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Revista de Psicoanálisis

EDITADA POR LA ASOCIACIÓN PSICOANALÍTICA ARGENTINA

El psicoanálisis en los Estados Unidos

Chicago - 2009

Tomo LXVI, n° 1, 2009

BUENOS AIRES, REPÚBLICA ARGENTINA

ISSN 0034-8740

Secretaria Administrativa

SILVINA RICHICHI

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Corrección, Diagramación y Armado

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Impresión: Cosmosprin, E. Fernández 155, (1870) Avellaneda, Buenos Aires, Argentina, en marzo de 2009.

Revista de Psicoanálisis

PUBLICACIÓN TRIMESTRAL DE LA ASOCIACIÓN PSICOANALÍTICA ARGENTINA FILIAL DE LA ASOCIACIÓN PSICOANALÍTICA INTERNACIONAL (API) SOCIEDAD COMPONENTE DE LA FEDERACIÓN PSICOANALÍTICA DE AMÉRICA LATINA (FEPAL)

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Tesorero: Lic. Enrique M. Novelli

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Nota editorial

Índice

 

7

El psicoanálisis en los Estados Unidos

Homenaje a Heinz Kohut Eduardo Guillermo Raggio

13

Introspección, empatía y psicoanálisis. Un examen de la relación entre el modo de observación y la teoría Heinz Kohut

17

¿Es posible hacer pasar un camello por el ojo de una aguja? Reflexiones sobre la forma en que nos habla el inconsciente y sus implicaciones clínicas Fred Busch

41

Historia del psicoanálisis estadounidense desde sus orígenes hasta la Segunda Guerra Mundial Jaime Nos Llopis

57

Técnica en la psicología del yo contemporánea Cecilio Paniagua

79

El psicoanálisis en los Estados Unidos Irene Cairo

97

La psicología del yo en la Argentina Arnaldo Smola

113

La “plaga” del psicoanálisis. Psicoanálisis y lengua. Comentario de las conferencias y charlas dictadas por J. Lacan en las universidades norteamericanas Liliana Szapiro

127

Trabajos libres del Congreso de Chicago - 2009

El uso de los sueños en el contexto clínico. Convergencias y divergencias. Una propuesta interdisciplinaria Susana Vinocur-Fischbein

137

Del acontecimiento psíquico al amor y la sexualidad Néstor Alberto Barbon

161

El enactment como concepto clínico convergente de teorías divergentes Claudia Lucía Borensztejn

177

Psicoanálisis del carácter: ¿una misión imposible? Norma Cattaneo

193

En las fronteras de lo analizable: la escisión, un caso clínico Marta Dávila

209

El enigma de la reacción de aniversario Isabel S. Eckell de Muscio

227

Construyendo psicoanálisis: del trauma al trauma psíquico Gustavo Jarast

241

Sentimiento de dolor y angustia, vectores de la vida psíquica Marta Kreiselman de Mosner y Marisa Ingrid Mosner

263

En memoria

Recordando a Carlos Mario Aslan Andrés Rascovsky

279

Nota editorial

Hoy el nuevo Comité Editorial de la REVISTA DE PSICOANÁLISIS presenta el primer número del año 2009, cuyo tema es “El psicoanálisis en los Estados Unidos”. Al recorrer sus páginas se abre un panorama diverso

y múltiple. Comenzamos con las reseñas, pedidas a autores que escriben

sobre las diferentes escuelas, líneas y desarrollos teóricos. El psicoanáli- sis argentino fue más afín a lo europeo, por razones que se comentan en estas páginas, siguiendo a Freud y a Klein, y luego a Lacan; esa genera- ción que rechazó la psicología del yo, se nutrió, sin embargo, del yo y los mecanismos de defensa de Anna Freud, teórica fundante, aunque no habitara suelo americano; leyó a Hartmann, Kris y Loewenstein; se interesó en el self y el narcisismo de Kohut; el hospitalismo de Spitz; el autismo, la simbiosis e individuación de Mahler; se conmovió con la for- taleza vacía de Bettelheim; aprendió el autismo de Leo Kanner; y discu- rrió por infancia y sociedad de Erickson, el arte de amar de Erich Fromm, la sexualidad femenina de Karen Horney. Si consultamos esos textos fundacionales, encontraremos en las citas de bibliograficas a Alexander, Gillespie, Frida Fromm Reichmann, y luego a Edith Jacobson, Harold Searles, Peter Bloss, Otto Kernberg, entre otros. Más tarde, a partir de los años setenta, surgieron en los Estados Unidos voces que incorporaron las ideas kleinianas y poskleinianas, los inter- subjetivistas, los teóricos de las relaciones objetales como Grotstein,

Ogden, Renik, Jacobs. La REVISTA DE PSICOANÁLISIS los ha publicado en su mayoría, testimonio de su interés entre nosotros. En las primeras páginas de este número encontrarán a Kohut y su artículo prínceps sobre la empatía. El doctor Raggio lo introduce, para situarnos en el contexto histórico de su aparición. Es un verdadero pla- cer leer por primera vez en español este clásico de la literatura psicoa- nalítica. Cabeza de escuela de la psicología del self, Kohut define el obje- to de estudio del psicoanálisis, el inconciente, por su método específico de observación: la empatía y la introspección. Sin experiencia introspec- tiva no hay fenómeno psicológico, sino que éste será social o conductual

o somático. Fred Busch, representante de la psicología del yo contemporánea, explora lo que él considera una forma particular de expresión de lo inconciente, que es el lenguaje-acción y su específica forma de ser inter- pretado. Establece una diferencia con el lenguaje-comunicación que es del preconciente. El planteo nos hace recordar el trabajo de Álvarez de Toledo sobre el hablar, el interpretar y las palabras. Para Busch, lo pro- fundamente inconciente es siempre puesto en acto, idea que desde la

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vertiente intersubjetivista surge hoy con el concepto de enactment. La técnica para analizar la compulsión de repetición expresada de este modo en la acción, incluye la consideración de la contratransferencia que está basada en la comunicación empática y provoca una reacción de sorpresa. El final del trabajo produce justamente este agradable efecto. Jaime Nos Llopis, en su “Historia del psicoanálisis estadounidense”, analiza las primeras cuatro décadas, lo que nos permite entender el pre- dominio de la psicología del yo en la primera etapa y las revisiones pos- teriores que han llevado al pluralismo teórico y técnico del psicoanálisis americano actual. Nos Llopis indaga las razones de la aceptación y difu- sión de las nuevas ideas en los Estados Unidos ancladas en una idea libe- ral, en tensión con una actitud más conservadora. La referencia de Nos Llopis a los psicoanalistas que emigraron a los Estados Unidos, expul- sados de Europa por la Segunda Guerra Mundial, da un panorama de la genética de las ideas que allí surgieron. El autor describe dos vertientes en el psicoanálisis freudiano: una definida como científico-natural, que predominó en las décadas del cincuenta y el sesenta con el auge de la psi- cología del yo, y otra humanístico-literaria, hermenéutica y narrativa, que surgió en la década del setenta. Nos Llopis concluye esta instructi- va reseña con una mención de las diferentes escuelas psicoanalíticas. Llegamos al trabajo de Cecilio Paniagua que propone deshacer mitos como falsas creencias; por ejemplo, el que invoca al triunvirato teórico de Hartmann, Kris y Loewenstein como representantes máximos o úni- cos de la psicología del yo en la actualidad, y la superficialidad con la que se ha tomado la idea del punto de vista adaptativo psicoanalítico. El autor nos invita a pensar en las consecuencias técnicas del revoluciona- rio cambio de la metapsicología que implicó la segunda tópica freudiana, a partir de la cual se concibe que los mecanismos de defensa del yo son inconcientes. Cecilio Paniagua menciona a Fred Busch como el autor que propone actualmente un nuevo paradigma de interpretación, dife- rente del paradigma mutativo de Strachey. Finalmente, Paniagua resu- me en dieciséis ítems los elementos salientes de este cambio en la técni- ca, y sostiene que este cambio es el que minimiza de modo más efectivo la influencia de la sugestión, tema que ha sido objeto de anteriores tra- bajos del autor publicados en nuestra colección. Irene Cairo nos trae una visión refrescante y vital del panorama actual en los Estados Unidos, basada en su propia historia, conocimien- tos y entrevistas. Una especie de “Who is who?” que conecta nombres, ideas, filiaciones. Complemento de la reseña de Nos LLopis, Cairo se adentra en cuestiones de la política institucional psicoanalítica. Aborda el tema del borramiento de límites entre psicoanálisis y psicoterapia. Presenta a Nancy Chodorow (socióloga de Berkeley), quien, viniendo de la vertiente humanística, se incluye en una línea de pensamiento inde-

pendiente americana, según el modelo de la tradición independiente británica. Así, la autora teje redes de influencia de autores, escuelas, ali- neaciones, en una trama que muestra el pluralismo del psicoanálisis americano hoy. Arnaldo Smola traza el derrotero de las ideas de la psicología del yo en la Argentina y los factores que determinaron su destino. Las razones del rechazo de dichas ideas coinciden con la aceptación de la teoría klei- niana, como más afín al alma argentina. El autor repasa los nombres de los autores más influyentes y los temas que ellos abordaron, como el pro- yecto de definir una psicología psicoanalítica abarcativa de la personali- dad, el análisis de la creatividad, las teorías del desarrollo normal y patológico, los trabajos con pacientes psicóticos en instituciones, el estu- dio del narcisismo y las patologías borderline, entre otros. Liliana Szapiro reseña un aspecto particular de la presencia de Lacan en los Estados Unidos, su participación en un congreso sobre constructi- vismo en la John Hopkins University invitado por reconocidos lingüistas. Ella elige, de este modo, subrayar el contacto más que la crítica por todos conocida de Lacan al desarrollo de la psicología del yo. Su auditorio y su prédica tuvo más espacio en este ámbito, y la autora hace una síntesis breve de las ideas vertidas en esas conferencias. Al final hay una nota interesante del encuentro de Lacan con Chomsky. La segunda parte de este número incluye los trabajos de los colegas de nuestra institución que han sido seleccionados por el referato inter- nacional del Comité del Congreso de Chicago - 2009. El trabajo de Susana Vinocur-Fischbein ha sido galardonado con el “Ticho Foundation Lectureship Award”, un premio que tiene el objetivo de estimular a un analista en proceso de desarrollar un cuerpo de tra- bajo teórico. Aquí la autora propone el análisis de los sueños en un con- texto interdisciplinario, poniendo en contacto la teoría del signo de Peirce para analizar la función de los sueños, conceptualizándolos en una perspectiva triádica, con la teoría del campo intersubjetivo de los Baranger en su posterior utilización clínico-técnica, describiendo el pro- ceso como una semiosis infinita. Néstor Barbon plantea la necesidad de un encuentro madre-bebé determinante de la estructuración psíquica que permite la posibilidad de amar y disponer del propio cuerpo. El autor presenta un caso clínico en el que se puede pensar la transformación desde un bebé que ha sido dejado caer, en términos de Winnicott, hasta alguien que puede pensar la esperanza, siguiendo a Piera Aulagnier. Claudia Borensztejn toma el concepto actual de enactment o puesta en acto como herramienta conceptual útil para la clínica del componen- te de actuación que pueda estar presente en la comunicación entre el paciente y el analista. Rastrea su origen en las conceptualizaciones de

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Joseph Sandler y su convergencia con las ideas de Betty Joseph acerca de la identificación proyectiva. Sostiene que muchos autores argentinos abordaron este tema implícitamente en sus escritos, especialmente los Baranger con su concepto de campo dinámico. La autora describe dos tiempos del enactment acercando así un vértice intersubjetivo al estudio de la acción en el marco del método y la técnica analítica. Norma Cattaneo revisita el concepto de carácter en la obra freudia- na, recorriendo el tema de las identificaciones, los traumas tempranos, la escisión del yo, para luego abordar el carácter como inasequible al análisis y preguntarse: ¿cómo aproximarse, en la cura, a este blasón, esta armadura, el Gran Otro que habita al paciente? Y responder… tal vez… la transferencia. Plantea la labor del analista como la de un poeta que se ocupa del “siempre” más que del “antes”. Marta Dávila centra su comunicación en un caso clínico de un pacien- te que ataca las palabras de su analista y le impide pensar. Para com- prenderlo, articula múltiples vértices teóricos relacionados con la pro- blemática del vacío, la patología del narcisismo y la escisión. Recuerda las ideas de Green sobre la posición fóbica central. La propuesta técnica es la de editar o fundar una nueva inscripción psíquica en la relación transfe- rencial para que el paciente pueda sentir que tiene derecho a ser y a vivir. Isabel Eckell de Muscio nos presenta un paciente con los efectos somáticos de un duelo no elaborado por la muerte de su padre, bajo la forma del enigma de la reacción de aniversario, como una peculiar forma de repetición, manifestada en el soma y vinculada con situaciones traumáticas tempranas. La autora nos recuerda a Franz Alexander, fun- dador de la Escuela Psicosomática de Chicago, quien, junto a sus colegas French y Pollock, estudió y describió un grupo de enfermedades psico- somáticas que se conocen como las Chicago Seven. Gustavo Jarast retoma el tema del trauma no recordable, el que requie- re de la participación del analista para que adquiera una representación psíquica inédita. El autor describe en qué consiste la contribución que el analista realiza “para la formación de una suerte de ‘argamasa’ con la cual

poder ir recuperando territorio psíquico y subjetivo”, y dice: “[

] el ana-

lista deberá tener muy presente los riesgos de que en esta construcción o reconstrucción el analizado no quede atrapado en el nuevo trauma que significaría quedar arropado en la identidad –ajena– de su analista”. Jarast ilustra su exposición con una inquietante viñeta clínica. Marta Kreiselman de Mosner y Marisa Mosner trazan un recorrido de la noción de dolor y sus fuentes en el cuerpo, la realidad y los vínculos. En pri- mer lugar, las autoras recorren los textos de Freud para abordar la trans- misión generacional del dolor, y luego toman otros autores como Kaës y Tisseron, para volver a Freud antes de presentar tres viñetas clínicas. Las autoras postulan que crecer es tolerar el dolor del desasimiento.

Todos los trabajos aquí presentados retornan de un modo u otro al tema del trauma, de lo temprano, de lo inaccesible, del carácter, de lo nunca representado, y proponen los modos de llegar a ello, y las formas en que puede pensarse la labor del analista que actualmente intenta ir más allá de sí mismo, más allá de la roca viva. Invitamos a que todos nos acompañen en este recorrido.

Claudia Lucía Borensztejn Directora

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AH

under you, over you, on you, about you, slaked in a desert, the pools, the shadow of a face, a perfect answer, it was not myself I could not imagine, it was the substance of no understanding, leaning over the waterfront, going out to sea, of Money and milk and crackers

on the other hand, founded on

actual existence

the pool placed

with its ripples widening to the edge,

growing the watercress, the iced surface, the dinner table sparkled with lamps, and the silver moon waned into happy nightgales and bright forests

* Robin Blazer

AH debajo de ti, sobre ti, en ti / acerca de ti, saciado en el desierto, los / estanques, la sombra de un rostro, / una réplica perfecta, no era / a mí a quien no podía imaginar, era / la sustancia de ningún entendimiento, / inclinado sobre el borde del agua, yendo / hacia el mar, de miel y leche y / galletas

por otro lado, situado en / la existencia presente el estanque juega / con sus ondas ampliándolas hacia la orilla, / reverdeciendo el berro, la / superficie de hielo, las lámparas dando destellos / en la mesa de la cena, y la / luna de plata menguando entre alegres / ruiseñores y bosques resplandecientes (Traducción: José Luis Bobadilla.)

* Robin Blazer nació en 1925, en Denver, Colorado. Su obra está reunida en The Holy Forest: Collected Poems (2007) y The Fire: Collected Essays (2006), ambos publicados por la Universidad de California. Agradecemos a Gustavo Dupuy por la sugerencia y el contacto con la revista El poeta y su trabajo / 30 (Otoño, 2008), y a su director Hugo Gola, quien ha autoriza- do transcribir este poema.

