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Expansión del turismo internacional:

ganadores y perdedores

Bernard Duterme1

Los orígenes del turismo moderno, «hijo de la industrialización y de la democracia, buen alumno del
consumo y de la globalización», según la fórmula sintética de Mimoun Hillali (2003), se encuentran
en Occidente en el contexto socioeconómico que sucedió a la segunda guerra mundial y alcanza su
verdadero auge internacional alrededor de 1970. Está claro que el aumento del poder adquisitivo y de
la duración del tiempo fuera del trabajo de los asalariados desempeñó un papel determinante. Éste,
fruto de las luchas, de las políticas sociales y de los largos períodos de crecimiento económico durante
los «treinta gloriosos», abrió las puertas del ocio vacacional a la gran mayoría.
Junto a la reducción de las distancias reales y virtuales por la explosión de las comunicaciones, este
aumento del nivel y de la calidad de vida también ratificará la democratización del turismo
internacional en el seno de las capas medias de los países ricos. La liberalización del mercado de las
compañías aéreas precipitará, en una segunda fase, su masificación y su extensión planetaria. De este
modo, el lujo de los viajes de placer, antes reservado a las exploraciones y a las localidades
vacacionales aristocráticas de un puñado de privilegiados, se extendió en algunas décadas a dos
tercios de la población de Europa y de Norteamérica, y durante estos últimos años, con la ayuda del
crecimiento de los países emergentes, a las nuevas clases medias de los demás continentes.

Primer renglón del comercio mundial

La gran expansión del turismo es sin duda un hecho indiscutible en materia de turismo internacional.
Mientras más aumenta la controversia – como veremos más adelante – sobre la lógica de esta
expansión, sus formas, su reparto, sus costos y sus beneficios, más se impone un acuerdo teniendo en
cuenta el evidente crecimiento acelerado del fenómeno. Desde hace poco más de medio siglo, a partir
de 1950 hasta la actualidad, el sector ha experimentado un aumento constante (6,5% de crecimiento
medio anual) y más rápido aún que el de los intercambios internacionales.
De este modo, se pasó de 10 a 20 millones de desplazamientos turísticos fuera de las fronteras
nacionales en lo que siguió a la postguerra, a unos 200 millones de turistas internacionales en 1975,
500 millones en 1995, 700 millones en 2002 y ¡808 millones en 2005! En este momento, los cálculos
de la Organización Mundial del Turismo (OMT), que se basan en un crecimiento medio anual del
1,4%, prevén mil millones de «llegadas a las fronteras en forma de turismo» para el 2010 y 1.600
millones para el 2020 (OMT, 2006). Por lo tanto, en cuanto a la cantidad absoluta de «emigrantes de
1
Sociólogo, director del Centro Tricontinental (CETRI, Louvain-la-Neuve).
placer», el turismo internacional se duplicará en los próximos quince años, luego de haberse
cuadruplicado durante los últimos treinta… Europa y Norteamérica, principales emisores de
vacacionistas (70% del total mundial), registran también la mayoría de las llegadas (76% en 1990,
66% en 2005), pero también aumenta la proporción de los demás continentes (Asia y el Pacífico:
19,3%; América Latina y el Caribe: 5,4%; el Oriente Medio: 4,8%; África: 4,5%).
La evolución de los ingresos del sector sigue la misma tendencia al aumento: de unos 300 mil
millones de dólares en 1990, se ha llegado a cerca de 700 mil millones en 2005 (sin incluir los
ingresos del transporte internacional, que se estiman en cerca del 17% de las ganancias acumuladas
por el turismo y el transporte). Estos ingresos equivalían en 2003 a aproximadamente el 6% de las
exportaciones mundiales de bienes y servicios y a prácticamente el 30% de solos los servicios. El
sector turístico, que representa el primer renglón del comercio mundial, por delante del
automovilístico y de los hidrocarburos, sigue creciendo 1,3 veces más rápido que el producto mundial
bruto, llegando a constituir en la actualidad más de su décima parte (OMT, 2005; Alternativas
Internacionales, 2004). La industria turística, creadora de riquezas y proveedora de viajes y
diversiones para una séptima parte de la humanidad, también genera unos 250 millones de empleos en
el mundo.
Por lo tanto, nos enfrentamos a un fenómeno capital de las sociedades contemporáneas, no sólo como
hecho económico de primer orden, sino además como realidad sociocultural de envergadura
internacional. Por el aumento de sus flujos y del desarrollo de «sus técnicas de comercialización y de
gestión a distancia», por el carácter multifuncional, global y reticular de su industria, por la movilidad
de sus clientes y de sus capitales, la actividad turística supranacional, durante mucho tiempo
subestimada, se impone como «uno de los pilares más poderosos de la globalización» y asume en
adelante «un papel central y decisivo» en la evolución de la economía internacional y de las
relaciones Norte-Sur (Lanfant, 2004).

