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Carta a Reda Bensmaïa sobre Espinoza

en Conversaciones. Gilles Deleuze. Pretextos. 1995. Valencia

Me siento muy honrado por la iniciativa de Lendemains y por la asombrosa calidad de


los artículos que me han dedicado. Me gustaría responder poniendo toda esta empresa bajo la
advocación de Espinoza y hablar, si usted me lo permite, del problema que, a este respecto,
me ocupa en este momento. Será un modo de participar.

Creo que los grandes filósofos son también grandes estilistas. Si bien el vocabulario
filosófico, en filosofía, forma parte del estilo, porque implica tanto la invocación de palabras
nuevas como la valoración insólita de términos usuales, el estilo es siempre cuestión de
sintaxis. Pero la sintaxis es un estado de tensión hacia algo que no es sintáctico ni siquiera
lingüístico (un afuera del lenguaje). En filosofía, la sintaxis se orienta hacia el movimiento del
concepto. Pero el concepto no se reduce exclusivamente a sí mismo (comprensión filosófica),
actúa también en las cosas y en nosotros: nos inspira nuevos preceptos y nuevos efectos que
constituyen la comprensión no filosófica de la propia filosofía. Esto explica que la filosofía
tenga una relación esencial con los no filósofos y se dirija también a ellos. Puede incluso
suceder que ellos accedan a una comprensión directa de la filosofía sin pasar por la
comprensión filosófica. El estilo, en filosofía, tiende hacia otros tres polos: el concepto (nuevas
maneras de pensar), el percepto (nuevas maneras de ver y escuchar) y el afecto (nuevas
maneras de experimentar). Tal es la trinidad filosófica, la filosofía como ópera: se necesitan los
tres para que el movimiento tenga lugar.

¿Qué tiene que ver Espinoza con todo esto? Más bien, se diría que carece de estilo,
pues en la Ética utiliza un latín muy escolástico. Pero desconfiemos de aquellos de quienes se
dice que no tienen estilo, pues, como ya observa Proust, son a menudo los más grandes
estilistas. La Ética se presenta como un constante oleaje de definiciones, proposiciones,
demostraciones y corolarios en los que puede reconocerse un extraordinario desarrollo del
concepto. Pero, al mismo tiempo, surgen incidentes a título de escolios discontinuos,
autónomos, que remiten unos a otros u actúan violentamente, constituyendo una cadena
volcánica quebrada en la que rugen todas las pasiones, en una guerra de las alegrías contra las
tristezas. Se diría que estos escolios se insertan en el desarrollo general del concepto, pero no
es así: se trata más bien de una segunda Ética que coexiste con la primera a otro ritmo, con
otro tono, y que duplica el movimiento del concepto mediante todas las potencias del afecto.

Y existe todavía una tercera Ética, cuando comienza el Libro 5º. Espinoza nos enseña,
en efecto, que hasta entonces ha hablado desde el punto de vista del concepto, pero admite
que a partir de ese momento cambiará de estilo para hablar mediante perceptos puros,
intuitivos y directos. Podríamos también pensar que, incluso aquí, continúan las
demostraciones, pero esto ya no ocurre del mismo modo. La vía demostrativa camina ahora
por atajos fulgurantes, actúa mediante elipsis, sobreentendidos y contracciones, procede
mediante resplandores penetrantes y desgarradores. No es ya un río, ni una corriente
subterránea, es fuego. Una tercera Ética que, aunque aparece al final, estaba presente desde
el principio, coexistiendo con las otras dos.

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En esto reside el estilo de Espinoza, bajo su latín tranquilo en apariencia. Hace vibrar
tres lenguas en una lengua aparentemente reposada, introduce una triple tensión. La Ética es
un libro del concepto (segundo género del conocimiento), pero también del afecto (primer
género) y del percepto (tercer género). La paradoja de Espinoza consiste, por ello, en que
siendo el filósofo de los filósofos, en cierto modo el más puro, es al mismo tiempo el que más
se dirige a los no filósofos y quien más intensamente solicita una comprensión no filosófica.
Por ello, estrictamente todo el mundo puede leer a Espinoza y extraer de su lectura emociones
enormes o renovar completamente su percepción, aunque comprenda mal los conceptos
espinosistas. Inversamente, un historiador de la filosofía que sólo comprendiera los conceptos
de Spinoza tendría una comprensión insuficiente. Se precisan dos alas, como diría Jaspers,
aunque solo fuera para llevarnos a todos, los filósofos y los no filósofos, hasta un límite común.
Y las tres alas son el mínimo necesario para constituir un estilo, un pájaro de fuego.