Depósito legal: CO‐573‐2011
Córdoba, 2011
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He ido, como suelo hacer siempre, hacia el mar, uno de los pocos
escenarios donde no viven los personajes de los cuentos de Pepe
Pereza, que los he encontrado hasta en el desierto y hasta en un
restaurante griego, que me cruzo con ellos a diario, excepto con el
torero. Que salgo de casa y lo primero que veo es el parque con el
abuelo enfermo sentado en uno de los bancos y, un poco más allá, la
niña que viene todos los días para elegir a una de las mamás de los
otros niños, y justo cuando me fijo en la chica embarazada, pienso en
si ella también percibirá unas alas de ángel en su hijo y por mi lado
derecho pasa el hombre que, aburrido de su vida, practica sesiones de
sadomasoquismo. Al girar por el edificio del INEM, analizo
detenidamente los rostros por si alguien grita que es un alienígena. Y
durante la comida reto desafiante a la manzana del postre no te
atreverás y la he cogido con más fuerza de lo normal por si se me iba
de las manos hacia el techo. Y luego esta idea de que me amen hasta
esnifarme, un amor intenso tiene que ser así, llegar al esnifamiento
total de mis cenizas. Y últimamente cuando miro mi sombra, temo
encontrarme con la sombra de otro y no adaptarme a ella como se
adapta Susana.
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lenguaje, sin ninguna concesión al artificio, y del mismo modo que
nos muestra una singularidad a veces irrazonable, nos muestra la
realidad del hombre sin más.
El libro comienza con un sueño y acaba con otro, como si fuera una
obra cerrada y circular, como queriendo dar a entender que esas
rarezas tan verosímiles pertenecen al mundo onírico, o son fruto de la
casualidad. Sin embargo, más bien creo que Pepe Pereza nos está
diciendo que sólo quien experimenta en algún momento de su vida
un hecho extraño, fantástico, raro, como ajeno a uno mismo, sabe qué
es ser real: que no hay límite de separación entre los hechos
extraordinarios y los otros, que ambos se mueven en el mismo plano,
siendo su mirada la que los identifica y los califica.
Cada lector sacará sus propias conclusiones del universo imaginario de
Pepe Pereza, y quizá llegue a descubrir qué tiene en común cada cuento con
el que le precede y por qué el autor nos ha dejado esas pistas, en ocasiones
de un modo tan evidente.
M. J. Romero (Octubre del 2009)
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Si a Pepe hubiese que describirlo con dos palabras, las más adecuadas
serían: “hombre aburrido”. Por eso le sorprendió tanto que de entre
todos los seres humanos del planeta, el elegido fuera él. Todo empezó
así: Un día que Pepe estaba durmiendo la siesta, Dios se presentó en
su salón y con voz ronca y abovedada dijo:
- Despierta.
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- ¿Tienes arcilla por ahí?
- ¿Qué?
- Arcilla ¿qué si tienes un poco?
- ¿Arcilla?
- Sí, para crear un ser humano.
- ¿Para crear qué?
- Un ser humano, uno cómo tú. Así me creerás y podremos ir al
grano…
- Vive.
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El barro se fue convirtiendo progresivamente en carne, huesos y
fluidos. Finalmente, la figurita cobró vida.
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- Yo es que no soy bueno hablando, me atasco, tartamudeo, y además
no me gusta la gente, prefiero aprovechar mi tiempo libre para estar
tranquilo en casa. - intentó escaquearse Pepe.
- ¿Y tú te defines a ti mismo cómo bondadoso? Menudo Dios de
mierda eres tú… ¿Dónde está la bondad en lo que has hecho conmigo?
Sólo me has creado para convencer a este imbécil… - intervino el
Madelman, con voz de pitufo.
- ¡Eh! Sin insultar, que yo no te he hecho nada – se defendió Pepe.
- Ni siquiera has tenido la decencia de hacerme como es debido, pero
qué más da, tan sólo soy una demostración de tu gran poder, qué
importa que me hayas hecho feo y deforme…
- Trata de ignorarle y sigamos con nuestra conversación - le indicó
Dios a Pepe.
- ¿Y ahora qué va a pasar conmigo? ¿O no has pensado en eso? -
insistió el pequeño ser.
- ¡Cállate! ¿No ves que estamos tratando asuntos de suma
importancia?... - gritó Dios, a punto de perder la paciencia. – Estamos
asegurando el futuro del mundo.
- ¿Y qué futuro me espera a mí?- añadió el pequeño ser.
- Muérete - concluyó Dios de forma tajante.
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- Segurísimo… El tal Manuel ese, creo que vive dos pisos más arriba.
- ¿Éste no es el quinto?
- No, es el tercero.
- Pues… No sé que decir… Como ves, se ha cometido un error.
- No pasa nada, todo el mundo comete errores.
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Manuel García Armas se dedicaba a la política, pero su verdadera
vocación era el fútbol. De no ser por una grave lesión que tuvo en la
rodilla cuando era joven, se hubiera consagrado de pleno a su
deporte favorito. Fue un hábil delantero que sabía regatear en el
área sin perder los nervios ni el control del balón, además era rápido
como un rayo y durante tres temporadas seguidas fue el pichichi de
la segunda división. Todos los entrenadores que tuvo le auguraron
un futuro brillante, pero lo cierto es que la grave lesión le apartó de
los terrenos de juego para siempre. Más tarde, según fueron pasando
los años, se metió en política. Eso sí, siempre que le era posible
acudía al palco del Bernabeu para animar a su equipo. Ese día
jugaba el R. Madrid contra el F. C. Barcelona. En ese partido se iba a
decidir la liga. Todos estaban ansiosos por saber el resultado final.
Ganaba el Barcelona por cero a tres y tan sólo se llevaban jugados
treinta minutos de la primera parte. Mal lo tenían los de la capital.
Todos los aficionados que llenaban el estadio no perdían ojo de cada
jugada, todos excepto Manuel García Armas. Manuel ignoraba lo que
ocurría en el terreno de juego. Toda su atención estaba puesta de
uno de los recogepelotas. Su curiosidad se debía a que había
advertido una extraña cualidad en él. Parecía como sí el chaval
supiese de antemano por dónde iba a salir la pelota porque cuando
eso sucedía, ahí estaba él esperándola para devolverla al césped.
Luego, en lugar de regresar a su zona y sentarse a esperar, el chaval
acudía directamente a un lugar específico del campo y allí se
quedaba parado. Al poco tiempo la pelota salía por donde él se
había situado. Así una y otra vez. Aunque Manuel era un gran
entusiasta de los encuentros entre el Madrid y el Barça, no podía
apartar la vista del chaval. La cabeza de Manuel no paraba de
analizar hipótesis que explicasen su habilidad premonitoria, pero no
encontró respuesta. La única posibilidad era que el chaval tuviese
acceso directo a un futuro inmediato. Fuese lo que fuese, aquello no
era normal. Entonces pasó algo especial que sólo Manuel pudo
apreciar: el recogepelotas hizo un gesto contenido de celebración.
Manuel no supo a qué se debía hasta que pasaron unos segundos y
el R. Madrid metió un gol. Manuel ni siquiera lo celebró, estaba tan
estupefacto que no pudo. ¿Cómo era posible anticiparse a los
hechos? Eso dentro de los límites de la ciencia no tenía ninguna
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lógica. Así fueron pasando los minutos hasta que el árbitro pitó el
final del primer tiempo. En los descansos Manuel tenía por
costumbre acercarse al bar a tomarse una copita de “Torres 5”, pero
en esta ocasión prefirió quedarse donde estaba, vigilando al
recogepelotas. Aprovechando que tenían el campo para ellos solos,
los recogepelotas saltaron al césped y se pusieron a intercambiar
pases con un balón. El chaval no parecía distinto a sus compañeros,
sin embargo, Manuel intuía que sí lo era, que había algo en él que lo
hacía especial y único. Sintió ganas de abandonar el palco y bajar al
césped para hacerle infinidad de preguntas: ¿cuál era el secreto de
su don, cómo lo había adquirido, le venía dado de nacimiento o, por
el contrario, era algo que había potenciado una y otra vez hasta
dominarlo de una forma natural?... Pero justo en ese momento,
árbitros y jugadores salieron de nuevo al campo, dando por
inaugurado el segundo tiempo. Al igual que en el primero, el chaval
seguía anticipándose a todas las salidas del balón. A aquellas alturas
del partido Manuel tenía claro que el recogepelotas adivinaba el
futuro, por eso cuando le vio apretar los puños y dar un par de
pequeños saltos de satisfacción supo que enseguida llegaría el
segundo gol del Madrid. Y así fue. Esta vez Manuel sí lo celebró,
aunque sin demasiado entusiasmo porque ya lo había hecho de
forma contenida unos instantes antes, con el recogepelotas. Se sintió
privilegiado, podía anticiparse al futuro por medio del chaval y eso
le gustó. Si pudiese utilizarlo en la política estaba seguro de que su
carrera despegaría de manera fulgurante. Si el chaval podía adivinar
por dónde iba a salir una pelota, ¿por qué no iba a ser capaz de
adivinar los resultados de una votación? Ese pensamiento le abría
las puertas de sus ansiadas metas, del éxito y de lo que era más
importante, del poder. Con ese chaval a su lado la presidencia del
país estaba al alcance de su mano. Justo cuando le estaba dando
vueltas a esta idea, sucedió algo que le puso los pelos como
escarpias. El recogepelotas estaba a lo suyo y de repente se giró y
miró directamente al palco donde estaba Manuel. Durante unos
segundos que parecieron eternos, ambos se miraron fijamente.
Manuel estaba aterrado, no podía moverse. De haber podido,
hubiera abandonado el palco de inmediato. Sintió cómo la mirada
del chaval penetraba en su mente cómo un escáner de rayos X,
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apropiándose de sus más íntimos pensamientos. Manuel se
consideró violado. A partir de ese momento el recogepelotas dejó de
anticiparse a los hechos y se comportó como lo haría cualquier
recogepelotas. Manuel salió del Bernabeu un cuarto de hora antes de
que finalizase el partido. Ya no le importaba si el Madrid ganaba o
no la liga, lo único que deseaba era llegar a casa, meterse en la cama,
taparse la cabeza con la almohada y sacarse el miedo del cuerpo.
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(Basado en hechos reales)
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su locura se hizo más aguda. Cada vez que algo no le gustaba se las
arreglaba para conseguir una pieza afilada y con ella se cortaba un
trozo de carne que hacía llegar a sus carceleros como prueba
evidente de su inconformismo. Los responsables de la prisión se
hartaron de las locuras del españolito y decidieron que lo mejor era
enviarlo de regreso a su patria. Pero en España las cosas no fueron a
mejor. Su cordura estaba ya tan mellada como su cuerpo. Intentó por
todos los medios regresar a Cuba. En su corazón había una herida
abierta y necesitaba a su mulata para cerrarla, pero le fue imposible.
Tenía vetada la entrada en la isla, de por vida. Después de varios
altercados públicos terminó en una celda de La Modelo, en
Barcelona. Amadeo siguió “protestando” y mandando pedazos de sí
mismo a los carceleros. Hasta que lo pusieron en un régimen
especial con vigilancia intensiva. Todos los días registraban su celda
a fondo en busca de elementos cortantes, no se le permitía mezclarse
con los demás presos y lo mantenían aislado de todo y todos. Aun
así, consiguió varias veces arrancarse a mordiscos partes de sus
brazos y hombros. Cada vez que esto ocurría, era trasladado de
inmediato a la enfermería de la prisión hasta que sus heridas
cicatrizaban. Su vida se había convertido en un constante ir y venir
de la celda a la enfermería y viceversa. Llevaba casi ocho meses sin
poder “protestar”. La estricta vigilancia a la que era sometido se lo
impedía. Desde hacía unas semanas había notado a los guardias más
distraídos de lo habitual, así que decidió pasar a la acción. Puso el
aparato de radio en el suelo, lo cubrió con una manta para
amortiguar el ruido y con el pie lo aplastó, apartó la manta, eligió
uno de los fragmentos, el más afilado y con él fue cortando poco a
poco un pedazo de la parte inferior de su muslo derecho. Según fue
brotando la sangre, Amadeo se rió a carcajadas. Otra vez se había
burlado de sus carceleros, otro pedazo que añadir a su siniestra
colección, otra victoria. El dolor nunca fue un impedimento para sus
“protestas”, él estaba acostumbrado a sufrir. Además, el dolor de
sus amputaciones no era comparable al que sintió aquella tarde en
La Habana, cuando llegó a la habitación de su hotel y en vez de a su
mulata encontró aquella manzana.
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El carcelero dio la voz de alarma y entró en la celda. Amadeo le
esperaba riéndose a carcajadas, sosteniendo en su mano un trozo de
carne ensangrentado.
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Después de cenar, Mariano se puso a ojear el periódico. Todo eran
malas noticias: atentado en no sé dónde, guerras por allí, masacres
por allá… En fin, lo de todos los días. Pasó unas cuantas hojas al
azar y leyó: Desarticulada una red de pederastas que operaba
desde…
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que lo intentó de nuevo. Se concentró en el centro de la manzana,
apretó con fuerza los dientes, cerró los ojos y dijo para sí:
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- Te voy a hacer bailar, hijo puta – dijo James, apuntando al
pederasta con su mágnum tres cinco siete.
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giraban la cabeza y murmuraban a su paso. Le miraban de reojo, con
desconfianza y odio. Sufría continuos ataques nocturnos contra su
propiedad. Los chavales del barrio acudían protegidos por la
oscuridad para lanzar piedras contra sus ventanas, escribir con
spray obscenidades en la fachada, pinchar las ruedas de su coche,
etc. Así un día tras otro, hasta que decidió mudarse. Pero en la
nueva urbanización las cosas no habían mejorado para él. Más bien,
todo lo contrario…
El pederasta sabía que dijese lo que dijese no iba a servir para nada.
Ya estaba condenado de antemano, así que se rindió. Quizás fuera lo
mejor, acabar de una vez por todas con tanta culpa y vergüenza, con
tanto dolor. Tal vez la propuesta de James era la mejor salida. Que le
llenase la cabeza de plomo para poder escapar de toda la mierda de
ese mundo que ni olvidaba, ni perdonaba. El pederasta que estaba
de rodillas, se dejó caer al suelo y quedó tumbado tripa arriba. Miró
el cielo. Estaba plagado con millones de estrellas. Nunca antes había
visto tantas. Le hubiera encantado ser una de ellas, un puntito de
luz en medio del cielo negro. James le pateó el hígado y la cara y
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siguió amenazándole con la pistola, pero el pederasta ya no le
escuchaba. Finalmente James apretó el gatillo y la sangre y sesos del
pederasta cubrieron el suelo. Los trocitos de masa encefálica
resaltaron sobre el ensombrecido césped como chispeantes estrellas
en medio de una noche cerrada.
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Ramiro era un jubilado que casi todas las noches salía en busca de
mensajes de las estrellas. Desde que su mujer murió, siempre que el
tiempo era propicio, salía en busca de un mensaje que no terminaba
de llegar. Observaba atentamente los titileos de cada estrella para
apuntar de seguido en una libreta: punto, raya, raya, raya, punto,
punto… En los tres años que llevaba escrutando el cielo nunca logró
encadenar una pequeña frase en Morse que tuviera algo de sentido.