Discursos legitimadores

Semejante desarrollo del «acontecimiento turístico internacional» no surgió ni se intensificó en un


vacío de orientaciones legitimadoras o de consideraciones normativas diversas. En este campo, las
lecturas dominantes y el discurso oficial, aunque relativamente constantes, experimentarán durante
décadas ciertas fluctuaciones significativas, reflejos de la coyuntura internacional; tanto durante un
proceso de adaptación a las exigencias del sector, como respecto a una voluntad de modificación de
las prácticas. Los observadores distinguen tres grandes «momentos» – o «escuelas», ya que siguen
coexistiendo – (Sofield, 2000; Cazes y Courade, 2004; Lanfant, 2004).
El primero es el del alegato – advocacy platform – por motivos económicos. Una teoría, apoyada en
particular por el PNUD, la CNUCED, la OCDE, el Banco Mundial…comienza a ganar fama desde
comienzos de 1960: si los países ricos son, sin lugar a dudas, los primeros beneficiarios del turismo,
éste también puede ser una herramienta de los países subdesarrollados y en especial de los pequeños
Estados Insulares, pobres en recursos naturales. Al generar en ellos empleos, divisas, servicios e
infraestructuras, servirá de intermediario para el traslado de las riquezas de los países ricos hacia los
países pobres. Como estos últimos no carecen de atractivos (mano de obra barata desempleada,
ambientes naturales y culturales, costo de los servicios, mercado de bienes raíces poco costoso,
productos atractivos y novedosos), sus beneficios no serán menos importantes. El turismo como
«motor de desarrollo del tercer mundo» es la panacea de la década y esta doctrina legitimará la
construcción de grandes estaciones turísticas en todos los rincones del mundo.
El segundo momento, que comenzó en los 70, es el de dejar atrás los puros aspectos económicos para
la justificación del desarrollo del turismo, para agregar a esto el ideal del encuentro intercultural, de la
comprensión y el respeto mutuo entre los hombres y entre las sociedades. En respuesta a los efectos
que fueron apreciados respecto a la dominación y la aculturación, a las críticas que ganan en
importancia y a las diferencias entre las promesas y la realidad que merman la legitimidad del
desarrollo «por» y «para» el turismo, la OMT2 en particular recordará los fundamentos humanistas de
su acción de promoción y la inscribirá en el manifiesto del turismo de 1980. Es la apología del turismo
«hacedor de paz» y respetuoso de los ambientes culturales y naturales.
El tercer momento es el del auge potencial, en el discurso de la OMT y en algunas prácticas, de un
modelo alternativo al turismo de masa cuyos visibles impactos ambientales se tornan preocupantes.
Junto al surgimiento del concepto de «desarrollo sostenible» en la escena internacional (Comisión
Mundial para el Medio Ambiente y el Desarrollo en 1987, Cumbre de la Tierra en Río en 1992), los
promotores del turismo implantaron el de «turismo sostenible». Para la adaptancy platform, se trata de
promover nuevas formas de turismo, más adaptadas, más verdes, más moderadas, más apropiadas,
más ecológicas… Para ir más lejos, el código mundial de ética del turismo, que sale a la luz en 1999,
defiende el ideal de un «orden turístico equitativo, responsable, sostenible» que, como no pretende
frenar el formidable incremento de la actividad, debe velar por el «igual beneficio de todos los
sectores de la sociedad», por el «enriquecimiento del patrimonio cultural», por la conservación del