REV. DE PSICOANÁLISIS, LXVI, 1, 2009, págs. 13-16

Homenaje a Heinz Kohut

Introducción al trabajo “Introspección, empatía y psicoanálisis. Un examen de la relación entre el modo de observación y la teoría”

*Eduardo Guillermo Raggio

La celebración del próximo Congreso de la Asociación Psicoanalítica Internacional a realizarse en Chicago es una excelente oportunidad para rendir homenaje a Heinz Kohut (1913-1981), una de las figuras más im- portantes de la historia del psicoanálisis, quien vivió la mayor parte de su vida en esa ciudad y en la que desarrolló su obra. Nuestra Revista ha realizado valiosos aportes para la difusión de su obra. En 1969 (n o 2) editó “Formas y transformaciones del narcisismo” (1966), en 1980 (n o 3) “Reflexiones sobre el narcisismo y la furia narci- sista” (1972), y en 2002 (n o 1) “Introspección, empatía y el semicírculo de la salud mental” (1981), con una Introducción de Miguel Á. Paz. C. Strozier, su biógrafo, comenta que una de las características de los encuentros con Kohut fue que el interlocutor sentía, después de los mis- mos, la certeza de haber aprendido algo; la lectura de este autor produjo en mí el mismo sentimiento, renovando y ampliando mi perspectiva clí- nica. Entiendo que no fue un cismático, sino una nueva voz en el mundo del psicoanálisis. La publicación de este ensayo, el cual inicia su original trayectoria científica, constituye un adecuado testimonio de nuestro reconocimien- to. Presentado en 1957 ante el Instituto al cual él pertenecía, su título revela dos de los vectores que más tarde se constituirían en pilares de sus formulaciones. Pone especial énfasis en la argumentación que propone a favor de la relación entre el método y la elaboración de la teoría. A dife-

* Dirección: Zapata 542, 7º “B”, (C1426AEJ) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. eduardoraggio@arnet.com.ar

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EDUARDO GUILLERMO RAGGIO

rencia de todo texto introductorio de una disciplina científica que suele comenzar por una caracterización que, a la vez, presenta y delimita el objeto de estudio, Kohut redefine el problema cuestionando la naturale- za de la metodología empleada. Sostiene que lo que conduce al resulta- do de una investigación científica está relacionado con los métodos uti- lizados, no sólo se trata, por lo tanto, del tema que define la ciencia, sino también operativamente del método de investigación predominante. La introspección y la empatía tienen que estar presentes como “constitu- yentes esenciales” de toda observación para que pueda ser considerada psicológica, delimitando, a su vez, el campo de investigación. Este ensayo causó muchos malentendidos respecto de su obra, los que tuvo que ir explicando sistemática y reiteradamente durante los veinti- cinco años posteriores. Ya a partir de los años cincuenta comienza a compartir su creciente malestar en discusiones informales en el Instituto, porque advierte, en ese momento, que las principales orientaciones de los psicoanalistas es- tadounidenses estaban influenciadas por métodos de observación pro-

pios de otras disciplinas científicas, en particular las ciencias biológicas, las sociales y la etología (Alexander, Spitz, Erikson y Mahler, por ejem- plo). Consideraba que estos enfoques podrían conducir a inadecuaciones

y errores en el campo psicoanalítico. Sostiene, en suma, que las obser-

vaciones y teorías psicoanalíticas deben surgir del s e t ting analítico. Para este autor, el psicoanálisis es una psicología profunda introspec- tiva-empática, y es éste el método de observación que utilizaron Breuer

y Freud desde sus comienzos; el énfasis puesto en la asociación libre y

en el análisis de las resistencias, tendió a oscurecer el hecho de que la esencia del psicoanálisis radica en la inmersión empática prolongada del observador científico en lo observado. Aquí reside la gran innovación de Kohut: la empatía deja de ser una condición necesaria del trabajo analítico, como todos pensamos a partir de Freud y Ferenczi, para constituirse en la esencia misma del método. Luego, a lo largo de este artículo y en diferentes apartados, Kohut examina esquemáticamente varios conceptos psicoanalíticos que serán temas que desarrollaría en trabajos posteriores: resistencias contra la introspección, organizaciones mentales tempranas, conflicto endopsí- quico e interpersonal, dependencia, sexualidad, agresión, pulsiones, libre albedrío y los límites de la introspección intentando demostrar cómo el modo de observación de ellos es el que define sus contenidos. Al análisis que realiza sobre las “resistencias contra la introspección” yo le agregaría una de origen teórico que puede ayudar a comprender el re- chazo que generó este trabajo. En 1927, H. Hartmann publica “Comprensión y explicación”, trabajo en el que trata de establecer una comparación crítica entre la llamada “Psicología Comprensiva” (W. Dilthey,

HOMENAJE A HEINZ KOHUT

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K. Jaspers) y el psicoanálisis, reafirmando que el “objeto del psicoanálisis es el inconsciente” y la empatía queda asociada con un instrumento de co- nocimiento de la vida psíquica consciente propia de la psicología compren- siva, y este criterio se constituye en un fuerte obstáculo para la inclusión de la empatía en el psicoanálisis. En el análisis que hace Kohut de las resistencias opuestas a la in- trospección, advierte las limitaciones objetivas respecto de su aplicación, “la confiabilidad de la empatía declina cuanto más difiere lo observado del observador”. Esto puede verse cuando se evalúan las condiciones para empatizar con estados regresivos o infantiles. Resulta extremadamente difícil hacer una introspección de los signi- ficados de las interacciones más tempranas entre la madre y el niño, in- tento que podría llevar hacia un marco referencial propio de la psico- logía social, que puede ser comparado pero no equiparado con los resul- tados de la psicología introspectiva. En su mirada del conflicto endopsíquico e interpersonal, al examinar el concepto de transferencia de Freud destacando las diferencias propias

de las neurosis de los estados bo r d e r l i n e y las psicosis, se revelan im- portantes precedentes de desarrollos más tardíos. La empatía persisten- te con pacientes muy perturbados conducía a estados más tempranos que permitían reconocer “una psiquis no estructurada luchando por mantener el contacto con un objeto arcaico o para sostener una tenue se- paración del mismo”. En este caso, el analista “no es una pantalla para la proyección de estructuras internas”. “Él es aquel objeto arcaico con el

cual el analizando trata de mantenerse en contacto [

portancia precursora de estas conceptualizaciones me parece obvio. En el apartado sobre dependencia, uno de los temas que subraya es la ambigüedad del concepto, que puede tener significados biológicos y psicológicos. Se trata de un concepto biológico cuando nos referimos a la condición de dependencia y de un concepto psicológico cuando nos refe- rimos a través de la observación introspectivo-empática “al deseo de ser dependiente”. Kohut plantea las dificultades que se presentan para poder acceder a la pulsión a través de la introspección, método que permite revelar la presencia de deseos. Por último, sobre las reflexiones que Kohut formula acerca del deter- minismo y el libre albedrío sólo me resta recomendar su atenta lectura. En el 50 o aniversario de la Sociedad Psicoanalítica de Chicago, su hijo Thomas expuso su último trabajo “Introspección, empatía y el semicírcu- lo de la salud mental”, en el que vuelve una vez más sobre el tema de la empatía. Relata que todos los discutidores que había tenido en su presen- tación del ’57, tanto los que lo habían elogiado como sus detractores, no lo habían entendido. Es mi intención que la lectura de este trabajo provoque

].” Destacar la im-

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EDUARDO GUILLERMO RAGGIO

en los colegas una reacción diferente, más allá de compartir o discrepar con sus ideas. Agradezco especialmente la traducción y el asesoramiento de la li- cenciada María Teresa Huttrer, psicóloga, Magister en Psicoanálisis y Especialista en Psicología del Self.

DESCRIPTORES: INTROSPECCIÓN / EMPATÍA / MÉTODO / INVESTIGACIÓN / PSICOANÁLISIS

KEYWORDS: INTROSPECTION / EMPATHY / METHOD / INVESTIGATION / PSYCHOANALYSIS

PALAVRAS-CHAVE: INTROSPECÇÃO / EMPATIA / MÉTODO / INVESTIGAÇÃO / PSICANÁLISE

(Este trabajo fue seleccionado para su publicación el 9 de marzo de 2009.)

REV. DE PSICOANÁLISIS, LXVI, 1, 2009, págs. 17-40

*Introspección, empatía y psicoanálisis

Un examen de la relación entre el modo de observación y la teoría

Heinz Kohut

Resumen

El estudio precedente intentó demostrar que la introspección y la empatía son ingredientes esenciales de la observación psicoanalítica y que los límites del psi- coanálisis están, por ende, definidos por los límites potenciales de la introspec- ción y la empatía. Se discutieron varias inexactitudes, omisiones y errores en la utilización de los conceptos psicoanalíticos. Se pudo mostrar que estos defectos se debían a la negligencia del hecho de que la teoría psicoanalítica –la teoría de una ciencia empírica– es un derivado del campo de las experiencias internas ob- servadas por medio de la introspección y la empatía.

DESCRIPTORES: INTROSPECCIÓN / EMPATÍA / MÉTODO / INVESTIGACIÓN / PSICOANÁLISIS

Summary

INTROSPECTION, EMPATHY, AND PSYCHOANALYSIS.

An Examination of the Relationship Between Mode of Observation and Theory

The preceding examination attempted to demonstrate that introspection and empathy are essential ingredients of psychoanalytic observation and that the limits of psychoanalysis are, therefore, defined by the potential limits of intro- spection and empathy. Several specific inaccuracies, omissions, and errors in the

* Trabajo presentado por primera vez en Chicago, con motivo de la reunión por el 25º aniversario del Instituto de Psicoanálisis de Chicago en noviembre de 1957. Publicado en el Journal of the American Psychoanalytic Association (1959), 7, págs. 459-483. Una ver- sión abreviada fue presentada en París en la reunión de la Asociación Psicoanalítica Internacional en julio de 1957. Traducido al español por la licenciada María Teresa Huttrer.

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HEINZ KOHUT

use of psychoanalytic concepts were discussed. It was shown that these defects were due to the neglect of the fact that psychoanalytic theory –the theory of an empirical science– is derived from the field of inner experiences observed through introspection and empathy.

KEYWORDS: INTROSPECTION / EMPATHY / METHOD / INVESTIGATION / PSYCHOANALYSIS

Resumo

INTROSPECÇÃO, EMPATIA E PSICANÁLISE.

Uma análise da relação entre o modo de observação e a teoria

O estudo precedente tentou demonstrar que a introspecção e a empatia são itens essenciais da observação psicanalítica e que os limites da psicanálise, por conseguinte, são definidos pelos limites potenciais da introspecção e da empa- tia. Discutiu-se sobre várias inexatidões, omissões e erros na utilização dos con- ceitos psicanalíticos. Conseguiu-se demonstrar que estes defeitos se deviam à negligência do fato que a teoria psicanalítica –a teoria de uma ciência empírica– é um derivado do campo das experiências internas observadas através da in- trospecção e da empatia.

PALAVRAS-CHAVE: INTROSPECÇÃO / EMPATIA / MÉTODO / INVESTIGAÇÃO / PSICANÁLISE

REV. DE PSICOANÁLISIS, LXVI, 1, 2009, págs. 41-55

* ¿Es posible hacer pasar un camello por el ojo de una aguja?

Reflexiones sobre la forma en que nos habla el inconsciente y sus implicaciones clínicas

* * Fred Busch

Resumen

En este artículo examinaré la propuesta de que cuanto más nos acercamos al contenido inconsciente, más probable es que éste se exprese mediante una forma particular de acción denominada lenguaje-acción. Las palabras se aseme- jan entonces a actos concretos. Freud fue el primero en referirse a este tipo de lenguaje, al decir que era “la compulsión a repetir en la acción”. Más adelante, Loewald lo llamó “acción de lenguaje” y los kleinianos aludieron a esas circuns- tancias en las que las verbalizaciones intentan “hacer” o “provocar” algo. De hecho, si tenemos en cuenta el desarrollo de los procesos de pensamiento, ad- vertimos que éstos no tienen como fundamento las imágenes (según creímos en un principio), sino más bien una acción codificada en esquemas sensoriomoto- res. En el artículo se examinan las implicaciones que esto tiene para el tratamien- to, entre las cuales cabe mencionar la importancia de la contratransferencia para la comprensión del lenguaje-acción, la necesidad de convertir las acciones en re- presentaciones, y el énfasis puesto en el proceso más que en el contenido cuando se quiere trocar las fantasías y defensas inconscientes en pensamiento precons- ciente.

DESCRIPTORES: LENGUAJE / ACCIÓN / INCONSCIENTE / COMPULSIÓN A LA REPETICIÓN / CONTRA- TRANSFERENCIA / REPRESENTACIÓN

* Este artículo se publicó por primera vez, en una versión más extensa, en el International Journal of Psychoanalysis, vol. 90, parte 1. ** Dirección: 246 Eliot Street, Chestnut Hill, MA 02467, Estados Unidos. drfredbusch@gmail.com

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FRED BUSCH

Summary

CAN YOU PUSH A CAMEL THROUGH THE EYE OF A NEEDLE?

Reflections on how the unconscious speaks to us and its clinical implications

In this paper I explore the proposition that the closer we get to unconscious content, the more likely it will be expressed in a particular form of action called action-language. This is where words become more like concrete actions. First described by Freud (1914) as repetitions in action, it was further elaborated by Loewald as actions in speech, and portrayed by the Kleinians as when verbal- izations attempt to do something or bring something about. In fact, if we look at the development of thought processes, we realize that imaging is not the foundation of thought (as we first believed), but rather it is action encoded in sensori-motor schema. The implications for treatment are discussed. These include: the importance of the use of countertransference in understanding action-language; the neces- sity of changing actions into representations; and the emphasis on the process rather than the content in changing the unconscious fantasies and defenses into preconscious thimking.

KEYWORDS: LANGUAGE / ACTION / UNCONSCIOUS / REPETITION COMPULSION / COUNTERTRANS- FERENCE / REPRESENTATION

Resumo

É POSSÍVEL UM CAMELO PASSAR PELO BURACO DE UMA AGULHA?

Reflexões sobre a forma em que o inconsciente nos fala e suas implicações clínicas

Neste artigo examinarei a proposta de que quanto mais nos aproximamos do conteúdo inconsciente, mais provável é que este se expresse mediante uma forma particular de ação denominada linguagem-ação. As palavras se assemel- ham a atos concretos. Freud foi o primeiro a se referir sobre este tipo de lin- guagem ao afirmar que era “a compulsão a repetir na ação”. Mais tarde, Loewald a chamou “ação da linguagem” e os kleinianos se referiram a essas cir- cunstâncias em que as verbalizações tentam “fazer” ou “provocar” alguma coisa. De fato, se levamos em consideração o desenvolvimento dos processos do pensamento, advertimos que estes não têm como fundamento as imagens (como acreditávamos anteriormente), mas sim uma ação codificada em esquemas sensório-motores. Também são examinadas as implicações que isto tem para o tratamento, entre as quais cabe mencionar a importância da contratransferência para a com- preensão da linguagem-ação, a necessidade de transformar as ações em repre- sentações e a ênfase posta no processo mais que no conteúdo quando se preten- de trocar as fantasias e defesas inconscientes em pensamento pré-consciente.

PALAVRAS-CHAVES: LINGUAGEM / AÇÃO / INCONSCIENTE / COMPULSÃO À REPETIÇÃO / CONTRA- TRANSFERÊNCIA / REPRESENTAÇÃO

REV. DE PSICOANÁLISIS, LXVI, 1, 2009, págs. 57-77

Historia del psicoanálisis estadounidense desde sus orígenes hasta la Segunda Guerra Mundial

*Jaime Nos Llopis

Introducción

La revisión histórica de las primeras cuatro décadas del psicoanálisis de los Estados Unidos, que se extienden de principios del siglo XX hasta el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, nos muestra que un acon- tecimiento decisivo en la historia de Europa –el ascenso al poder en 1933 del Partido Nacional Socialista en Alemania– dividió este período en dos fases claramente diferenciadas. Durante la primera fase, de 1900 a 1933, el psicoanálisis estadounidense fue un satélite de las sociedades psicoa- nalíticas centroeuropeas en las que había surgido el psicoanálisis. En la segunda fase, de 1933 a 1945, la situación anterior se invirtió: durante esos años, el psicoanálisis centroeuropeo fue trasplantado a los Estados Unidos por los psicoanalistas que se exiliaron en este país escapando de la persecución nazi, lo cual determinó el ulterior auge del psicoanálisis estadounidense. En este trabajo, describiré los hitos y protagonistas fundamentales de estas dos etapas y, complementariamente, revisaré ciertos aspectos de la cultura de los Estados Unidos que influyeron en la orientación del psico- análisis estadounidense de ese período y determinaron su evolución histórica posterior.

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I. Los orígenes del psicoanálisis estadounidense: de 1900 a 1933

A diferencia de lo que ocurrió en Europa, las ideas de Freud tuvieron

una rápida aceptación y difusión en los Estados Unidos desde el inicio del siglo XX. El primer reconocimiento internacional del psicoanálisis provino de los Estados Unidos de un modo honorífico: en 1909, Freud fue invitado por el psicólogo Stanley Hall, presidente de la Clark University (en Worcester, Massachussets), con motivo de la celebración del vigésimo aniversario de esa universidad, a dar cinco conferencias en alemán sobre psicoanálisis (Freud, 1910). Freud aceptó la invitación y zarpó desde Bremen rumbo a Nueva York acompañado de Jung, Jones y Ferenczi, sus más fieles colaboradores de ese período. La visita de Freud a los Estados Unidos en 1909 le permitió extraer algunas conclusiones que se reflejan en estos comentarios suyos:

Con gran sorpresa comprobamos que todos los miembros de aquella

Universidad [

nocer a sus alumnos. Así, pues, en la pudibunda América, podían discutirse

y examinarse científicamente con toda libertad, por lo menos dentro de los

círculos académicos, cosas que en la vida individual eran objeto de violenta

repulsa [

de la autoridad oficial han sido decisivamente ventajosas […] Otra circuns- tancia característica fue la de que, desde el principio, los profesores y direc-

tores de manicomios mostraran por el análisis un interés tan grande como el de los médicos independientes.

