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ANA MARÍA DI PASQUALE

DIEGO PALMA 1195. SAN ISIDRO ( 1642)


( 011) 4723 – 7044
anacincunegui@hotmail.com

LICENCIATURA DE CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN

CÁTEDRA: FILOSOFÍA DE LA CULTURA

UNIVERSIDAD CATÓLICA DE LA PLATA

Una respuesta a la crisis actual

INTRODUCCIÓN:

“ Todos coincidimos en que estamos pasando por un mal momento. En

general se dice esto mirando nuestra realidad económica. Pero el problema es

mucho más profundo. Un indicador clave, aunque no el único, es lo social. En

la década del 70, cuando se gestaba en la Argentina un cielo violento,

estábamos en alrededor de un 7% de pobreza. Hoy llegamos a cerca del 40%.

Frente a esta situación, el Estado ( en los niveles nacionales, provinciales y

municipales) se ha retraído o se ha quedado detenido en el tiempo. Hace unos

años el Ministerio de Desarrollo Social contaba con 800 millones de pesos para

ayuda social directa. Actualmente sólo cuenta con 200 millones.

Todos sabemos que la acción social que encaraba el Estado benefactor no

ha sido reemplazada por la sociedad. Y, aunque han surgido muchas

organizaciones del tercer sector, su acción no ha podido impedir el

impresionante crecimiento de la pobreza.

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La pobreza encuentra su principal factor de crecimiento en la falta de

trabajo. La desocupación ha generado la aparición de los nuevos pobres,

personas de la clase media que, de pronto, se encuentran casi sin recursos y

que subsisten con la ayuda de familiares y amigos.

A todo esto se agrega la droga, el alcohol y la posesión de armas que son

factores multiplicadores de deshumanización e inseguridad.

En el orden educativo todos somos conscientes de las debilidades que

fueron apareciendo con el correr del tiempo. El sistema actual no se adaptó a

los cambios sociales y responde sólo a los niños y jóvenes que están

capacitados social e intelectualmente. Pero, los más pobres que no se adaptan

al sistema vigente, ya desde muy chicos quedan al margen de la educación. Lo

lógico hubiera sido que, ante una pobreza creciente, el sistema educativo

hubiera elaborado respuestas acordes. Contrariamente a lo esperado, la

educación no atenúa el proceso de polarización social.

Desde hace algunos años, la sociedad argentina, que era relativamente

homogénea, pareja, se volvió heterogénea. Los argentinos nos sentíamos

orgullosos de nuestra mayoritaria clase media, que se mantenía en medio de

“ tormentas” sociales, económicas y culturales.

En estos últimos años ese equilibrio se rompió. Las diferencias sociales,

económicas y culturales son cada vez mayores. Hay un pequeño grupo de

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ricos cada vez más ricos y una mayoría de pobres cada vez más pobres, a la

que se va sumando la alicaída ex – clase media argentina.

Los especialistas dicen que hoy, en el tejido social, en lugar de hablar de

“los de abajo”, deberíamos hablar de “los de afuera”. Los pobres hoy son los

excluidos del sistema. En el antiguo esquema se trataba de escalar dentro de

los estamentos sociales. En la sociedad actual, posindustrial, se trata de

“entrar” en el círculo de la inclusión. Se ha pasado de una lucha de “los de

abajo” a una lucha de “los de afuera”.

Las causas de esta realidad son tanto internacionales como locales. Entre

las primeras tenemos los procesos mundiales de globalización y de luchas

políticas que han dado lugar a un nuevo esquema social a nivel internacional.

Entre las segundas, en lo regional, nuestra sociedad “se ha partido”, se ha

fragmentado en su interior. Aparecen entonces grupos más pequeños a los que

llamamos “subculturas”. Estos grupos más reducidos tampoco logran

aglutinarse en torno a proyectos comunes.

Ahora la forma típica de segregación parece ser territorial: los excluidos son

marginados en los sectores periféricos de las ciudades.

Durante mucho tiempo las políticas proteccionistas y estatistas, intentaron

una “inclusión disciplinaria” de los excluidos: se los colocaba en hogares,

cárceles, hospitales, reformatorios. Hay se practica una exclusión disciplinar,

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perimetral: se deja afuera a los que no pertenecen al mundo del ciudadano

“incluido” en la sociedad.

Uno de los males, que hemos arrastrado desde hace mucho tiempo es el de

la corrupción. Muchos creyeron que la democracia iba a posibilitar niveles de

participación popular que se expresaran en organismos de control. La realidad

nos mostró que la corrupción llegó a contaminar incluso a miembros del poder

judicial.