medio ambiente, la justicia social, los «derechos de los grupos más vulnerables», por los «valores
éticos comunes de la humanidad», etc.
Sólo falta que estas evoluciones del discurso oficial y esta letanía de bellos principios «universales» –
sin autoridad – a la que éstas conducen, se adapten en los textos a una opción liberal que se ha
reafirmado varias veces (Lanfant, 2004). Como se trata de promover la expansión mundial del
turismo, «factor de desarrollo», y como la liberalización de los mercados, el avance de los
intercambios internacionales y el buen desarrollo del sector privado contribuyen a ello, el bienestar de
2
La OMT, creada en 1976 como organización junto a las Naciones Unidas, surgió a partir de la UIOOT (Unión
Internacional de los Organismos Oficiales del Turismo, 1946), heredera de la Organización de la «propaganda
turística» de 1925. La conforman miembros efectivos (los representantes de 150 Estados; los Estados Unidos,
particularmente, no forman parte de ella) y miembros afiliados (organismos públicos, empresas privadas, industria
turística…). No fue hasta el 2003 que la OMT quedó integrada al sistema de las Naciones Unidas como institución
especializada, al mismo nivel que la OMS, la UNESCO o la FAO (<www.world-tourism.org>).
las sociedades y la disminución de la pobreza dependen de facto del éxito del liberalismo económico.
El credo se reformula textualmente como preámbulo del código mundial de ética: «Nosotros,
miembros de la OMT […] manifestamos nuestra voluntad de promover un orden turístico mundial
[…] en el contexto de la economía internacional abierta y liberalizada» (OMT, 1999). Y más
adelante, con más precisión: «Los impuestos y recargos específicos que penalizan la industria
turística y que violan su competitividad deberán ser progresivamente eliminados o rectificados.»
Pero el artículo 9, «Derechos de los trabajadores y empresarios de la industria del turismo», de este
mismo código, evidencia mejor toda la ambivalencia del humanismo de la agencia de la ONU: «Las
empresas multinacionales de la industria turística, factor irremplazable de solidaridad para el
desarrollo y el dinamismo de los intercambios internacionales, no deben abusar de las situaciones de
posición dominante que poseen en ocasiones; deben evitar convertirse en el vector de modelos
culturales y sociales impuestos de manera artificial a las comunidades receptoras; a cambio de la
libertad de invertir y operar comercialmente que debe reconocérseles de manera plena, deben
implicarse en el desarrollo local evitando, a través de la repatriación excesiva de sus beneficios o sus
importaciones inducidas, reducir la contribución que deben aportar a las economías en donde están
ubicadas.» Una obra maestra de autosugestión.
¿Qué sucede con esto en la realidad? Hay dos facetas del fenómeno turístico que merecen nuestra
atención. La primera nos remite al turismo como mercado (oferta y demanda) de destinos exóticos
para turistas que en su mayoría provienen del Norte: ¿cómo tiene lugar la satisfacción de la
«necesidad» de esparcimiento y la mercantilización del exotismo? La segunda, más importante de
acuerdo a nuestras intenciones, cuestiona la lógica, el papel y los efectos de este sector prolífico de
actividades, en el desarrollo de los países del Sur. ¿Cómo repercute en las poblaciones locales la
actual organización del turismo mundial y la liberalización de los servicios?