Aun así, él seguía inquebrantable en su empeño. Antes de morir, lo
último que le dijo su mujer fue: Búscame en las estrellas, yo te hablaré a
través de ellas. Este era el motivo por el cual Ramiro buscaba un
mensaje en el cielo. Por eso salía cada noche esperanzado, aunque
cada amanecer regresara cabizbajo y con una fría sensación de
tristeza y fracaso. Notaba la falta de su mujer a cada segundo: de
más de cincuenta años de matrimonio era normal que la echase de
menos. Su vida había dejado de tener sentido y sólo aguantaba en
este mundo por si las estrellas se decidían, de una puñetera vez, a
enviarle el ansiado mensaje de su esposa. Mientras esperaba, la
tristeza se iba adueñando de él y lo poseía hasta el extremo de
hacerle perder las ganas de todo. Ramiro siempre fue un hombre
risueño que contagiaba su buen humor a todos, pero desde que se
quedó viudo parecía otro. En tres años había envejecido diez. Su
pelo, que siempre fue negro, se había ido agrisando. Su rostro y
frente estaban llenos de pliegues, y su miraba vacía era un fiel
reflejo de la tristeza que le acompañaba siempre. Esa noche estaba
siendo muy fría y Ramiro no paraba de tiritar mientras escribía en
su libreta. Estaba enfadado con las estrellas. Hasta ese momento,
todo habían sido mensajes ilegibles y sin sentido. El vapor salía de
su boca formando pequeñas nubes blancas que terminaban
fundiéndose con la negrura de la noche. De pronto, una estrella
llamó su atención. Se apresuró a apuntar en su libreta una serie de
espacios, rayas y puntos. Al principio no le dio ninguna
importancia, pero según iba anotando en la libreta, una frase
comenzó a surgir. Con cada tintineo formaba letras y palabras
completas con sentido. Ramiro repasó el mensaje una y otra vez para
no caer en errores. Todo era correcto. Lo leyó una vez más. No cabía
duda, su mujer por fin le hablaba a través de las estrellas. Ramiro
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dio gracias al cielo y saltó de alegría como si fuese un chaval. Ya no
habría más días tristes, de hecho ya no habría más días. El mensaje
decía: “No estés triste, mi amor. Mañana antes del anochecer estaremos
juntos”.
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Era de noche y llovía. David caminaba por las solitarias calles
dejándose calar por la lluvia. Le gustaba salir a esas horas, cuando la
ciudad estaba desierta y todas las aceras eran sólo para él. David
poseía un don especial que le hacía distinto al resto de la gente.
Aunque más que don, era una maldición. David absorbía la tristeza
de los demás como una servilleta absorbía el líquido. Por eso a
David le gustaba pasear por la noche, cuando la ciudad dormía y no
había gente en las calles. Era entonces cuando se sentía a salvo de la
tristeza de los demás. Gracias a ellos, David había experimentado
todo tipo de tristezas, desde las más livianas a las más crueles.
Penas que tan sólo eran nostalgia y otras tan amargas y dolorosas
que tardaba días, a veces semanas, en recuperarse. Esa era la
maldición de David: absorber la tristeza de las personas con las que
se cruzaba. Le ocurría en cualquier sitio. Caminando por la calle, de
pronto se rozaba con alguien y se veía invadido por sus penas. La
tristeza no era suya, no le pertenecía, pero igualmente le inundaba y
sobrecogía. A veces acumulaba tantas penas que enfermaba y se veía
obligado a encerrarse en casa.
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al río. David estuvo a punto de ceder a los impulsos suicidas, pero
con gran esfuerzo logró sobreponerse y abandonó deprisa la
pasarela. Huyó del sendero y corrió hasta su casa. Solo allí estaba a
salvo del sufrimiento ajeno.
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Los faros encendidos del vehículo iban devorando las líneas
discontinuas del asfalto, abriéndose un hueco en la espesa oscuridad
de la noche. Por los altavoces del coche sonaba la versión que
Radiohead hizo del mítico tema de los Pink Floyd: “Wish You Were
Here”. Laura subió el volumen y siguió conduciendo por la
autopista. Un par de lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Al
escuchar el tema no pudo evitar echarse a llorar, quizás porque esa
canción le traía un aluvión de recuerdos y no todos eran gratos. Pisó
el acelerador un poco más. Las lágrimas siguieron brotando y al
mezclarse con el rimel de sus pestañas, dejaron un rastro negruzco
en su cara, parecido a dos minúsculas carreteras. Se cruzó con un
coche que le dio las largas e hizo sonar repetidas veces su claxon.
Laura continuó conduciendo como si nada, absorta en sus
pensamientos, llorando con cada acorde. Recordó el día que Miguel
le regaló el CD que estaba escuchando. Fue dos semanas antes de
que se matase en un accidente. Laura había bebido demasiado.
Además se había tomado un puñado de tranquilizantes y la mezcla
no le estaba sentando muy bien. Pisó un poco más el acelerador. La
aguja del cuentakilómetros subió a ciento sesenta. Laura no hizo
caso del cuentakilómetros, ni siquiera se fijó en él. Ella sólo miraba
al frente, a esa oscuridad perpetua levemente mancillada por los
faros de su coche, a ese negro absoluto que era un fiel reflejo de su
estado emocional. La música y las lágrimas seguían fluyendo al
igual que el dolor y la desesperación. La letra de la canción decía:
“Ojalá estuvieras aquí”. Laura lloraba más y más. Cada nota de la
canción era una puñalada que le recordaba que Miguel estaba
muerto, que nunca más tendría sus besos, sus abrazos… que ya nada
merecía la pena. Se cruzó con otro coche que también le puso las
largas e hizo sonar insistentemente su claxon. Laura conducía en
sentido contrario. Dos coches más la esquivaron e hicieron todo lo
posible para advertirla de su error, pero ella seguía inquebrantable
por el carril que había hecho suyo, como un proyectil homicida
impulsado hacía un futuro incierto. Avanzando en la dirección
equivocada, decidida a terminar como en un guión de cine, saltando
por los aires en una gran bola de fuego que apagase con su luz la
noche entera.
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(Guión para cortometraje)
ESCENA 1 / EXTERIOR‐CALLE / NOCHE
Es una preciosa noche de mayo, con una inmensa luna llena colgada en el
cielo. Un barrendero del ayuntamiento barre mientras silba un bolero
improvisado. Es un hombre de unos sesenta años con cara de buena
persona. A golpe de escoba va haciendo un montón con los desperdicios.
Cuando está a punto de recogerlo con su pala, un coche pasa a gran
velocidad provocando un remolino de aire que le desparrama el montón por
la acera.
BARRENDERO
Aguanta viejo, que este verano nos vamos de vacaciones a Cuba.
Vuelve a barrerlo todo. Luego lo recoge con la pala y lo echa en su carro.
Sigue calle arriba hasta que llega a un contenedor de basura donde vacía el
contenido de su carro. Un hombre en albornoz sale de un portal cercano
cargando con dos bolsas de basura. El hombre está borracho y camina
haciendo eses. Llega al contenedor y arroja las bolsas dentro. A juzgar por
el sonido las bolsas están llenas de botellas vacías.
BARRENDERO
Este no es el contenedor de vidrio.
BORRACHO
¡Que te jodan!
El borracho le ignora y regresa al portal. El barrendero recoge las bolsas y
las lleva hasta el contenedor de vidrio, que está unos metros más adelante.
Cuando llega, abre una de las bolsas y comienza a echar las botellas en el
interior. Al fondo, una mujer joven sale de su portal cargando con varias
bolsas. La mujer está embarazada de unos seis meses. Se acerca al
contenedor de vidrios y echa algunas botellas dentro. El barrendero sigue
vaciando la interminable bolsa del borracho.
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BARRENDERO
Buenas noches.
MUJER
Buenas noches.
Los dos siguen echando botellas en el contenedor.
BARRENDERO
Qué ganas tenía de que llegase el buen tiempo… En mi trabajo el
clima influye mucho ¿sabe?... Tengo reuma y la humedad me mata...
La mujer guarda silencio mientras sigue echando botellas en el contenedor.
BARRENDERO
Pero sólo me faltan tres semanas y dos días para las vacaciones... Me
iré a Cuba. Allí el tiempo es estupendo...
La mujer termina con los envases de cristal y se desplaza al contenedor de
papel, que está al lado. El barrendero sigue echando botellas en el de
vidrio. La mujer saca unos periódicos y unas revistas de una bolsa de papel
y los va depositando dentro del contenedor.
BARRENDERO
Y la gente es muy simpática y amable... Apenas tienen nada, pero les
da igual, el sentido de la alegría no lo pierden...
La mujer termina.
MUJER
Adiós.
BARRENDERO
Adiós. Buenas noches.
La mujer entra al portal.
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ESCENA 2 / INTERIOR‐ PORTAL / NOCHE.
La mujer sube por las escaleras hasta llegar al quinto piso. Saca las llaves
y abre la puerta de su casa.
ESCENA 3 / INTERIOR‐ RECIBIDOR / NOCHE.
La mujer está agotada y recupera aire apoyada en la pared del recibidor.
Aparece un hombre con una botella de vino en la mano.
HOMBRE
¿Por qué has tardado tanto?
MUJER
Me he dado mucha prisa.
HOMBRE
¿Quién era el hombre con el que hablabas?
MUJER
¿Qué hombre?
HOMBRE
No te hagas la tonta conmigo. Sabes que me saca de quicio. Te lo
repito ¿quién era el hombre con el que estabas hablando mientras
tirabas la basura? Os he visto desde la ventana.
MUJER
¡Ah! El barrendero. No le conozco, es la primera vez que le veo...
HOMBRE
Y ¿de qué hablabais?
MUJER
Decía que le faltaba poco para irse de vacaciones a Cuba.
HOMBRE
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Y si no le conoces ¿por qué te cuenta eso?
MUJER
No lo sé.
HOMBRE
(Estrellando la botella de vino contra la pared)
Te he dicho que no te hagas la tonta conmigo...
MUJER
Te juro que no lo sé...
HOMBRE
(Soltándole un bofetón en la cara)
No me mientas.
MUJER
Por favor…
HOMBRE
(Dándole un puñetazo en la tripa)
¡Puta de mierda!
La mujer cae al suelo protegiéndose la tripa. El hombre se agacha a su lado
y la agarra del pelo.
HOMBRE
¡Me das asco!
La mujer está aterrada y apenas puede respirar. E hombre se incorpora,
abre la puerta y sale.
ESCENA 4 / INTERIOR‐ ESCALERAS / NOCHE.
El hombre cierra la puerta con fuerza. Da al interruptor de la luz y baja
por las escaleras. En el segundo piso se encuentra con una anciana que
sale de su casa con una bolsa de basura.
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HOMBRE
(Con tono amable y simpático)
¡Buenas noches, doña Carmen! ¿Dónde va tan elegante?
Lo de “elegante” es una broma ya que viste una roída bata de estar por
casa.
DOÑA CARMEN
Buenas noches. (Mostrándole la bolsa de basura) Ya ves donde voy.
HOMBRE
No me mienta, seguro que va a visitar a alguno de sus amantes.
DOÑA CARMEN
Tú siempre tan bromista.
HOMBRE
Déme que ya se la bajo yo.
DOÑA CARMEN
Gracias, eres muy amable.
Le pasa la bolsa de basura.
HOMBRE
Lo hago encantado.
DOÑA CARMEN
Te lo agradezco en el alma, porque esas escaleras me dejan medio
muerta. A mi edad las piernas me fallan.
HOMBRE
No diga eso. Si parece una quinceañera.
DOÑA CARMEN
Ya quisiera yo. Bueno, adiós majo...
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HOMBRE
Adiós, doña Carmen.
DOÑA CARMEN
¿Sabes qué?
HOMBRE
Dígame…
DOÑA CARMEN
Eres un buen hombre.
HOMBRE
Y usted, un sol.
La anciana cierra la puerta y el hombre sigue su descenso por las escaleras.
Llega al portal y sale a la calle.
ESCENA 5 / EXTERIOR‐ CALLE / NOCHE.
El hombre se acerca al contenedor y arroja la bolsa dentro. Unos metros
más allá el barrendero continúa con su trabajo. El hombre camina hacia él
mirando de reojo a su alrededor. Saca una navaja del bolsillo y la abre. Se
acerca al barrendero por detrás y le asesta varias puñaladas en el hígado.
El barrendero cae al suelo sin saber a qué viene el ataque. El hombre
limpia la hoja de la navaja en el pantalón de su víctima. Echa una mirada
a su alrededor y cuando se asegura de que nadie le ha visto, se guarda la
navaja en el bolsillo y sigue su camino calle arriba.
BARRENDERO
Cuba...
Después muere.
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Ana acababa de salir de la clínica donde le habían hecho una
ecografía. Caminaba por la calle mirando boquiabierta la foto que le
habían dado. En ella se podía distinguir a un pequeño feto de perfil,
perfectamente normal de no ser por unas pequeñas alas que
sobresalían de su espalda. El ginecólogo le había dicho que todo era
normal, que esos dos pequeños apéndices de la espalda
posiblemente eran manchas desenfocadas del negativo, provocadas
por los movimientos del feto. Pero Ana veía claramente que no eran
manchas. Eran alas, como las de los gorriones recién salidos del
huevo. Cuanto más se fijaba en la foto más convencida estaba. Su
futuro bebé era un querubín en proceso de transformación. No se
sentía preocupada por la anomalía de su pequeño, más bien todo lo
contrario. Intuía que su hijo iba a ser alguien muy especial, un ser
maravilloso que traería cosas buenas a este mundo. Se llevó las
manos a la tripa y se la acarició. Entonces sintió un leve cosquilleo
en su interior, algo parecido al aterciopelado roce de un puñado de
plumas. No le quedó duda. En su interior llevaba un ángel.
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En el cielo había un ángel que no era como los demás. Lo que le
diferenciaba del resto eran sus continuas erecciones. Para él era
bastante incomodo ir por ahí con el pene erecto, pero ¿qué podía
hacer si sufría de priapismo? Los otros ángeles le criticaban a
escondidas y le hacían el vacío. Un día que estaba solo, se le
apareció el diablo.
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El mandril le enseñó los dientes como señal de advertencia. Aun con
esas, el ángel se acercó más. No podía apartar la mirada de su rojo
culo. El mandril hizo un sonido hueco, una llamada de socorro.
Enseguida apareció el resto de la manada. Le rodearon y le atacaron
brutalmente. En plena agresión, el ángel pensó que eso de perder la
virginidad estaba sobrevalorado ya que a él la experiencia no le
estaba gustando demasiado.
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Pablo lloraba en el cuarto de baño de su casa. Estaba desnudo
sentado sobre el bidé, sujetando su pene con la mano izquierda
mientras que con la derecha agarraba un afilado cuchillo. Junto a sus
pies, un ramo de rosas rojas desperdigadas por el suelo daba un
toque de color a la escena… Pablo sufría una rara variante de
narcolepsia. La narcolepsia ya de por sí es una enfermedad bastante
rara que consiste, más o menos, en la alteración psíquica del sueño.
Es decir, que cuando el paciente se excita, le sobreviene un episodio
de sueño profundo que lo deja fuera de juego. Pero a Pablo, sólo le
ocurría cuando se excitaba sexualmente. Por este motivo, a sus
cuarenta y tres años, seguía siendo virgen. Había intentado
consumar el acto de todas las maneras posibles, pero en todas, el
sueño se interpuso haciéndole fracasar. Lo intentó tomando
tranquilizantes, estimulantes, drogas, hierbas medicinales, baños
termales, sesiones de terapia, yoga, hipnosis… Todo resultó inútil.