La falta de una arraigada tradición científica y la menor rigidez

conocían los trabajos psicoanalíticos y los habían dado a co-

]

]

Y a continuación, Freud compara la actitud receptiva hacia el psicoaná-

es evidente

que la lucha por el psicoanálisis ha de decidirse allí donde ha surgido la

mayor resistencia, o sea en los viejos centros de cultura” (Freud, 1914, págs. 1909-1910). Dos años más tarde, en 1911, cuando tan sólo existían en el mundo tres sociedades psicoanalíticas –las de Viena, Berlín y Zurich– se funda- ron la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York y la Sociedad Americana de Psicoanálisis; y en 1914 se fundaron las sociedades de Boston y Washington D.C. Los analistas pioneros americanos fueron, en su mayoría, académicos de prestigio de las universidades más elitistas del nordeste del país (Columbia, Harvard, Philadelphia, Johns Hopkins, etc). La lista de ana- listas fundadores de las primeras sociedades psicoanalíticas de los Estados Unidos incluye algunos nombres conocidos: el psicoanalista británico Ernst Jones, biógrafo de Freud y uno de sus más fieles colabo- radores; Abraham Brill, que se formó con Bleuler en Zurich, donde se in-

lisis de los Estados Unidos con el rechazo de Europa: “[

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teresó por el psicoanálisis, y tras su retorno a los Estados Unidos tradu- jo las obras de Freud al inglés, los Collected Papers; o el eminente neuró- logo James Jackson Putnam, a quien Freud dedicó dos trabajos cortos que aparecen en la Standard Edition. De 1900 a 1930, un período en el que todavía no existía ningún insti- tuto psicoanalítico en los Estados Unidos –el primero se fundaría en Nueva York en 1931–, numerosos psiquiatras estadounidenses hicieron su peregrinaje a Europa para obtener una formación psicoanalítica con Freud y el resto de psicoanalistas pioneros. Diversos biógrafos de Freud (Jones, 1955; Gay, 1988) e historiadores del psicoanálisis (Oberndorf, 1953) describen la rápida difusión del psi- coanálisis en los Estados Unidos a principios del siglo XX, así como la ayuda económica y los numerosos gestos públicos en defensa de Freud y el psicoanálisis que hicieron los psicoanalistas norteamericanos, en so- ciedades profesionales y periódicos. Comparemos esta actitud con la del establishment médico vienés de ese período: en su autobiografía, Elias Canetti (1982) narra que en la culta y burguesa Viena de las décadas de 1910 y 1920, en la que surgieron tantas figuras innovadoras en diversos campos del arte y la cultura –Gustav Mahler; Klimt; Otto Wagner y el grupo arquitectónico vienés Sezession, con Loos, Hoffmann y Olbrich; Arthur Schnitzller; Karl Krauss; Wittgenstein y los positivistas lógicos del Círculo de Viena–, las ideas de Freud eran discutidas apasionada- mente por los estudiantes e intelectuales vieneses más avanzados, pero ignoradas o ridiculizadas por las figuras más prominentes de la univer- sidad.

Razones históricas de la rápida aceptación del psicoanálisis en los Estados Unidos

Si el psicoanálisis había encontrado tanta resistencia en los círculos académicos e intelectuales europeos, ¿cuáles fueron las razones de que tuviera una aceptación tan inmediata en los Estados Unidos? En mi opi- nión, un amplio sector de la sociedad estadounidense era particular- mente receptivo a nuevas ideas. Veámoslo. Desde una perspectiva centroeuropea, la cultura norteamericana a menudo se concibe como radicalmente distinta de la europea; pero en realidad, los Estados Unidos es un producto de la cultura europea mo- derna, que a su vez era el fruto de una profunda transformación causa- da por los cambios políticos, religiosos, económicos y sociales ocurridos a lo largo de un periodo de tres siglos, del XVII al XIX: reforma protes- tante, liberalismo, revolución francesa, ilustración, revoluciones antico- loniales americanas, revolución industrial, etc.

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El término “liberalismo” hace referencia a una nueva actitud que se desarrolló en Europa en el siglo XVII tras la reforma protestante, como fuerza de liberación de todas las tiranías –religiosas, políticas, sociales, económicas e intelectuales– residuales del período medieval. La actitud liberal incluye diferentes rasgos: rechazo de cualquier injerencia en ma- teria de conciencia; rechazo de la autoridad de la Iglesia en cuestiones relacionadas con la ciencia y la filosofía; individualismo en la esfera económica, que se tradujo en una actitud de laisser-faire; oposición de las nuevas clases medias al poder regio de origen divino y a los privile- gios arbitrarios de la aristocracia y monarquía; confianza en la razón y la ciencia como fuentes de progreso; importancia de la educación y la ética del trabajo (Max Weber, 1904-1905); y un sistema político de- mocrático basado en el derecho a la propiedad privada. Desde un punto de vista histórico, los Estados Unidos fueron –a dife- rencia de los países europeos– la primera nación occidental que se cons- tituyó desde su inicio como una nación “moderna”, sin un pasado feu- dal-aristocrático y sin una tradición religiosa y cultural propias. La re- volución anticolonial, la declaración de independencia y la Constitución de los Estados Unidos de América de 1787 estuvieron inspiradas –al igual que la revolución francesa y la corriente intelectual de la ilustra- ción en Europa– en los principios del liberalismo: libre expresión de pen- samiento, libertad de asociación, libertad de prensa, libertad religiosa, separación Iglesia-Estado, laicidad o no-confesionalidad del Estado, etc. El ideal liberal se convirtió en el ideal nacional de los Estados Unidos, que estaba reflejado en su Constitución e impregnaba la cultura esta- dounidense de finales del siglo XIX. Pero este ideal –como suele suceder con los ideales– no fue siempre alcanzado durante ese período: la lucha política y económica planteada entre los estados del Norte y del Sur sobre la extensión del esclavismo a los nuevos estados del Oeste del país, derivó en 1861 en una sangrienta Guerra Civil o Guerra de Secesión (1861-1865) de cuatro años de duración. Esta confrontación violenta puso de manifiesto de forma trágica que la sociedad estadounidense no había asimilado global y homogéneamente los principios liberales del pensamiento moderno europeo, sino que dentro de ella coexistían –y to- davía coexisten–, en tensión dialéctica y frágil equilibrio, dos tendencias opuestas. Intentaré diferenciar esas tendencias, a riesgo de simplificar una realidad muy compleja. Un numeroso sector de la población –la “mayoría moral”– tenía una actitud profundamente conservadora, cuyas raíces históricas se remon- taban a los emigrantes “pioneros” de origen europeo que se vieron obli- gados a salir de sus países de origen por pertenecer a minorías religiosas discrepantes. Los rasgos que definen esta actitud conservadora son va- rios: rechazo de las ideas liberales; religiosidad fundamentalista y anti-

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científica; puritanismo; nacionalismo aislacionista y desconfianza de ideas nuevas y culturas “extrañas”, no americanas; y una visión ideali- zada de América como tierra de promisión elegida por Dios. En cambio, otra parte de la población norteamericana –no menos nu- merosa que la anterior– había asimilado profundamente los ideales li- berales y los principios ilustrados en los que se sustentaba la democra- cia americana. Al inicio del siglo XX, parte de este sector liberal, ilus- trado y progresista se había convertido en una elite cultural –minorita- ria dentro del país, pero numéricamente considerable– que, comparada con la burguesía europea culta de ese período, estaba mucho más abier- ta que ésta a cualquier innovación que ofreciera esperanza de progreso, ya que carecía de la rigidez que, a menudo, genera en el europeo la idea- lización acrítica de su tradición histórica e identidad cultural nacionales, que se consideran inmutables e incuestionables. Esta mayor permeabi- lidad a lo nuevo de un sector de la sociedad norteamericana explica he- chos paradójicos como el siguiente: la monografía sobre la sexualidad humana del psicólogo victoriano inglés Havelock Ellis (Studies in the Psychology of Sex, 1900) fue publicada por una editorial de la puritana Filadelfia, tras haberse prohibido su publicación en Inglaterra por con- siderársela obscena. Fue esta elite progresista e ilustrada de la sociedad estadounidense de principios del siglo XX la que aceptó rápidamente el psicoanálisis. Las ideas revolucionarias de Freud sobre la sexualidad infantil y el funcio- namiento mental inconsciente, y sobre su conexión con aspectos tanto psicopatológicos como normales y creativos del ser humano –como el humor o el arte–, despertaron un interés inmediato por el psicoanálisis entre dos grupos concretos de este sector de la sociedad: por un lado, in- telectuales con una actitud progresista utópica –típicamente americana– que estaban abiertos al psicoanálisis como movimiento cultural y a las corrientes vanguardistas europeas del momento; y por otro, los círculos académicos médicos, cuya actitud pragmática –también característica- mente americana– les hacía especialmente receptivos a nuevos métodos que pudieran tener utilidad terapéutica. Freud expresó abiertamente su gratitud por el apoyo que recibió de los psicoanalistas estadounidenses, que le ayudaron de forma generosa desde el principio. Pero su gratitud estaba mezclada con otros senti- mientos contrapuestos (Gay, 1988): Freud sentía un intenso prejuicio antiamericano –típico del europeo culto decimonónico– que se manifes- taba en sus críticas del materialismo tosco y anti-intelectual, el purita- nismo sexual, y la superficialidad que él atribuía a América, un país que apenas conocía; igualmente, Freud temía que el fundamentalismo reli- gioso y anticientífico del sector conservador de la sociedad estadouni- dense, la popularización del psicoanálisis, y la medicalización de la prác-

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tica psicoanalítica en los Estados Unidos, diluyeran los aspectos revolu- cionarios de sus ideas y contaminaran el desarrollo del psicoanálisis en ese país. La historia posterior demostró que algunos de los miedos de Freud estaban fundados.

II. El psicoanálisis estadounidense desde 1933 a 1945: diáspora del psicoanálisis centroeuropeo hacia los Estados Unidos

En la década de 1930, un acontecimiento fundamental de la historia mo- derna de Europa iba a afectar para siempre el desarrollo posterior del psicoanálisis en los Estados Unidos. En Alemania, tras el agitado perío- do de la República de Weimar (1919-1933), el Partido Nacional Socialista –de ideología pangermanista y racista– ganó las elecciones y accedió al poder: el 30 de enero de 1933, el presidente Hindenburg nombró Canciller a Adolf Hitler, quien en varios meses barrió toda oposición e instauró el régimen totalitario del III Reich. A partir de entonces, la situación se fue haciendo irrespirable en Alemania para los psicoanalistas de origen judío, sobre todo si estaban vinculados con partidos políticos de izquierdas. El 10 de mayo de 1933, en la Universidad de Berlín, una turba de estudiantes quemó pública- mente miles de libros de la biblioteca que eran considerados perniciosos, entre ellos las obras de Freud. La práctica del psicoanálisis se convirtió en peligrosa: sirva de ejemplo el que Edith Jacobson –que por entonces ejercía el psicoanálisis en Berlín– fue encarcelada por negarse a dar in- formación a la Gestapo sobre un paciente. A partir de este período comenzó un éxodo constante y masivo de psi- coanalistas europeos hacia los Estados Unidos. Los analistas del Instituto de Berlín fueron los primeros en exiliarse: al principio de la dé- cada de 1930, Franz Alexander, Sandor Rado y Karen Horney –que du- rante los años veinte habían formado parte del claustro de enseñanza del Instituto Psicoanalítico de Berlín– emigraron a los Estados Unidos. Posteriormente, conforme la ocupación nazi y la persecución de los judíos se fue extendiendo al resto de países centroeuropeos, les seguirían los analistas de Viena, Budapest, Praga, etc. El 12 de marzo de 1938, los nazis entraron en Viena, y Austria fue anexionada a Alemania. Durante los días siguientes, en toda Austria se desató un reinado del terror de pogroms antisemíticos, planeados y es- pontáneos, cuya crueldad y violencia presagió lo que ocurriría después en Alemania: muchos judíos fueron arrestados, linchados o asesinados; sus viviendas, comercios y sinagogas saqueadas; sus cementerios profa- nados. Ni siquiera un científico del prestigio internacional de Freud es- tuvo a salvo: los nazis hicieron varios registros de su domicilio en busca

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de información comprometedora, su hijo Martín fue detenido y su hija Anna interrogada en la sede de la Gestapo, donde tuvo que demostrar que la Sociedad Psicoanalítica Internacional era una sociedad científica sin implicación política alguna. Hasta entonces Freud se había resistido a abandonar Viena, pero fi- nalmente reconoció la gravedad de la situación: su estado de ánimo de ese momento se refleja en una breve nota suya, “Finis Austriae”, que es- cribió en su diario personal. Ese mismo año, con la ayuda de una red de personas influyentes –entre ellas, la princesa Marie Bonaparte y el pre- sidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt–, Freud consiguió un pasaporte para salir de Austria y se exilió en Inglaterra junto con su familia. El 23 de septiembre de 1939, Freud moría en Londres. Semanas antes, el 1 de septiembre de 1939, Alemania había invadido Polonia y no atendió un ultimátum de Inglaterra y Francia exigiendo la retirada de sus tropas. El 3 de septiembre estos países declararon la gue- rra a Alemania: comenzaba la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Estos acontecimientos históricos provocaron una diáspora de cientí- ficos, artistas e intelectuales europeos que supuso la pérdida irreparable de lo mejor de una generación de la cultura europea. De esta catástrofe humana y cultural se beneficiaron los países receptores del exilio y, en especial, los Estados Unidos: Otto Fenichel, en sus cartas (Rundbriefe) dirigidas a su círculo de amigos psicoanalistas durante su exilio ameri- cano al final de la década de los años treinta, describe las reuniones de la comunidad de exiliados alemanes de Los Ángeles, a las que acudían escritores como Thomas Mann y Bertolt Brecht, miembros de la escue- la de Frankfurt como Theodor Adorno y Max Horkheimer, físicos como Robert Oppenheimer. Mientras tanto, Einstein se había instalado en la Universidad de Princeton (New Jersey), Carnap en la Universidad de Chicago. Y así, una lista interminable de exiliados ilustres de todos los campos: escritores; pintores; músicos; directores de orquesta, cine y tea- tro; arquitectos; médicos; científicos; filósofos. Asimismo, esta diáspora diezmó el psicoanálisis en los países de Europa central. Durante la década de 1930 y principios de 1940, emigra- ron a los Estados Unidos la mayoría de la segunda generación de analis- tas (nacidos alrededor de 1900) formados con Freud en Viena, o con los analistas pioneros de Berlín y Budapest (Oberndorf, 1956). Ésta es una breve lista de algunos de los psicoanalistas que se exiliaron en los Estados Unidos: Franz Alexander, Edmund Bergler, Siegfried Bernfeld, Edward Bibring, Bruno Bettelheim, Helene Deustch, Kurt Eissler, Erik Erikson, Paul Federn, Otto Fenichel, Heinz Hartmann, Karen Horney, Edith Jacobson, Ludwig Jekels, Ernst Kris, Heinz Kohut, Margaret Mahler, Herman Nunberg, Sandor Rado, Annie Reich, Paul Schilder, Ernst Simmel, René Spitz, Richard Sterba, Robert Waelder, y tantos otros.

