que


el General Cáceres, a quien vivaban, estaba próximo a
llegar con 60,000 (sic) hombres para apoyarles y otros
adefesios tendientes (sic), al desconocimiento del actual
Jefe Supremo del Estado» (S.P. La Mar, leg. 22,1878-
1899).

En este mismo período el fraccionamiento de la gran


propiedad se acentúa, pero en las áreas de haciendas de
producción mercantil con demanda significativa: coca, azúcar,
algunas zonas trigueras, pastos y ganadería se fortalece. Es
también a fines del siglo pasado que la propiedad privada
definitiva -es decir, al margen del control directo de las autoridades
comunales- se va introduciendo en territorios de comunidad.
Puede reconocerse en este período la existencia de otros
procesos confluyentes: crecimiento del mercado, pequeño intento
de modernización y expansión del aparato del Estado y búsqueda
de recursos fiscales. En 1888, el gobierno impulsa inclusive un
proyecto de ley de «abolición completa» de las comunidades
campesinas en toda la república, buscando con ello la introducción
de la propiedad Privada definitiva al interior de las comunidades;
sin embargo éstas, en términos generales, continuaron funcionando
alrededor de sus propias autoridades y normas en cuanto al acceso
a los recursos disponibles; así, el reparto de tierras en muchas
comunidades siguió siendo, como desde siglos atrás,
responsabilidad de la máxima autoridad indígena, en esa época, el
varayoc. El Estado también dictara normas para eliminar esta forma
de reparto y fortalecer el mercado de tierras y -en su lógica- dinamizar
la producción al interior de las comunidades; pero las comunidades
tenían otra lógica y es por ello que a la disposición gubernamental
que prohibía el reparto de tierras por los varayos, las mismas
autoridades políticas de Lucanas responden, en 1892:

«…acerca de la repartición de tierras que hacen los


varayos... sólo tengo que añadir... que esta costumbre
449
perniciosa es general en esta Provincia y la autoridad
toma parte únicamente cuando hay reclamo de algún
interesado, de lo contrario se ven despojados los
poseedores de muchos años de las dehesas o tierras
de cultivo» (subrayado nuestro).

En otras palabras, allí donde las comunidades han mantenido


su acceso a los recursos merced a una cohesión interna adecuada,
los varayos siguen siendo el poder principal por carencia de
autoridades representativas y legitimadas del Estado; pero en las
capitales de distrito en las regiones de hacienda o en las áreas de
producción eminentemente mercantil, los varayoc son, cada vez
más, un elemento puramente decorativo, y la recurrencia por los
campesinos a las autoridades «nacionales» (estatales) es mayor.
De esta manera se tendrá que, en el primer caso, el mercado de
tierras es prácticamente nulo, mientras que en el segundo la
compra-venta de parcelas se acentúa, si bien la transacción se
ejecuta al interior y entre miembros de la comunidad.
El panorama comunal se complica, si consideramos que la
intermediación legal debe efectuarse obligatoriamente a través
de los «apoderados», generalmente mistis con acceso a los
complicados trámites judiciales; después de todo, ser apoderado
de una comunidad no era mal negocio para algunos: el secretario
de la municipalidad de Huamanga, en 1888. reclama por sus
gestiones 17 vacas de s/.18 c/u, 4 burros de 15 pesos, dos años
de herbaje 6 fanegadas de trigo y otras especies, que Sumaban
una cantidad tan considerable que se originó un juicio entre la
comunidad y su intermediario, reclamando éste la cancelación de
sus honorarios. A partir de este ejemplo podríamos plantearnos la
necesidad, para una historia social regional, de investigar quiénes
eran requeridos como apoderados, y qué tipos de alianzas o
conflictos se generaron en esta recurrente figura de mistis-
representantes de indígenas, mistis que en algunos casos no eran
precisamente imagen del gamonalismo, como aquel. comerciante
de Puquio que se opone a la leva de sus «representados» e increpa
al subprefecto de Lucanas en 1894, gritándole que:
«...por que (sic) abusaba con estos infelices, por que
no llevaba a los blancos y que no permitía que los
conscriptos avanzasen un paso más».
450
Sea como fuere, los varayoc continuaron siendo autoridades
fundamentales en las comunidades, Por lo menos hasta la década
de los treinta del presente siglo. Los diversos intentos hechos por el
q^ gubernamental para suprimirlos resultaron vanos, puesto que
estando físicamente ausentes los representantes del Estado en las
comunidades, los varayoc resultaban autoridades imprescindibles
para ese mismo Estado.
En 1904, inclusive en un territorio de comunidades rodeadas de
hacienda como el de Acosvinchos, en la provincia de Huamanga:

« ... se acentúa (sic) el clamor de todos los varayoc que


privados de sus varas que son la insignia de la autoridad
que invisten, reclaman con el mayor ahinco (sic) se les
devuelvan para que con eficacia cumplan las órdenes
impartidas Por este despacho, la que se relacionan con la
de esa superioridad; pues que sin la intervención de dichos
varayoc, mis disposiciones son ilusorias y entre ellos mismos
no hay ese respeto que antes les dispensaba las
comunidades de su dependencia» (S.P. Huamanga, leg. 3,
1904). (Las cursivas son nuestras).

No se trata de mero simbolismo, si bien hay algo de ello en lo


señalado por el subprefecto, sin varayoc no hay presencia del Estado,
ni tampoco cohesión comunal; ya lo señalaba claramente Arístides
Guillén en 1915 (Guillén 1915: 66). Luego, de casi 100 años de
república los curacas han desaparecido totalmente, pero las leyes
liberales republicanas no han podido eliminar el sistema de varas,
fortalecido, por el contrario, a lo largo del siglo pasado, aunque como
señalaba M.V. Villarán: «Ias comunidades de indígenas carecen de
derechos para ser representados en juicio como personas colectivas»
(citado en Guillén op. cit. pág. 68). Será recién en las primeras décadas
del siglo XX, en un proceso paralelo al resquebrajamiento regional
del régimen terrateniente, que las comunidades de indígenas resulten
motivo de una legislación específica, aunque esa legislación quedará
en buena parte como letra muerta al interior del funcionamiento
concreto del aparato judicial; señala Guillén que es recién en 1902
que se reconoce por primera vez y expresamente el derecho de las
comunidades indígenas al mencionarse en el código promulgado
ese año su acceso al uso de aguas.
451
Las limitaciones y carencia del capital y su falta de interés
por la región resultan evidentes para quienes vivieron en ese
entonces. El proceso ha sido señalado claramente (Cano y
Gálvez, 1974) para el caso de la gran propiedad: desde 1900,
en términos relativos, el hegemónico régimen latifundista se
debilita lentamente, pero su crisis se acelera a partir de los años
40, contribuyendo al resquebrajamiento inicial tanto el bajo nivel
de desarrollo alcanzado cuanto la reproducción limitada y en
deficiencia permanente; en este contexto, la penetración del
capital mercantil termina por desplazar a la manufactura local y
a los pocos productos agrícolas de exportación, sobre todo el
trigo.
Las comunidades están allí, introduciéndose en tierras de
haciendas,reproduciéndos como unidades economico sociopo-
líticas, comprando en varios casos fragmentos de haciendas,
defendiendo sus recursos contra otras comunidades o contra
los hacendados; en fin, demostrando que los intentos para
extinguirla no han tenido mayores efectos y que los cambios
principales están ocurriendo más bien al interior de las tierras
indígenas y los grupos comunales.
Ya hemos señalado cómo, a fines del siglo pasado, en algunas
comunidades del Pampas aparece como forma legal la sucesión
hereditaria, a la vez que se aceptan de manera creciente
escrituras de compra-venta entre comuneros. Este proceso puede
reconocerse fácilmente en los distritos donde lo que se hereda o
negocia son chacras de cultivo; pero cuando las reglas de
compraventa intentan expandirse a las tierras de pastos, la
reacción grupal es generalmente contraria. En 1917 la inmensa
comunidad de Huancasancos (más de 250,000 Hás.) derriba los
cercos de quienes pretenden ser gamonales, privatizando para
uso individual los pastos y tierras, comunales; inclusive, mediante
acta, se prohibe en 1918 la privatización de los pastos (Gonzales
1982). La defensa de los pastos es el elemento unificador por
excelencia de las comunidades «y se levantan en masa unos
contra otros por sus pastos» (S.P. Cangallo, leg. 16, 1887-1859.)