Ofertas y demandas de esparcimiento

El fenómeno turístico como respuesta al deseo de esparcimiento de los residentes solventes de los
países ricos durante el período vacacional, se asemeja, desde el surgimiento del turismo moderno, a un
encuentro entre una oferta y una demanda. O con más precisión, teniendo en cuenta la expansión y
diversificación del sector, entre ofertas y demandas. El mercado del exotismo tiene sus destinos, sus
estrategias y sus promociones; el turista tiene sus expectativas, sus ilusiones y sus economías. Ambos
interactúan y participan en la expansión del acontecimiento turístico. Por esta razón, su
democratización y su masificación ocultan una doble paradoja que es conveniente recordar.
La primera, evidente, confirma la gravedad de las desigualdades Norte-Sur: el viaje de ocio,
relativamente accesible en Occidente (para un 60% de la población), es inaccesible en otros lugares
(para un 80 y hasta un 99% de la población según los países). Aunque sin dudas masificado, el
turismo sigue siendo una exclusividad de los privilegiados: una séptima parte de la humanidad tiene la
posibilidad económica, cultural y política de visitar las seis otras séptimas partes. De este modo
constituye un reflejo bastante fiel de la organización del planeta y de sus desigualdades.
«Emigraciones de agrado» y «emigraciones de desagrado» se cruzan en las fronteras, abiertas para
unos, cerradas para otros, del primer y el tercer mundo.
La segunda paradoja reside en el efecto de cascada de la masificación, el «buen turista» evadiendo
siempre «al malo» que termina imitándolo. El primero busca la tranquilidad o nuevas experiencias, el
segundo frecuenta los períodos y los lugares poblados. El mundo de los turistas, también con
estratificaciones sociales y culturales, no escapa a la búsqueda de distinción, de diferenciación, a la
que responde entonces la diversificación de la oferta, cuando no es esta última la que toma la
iniciativa de «descubrir» senderos aún no trazados o de poner en el mercado nuevos imperativos –
más «exóticos», más «iniciadores», más «auténticos», más «memorables»… – rentables a corto o a
mediano plazo.
La búsqueda de distinción de los neoturistas se lleva a cabo en todas las direcciones; a veces cambia
por la ilusión de aislar sus prácticas turísticas de las relaciones mercantiles, siempre está motivada por
la preocupación de diferenciarse de los «turistas perezosos», del «tonto bronceado». El ejemplo
extremo de referencia, evidentemente inaccesible, es el de Alan Shepard, quien se pagó el lujo de
jugar golf sobre la arena lunar durante la misión Apolo XIV en 1971. A un nivel vulgarmente más
terráqueo y claro que ya menos exclusivo, el mismo descuido de niño mimado, la misma necesidad de
procurarse nuevos terrenos de juego, inundan el mercado del turismo aventurero, de las cabalgatas
motorizadas, del trekking y otras hazañas deportivas en tierras «inhóspitas». La extravagancia de los
medios del turista equipado con lo más novedoso, que se traslada al otro lado del mundo para
regalarse la sobriedad y las sensaciones de pruebas «inéditas», lo enfrenta a la futilidad del progreso y