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Hinshelwood (1989), en la entrada “Ego psychology-classical psychoa- nalysis” de su diccionario del pensamiento kleiniano, afirma que la psi- cología del yo americana fue trasplantada a los Estados Unidos e Inglaterra por el grupo de Viena. Quizá esto fuera así en Inglaterra, pero en los Estados Unidos la historia fue más compleja: como ya he dicho, muchos psicoanalistas del Instituto Psicoanalítico de Berlín –primero Alexander, Horney, y Rado; posteriormente, Otto Fenichel, Ernst Simmel y otros– emigraron a los Estados Unidos y tuvieron un papel esencial en la organización de los nuevos institutos psicoanalíticos, que siguieron el modelo y currículum del Instituto de Berlín (el “modelo Eitingon”, en re- ferencia a Max Eitingon, uno de los fundadores de ese instituto). Estos detalles históricos no carecen de importancia: el Instituto de Berlín había sido fundado en 1920 siguiendo el modelo de la Sociedad Psicoanalítica de Viena y fue el primer instituto oficial de formación psi- coanalítica. En la década de 1920, el Instituto de Berlín era conocido por todos los analistas jóvenes como más abierto e innovador que la Sociedad de Viena, ya que los analistas más originales de ese período surgieron en Berlín, o se mudaron a esa ciudad en algún momento de sus carreras (Jacobi, 1983): con Abraham como maestro, el grupo de Berlín incluyó a Wilhem Reich, Annie Reich, Edith Jacobson, Otto Fenichel, Melanie Klein, Karen Horney, Franz Alexander, Eric Fromm, y otros. En cambio, en la Sociedad Psicoanalítica de Viena, la abrumadora presencia intelectual y transferencial de Freud generó una actitud más comedida: allí estaban analistas como Anna Freud, Heinz Hartmann, Erik Erikson, Ernst Kris, Helene Deustch, Richard Sterba, Robert Waelder, y otros, cuyas aportaciones no fueron menos brillantes que las del grupo de Berlín, pero sí más clásicas. Es cierto que tras su exilio a los Estados Unidos, los analistas viene- ses –agrupados alrededor de Hartmannn en el New York Psychoanalytic Institute– fueron más conocidos porque detentaron el poder político en la Sociedad Americana de Psicoanálisis durante varias décadas y elabo- raron la doctrina oficial de la psicología del yo, que a partir de la década de 1950 se convertiría en la corriente dominante (o mainstream) del psi- coanálisis estadounidense; pero los analistas procedentes del Instituto de Berlín –Alexander, Horney, Jacobson, Annie Reich, etc.– siguieron contribuyendo a la evolución de la teoría y técnica psicoanalíticas con ideas de gran originalidad. La diáspora de psicoanalistas europeos durante la década de 1930 su- puso una “colonización” del psicoanálisis estadounidense por el psico- análisis centroeuropeo, que fue transplantado a los Estados Unidos: de- bido a ello, a partir de la Segunda Guerra Mundial, el psicoanálisis es- tadounidense comenzó un período de auge, que tuvo su cenit en la dé- cada de 1950 y comenzó a declinar en la década de 1970.

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Entre 1930 y el final de la Segunda Guerra Mundial se fundaron los nueve primeros institutos psicoanalíticos de los Estados Unidos, en el si- guiente orden cronológico: Nueva York (1931); Chicago (1932); Boston (1933); Baltimore-Washington D.C. (1933); Filadelfia (1940); San Francisco (1942); Topeka (1942); Columbia University (1944), el primer instituto psi- coanalítico integrado en una universidad, la de Columbia en Nueva York; y Los Ángeles (1946). A la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, el epicentro del psi- coanálisis se había desplazado del mundo germano a los países anglo- parlantes, especialmente a Inglaterra y los Estados Unidos, donde la emigración había sido más numerosa; debido a ello, el inglés se convir- tió en la lingua franca de transmisión del conocimiento psicoanalítico. Los modelos psicoanalíticos que los psicoanalistas centroeuropeos exiliados introdujeron en los Estados Unidos fueron los que Freud había elaborado durante la década de 1920: la segunda tópica del aparato psí- quico o teoría estructural (la “psicología del yo” freudiana) y los mode- los de ansiedad y conflicto coherentes con esta teoría y con el modelo de dualismo pulsional. Estos modelos son el fundamento teórico y técnico de la escuela de la “psicología del yo” clásica, que predominó en el psi- coanálisis estadounidense hasta la década de 1970 (Paniagua, 2009, en este mismo volumen).

Impronta de la cultura de los Estados Unidos en el desarrollo del psicoanálisis estadounidense de las décadas de 1930 y 1940

El proceso de transplante del psicoanálisis europeo a los Estados Unidos fue extremadamente complejo debido a un conjunto de factores culturales y psicológicos que están relacionados entre sí: por un lado, la cultura estadounidense (su tradición científica, filosófica, humanista, médica) fue desigualmente receptiva a los diferentes ingredientes de la Weltanschauung freudiana (Gay, 1978, 1988; Jacobi, 1983; Rapaport, 1960; Sulloway, 1983); por otro lado, la experiencia de la persecución nazi y el exilio generó una profunda inseguridad en los psicoanalistas refugiados, quienes –debido a ello– concentraron su atención en validar el estatus científico del psicoanálisis y amoldarlo a la cultura científica y la práctica médica normativas en los Estados Unidos. Revisaré estos factores y la influencia que tuvieron en la orientación del psicoanálisis estadounidense de este período.

1. Durante la segunda mitad del siglo XIX, el empirismo, positivismo y evolucionismo darwinista se convirtieron en los ingredientes fundamen- tales de la ciencias positivas modernas, y reemplazaron al idealismo y vi-

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talismo de la Naturphilosophie romántica germánica, predominante al

principio de ese siglo. El objetivo de las ciencias modernas –como el evo- lucionismo y el psicoanálisis– era elaborar sistemas teóricos generales que describieran “verdades objetivas” y explicaran de forma coherente

y sistemática la realidad. La ciencia moderna intentó desprenderse de

cualquier residuo de pensamiento especulativo y creencia religiosa: la observación empírica de los hechos se convirtió en la autoridad última, como lo refleja un aforismo de Charcot (“las teorías son buenas pero no impiden que los hechos existan”) que tuvo gran influencia en Freud. Luego veremos que la vertiente empirista de Freud coexistía con otra es- peculativa.

La visión darwinista conectó al ser humano con el reino animal a través del proceso de evolución filogenética, lo cual cuestionó el pensa- miento religioso tradicional y el narcisismo antropocéntrico de la cien- cia anterior. La conexión darwinista de lo humano con lo animal o bioló- gico orientó el pensamiento freudiano. Freud invirtió radicalmente la relación cuerpo-mente del dualismo cartesiano y substituyó el “pienso luego existo” de Descartes por una nueva visión evolucionista y psicoa- nalítica que podría formularse así: “pienso y descubro que mis verdade- ros motivos, mi más auténtico yo, es de origen corporal, inconsciente e instintivo” (Draenos,1982). Como ya he dicho, la escuela predominante en los Estados Unidos al final de la Segunda Guerra Mundial –la psicología del yo clásica– eligió

el modelo de las ciencias naturales, una elección que conllevó un énfasis

de las motivaciones pulsionales de la conducta humana y un descuido de otros aspectos complementarios, lo cual provocó las críticas de psicoa- nalistas de diversas orientaciones, que luego mencionaré. Durante este mismo período –final del siglo XIX y principio del XX–

se desarrolló en los Estados Unidos una corriente filosófica autóctona

denominada “pragmatismo”, que tuvo gran influencia en el pensamien- to de ese país y cuyo objetivo era reinterpretar la filosofía de acuerdo a

la ciencia moderna. El pragmatismo surgió entre 1872 y 1874 en el seno

de un grupo de académicos de la Universidad de Harvard, en Boston, co- nocido como Metaphysical Club (grupo de los metafísicos), en el que des- tacan Charles Peirce –que desarrolló formalmente la doctrina pragmáti- ca– y William James –que popularizó las ideas de Peirce– (Russell, 1962; Menand, 2002). Peirce elaboró una teoría general de la investigación que denominó “falibilismo”, según la cual la verdad de una aseveración depende de su verificación empírica, y por lo tanto no puede considerarse como defini- tiva, ya que nuevas pruebas pueden mostrar que es errónea; Peirce adoptó una concepción instrumental de la verdad, que considera que la verdad de una aseveración se evalúa por sus consecuencias prácticas.

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William James –profesor de psicología y hermano de Henry James– traspuso las ideas de Peirce del terreno científico-metodológico al ético y psicológico. En sus Principios de psicología (1890), James criticó el dua- lismo tradicional entre sujeto y objeto –una confusión racionalista que, según James, no responde a criterios empíricos– y propuso un empiris- mo radical: el conocimiento humano sólo puede basarse en lo que él de- nomina “experiencia pura” y no en las posteriores reflexiones abstrac- tas sobre ella. Esta postura es visible en su visión psicofisiológica de las emociones, la “teoría James-Lange”: las emociones son la experiencia subjetiva de una reacción corporal y, por lo tanto, su origen es pura- mente físico; es decir, estamos tristes porque lloramos, enfadados por- que pegamos, asustados porque temblamos; y no al revés. Esta visión de las emociones influyó a algunos sectores del psicoanálisis estadouniden- se, entre ellos el grupo de medicina psicosomática del Instituto Psicoanalítico de Chicago, liderado por Alexander, que relacionó los fac- tores somáticos y psicológicos que intervienen en la etiología de ciertas enfermedades. Un discípulo de James, John Dewey, en su obra Human Nature and Conduct (1921), criticó el concepto freudiano de instinto: según Dewey, no existe una conciencia o “dimensión psíquica” individual sino sólo “impulsos”, que son una potencialidad neutral que no tiene efecto hasta que se convierte en un “hábito” social integrado en la cultura; por lo tanto, la naturaleza humana no puede entenderse en términos de ins- tintos, sino de conducta social y adaptación a la organización social (Rieff, 1979). Las ideas de Dewey tuvieron gran influencia en la psico- logía social moderna y en los psicoanalistas neofreudianos (Horney, Fromm, Sullivan) que resaltaron los aspectos culturales e interpersona- les de la mente, como reacción al énfasis unilateral que ponía el psico- análisis clásico en la dimensión pulsional e intrapsíquica; la excepción dentro del psicoanálisis clásico fue Hartmann (1939), quien ya antes de emigrar a los Estados Unidos destacó la importancia psicológica de la adaptación al medio. Más recientemente, Richard Rorty (2000), un filósofo de la corriente neopragmática estadounidense actual, ha desarrollado una visión pos- moderna del pragmatismo que resalta sus aspectos antiesencialistas y constructivistas: según Rorty, la corriente filosófica pragmática nos muestra que las ideas son productos construidos socialmente, herra- mientas para enfrentarse a la realidad que nos permiten construir dife- rentes versiones de ella que dependen de la perspectiva del observador. Esta corriente neopragmática ha tenido gran influencia en el psicoaná- lisis contemporáneo de orientación relacional e intersubjetiva, que adop- ta una postura epistemológica constructivista y considera que las cate- gorías que describen la realidad no son verdades absolutas, sino cons-

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trucciones generadas en un contexto interaccional de naturaleza socio- político-cultural.

2. La identidad liberal y pionera de Freud fue un ingrediente central en su vida y su obra. Durante el último tercio del siglo XIX y principios del XX, la liberaliza- ción de los sistemas políticos en el área geográfico-cultural de Mitteleuropa (Magris, 1961, 1973) produjo cambios sociales importantes: más oportuni- dades de ascenso social y económico; mayor porcentaje de ciudadanos con derecho a votar; mayor integración de diferentes etnias y religiones, etc. Estos cambios afectaron de forma especial a los ciudadanos de origen judío, a quienes se les permitió residir fuera de sus guetos y practicar ciertas profesiones y actividades que antes les estaban vetadas, como, por ejemplo, medicina, derecho, periodismo, o teatro. Ello impulsó el creci- miento de una nueva clase media de judíos “asimilados”, que no basaban su identidad en su propia religión y cultura sino que habían integrado la cultura de la nación en que vivían: inevitablemente, su ascenso social fo- mentó desconfianza y rivalidad en el resto de la población y echó leña al fuego del antisemitismo, perenne en las ciudades centroeuropeas. Todos estos ingredientes de la cultura centroeuropea de principio del siglo XX eran también parte de la sociedad liberal, democrática y secu- larizada de las ciudades en las que surgieron las primeras sociedades psicoanalíticas estadounidenses (Nueva York, Boston, Chicago, Washington D.C., Filadelfia, San Francisco, Los Ángeles), donde las mi- norías étnicas y religiosas iban conquistando, paso a paso, el derecho a ser tratadas como norteamericanos “auténticos” por los emigrantes ya asentados. Freud mantuvo una actitud social y política belicosamente liberal y sus maestros más admirados eran científicos abiertamente liberales (Nothnagel, Brücke, etc.). La ambición social y científica de Freud era típica de un judío asimilado que consideraba la “meritocracia” como un progreso sobre el sistema de prebendas de la aristocracia vienesa, una clase social que hasta entonces había monopolizado los puestos de poder en el gobierno, la universidad, etc. La competición y el desprecio de Freud hacia la aristocracia se reflejan claramente en un sueño suyo que aparece en La interpretación de los sueños (1900), en el que presenta a un ilustre conde vienés –el Conde Thun– como un perfecto mentecato que goza de privilegios debido a su origen aristocrático, no a su valía per- sonal. Sabemos que hasta el final de la primera década del siglo XX, Freud no tuvo suficientes pacientes que le proporcionaran seguridad económi- ca. Igualmente, sus primeras publicaciones tuvieron una mala acogida inicial: seis años después de haberse publicado la primera edición de La

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interpretación de los sueños (1900) sólo se habían vendido 351 ejempla- res; la segunda edición tuvo que esperar hasta 1909. Asimismo, la pro- moción de Freud como Profesor de la Facultad de Medicina se eternizó por razones poco claras, pero todo hace pensar que Freud obtuvo algún tipo de satisfacción aferrándose a un mito personal (Kris, 1956) rebelde y agraviado, ya que se negó a aceptar las reglas del juego y evitó buscar padrinos que facilitaran su promoción académica: sólo tras la muerte de su padre, Freud decidió aceptar la influencia de un aristócrata vienés que había sido paciente suyo, lo cual le permitió conseguir el nombra- miento de profesor, que iba acompañado de prestigio social y un flujo se- guro de pacientes. Estos aspectos de la identidad de Freud se tradujeron en una visión mítica de él como un héroe innovador, y del psicoanálisis como una cien- cia y filosofía revolucionaria que generaba rechazo porque amenazaba la cultura establecida (Sulloway, 1983). Como enseguida veremos, la ver- tiente revolucionaria del psicoanálisis centroeuropeo se fue diluyendo en América

3. La compleja y contradictoria relación que tuvo Freud con su identidad judía también influyó en el desarrollo histórico del psicoanálisis. A lo largo de siglos, el antisemitismo había forzado a la comunidad judía asquenazí del centro y este de Europa a una constante movilidad geográfica que le obligó a asimilar las diferentes culturas de las naciones en las que se asentaba. La identidad del judío “asimilado” representaba una amalgama de actitudes contradictorias: su actitud moderna y cos- mopolita (caracterizada por valores urbanos y no rurales, globales y no parroquiales, que le permitían adaptarse a la cultura burguesa de las ciudades centroeuropeas) coexistía con otra tradicional, de naturaleza a- histórica y basada en valores eternos (transmitidos a través del “libro” de los judíos, el Antiguo Testamento). Estas dos actitudes coexistieron en Freud, prototipo del judío asque- nazí asimilado: por un lado, Freud se había distanciado de lo judío como cultura particular, cerrada, y consideraba exóticas las prácticas religio- sas, las costumbres, la estructura familiar conservadora, y los rituales del judaísmo jasídico ortodoxo; pero su vertiente secularizada y univer- salista se mezclaba con su orgullo de ser judío, de pertenecer a un grupo que había superado el principio de nacionalidad. En mi opinión, el temor constante de Freud a diversos peligros que acechaban al movimiento psicoanalítico y a que se desintegrara todo lo que había construido a lo largo de su vida, se debió no sólo a las resistencias que generaban sus ideas, sino también a la inseguridad y el pesimismo inherentes a su pers- pectiva de judío centroeuropeo asimilado, en un momento de grandes cambios en la cultura occidental: el período de entreguerras.