1915-1940
Este período representa, a partir de la penetración del capital
extranjero y sus inversiones, no sólo la definitiva subordinación del
452
país al imperialismo norteamericano sino que, y a partir de esta
articulación de dependencia, los intentos sucesivos de modernización
de las estructuras del Estado; estos intentos estuvieron reflejados,
para el caso de las comunidades, en las leyes emitidas y en la
necesidad de articular más estrechamente al campesinado con el
mercado, es decir, de hacer crecer el mercado interno para así
expandir el capital.
Con el oncenio de Leguía se sanciona, por primera vez, la
existencia legal de las «comunidades indígenas» reconocién-doseles
personería jurídica y potestad sobre los recursos declarados por ellas;
este movimiento de reconocimiento del Estado a la principal
organización del campo resulta el corolario de dos procesos conocidos:
de una parte, la gestación de los movimientos proindígenas en los
sectores urbano-intelectuales del país y, de otra parte, una ola de
movilización campesina de toma de tierras, de menor incidencia en
nuestra región, pero con profundo impacto en el altiplano sureño.
El surgimiento del «indigenismo» -con todas sus variantes y a
nivel nacional- tendrá en Ayacucho un muy pálido reflejo en los escritos
de los profesionales -casi en su totalidad miembros de familias
terratenientes- publicados en revistas locales; en ellos los prejuicios
contra «el indio» seguían vigentes, si bien se trataba paternalistamente
de «integrarlos» a las cooperativas, o «erradicar el consumo de
bebidas». o «darles educación»; este débil indigenismo es quizás un
reflejo de la baja intensidad de las pugnas directas entre los sectores
campesinos y los propietarios terratenientes.
En nuestra región, el movimiento campesino de La Mar resulta
casi un ejemplo aislado de lucha violenta contra el poder local,
impuestos y, secundariamente, la gran propiedad.
Veamos algunas de las particularidades regionales en este
período. Los ayacuchanos coinciden en señalar, desde fines
de la primera década del presente siglo, la crisis por la cual
atraviesa la región. A la Incapacidad estructural del régimen
terrateniente por «modernizar» se Suma, en esa época, la
penetración del capital mercantil, que afectara o transformará
con diferente intensidad la vida comunal indígena. De una parte,
la construcción del ferrocarril Huancayo-Ayacucho iniciada en
1908, resumirá las esperanzas de «desarrollo regional» de los
sectores mercantiles y la intelectualidad ayacuchana; de otra
parte, y confirmando aislados intentos de décadas pasadas, la
453
‘conquista de la selva» será planteada como complemento
indispensable de la ampliación de las vías de comunicación, en
virtud de representar casi la única posibilidad ante la crisis de las
haciendas serranas, a través de una producción agrícola de
exportación.
La debilidad de la clase dominante huamanguina, parasitaria
en gran medida de sus propiedades semifeudales, queda
demostrada con la anulación del ferrocarril mencionado, suplido
por el rarnal Huancayo-Huancavelica, apoyado por el poderoso
Manchego Muñoz y los sectores más «modernos» de hacendados
ligados al leguiismo. Otro indicador directo de la debilidad del poder
terrateniente tradicional está representado por la venta de haciendas
a comerciantes y funcionados, fenómeno que se acentúa desde
fines de la primera década. Los cambios generados condicionan,
de otra parte, lo que Montoya ha estudiado como «el mito de la
escuela»: para amplios sectores rurales, la instalación de escuelas
representaba la vía ideal por la que se podían integrar a la sociedad
mayor, en una concepción democrática de ésta. Desde inicios de
siglo, y en forma creciente conforme transcurren los años, las
comunidades construirán locales escolares además de capillas,
canales de riego, caminos, etc. y solicitarán a las autoridades -o
pagarán ellas mismas- un «preceptor».
A la crisis regional mencionada por los contemporáneos se
suman dos fenómenos de importancia: de una parte, los hacendados
en quiebra permanente empiezan a abandonar sus propiedades o
las venden a colonos y comuneros; por otra parte, haciendo uso de
las nuevas rutas, y por primera vez en la historia regional, los
campesinos migran -en algunas comunidades masivamente, sobre
todo hada la costa- para trabajar en las haciendas o en las
extracciones de guano, si bien estas migraciones son
mayoritariamente cíclicas y no desprenden a los migrantes de su
comunidad de origen.
Al arriendo -en especies o dinero- de fragmentos de hacienda,
fenómeno existente desde períodos anteriores, se suma entonces
la venta de tierras de poca rentabilidad para los propietarios. (No