Siempre que su pene se dilataba, él caía fulminado por el sueño. Y
claro, perder la virginidad en esas condiciones era bastante difícil.
Por no poder, no podía ni masturbarse porque en cuanto tenía un
amago de erección se iba directo al reino de Morfeo. Pablo jamás
sintió el placer que da un orgasmo, y dudaba que lo sintiera alguna
vez. A no ser que alguien encontrase una cura satisfactoria. Los
médicos eran incapaces de ayudarle, cada uno tenía un diagnóstico
diferente, a cada cual más disparatado. Uno, incluso, llegó a decirle
que su volumen sanguíneo era demasiado escaso y que cuando el
pene reclamaba la porción de sangre necesaria para la erección, esa
sangre era recogida directamente del cerebro, éste, al quedarse sin
riego, lanzaba un aviso de alerta que culminaba en un episodio de
sueño. Su vida había sido un infierno, un tremendo desbarajuste
hormonal y emocional que lo mantenía apartado de la rutina de
cualquier persona normal. Porque él se sentía tremendamente
anormal, una especie de marciano inadaptado en lucha permanente
con su sexualidad y su rara enfermedad. Lo llevaba mejor que años
atrás, cuando era un adolescente que se empalmaba simplemente por
respirar. Ésa fue sin duda, su peor etapa, donde la enfermedad se
hizo patente en su grado máximo. En un día normal, podía llegar a
sufrir de cuarenta a cincuenta ataques de sueño profundo. Los tenía
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en cualquier sitio, en la biblioteca, en las clases, en el gimnasio, en
las discotecas, en plena calle… Un día en la piscina, estuvo a punto
de ahogarse al entrever un poco de vello púbico que sobresalía del
bikini de una jovencita. Otro, de poco es atropellado por un autobús
por mirar una gran valla publicitaria con una modelo impresionante
que anunciaba una marca de lencería. Otro, se rompió el tobillo
derecho en clase de gimnasia al caerse de la cuerda por la que
trepaba. Por lo visto, el roce de la cuerda con sus genitales provocó
el incidente. Sucesos como éstos o parecidos eran tan habituales que
se habían convertido en rutina. Una vez que la adolescencia fue
dando paso a la juventud, las cosas se calmaron un poco, aunque los
ataques de sueño seguían siendo constantes y le impedían
relacionarse, no ya con mujeres, sino con todos los que le rodeaban.
Los amigos eran cada vez más escasos y sus familiares menos
cercanos le veían como un bicho raro que era mejor evitar. Quizá por
ello se fue volviendo más y más introvertido. La juventud dio paso a
la madurez y su vida se estabilizo un poco. Seguía teniendo sus
accesos de sueño pero ya no eran tan frecuentes y de alguna manera,
había aprendido a evitarlos.
El caso es que hacía unos cuantas semanas que Pablo había conocido
a Lara y después de entablar amistad y salir unas cuantas veces
juntos, decidieron ser algo más que amigos. Pablo estaba muy
nervioso porque sabía que la hora de follar estaba cerca. Por ahora,
había intentado esquivar todo lo relacionado con el sexo, aun así,
Lara se le acercaba cada vez más y más. Notaba cómo ella trataba de
dilatar los pocos besos que se daban. Percibía su respiración
entrecortada y su cuerpo sobrecogido. Pablo, en cuanto subían un
poco de tono se disculpaba con lo primero que se le ocurría,
excusándose con tonterías que ni el más tonto se creería. No se
atrevía a dejarse llevar pero tampoco a confesarle el problema. Las
disculpas y las excusas se le estaban acabando y pronto tendría que
enfrentarse a la situación. No era la primera vez que pasaba por
esto, y seguramente no fuese la última. Pablo sabía que lo mejor era
ir con la verdad por delante, aunque la mayoría de las veces, por no
decir todas, sus aspirantes a amantes, al saber de su rara
enfermedad, terminaban perdiendo la paciencia y abandonándolo
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por alguien más dispuesto. De ahí su recelo a la hora de confesar a
Lara su problema. Pensó en hacerle una visita sorpresa y contarle,
de una vez por todas, la verdad. Si ella le quería tendría que
aceptarle tal y como era.
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Marcelo llevaba años experimentando con las rosas. Sus éxitos más
sobresalientes fueron las rosas comestibles bajas en calorías y las
famosas rosas fluorescentes, ésas que brillan en la oscuridad y
exhalan un perfume embriagador. Ni se sabe la cantidad de premios
que recibió por estas últimas. Sabiendo que gozaba de prestigio y
buenas subvenciones, Marcelo se había propuesto ir más allá y crear
una rosa que al respirarla suministrara los mismos componentes del
tabaco, con la variante de que se eliminaba el humo, la dependencia
y, lo que es más importante, las enfermedades cardiovasculares
derivadas de su consumo. Marcelo creía que si el experimento tenía
éxito le consagraría. Lamentablemente, Marcelo falleció antes de que
sus experimentos vieran la luz. En el parte de defunción escribieron
que la causa de su muerte fue un cáncer de pulmón provocado por
los sesenta y tantos cigarrillos que consumía a diario.
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Juanjo se encendió un cigarro, era el último que le quedaba y a esas
horas de la noche no tenía ni idea de dónde iba a poder comprar un
paquete. Era lunes y los lunes cerraban los bares demasiado pronto.
Saber que era su último cigarro, sin posibilidad de hacerse con más, le
impidió disfrutarlo como a él le hubiera gustado. Siguió caminando
por las solitarias calles de la ciudad buscando un garito abierto donde
echarse un buen lingotazo y, sobre todo, comprar tabaco. Le
quedaban unas caladas y muchas ansias de nicotina. Las perspectivas
de encontrar un bar abierto eran desalentadoras y no había nadie con
quien cruzarse y al que pedir un par de cigarros. Juanjo apuró el
cigarro hasta que el filtro empezó a quemarse, dejándole un mal sabor
de boca. Tiró la colilla al suelo con rabia y siguió caminando en busca
de tabaco. De haber tenido, se hubiera encendido uno de inmediato.
Era estúpido estar enganchado de esa manera a un vicio tan ridículo,
tendría que pensar en dejarlo de una vez, pero lo había intentado
varias veces sin lograr mantenerse apartado del humo más de un par
de días. Juanjo no era fuerte de espíritu y lo sabía. Nunca consiguió
nada de lo que se propuso, así que con el paso del tiempo, fue
asumiendo que era un perdedor. Ya había recorrido varios locales que
creía estarían abiertos, pero no, estaban cerrados. Prosiguió su
búsqueda, cada minuto más desesperado y agobiado. Tiempo atrás se
hubiera acercado a una gasolinera veinticuatro horas y hubiera
comprado su paquete de Winston sin más, pero los cabrones del
gobierno tuvieron que prohibir la venta de tabaco en ese tipo de
establecimientos. El gobierno nunca se preocupó por los noctámbulos
y menos si eran unos perdedores sin futuro. Juanjo se detuvo a pensar
dónde conseguir su ansiado tabaco. No se le ocurría nada. Los bares y
los puticlubs estaban cerrados, las gasolineras no lo vendían, no había
nadie por la calle, hasta las putas de la estación se habían ido…
Llevado por el “mono”, se puso a buscar colillas por el suelo. Pero
había llovido y las que encontraba eran infumables. No era su noche.
De pronto, tuvo una idea. Urgencias. La sala de urgencias siempre
estaba abierta, allí siempre había gente fumando en la puerta.
Encaminó sus pasos hacía el hospital con la esperanza de lograr al
menos uno de sus objetivos. No era una gran proeza, pero él se sintió
contento.
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Matías trabajaba de guardia jurado en la sala de urgencias del
hospital. No le gustaba porque tenía que pasarse toda la jornada
entre heridos, enfermos y familiares de ambos. Matías presenciaba
cómo cada día la sala se atestaba de todas esas personas que
necesitaban una cura de urgencia, y no era agradable. Hubiese
preferido trabajar en cualquier otro lugar, vigilando una sucursal
bancaria, o un palacio de congresos, o las oficinas de hacienda,
incluso en la garita prefabricada de una obra. Cualquier cosa menos
allí. Un día entró en urgencias un vagabundo al que aparentemente
no le pasaba nada. No sangraba, no iba bebido, no parecía drogado y
no acompañaba a nadie en ese estado. De hecho, su aspecto era de lo
más saludable. Le pareció extraño. Tal vez el vagabundo sólo había
entrado para estar en un sitio caliente y no en la calle pasando frío,
aunque a Matías se le ocurrieron mil sitios mejores. Como no
molestaba a nadie, Matías lo dejó en paz. Nada había cambiado en la
sala. El ambiente era el de siempre: heridos, enfermos, sus familiares
preocupados, gemidos de dolor, sangre, heridas, médicos y
enfermeras corriendo de un paciente a otro, malas energías,
enfermedad y tristeza. Mucha tristeza. Ésa era la rutina diaria a la
que Matías se había acostumbrado. De pronto, algo llamó su
atención y le sacó del sopor. Alguien se estaba riendo y escuchar una
risa en esa sala era algo insólito. Matías se fijó en que poco a poco
los presentes habían empezado a hablar unos con otros, los enfermos
no lo estaban tanto, los heridos se encontraban mejor, los niños
jugaban entre ellos... En todo el tiempo que llevaba allí, nunca se
había dado una situación igual. No le dio más importancia, hasta
que dos días después se dio el mismo caso. De pronto, el ambiente
cambiaba sin más y todos comenzaban a sentirse mejor. Hablaban y
reían como si estuviesen en una cafetería cualquiera. Matías no
comprendía ni cómo ni por qué llegaban las buenas vibraciones así
de repente. Estaba dándole vueltas al asunto cuando cayó en la
cuenta de que en ambas ocasiones, el vagabundo había estado allí.
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Tres días más tarde, Matías vio entrar al vagabundo. Ese día y hasta
entonces, todo había trascurrido de forma habitual, es decir, malas
vibraciones, enfermedad, tristeza… pero enseguida todo empezó a
cambiar. Esta vez, Matías permaneció alerta y observó asombrado
las mejoras de los presentes. Era algo milagroso y siempre sucedía
cuando aquel vagabundo entraba en escena. De alguna forma, el
vagabundo conseguía llevar el bienestar allá donde iba, incluso
Matías se sentía privilegiado de poder estar allí y presenciar algo
tan mágico y especial. Miró al vagabundo sin poder apartar la vista
de él. Creyó que era un santo, sin duda alguien tocado por la mano
de Dios. Entonces apreció algo más. A medida que los enfermos
sanaban, el vagabundo se fue poniendo más y más pálido. Sus
hombros se fueron encogiendo como los de un anciano. Un ligero
temblor sacudió sus extremidades y su miraba se fue apagando hasta
que sus pupilas cogieron un tono grisáceo como los ojos de un
pescado que ha dejado de ser fresco. Entonces, el vagabundo se
incorporó y con gran esfuerzo, caminó hasta la salida. Matías se
acercó a él y le ayudó a salir. Desde aquel día, Matías, en cuanto le
ve llegar, se apresura a abrirle la puerta y siempre se asegura de que
tenga un asiento libre en la sala.
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Eduardo se parecía a Robert De Niro. De hecho, si los hubiesen
presentado como hermanos gemelos nadie hubiera dudado porque su
parecido era asombroso. Pero Eduardo no encajaba en esos ambientes
porque él era un vagabundo resentido con el lujo y el buen vivir. Su
vida se reducía a vaciar cuantas más botellas mejor, dormir la mona y
luego seguir bebiendo. Siempre estaba metido en peleas de borrachos,
ya fuera por defender su territorio en un banco del parque o su
parcela de barra en un garito. Había pasado tantas veces por
urgencias que allí todo el mundo le llamaba por su nombre, mejor
dicho, por su apodo: De Niro. Eduardo se había aprendido algunas
frases de las películas de Robert De Niro y las interpretaba imitando
sus gestos y voz, mejor dicho, la voz del doblador, porque Eduardo
no sabía inglés. Cuando veía algún bebedor con la cartera llena, se le
acercaba y le hacía una de sus imitaciones. Con un poco de suerte, le
sacaba unos euros que inmediatamente invertía en alcohol. Otras
veces eran los propios clientes los que le incitaban:
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Un día Eduardo apareció tirado en un callejón con cinco puñaladas.
Parecía la escena final de uno de esos films sobre mafia italiana en los
que De Niro siempre era el protagonista.
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Pepe y Carmen decidieron ir al cine. En la cartelera ofrecían la
reposición de Toro Salvaje, de Martin Scorsese. Pepe optó por ella.
Carmen prefirió una comedia de amor con Richard Gere de
protagonista. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder. Justo en
medio de la discusión, cuando trataban de comparar el talento de
Robert De Niro con el de Richard Gere, dieron un salto en el
espacio-tiempo y aparecieron en medio de un desierto. Aquello les
dejó sin habla durante unos momentos. Estar en un sitio y al
segundo siguiente en medio del desierto, acojona de la hostia. Ya no
importaba si De Niro era mejor o peor actor que Richard Gere, ya no
importaba la película que verían, lo único que importaba era cómo
coño habían llegado hasta allí. Y lo que era más importante, cómo
podrían regresar al punto de partida. Escrutaron el horizonte
intentando distinguir un lugar a donde dirigirse. No había rastro de
civilización y hasta donde alcanzaba la vista, sólo se oteaban dunas
y más dunas. Decidieron encaminar sus pasos en sentido contrario al
sol, así podrían caminar dándole la espalda y sus ojos no sufrirían la
violencia de su luz. Poco a poco fueron pasando las horas y el astro
rey empezó a ocultarse dando paso a la fría noche. Pepe y Carmen
hicieron un alto en su camino para recuperar fuerzas, se abrazaron
intentando aprovechar el calor de sus cuerpos, tenían la boca seca y
pequeñas quemaduras en los rostros. Apenas pudieron dormir, la
ropa que vestían no era la adecuada para las bajas temperaturas.
También acusaban la falta de agua y alimentos. Carmen rompió a
llorar, necesitaba desahogarse de alguna manera y pensó que
soltando unas cuantas lágrimas se sentiría mejor. Pepe la abrazó y
trató de calmarla. Justo en ese momento dieron un salto en el
espacio-tiempo y aparecieron sentados a la mesa de un restaurante.
La sorpresa fue mayúscula, pero aprovechando que estaban allí
decidieron pedir. Pepe levantó el brazo para llamar la atención de
uno de los camareros, el chico se acercó inmediatamente a la mesa y
les preguntó qué iban a cenar, pero Pepe y Carmen no entendieron
ni una palabra, quizá porque el camarero les hablaba en griego...
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El famoso restaurante chino de la calle Mayor se estaba quemando.
Grandes llamaradas y columnas de humo subían hasta el cielo
nocturno. Los bomberos todavía no habían llegado y la policía era
incapaz de contener a la muchedumbre que, rabiosa, acudía en busca
de venganza. Los dueños del restaurante, un matrimonio chino,
habían sido detenidos y llevados a los calabozos de la comisaría
acusados de asesinar al menos, a cuatro personas de su misma
nacionalidad. Por lo visto, se deshicieron de los cadáveres
sirviéndolos como parte del menú. La ternera con salsa de ostras no
era exactamente ternera, el cerdo agridulce no era exactamente cerdo
y el aclamado pato a la naranja lo único que tenía de cierto es que
era “a la naranja”. Los que habían sido clientes del restaurante
asistieron al lugar con latas de gasolina y antorchas, como en las
viejas películas de Frankenstein, en las que el pueblo acudía en masa
a quemar el castillo y al monstruo.
