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X Teoría

El nuevo Leviatán

Apuntes sobre Hegel y el marxismo


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X Teoría Naville

La vigencia del estudio de Pierre Naville sobre los Estados “obreros”

Ley del valor y explotación


del trabajo en la ex URSS
Roberto Sáenz

E stamos presentando el primer capítulo (“Salariado mundial, economía mun-


dial y oposiciones sociales“) del segundo tomo (“El salario socialista”) de la
genial obra de Pierre Naville El nuevo Leviatán, dedicada al análisis de las for-
maciones sociales no capitalistas del Este europeo y la ex URSS, publicada en
Francia en 1970.
Ya hemos señalado nuestra deuda intelectual con este autor en lo que hace
a los aspectos teóricos del análisis de lo que él llamaba “socialismos de Estado”,
impuestos en varios países en la segunda mitad del siglo XX. Cabe subrayar asi-
mismo la fuerte filiación trotskista de esta obra de Naville, que se puede con-
cebir en buena medida como un posible desarrollo y ampliación del clásico
texto de León Trotsky La revolución traicionada, un trabajo paradójicamente
poco estudiado por los propios trotskistas en la segunda posguerra.1
En particular, Naville se alza contra de la matriz teórica desarrollada por Ernest
Mandel, quien formuló una interpretación teórica mecánica y unilateral acerca
de los estados donde había sido expropiado el capitalismo, y que terminaba
embelleciendo a la burocracia estalinista que se encaramó sobre ellos y no dejó
piedra sobre piedra de la dominación política y económica de la clase obrera.
El trabajo de Naville que aquí reproducimos, en traducción de Renata
Padín (revisada por Marcelo Yunes), es sin duda un texto complejo, por múl-
1
En honor a la verdad, hay que decir que Nahuel Moreno destacó en reiteradas ocasiones el valor
de la obra de Naville como alternativa a las interpretaciones de Ernest Mandel, y con toda hones-
tidad aclaraba que no se atrevía a asumir la definición de Naville de que en la ex URSS se hubie-
ra relanzado la explotación del trabajo. Sin embargo, Moreno asumía contra Mandel la definición
de Naville –para nosotros, auténticamente marxista y trotskista– acerca de la unidad de principios de
la economía mundial, en oposición a la pseudo teoría de raíz estalinista de las “dos economías”.

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tiples razones. Por otra parte, dado que presentamos sólo un capítulo inicial
del conjunto, inevitablemente la interpretación se vuelve más ardua.
Elementales razones de espacio nos obligan a esta decisión, pero anunciamos
a nuestros lectores que una vasta y comprehensiva selección de esta obra
monumental –que abarca siete volúmenes en su edición original– está a
punto de ser publicada, por primera vez para el público de habla hispana, por
Editorial Antídoto.
Considerando, entonces, que esta obra brillante nunca había sido traducida
al castellano, y como forma de sostener en el tiempo la necesaria polémica y
reflexión acerca del balance de las experiencias “socialistas” del siglo XX, es
que hemos elegido publicar esta sección de El nuevo Leviatán.
Se trata de un capítulo de índole esencialmente metodológica, que sienta las
bases del abordaje teórico del resurgimiento y continuidad de relaciones de
explotación salariales en la ex URSS a partir del salto cualitativo en el proceso
de degeneración burocrática. En ese sentido, el autor busca aquí establecer los
fundamentos teóricos para comprender este proceso de relanzamiento de la
explotación del trabajo en los países donde los capitalistas habían sido expro-
piados.
Dicho esto, destacaremos las tres definiciones teóricas centrales del texto
que aquí reproducimos.

LA UNIDAD DE PRINCIPIOS DE LA ECONOMÍA MUNDIAL

La primera y fundamental definición del texto es la insistencia de Naville en


que la economía mundial debe ser analizada como una totalidad, necesaria-
mente marcada por una unidad de principios y leyes que atañen, globalmente,
al conjunto de sus relaciones sociales. Unidad, es innecesario aclararlo, no
implica uniformidad. Pero Naville se pone firme, en reiteradas ocasiones, con-
tra el postulado estalinista de la “convivencia de dos sistemas económicos dis-
tintos”, regidos por leyes distintas, tomando como premisa la existencia de la
ex URSS. De esta interpretación teórica fueron tributarios connotados “trotskis-
tas” como Ernest Mandel, y suele ser reproducida por muchos de los grupos y
corrientes que se consideran “ortodoxos”.2
En contra de este postulado metodológicamente pluralista –o dualista, más
bien– Naville insiste, tal como lo había señalado el propio Marx en su Crítica
al Programa de Gotha, en que por todo un período histórico (incluso en los paí-
ses donde fueran expropiados los capitalistas, en la medida en que esto suce-
diera bajo la égida del sistema capitalista a nivel mundial), necesariamente, la
ley de leyes que enmarcará la economía de la transición seguirá siendo la ley
2
Por ejemplo, los compañeros del PTS han dedicado prácticamente todo un dossier de su revista
teórica a criticar nuestras elaboraciones sobre el balance de las experiencias “socialistas” del siglo
XX (ver “Del estalinismo a la restauración capitalista”, en Estrategia Internacional 22). En sus traba-
jos hacen una cerrada defensa de las elaboraciones de Mandel, su verdadero mentor teórico en este
terreno, repitiendo en particular la equivocada analogía (a nuestro entender, desmentida por la
experiencia histórica del siglo pasado) entre propiedad estatal y propiedad social.

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del valor. Esto es así aun cuando esta acción resulte parcialmente contrapesa-
da por la actuación política y económica de un auténtico Estado obrero y una
real transición al socialismo.

