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SOBRE EL TRATAMIENTO JURÍDICO

DE LA HOMOSEXUALIDAD
En determinados países occidentales, más en
particular en España, se está dando un fenómeno
de subversión del estado de cosas establecido por
parte de una camarilla de políticos ineptos (que
legislan en el país citado desde su propia miopía
histórica y con un afán claramente revanchista en
relación con una guerra civil acabada hace más de
70 años). Este revanchismo les lleva a adoptar
políticas supuestamente radicales que no son en
realidad tales sino un auténtico poner patas arriba
el sistema de valores en que se asientan realidades
tan dignas de respeto como el matrimonio y la
familia.
Dejemos bien claro desde el principio que
cualquier persona homosexual merece nuestro
respeto y el de cualquier ciudadano, pero no
merece un respeto especial por ser
homosexual, sino simplemente por el hecho
de ser un ciudadano más. Dejemos las cosas
claras de una vez por todas, dado que muchos
juristas han entrado en estos temas como un toro
en una cacharrería. Como todos los ciudadanos
los homosexuales son sujetos de derechos, no
más ni menos que cualquier otra persona. Pero
convertir el hecho diferencial o su condición de
excepcionalidad por ser homosexuales en una
patente de corso para pretender determinados
privilegios me parece distorsionar la realidad. Ni
siquiera el hecho de haber sido marginados o
perseguidos a lo largo de la historia les hace
poseer derechos especiales. Simplemente que
llegados a una situación de normalidad
democrática, forman parte del conjunto de los
ciudadanos y se supone que tienen derecho a
participar y votar en todos los procesos políticos
democráticos y a ejercer sus derechos ciudadanos
como cualquiera. La condición de
homosexualidad entiendo que no es un déficit ni
una carencia y, por tanto, no requiere de ningún
tipo de compensación legislativa que les haga
acreedores a recibir un trato diferenciado del
resto de los ciudadanos. Pretender lo contrario
sería incurrir en el mismo tipo de despropósito en
que incurren en Cataluña, esa región de España
donde para compensar supuestamente la
situación de “inferioridad” por número de
hablantes del catalán con respecto a la lengua
castellana les niegan sus derechos a los
castellanoparlantes y se saltan a la torera los
diversos pronunciamientos jurídicos que
reconocen dichos derechos en instancias y
tribunales superiores. Se trata de una baja política
de aldea o de campanario que me recuerda, con
sonrojo, con vergüenza ajena, diría yo, los libros
aquellos que se hicieron famosos con el personaje
de Don Camilo, de Giovanni Guareschi, en los
años sesenta del siglo XX. Este chauvinismo no
tiene presente la situación de abrumadora
inferioridad de los castellanoparlantes en el
territorio de Cataluña, en que una mayoría natural
de catalanoparlantes pretende avasallar a estos
ciudadanos negándoles derechos elementales,
como son el que los hijos de los
castellanoparlantes puedan recibir una enseñanza
en castellano. Estos son los absurdos de la
progresía rampante. Que estos progres exigen
muchos derechos para ellos pero no respetan en
absoluto los derechos de los demás.
Volviendo al tema que nos ocupa, determinadas
instituciones que por su naturaleza se basan en la
convivencia de personas heterosexuales, como es
el matrimonio, no pueden ser tomadas como
modelo ni como matriz de experimentación para
inventarse o sacarse de la manga en un alarde de
osada prestidigitación la existencia de un supuesto
“matrimonio homosexual”, que no existe como
tal legislativamente hablando ni ha existido
nunca. Los legisladores que jueguen a los
aprendices de brujo con realidades fundamentales
para la persona y la sociedad humana como son la
familia y el matrimonio causan un grave perjuicio
a la comunidad. No se puede modificar la
naturaleza humana. Todo ser humano nace de la
unión de hombre y de mujer. Eso es un
verdadero matrimonio. ¿Qué pintan ahí los
homosexuales? Si nos atenemos a la existencia de
las sociedades del pasado, en ninguna, ni en la
cultura griega y romana, en que la
homosexualidad proliferaba y se daba un trato
más abierto y tolerante a dicha cuestión, existió
una institución llamada matrimonio homosexual.
Tampoco en otras sociedades de otros
continentes o en otras culturas, por muy exóticas
que sean.
Considero que es una aberración hacer de la
excepcionalidad la norma. La homosexualidad es
una excepción a la norma general. Pretender
atribuirle los mismos derechos y prerrogativas
que a la heterosexualidad es absurdo y contra
natura. No se puede negar la naturaleza humana.