48
Evaristo estaba sentado en el sofá viendo las noticias de la noche. El
presentador anunciaba, con evidente preocupación, que debido a la
sequía, lo más seguro es que hubiesen algunos incendios. A Evaristo
le gustaba ver las noticias mientras hacía la digestión. Esa noche
para cenar se había metido entre pecho y espalda dos platos de
callos. Para cualquier otro, eso habría sido una exageración, pero,
para él, sólo era un tentempié. Pesaba ciento cincuenta y seis kilos y
medía más de dos metros de estatura. Su mujer, Clara, había tratado
mil veces, sin éxito, de ponerle a dieta, pero él era un saco sin fondo
donde se podía vaciar la nevera entera. De pronto, Evaristo empezó
a sentir un ligero ardor de estómago al que no dio ninguna
importancia. Al rato comenzó a sudar. El ardor de estómago
empezaba a resultar bastante molesto. Tendría que haber hecho caso
a su mujer y no abusar tanto del picante. Clara fregaba los platos en
la cocina intentando memorizar la compra que tendría que hacer al
día siguiente.
- Claaaraaaaa…
- Enseguida te la llevo, déjame terminar con esto - le contestó ella
desde la cocina.
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Un pequeño chispazo de electricidad estática producido por el roce
con el sofá fue el detonante de la combustión espontánea. Evaristo
no pudo hacer nada, en cuestión de segundos estaba ardiendo como
una gran antorcha humana. Minutos después, cuando Clara le llevó
la manzanilla, comprobó aterrada que el salón estaba lleno de humo
negro. En el sofá había un gran ronchón aún incandescente y en el
suelo estaban las zapatillas de andar por casa de su marido, que
calzaban dos pies que terminaban en unos tobillos carbonizados. El
resto de su marido era ceniza.
50
Santiago tenía una urna donde guardaba las cenizas de su difunta
esposa. Cada vez que la echaba de menos, cogía la urna, la abría y
con una tarjeta de crédito extraía un pequeño montoncito que
después machacaba y trituraba con el canto de la tarjeta. Finalmente,
distribuía el montoncito en una fina línea y, a través de un billete
enrollado, esnifaba los restos de su mujer. Esto le ayudaba a seguir
adelante. Aliviaba sus penas y añoranza. Santiago consideraba su
hábito no un hecho extraño, sino una íntima y estrecha comunión
con su esposa. Sólo era un acto de amor, uno más de los tantos con
los que se habían correspondido a lo largo de su relación. La muerte
prematura de ella los había separado para siempre, pero mientras le
quedasen sus cenizas, seguiría comulgando con ella. Todos sus
amigos le disculpaban, sabiendo que lo suyo era un inútil intento de
acercamiento a su difunta mujer producido por el dolor. Santiago
aseguraba que cuando esnifaba las cenizas de su mujer la sentía
dentro de él. Ante tales afirmaciones, sus amigos y familiares no
podían hacer nada.
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“El Chutas” le llamaban sus colegas de aguja porque era el punk más
yonqui y tirado del barrio. Se había ganado el mote a base de miles
de pinchazos repartidos por todas sus venas. No obstante, gozaba de
cierto prestigio, ya que en su día fue un destacado guitarrista de un
grupo punk. Los que le conocían de entonces, le guardaban cierta
admiración. El Chutas realmente se llamaba Carlos, aunque ya nadie
le conociera por ese nombre. Aquel día en la calle, Carlos acechaba a
una anciana que confiada sacaba dinero de un cajero automático. Vio
que aquel era el momento de actuar. Cruzó la calle mirando a ambos
lados mientras sacaba su revólver. Se colocó al lado de la vieja y
apretando el cañón contra su vientre le pidió amablemente que
sacase el máximo permitido por su tarjeta de crédito. La anciana
aterrorizada no opuso resistencia e hizo todo lo que Carlos le
ordenó. Le entregó el dinero y las pocas joyas que llevaba (un anillo
de matrimonio y unos pendientes baratos). Después abandonó el
sitio sin dar la voz de alarma. Carlos la había advertido de antemano
y la anciana, aunque muy asustada, se sentía afortunada de haber
salido viva de la experiencia. Carlos corrió con el botín en sus
bolsillos y se refugió en un oscuro y húmedo callejón para
contabilizar la suma de sus ganancias. Entonces apareció aquel
mamarracho. Iba vestido de superhéroe, con leotardos naranjas,
botas rojas de goma, capa bermellón al vuelo y camiseta extra-
ajustada (a juego con los leotardos) con un relámpago estampado en
el pecho, además de una ridícula máscara que ocultaba su rostro. El
tipo era bajito y rechoncho, con una prominente barriga que apenas
cubría la camiseta.
- Muy gracioso… – dijo Carlos sin dejar de contar los billetes. - ¿Te
has escapado de una fiesta de disfraces o qué?
- He visto lo que le has hecho a esa pobre señora - añadió el
superhéroe, sin dejar nunca el acento gallego.
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- Eso no es asunto tuyo, pelele.
- ¡Soy Relámpagoman! Y estoy aquí para combatir la injusticia.
- Pedoman, como me sigas tocando los cojones voy a enfadarme
contigo - le advirtió Carlos, guardándose el dinero en la entrepierna.
- Prepárate para luchar. - gritó Relámpagoman con ese condenado
acento gallego, mientras ensayaba una postura marcial.
53
Una pareja de la Guardia Civil escoltaba al pobre Félix hasta las
afueras del pueblo. El sargento Ochoa caminaba mirando de reojo
los nubarrones que se aproximaban, mientras que López, el otro
guardia, empujaba nervioso la silla de ruedas de Félix, que no
paraba de insultarles e increparles con voz gangosa y entrecortada:
Era lo único que podía hacer para defenderse. Félix era paralítico de
cintura para abajo. Hasta tres rayos le habían dejado así. Porque a lo
largo de su vida, a Félix le habían alcanzado no uno ni dos, sino tres
rayos. El primero fue cuando tenía catorce años. Por entonces era
pastor y un día en que las ovejas pastaban en el monte, se levantó
una gran tormenta. Félix intentó reunir al rebaño cuando de pronto
un rayo, le golpeó de lleno. Sobrevivió, pero perdió la sensación de
frío y casi la totalidad del habla. Desde ese día, le costaba un gran
esfuerzo articular palabras y a todas les daba un tono gangoso y
entrecortado. El segundo rayo le pilló a la salida de la iglesia un
domingo por la mañana. Félix contaba ya con veinte años y estaba a
punto de irse a cumplir el servicio militar. Todos los quintos del
pueblo incluido Félix, salían de la iglesia de escuchar la misa en su
honor. Entonces el cielo descargó otro rayo. Félix sobrevivió una vez
más, pero sus cinco compañeros no. Quedaron totalmente
achicharrados. Como resultado, Félix se quedó sin rastro de vello en
el cuerpo. El rayo lo dejó totalmente calvo y sin cejas, dándole un
aspecto de lo más siniestro. Desde entonces, los vecinos del pueblo
le atribuyeron la muerte de sus compañeros. Murmuraron y le
criticaron resentidos. Algunos dijeron que estaba maldito, otros que
sólo era mala suerte y los más dolidos proclamaron que era hijo del
mismísimo Satanás. El tercer rayo fue el que lo dejó sentado para
siempre en la rudimentaria silla de ruedas. Ocurrió justo tres años
después de los funerales de los cinco quintos. Félix estaba en el
establo ayudando a Nicolás a ordeñar sus vacas. Entonces, el rayo
atravesó el tejado impactando de lleno en Félix. La electricidad
recorrió su columna vertebral, destrozándosela, y dejándole
paralítico de cintura para abajo. Lo peor de todo fue que la descarga
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mató al bueno de Nicolás y a la totalidad del ganado. Los vecinos,
que hasta entonces defendían a Félix porque estaban convencidos de
su mala suerte, se unieron al grupo de los que creían que estaba
maldito. Convocaron un pleno en el ayuntamiento para decidir qué
medidas tomar de cara a prevenir futuros incidentes. Después de
mucho discutir, llegaron a un acuerdo: cuando el cielo viniese negro
y con nubarrones, una pareja de la Guardia Civil se encargaría de
escoltar a Félix a las afueras del pueblo y dejarlo allí hasta que
escampase la tormenta. A tal efecto, levantaron allí para Félix una
especie de caseta con una tejavana para protegerlo, si no de los
rayos, al menos de la lluvia y el frío…
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Era una de esas casetas de un par de metros cuadrados que construían
al lado de los cambios de vías del ferrocarril. Hacía años que estaba
abandonada y muy poca gente se acercaba a ella, quizá porque estaba
bastante alejada de la ciudad. De vez en cuando a Jacinto le gustaba
dar un paseo hasta la caseta y revivir tiempos lejanos. Perdió su
virginidad dentro. Fue con una conocida del barrio dos años mayor
que él. Ella se llamaba Elisa. Nunca pudo olvidar ese día y le gustaba
acercarse hasta la caseta y allí rememorar aquellos entrañables
recuerdos. Ese día, Jacinto se había levantado un poco abatido.
Mientras desayunaba pensó en llegarse hasta la caseta de la vía.
Aquello siempre le reconfortaba y le devolvía el buen ánimo. De
camino le fueron asaltando las imágenes de aquél lejano día con Elisa.
Recordaba, como si fuera ayer, el vestido estampado que ella llevaba
y la delicada manera que tenía ella de apartarse el pelo de la cara. El
color de sus ojos y la carnosidad de sus labios. Su voz y sus andares
desenvueltos, contoneando su trasero perfecto y rotundo. Recordaba
el brillo del sol en su sonrisa, el lunar en su largo cuello, escondido
entre el nacimiento del pelo y su oreja. Su aroma fresco y limpio y la
huella de sus pezones endurecidos por la excitación del momento.
Jacinto sabía que revivir esos recuerdos era mano de santo para sus
achaques. El aire fresco de la mañana se apreciaba en forma de rocío
vaporizado por encima de toda la vegetación que acompañaba a los
oxidados raíles de la vía abandonada. Ya faltaba poco para llegar,
cinco o diez minutos como mucho. Pero según se acercaba, fue
notando que todo tenía un aspecto distinto. La vegetación había sido
arrancada dejando paso a un gran camino de tierra desmenuzada por
las ruedas de camiones y excavadoras. El ruido de las máquinas y los
gritos de los obreros lo sacaron de su mundo interior. Los raíles y
travesaños de las vías estaban siendo arrancados y de la caseta
únicamente quedaban cuatro cascotes diseminados. Jacinto se llevó la
mano a la boca en un gesto de asombro y tristeza. Por lo visto la
nueva autopista iba a pasar justo por allí. Las lágrimas le cayeron
mudas y desordenadas. La autopista le robaba uno de sus recuerdos
más queridos. Sin la caseta, el recuerdo de aquel día junto a Elisa se
tornaba difuso y escurridizo. Y eso le dolía tanto como la pérdida de
un ser querido.
56
Hacía ya ocho meses que empezaron las obras de la casa y tenían
pinta de continuar por siempre. Se suponía que en tres semanas todo
estaría listo, pero la cosa se fue complicando hasta llegar al caos
absoluto. Ricardo compró la casa con la intención de arreglarla un
poco y entrar de inmediato a vivir en ella. Quería ensanchar el
sótano para hacer un garaje, así que contrató a unos operarios. Pero
en cuanto éstos empezaron a cavar, encontraron cientos de restos
humanos en sótano y jardín. En un principio, se pensó que la casa
había sido habitada por un asesino múltiple, pero más tarde se
descubrió que aquel resultaba ser el mayor hallazgo arqueológico
desde Atapuerca. Según el carbono catorce, aquellos huesos eran los
más antiguos encontrados hasta la fecha. Paralizaron las obras y los
expertos comenzaron a desenterrar todas aquellas osamentas y
cráneos. De la noche a la mañana, la propiedad de Ricardo se llenó
de afamados arqueólogos, estudiantes de arqueología, especialistas,
periodistas y curiosos que lo fueron desplazando de tal manera que
finalmente se vio forzado a mudarse a un hotel cercano. Según
pasaban las semanas Ricardo se iba ofuscando más y más con la
situación. Los jodidos huesos de mierda, los estúpidos arqueólogos,
los asquerosos de la prensa, los hijos de puta del ayuntamiento que
ignoraban sus quejas… Estaba cabreado con todo hijo de vecino.
Para rematarla, al poco le llegó una misiva estatal en la que le
comunicaban la inminente expropiación. Aquellos ladrones le daban
por su casa menos de lo que le había costado. Fue la gota que colmó
el vaso. Ricardo fue siempre un hombre pacífico, pero no podía
tolerar la injusticia que estaba sufriendo. Proteger sus pertenencias
era una cuestión de principios. Aquel día, cuando se hizo de noche,
cogió la escopeta de caza y unos cuantos cartuchos, lo metió todo en
una bolsa de deportes y salió del hotel camino de su casa dispuesto
a lo que hiciera falta para recuperar lo suyo. A medida que se iba
acercando, su conciencia le iba diciendo que había mejores
soluciones, que se parase a pensar, pero la rabia y la frustración le
hacían seguir caminando. Cuando llegó a su casa se detuvo unos
instantes, valorando si las consecuencias de lo que estaba a punto de
hacer compensaría el valor de aquellas cuatro paredes. Por las
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ventanas se veía luz, y a través de los visillos se apreciaban siluetas
que pasaban de un lado a otro en un ir y venir constante. Por un
momento, pensó que no había traído suficientes cartuchos para tanto
invasor. Tenía la boca seca y sudaba a chorros. Estaba en un
momento crucial de su vida. Lo que pasase a partir de entonces
marcaría para siempre su destino. Podía coger el dinero que le daba
el gobierno y olvidarse del asunto, o empezar a tiros con todo Dios.
La decisión era suya, sólo suya. Ahora que se fijaba bien, su casa no
le parecía gran cosa. De hecho, ni siquiera le gustaba. Era igual que
el resto de casas de la urbanización, todas cortadas con el mismo
patrón, tan sólo distinguibles por el número de la entrada.
Necesitaba beber un vaso de agua o la lengua se le pegaría para
siempre al paladar. Estaba a unos metros de su cocina, pero había
una frontera infranqueable que le impedía entrar y saciar su sed. De
pronto la puerta principal se abrió. De ella salieron una jovencita y
un chico delgado con gafas. Ricardo se quedó parado sin saber qué
hacer. La pareja avanzó hacía él. Si iba a disparar, aquel era el
momento. La cremallera de la bolsa estaba medio abierta. Cuando
estaban solo a medio metro, la joven se detuvo y reconoció a
Ricardo.
Ricardo intentó tragar saliva pero tenía la boca tan seca que se
quedó atascado en el intento.