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El período posterior a la Primera Guerra Mundial supuso el fin de una

tradición y el comienzo de la atomización y secularización del mundo mo- derno, lo cual generó una profunda inseguridad y crisis de valores en los europeos, como lo reflejan los personajes de las novelas de Kafka, Musil

y otros autores de ese período, tanto judíos como “gentiles”. Pero la de-

sorientación e inseguridad del inicio del mundo moderno las vivió de forma especialmente dramática e intensa la comunidad judía centroeu- ropea, desde la Primera Guerra Mundial hasta la persecución nazi, el Holocausto y el éxodo: ésa es la razón de que los intelectuales de origen judío de ese período ejercieran anticipadamente una función metafórica de “reveladores” de la situación de la cultura occidental (Magris, 1971). ¿Cómo afectó la persecución y la diáspora a la comunidad judía? Ante la angustia catastrófica que le generaba la total desintegración de su

mundo, el judío centroeuropeo que se exiliaba para escapar de la perse- cución nazi, estuvo tentado a adoptar actitudes defensivas antitéticas: o bien idealizar el judaísmo y la familia judía tradicional, unos marcos que transmitían valores eternos y le protegían ante la nueva cultura; o bien, intentar adaptarse a toda costa a las nuevas culturas que les acogían, aunque fuera adoptando una máscara. Inevitablemente, los psicoanalis- tas exiliados debieron sentirse tentados por estas soluciones defensivas:

o aferrarse a una tradición de verdades incuestionables y crear una or-

todoxia psicoanalítica, que interrumpiría la experimentación y el pro- greso del psicoanálisis; o adaptarse miméticamente al nuevo medio, a costa de una convencionalidad y superficialidad de pensamiento. Posiblemente, Freud lo intuyó y ello debió acrecentar su temor de que, tras su muerte, el psicoanálisis se decantara por una de ellas. La historia posterior demostró que la experiencia traumática de pér- didas materiales y humanas que habían sufrido los psicoanalistas exi- liados durante la persecución nazi, influyó en el desarrollo del psicoaná- lisis estadounidense. Los Estados Unidos acogieron generosamente a los analistas exiliados, que inmediatamente obtuvieron posiciones académi- cas en los departamentos de psiquiatría de universidades y centros hos- pitalarios, lo cual les garantizó un flujo de pacientes, seguridad econó- mica y prestigio científico y social; pero, como contrapartida, se hicieron más cautos y perdieron la creatividad contestataria que había caracteri- zado al psicoanálisis en Europa. Diversos autores (Eissold, 1994, 1998; Bergmann, 1997; Kernberg, 1997) han descrito cómo esta actitud con- servadora propició la formación de una ortodoxia académica-médica que se otorgó a sí misma la función de preservar el “auténtico” pensamien- to freudiano contra cualquier innovación que fuera considerada revisio- nista o crítica. Igualmente, los psicoanalistas exiliados decidieron mantener su pen- samiento político al margen de su actividad profesional en los Estados

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Unidos, un país menos politizado que las naciones de donde ellos pro- venían: sólo un grupo reducido de psicoanalistas que habían estado co- nectados en Europa con partidos de izquierdas –Fenichel, Federn, Edith Jacobson, Helene Deustch, Annie Reich, Bruno Bettelheim, y otros– mantuvieron contactos secretos entre ellos sobre sus ideas políticas a través de las famosas Rundbriefe de Fenichel (Jacobi, 1983).

4. Freud sentía una profunda admiración por la cultura germánica y, cuando le concedieron el premio Goethe de Literatura, se reconoció cul- turalmente “germano”. Ello explica que la orientación empirista y posi- tivista de Freud coexistiera con su afinidad por el espíritu especulativo de la Naturphilosophie romántica alemana de la primera mitad del siglo XIX: la influencia de esta perspectiva es particularmente evidente en su modelo de creatividad artística y en su método patobiográfico (Nos, 2000), en los que prevalece una visión romántica que concibe la creati- vidad como el resultado de una descarga de pasiones irracionales rela- cionada con la locura. Freud siempre reconoció su tendencia a dejarse llevar por la imagi- nación y la necesidad de autoimponerse una disciplina que le forzara a observar los hechos y a contrarrestar la “querencia” metafísica de su pensamiento. La vertiente especulativa de Freud se refleja en su propia vida: Freud prolongó sus estudios de medicina para obtener una forma- ción humanística y filosófica; y en su vejez, reconoció que su interés siempre había sido la filosofía y el estudio de la cultura, como lo prue- ban sus obras más especulativas. Esta tensión dialéctica entre idealismo romántico y empirismo científico-positivo está presente en toda su obra, que es una genial mezcla de observación y especulación metafísica. Igualmente, Freud utilizó la literatura y la mitología no como un sim- ple recurso formal, sino como un vehículo de comprensión del ser hu- mano: Freud recurrió al Antiguo Testamento y a los clásicos europeos –desde los grandes autores de la Grecia clásica a Rabelais, Cervantes, Shakespeare, Moliere, Nietzsche– como fuentes inagotables de informa- ción sobre el comportamiento humano. La afinidad de Freud por la lite- ratura influyó en su estilo literario, caracterizado por un lenguaje me- tafórico, evocador, que evitaba la reificación de sus ideas y teorías. Menos conocida es la influencia que tuvo en Freud la tradición her- menéutica judía (el estudio e interpretación del significado de frases y pasajes del Antiguo Testamento) e, incluso, la tradición cabalística judía, con sus ingredientes de superstición y misticismo: por ejemplo, Freud siempre fue profundamente supersticioso con respecto a la significación de los números como indicadores de la fecha de su muerte. Este aspecto de Freud –contradictorio con su pensamiento ilustrado y secularizado– ayuda a entender su interés por lo oculto.

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Todas estas vertientes humanísticas, literarias, políticas y filosóficas de Freud eran ajenas a la cultura de los Estados Unidos y tuvieron poca influencia en la corriente predominante del psicoanálisis estadouniden- se de las décadas de 1950 y 1960 –la psicología del yo–, que eligió una orientación científico-natural: en cambio, la dimensión humanista del psicoanálisis se mantuvo viva en los departamentos de historia, filosofía, sociología, arte y literatura de la universidades. Un eminente analista vienés exiliado, Bruno Bettelheim (Freud and the Soul, 1982), afirma que el sesgo positivista del psicoanálisis estadounidense de este período tuvo un impacto incluso en las traducciones al inglés de la obra de Freud, en las que su pensamiento humanista quedó diluido y su lengua- je evocador y claro se sustituyó por una jerga científica, abstracta e im- personal. Sólo ulteriormente, en la década de 1970, algunos psicoanalistas es- tadounidenses (como Roy Schafer o Donald Spence) desarrollaron una perspectiva hermenéutica psicoanalítica, que concibe el psicoanálisis como una ciencia humanista, interpretativa, generadora de narrativas, cuyos criterios de validación son distintos de los de las ciencias natu- rales.

5. A lo largo de su vida, Freud mantuvo una actitud ambivalente hacia la aplicación terapéutica del método psicoanalítico, ya que temía que la medicalización del psicoanálisis y una formación profesional orientada a la práctica diluyeran las ideas revolucionarias del psicoanálisis, desvir- tuaran su vertiente de investigación y lo convirtieran en un simple gre- mio profesional. Durante las reuniones de los miércoles en su domicilio de Berggasse 19, en Viena, a menudo Freud criticó duramente algunos trabajos de sus discípulos por su tendencia al reduccionismo y a la simplificación de las teorías psicoanalíticas, y vaticinó que esas actitudes acarrearían el descrédito del psicoanálisis. Freud también criticó abiertamente la mo- nopolización de la práctica psicoanalítica por la profesión médica esta- dounidense, opuesta a los psicoanalistas no-médicos: imaginemos cómo hubiera sido la historia del psicoanálisis sin las contribuciones de psico- analistas no-médicos como Anna Freud, Ernst Kris, Robert Waelder, o Erik Erikson, por citar sólo algunos Pero la presión hacia una medicalización y profesionalización del psi- coanálisis fue enorme: en la década de 1950, en los Estados Unidos, el psicoanálisis ya no era una disciplina individualizada, sino que se había convertido en una rama de la psiquiatría, sujeta a todos los requisitos profesionales de la medicina.

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III. Conclusiones

Un conjunto interrelacionado de factores culturales y psicológicos pro- vocaron una “americanización” (Jacobi, 1981) del psicoanálisis europeo tras su transplante a los Estados Unidos. La atmósfera social, cultural, religiosa, política, científica y filosófica que encontraron los psicoanalis- tas centroeuropeos exiliados en los Estados Unidos a partir de principios de la década de 1930 fue receptiva a la visión liberal, individualista, se- cularizada, democrática e igualitaria de Freud y a la orientación cientí- fico-positiva, empirista, darwinista, y biológica del psicoanálisis; en cam- bio, fue mucho menos permeable a la vertiente humanista, filosófica, política, especulativa y hermenéutica de Freud. Complementariamente, la inseguridad de los psicoanalistas refugiados hizo que éstos centraran sus esfuerzos en sistematizar –prematuramente– la teoría psicoanalíti- ca, validar el estatus científico del psicoanálisis y amoldarlo a los mode- los de la ciencia positiva y la práctica médica normativas en los Estados Unidos, en detrimento de las vertientes más sociológicas, culturales, fi- losóficas y humanistas del psicoanálisis. Como consecuencia de todo ello, la orientación del psicoanálisis esta- dounidense tras la Segunda Guerra Mundial se caracterizó por los si- guientes ingredientes: elección del modelo científico típico de las cien- cias naturales; tendencia a la profesionalización y medicalización; acti- tud eminentemente pragmática; menor influencia de la tradición huma- nista; sistematización prematura de la teoría y técnica psicoanalíticas; y formación de una ortodoxia psicoanalítica dentro de la escuela clásica de la psicología del yo. En mi opinión, el estudio de las vicisitudes históricas de este período de transplante del psicoanálisis centroeuropeo a los Estados Unidos es imprescindible para entender el desarrollo y las características específi- cas de la corriente predominante del psicoanálisis estadounidense du- rante las décadas de 1950 y 1960: la psicología del yo clásica. Pero además, la historia de este período también ayuda a entender las poste- riores críticas y ampliaciones del modelo de la psicología del yo, que han llevado al pluralismo teórico y técnico del psicoanálisis estadounidense contemporáneo, en el que –además de la psicología del yo clásica– coe- xisten diversos modelos teóricos y técnicos: el psicoanálisis neofreudia- no de orientación interpersonal y culturalista, elaborado por autores como Horney, Sullivan o Fromm; el modelo de relaciones de objeto de la psicología del yo, elaborado por Mahler, Jacobson, Kernberg y otros, para ampliar el modelo clásico y hacerlo aplicable al tratamiento de pa- cientes con patología severa de origen temprano; el enfoque técnico de la psicología del yo contemporánea, desarrollado por autores como Paul Gray o Fred Busch; la psicología del self de Kohut, dirigida a la com-

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prensión y el tratamiento de la patología de déficit, diferente de la pato- logía de conflicto estudiada por Freud; la perspectiva hermenéutica psi- coanalítica, desarrollada por autores como Roy Schafer y Donald Spence; el psicoanálisis relacional e intersubjetivo actual, representado por analistas de orientaciones diversas (interpersonalistas como Greenberg, Mitchell, Renik; psicólogos del self, como Stolorow; psicoa- nalistas con una orientación sociolingüística como Aron; psicoanalistas feministas como Benjamín; autores como Ogden, que integra el psico- análisis clásico con las ideas de Klein, Bion y Winnicott), todos ellos con una perspectiva común constructivista, que concibe el psicoanálisis como una “psicología de dos personas” y al analista como un observador- participante en la relación analítica, en contraposición a la perspectiva objetivista del psicoanálisis clásico, que concibe al analista como un ob- servador objetivo y neutral de la realidad intrapsíquica del paciente. Espero que esta revisión del complejo y rico itinerario histórico del psicoanálisis estadounidense sirva para disipar prejuicios sobre su pasa- do y estimular curiosidad sobre su plural panorama contemporáneo.

Resumen

El objetivo de este trabajo es la revisión histórica de las primeras cuatro décadas del psicoanálisis estadounidense, desde sus orígenes hasta 1945. En opinión del autor, un acontecimiento decisivo en la historia de Europa –el ascenso al poder en 1933 del Partido Nacional Socialista en Alemania– dividió este período inicial del psicoanálisis de los Estados Unidos en dos etapas claramente diferenciadas. En una primera fase, que se extiende desde principios del siglo XX hasta 1933, el psicoanálisis estadounidense fue un satélite del psicoanálisis centroeuropeo. Durante la segunda fase, que abarca de 1933 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, esta situación se invirtió: un gran número de psicoanalistas centroeuropeos se exiliaron en los Estados Unidos escapando de la persecución nazi y transplantaron a este país el psicoanálisis europeo, un hecho que contri- buyó al posterior auge del psicoanálisis estadounidense. El autor revisa los hitos y protagonistas principales de ese período, y los diversos aspectos de la cultura de los Estados Unidos que influyeron en la orientación teórica y técnica del psi- coanálisis de ese país durante sus primeras cuatro décadas. El autor sostiene que este período inicial de la historia del psicoanálisis estadounidense permite en- tender las características de la escuela que predominó en los Estados Unidos a partir de la Segunda Guerra Mundial –la psicología del yo, fundamentada en el modelo estructural freudiano– así como también las posteriores revisiones, crí- ticas y ampliaciones del modelo de la psicología del yo, que han llevado al plura- lismo teórico y técnico del psicoanálisis estadounidense actual.

DESCRIPTORES: HISTORIA DEL PSICOANÁLISIS / NAZISMO / MIGRACIÓN / SOCIEDAD / CULTURA / FREUD SIGMUND

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Summary

THE HISTORY OF PSYCHOANALYSIS IN THE UNITED STATES FROM ITS ORIGINS TO THE SECOND WORLD WAR

This paper reviews the history of the first four decades of American psycho- analysis, from its origins until 1945. In the author’s view, a central event in European history –the rise to power of the National Socialist party in Germany in 1933– divides this initial period of American psychoanalysis into two clearly differentiated stages. During the first stage, from the turn of the century to 1933, American psychoanalysis was a satellite of European psychoanalysis. During the second stage, from 1933 to the end of World War II in 1945, this sit- uation was inverted: the massive exile of Central European psychoanalysts es- caping Nazi persecution transplanted European psychoanalysis to the United States, contributing to the subsequent rise of American psychoanalysis. The

author reviews the historical milestones and protagonists of this period, as well

as certain aspects of American culture which contributed to the theoretical and

technical orientation of American psychoanalysis during its first four decades. The author argues that the history of this period of American psychoanalysis elucidates the characteristics of the psychoanalytic school which prevailed in the United States after World War II –ego psychology, based on Freud´s struc- tural theory– and the subsequent revisions, critiques and expansions of this model, which have led to the current pluralism of American psychoanalysis.

KEYWORDS: HISTORY OF PSYCHOANALYSIS / NAZISM / MIGRATION / SOCIETY / CULTURE / SIGMUND FREUD

Resumo

HISTÓRIA DA PSICANÁLISE ESTADUNIDENSE DE SUA ORIGEM ATÉ A 2ª GUERRA MUNDIAL

O objetivo deste trabalho é a revisão histórica das primeiras quatro décadas da

psicanálise estadunidense, de sua origem até 1945. Na opinião do autor, um acontecimento decisivo na história da Europa –a ascensão ao poder em 1933 do partido Nacional Socialista na Alemanha– dividiu este período inicial da psi- canálise dos Estados Unidos em duas etapas claramente diferenciadas. Em uma

primeira fase, que se estende do início do século XX até 1933, a psicanálise es- tadunidense foi o satélite da psicanálise da Europa Central. Durante a segunda fase, 1933 até o final da 2ª Guerra Mundial em 1945, esta situação se inverteu:

um grande número de psicanalistas da Europa Central se exilou nos Estados Unidos escapando da perseguição nazista e transladou, a este país, a psicanáli-

se européia, fato que contribuiu para o posterior auge da psicanálise estaduni-

dense. O autor revisa os fatos e os principais protagonistas desse período, e os diversos aspectos da cultura dos Estados Unidos que influenciaram a orien- tação teórica e técnica da psicanálise desse país durante suas primeiras quatro décadas. O autor afirma que este período inicial da história da psicanálise esta- dunidense permite entender as características da escola que predominou nos

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Estados Unidos a partir da 2ª Guerra Mundial –a psicologia do Eu, fundamen- tada no modelo estrutural freudiano– como também as posteriores revisões, crí- ticas e ampliações do modelo da psicologia do Eu, o que tem levado ao pluralis- mo teórico e técnico da psicanálise estadunidense atual.

PALAVRAS-CHAVE: HISTÓRIA DA PSICANÁLISE / NAZISMO / MIGRAÇÃO / SOCIEDADE / CULTURA / SIGMUND FREUD

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(Este trabajo fue seleccionado para su publicación el 26 de febrero de 2009.)