Se entiende por normal lo que se atiene a la
norma. Lo que no pertenece a la norma, sin ser
propiamente anormal en un sentido
necesariamente peyorativo, es una excepción a la
regla general, excepción que no debería ser
objeto, legislativamente hablando, de un trato
privilegiado. Y menos a costa de menoscabar los
valores establecidos ni las instituciones en que se
fundamenta el orden social. Y esto es algo que es
de sentido común (del que se dice que, por
desgracia, es el menos común de los sentidos).
Estoy en contra, y mi opinión es tan respetable
como cualquier otra, no sólo del matrimonio
homosexual como institución jurídica que nace
viciada de raíz sino también de las adopciones
homosexuales. Adoptar un niño es una enorme
responsabilidad. Ese ciudadano futuro tiene
derecho a desenvolverse en un ambiente de
normalidad, no en medio de un tráfago de
situaciones excepcionales que se salen de la
norma o del término medio. Debe conocer un
padre y una madre, pues entiendo que para el
equilibrado desarrollo psicológico de dicha
persona tiene que haber una psicología masculina
y una psicología femenina, no una tercera vía. Por
tanto es absurdo que los homosexuales pretendan
llenar sus vacíos afectivos con hijos que no son
capaces de procrear dada su condición. Cosa
diferente es la del homosexual que tenga hijos de
su carne y de su sangre en un matrimonio
heterosexual, un caso también ciertamente
especial, digno de estudio por un psiquiatra, pues
si esa persona ha formado un hogar heterosexual,
¿a qué viene luego pretender trasladar los hijos
habidos en el matrimonio normal al entorno
generado por la unión de dos personas
homosexuales? Los hijos son un valor en sí
mismo, no muñequitos de quita y pon a
conveniencia de los padres (esta debería ser
también una razón para que más de uno antes de
separarse o divorciarse se lo pensara mejor habida
cuenta del daño que va a causarle a los hijos).
Otro aspecto fundamental que habría que tener
presente es que legislativamente hablando las
leyes deben adecuarse al bien común y a los
intereses de la sociedad en su conjunto. Esto es
algo que tiene lógica y no se puede negar que así
sea. ¿Cómo va a ser igual de útil a la sociedad una
unión homosexual que un matrimonio
heterosexual que procrea ciudadanos para la
comunidad? Pretender tratar de manera
indiferenciada fenómenos tan diferentes sería tan
absurdo y chocante como darle una paga de
jubilación, de las mismas características de las que
se le va a dar a una persona que ha cotizado
muchos años a la Seguridad Social, a una persona
que nunca ha cotizado a la Seguridad Social. Sería
completamente absurdo e injusto. Las leyes
deberían tener en cuenta este aspecto de la
utilidad social de las instituciones antes de
lanzarse por caminos extraviados y marginales.
Pues si no podemos caer en un auténtico caos.
No se puede alterar todo un entramado social
para utilizar a los ciudadanos de conejillos de
indias creando artificialmente situaciones cuyas
consecuencias desconocemos. En materia social
no cabe sino adoptar políticas cautas, de
prudencia, de sentido común. Innovar por
innovar no conduce a nada y puede hacer mucho
daño.
Comprendo que algún político haya visto una
mina de votos en los colectivos de gays y
lesbianas. Pero obtener los votos a cualquier
precio, plegándose a solicitaciones que son
absurdas e injustas y van contra la naturaleza de
las cosas me parece profundamente inmoral. Y
pasará factura. Cuando toda esta marea de
despropósitos haya pasado, que pasará, porque
no se puede atentar contra la realidad del ser
humano, no los quepa la menor duda, se verán las
cosas de otra manera. Y entonces las nuevas
generaciones pedirán cuentas a todos estos
políticos de un progresismo rancio a lo “mayo del
68” que sin saber hacer la o con un canuto (pues
muchos de ellos son auténticos ignorantes que se
han metido en política para medrar) se han
puesto a alterar instituciones que tienen milenios
de existencia…
Que los homosexuales tienen derecho a
convivir y a formar parejas de hecho, desde luego
que sí. Nadie les niega su derecho. Pero de ahí a
crear una ficción jurídica llamada “matrimonio
homosexual” va un abismo.
Y repito que se podrá no estar de acuerdo con
mis ideas, pero mi opinión es tan legítima como
la de cualquiera.

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