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La pareja se despidió amablemente y continuó su camino. Ricardo
estaba fuera de juego, tan confundido como nunca. Soltó la bolsa y
se puso a llorar como un niño al que acaban de robar su juguete
favorito. Aunque se sintió tremendamente ridículo, no pudo frenar
el llanto. Necesitaba soltar lastre. Cada lágrima iba cargada de
frustración, rabia y resignación. Estuvo así un rato, luego recogió los
bártulos y regresó al hotel. Mientras se secaba las lágrimas se
consoló pensando que por lo menos, pasar a la historia por haber
encontrado el mayor hallazgo arqueológico desde Atapuerca era
mejor que hacerlo por asesinar a unos cuantos estudiantes de
arqueología.
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Daniel tenía los lagrimales defectuosos. Eran como dos pozos secos
en mitad del desierto. Por este motivo, siempre iba armado con unos
cuantos frasquitos de colirio con el que a cada rato, se veía obligado
a remojar sus globos oculares. Si no lo hacía, se le secaban,
provocándole mareos, escozor y pérdida de visión. Además, sus
córneas eran demasiado débiles y necesitaban cuidados constantes.
Trabajaba de contable desde casa. Necesitaba de un ambiente
controlado para que sus ojos no sufrieran demasiado, así que había
hecho instalar una serie de aparatos para controlar la humedad y la
temperatura de su casa. La iluminación también había sido diseñada
para no dañar sus ojos, y las pantallas de ordenador y tele tenían
unos filtros especiales con el mismo fin. Pero todo esto no le eximía
de seguir usando el colirio cada pocos segundos. Había adquirido tal
destreza, que ya era un acto reflejo, como pestañear o respirar. Los
días de viento, lluvia o mucho sol, Daniel tenía que resignarse y
permanecer en casa. Tampoco podía conducir ni hacer muchas de las
cosas que cualquier mortal puede, como ducharse con agua
corriente, por ejemplo. Él tenía que ponerse unas gafas de bucear
para que no le entrase agua o jabón en los ojos. El cloro o los
componentes químicos del jabón podrían provocarle daños
irreparables e incluso dejarle ciego. Antes de irse a dormir, tenía que
aplicarse una especie de colirio espeso, para que durante las horas
de sueño, sus córneas estuviesen protegidas y lubricadas. Otra de las
muchas cosas que no podía hacer era llorar. Lo hacía, pero sin verter
lágrimas, que era como no llorar. A pesar de todas sus limitaciones,
Daniel era un hombre feliz y llevaba una vida desahogada. Como era
soltero y no salía mucho, no desarrolló vicios y apenas gastaba. El
piso donde vivía lo había heredado de sus padres. No pagaba
ninguna hipoteca ni nada por el estilo así que con su sueldo de
contable le daba para vivir e incluso ahorrar. El único capricho que
se daba de vez en cuando era comprarse unos zapatos de mujer con
punta fina y tacones de aguja. Daniel no era homosexual, pero le
encantaban los zapatos de tacón. No para ponérselos por casa, no.
Daniel se conformaba con coleccionarlos. Los tenía de todos los
colores y diseños. Su colección contaba con setenta y seis pares y
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casi todos eran Manolos. Su colección no era como la de Imelda
Marcos con sus dos mil pares, pero se sentía orgulloso de ella y
dedicaba gran parte de su tiempo libre a cuidarla con mimo y
esmero…
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Vicente era un escritor con talento, aunque para ganarse la vida
tuviera que alternar las letras con su trabajo como vendedor de
zapatos. Vicente se pasaba la mayoría de los días recorriendo las
carreteras y pueblos de España en busca de nuevos clientes,
comiendo menús y durmiendo en hostales baratos, arrastrando sus
pesadas maletas como un Sísifo del siglo XXI. Maletas cargadas con
docenas de zapatos desparejados, que enseñaba a los dueños de las
zapaterías para que se hicieran una idea del género. Era viernes por
la noche y conducía de regreso a casa. Estaba agotado y deseando
llegar. Aún le quedaban doscientos kilómetros y, aunque tenía
sueño, no quería detenerse en el camino. Había tomado una
carretera secundaria que conocía bien y por la que atrochaba varios
kilómetros. La carretera atravesaba una zona boscosa de curvas
pronunciadas y baches, pero por lo demás era una buena alternativa.
Al tomar una curva, vislumbró unas extrañas luces que centelleaban
desde el otro lado de un pequeño monte. Parecía como si tras la
vegetación hubiesen montado un concierto de rock. Vicente aminoró
y bajó la ventanilla. No escuchó música como él esperaba. Lo único
que oía era el ruido de su motor y el viento que entraba por la
ventanilla. Según se iba acercando, pensó que lo del concierto era
ridículo. ¿Quién en su sano juicio iba a programar un concierto en
medio de un monte perdido? Pero entonces, ¿de dónde venían esas
luces? Vicente, que tenía una imaginación ilimitada, pensó en
algunas opciones coherentes, como la inauguración de un puticlub o
las obras de una autopista. Lo del puticlub le pareció excesivo por
tratarse de una carretera secundaria apenas transitada. Lo de las
obras le resultó más sensato, así que optó por quedarse con esa
opción. A la vuelta de otra curva, un fogonazo de luz le cegó por
completo. Inconscientemente, apretó el freno y el coche se caló,
deteniéndose en medio de la calzada. Aquella luz cegadora había
estado a punto de provocar un accidente. Entreabrió los ojos y
usando sus manos como escudo, consiguió ver una especie de gran
nave, sin duda extraterrestre. Aquella cosa flotaba a unos veinte
metros del suelo. La tenía enfrente y aun así no podía creerse lo que
estaba viendo. La cosa tenía la forma del típico platillo volante con
cientos de lucecitas de colores. De su base, salía un cañón de luz
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blanquecina que recorría el suelo como si buscase algo en concreto.
Vicente estaba pegado al asiento. Tan confundido y acojonado, que
no sabía cómo reaccionar. ¿Quién en aquella situación hubiese
sabido? Por otro lado, el escritor que había en él, estaba encantado.
Mentalmente, tomaba datos de la situación, de la nave, del paisaje,
de cómo se sentía, para plasmarlo después en unas cuantas páginas
en la seguridad de su hogar. Sin embargo, el sensato vendedor de
zapatos que también habitaba en él, se percató de que aún distaba
mucho de estar a salvo, lo que le acojonó aún más. Se vio a sí mismo
encima de una mesa de operaciones rodeado de seres de otro
mundo que le miraban con inmensos ojos negros y almendrados.
Extraños seres que le iban insertando por el ano extraños objetos
metálicos. Justo cuando estaba al borde del pánico, algo llamó su
atención. Una figura recortada en contraluz avanzaba hacía el coche
moviendo los brazos como aspas de molino. Vicente echó los seguros
y buscó desesperadamente algo con que defenderse. Finalmente,
optó por un zapato con afilado tacón de aguja. La figura se fue
acercando más y más. Vicente miraba aterrado a través del
parabrisas sosteniendo en alto el zapato, listo para golpear y
defenderse. No se rendiría sin antes luchar. Él no era una rata de
laboratorio. Si querían meterle algo por el culo antes tendrían que
atraparlo, y no pensaba ponérselo fácil. Entonces la figura entró en
el radio de alcance de los faros del coche y comprobó asombrado que
el personaje llevaba rastas a lo Bob Marley. No tenía pinta alguna de
extraterrestre, más bien, de hippie alternativo. El tipo se acercó
hasta él y le indicó con una señal que bajase la ventanilla. ¿Qué coño
hacía un hippie en mitad de un encuentro en la tercera fase? ¿Por
qué no se sorprendía de la presencia de la nave? ¿Acaso era uno de
sus tripulantes disfrazado? El sujeto insistió en que bajase la
ventanilla. Vicente blandió el zapato haciéndole saber que lo usaría
de ser necesario. Con un poco de suerte, aquel ser no habría visto un
zapato en su vida y creería que era un arma terrorífica. Pero no. No
se impresionó lo más mínimo.
- Tranqui, tío, sólo es una peli - dijo con marcado acento de Vallecas.
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¿Una peli? Vicente se fijó en una grúa de la que colgaba la nave.
Estaba claro. Por fin todo tenía sentido. Bajó la ventanilla.
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encuentro extraterrestre. Le hubiera gustado visitar la nave por
dentro, charlar con su tripulación y quién sabe, incluso dar un
paseíto por el espacio. Y ya puestos ¿por qué no sacarles material
para una antología extraterrestre? En cualquier caso, al llegar a casa,
escribiría un relato contando lo sucedido.
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Román llegó a casa a mediodía, después de pasarse la mañana en la
oficina del paro. Tampoco ese día había tenido suerte. Al entrar en
casa, sintió lo que todos los días: una amalgama de sensaciones que
desembocaban en una más profunda y palpable, la del fracaso. Se
tumbó en el sofá, derrotado, y encendió la tele con el mando. A esas
horas sólo ponían basura, pero necesitaba evadirse de la realidad. En
la pantalla vio a un hombre de avanzada edad, vestido
estrafalariamente. Román subió el volumen. Por lo que pudo
deducir, el hombre afirmaba ser alienígena. El público asistente se lo
estaba pasando bomba con los comentarios del tipo. Se reían a
carcajadas con cada una de sus aclaraciones. Y lo malo es que se
reían del individuo en cuestión. La entrevistadora, contagiada por
las risotadas del público, perdió la compostura en un par de
ocasiones, soltando unas sonoras carcajadas en mitad del discurso
de su invitado. Aquello era un cachondeo. Todos se reían sin ningún
pudor del pobre hombre que decía pertenecer a otra galaxia. ¿Por
qué ese tipo aguantaba todas las burlas? Román dedujo que lo hacía
por dinero. La productora del programa debía de haberle pagado
una buena suma. De otra forma, no entendía que alguien se dejase
humillar así delante de todo el país. Por otro lado ¿qué podía
criticarle él? Ese tipo, por lo menos llevaba un sueldo a casa, cosa
que él era incapaz. Tan humillante era salir en la tele vestido de
marciano como regresar a casa sin haber conseguido trabajo. De
pronto, se sintió identificado con el tipo de la tele y odió a todos por
reírse de él. Tal vez, ese tipo se había sentido un fracasado como él,
y el fracaso y la desesperación le obligaron a tomar la decisión de
ser alienígena. Quizá quiso huir tan lejos que su mente viajó hasta
una lejana galaxia y allí se quedó. Román se puso en la piel del tipo
y se preguntó si él sería capaz de pasar por la misma pantomima. Lo
pensó detenidamente. Todo dependía de la cantidad de pasta que le
pagasen. Apagó el televisor y siguió pensando en ello. Al rato llegó
Sonia, su mujer. Llevaba una bolsa de la carnicería del mercado.
Entró directamente a la cocina y dejó las asadurillas en la nevera.
Llevaban toda la semana comiendo lo mismo, era la única manera de
llegar a fin de mes. Finalmente, Sonia se reunió con Román en el
salón.
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- ¿Cómo te ha ido? - dijo ella con tono cansino.
- Siéntate. Quiero decirte algo.
- Soy alienígena.
- ¿Qué dices?
- Soy un alienígena.
- Apestas a vino.
- Te digo que es verdad.
- ¿Así buscas trabajo? Yendo de bar en bar.
- Sonia, cariño, tienes que creerme.
- ¿Creer qué? ¿Qué eres un puto marciano? ¿De dónde has sacado
esa tontería?
- No es ninguna tontería. Lo soy.
- ¿Cuántos vinos te has tomado?
- Lo soy.
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- ¿Cuántos?
- Cinco o seis, no sé.
- Por las bobadas que estás diciendo, seguro que son algunos más.
- Sonia, por favor. Tienes que creerme.
- Estás borracho.
- No. No lo estoy.
- Pues entonces te has vuelto loco, que es peor.
- No estoy loco.
- Soy un extraterrestre.
Román siguió gritando con todas sus fuerzas para que todos
pudieran oírle. Quería sacarse el fracaso de sus entrañas. Expulsarlo
a base de gritos. Un autoexorcismo. Al cabo de unos minutos, se
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quedó sin voz y se recostó en el sofá. Se sintió aliviado, aunque los
gritos de su mujer seguían rebotando dentro de su cabeza como ecos
lejanos de voces extrañas.
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Chano poseía la fea costumbre de ir mordiendo las esquinas de los
edificios. Esa singularidad le originó el mote: “Muerdesquinas”.
Chano era un poco más lento de lo normal a la hora de hacer
funcionar sus neuronas. En compensación, la naturaleza le había
dotado de gran estatura y corpulencia, motivo de más para que los
chavales le temiesen. Chano no tenía amigos, así que siempre
andaba solo, deambulando de un lado para otro, mordisqueando las
esquinas. También toreaba los coches que pasaban por una
concurrida carretera que atravesaba en diagonal la vecindad. Chano
se quitaba la camisa, saltaba en medio de la calzada y recibía a los
coches con arriesgados pases de pecho, naturales, e incluso alguna
que otra chicuelina. Chano se crecía ante los olés de la chavalería
congregada en las aceras. Clavaba las rodillas en el suelo y esperaba
la embestida del siguiente vehículo. Los conductores le pitaban y
sacaban sus cabezas por la ventanilla para insultarle. Por el
contrario, los chavales le aplaudían y vitoreaban estimulando su
valentía. Él, por no defraudarles, se superaba en cada faena. Sentía
que había una especie de conexión entre los chavales y él. Eso le
reconfortaba por encima de cualquier cosa. Un día tras otro los
chavales acudían a verle torear. Él se acercaba más y más a los
coches. Poniendo en serio riesgo su vida. En un par de ocasiones se
formó tal atasco que tuvo que venir la policía. Ambas veces la
familia se vio obligada a pagar la multa. Entonces el padre de
Chano se quitaba el cinturón y perseguía a su hijo a correazos por
todo el barrio. Pero no importaba, al día siguiente Chano volvía a
quitarse la camisa para saltar al tráfico.
Eran más quince los que aplaudían aquel día. Chano nunca antes
había tenido un público tan numeroso, y claro, estaba pletórico.
Como siempre, quiso acercarse todo lo posible, pero en esa ocasión
el conductor del camión había bebido. Se lo llevó por delante. El
golpe lo mando volando contra una afilada esquina, una de sus
favoritas. Ese día la esquina se vengó de todos los mordiscos
recibidos, abriéndole el cráneo y desparramando sus sesos por el
suelo. Nadie culpó al camionero.
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Llevaba todo el día con el estómago revuelto. No sabía si por los
nervios previos a la corrida o por algo que no terminaba de digerir.
Su subalterno le había ayudado a enfundarse en el traje de luces.
Después se quedó solo para rezar sus oraciones a la colección de
estampitas expuestas en el altar plegable con el que viajaba. Se
arrodilló y rogó a vírgenes y santos por una tarde de gloria, sin
percances ni cogidas. Finalmente se santiguó y se dispuso a
levantarse, pero al hacerlo las tripas se le aflojaron y un chorro de
excremento líquido se le escapó del esfínter. De puntillas y con las
nalgas apretadas se dirigió al baño. Al ponerse de espaldas al espejo,
pudo apreciar el alcance de los daños. ¡Joder, se había cagado en el
único traje que tenía! El estómago le dio otro aviso. Tuvo que
desvestirse a toda prisa. Se sentó en la taza del váter justo cuando
otra descarga de heces licuadas salió disparada. Un segundo de
retraso y se lo hubiera hecho de nuevo encima. Sólo de pensarlo se
le revolvieron las entrañas otra vez y una nueva descarga de heces
impactó dentro del váter. El sudor le caía de las sienes
humedeciendo el cuello de la camisa. ¿Qué coño le estaba pasando?