REV. DE PSICOANÁLISIS, LXVI, 1, 2009, págs. 79-95

Técnica en la psicología del yo contemporánea

* Cecilio Paniagua

No es fácil condensar en un breve artículo una exposición de la técnica en la Psicología del Yo Contemporánea (PYC). Espero contar con la in- dulgencia del lector a la hora de comprender mi necesidad de recurrir a numerosas referencias bibliográficas, a sabiendas de que un tratamiento más extenso y detallado del progreso de las aplicaciones clínicas de la se- gunda tópica freudiana haría mayor justicia al tema. Hace un par de décadas, un famoso maestro argentino de la técnica vino a la Asociación Psicoanalítica de Madrid para dar una conferencia. En el tiempo de discusión le pregunté si no veía mérito en el argumento de Charles Brenner (Panel, 1955) de que el criterio más válido de confir- mación de una interpretación era la verbalización por parte del analiza- do de elementos pulsionales reprimidos por el mecanismo de defensa que había sido objeto de la interpretación. Mi pregunta pareció extrañarle y la respuesta que obtuve fue: “¿Brenner?, ¡pero si Brenner es de la psico- logía del yo!”. En un buen número de colegas sudamericanos y de la Europa meridional existía, y posiblemente continúe existiendo, prejuicio y relativa ignorancia respecto a esta escuela que fue hegemónica en el psicoanálisis norteamericano. Esto parece verse reflejado en las diferen- cias significativas de intereses teóricos entre los candidatos de dichas re- giones y los estadounidenses. Los latinoamericanos muestran preferen- cia por estudiar autores europeos antes que los norteamericanos (Pereira et al., 2007). Samuel Arbiser (2003), en un artículo en el Journal of the American Psychoanalytic Association, expresó abiertamente la opinión de que los analistas argentinos, al considerarse “miembros de los círcu-

valoraron el estilo de vida americano con

bastante desdén” (pág. 331). Este mismo autor señaló que dicha postura parecía coloreada por la ideología de izquierdas de un buen número de

los intelectuales europeos [

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* Dirección: c. Corazón de María 2, 28002 Madrid, España. paniagua@arrakis.es

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CECILIO PANIAGUA

estos profesionales. Janine Puget y René Kaës (1991) también han es- crito sobre el solapamiento de estos posicionamientos ideológicos con las consideraciones científicas en el psicoanálisis. Andrea M. Rodríguez Quiroga de Pereira et al. (2007) se preguntaron hasta qué punto la cul-

tura institucional podía haber influido sobre la elección de diversas teo- rías psicoanalíticas, concluyendo que “puede ser que ciertas razones so- ciopolíticas den cuenta del modo cómo América Latina percibe a otras regiones” (pág. 1257). Muchos colegas invocan al triunvirato de los teóricos “Hartmann, Kris y Loewenstein” como representantes máximos, ¡si no únicos!, de la psicología del yo en la actualidad. También a menudo se toma errónea- mente la perspectiva adaptativa de la metapsicología analítica por un concepto sociológico. La absurda suposición de que el psicoanálisis esta- dounidense propugna el fin terapéutico de una adecuación a las conven- ciones sociales ha sido aducida como exponente de la supuesta “superfi- cialidad” teórica de los autores del Norte. Como Joseph Smith (1995) ha señalado, “es muy común la tendencia entre la intelectualidad europea (Freud incluido) a menospreciar a América y el psicoanálisis norteame-

ricano [

(págs. 615-617). En realidad, el punto de vista adaptativo psicoanalítico, esencial para la comprensión de las transacciones psicológicas con el medio, fue elaborado principalmente por Heinz Hartmann (1939) antes de emigrar a Nueva York y es un producto típico de la escuela vienesa o clásica. Tampoco es infrecuente la confusión de la psicología del yo con la posterior psicología del self kohutiana, tan distinta y, en algunos pun- tos, contraria a la primera. Curiosamente, tanto en Europa como en Latinoamérica con frecuen- cia sigue creyéndose, de modo desfasado, que el psicoanálisis americano

es eminentemente monolítico, lo que desde hace décadas no puede ser tomado por cierto. Como reconoce Steven Levy (2006), editor del Journal of the American Psychoanalytic Association, la actitud “ecumé- nica” del psicoanálisis actual en los Estados Unidos ha hecho que en ese país “haya cesado la predominancia de la corriente teórica de la mains- tream ego psychology” (pág. 355). En efecto, la PYC, a la que el autor de estas líneas se subscribe, no constituye ya una tendencia mayoritaria en Norteamérica. No obstante, Fred Busch (1999) ha mostrado cómo otras corrientes dentro del psicoanálisis norteamericano, como la intersubje- tiva representada por Owen Renik o la psicología del self de Heinz Kohut, pueden ser articuladas dentro de una técnica moderna basada en el modelo de la segunda tópica o teoría estructural. También, en mate- ria de técnica, hay que hacer mención de la sustancial contribución de Otto Kernberg (1979, 1983) al rapprochement entre la teoría de las re- laciones objetales y la moderna psicología del yo.

suponiendo que éste tiene como objetivo único la adaptación”

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TÉCNICA EN LA PSICOLOGÍA DEL YO CONTEMPORÁNEA

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Aunque la PYC se practica principalmente en Norteamérica, tiene antecedentes claros en Europa. Algunos de sus pioneros semiolvidados, como el alemán Hellmuth Kaiser (1934) o la británica Nina Searl (1936), mostraron notable clarividencia en cuanto a recomendaciones técnicas consonantes con la teoría estructural freudiana. En la actualidad, hay autores europeos como los finlandeses Pentti Ikonen (2002) o Leo Kovarskis (2008) que escriben sobre dicho enfoque, pero, ciertamente, el desarrollo de esta técnica ha tenido su epicentro en los Estados Unidos. Sigmund Freud pensó al principio que la patogenia de los síntomas neuróticos era debida al conflicto entre unos deseos instintuales incons- cientes y las exigencias de una moralidad consciente. Más tarde tuvo que concluir que todos los elementos en el conflicto podían ser inconscientes (Freud, 1916, 1923). Fue el reconocimiento de que tanto lo reprimido como las fuerzas represoras podían estar más allá de la conciencia lo que hizo insostenible el concepto del funcionamiento mental basado en una primera tópica o teoría topográfica que dividía el psiquismo en un Inconsciente y un Preconsciente/Consciente. Como Merton Gill (1963) escribió, “Evidentemente, Freud pensó que las fuerzas antitéticas no debían situarse conceptualmente dentro del mismo sistema y las separó, poniendo los impulsos en el ello y la defensas en el yo” (pág. 140). En

efecto, en El yo y el ello, Freud (1923) llegó a la conclusión de que “Lo Inc. no coincide con lo reprimido. Todo lo reprimido es inconsciente,

pero no todo lo inconsciente es reprimido. También una parte del yo [

puede ser inconsciente” (pág. 2704). Freud cayó en la cuenta de que cier- tos recuerdos infantiles de acontecimientos traumáticos eran a veces re- memorados, mientras que algunas motivaciones anti-instintuales como la culpa podían ser completamente inconscientes. Así, en 1933 escribió:

“Mal que nos pese, el superyó y lo consciente, por un lado, y lo reprimi- do y lo inconsciente, por otro, no coinciden en modo alguno” (pág. 3139). La consideración de que no sólo los impulsos sino también las defensas podían estar soterrados fue lo que llevó a Freud a formular un paradig- ma estructural o segunda tópica, en la que tanto las pulsiones del ello como las defensas yoicas, los imperativos superyoicos y los modelos idea- les podían ser completamente inconscientes. La segunda tópica permitió comprender la vida mental desde una nueva perspectiva tridimensional y decididamente más completa: sueños, parapraxis y síntomas pudieron ser conceptuados como resultado de transacciones inconscientes entre el ello, el yo y el superyó. Las fantasías y la psicopatología de la vida coti- diana fueron reinterpretadas como consecuencia biográfica de unos compromisos intersistémicos. Paralelamente, Freud modificó su teoría de la angustia, concluyendo que ésta no podía deberse a una sencilla acumulación de libido, creencia que había llevado ingenuamente a su- poner que la descarga sexual constituía de por sí la curación de los tras-

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CECILIO PANIAGUA

tornos histéricos. En Inhibición, síntoma y angustia, Freud (1926) se re- tractó de esta teorización sobre la génesis de la angustia, explicando:

Intentábamos justificar económicamente su aparición en cada caso, y su-

poníamos [

ción directa en forma de angustia. No puede pasar ya inadvertido que estas

afirmaciones no armonizan bien [ (pág. 2876).

[

encontraba una deriva-

]

que la libido (la excitación sexual) [

]

]

]

El yo es la única sede de la angustia

Estos desarrollos del pensamiento de Freud son conocidos por todos los psicoanalistas. Lo que no parece haberse generalizado suficientemente es el hecho de que el revolucionario cambio en su metapsicología no con- llevó una modificación paralela en la técnica psicoanalítica. Tras haber reconocido que en el yo existía “algo que se conduce idénticamente a lo reprimido, o sea, exteriorizando intensos afectos sin hacerse consciente por sí mismo”, Freud (1923) añadió que la apercepción de ese “algo” re- quería “una especial labor” (pág. 2704), pero ni especificó en qué con- sistía dicha “labor” ni trasladó a su técnica las consecuencias lógicas que se desprendían de su cambio de paradigma. Paul Gray (1992) comentó:

Tras descubrir que la parte del yo encargada de modo esencial de la resis- tencia era también inconsciente, Freud dejó bastante solos a sus colegas en la tarea de elaborar una metodología para hacer consciente el yo inconscien- te (pág. 308).

La percepción de las operaciones inconscientes del yo, menos llamativas que las manifestaciones del ello, requiere una forma diferente de escu- cha y, en efecto, una “especial labor” por parte del aparato conceptual del analista. El objetivo principal de la técnica psicoanalítica de superación de la represión y catarsis de los traumas infantiles constituyó un enfoque va- lioso en la historia de la disciplina, pero debió haberse dejado atrás en congruencia con los nuevos hallazgos de la segunda tópica. La introduc- ción de ésta supuso una innovación que hizo ver los fenómenos resis- tenciales no como meros obstáculos a la libre asociación, sino como ma- terial que proporcionaba información esencial sobre los mecanismos de defensa inconscientes que habían sido erigidos ante temores y deseos in- manejables por la personalidad inmadura del niño y que habían acaba- do formando rasgos del carácter. En el decir de Robert Waelder (1960), la antigua pregunta del analista “¿qué deseos inconscientes tiene el pa- ciente?” hubo de ser suplementada por una segunda: “¿qué teme éste que le pueda suceder como consecuencia de sus deseos?”. Por último, el reconocimiento de que las defensas eran inconscientes y distintivas de cada analizado extendió la atención del analista a una tercera pregunta:

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“cuando el paciente experimenta angustia, ¿a qué estrategias recurre?”. Podría añadirse aquí una importante cuarta puntualización descrita por Anna Freud (1936): estas “estrategias” se manifestarán inexorablemen- te como “transferencia de la defensa” (págs. 31-34). El concepto de una instancia mental, el yo, que determinaba incons- cientemente qué contenidos mentales eran representables y cuándo y bajo qué forma podían representarse debería haber hecho que el análi- sis de las defensas inconscientes se convirtiese en práctica estándar, sus- tituyendo al anterior método de descodificación de contenidos latentes. Sin embargo, lo que sucedió fue que muchos analistas continuaron uti- lizando la técnica primitiva, empleando terminología de la segunda tó- pica, con las ecuaciones simplistas Inc. = ello, Prec.-Cc. = yo. Esto cla- ramente revela la inercia topográfica de creer que las pulsiones son lo verdaderamente inconsciente, mientras que las actividades defensivas no lo son. Pero como Waelder (1967) observó perspicazmente, “No se puede reprimir una idea estando al mismo tiempo consciente de haber- la reprimido, porque la conciencia alertaría a la mente a ir en pos de dicha idea, lo que, claro está, haría insegura la represión” (pág. 354). El hecho de que este elemental razonamiento no nos haya resultado inme- diatamente evidente dice mucho acerca de nuestra resistencia general a adoptar las consecuencias técnicas del cambio de tópica. Roy Schafer (1983) escribió sobre el hecho de que muchos analistas aseguren enten- der el papel de las defensas yoicas mientras que en sus prácticas siguen haciendo uso de la anterior técnica topográfica. Escribiendo sobre la fre- cuente tendencia a pasar por alto el análisis del yo, este autor comentó que, cuando en un tratamiento el analizado parece mostrar contenidos que no explicita, el analista suele sentirse tentado de verbalizar inter- pretaciones directas de los afectos latentes. Y pregunta Schafer: “Si esto es tan obvio, ¿por qué no lo pudo expresar directamente el analizado?”, añadiendo que “Este tipo de observaciones debería habernos dirigido al precepto técnico que dicta que hemos de enfocar nuestra atención en la defensa antes de enfocarla en aquello de lo que el paciente se está de- fendiendo” (pág. 75). Es común que se mantenga que el abordaje técni- co topográfico y el correspondiente al análisis de las defensas represen- tan una perspectiva integrada, cuando en realidad suponen dos métodos distintos (Busch, 1992; Paniagua, 1995). Seguramente la famosa monografía de Anna Freud de 1936 debe ser considerada el primer texto sistemático sobre la técnica del análisis de las defensas. Pero hay que recordar que este texto tuvo una fría acogida entre los colegas coetáneos (cf. Kris, 1938; Sterba, 1982). Helene Deutsch le auguró que El yo y los mecanismos de defensa la antagoni- zaría para siempre con sus colegas (cf. Sandler y Freud, 1985). Como ex- presó en el capítulo primero de su clásico libro, la hija de Freud sabía

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que sus ideas iban a ser consideradas “como una apostasía del psico- análisis” (pág. 17). Monroe Pray (1996) ha conjeturado que la actitud de rechazo hacia las tesis de Anna Freud se debió a que “sumieron en una inaplicabilidad virtual la investigación dinámica empleada por aquellos métodos que pretendían poseer la capacidad de resolver conflictos antes de que éstos resultasen visibles” (pág. 100). El análisis de las defensas que se deducía de la aplicación a la clínica de la segunda tópica freudiana fue elaborado, sobre todo, a partir de los trabajos originales de Anna Freud, Otto Fenichel, Richard Sterba, el temprano Wilhelm Reich y Robert Waelder, pero el desarrollo de esta técnica de análisis sufrió luego un estancamiento durante décadas. Esto fue debido parcialmente a que, durante la llamada edad de oro de la psi- cología del yo en los Estados Unidos, los grandes autores emigrados de Europa central, en especial Heinz Hartmann (1956) y David Rapaport (1959), mostraron mucho menos interés en adecuar la técnica a las con- clusiones de la segunda tópica que a crear una psicología general psico- analítica que coronase la metateoría freudiana. Con razón señaló Robert Wallerstein que, a pesar de las importantes modificaciones teóricas lle- vadas a cabo en el psicoanálisis estadounidense, “tendríamos dificulta- des en especificar las formas en que evolucionó la técnica como resulta- do de estos cambios” (en Richards, 1984, pág. 587). Pero, ¿fue sólo esa preferencia de los pioneros de la psicología del yo lo que explicó la resistencia de la profesión psicoanalítica a adaptar la técnica a los progresos hechos en cuestión de teoría? Parece existir otra serie de motivaciones irracionales que dan cuenta de la peculiar adhesi- vidad de la primera técnica topográfica, ya con un siglo de antigüedad (Paniagua, 2001, 2003). En primer lugar, ésta gratifica más directamen- te los anhelos de omnisciencia y omnipotencia del analista. La consi- guiente satisfacción epistemológica facilita, además, la elusión de ciertas manifestaciones del ello con potencial para herir el narcisismo del ana- lista. Esto último suele vivirse más agudamente que las contratransfe- rencias agresivas o sexuales. Ya en su libro de Técnica, de 1941, Otto Fenichel señaló que, en la práctica clínica, nada hay más delicado para el analista que su vulnerabilidad narcisista. Las interpretaciones “profundas” típicas de la técnica primitiva no rara vez resultan “aceptadas” por el paciente porque, inconscientemen- te, son percibidas como oportunidad para evadir la exploración de signi- ficados más auténticos, ofensivos y culpógenos. Así, el analista puede en- trar en colusión inadvertida con la resistencia del paciente. Las inter- pretaciones descifradoras propias del enfoque de la primera tópica sue- len hallarse demasiado influidas por la fantasmática personal del ana- lista (justificada a menudo como identificación proyectiva) o por “ideas sobrevaloradas” de naturaleza teórica (Britton y Steiner, 1994). Busch

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(2000) observó astutamente que no había que confundir la profundidad de la interpretación con la profundidad de la comprensión por parte del paciente. Hemos de recordar que la predilección topográfica por la in- terpretación de contenidos no observables, en vez de la exploración en alianza con el yo preconsciente del analizado, hace de la primera técni- ca un terreno claramente más propicio para la proyección de las fan- tasías del analista. A veces todo esto se complementa con la racionaliza- ción de que la adhesión a una técnica que abogue por el análisis sis- temático del conflicto a través de los estratos defensivos puede consti- tuir una práctica sintomática de inhibiciones contratransferenciales. Como señaló Gray (1982), el análisis sistemático de la transferencia de

autoridad –en vez del recurso a ésta para vencer la resistencia– hará que el analista sea objeto de una variedad más intensa de derivados pulsio- nales dirigidos no sólo a la percepción fantaseada de éste, sino también

a la evaluación de sus atributos realistas, lo que hace la labor más ardua

para la autoestima del analista. Esto, claro está, contribuye a reacciones contrarresistenciales a la hora de abrazar una técnica que intente mini-

mizar aquella clarividencia putativa que tendía a promover –en vez de analizar– la dependencia regresiva del paciente. Elizabeth Zetzel (1956) señaló que nada hay más denotativo de la téc- nica de la psicología del yo que la convicción de que para llevar un tra- tamiento a buen puerto es necesaria una alianza terapéutica entre el yo del analista y el yo observador del analizado. Ralph Greenson (1967) también opinaba que seguramente la característica más típica de la téc- nica propia de la segunda tópica era la actitud del analista de hacer al analizado partícipe del proceso, reduciendo la necesidad de recurrir a maniobras de persuasión y contención. Analizar las resistencias a la libre asociación implica un entendimiento racional con aquella parte del yo autónomo del analizado que no se halla abrumada por las emociones

y que es capaz de someter éstas a examen. En 1973, Paul Gray del Instituto de Baltimore-Washington propuso, medio siglo después de la introducción por parte de Freud de su segun- da tópica, una técnica de escucha e intervenciones sistemáticas de pro- ceso cercano (close-process) más concordantes con dicho cambio de mo- delo. Más tarde, Gray (1982) expondría elocuentemente los motivos aparentes del “retraso en el desarrollo” de la técnica psicoanalítica. El establecimiento de una forma más coherente de formular el análisis ba- sado en la teoría estructural freudiana inauguró la técnica de la llama- da psicología del yo contemporánea. Ésta prescribe unas medidas signi- ficativamente distintas de las empleadas en la modalidad topográfica precedente, esto es, aquella que tenía como objetivo manejar o suprimir la resistencia del paciente apoyándose en su transferencia de autoridad externa.