Sobre todo este fenómeno generó un gran divorcio entre el pueblo y los

dirigentes en los distintos niveles, con la lógica pérdida de confianza y

decepción que lamentablemente no se concentró sólo en los malos dirigentes

sino en las instituciones. El pueblo descree de la política, del sindicalismo, de la

justicia, etc. El llamado “voto castigo” de las últimas elecciones ha sido una

muestra muy fuerte de esta falta de credibilidad.

Seguramente todo este conjunto de elementos convergentes concluyen en

una situación anímica de desaliento y de depresión colectiva. Estamos ante

una verdadera enfermedad espiritual.

Este panorama tan complejo nos muestra que el problema argentino no es

sólo económico ni político. Es mucho más hondo. Los obispos, desde Iglesia y

Comunidad Nacional, vienen afirmando que el problema es ante todo moral.

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Se ha desintegrado la escala de valores en la vida argentina. Los

comportamientos éticos se han “masomenisado”. Todo es más o menos. Ya no

existe más el “sí” o el “no” del que nos habla el Evangelio ( ver Mt. 5, 37)

Hemos perdido ideales trascendentes capaces de impulsarnos a grandes

opciones y sacrificios por el bien común.

Carecemos de modelos personales e institucionales. No nos sentimos bien

representados y a los sectores de nuestra sociedad que viven en exclusión

social, nadie los representa ni encuentran quién vele por sus vidas.

Sin un sistema educativo que responda a fondo a esta problemática,

¿ cuántos años le llevará a nuestro país alcanzar la acotada meta de que todos

sus habitantes puedan vivir con mínimo de dignidad?

Son muchos los argentinos que se preguntan ¿ qué nos está pasando?

También nosotros hacemos esa reflexión y nos preguntamos:¿cuáles son las

causas de esta sensación generalizada de abatimiento y desilusión? Sin duda

estamos en un momento crítico.

Algunos mirando el mundo dicen:¿cómo no vamos a estar en crisis si es

que el mundo entero está en crisis? La falta de trabajo y la polarización tan

acentuada y escandalosa entre pobres y ricos no es sólo un problema

argentino.

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Debemos reconocer parte de verdad. Vivimos en un mundo en el que la

primacía de lo económico, sin un marco de referencia a lo social y al bien

común, impide el resurgimiento de muchas naciones.

Otros dicen que no vamos a salir adelante si tenemos que pagar

desorbitados intereses para saldar la llamada deuda externa. Y no falta quienes

atribuyen nuestra imposibilidad de despegue al hecho de que las grandes

potencias, de modo unilateral, subsidian sus productos y nos impiden acceder

competitivamente con los nuestros a los mercados. Esta situación de injusticia

influye fuertemente en la sociedad argentina. También en estas afirmaciones

hay parte de verdad.

Aún reconociendo estos fuertes condicionamientos, a nosotros nos surge

una pregunta: ¿una vez más vamos a buscar las causas de los males sólo

fuera de nosotros mismos? ¿Una vez más vamos a evadirnos cobijándonos en

la culpa ajena?

Creemos que no es tiempo de evasiones, ni voluntarismos ni fatalismos.

Nuestra crisis es también nuestra. Todos, en distinto grado, somos

responsables de lo que nos pasa.

Si el problema argentino fuera sólo económico, algo de verdad podría haber

en la afirmación de que los condicionamientos exteriores impiden encontrar la

salida.

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Pero la responsabilidad es fundamentalmente nuestra. En todo caso,

sabiendo que el mundo es como es, y conociendo las injusticias propias de los

sistemas materialistas vigentes, tenemos que convenir que nuestras dirigencias

no estuvieron a la altura de las circunstancias.

Por eso, insistimos... El problema es cultural. Es el núcleo de los valores, es

la dimensión ética la que está enferma.” ( Casaretto, Jorge. Obispo de San

Isidro y Presidente de Cáritas Nacional. Carta Pastoral “Una mirada a la

realidad argentina”. 18 de octubre de 2001).

Me pareció oportuno citar a Mons. Casaretto en la introducción de este

trabajo porque, con sencillez y claridad, no sólo describe la crisis actual sino

que además expresa su tesis acerca de las causas de tal crisis: “ Es el núcleo

de los valores, es la dimensión ética la que está enferma” y el sistema

educativo no ha sabido dar respuesta a esa crisis de valores.

Como educadora católica me sentí profundamente interpelada. Por eso, a lo

largo de este ensayo me propongo...

• criticar otros modelos educativos que, en un contexto más

propicio de valores universalmente aceptados, no han

sabido desarrollar una auténtica pedagogía de valores,

• a partir, fundamentalmente, del texto de Emilio Komar,

expresar algunas condiciones y/o modos necesarios para

desarrollar una educación en valores que paulatinamente se

vaya convirtiendo en respuesta válida a la crisis actual.