a la indecencia de esas zambullidas a menudo ostentosas en países pobres.
«Todo el sector del turismo se basa en la construcción de “depósitos” turísticos, la elaboración de
imágenes para vender en el juego de espejo del que se trata este nomadismo específico. El turismo,
una actividad fantasiosa, se alimenta tanto del imaginario como de la “evasión” ya que a menudo el
turista vive en una burbuja climatizada, descontaminada y segura (hotel, vehículo todo terreno, avión
u ómnibus, etc.) ¡en donde mucho de lo que ve, escucha o respira fue cuidadosamente elaborado en
función de lo que es y espera!» (Cazes y Courade, 2004, 250). Por ello, según el perfil del cliente que
viaja, más o menos equipado culturalmente para el esparcimiento, el operador deberá ya sea ocultar, o
destacar el simulacro de la inmersión en tierras extranjeras, garantizar o simplificar la «autenticidad»
de lo visitado, adaptar la relación con la realidad, y hasta la propia realidad, cuando, por ejemplo, los
anfitriones – la decoración humana – son incitados a forzar, o por el contrario, a limar sus asperezas
exóticas, más o menos atractivas, tranquilizadoras o disuasivas.

¿Factor de desarrollo o de desequilibrio?


Durante estos últimos años, la cuestión del turismo como «motor de desarrollo» de los países pobres o
emergentes ya no se plantea exactamente en los mismos términos de hace tres o cuatro décadas. El
turismo mundial, ayer promesa de crecimiento u opción de desarrollo elegible entre otras, se considera
hoy más bien como un gran acontecimiento, irreversible y en expansión, a punto de alcanzar, según
los observatorios especializados, a todos o casi todos los países, incluyendo a los más desfavorecidos,
que asistirán inexorablemente al aumento de su número de «visitantes». Para poder beneficiarse con
semejante «oportunidad de crecimiento económico», para ser capaces de implantar o enriquecer su
parte en el tan competitivo mercado de los destinos turísticos, los países anfitriones, o los que se
convertirán en ello, deben empezar a adaptarse, a exhibir las características requeridas, a ofrecer cierto
número de condiciones básicas, en términos de seguridad, de atractivos, de desarrollo de las
infraestructuras, de diversificación de los productos, etc.
Aún más, la mayoría de los expertos independientes recomiendan a las autoridades nacionales que
preparen y organicen esos procesos, con el objetivo de minimizar los costos sociales y ambientales y
de optimizar las repercusiones positivas para los países implicados… Esta recomendación podría
parecer un deseo piadoso teniendo en cuenta las situaciones que el desarrollo del sector ha provocado
y la lógica dominante que tiende a estructurarlo. Si efectivamente el turismo resulta un medio
«simple3» de acumulación de riquezas, en especial para los países no industrializados cuyos sectores
primarios (agricultura, pesca…) no resisten a la actual organización del comercio mundial, debe
cuestionarse su reparto y su impacto real en las realidades económicas, sociales, culturales y
ambientales locales (Condès, 2004). Al igual que el modelo de desarrollo al que incita y las relaciones
de fuerza que lo orientan.