¿La menestra? ¿O quizá algo que había bebido? Cualquiera que lo
hubiera visto en esas circunstancias pensaría con razón que estaba
acojonado y que era el miedo el que aflojaba sus tripas. Pero él sabía
que valor en el ruedo no le faltaba, ya lo había demostrado en
cientos de ocasiones, delante de toros de más de seiscientos kilos y
cuernos como estacas. Él siempre acometía cada corrida intentando
hacer la mejor de las faenas, cortando orejas y rabos. Sus incontables
salidas por la puerta grande lo dejaban bien claro, su valentía era
incuestionable.
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cagado el único traje que tenía, sino que además no podía parar. El
tiempo corría en su contra. Intentó en vano encontrar una solución
pero el agobio y la vergüenza se lo impedían. ¿Qué podía hacer? Si
salía al ruedo con la culera cagada se convertiría en el hazmerreír de
todos, especialmente en el gremio. Se imaginó a sus compañeros de
capote comentando la jugada entre risas y bromas de mal gusto.
Estaba claro que así no podía salir. Parecía que sus tripas se habían
calmado e intentó levantarse, pero de la nueva descarga lo retuvo
sobre la taza.
- ¿Decía usted?
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- ¿Que no pasa nada? ¡Me he cagao el único traje que tengo para esta
tarde! – gritó el torero descargando la mala hostia con su empleado.
- Eso lo arreglo yo en un periquete – dijo Manuel ignorando el mal
humor de su jefe.
- ¿Cómo, Manuel? ¿Cómo?...
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Hay días que es mejor no levantarse. Eso pensó Lucas mientras
ensamblaba piezas en una cadena de montaje de una fábrica
apestosa en la que llevaba trabajando más de doce años. Su tarea
consistía en ensamblar dos piezas metálicas con una tuerca y una
llave del diecinueve. Debía asegurarse de que ambas piezas
quedasen bien sujetas para seguir con las siguientes. Las piezas
nunca se acababan, y antes de dar la última vuelta de tuerca, ya
estaban llegando otro par de piezas por la cinta transportadora.
Tenía que realizar su trabajo a toda prisa y no podía dejar pasar
ninguna pieza sin ensamblar. Lucas no tenía tiempo para pensar
pero cuando lo hacía, pensaba que su trabajo era el más inhumano
del mundo.
- ¿Se puede saber qué coño te pasa esta mañana? Estás dormido,
Lucas. A ver si espabilas.
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Claro que él sabía más, de hecho llevaba doce años haciendo el
mismo trabajo y sabía que para que las piezas quedasen bien
ensambladas había que darle cinco vueltas a la tuerca, ni una más ni
una menos. Cinco vueltas, que son las que había dado. Pero si
Matías decía que había que comprobar la pieza, se comprobaba y ya
está. Lucas siguió con su trabajo, tratando de recuperar el tiempo
empleado en la pieza que estaba bien.
- Espabila, Lucas.
Lucas se preguntaba por qué Matías la había tomado con él. Él era
un buen trabajador, nunca había faltado a su trabajo, siempre
puntual, no causaba problemas y se llevaba bien con todo el mundo,
con todos excepto con Matías, y que conste que no era por su culpa,
él siempre fue cortés y educado con Matías, nunca le faltó al respeto
y siempre obedecía sus órdenes. No, Lucas no podía entender la
antipatía que Matías sentía por él.
A Lucas le hubiera gustado decirle que eso no era asunto suyo, pero
prefirió callarse. Tenía miedo de dejarse llevar. Temía despertar a la
bestia que durante tanto tiempo había encerrado en lo más profundo
de su ser. Sí, era mejor callarse y aguantar. El tiempo pasaría y
podría regresar a casa con su mujer. Por unas horas podría olvidarse
del trabajo y del malnacido de su encargado.
- ¿Se puede saber en qué cojones estás pensando? Métele caña, joder.
Que en vez de sangre parece que tienes horchata.
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Aguanta Lucas, aguanta. Sólo es un mal día, ya has tenido otros y
los has superado. Aguanta, sólo unas horas más y regresarás a casa,
podrás servirte una copa y sentarte junto a tu mujer en el porche. Y
ahí estaba Lucas, ensamblando la pieza de turno. Sudando como un
condenado, con calambres en espalda y brazos, con el orgullo
dolorido y haciendo todo lo que estaba en su mano para aguantar los
envites de su jefe.
Cada pieza que tenía que revisar le retrasaba con la siguiente. Lucas
tuvo que esforzarse al máximo para volver a coger el ritmo. Su
trabajo de por sí era un coñazo, pero con Matías encima llegaba a ser
insoportable. Lucas rogó para que pasase rápido el tiempo que le
quedaba de jornada. Además, con tanto sudar se estaba
deshidratando. Necesitaba beber unos tragos de agua. Tenía la
botella a sus pies, pero estando Matías cerca era mejor aguantarse la
sed. Lucas estaba seguro de que si hacía mención de beber agua,
Matías se lo iba a reprochar. Prefería pasar sed que aguantar otra de
sus broncas. Siguió con su trabajo a pesar de tener la lengua seca
como un felpudo. Ni siquiera podía beber un trago de agua sin que
se lo recriminasen.
- ¡Me cago en Dios, Lucas! Estate atento, ¿no ves que esa no está
bien?
- Esa pieza está bien, como lo estaban las otras.
- Que no me repliques, joder. Tú haces lo que yo te digo y basta.
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Lucas dejó la llave a un lado y se agachó a por la botella de agua.
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Desde el tejado tenía una perspectiva estupenda de toda la calle.
Una señora salió de la panadería y Nico apuntó con la carabina.
Jacinto, que estaba tumbado sobre las tejas, se fijó en que su amigo
estaba apuntando a alguien. Se incorporó y se acercó sigiloso.
- ¿A quién apuntas?
- A esa gorda que lleva la barra de pan.
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- ¿Vamos a la vía a por los que pasan asomados en los trenes? –
sugirió Jacinto, con la inconsciencia y el entusiasmo propio de su
juventud.
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Félix era abogado, un mal abogado. Pidió el décimo Dyc. Tenía
pensado agarrarse una buena. Necesitaba limpiar su conciencia a
base de lingotazos de segoviano. Por su ineficacia, desidia, falta de
profesionalidad y, sobre todo, por su adicción al alcohol había
mandado a la cárcel a un joven inocente. ¿Motivo? No haberle
defendido correctamente pese a tener todos los argumentos a su
favor. Había fuertes indicios que constataban la inocencia del joven,
pero el fiscal fue en todo momento mucho más elocuente y
convincente que Félix y al final, el jurado se decantó por la
acusación.
- Curtains.
- ¿Qué? – preguntó Félix sin saber muy bien de qué le estaba
hablando.
- Curtains. La canción – recalcó el camarero señalando a los
altavoces del local.
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Se despertó tirado en el suelo del váter con la espalda empapada de
orina y vómitos. Nada más abrir los ojos, notó que algo raro pasaba.
Se percató de que el silencio era absoluto, cosa anormal en aquel
garito. Se incorporó como pudo y salió del baño. El local estaba a
oscuras, tan sólo se colaba algo de luz a través de la vidriera de la
entrada y de la claraboya del techo. Se dirigió hacia la puerta e
intentó abrirla. Estaba cerrada. Le habían dejado encerrado. En un
primer momento se inquietó un poco, pero pronto se dio cuenta de
que tenía todo el bar para él solo. Un sueño que siempre había
querido cumplir y que ahora podía disfrutar. Lo primero que hizo
fue poner el morro debajo del surtidor de cerveza. Bebió hasta que
su estómago estuvo a punto de reventar. Se lo había visto hacer a
Homer Simpson en algunos capítulos y no se resistió a imitarlo. Se
sintió cojonudamente. La cosa no había hecho más que empezar. Se
metió en la barra y desfiló por delante de las estanterías
seleccionando unas cuantas de las mejores botellas: rones añejos,
güisquis de doce años, grandes reservas, en resumen: lo mejor de lo
más caro. Bebió y saboreó cada uno de los licores. ¡Joder! Estaba
claro que no era el garrafón al que estaba acostumbrado. El licor
seleccionado entraba en su estómago sin abrasarlo, dejándole una
amalgama de sensaciones únicas en paladar y cerebro. Para que
fuese del todo perfecto, necesitaba algo para fumar y un poco de
buena música. Conectó el equipo y se aseguró de que la música no se
escuchase desde la calle. Rebuscando en un cajón encontró la caja de
los habanos y se encendió uno, el mejor. Así debía de ser el paraíso,
pensó, un bar para él solo. Se acomodó en un butacón con un vaso
de Chivas etiqueta negra. Caprichos del azar, aquella tarde se había
bebido los cuatro cuartos que le habían pagado por descargar un
camión de congelados. Sin dinero, la noche se presagiaba dura y al
raso. Sin embargo, allí estaba él, disfrutando de todo lo que se le
podía antojar. La suerte era su amiga, al menos esa noche. Degustó
el Chivas despacito, sin el agobio habitual. Sabía que había cientos
de botellas esperándole y que esa noche su insaciable sed sí sería
saciada. Por una vez no tendría que preocuparse por la falta de
bebida. Para celebrarlo se llegó hasta el surtidor de cerveza, lo abrió
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y bebió a morro hasta hartarse. La cerveza se saboreaba mucho
mejor así. Homer sabía lo que se hacía.
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Paseaban por la orilla del lago hablando de sus cosas. Marta tenía
once años y Rebeca estaba a punto de cumplir los doce. Eran amigas
inseparables desde párvulos. Se sentaban siempre juntas en clase,
salían siempre juntas al recreo y después del colegio comían siempre
juntas en casa de una u otra. Sólo se separaban para dormir. Y ni
eso, porque la mayoría de las noches, pedían a sus familias que las
dejasen dormir juntas. Facilitaba mucho las cosas que fuesen
vecinas. Quizá por eso sus padres consentían. Aquella mañana, las
dos paseaban por la orilla hablando, sobre todo, de chicos. Las
hormonas empezaban a dar guerra y sus cuerpos comenzaban a
desarrollarse.
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- Pero… ¿qué haces, tía? ¡¡Vámonos de aquí!! – dijo Marta a punto
del desmayo.
- Espera un poco…
- Hay que avisar a la policía.
- Sí, pero espera...
- ¡Rebeca, por favor, vámonos! – rogó Marta con lágrimas en los ojos.
- ¿Tú no quieres verlo? Estoy segura de que Pedro la tiene igual de
grande – dijo Rebeca sin dejar de toquetear el pene con el palo.
- ¡Calla!
- Es que yo nunca había visto uno de verdad… ¿Tú sí?
- Sabes perfectamente que no.
- ¡Joder, si es enorme!
- No quiero escucharte… – gritó Marta a la vez que echaba a correr.
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Cuando Susana le llamó, supo por el tono de su voz que pasaba algo.
Aunque ella no quiso anticiparle nada, sólo dijo:
Alberto observó cómo una gota de agua fue ganando peso y volumen
hasta precipitarse hacia el vacío, hasta ahí todo normal. Pero en su
descenso la gota se detuvo y se quedó flotando en el aire por un
instante. Como si la gravedad hubiese dejado de actuar sobre ella.
Después continuó su caída hasta estrellarse contra el fondo de la
bañera.
Claro que lo había visto pero, aun así, no podía creerlo. Con la
siguiente gota pasó lo mismo, y con la siguiente y con todas las que
fueron cayendo del grifo. Estuvieron más de media hora mirando
alucinados cómo las gotas se detenían un instante en su caída. No
supieron encontrarle una explicación que le diera sentido a aquel
suceso, sin duda paranormal. Cuando se cansaron de mirar, Susana
preparó unos bocadillos. Se los comieron en la terraza hablando de
lo sucedido. Alberto se fue un poco más tarde, no sin antes echar un
último vistazo al grifo de la bañera. Las gotas seguían deteniéndose
durante un segundo en su recorrido hasta que finalmente se
precipitaban al fondo de la bañera. De camino a casa le fue dando
vueltas al asunto. Siguió pensando en ello mientras se acostaba, y
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continuó haciéndolo hasta que se quedó dormido. A la mañana
siguiente volvió a recordar lo sucedido pero no le dio mayor
importancia. A medida que el día fue avanzando se fue olvidando
del tema. Esa tarde, volvió a sonar el teléfono:
- ¡No te lo vas a creer, tío, tienes que verlo tú mismo! Es… ¡Ven
echando leches! - dijo Susana atropelladamente.
- ¿Te refieres a lo del grifo?
- Olvídate del grifo… Lo de ayer no es nada comparado con esto. Te
vas a cagar…
- Pero, ¿entonces de qué se trata?
- Te digo que tienes que verlo con tus propios ojos… Venga, coño,
vente para acá…
- Cuéntame…
- ¡Cuelgo!
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- Alberto… Por favor… ¡Ven enseguida!
- Pero, ¿sabes qué hora es? – protestó Alberto mirando su reloj.
-Por lo que más quieras, ven… Estoy muy asustada.
- ¿Qué pasa ahora?
- No lo sé… algo le ocurre a mi sombra.
- ¿Qué?
- Por favor te lo pido, Al. Ven enseguida… - imploró echándose a
llorar.
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- ¿Qué sombra?
- La mía… - y de nuevo rompió a llorar como una niña.
Aquello parecía que iba en serio. Susana estaba asustada y él, que no
era tan valiente, intuía que pronto sucumbiría al miedo. Después de
mucho insistir, convenció a Susana para que encendiese la luz de la
cocina y comprobó que efectivamente, la sombra proyectada por su
amiga no se le parecía en nada. Ella era bajita y bastante delgada. La
sombra, por el contrario, era alta y corpulenta. La ropa tampoco
coincidía y mucho menos el género. La sombra claramente
pertenecía a un hombre desgarbado, cargado de espaldas y vestido
con abrigo largo y botas altas. Eso sí, la sombra imitaba cada
movimiento de Susana. En eso, al menos, sí era una sombra al uso.
La verdad es que acojonaba verla acompañar a su amiga. Esa noche
Alberto se quedó a dormir allí. Ambos estaban asustados y además
era muy tarde. A la mañana siguiente, Susana tenía mejor aspecto.
Su ánimo estaba bastante reforzado y parecía que hubiese superado
el trauma. Desayunaron y Alberto se fue a trabajar. Durante más de
un mes no volvió a saber nada de Susana. La llamó por teléfono pero
ella nunca respondió a sus llamadas ni contestó a sus mensajes. Se
acercó varias veces por su casa pero tampoco le abrió. Ni rastro de
ella. Alberto se imaginó que habría embarcado en alguno de aquellos
viajes improvisados a los que ella era tan aficionada. Se despreocupó
y siguió con su vida. Alrededor de un mes más tarde se la encontró
en la calle. Apenas la reconoció. Iba con un abrigo largo de grandes
hombreras y calzaba botas altas. Caminaba encorvada hacia
adelante. Se diría que trataba de imitar a la sombra que salía de sus
pies.
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- Trato de que la gente no note lo de la sombra… Por no asustarles,
¿sabes?