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DESARROLLO:

Emilio Komar nos ubica etimológicamente y semánticamente frente al doble

aspecto y a la doble exigencia de los valores. Ellos se viven ( aspecto de

encarnación) y ellos valen ( aspecto energético). No nos dejan indiferentes: nos

empujan, nos arrastran, nos llevan... Ahora bien, plenamente cargados de

energía sólo pueden ser los valores encarnados, aquellos valores que se han

hecho carne y sangre, es decir que han penetrado el mismo estilo de vida de

las personas. Sin embargo, todos hemos hecho tristemente y reiteradamente,

como educadores, la experiencia de intentar que algunos valores penetren el

estilo de vida de nuestros alumnos sin haberlo logrado. Por más que lo

intentamos a través de fogosos discursos y argumentos, nos quedamos en la

superficie. Esos valores no se encarnan y sólo logramos un barniz superficial

que, en el mejor de los casos, se reduce a respuestas elaboradas que los

alumnos utilizan cuando saben que es eso exactamente lo que queremos

escuchar. Pero no los asumen, no los hacen suyos, no penetran su estilo de

vida.

Así considerada la encarnación de valores se vería como una penetración

de los mismos que va desde afuera hacia adentro. “ La encarnación sería, por

lo tanto, resultado de un esfuerzo progresivo de imprimir, o mejor dicho de

estampar los valores en la mentalidad de la gente. Este esfuerzo insistente y

laborioso quedaría a cargo de los medios de difusión, de la propaganda, de las

técnicas de persuasión y del adoctrinamiento, siempre mirando al destinatario

de tanto empeño como una materia amorfa que debe recibir su debida forma

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del valor o de la idea en cuestión y viendo las posibles formas anteriores como

obstáculos a derribar con la nueva imposición.” ( Komar, Emilio. “La

encarnación de los valores”, pág. 151)

El autor, en cambio, nos propone una mirada esencialmente diferente. Los

valores sólo podrán ser parte de la integralidad real de la persona si pasan por

el corazón, vale decir si esos valores hablan al corazón, si la persona ha sido

capaz de captarlos, descubrirlos y dejarse arrastrar por su propio peso. Los

valores sólo serán encarnados si fueron asumidos con toda el alma, en sentido

literal ( alma vegetativa, sensitiva y racional).

En la misma línea nos dice el Dr. Julio César Labaké: “ Los valores no están

al alcance de los sentidos. Se nos presentan y nos solicitan y nos cuestionan y

nos comprometen sólo y cuando actuamos en razón de nuestra condición

humana total” ( Labaké, Julio César. “ El hombre, la libertad y los valores”. Ed.

Bonum. Buenos Aires. 1989)

“ Los valores no se inventan, porque, precisamente, rechazan toda forma de

arbitrariedad. Los valores se descubren. Se nos imponen a la escucha

profunda de nuestro ser. Se nos aparecen porque, de alguna manera, están

ahí, en la realidad. En la trama de la realidad. Son la clave de la vida humana.

Sólo nos queda aceptarlos o rechazarlos, pero nunca inventarlos o crearlos. Y

esto es así porque se nos presentan como necesarios. Sin ellos se desvirtúa la

vida humana y, a mediano o corto plazo, se desvirtúa su sentido” ( Labaké,

Julio César. Obra citada)

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Nosotros podemos agregar que no sólo no se inventan, sino que además

no se aceptan ni se asumen si no se descubren como valiosos, si no se ha

descubierto en ellos su fuerza que arrastra. Vale decir que, en el doble aspecto

del valor, uno está en relación con el otro. El valor sólo puede ser

auténticamente encarnado si se ha descubierto su verdadera energía o fuerza.

Todo lo demás son vanos intentos de adoctrinamiento que sólo producen en la

persona humana capaz de elegir y, por lo tanto, de adherir libremente, las

tristes consecuencias del conformismo o de la rebelión.

Pero el hombre puede mucho más... El hombre está llamado a mucho más.

Dios le dio un alma racional con inteligencia y voluntad libre, una naturaleza

capaz de perfeccionarse a través de la educación... Es necesario, entonces, a

la luz de esa impresionante dignidad que tiene la persona humana ( “dios

segundo, milagro del primero”), ayudarla a descubrir los valores, mostrárselos

para que ellos hablen al corazón y éste se deje arrastrar libremente por ellos.

“ En una sociedad homogénea los valores eran mostrados y sancionados

socialmente, en forma clara, suficientemente uniforme y estable. Todos los

miembros de la sociedad sabían cómo promoverse: qué se premiaba y qué se

sancionaba. Hoy es todo mucho menos así. O no lo es para nada.” ( Labaké,

Julio César. Obra citada).