SUBSISTENCIA DEL TRABAJO ASALARIADO Y EXPLOTACIÓN MUTUA

En segundo lugar, Naville señala algo que debería haber sido de Perogrullo
y que también será una herencia inevitable en las sociedades de transición que
podamos conquistar en el siglo XXI: la subsistencia, por todo un período histó-
rico, de la forma del trabajo asalariado; hecho que habrá que reconocer preci-
samente como única forma de ponerse en guardia y pelear contra sus imposi-
ciones desiguales. Lo que Naville subraya es que en la ex URSS la fuerza de tra-
bajo se seguía intercambiando por un salario. Y que, en estas condiciones, sub-
sistía y no podía dejar de subsistir un “cuasi mercado de trabajo”.
Se daba la paradoja de que el trabajo asalariado necesariamente permane-
cía como base de las relaciones económicas tanto en los países capitalistas
como en los “socialismos de Estado” (o “Estados burocráticos”). Y esta perma-
nencia –explica Naville– se expresaba en las sociedades no capitalistas emer-
gentes de la expropiación de los capitalistas como la existencia de relaciones
de “explotación mutua” o “autoexplotación”, del estilo de las cooperativas
obreras bajo el capitalismo. Naville señala que estas relaciones pueden tender
a la completa disolución de toda relación de explotación sólo bajo la condi-
ción del desarrollo de las fuerzas productivas y de la separación de la retribu-
ción y el trabajo rendido (esto es, basar la retribución en el principio “de cada
uno según su capacidad y a cada uno según su necesidad”), so pena de que la
explotación recomenzara y se verificara la apropiación, por parte de una buro-
cracia, del trabajo excedente no pagado3, en condiciones de liquidación de la
democracia obrera.

DEL FETICHISMO DE LA MERCANCÍA AL FETICHISMO DEL “TRABAJO PURO ”

Es a partir de estas premisas que se desarrolla el tercer eje del texto de Naville:
la crítica al fetichismo estalinista del trabajo “puro”. Es decir, a la idea de que el
trabajo en la ex URSS ya no tendría ninguna determinación social y sería una
pura relación técnica, posición de raíz teórica bujarinista. Esta postura no resistía
entonces ni resiste hoy el menor análisis. Entre otras cosas, porque implica la idea
de que las categorías marxistas, las leyes de la economía capitalista, ya no ten-
drían ninguna utilidad en la comprensión de la sociedad de transición que,
supuestamente, tendría leyes propias, provenientes no se sabe de dónde.
Sin embargo, como planteaba Marx, necesariamente en la transición sub-
siste el trabajo asalariado (acompañando la subsistencia de la ley del valor), así
como un principio de explotación o autoexplotación del trabajo. Por tanto, la

3
Al respecto, ver Roberto Sáenz, “Crítica a la concepción de las revoluciones socialistas objetivas”
en Socialismo o Barbarie 17-18.

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connotación social del trabajo es irrevocable, contra cualquier fantasía del “tra-
bajo puro”, fetiche fundador del “Estado socialista” estaliniano.4
En la medida en que subsisten –y no pueden dejar de subsistir– principios y
leyes comunes a la totalidad que es la economía mundial y el mercado mundial,
los análisis de Marx conservan toda su vigencia en la economía de la transición.
Insistimos en que este condicionante se mantiene incluso si desde el Estado
obrero se busca limitar esta actuación de la ley del valor, la cual librada a su ope-
ración ciega y automática, conduce inevitablemente de regreso al capitalismo.
Por eso mismo, este relativo “violentamiento” del subsistente imperio de la
ley del valor, en el sentido de la acumulación socialista, no se puede lograr de
manera “espontánea” u “objetiva” como resultado de una abstracta “ley del
plan” en manos de una “burocracia obrera”, como han supuesto muchos trots-
kistas. Por el contrario, requiere de la auténtica acción y planificación econó-
mica conciente por parte de una clase obrera en ejercicio efectivo del poder
político y económico. Y esta planificación debe partir no de negar, sino de
reconocer esa inevitable subsistencia. Por supuesto, nada de esto significa pro-
piciar una adaptación pasiva a la ley del valor –como postularon tantos refor-
mistas y “socialistas de mercado” a medida que la crisis de la ex URSS y los paí-
ses del Este entraba en una espiral creciente–, pero tampoco puede suponer
desconocerla de manera voluntarista y burocrática.

EL ESTALINISMO , ALGO MÁS QUE UNA MERA BUROCRACIA

Por último, Naville introduce hacia el final del capitulo otra definición polé-
mica. A diferencia de tantos “trotskistas” que no se tomaron la molestia de estu-
diar La revolución traicionada y que hoy siguen hablando de la “burocracia
obrera” de la ex URSS, Naville insiste en que llegado a determinado punto de
la burocratización, se produjo el surgimiento –inédito en esa escala– de una
burocracia independiente que, agregamos nosotros, no llegó a ser una clase en
el sentido orgánico del término.
Producto híbrido de un proceso de transición abortado, la burocracia llegó
a ser –como diría Trotsky– “más que una mera burocracia”, en la medida en
que no tenía a su lado una clase propietaria, como ocurre con las burocracias
en los países del Occidente capitalista. Más que una mera burocracia, enton-
ces, pero también, para completar la expresión de Trotsky, “menos que una
clase orgánica” –contra la interpretación de los defensores de la tesis del capi-
talismo de estado o del colectivismo burocrático– lo que da cuenta de las razo-
nes sociales de la restauración capitalista.

4
En la medida en que la retribución no ha sido emancipada del trabajo rendido y no se efectúa en
función de las necesidades desiguales de personas desiguales (lo que debería dar la medida de en
qué medida el régimen económico se transforma en socialista), lo que queda es la igualdad formal
del derecho burgués, que en realidad sanciona la subsistencia de la desigualdad real.

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