Viajes para el Sur, beneficios para el Norte

Según la OMT, el turismo constituye hoy la fuente principal de divisas extranjeras para 46 de los 49
países menos desarrollados (PMD). «Otros, más desarrollados, como República Dominicana, las
Maldivas, Túnez o Egipto, han observado cómo el aporte del turismo ha incrementado
significativamente su PIB y contribuido a su crecimiento económico» (Ibíd., 2004, 268). En algunos
pequeños Estados, sobre todo insulares, la contribución del sector a los ingresos nacionales sobrepasa
el 50%, como es el caso de Antigua y Barbuda y Gambia, en los que alcanza el 70% y el 58%
respectivamente. Por esto, los beneficios turísticos y el número de llegadas de vacacionistas siguen
estando distribuidos de manera muy desigual: unos dos tercios de los turistas internacionales escogen

3
El turismo, a diferencia de otros sectores de actividad que requieren grandes inversiones de infraestructura y
formación, puede desde un comienzo generar ingresos, utilizando o redestinando equipos existentes y apoyándose,
en los países del Sur, en un tractivo natural y cultural «al alcance de la mano», tasas de cambio «competitivas», una
mano de obra y un mercado agrícola «barato», etc. Otra especificidad del turismo que se añade a la «facilidad» de su
establecimiento: como producto económico, se consume en los países de producción, así que el viaje corre a cuenta
del visitante…
un destino europeo o norteamericano; por lo tanto, Sudamérica, Asia-Pacífico, África y el Oriente
Medio se comparten menos del 35% del turismo mundial.
«Aunque el turismo constituya una oportunidad real de desarrollo para los países pobres o
emergentes, las posiciones consolidadas de los países más ricos sólo dejan una pequeña parte a los
países pobres» (Ibíd., 276). Se cuestionan, de acuerdo a todas las evidencias, en primer lugar la
diferencia de infraestructura de acogida y de acceso, estrechamente relacionada con el poderío de las
respectivas economías nacionales y con la fuerza de la demanda interna, y luego la sensación de
inseguridad (sanitaria, alimentaria, política, climática…) justificada o no con el jefe de los viajeros
respecto a los destinos lejanos o exóticos. Sólo basta que, incluyendo a todos los países en desarrollo,
el sector no deje de aumentar en proporciones más claras que en el Norte, sobre todo en las economías
emergentes de Asia del Este, en donde aumenta en especial el poderío de China, tanto como país
receptor (4º a nivel mundial, con cerca de 50 millones de visitantes internacionales en 2005), como
país emisor (gracias a la reciente aparición de las vacaciones pagadas y de un sector solvente de unos
200 a 300 millones de turistas potenciales).
Por lo tanto, la mayoría de los Estados del Sur, alentados por las instituciones internacionales
implicadas, apuestan - corriendo el riesgo de una gran dependencia - por esta gallina de los huevos de
oro, gran proveedora de empleos y que supuestamente les aportará abundantes divisas. Sin embargo,
la realidad es menos evidente y aunque las situaciones pueden variar de manera significativa de un
contexto a otro, las grandes tendencias que se han registrado durante estos últimos años indican que
las repercusiones financieras, sociales, culturales y ambientales son a menudo problemáticas, incluso
dramáticas, para las poblaciones locales. Hoy más que ayer, a causa de la creciente concentración del
sector (integración vertical y horizontal de las cadenas internacionales de hotelería, ocio y viajes), los
turoperadores internacionales, radicados principalmente en Europa o en Norteamérica, captan lo
esencial de los flujos financieros del turismo.
En Tailandia, por ejemplo, solo un 30% de los ingresos relacionados con el turismo se quedan en el
país (Alternativas internacionales, 2004); en Cuba entre el 30 y el 38%. Allí, como en otros lugares, el
auge de las ventas de prestaciones con todo incluido (el all inclusive, el package) tiende a aumentar la
tendencia, al igual que las importaciones de equipos y de productos alimenticios «continentales» que
realizan los operadores nacionales o extranjeros, el costo de las campañas de promoción, la
repatriación de los beneficios por las multinacionales… En América Central, en Belice, el 90% del
complejo turístico costero, verdadero «implante» artificial en esta pequeña región tropical, pertenece a
inversionistas norteamericanos. Un estudio del Banco Mundial de 1996 ya calculaba que el 85% de
los ingresos de la reserva keniata de Massai Mara caían en manos de grandes grupos privados, contra
un 5% que pertenece a las poblaciones locales y un 10% a la administración nacional. La extensión
mundial de las empresas que controlan lo más importante del sector también se benefició con el
aumento del poder de los sistemas informatizados de reserva (Global Distribution Systems) que, de
hecho, reafirma su control sobre los procesos de comercialización.
Impactos de la mercantilización de los lugares y los comportamientos