estamos señalando sino el inicio de un fenómeno que se acentuará
en los años 1940-68.) Debe reconocerse, sin embargo, que los
terrenos en transacción resultan periféricos en cuanto a calidad de
tierras, disponibilidad de riego, etc. En las tierras con riego
permanente, o allí donde la demanda del mercado sostiene una gran
454
propiedad, ésta se fortalece e inclusive intenta ampliarse. Debe,
por lo tanto, realizarse un análisis más detenido, básicamente
en el Registro de propiedades Inmuebles de Ayacucho, de la
evolución de ambas tendencias.
Decíamos líneas arriba que la expansión del capital y del
Estado tendrá luego incidencia variada en las comunidades de
la región, pero algunos cambios importantes son ya visibles en
este período.
En primer lugar, el consumo de productos manufacturados,
comercializados a través del nuevo sistema de ferias, va
creciendo en conforme avanzan las carreteras, y ello implica no
sólo cambios en la vida cotidiana del campesino en general, sino
su dependencia creciente a los productos industriales. A la
carretera Huancayo-Ayacucho, que suplió el ferrocarril frustrado
y que fue concluida en primera instancia en 1924, año del
centenario de la batalla de La Quinua, se sumaran dos vías
importantes, finalizadas en la década siguiente: la carretera a
Andahuaylas y la vía de penetración a la ceja de selva del río
Apurímac. Conforme avanza la construcción de estas carreteras
la ferias crecen, introduciendo el consumo cada vez más
generalizado de velas, fósforos, aceite, kerosene, etc. a cambio
granos y productos de pan llevar en general, acaparados por los
comerciantes feriantes, quienes luego los trasladarán a las
ciudades. El sistema de arriaje, que llevó a la especialización de
amplios sectores urbanos y rurales de nuestra región fue
desapareciendo, empobreciéndose quienes dedicaban a él buena
parte del año.
Al interior de las comunidades la integración creciente de
áreas a la circulación mercantil y las ferias, las expectativas por
la escuela y la educación, así como la migración golondrina
condicionan la perdida de legitimidad de los varayos; además,
un nuevo intento desde arriba fortalecerá, -esta vez con éxito- la
tendencia a la desaparición de estas autoridades tradicionales y
su suplantación por una nueva autoridad: el personero de la
comunidad. El Congreso Regional realizado en Huánuco en 1921
acuerda un decreto por el que se establece:
«Art. 1. Queda abolida de manera absoluta entre los
indígenas de la Región del Centro, el nombramiento de
Alcaldes de Vara o Varayos.
455
Art. 2. Las autoridades que de alguna manera
infringieran esta ley interviniendo en el nombramiento
de alcaldes o permitan hacerlo, serán destituidas de
sus cargos inmediatamente».
Los varayos continuaron siendo elegidos en muchas
comunidades de la región, pero conforme estas comunidades
son incorporadas a los procesos señalados las varas irán
desapareciendo paulatinamente; el fenómeno es mucho más
tardío que en el valle del Mantaro donde, según Arguedas, casi
ya no quedaba nada del sistema de varas en 1905 (Arguedas
1985, pág. 80), reemplazado por una organización más moderna.
Aunque no hemos obtenido aún información suficiente,
pensamos que, de la misma manera que las comunidades se
muestran dinámicas en la obtención-recuperación de recursos,
aumentan en este período los conflictos intercomunales, puesto
que uno de los requisitos del reconocimiento de las comunidades
es el claro deslinde de sus fronteras. Además, las ideologías de
los partidos nacionales recién creados y la propaganda
demagógica del oncenio refuerzan las reivindicaciones
comuneras.
El gráfico 2 resume el reconocimiento legal de
comunidades por los gobiernos, desde Leguía hasta el
segundo período de Belaunde. Los gobiernos de economía
liberal, abierta al capital extranjero, son los que mayor número
de comunidades han reconocido en el departamento de
Ayacucho. Ello representa posiblemente, entre otras
consideraciones, los intentos del capitalismo por ampliar el
mercado, por modernizar las estructuras rurales y por
dinamizar la economía de las áreas comuneras.
De otra parte, el cuadro 4 nos permite apreciar con
claridad la evolución del reconocimiento de comunidades
en cada una de las provincias del departamento de
Ayacucho.
Mientras que en el norte, en las provincias de Huamanga y Huanta,
apenas 8 comunidades se hacen reconocer ante los organismos de
Estado entre 1926-1940, en las provincias del sur (Cangallo, Víctor
Fajardo y Lucanas), de mayor densidad comunera, se extiende el
reconocimiento, en el mismo período, a 24 comunidades; Lucanas,
provincia básicamente de pastos, representa el área
456
457
Cuadro 4