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En efecto, fue Gray (1986) principalmente quien puso de relieve los modos en que se solía recurrir a explotar –en vez de a analizar– la trans- ferencia positiva con el fin de superar la resistencia. Tanto este autor como sus seguidores (cf. Goldberger, 1996) intentaron elaborar funda- mentos más sólidos sobre los que asentar los esfuerzos de aquellos pri- meros analistas que abogaron por una exploración organizada de las de- fensas. Pero, de hecho, el enfoque topográfico de establecer por medio de la interpretación una impresión de lo que se supone que existe en un re- gistro reprimido, ha continuado empleándose junto con la técnica poste- rior que intenta dirigir la atención del analizado hacia las manifestacio- nes de las defensas inconscientes que han contribuido a formar el carác- ter como bastión ante las pulsiones. Mientras que Gray (1996) trató en sus escritos acerca de las diferen- cias entre la técnica de la PYC y la de la teoría topográfica freudiana, Fred Busch (1999), probablemente el autor vivo de la PYC más influ- yente en la actualidad, centró su crítica en las diferencias de este enfo- que moderno con la técnica de la psicología del yo de los comienzos, sobre todo la mainstream de Arlow y Brenner. La importante obra de Busch (1995, 1999) ha sido traducida a varios idiomas, pero, significati- vamente, no al español. Busch (2000) consideró que la técnica encami- nada a hacer al paciente consciente de forma progresiva del poder analí- tico de su propia mente constituía “un nuevo paradigma de interpreta- ción” (pág. 241). Esta capacidad se adquiere por medio de una identifi- cación paulatina con la función analítica del analista (no con la figura misma del analista). Este procedimiento contrasta con el mecanismo “mutativo” aducido por Strachey (1934), para quien “la finalidad de las interpretaciones mutativas es causar la introyección del analista como un objeto” (pág. 981). La nueva técnica no supuso que el interés del ana- lista se desviara de las pulsiones instintuales a un análisis exclusivo de las funciones yoicas –suponiendo que esto fuese posible–. Lo que signi- ficó es que comenzó a prestarse una atención más detallada a la articu- lación entre las pulsiones inconscientes y las defensas, también incons- cientes. Así es como se exploran los mecanismos con los que el yo se de- fiende, por una parte, y contribuye, por otra, a la formación de fantasías inconscientes (Brenner, 1982). Las características del enfoque técnico de la PYC podrían resumirse esquemáticamente en estos puntos:

1) el analizado es considerado copartícipe en una alianza racional que privilegia su yo observador y otras funciones yoicas “autónomas” (cf. Hartmann, 1952); 2) la labor analítica va dirigida predominantemente a explorar los obstáculos que se oponen a la manifestación verbal de unos impulsos

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instintuales que, se presupone, presionan constantemente por obte- ner gratificación (Freud, 1915; A. Freud, 1936); 3) se pone especial énfasis en el análisis del superyó (intimidatorio o apaciguador) como estructura caracterial de naturaleza defensiva, no conceptuándolo como manifestación de una inexorable tendencia biológica destinada a restaurar la vida a un estado inorgánico (Gray,

1987);

4) las interpretaciones son formuladas más de acuerdo con lo que el pa- ciente puede entender en su estado de regresión yoica que atendien- do al conocimiento, real o supuesto, de las dinámicas inconscientes del analizado (Busch, 1997, 1999); 5) las intervenciones se asemejan más a lo que Bibring (1954) denominó “clarificaciones” que a las interpretaciones “profundas” de la técnica anterior; 6) se presta especial atención a los “cómos” de la resistencia, además de a los “porqués”, explorando de forma más microanalítica puntos no- dales de la superficie clínica, como los cambios temáticos, las fluctua- ciones en el tono afectivo, las pausas, las omisiones, la comunicación paraverbal, etc. (Paniagua, 1985, 1998; Davison et al., 1996); 7) el analista procura no atender al material con una atención flotante fundamentada en sentimientos contratransferenciales, sino con aten- ción consciente a las secuencias y la resistencia a la libre asociación; 8) las reacciones subjetivas del analista en la sesión, importante fuente de información respecto a las proyecciones del analizado, intentan “objetivarse” repasando junto con éste el material accesible a la re- trospección (Busch, 1995), lo que difiere notablemente del uso por parte del analista de sus propias reacciones como si perteneciesen al analizado; 9) en la medida de lo posible, el analista, en sus intervenciones –y en las comunicaciones científicas– separa sus propias perspectivas de las del analizado (Schwaber, 1996); 10) se intenta facilitar los descubrimientos del mismo paciente, en vez de proporcionarle insights interpretativos (Poland, 2000). En pala- bras de Busch (1997), “existe aún la tendencia de relegar al analiza- do al papel pasivo de proveedor de información, mientras que el ana- lista es quien proporciona los insights” (pág. 44); 11) las intervenciones analíticas se hallan más fundamentadas en la lec- tura textual de lo que el paciente manifiesta que en las intuiciones basadas en el “tercer oído” del analista (Reik, 1948), prestándose mayor atención a lo que puede constatarse en el material que a lo que se supone que se está gestando en la mente del paciente (Busch,

1999);

12) la actitud de docta ignorantia del analista suele llevar a hallazgos

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que pueden sorprender más al analista que al mismo analizado (Smith, 1995; Paniagua, 2006); 13) la técnica que se llevaba a cabo, en palabras de Freud (1919), “utili- zando la transferencia del enfermo sobre la persona del médico para infundirle nuestra convicción de la falta de adecuación de las repre- siones desarrolladas en la infancia” (pág. 2457) se considera hoy día sugestiva y más propia de las psicoterapias (cf. Waelder, 1962); 14) el énfasis se pone más en la exploración analítica de la mente del pa- ciente que en la investigación de su biografía. El foco analítico se apli- ca más a la fenomenología intraclínica que a las circunstancias preté- ritas o presentes de fuera de la sesión (Gray, 1973); 15) se intenta potenciar en el analizado la capacidad yoica auto-obser- vadora, por haberse comprobado que el desarrollo de mecanismos au- toanalíticos es significativamente más distintivo de los tratamientos exitosos (Schlesinger y Robbins, 1983; Falkenström et al., 2007); 16) en aquellos casos considerados analizables, se supone que la “fun- ción sintética del yo” (Nunberg, 1931) empleará los derivados pulsio- nales que habían estado reprimidos, bien para una descarga directa más apropiada, o bien para la sublimación.

A modo de breve ilustración de esta técnica utilizaré tres simples viñe-

tas clínicas. Una paciente de 50 años evocaba obsesivamente fantasías de los posibles contactos de su marido con otras mujeres por Internet, de la partida futura de su hijo de casa y de la muerte de su hermano (aún vivo) cada vez que el analista intentaba explorar los recuerdos de su in- fancia en un orfanato. El analista dirigió su atención repetidamente hacia este cambio temático cuando consideró que el yo observador del paciente lo podía procesar. De forma gradual, ésta se familiarizó con un

mecanismo inconsciente a través del cual intentaba “vacunarse” defen- sivamente contra retraumatizaciones causadas por posibles abandonos futuros. Cuando un paciente de 24 años estaba relatando lo felices que se sentían él y su esposa porque su empresa iba a enviarle a otra ciudad eu- ropea en una promoción laboral, el analista se dio cuenta de que estaba

jugando insistentemente con su anillo de casado. Mencionó su observa- ción sin verbalizar conjetura interpretativa alguna. El paciente suspiró y reconoció que le había cruzado por la cabeza la idea de que iba a triun- far mucho profesionalmente, su mujer iba a querer regresar a España y

él iba a decirle que no estaba dispuesto a renunciar a su carrera. Su ac-

ting in simbolizaba y condensaba un duelo anticipatorio por la ruptura de lo que parecía un buen matrimonio. Deseo subrayar que esta conclu- sión interpretativa es del mismo analizado, cuya atención fue sencilla- mente dirigida a una percepción accesible a su yo consciente.

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Una paciente de 30 años hablaba de un sueño erótico en el que apa- recía el analista, hizo una pausa y continuó añadiendo detalles sexuales. El analista percibió en la analizada la intención de que se interesara por el contenido sexual del sueño, pero le señaló primero su breve parénte- sis en mitad del relato. La paciente carraspeó y verbalizó con cierto em- barazo que había pensado que el analista tenía una edad demasiado avanzada para ser incluido en ese tipo de fantasías y, además, ese día pa- recía especialmente cansado. (El analista había estado una hora antes en el dentista). Si el analista hubiese privilegiado el contenido pulsional, pasando por alto el apenas perceptible incidente resistencial de la pausa, habría eludido la exploración de un afecto inmediato que le tenía a él como protagonista transferencial. Habría sorteado una evaluación rea- lista que, aunque hiriente para su narcisismo, se hallaba más próxima a la vivencia puntual de la analizada. Ésta habría conseguido distraer con lo que Reich (1930) calificó como “sonrisa interior” la atención del ana- lista hacia una temática supuestamente atractiva, pero alejada del con- flicto del momento.

La PYC propugna una técnica de sensibilización de nuestro oído analíti- co ante las manifestaciones resistenciales con el fin de inducir al anali- zado a hacer uso de sus capacidades yoicas para la observación de sus propias actividades intrapsíquicas. El análisis procede explorando en de- talle cómo las señales de angustia movilizan mecanismos destinados a anticiparse y contrarrestar la cascada de afectos displacenteros que amenazan alcanzar la percepción consciente. Las fantasías implicadas resultan temibles porque van a desencadenar angustia, culpa, vergüen- za o depresión, poseyendo, por tanto, una cualidad de afecto-señal que despierta los automatismos defensivos (Brenner, 1982). Se necesita una “atención de proceso cercano” (Gray, 1991) para el apercibimiento de cuándo y cómo en el curso de la sesión el yo inconsciente moviliza me- canismos controladores del asomo de una ansiedad que anuncia la pro- ximidad de fantasías intolerables o recuerdos excesivamente dolorosos. Las fantasías siempre tienen una dimensión transferencial y es esen- cial que el paciente experimente la contradicción entre la naturaleza

anacrónica de éstas y su vivencia actual. El analista dirige sus esfuerzos

a examinar los motivos represores de origen infantil que bloquean la ca-

pacidad del analizado de conocerse a sí mismo. La exploración paulatina de las transacciones entre pulsión y defensa que constituyeron las solu- ciones que, en los años formativos de la niñez, el paciente tuvo que dar

a sus conflictos equivaldrá a hacer análisis del carácter –indicación prín-

ceps del psicoanálisis–. Sin embargo, es necesario resaltar que la prácti- ca consistente en centrar el foco perceptual primordialmente en los datos de la sesión no es lo mismo que “sólo transferencia”. Los adjetivos

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“intraclínico” y “transferencial” no son sinónimos. El análisis detallado del material resistencial observable suele tener también dimensiones psicogenéticas y extratransferenciales. Generalmente se mantiene que la tarea de entrelazar a lo largo del tratamiento estos elementos con la dimensión transferencial es lo que mejor caracteriza el concepto de “ela- boración” o working through (Waelder, 1960). El enfoque técnico que fusionaba las interpretaciones asociativas del propio analista con las manifestaciones transferenciales del analizado dificultaba o imposibilitaba el examen veraz de las dinámicas del pa- ciente (cf. Paniagua, 2003). El analista adscrito a la PYC se aproxima más al polo unipersonal que al intersubjetivo y también se inclina más al polo positivista que al constructivista. Ciertamente, los analistas de cualquier orientación reconocen que la objetividad absoluta es un mito y que la subjetividad forma parte de sus percepciones acerca del anali- zado. Sin embargo, un subjetivismo a ultranza supone la renuncia a cualquier pretensión científica del psicoanálisis. En nuestra disciplina, la actitud científica implica necesariamente la creencia en algún tipo de verdades psíquicas comprobables. El hecho de que la objetividad perfec- ta se halle más allá de los límites humanos no se toma como indicativo de que algún grado de objetividad represente una meta utópica (Gabbard, 1997). Como dijo Lawrence Friedman (1996), “Es difícil ima- ginar cómo puede trabajar un analista que no crea que existe una reali- dad fuera de él que espera ser descubierta” (pág. 261). En la técnica de la PYC los fenómenos clínicos que dan pie a las in- tervenciones analíticas son aquellos en los que se percibe “una tensión intrapsíquica que obliga al yo a interferir con el material emergente del ello, impidiendo una mayor manifestación en la conciencia del elemento pulsional en conflicto” (Gray, 1990, pág. 1087). Estos momentos de estrés constituyen los “puntos de urgencia” para un analista adscrito a la PYC. En la técnica moderna de la psicología del yo se presta una aten- ción más inmediata y constante al curso de las palabras, a la secuencia de las asociaciones, a las entonaciones y otras exteriorizaciones de los afectos, con el fin de detectar los derivados instintuales que, en el cami- no hacia su manifestación consciente, tropezaron con el yo, que los con- sideró peligrosos y con el superyó que los juzgó reprobables. Este tipo de Angstsignal conforma la “superficie trabajable” preferible para el análi- sis de los elementos del ello que han generado la necesidad de la defen- sa (Paniagua, 1991). La conceptuación de dicha superficie requiere la evaluación de múltiples factores dependientes de la empatía, la expe- riencia y el juicio del analista respecto a la capacidad del analizado para “digerir” emocional y cognitivamente las intervenciones analíticas. El analista intenta explorar, en alianza con el yo observador del analizado, qué fantasías temió éste que le aflorasen a la conciencia en el momento

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mismo del conflicto (el “aquí y ahora” sandleriano, 1992). Este aborda- je analítico hace hincapié en los aspectos cognitivos de la interpretación por lo que, frecuente y erróneamente, ha sido tomado como “intelectua- lizado”. La práctica clínica consonante con la segunda tópica o teoría es- tructural lleva no sólo a entender el funcionamiento del yo en conflicto, sino también, en contra de lo que suele opinarse, a acceder de forma más naturalista a la exploración del ello (Paniagua, 2007). Todo lo anteriormente expuesto implica una modificación técnica que no ha sido aún suficientemente reconocida. Algunos analistas pensamos que la técnica característica de la PYC es la que minimiza de modo más efectivo la influencia de la sugestión. El énfasis en unas reglas de co- rrespondencia que vinculen más rigurosamente lo observable con las in- ferencias sobre el funcionamiento de la mente en conflicto parecen hacer esta técnica más comprensible, especificable, más accesible a la investi- gación y, por ende, científicamente más defendible.

Resumen

El autor comenta sobre las posibles razones del relativo desconocimiento de la psicología del yo contemporánea en algunos círculos psicoanalíticos y las difi- cultades en la incorporación a la técnica de las conclusiones derivadas de la in- troducción de la segunda tópica freudiana. Asimismo, examina los motivos de la adherencia a la técnica de la primera tópica. Se resumen algunas caracterís- ticas del enfoque basado en la “atención de proceso cercano” de Gray.

DESCRIPTORES: PSICOLOGÍA DEL YO / TÉCNICA PSICOANALÍTICA / PRIMERA TÓPICA / SEGUNDA TÓPICA / INTERPRETACIÓN

Summary

TECHNIQUE IN CONTEMPORARY EGO PSYCHOLOGY

The possible reasons for the relative lack of knowledge of contemporary ego psychology in some psychoanalytic circles, and the difficulties in the technical incorporation of conclusions derived from the introduction of Freudian struc- tural theory are commented upon. The motivations for the adherence to the technique of the topographical theory is examined. Some characteristics of the approach based on Gray’s “close process attention” are summarized.