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Esa maldita sombra lo jodía todo. Si no fuera por ella, en los días
de sol, el porche se llenaría de luz. La sombra era la de un nogal
centenario que estaba plantado a pocos metros del jardín. Matías
odiaba al árbol y a su sombra. Lo odiaba desde el mismo día en
que su madre apareció colgada de una de sus ramas. Matías solo
tenía diez años. Todavía le parecía sentir las piernas agarrotadas
y frías de su madre cuando se abrazó a ella. Su sombra se
balanceaba recortada en el porche aun cuando Matías ya le había
dado la espalda al árbol. El nogal y su sombra eran un
recordatorio permanente de aquel desgraciado acontecimiento.
Matías se había prometido a sí mismo que un día talaría el árbol
y acabaría con todos los malos recuerdos. Pero nunca había
llegado a hacerlo. Una tarde en la que tirado en la cama mataba
las horas a base de hachís y lectura, escuchó un fuerte frenazo y
acto seguido un estruendoso choque metálico. Se asomó a la
ventana y comprobó con agrado cómo un camión se había
estrellado contra el nogal. El impacto había arrancado el árbol
casi de raíz. Matías salió a auxiliar al camionero. En cuanto
estuvo en el porche, notó como el sol lo llenaba de luz y calor. El
camionero estaba bien. Había tenido un fallo en los frenos y no
había podido hacer nada por evitar el golpe. Tres días después,
los operarios del ayuntamiento retiraron el nogal y con él su fría
y negra sombra. Y así fue como Matías comenzó a pasar las
tardes en el porche, al sol. Se sentaba allí con una cerveza y un
porro hasta la hora de cenar. El recuerdo del suicidio de su
madre seguía en su cabeza, pero la ausencia del nogal lo hacía
mucho más llevadero.
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estaban expuestos en un perchero circular. Ésa era la
oportunidad que Mercedes estaba esperando. No se lo pensó y se
fue directamente hacia el cochecito. Cogió al bebé en brazos y se
dirigió a la salida. Nadie la detuvo. Siguió caminando por el
aparcamiento sin volver la vista atrás. Llegó a su coche, lo abrió
y entró. El bebé la miraba con los ojos muy abiertos. Mercedes
comprobó con agrado que en sus orejitas llevaba unos pequeños
pendientes de oro. Evidentemente era una niña.
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Eran las nueve de la mañana cuando Julia llamó al timbre. Pepe
estaba acostado y que le despertasen a esas horas no le gustaba
nada. Enfurecido, se levantó de la cama. Su cabreo se incrementó al
abrir la puerta y ver que era ella. Hacía un par de semanas que
habían cortado y no comprendía qué hacía Julia en el umbral de su
puerta. La miró con desdén y sin dirigirle la palabra, regresó a la
cama. Julia cerró la puerta y le siguió hasta el dormitorio. Cuando
entró, él yacía de espaldas en la cama. Julia extendió el brazo y le
ofreció un sobre abierto con un simple y entrecortado: “Toma”.
Pepe se volvió y cogió el sobre con enfado. Extrajo el folio escrito a
máquina y lo leyó. No entendía muy bien el contenido del escrito.
Julia le aclaró que era un test de embarazo y recalcó que además,
era positivo. Jamás en su vida se había sentido tan confundido
como entonces. Nunca antes había sufrido un despertar tan amargo
y desconcertante. Miró directamente a los ojos de Julia buscando la
clave, la pista que revelase la pesada broma. Al contrario, ella sólo
le devolvió miedo y confusión. Aquello era suficiente, no
necesitaba más pruebas.
Luego hubo un silencio muy largo. Tan denso, que se hacía difícil
respirar…
Silencio
Silencio
Silencio
Silencio
Silencio
Silencio
Silencio
Silencio
Silencio
94
Silencio
SILENCIO…
SILENCIO.
…SILENCIO…
‐ ¿Hablamos esta tarde y quedamos para mañana? – preguntó Julia
acosada por el denso silencio.
‐ Vale. Te paso a buscar a eso de las seis.
‐ ¿Me das un beso de despedida?
95
Pepe se inclinó para besarla en la mejilla pero ella puso la boca. Él
se apartó y finalmente se hicieron un lío. Los dos se rieron sin
ganas, sintiéndose como torpes adolescentes. Julia se fue y Pepe
intentó dormir un poco más, pero le fue imposible.
SILENCIO.
96
Allí estaban los dos, Ramón tratando de abrir la caja fuerte y Santiago
vigilando la entrada del local. Santiago no podía estarse quieto y se
balanceaba cambiando el peso de su cuerpo de una pierna a otra.
Santiago estaba cada vez más irritado, aun así se quedó junto a la
puerta. Ramón estiró el cuello a ambos lados para relajar sus músculos.
Estaba cansado y la vista se le nublaba. Después de un breve respiro,
centró toda su atención en la ruleta. Santiago le miró de reojo, con
desprecio. Hacía más de una hora que su vejiga estaba pidiendo un
desalojo pero, viéndose el percal, no quiso interrumpir a Ramón.
Aguantaría hasta que la caja estuviera abierta. Sin darse cuenta, se
puso a tamborilear con los dedos en el marco de la puerta. Ramón se
giró hacia él con el ceño fruncido.
97
- Perdona… Es que estoy nervioso. – volvió a excusarse Santiago.
- Por favor, seamos profesionales.
- Vale.
- Sólo te pido un poco de silencio.
- Que sí.
98
- ¡Joder, no me ha dado tiempo a llegar y me lo he hecho encima!
- ¡Mierda puta! - maldijo Ramón- … Contigo no se puede trabajar...
- Mira, Ramón. No me toques las pelotas que ya he aguantado
suficiente.
- Eres un inútil que no sirve para nada…
- Ramóoooon…
- No vales ni para mantener seca la entrepierna.
- Me he meado por tu culpa.
- ¿Por mi culpa?
- Sí. Llevamos aquí una eternidad y no eres capaz de abrir la puta caja.
Si hubieras terminado ya, esto no hubiera ocurrido.
- ¿Qué quieres decir?
- Lo que tú ya sabes. Que ya no sirves para esto.
99
-Tú eres un artista de la profesión. Un maestro… No ha habido caja que
se te haya resistido… Ramón, y no lo digo por hacerte la pelota, que yo
he estado de testigo.
- ¿Lo dices en serio? - dijo Ramón sorbiéndose los mocos.
¿Que si lo digo en serio? Pues, claro. No hay otro mejor que tú. ¿Te
acuerdas de aquella vez en el museo?
- Aquélla fue una buena noche.
- ¿Cuántas abriste? ¿Cinco cajas?
- Fueron cuatro.
- Me da lo mismo cuatro que cinco. ¿Quién en una noche abre cuatro
cajas?... Sólo tú.
100
Desde la calle se escuchó un disparo. Al poco, del supermercado
salió corriendo un tipo con pasamontañas. Llevaba un puñado de
billetes en una mano y un revólver en la otra. Corrió para alejarse
de la zona y siguió corriendo hasta que cruzó la ciudad y llegó a
las proximidades de la vía. Atravesó los raíles y se escondió en un
oscuro túnel que estaba a las afueras. El esfuerzo de la carrera le
hizo vomitar con el pasamontañas puesto, no le dio tiempo a
quitárselo. Había sido un fallo tremendo recorrer todo el camino
con él, se lo tendría que haber quitado. También cayó en que
había llevado todo el tiempo los billetes y el revólver a la vista.
Terminó de vomitar y se quitó el pasamontañas. Estaba tan
pringado que no merecía la pena conservarlo, así que lo dejó caer
al suelo. Guardó los billetes y el revólver. Se quitó la camiseta
roja que llevaba puesta. Debajo tenía otra de color amarillo, una
táctica que siempre le había funcionado para despistar a testigos y
policía. Con un mechero, prendió fuego a la camiseta roja y al
pasamontañas. Permaneció contemplando las llamas mientras
recuperaba algo de aire. Sabía que debía deshacerse del revólver,
pero el arma costaba más que lo obtenido en el atraco. Pese a
todo, era prudente hacerlo. Tal vez el dueño del supermercado
hubiese muerto a consecuencia del disparo. Desprendió el tambor
de la culata y lo arrojó por el hueco de una alcantarilla. El resto lo
limpió de toda huella y lo arrojó en un contenedor de basura unas
calles más abajo.
101
- ¿Por qué lloras, papá? – le preguntó a punto de hacerlo ella
también.
- No pasa nada… se me ha metido un poco de polvo en los ojos -
mintió él, intentando quitarle importancia al asunto.
102
Bugs Bunny y Pato Lucas. Así los llamaban porque siempre vestían
camisetas con estampados de estos personajes. Lorenzo era Bugs y
Pancho era Lucas, más conocidos en el barrio por “el pato” y “el
conejo”. Tenían catorce años y eran los mejores bailarines de
breakdance del barrio y alrededores. Su estilo era único. Nadie les
hacía sombra en sus six step, turtles, handglides o en sus increíbles
crickets. Se habían ganado el respeto de la peña y gozaban por ello
de cierto prestigio. Para ensayar necesitaban un suelo pulido donde
poder girar y contorsionarse sin sufrir daños, y lo encontraron en un
mausoleo del cementerio. Mármol de primera y además cubierto y
alejado de las miradas de monjes fosores y guardianes de
camposanto. Al interior del panteón se accedía por una puerta
metálica cubierta de musgo y óxido. Allí, cada noche, los chavales
corregían y perfeccionaban su técnica. A la luz de una linterna,
improvisaban nuevas coreografías que al día siguiente exhibían en
los túneles del metro de la estación de Atocha a cambio de la
voluntad. Así ayudaban a sus familias con un sobresueldo que no
venía nada mal. En el barrio, el que no tenía deudas era porque algo
chungo e ilegal tenía entre manos. Las familias de Pato y Conejo
llevaban meses en el paro y los mayores ingresos que entraban en
sus casas los aportaban ellos… Una noche en el cementerio después
de ensayar, divisaron una especie de neblina fosforescente que salía
del interior de una de las tumba. Parecía un fuego fatuo. Nunca
antes habían contemplado uno, sólo sabían del fenómeno de oídas o
quizá de haberlo visto en algún documental. Al poco, los gases se
difuminaron en la oscuridad de la noche sin dejar rastro.
- Eso era una señal – dijo Pato con el semblante muy serio.
- Sólo era un jodido fuego fatuo - añadió Conejo sin darle mayor
importancia.
- No, tronco. Te digo que era una señal… A partir de ahora, debemos
tener cuidado.
- Pero… ¿qué dices, tío? Se te va la olla pero bien…
- Lo digo en serio. Con estas cosas es mejor estar al loro, por si
acaso…
103
Conejo se rió de Pato y continuó tomándole el pelo. Le llamó Rappel
y le vaciló con ponerle dos velas negras, pero Pato no entró al trapo
y se limitó a guardar silencio. Su familia le había enseñado a
respetar las señales que el destino mostraba como advertencia a
quienes sabían leerlas. La preocupación le tenía tan abstraído que
las burlas de su amigo le entraban por un oído y le salían por el
otro. Caminaron hacia el barrio. Conejo siguió con las bromas
mientras que Pato, pensativo y serio, iba tratando de descifrar aquel
mensaje. Esto sucedía en Madrid el 10 de marzo del 2004. Al día
siguiente, la capital era un infierno.
104
Un corte por cada día concluido sin ella, una nueva quemadura
para recordar que ella se había marchado.
105
El paisaje era dantesco. Hierros retorcidos y carbonizados, fuego
aquí y allá, equipajes desperdigados y abiertos, dejando un
rastro de ropa tirada, zapatos y neceseres. Y sangre y miembros
amputados de cuajo y cadáveres por donde quiera que mirases.
Había gente que gritaba de dolor, otros agonizaban en medio del
caos. Y prevaleciendo por encima de todo, el olor a carne
quemada de los cuerpos carbonizados. Mariano caminaba sin
rumbo entre los restos del accidente, llevaba el brazo izquierdo
totalmente desmembrado, solamente se sujetaba al cuerpo por
una fina hebra de carne ensangrentada. Se podían ver los huesos
astillados que atravesaban la piel, los tendones y músculos
arrancados, y la sangre fluyendo sin parar. De pronto, se sintió
mareado y tuvo que vomitar junto al cuerpo de un bebé
aplastado. La radio del siniestrado autobús seguía funcionando y
por los altavoces sonaban los acordes distorsionados de “Paquito
el chocolatero”. El contraste de la música con lo que allí estaba
sucediendo era como una broma pesada y de mal gusto. Mariano
siguió andando de un lado a otro, cambiando de dirección sin un
motivo aparente, confundido. Un cerdo pasó corriendo a su lado
cojeando de una de las patas traseras. Unos metros por delante
había varios cerdos muertos en medio de la carretera, mezclados
con los cadáveres del autobús. Varios de los cerdos que
quedaban con vida chillaban prisioneros dentro de las celdas del
camión volcado mientras se achicharraban en medio de las
llamas, el resto habían escapado campo a través. El cerebro de
Mariano no podía asimilar tanta desgracia, por eso deambulaba
absurdamente confundido y sin ser consciente del infierno que le
rodeaba. Lo que iban a ser unas plácidas vacaciones, sin más, se
habían convertido en la peor de las pesadillas. De pronto, de la
distancia empezaron a llegar los sonidos desbocados de las
sirenas de las ambulancias añadiendo a la bestial banda sonora
un acorde de esperanza.
106
La ambulancia circulaba a toda velocidad haciendo sonar su sirena.
Llevaban a Tino, un tipo que se había pasado con la dosis de LSD y
no paraba de reírse de manera desaforada. Tino miraba a la pareja
de enfermeros que le acompañaban y veía sus caras distorsionadas.
Entonces las carcajadas le salían del estómago descontroladas,
generándole falta de aire en los pulmones. Estuvo varias veces a
punto de asfixiarse pero la mascarilla de oxígeno consiguió
reanimarle. A pesar de todo, seguía riéndose sin control. Las luces
que entraban por la ventanilla de la ambulancia se movían
zigzagueantes dejando estelas luminiscentes de tiovivo. Tino tenía
las pupilas totalmente dilatadas y un entumecimiento caliente le
recorría todo el cuerpo. Poco a poco, a ojos de Tino, las estelas que
dejaban las luces se fueron convirtiendo en llamas abrasadoras. En
su mente narcotizada le pareció que el interior de la ambulancia
estaba ardiendo. Aquello le pareció muy gracioso. Y sus risas se
intensificaron. A pesar de las carcajadas, Tino consiguió decir:
107
en una postura imposible, como un muñeco de trapo. Se había roto
infinidad de huesos pero había logrado acabar con la incontenible
risa que lo estaba matando. Después de muchos meses de
recuperación y rehabilitación, su cuerpo sanó. Su mente, no. A día
de hoy, continúa en manos de los psiquiatras.
108
En la consulta un hombre de mediana edad estaba tumbado en el
diván. A un par de metros, el psiquiatra permanecía sentado en un
butacón de cuero negro. En sus manos, un bloc y un bolígrafo. El
hombre del sofá guardaba silencio analizando sus pensamientos en
busca de respuestas. El psiquiatra empezaba a impacientarse y para
distraerse dibujó una guillotina en su bloc...
Por fin, el paciente se decidió a hablar:
109
- ¿Es normal que piense continuamente en rebanarle el pescuezo?
- No… no creo que sea normal – consiguió decir con poco empaque.
- ¿Y qué me aconseja?
- Lo pri… mero… lo primero y más importante es que evite esos
siniestros pensamientos y lo segundo… le voy a pedir que por favor
deje de acudir a mi consulta... Ahora… si me disculpa tengo… que
atender a otros pacientes.