Las repercusiones de la expansión del turismo internacional en términos de empleos en las economías
de los países del Sur también son propensas al debate. Aunque el sector es, sin lugar a dudas, un
importante proveedor de puestos de trabajo, ya que emplea cerca de 250 millones de personas en el
mundo, la calidad de los empleos generados varía. Muchas veces precarios o temporales, están
dirigidos en primer lugar a una población subcalificada, sin protección social, cuando no se trata
directamente de los adolescentes o niños, que podrían ser unos 20 millones en el mundo, que trabajan
en un «oficio» relacionado con el turismo. Los ingresos individuales que la población local puede
«sacar» de los vacacionistas internacionales difieren tanto de la economía local que las consecuencias
societales de esta variante estructural pueden ser también muy graves.
De este modo, podemos apreciar la aparición de sectores informales (venta de souvenirs,
restauración…) alrededor de los enclaves turísticos, en detrimento de las actividades agrícolas o de los
conocimientos tradicionales, como en la isla tunecina de Djerba (800.000 turistas anuales) que no
produce más del 10% de sus necesidades alimentarias (Dehais, 2001). Si la diferencia entre el nivel de
vida local y la bolsa de visitantes de paso desestructura con frecuencia la economía (sin hablar
siquiera de las presiones inflacionistas), también puede desorganizar profundamente a una sociedad.
Cuando una propina, un paseo en taxi pagado en dólares o un «servicio sexual» llega a superar uno o
dos salarios mensuales locales, el país anfitrión está expuesto a cualquier descontrol. Prueba de ello,
no sólo lo constituyen la cantidad de profesionales (de la educación o de la medicina, por ejemplo)
que se trasladan, en Cuba y otros países, hacia pequeños puestos de servicio relacionados con el
turismo, sino además el desarrollo masivo de la prostitución, del turismo sexual (que explota a 2
millones de menores en el mundo), de los mercados negros, de diversos tráficos y de otras redes
mafiosas locales…
Los choques culturales simultáneos no son menos devastadores. «El intercambio» entre modos de
vida y de consumo diferentes resulta ser raras veces provechoso para ambas partes. Amante o no de
los estereotipos, de los clichés o de la «autenticidad», el turista, víctima en menor o mayor escala,
interviene de facto en la mercantilización de las culturas locales, y por tanto en su «presentación», en
su folklorización comercial. En el mejor de los casos, el autóctono se adapta para sacar provecho de
ello; en el peor, el mismo es instrumentalizado por otros intereses, como esos «primitivos pueblos
indígenas» agrupados, que se visitan, con la cámara fotográfica en bandolera, como se visitaría un
zoológico. En sentido contrario, la penetración turística resulta ser raras veces portadora de otras
marcas distintivas diferentes del descuidado consumismo para las poblaciones anfitrionas.
La huella ambiental de la industria turística también provoca una serie de problemas en cadena. Como
lo señala Béatrice Dehais en un trabajo dedicado a la globalización y a los perjuicios del turismo:
«Los modos de consumo de agua y electricidad de los turistas conllevan a menudo a desviar los
recursos disponibles, en detrimento de los habitantes» (Dehais, 2001). Abundan los ejemplos del
establecimiento de un complejo hotelero, de un campo de golf o de una estación balnearia gracias al
desplazamiento forzado de las poblaciones locales, tras haber adquirido el sitio de manera más o
menos legal, e incluso gracias a la privatización de los recursos básicos de los que los autóctonos se
benefician poco o nada. El programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente cita varios
casos de edificios turísticos particulares que consumen, en agua y electricidad, el equivalente al
consumo de varias decenas de miles de hogares de estas respectivas regiones.
La indecencia del desarrollo «por» y «para» el turismo reside también en los daños ambientales
irreversibles causados por su implantación; la erosión del litoral que se lleva a cabo en muchos países
(Túnez, India, Filipinas…) no es el menor de ellos. Daños que se suman a la vulnerabilidad ecológica
y social de las comunidades locales. La presión sobre los ecosistemas al igual que sobre el patrimonio
cultural – cuya «capacidad de carga» a veces se substituye por las ansias de ganancias a corto plazo de
los operadores4 – hipoteca la propia viabilidad de los destinos turísticos, que terminan decayendo ante
otros proyectos. El propio ecoturismo, al igual que los safaris, el trekking y otras «exploraciones-
descubrimientos» se basan muchas veces en modelos de gestión del medio ambiente a corto plazo y
una apropiación de los lugares en detrimento de los habitantes (Sarrasin y Ramahatra, 2006).
Resulta conveniente el cuestionamiento de la lógica dominante de la expansión del «orden turístico»
actual sobre la base, esencialmente, suponemos, de este tipo de balance «globalmente negativo» de las
consecuencias de las emigraciones turísticas sobre las poblaciones del Sur. La explosión del turismo,
íntimamente relacionada con la globalización del modelo neoliberal que promueven las grandes
potencias y aún más los conglomerados privados transnacionales de las industrias de producción y
servicios, favorece el beneficio, en sus orientaciones principales, de esta mercantilización
generalizada de los lugares y los comportamientos, de esas políticas de apertura de las fronteras al
comercio mundial y de privatización del patrimonio y de los bienes públicos, de ese «movimiento
espectacular de concentración del aparato capitalista internacional» del viaje y del recreo (Cazes y
Courade, 2004).
El tratamiento conferido al turismo en el seno del Acuerdo General sobre el Comercio de los Servicios
(AGCS), discutido en el marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC), está a punto de
proscribir cualquier reglamentación nacional o local que limite de cualquier manera el acceso de las
multinacionales del sector a los mercados nacionales (Ecuaciones, 2005). A partir de este momento,
todo esfuerzo regulador que intente subordinar los intereses de los inversionistas a los de los
habitantes de los países anfitriones, de las futuras generaciones y de su medio ambiente, estaría
condenado al fracaso.