458
Comunidades reconocidas en Ayacucho

Años Total Huamanga Huanta La Mar Cangallo/ V. Fajardo Lucanas Parinacochas Río
Vilcas H Huancasancos Apurímac

1926-1930 10 1 1 1 5 2
1931-1938 13 2 2 1 3 4 1
1939-1945 66 4 3 10 17 28 4
1946-1948 31 2 2 1 11 3 8 4
1949-1956 23 3 4 4 8 4
1957-1961 34 9 1 1 9 4 6 4
1962-1963 8 1 1 1 1 1 3
1964-1968 69 4 4 1 27 3 11 19
1969-1975 21 6 4 10 1
1976-1980 41 15 13 4 3 2 1 3
1981-1985 43 21 4 4 3 5 3 3

TOTAL: 359 68 35 16 79 38 73 44 6
de mayor número de comunidades reconocidas (más del 50 por
ciento).
Por su parte, Parinacochas se asemeja a las provincias
norteñas, principalmente Huanta, en una combinación de
haciendas, medianas propiedades, minifundio independiente y
comunidades: apenas 3 comunidades de esta provincia logran
reconocimiento legal en el período. Volveremos luego a las cifras
del cuadro 4, pero podríamos recordar, a modo de digresión, un
cuento de Arguedas escrito en esta época, y que resulta un
resumen de comportamientos comunales en relación al dominio
de recursos:

«Los utej no son indios humildes y cobardes, son


comuneros propietarios. Entre todos y en faena labran
la pampa, y cuando las eras están llenas, tumban los
cercos que tapan las puertas de las chacras y arrean
sus animales parra que coman la chala dulce. Utej es
entonces de todos, por igual ( ... ) Por eso los utej son
unidos y altivos. Ningún misti abusa así nomás con los
utej ( ... ) Los sanjuanes, en cambio, son muy pobres; la
mayor parte son sirvientes de los mistis; vaqueros,
concertados, arrieros («Los comuneros de Utej pampa».)

El mismo Arguedas señalará, en otro cuento («Los comuneros


de Akòla»), un ejemplo de enfrentamiento intercomunal por el
agua, acaparada más de media semana por el hacendado local
y el cura.
La privatización de las parcelas antes repartidas es, como
dijjimos, otra de las características del período, si bien esta
privatización mantiene reglas de compra-venta bastante claras
al interior de las Comunidades (Ossio, 1983). Las comunidades
capitales de distrito (Gávez y Cano, op. cit.), donde la presencia
de mistis es hegemónica, tendrán un mercado de tierras que
socavará de tal manera las estructuras comunales, que las
«comunidades madres» capitales de distrito serán -a mediados
de este siglo- lo más semejante a un conglomerado de parcelarios
regidos por normas municipales y no comunales.
Al inicio de migraciones golondrinas, característica importante
del período, se irá agregando el desplazamiento definitivo de
459
comuneros hacia la costa, básicamente hacia Lima. En la comunidad
de Vischongo, por ejemplo, la migración aumenta desde 1920, y en
la década de los treintas ya- existe una institución de migrantes
vischon-guinos en Lima. En esa misma época escribe el ayacuchano
Manuel Bustamante:

«Se sabe que en Lima hay más de 15,000 ayacuchanos


de todo el departamento, entregados a múltiples
actividades, desde el cargo más encumbrado de la
magistratura y la cátedra, hasta el sirviente más modesto
del cafafri de barrio» (Bustamante, 1943, pág. 28).