La pregunta acerca de lo que hoy nos pasa nos viene naturalmente. En la

introducción Mons. Casaretto denunciaba una crisis de valores. Nosotros

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podemos atribuir el origen de esta crisis al auge y la influencia de la filosofía

inmanentista. Pero nuestro análisis sería incompleto... ¿Cómo fue posible que

aquel contexto que Labaké describe como “una sociedad homogénea en la que

los valores eran mostrados y sancionados socialmente, en forma clara,

suficientemente uniforme y estable”, haya permitido el auge y la influencia de

dicha filosofía inmanentista. Dicho de otra manera: ¿cómo se educaba en

valores en aquel tiempo? ¿No se habrá recurrido a la encarnación – estampa?

¿No será que los valores se impusieron desde afuera generando conformismo,

rebelión y un barniz tan superficial que degeneró en la actual crisis de valores?

No es el propósito de este trabajo investigar las corrientes pedagógicas que

puedan corresponder a la pedagogía de valores que se deriva del párrafo

anterior, pero sí queremos dejar planteada una tesis que, después de una seria

investigación histórica; filosófica y pedagógica, podría llegar a ser

fundamentada a través de argumentaciones varias. Una adecuada educación

en valores, o dicho de otra manera, una verdadera educación que considerara

como fin último la perfección de la naturaleza humana, hubiera evitado la actual

crisis de valores.

Por lo tanto, en cierto sentido, tratamos con esta tesis de completar el

pensamiento de Mons. Casaretto: no sólo decimos que el sistema educativo

actual es incapaz de responder a dicha crisis, sino que otros sistemas

educativos han favorecido su advenimiento.

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La respuesta a ella sabrán buscarla, en los distintos ámbitos, los que deban

hacerlo. Pero, el Obispo de San Isidro nos invitaba en la introducción de este

trabajo, a no buscar las culpas y las posibles soluciones siempre afuera de

nosotros mismos.

Por eso, como educadores, encontramos en una verdadera pedagogía de

los valores la mejor respuesta educativa a la crisis. Una respuesta a largo

plazo, seguramente, pero una respuesta válida y real.

El hombre es imagen de Dios, por eso Jesús nos ha dicho “Sed perfectos

como es perfecto vuestro Padre Celestial”. Ahora bien , esta imagen de Dios

que es el hombre tiene tanta carga dinámica que no puede reducirse al simple

estado de hecho.

El perfeccionamiento de la persona humana a través de la educación es

una tarea ineludible al decir de Emilio Komar. Está inscripta en su misma

naturaleza, el hombre está llamado a perfeccionarse, a ser perfecto como su

Padre Creador. Y uno sólo se perfecciona en lo que le es propio. Por eso ha

dicho el Cardenal Newman :” Solamente el desarrollo de lo verdadero es un

verdadero desarrollo”.

Por lo tanto, los valores que no han sido verdaderamente encarnados, que

no han pasado por el corazón, que no han arrastrado por su peso a la persona

entera, quedarán fuera de lo propio del ser humano y, por lo tanto, no habrá

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verdadera educación porque los valores quedarán afuera del crecimiento

perfectivo de esa persona.

No nos proponemos en este ensayo explicitar la didáctica correspondiente a

la encarnación de valores, pero sí queremos denunciar prácticas que se hacen

desde afuera, a través de la impresión, en la línea del adoctrinamiento y la

manipulación.

CONCLUSIÓN:

Hemos llegado al término de este ensayo, pero creemos que hemos dejado

abiertos algunos caminos que podrán ser recorridos en una investigación

posterior:

• ¿Es correcta la tesis planteada?

• ¿Cómo debe incidir la pedagogía de valores, a la hemos hecho alusión,

en la formación inicial y permanente de los docentes?

• ¿Cuál serían los procedimientos didácticos correspondientes con esta

pedagogía?

Además, queremos señalar la importancia que tiene para la persona

humana el descubrimiento de los valores, desde una perspectiva

existencialista. Una vida sin valores termina, tarde o temprano, convirtiéndose

en una vida sin sentido. Una persona, a la que no se le han mostrado los

verdaderos valores (los que la humanizan y perfeccionan su naturaleza) es una

persona auténticamente pobre. Carece de lo valioso, de lo que da sentido a su

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vida. Después de una afanosa y equivocada búsqueda de lo que vale

realmente, podrá caer en el vacío existencial de la desesperanza.

Nuestra misión de educadores quedará justificada si nos proponemos

recorrer los caminos para evitarlo. La crisis de valores, a la que queremos dar

respuesta, es también una crisis de sentido.

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