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Para enfrentar la llegada de turistas que provocó, en julio de 2006, la apertura de la primera línea de ferrocarril que
une al Tíbet con el resto de China, la cuota diaria de visitantes autorizados del palacio de Potala, símbolo y joya del
budismo, pasó de 1 500 a 2 300. Para no sobrepasar más allá del límite la «capacidad de carga» del sitio, las
autoridades aumentarán al máximo las tarifas de entrada… (Le Soir, 2006).
En cambio, como lo analizan con ironía Georges Cazes y Georges Courade, los Estados Nacionales
siguen siendo invitados a hacer que su región gane en «turisticidad», aun endeudándose si fuese
necesario. «Aunque un país posea ventajas naturales y culturales necesarias para convertirse en
turístico, sólo podrá llegar a serlo si el turista puede lidiar con su nivel de inseguridad, la acogida de
la población interesada, el confort necesario y, sobre todo, que los capitales extranjeros sean
bienvenidos y con bajos impuestos. Poco importa si el régimen político garantiza la estabilidad, y no
constituye un obstáculo el no respeto a los derechos humanos, como se puede apreciar en Túnez o en
Myanmar» (Cazes y Courade, 2004).

¿Es posible otro turismo?

«Tras el balance del aumento de poder de la actividad turística, ¿podemos hablar de un proceso de
democratización?», se pregunta justamente el sociólogo Albert Bastenier. «Se podría seguir diciendo
que, sólo desde un punto de vista cuantitativo, ¡la masificación ya constituye uno! Sin embargo, como
el aspecto elitista de las diferentes formas de turismo no desaparece y como nos enfrentamos más
bien a una sociedad de ocios jerarquizados que, según un modo industrial, sigue distribuyendo a su
público consumidor bienes simbólicos de acuerdo a los criterios de clase, ¿acaso no deberíamos
concluir por el contrario, que ha sido un fracaso a medias, o con más amargura, que ha triunfado la
manipulación mercantil de una política social que en un primer momento había querido vincular
vacaciones, capacidad financiera, ocio, cultura y educación?»
Si agregamos que «ese turismo masivo genera en todo el planeta múltiples interrogantes, tanto
sociales como ambientales, que se han convertido en servidumbres estructurales para todos los
países de acogida», tenemos el derecho de concluir, siguiendo siempre al mismo autor, que «las
repercusiones negativas del turismo a gran escala radican en eso, precisamente en eso» (Bastenier,
2006) y que los únicos efectos sobre las poblaciones locales y los ecosistemas del «nuevo nomadismo
moderno» justifican al menos un cuestionamiento de las lógicas políticas y económicas liberales que
lo orientan. Una gran variedad de asociaciones, redes internacionales y movimientos locales son
partidarios de esta conclusión, y ven en ella la razón de su movilización a favor de la promoción de un
turismo que respete a las personas y al medio ambiente (Gendebien, 2006).
Turismo equitativo, sostenible, de proximidad, integrado, ecológico, domesticado, ético, alternativo,
solidario…las denominaciones abundan, pero todas remiten, con diferentes modalidades, a la
responsabilidad del turismo internacional en el bienestar de las poblaciones visitadas. Aunque existen
muchas experiencias positivas5, en especial a nivel local, es necesario constatar que, a un nivel más

5
Entre muchos otros, el proyecto de turismo rural y solidario lanzado conjuntamente por la Asociación de las
Organizaciones Campesinas Profesionales (AOCP) de Malí, la federación campesina más importante del país, y la
asociación franco-belga Tamadi, corresponde a ese deseo de mejor repartición de los beneficios, de participación de
las poblaciones anfitrionas, de mejoramiento de las condiciones de vida locales, de reforzamiento de los
intercambios culturales, etc. (Défis Sud, 2006).
global, la tendencia, sin influir en verdad sobre las orientaciones dominantes del turismo mundial,
también debe afrontar sus propios límites. Además del hecho de que sigue estando en extremo situada
socialmente – se refiere de facto a un turista con un capital social y cultural más elevado que la media 6
–, esta «oferta alternativa» tiende también a situarse en un mercado en donde el «autoetiquetaje» (sin
un control exterior independiente establecido sobre la base de criterios comunes) y la recuperación
publicitaria de la «pincelada ética» por los grandes viajeros constituyen verdaderos peligros.
¿Bajo qué condiciones entonces la expansión del turismo internacional podría generar algo diferente a
«un nuevo uso occidental del mundo»? Ya que «es indiscutiblemente cierto que si la población de los
países pobres se desplazara tanto como la de los países ricos, la circulación aérea se convertiría en
un problema difícil de resolver», ¿cómo evitar no ver el turismo como «una empresa de
subordinación del planeta al catastrófico modelo del desarrollo occidental»? (Bastenier, 2006). Más
allá de las iniciativas ciudadanas del Norte y el Sur, la respuesta está sin dudas en las capacidades de
canalización y de reglamentación que poseen, poseían o deberían poseer los Estados, y en la
implicación de las respectivas poblaciones en la definición de los proyectos y la distribución de las
ventajas. Con la protección de los organismos internacionales democráticos y aparatos de regulación
negociados y obligatorios, las políticas públicas coordinadas podrían contribuir a invertir la actual
proporción costos/beneficios del sector. Y de este modo, participar efectivamente en el desarrollo de
los países del Sur.
«Si se pudiera pensar que nuestra posición respecto a las relaciones de fuerza reales y a las prácticas
turísticas reales es una utopía», también nos podríamos decir que, según las diferentes exigencias
virtuosas contenidas en los manifiestos internacionales y en especial en los textos de la OMT, esta
última se proporciona «palos para que la apaleen», ya que las normas jurídicas y las prácticas
democráticas que promueve facilitan «a la naciente sociedad civil internacional un marco para
evaluar y refutar» las formas desenfrenadas y depredadoras del actual «turismo de clase» (Cazes y
Courade, 2004). Más que el futuro de nuestras trashumancias de placer, «ejemplos opuestos de las
emigraciones internacionales», los verdaderos retos de esta acusación global y capital son, ni más ni
menos, la democratización del orden (turístico) mundial y la viabilidad del planeta.

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