Las carreteras y la penetración del capital mercantil han


condicionado esta migración que, como vemos, cruza toda la
sociedad ayacuchana, pero es mayor en las comunidades y pueblos
de las provincias del sur, Lucanas y Parinacochas; no olvidemos
que por competencia entre ayllus los comuneros de Puquio
construyeron -a fines de la década de los veintes y en sólo 28 días—
la carretera hacia Nazca, vía que los conduciría a las haciendas, a
las islas guaneras, a la capital, a «Ia educación», etc.
De otra parte, en las comunidades donde los pastos y la
ganadería son la principal fuente de recursos, el abigeato inter o
intracomunal continuó siendo un problema importante, al igual que
en las décadas anteriores. Un resumen de denuncias por robo de
ganado en la comunidad de Quispillaqta, entre 1925 y 1928,
demuestra la alta incidencia de este tipo de delito.
Destaca el aumento del abigeato en la década de los treintas,
posiblemente relacionado con un nuevo crecimiento en la
demanda de carnes y lanas. Algunas tesis de grado en la
Universidad de Huamanga señalan una nueva alza del mercado
de ganado empieza desde la década de los veintes; un ejemplo
de ello lo encontrarnos en la comunidad de Carapo, adonde
llegaban los «obligados» de las cabezadas a comprar vacunos.
Esta demanda de vacunos «abrió los ojo» a los comuneros,
que privatizan entonces totalmente algunas moyas antes de
usufructo común en ciertos períodos del año; a esa misma
comunidad llegaban los «villinos» desde Huancavelica a obtener
ganado ovino, básicamente a través del trueque con ropa y
sombreros. En Carapo, pues, en la década de los veintes, los
460
Cuadro 5

Abigeato en la comunidad de Quispillaqta: 1925 - 1938

Años Vacunos Ovinos Caballos Llamas

1925 33 300 22 10
1926 16 0 0 0
1927 73 109 6 0
1928 33 115 4 0
1929 25 450 2 0
1930 16 3 11 0
1936 58 205 8 50
1937 72 1130 19 14
1938 33 310 10 25

Fuente: Palomino, 1982.

intercambios articulan la economía comunera con el mercado


regional - a través del dinero o el trueque, complementariamente.
Bastante más al sur, en Parinacochas, también se «privatizan»
las moyas en varias comunidades. Estas comunidades,
vinculadas a la circulación mercantil variaciones de intensidad y
dueñas de recursos suficientes, las principales opositoras de la
Ley de conscripción vial; en el subprefecto de Cangallo se queja
en 1922 que:

«...no me es posible ordenar a los comuneros de este


pueblo para que vayen (sic) al trabajo del puente sobre
el río Macro porque todos estan con ánimo de
sublevarse tratándose de la conscripción vial».