110
sorprendiendo al psiquiatra. El hombre formuló una segunda
pregunta:
111
Eran un par de esnobs, una pareja de “poetas” maduritos que
mantenían una vana conversación mientras tomaban unos Bloody
Mary en una terraza de moda. Ambos llevaban gafas de sol, de
marca, a pesar de ser de noche. Él se hacía llamar Ataulfo Anilinas y
ella, La Reina de la Sinrazón. Se creían estupendos por vestirse a la
última y por haber sido mencionados unas cuantas veces en las
páginas de eventos literarios del diario local. Ataulfo se jactaba de
haber publicado una obra de teatro. A su estreno acudieron más de
doscientas personas pero antes del descanso sólo quedaron una
decena, la mayoría amigos y familiares que no tuvieron más remedio
que aguantar hasta el final. Un tremendo bodrio, según la crítica.
Por su parte, ella alardeaba de ser la poeta más incisiva y
minimalista del planeta. Había escrito varios libros de poemas pero
ninguno se había publicado. Quizá ambos tenían cierto talento, pero
lo exagerado de su estupidez lo eclipsaba por completo. La
conversación discurría tal que así:
112
alejó, La Reina de la Sinrazón siguió con el juego y, muy digna,
exclamó:
Hicieron otra larga pausa. Él bebió de su vaso, ella le puso una larga
boquilla a un cigarro y le prendió fuego.
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- ¡Oh, no! Mi chaqueta Coco… - balbuceó ella, al borde del llanto.
114
115
Iván iba a ser trasladado a la capital por motivos laborales y en
mucho tiempo, aquel paseo iba a ser el último que diera por la
ciudad que le había visto nacer. Sus muebles y demás enseres ya
estaban de camino a destino, y él saldría tras ellos a primera hora
de la mañana. En el piso sólo quedaban un par de bolsas de viaje y
un viejo colchón que no valía el coste del transporte, por eso aún
seguía en la casa y en él dormiría aquella noche. Enfiló la calle
Portales con paso tranquilo. No había prisa. Tenía todo el día para
despedirse de su ciudad. Sus seres queridos estaban muy contentos
por él. Todos le habían felicitado por el ascenso y la espectacular
subida de sueldo. Pero él no lo tenía tan claro. No estaba seguro de
que el cambio fuera a ser compensado con las mejoras laborables.
Él amaba su ciudad y a las personas que la habitaban. Abandonarla
era un gran esfuerzo emocional y eso raramente se compensaba con
dinero. Había tomado la decisión más que nada, aconsejado por sus
familiares y amigos. Sin embargo, Iván ya era feliz así, no
necesitaba un despacho o una nómina más grandes para sentirse
mejor. Si por él fuera, hubiera seguido como siempre. Su vida ya
era perfecta. ¿Por qué cambiarla? La cuestión le rondaba desde
hacía semanas y aún no había encontrado respuesta. En su camino,
pasó por delante de un panel digital que mostraba la hora y
temperatura, pero a él le pareció leer: “QUÉDATE”. Fijó la mirada
en el mensaje y entonces las lucecitas bailaron hasta convertirse en
‘las once y treinta y siete’. Pensó que todo era producto de su
imaginación y siguió andando. Llegó hasta los pies de la catedral
de La Redonda y levantó la vista hasta la punta de sus torres. El
cielo gris las envolvía. Se le hizo un nudo en la garganta y se le
escaparon unas pocas lágrimas. Se sorprendió de su propia
reacción. No la esperaba. Se limpió con un clínex y mientras se
sobreponía, se sentó en una de las terrazas de La Plaza del
Mercado. Eligió una mesa al cobijo de un árbol, pidió un cortado y
se lo fue bebiendo lentamente, a sorbitos. Un músico callejero y su
saxofón pusieron banda sonora al contorno de la plaza. Las
acarameladas notas se pegaban a la piel como el bochorno de una
tarde de verano. Al cabo de unos veinte minutos se levantó y siguió
caminando por la calle Herrerías. Se desvió hasta El Puente de
116
Piedra para ver desde lo alto de sus arcos el Ebro y su ribera. Las
aguas bajaban tan sucias como siempre, algunos patos nadaban
contra corriente. Después de fumarse un cigarro observando a las
cigüeñas, regresó al centro callejeando por el casco viejo. Al llegar
a la calle Laurel comenzó a llover. Aprovechó para entrar en El
Sebas a comer un par de orejitas de cerdo y beber un crianza. La
lluvia arreciaba. De dos bocados, terminó con las deliciosas
orejitas. Aún tenía hambre, así que pidió un pimiento relleno de
carne y otro vino. No había prisa, allí se estaba bien. Mejor esperar
a que el chaparrón amainase. Aún debía pasar por muchos lugares
para llevarse un poco de su esencia. Sabía que en Madrid le
esperaban días difíciles, lejos de los suyos. Serían días de
adaptación y nostalgia, y todos los recuerdos serían pocos para
combatirlos. Un cuarto de hora después, la lluvia persistía, así que
decidió proseguir su paseo. Pagó y salió. Antes de alejarse
definitivamente, se giró para despedirse del Sebas y retener su
imagen en la cabeza. A medida que avanzaba se iba sintiendo más
y más triste, la lluvia que le empapaba alimentaba ese amargo
sentimiento. Vio otro panel electrónico y buscó un segundo
mensaje cómplice. Sólo encontró hora y temperatura, pero cuando
estaba a punto de apartar la mirada, una hilera de letras recorrió de
izquierda a derecha el soporte configurando: “NO TE VAYAS”.
Iván clavó sus ojos en la pantalla pero para cuando quiso darse
cuenta, el mensaje ya había desaparecido. De nuevo, atribuyó todo
a su imaginación y continuó caminando. Empezó a cuestionarse
seriamente su decisión. ¿Qué se le había perdido a él en Madrid?
¿Por qué tenía que cambiar de vida y mudarse a otra ciudad si su
vida ya era buena así? Un trueno estremeció las calles. La lluvia se
intensificó. Iván buscó refugio debajo de las marquesinas del
Teatro Bretón y se encendió otro cigarro. Expulsó el humo hacia los
enormes goterones que caían fuera de las marquesinas y observó a
la gente que corría para refugiarse. Un pensamiento narcisista le
hizo sonreír levemente. Quizá la ciudad, desconsolada lloraba su
inminente partida. Le gustó la sensación de sentirse amado por su
ciudad y en compensación quiso darle el mismo amor
telepáticamente. Cerró los ojos con fuerza e intentó transmitir a las
calles aquel sentimiento. Un relámpago iluminó el cielo. A pesar de
117
tener los ojos cerrados, pudo notar el resplandor a través de sus
párpados. Los abrió justo cuando el estrépito del trueno hizo
temblar los escaparates de los comercios. Si realmente eran
lágrimas lo que caían del cielo, la ciudad debía de estar muy
apenada por su abandono. Era el diluvio universal. La calzada
empezaba a inundarse y las alcantarillas no daban abasto con tanta
agua. Para cuando el cigarro estaba a punto de acabarse, la lluvia
bajó de intensidad. Es lo que tienen las tormentas de verano, que
tal y como vienen se van. Iván apuró la última calada y arrojó la
colilla al suelo mojado, dispuesto a seguir su camino. Ya había
comenzado a andar cuando se fijó en el letrero de un parking
próximo. El mensaje de “ABIERTO” fue sustituido por:
“DETENTE”. Iván se detuvo en seco y justo en ese momento, un
pedazo de cornisa cayó delante de él. Si hubiera dado un paso más,
estaría muerto. De no ser por aquel aviso, hubiera sido aplastado.
Retrocedió asustado, sin dejar de mirar los restos de cornisa
desmenuzados por el suelo. Volvió a mirar al letrero. Quería
cerciorarse de que realmente le había avisado, de que no era
producto de su imaginación. Efectivamente, la palabra “DETENTE”
permanecía fija en la pantalla. Segundos después, las letras
empezaron a cambiar lentamente hasta que volvió a: “ABIERTO”.
¿Qué estaba pasando? ¿Acaso la ciudad trataba de comunicarse con
él e incluso protegerle? O era eso, o se estaba volviendo loco... Iván
todavía temblaba por el susto de ver la muerte a tan sólo un paso,
cuando alguien se le acercó y le preguntó si estaba bien. Él asintió
con la cabeza. No podía hablar. Entonces, mientras la gente se
arremolinaba a su alrededor, se fijó en las carteleras del teatro
dónde pudo leer: “ÉSTE ES TU SITIO”. Aquel mensaje era claro. Su
ciudad le quería y se lo había demostrado salvándole la vida. No lo
dudó más. Se quedaría allí. La decisión estaba tomada y nada ni
nadie lograría cambiarla.
118
Pepe estaba trabajando en la penumbra del telar del teatro.
119
agotaban a cualquiera y ya llevaba así casi una semana. El porro
se había consumido y él aún tenía ganas de fumar. Se incorporó y
se lió otro. Cuando lo terminó se tumbó de nuevo y fumó de él…
Unos ruidos le sacaron de su sopor. Los ruidos los producía un
enano con alas vestido con un traje blanco. El enano alado bajó
por la escalera de incendios del edificio que estaba pegado al
teatro y se dirigió directamente hasta donde estaba Pepe,
haciendo chirriar las piedrecillas bajo las suelas de sus zapatos.
- Hola, soy el Arcángel San Miguel… ¿Es Usted Josefa Pérez Gil,
con DNI dieciséis, cuarenta y cuatro, diecisiete, doce, letra P, con
domicilio en calle Oviedo uno, primero derecha? – preguntó el
enano.
- Excepto lo del género femenino, sí a todo. – respondió Pepe,
extrañado de la presencia del enano e intrigado por las alas que
salían de su pequeña espalda.
- ¿Género femenino?
- Soy José, no Josefa.
- Eso da lo mismo, el género no importa. Lo que importa es que
Dios me ha mandado…
- Sí, ya sé, para que sea uno de sus apóstoles… En su día, ya hablé
con él y le dije que no me interesaba.
- ¿De qué coño me está hablando? – dijo el enano con cara de
pocos amigos.
- ¿No se van a celebrar unas elecciones mundiales para elegir una
única religión? – dijo Pepe haciéndose el interesante por tener esa
información.
- No tengo ni puta idea de lo que hablas. Yo he venido para
anunciarle que vas a ser la madre del hijo de Dios.
- ¿La madre?
- Sí, la madre ¿algún inconveniente?
- Pues sí, uno y bien gordo: soy un hombre.
- ¿Y?
- Me refiero a que yo no puedo engendrar un hijo, más que nada
porque no tengo útero.
- Tú engendrarás lo que yo quiera que engendres. Mi semilla es
infalible, que te quede claro.
120
- ¿Tu semilla?
- Sí, mi semilla. Tengo que ponerla en su seno… ya sabes,
embarazarte.
- Esto es ridículo…
- ¿Quién es ridículo? – espetó el enano dándose por aludido.
- Nadie, sólo digo que “esto” es ridículo. Me refiero a la situación.
- No veo qué tiene de ridículo, es mi trabajo… ¿Ves en mí algo
que sea ridículo?
- A decir verdad, me imaginaba a los arcángeles más…
- ¿Más qué?
- No quiero ofenderte pero me los imaginaba más… altos.
- Ya empezamos.
- No sé, quizá sea la imagen que nos han vendido.
- ¿Vendido?
- Sí, ya sabes… el cine, la publicidad.
- Sí, ya sé.
- ¿Los otros arcángeles también son así?
- ¿Así cómo?
- Quiero decir si también son… bajitos.
- Sí, también son bajitos, ¿pasa algo?
- No, no, no pasa nada.... Sólo que me imaginaba…
- Que éramos más altos.
- Quiero decir que ya que sois la mano derecha de Dios, qué
menos que os hubiera diseñado con una estatura media… incluso
más altos de lo normal, para que se note que sois sus arcángeles.
- Bueno, bueno… centrémonos en el tema que me ha traído aquí.
- Lo de dejar tu semilla en mi seno ya lo puedes ir olvidando.
- Mira, hay dos maneras de hacerlo: por las buenas o por las
malas. Tú eliges.
121
El enano desplegó sus alas y se lanzó sobre Pepe, que opuso toda
la resistencia que puedo. El Arcángel era pequeño pero muy
fuerte y el impulso de sus potentes alas le hacía aun más fuerte.
Empezó a rasgarle las vestiduras y Pepe, viéndose vencido, optó
por pedir auxilio.
- ¡¡¡Socorro!!! ¡Ayuda!...
122
PEPE PEREZA
123
LOGROÑO, 2008-2009
En medio de tanta dicha, sentía una especie de dolor, en medio de todos aquellos
fantasmas de una presencia, la penosa marca de la ausencia.
JUEVES 18 DE JUNIO DE 2009
LA SUICIDA
PUBLICADO POR PEPE PEREZA EN 00:05
ETIQUETAS: MOMENTOS EXTRAÑOS
Awixumayita dijo...
La versión de Radiohead es acojonante. Volveré a leerlo con la
canción de fondo, que seguro que se me mete hasta...
No viene al caso, pero me recuerda a una de las microchorradas
que tengo escritas en mi moleskine:
Escuchar Radiohead me hace daño. Será porque te quiero.
18/06/09 01:46
I
Anoche soñé con una carretera nocturna. Corría por la línea blanca
del andén derecho. Los coches circulaban caóticamente. Nerviosos
y con miedo. Parecían más pequeños que yo. La carretera
interminable y oscura se asemejaba a mi idea de eternidad. Un
plano de oscuridad infinito. Como el universo si lo fuera. Como la
muerte. Mi viaje terminó con la noche y vi a un Dios crucificado en
el portón de un garaje. Estaba dentro de un relato de Pepe, pensé al
despertar.
II
124
cobijo en Asperezas y en Radiohead. Reckoner. Lucky. Creep. Pepe
me hablaba de suicidas. Me hablaba de un Dios mundano. De gente
aburrida que de pronto se veía viviendo momentos extraños. De
amores breves. Me imaginaba al niño Pepe como un Léolo que
escapaba de la sucia rutina de la vida con su imaginación y su
escritura. Y aunque mi soledad, el frío y el dolor inmenso de la
ausencia me habían devuelto la entomofobia irracional que me
perseguía de niña, las noches dejaron de ser tan espantosas.
III
IV
Adriana Bañares Camacho (Abril del 2011)
125
Lo extraño, lo real (prólogo) 3
El apóstol cobarde 8
El recogepelotas 13
Automutilaciones 16
La manzana 19
El pederasta 21
Las estrellas 24
La tristeza 26
La suicida 28
La embarazada 35
El ángel 36
La virginidad 38
Las rosas 41
Los cigarrillos 42
Urgencias 43
El vagabundo 45
La película 47
El restaurante 48
Combustión espontánea 49
Las cenizas 51
El drogadicto 52
Los relámpagos 54
La caseta 56
Las obras 57
Las lágrimas 60
126
El vendedor de zapatos 62
Alienígena 66
El loco 70
El torero 71
El subalterno 74
El asesino 78
El abogado 80
El alcohólico 81
El ahogado 83
La amiga 85
La sombra 90
La madre 91
La hija 92
El aborto 94
Silencio 97
El atracador 101
La ambulancia 107
El psiquiatra 109
El abuelo 115
El teatro 119
Epílogo 124
127
128