Los hacendados y grupos de poder del área de haciendas sí


en Posición de fuerza suficiente como para reclutar forzosamente
comuneros en la construcción de caminos hacia las haciendas
Mar y la ceja de selva, hacia el valle del Mantaro o hacia las
haciendas del curso medio del Pampas y del Andahuaylas.
461
1940-1968
En este período es posible destacar dos procesos que, como
hemos visto, se venían perfilando desde antes: la crisis definitiva del
sistema terrateniente y la movilización campesina por la tierra y la
ampliación de los recursos comunales. A ellos se suma el crecimiento
-también ya mencionado- de las relaciones con el mercado, el
quecontribuye a modificar las estructuras socioeconómicas de la
región.
El proceso de ampliación de recursos ha sido, para el caso de la
provincia de Huamanga, descrito minuciosamente por Gálvez y Cano;
ellos señalan que a partir de la década de los cuarenta los colonos y
las comunidades -principalmente los primeros- comienzan
extensivamente a adquirir haciendas fragmentadas, gracias al capital
obtenido por la venta de ganado, que les permite la liquidez necesaria;
paralelamente, señalan los mismo autores, se inicia un movimiento
de recuperación de tierras por campesinos y, si bien cada movimiento
es aislado de los otros y no existe un movimiento masivo simultáneo,
la lucha adquiere un nivel nunca antes existente en la región, que se
acentuará a inicios de la década de los sesenta, al igual que en el
resto del país. Un claro ejemplo, en los años cuarenta, es el surgimiento
de una fuerte organización gremial campesina en Pomacocha, que
tiene como reinvindicación central la expropiación de las tierras de la
Iglesia para su venta a los colonos comuneros.
En Socos Vinchos, otro territorio tradicional de haciendas, con
dos grandes comunidades «cercadas» por ellas (Socos y Vinchos),
Tapia encontró que entre los años 1938-1953 se da un aumento
lento pero creciente de compra de tierras de hacienda por comuneros
para luego, desde 1963, intensificarse estas compras (Tapia, 1968).
Precursora de esta corriente de expansión de recursos es la
comunidad. de Rancha, muy cerca de Huamanga, que en la década
de los treinta adquirió tierras de haciendas y logró su reconocimiento
legal en 1935, luego de diversos conflictos con la hacienda vecina,
la cual inclusive fue saqueada por los comuneros en 1926 (Solier,
1982). En 1936, en otro contexto, el fenómeno se repite; las
comunidades de Ocobamba en Andahuaylas y:

«... los indígenas de los lugares ya indicados, de hecho Y


sin más títulos que su voluntad, se han declarado dueños
462
y señores de las tierras indicadas, que no pertenecen a la
hacienda Socos Grande (dicen), sino son terrenos
comunales y por consiguiente de la exclusiva propiedad
de sus ocupantes. Probablemente esta determinación de
los indios está regida por consejos de índole comu-nista (
... ) lo cierto del caso es que hace cerca de un año que no
podemos ejercitar nuestros legítimos derechos (ni) ( ... )
podemos llegar ( ... ) pues nos tienen amenazados de
muerte» (Pariona y Ochoa 1975, págs. 43-44).

El movimiento por recuperación de tierras de parte de las


comunidades forma parte de una historia por escribirse, partiendo
de la verificación de que no fue precisamente la invasión violenta la
característica principal, sino, más bien, una lenta y sostenida
invasión-compra de los territorios de haciendas tradicionales. Ya
hemos señalado anteriormente las características de estancamiento
de los hacendados tradicionales, pero veamos éste tan bien reflejado
en la opinión de Don Joaquín Lopez Antay, el imaginero huamanguino:

«(Los vecinos principales de Huamanga)... guardan su plata


enterrando. Ellos no hacen gasto para la fiestas, tanto terreno
hay que aprovechar. ¡Qué van a sacar de la petaca o del
entierro» (Arguedas, 1985)

Pero existían también haciendas cuyos recursos permitían a


los, propietarios, «enganchados» en otra dinámica, realizar inver-
siones significativas a fin de competir en el mercado regional o na-
cional, si bien todos estos intentos modernizadores fracasaron
(Gálvez y Cano, op. cit.).
A partir de 1940 algunos latifundios empiezan a introducir
maquinarias junto con forma salariales que descartan paulati-
namente los servicios gratuitos. Un ejemplo de estos intentos
de modernización agrícola es el de la hacienda Cangari, en el
valle de Huanta. Adquirida en 1945 por un miembro de la pro-
minente familia Trelles de Apurimac, las 150 Hás. muy bien
regadas representaron para su nuevo propietario el pago de
SI. 120 000 a los antiguos y parásitos dueños de Trelles tras-
ladó inclusive, sus propios colonos asalariados desde Abancay
(alrededor de 90 peones), la hacienda recibió un préstamo
463
del banco para sembrar frutales, además de incursionar en el
cultivo de algodón, intento que fracasó. El endeudamiento pau-
latino del propietario le obliga a la venta progresiva de las tierras
a los campesinos de la zona, como salida a sus deudas.

CUADRO 6
Años Colonos Pequeños
propietarios

1950 60 1
1960 30 10
1965 10 40
1970 5 46

Fuente: Luján, 1981.

La estructura de dependencia regional impide el desarrollo


exitoso de estas inversiones que pretenden dinamizar algunas
áreas con recursos suficientes para cultivos de mercado; desde
este período, y hasta la actualidad, la única posibilidad para ca-
pitalizarse a partir de la agricultura, de manera segura y sosteni-
da, estará en la ceja de selva, hacia donde convergen masiva-
mente tanto hacendados como comuneros pequeños propieta-
rios e, inclusive, empleados urbanos y comerciantes.
Cuando la Universidad de Huamanga se reabre, en 1959,
confluyen casi simultáneamente la invasión de Pomacocha, la
expropiación de las tierras de cofradías por la comunidad de
Huancasancos, la parcelación definitiva y el cerco de esas par-
celas en Carapo, el arrendamiento y/o compra por casi toda la
región (como en Chumpi, Coracora, donde los campesinos com-
pran dos haciendas en 1958), los conflictos intercomunales en-
tre Huancasancos, Ocoña, Lucanamarca, Quesca, o entre
Chuschi y Canchacancha, cuyos comuneros afirman, al recor-
dar ese conflicto, que:
«En este lugar no hay ni ha habido hacienda m
hacendados porque no han venido a vivir los mistis»
(ArquifiegO, Chipana y Barreto, 1978 pág. 66)..
464
Las comunidades, reconocidas o no, y los colonos o
yananaconas se movilizan por la tierra, pero la movilización
alcanzará mayor incidencia en la década siguiente, cuando el
movimiento campesino permite -conforme coinciden en señalar
las investigaciones sobre comunidades: a partir de la recuperación
de tierras- la articulación de federaciones campesinas,
condicionando, ya en su fase de reflujo, el surgimiento del
movimiento guerrillero de 1965 en la provincia de la Mar, una de
cuyas acciones más importantes fue el justiciamientode un
terrateniente del río Apurímac, que condujo indirectamente al
abandono apresurado de varios fundos y haciendas de la
provincia por hacendados que nunca más volvieron a ella,
dejando las tierras en manos de los campesinos.
El movimiento por la recuperación de tierras está ligado a la
presencia de nuevas corrientes ideológicas y organizativas
debidas, en alguna forma, a la reapertura de la Universidad San
Cristóbal de Huamanga, aunque el fenómeno es reconocible en
gran parte de la sierra, luego de las incumplidas promesas de
reforma agraria realizadas al iniciarse el gobierno de Belaunde,
en 1963. El reconocimiento de comunidades es, también, un
indicador de la movilización campesina; si observamos el gráfico
2, veremos que ningún ha reconocido tantas comunidades como
éste, que reprimió de tierras por comuneros.
En esos años la población rural de Ayacucho llegó a 307,000
habitantes, 74.7 por ciento del total departamental; en aquélla
se inconcluyen 184 comunidades reconocidas legalmente (11.1
por ciento del país), del las cuales el 72 por ciento enfrenta algún
tipo de litigio por aguas u otros (Dobyns, 1970). Para entonces,
la migración es ya un fenómeno generalizado en todas las
provincias, aunque mayor entre las del sur, Lucanas y
Parinacochas, en déficit demográfico permanente por la fuerte
migración a la costa; en las provincias norteñas la migración
definitiva a la costa se combina con golondrina hacia la ceja de
selva del río Apurímac. La gran mayoría de hacendados
tradicionales no sólo ha perdido sus tierras, sino que ha sido
definitivamente desplazada de su hegemonía del poder regional y
local Cuando la reforma agraria de l964 se realizó en nuestro
departamento, poco fue lo que tuvo que expropiar, de las afectaciones
surgió menos de una decena de pequeñas cooperativas,
465
ninguna SAIS en funcionamiento y numerosos grupos
campesinos, convertidos ahora, en su mayoría, en comunidades
campesinas.

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