KEYWORDS: EGO PSYCHOLOGY / PSYCHOANALYTIC TECHNIQUE / FIRST TOPIC / SECOND TOPIC / INTERPRETATION

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Resumo

TÉCNICA NA PSICOLOGIA CONTEMPORÂNEA DO EU

Comenta-se sobre as possíveis razões do relativo desconhecimento da psicologia contemporânea do Eu em alguns círculos psicanalíticos e as dificuldades na in- corporação à técnica das conclusões derivadas da introdução da segunda tópica freudiana. São examinados os motivos de adesão à técnica da primeira tópica e também são resumidas algumas características do enfoque baseado no “atendi- mento do processo próximo” de Gray.

PALAVRAS-CHAVE: PSICOLOGIA DO EU / TÉCNICA PSICANALÍTICA / PRIMEIRA TÓPICA / SEGUNDA TÓPICA / INTERPRETAÇÃO

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(Este trabajo fue seleccionado para su publicación el 25 de febrero de 2009.)

REV. DE PSICOANÁLISIS, LXVI, 1, 2009, págs. 97-112

El psicoanálisis en los Estados Unidos

*Irene Cairo

“Comencemos con esta afirmación: el psicoanálisis estadounidense no existe. Es decir, Estados Unidos, desde el punto de vista psicoanalítico, no es un país. Es un continente, donde los diversos fragmentos tejen un complejo entramado que sólo en el mito que conservan los extranjeros puede creerse uniforme”. Éste es el provocativo comentario de Warren Poland, quien ocupa, en mi opinión, una singular (y hermosa) isla en ese continente. Brillante pensador, su libro de ensayos Disolviendo las tinie- blas debiera ser lectura obligatoria para todo analista interesado en pro- fundas reflexiones clínicas. Por lo tanto, su comentario, por provocativo que sea, no es ni superficial ni tan humorístico como uno podría suponer. Su visión parece algo nostálgica, pero es recogida de maneras diversas por todos los distinguidos representantes del psicoanálisis estadouniden- se con los que conversé sobre el tema. ¿Qué son, entonces, estos repre- sentantes? ¿A qué o a quién representan? Pienso que los que seleccioné para citar son inconfundiblemente serios en su tarea analítica, pero varían mucho, efectivamente, en su orientación teórica, y ocupan distin- tos lugares en el espectro político del psicoanálisis estadounidense ac- tual. Sin embargo, todos coinciden en señalar, en la teoría, la declinación de la influencia de la escuela del yo y, en lo político, la complejización cada vez mayor del ejercicio del análisis y la disminución de la “autori- dad” de la Asociación Psicoanalítica Norteamericana. Poland está entre quienes creen que la dilución del análisis del yo se debe a la creciente colonización por otras teorías. Y si bien piensa que los cuestionamientos y las aperturas a otras perspectivas constituyen un cambio deseable, ve con preocupación lo que considera la disolución de los conceptos del inconsciente y de los instintos. Para él, las influencias más importantes han sido, localmente, la escuela del Self y, entre las ideas “importadas” en los últimos diez años, Klein y Bion. Tal vez, pien-

* Dirección: 5 West, 86th, (10024) Nueva York, Estados Unidos. irecai@aol.com

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IRENE CAIRO

EL PSICOANÁLISIS EN LOS ESTADOS UNIDOS

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so yo, esa importación fue el resultado de deficiencias en el mercado local… Para situar al lector argentino en mi propia perspectiva, diré que yo me formé en el Instituto Psicoanalítico de Nueva York, uno de los más ortodoxos, de orientación freudiana y del psicoanálisis del yo. Considerándome curiosa, abierta a todos los aportes y con cierto bagaje kleiniano proveniente de mis primeros años como médica en Buenos Aires, elegí una institución de estrictez y exigencia legendarias pero que,

peranza. ¡Estos sentimientos pueden también describir la mezcla de emociones con que los analistas en los Estados Unidos consideramos la posición que ocupa hoy el psicoanálisis! Al mismo tiempo, el último número del International Journal of Psychoanalysis, de diciembre de 2008, incluye un artículo de Paul Mosher titulado “Carta de Estados Unidos”, en el cual, respondiendo a una solicitud de los editores, el autor da un panorama esencialmente gremial y político de la situación del psicoanálisis en este país. Mosher

a la vez, ofrecía una formación sólida. Y recibí exactamente lo que espe- raba: una excelente formación teórico-clínica y una cierta formalidad y rigidez que mi temperamento encontró difícil de tolerar. Ahora, cuando

describe claramente cómo se dan en estos momentos dos situaciones to- talmente paradójicas. Por una parte, el crecimiento inaudito de institu- ciones y grupos que quieren llamarse psicoanalistas; por la otra, un cier-

enseño en el mismo Instituto, me resulta llamativo ver los cambios que

to

desprestigio tanto de las teorías como de las prácticas del psicoanáli-

éste ha experimentado. En parte, por ejemplo, fue mi erudición kleinia-

sis, que el público en general considera un método antiguo, costoso e ine-

na lo que llevó a quien era en ese momento la Directora de Instituto a invitarme a dictar mi propio curso.

ficiente. Es parte de la visión de Mosher que la “American” (como se la cono-

En mi institución, entonces, hay casi una división generacional: entre

ce

informalmente, denominación que muchos fuera de la institución en-

aquellos que fueron mis maestros, hay pocos que ven los cambios con mi-

cuentran arrogante), por muchos años el guardián oficial del psicoanáli-

rada aprobadora; son los más jóvenes –mi generación o las siguientes– los que han promovido la apertura. ¿En qué consiste esa apertura, que va más allá de mi institución y abarca todos los institutos que dependen de la Asociación Norteamericana? Durante décadas, la Asociación fue el motor del psicoanálisis en los Estados Unidos. Fundada en 1911, creció rápidamente. En 1910, Freud había publicado “Análisis salvaje”, y la cre- ciente preocupación por este tema llevó al establecimiento de la forma- ción tripartita en Berlín y, más tarde, en Viena y en Londres. Éste es el

sis norteamericano para la Asociación Psicoanalítica Internacional (API), se ve actualmente casi escindida por un conflicto esencialmente gremial. Éste gira en torno de quienes deben estar a cargo del nombra- miento de analistas en función didáctica. En esencia, una parte importante del electorado de la Asociación Psicoanalítica Norteamericana quiere descentralizar el control ejercido por el “Board of Professional Standards”. Ésta es la entidad de la aso- ciación que define tanto los estándares analíticos, como quiénes pueden

modelo de formación que se transmitiría eventualmente a los institutos

ejercer la función didáctica. Estos analistas “rebeldes” alegan que, dado

estadounidenses. ¿Cómo veía Freud el análisis en los Estados Unidos?

el

enorme crecimiento de las instituciones que forman analistas fuera de

la

Asociación y la consiguiente competencia por candidatos, cuando el

Cuando subí al podio en Worcester, para dar mis Cinco conferencias, parecía la realización de un increíble sueño diurno […] El psicoanálisis se había vuel- to parte de la realidad […] No ha perdido su lugar en América, desde nues- tra visita. Es increíblemente popular entre el público y muchos psiquiatras lo reconocen como un valioso elemento del entrenamiento médico […] Sin em- bargo ha sufrido mucho por haber sido diluido.

Con estas palabras se refiere Freud, en su “Estudio autobiográfico” de 1925, a sus vivencias con motivo de las Conferencias de la Clark University en 1911, y agrega sus reflexiones posteriores. Así que resul- ta extraño que en 2009, con tantos cambios sociales, políticos y, por ende, profesionales que han tenido lugar durante más de ochenta años, esas reflexiones de Freud tengan eco en el presente. Mientras escribo estas líneas en enero de 2009, hay un cambio radical en la política y las condiciones de los Estados Unidos. Un nuevo presidente se hace cargo de un país en grave crisis. Se respira una enorme desazón y algo de es-

futuro candidato ya está en análisis y desea comenzar su formación, si

la institución no logra nombrar a su analista como posible didacta, el fu-

turo candidato buscará otro analista de otra asociación.

Mosher no habla de personas o escuelas, o de los movimientos creati- vos dentro del psicoanálisis estadounidense. Esto es particularmente no- table porque, casi al mismo tiempo que este número del Journal llegaba

a nuestros consultorios, tenía lugar el congreso de invierno de la

Asociación. Con 1.700 inscriptos, el congreso ofreció paneles, plenarios, simposios, talleres clínicos y cien grupos de discusión. Los temas de estos últimos eran inmensamente variados. Como ejemplos: “Enfoques para pacientes graves”, “La influencia de los kleinianos británicos en el psicoanálisis contemporáneo”, “El valor clínico de las ideas de Bion”, “Sentimiento anti-musulmán después del 11 de septiembre de 2001”,

“Budismo y psicoanálisis”, “Farmacoterapia y psicoanálisis”. El título de la sesión plenaria de Judy Kantrowitz fue “La confidencialidad y su

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IRENE CAIRO

ruptura en el psicoanálisis”. Kantrowitz, quien reside en Boston, ha de- dicado muchos años a la investigación en el área de la confidencialidad y a indagar sobre la necesidad de requerir la autorización de los pacien- tes para escribir sobre ellos. Los paneles, cuatro, destacaron la participación de analistas invita- dos. Glen Gabbard moderó un panel sobre el rol del análisis de los sueños en el psicoanálisis actual, en el que participaron Paul Denis de la sociedad de París, Vicenzo Bonaminio de Roma y Bob Michels de Nueva York. Dos paneles posteriores se centraron en temas afines: uno, sobre la interpretación de la acción, moderado por Harry Smith (actual direc- tor del Comité de Programa), contó con la participación de John Steiner de Londres, Jay Greenberg de Nueva York y Dominique Scarfone de Montreal; otro, moderado por Nancy Chodorow, abordó la elasticidad del encuadre. En éste participaron Adrienne Harris de Nueva York, Dale Boesky de Michigan y Peter Goldberg de San Francisco. Entre los cua- tro simposios, dedicados a la participación de analistas en la comunidad, se destacó uno llamado “Los efectos escondidos de la guerra”, donde se presentaron dos trabajos: uno, sobre el seguimiento de familias de sol- dados en Irak; y otro, sobre un detallado caso de síntomas de reactiva- ción de un cuadro infantil de fobia en una mujer adulta luego del 11 de septiembre de 2001. El enorme éxito de este congreso y su alta calidad científica no pare- cen el producto de una sociedad científica en peligro, desmintiendo, por el momento, las sombrías predicciones de Douglas Kirsner en un traba- jo de 1990 sobre la decadencia de la Asociación Norteamericana. La his- toria de la Asociación esta íntimamente ligada a los conflictos sociales y también económicos del país y, en parte, a los producidos por el mismo crecimiento del análisis después de su introducción en los Estados Unidos, especialmente a partir de los años treinta. Fue el psiquiatra A. A. Brill quien, tras traducir a Freud y luego via- jar a Viena para conocerlo, importó, por así decirlo, la práctica del psi- coanálisis a los Estados Unidos a comienzos del siglo XX. Según Richards (1991), Brill estableció la primera práctica psicoanalítica en el país en 1908. Brill también fundó la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York en 1911. Fue el primer presidente de la sección de Psicoanálísis de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría y, más tarde, presidente de la flamante Asociación de Psicoanálísis. La historia de la institución psicoanalítica y del monopolio médico del psicoanálisis estadounidense está ligada en sus comienzos a la reestruc- turación de la licencia para practicar la medicina. Fue la toma de con- ciencia de la mala calidad de la práctica de esta profesión a comienzos de siglo lo que llevó a una progresiva exigencia respecto de la licencia médi- ca en general, que abarcó también la nueva disciplina del psicoanálisis.

EL PSICOANÁLISIS EN LOS ESTADOS UNIDOS

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La Primera Guerra Mundial aumentó enormemente la influencia de Freud en los Estados Unidos. Llamada por mucho tiempo “La Gran Guerra” (¡como si fuera la única!), ésta trajo como consecuencia un nivel de sufrimiento psíquico en los soldados que no había sido observado antes, y mucho menos en números tan masivos de víctimas. La obser- vación de que el cuadro de shell shock se presentaba casi exclusivamen- te en soldados no heridos, y no en soldados heridos ni en prisioneros de guerra, llevó a los psiquiatras a intentar trabajar con métodos psicote- rapéuticos inspirados por Freud. Los conceptos psicoanalíticos comenzaron a invadir la literatura científica y la popular. Al expandirse, el psicoanálisis se infiltraba tam- bién en la Educación, el Trabajo Social y la Criminología. Freud era visto como el genio capaz de comprender la irracionalidad y la brutali- dad del ser humano. Nociones psicoanaliticas como catarsis, trauma, instintos en lucha contra las restricciones sociales, inconsciente, repre- sión e interpretación de los sueños comenzaron a volverse comunes en una psiquiatría que había estado centrada en la psicobiología de Adolf Meyer. Sin embargo, no todo era admiración: para el imbatible optimismo norteamericano, trabajos como “Consideraciones sobre la guerra y la muerte” resultaban terriblemente pesimistas. Algunas figuras como William Alanson White, quien se consideraba un psicoanalista conven- cido, pensaban que Freud no incluía en sus teorías instintos más benig- nos que los que había descrito, tales como el “instinto parental”. Incidentalmente, el testimonio psicoanalítico de W. A.White en el famo- so caso criminal de Loeb-Leopold contribuyó en gran medida a la divul- gación del psicoanálisis. Poco a poco comenzaron a crearse institutos de formación psicoanalí- tica, pero inicialmente su influencia no fue tan grande como lo sería más adelante. Los primeros analistas se autotitularon analistas. La primera generación sufrió, en los Estados Unidos al igual que en Europa, enor- mes tensiones ocasionadas por la adhesión a Freud o a sus rivales. Al mismo tiempo, como he sañalado anteriormente, la lucha por mantener el psicoanálisis como una especialidad solamente médica se desarrollaba en las instituciones pero tenía ecos en medios intelectuales. Centrándose en Nueva York, la formación psicoanalítica se hace mé- dica, excluyendo otras disciplinas, y el modelo de entrenamiento se de- sarolla de acuerdo con el de Berlín, promovido por Hanns Sachs. En esencia, en muchas instituciones este modelo no ha sufrido modificacio- nes desde entonces. Rado emigra a Nueva York, Alexander a Chicago. Estos pioneros permanecerán muchos años en sus respectivos institutos pero, eventualmente, Rado se volverá un gran crítico del sistema esta- dounidense y abandonará la institución para fundar la Association for

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IRENE CAIRO

Psychoanalytic and Psychosomatic Medicine (Asociación para la

Medicina Psicosomática y Psicoanalítica), que posteriormente se afiliará

a la Columbia University. Alexander, en Chicago, se convertirá en la fi-

gura central del desarrollo teórico de ese instituto. Allí afirma la idea del

psicoanálisis médico y desarrolla sus concepciones sobre medicina psico- somática, así como su controvertida noción de “experiencia emocional correctiva”. Es los años veinte y treinta hubo un cierto apagamiento del espíritu de innovación del que habían gozado los analistas de Berlín. Así sucede que, en rebeldía contra la estrictez de sus instituciones, figuras como Karen Horney o Harry Stack Sullivan dejan la ortodoxia de esos insti- tutos para fundar los propios. La Segunda Guerra Mundial trajo nuevamente una gran populariza- ción del psicoanálisis que duraría hasta el final de la década del sesenta. Según cita Nathan Hale (1995), en 1957 había en los Estados Unidos 942 analistas llamados freudianos, incluyendo 702 que era miembros de la Asociación Psicoanalítica Norteamericana. El instituto fundado por White agrupaba a 140 analistas, y el de Karen Horney a 100. Los perió- dicos, las revistas e incluso el cine reflejaban una imagen idealizada del psicoanálisis. Los psicoanalistas eran vistos como seres humanos excep- cionales. El retrato hecho por Ingrid Bergmann de la psicoanalista ficti- cia del filme de Hitchcock Spellbound (Cuéntame tu vida) (¡yo ideal de mi adolescencia!) era el de una mujer sensible y valiente; el retrato del ver- dadero Ralph Greenson en época de guerra, representado por Gregory Peck en Captain Newman, era el de un héroe. Freud mismo fue objeto de un filme de John Huston. No era concebible ser un intelectual y no tener alguna información acerca de su obra o alguna vinculación con ella. Esta época coincide con el gran auge de Heinz Hartmann, Ernst Kris

y Rudolf Loewenstein. Estos autores (a quienes yo, a pesar de funda-

mentales desacuerdos teóricos, considero interesantísimos) compartían una serie de creencias en la cientificación del análisis sobre la base de aquellos descubrimientos de Freud que juzgaban incuestionables: la transferencia, el complejo de Edipo y la asociación libre. Consideraban que Freud no había sistematizado sus conocimientos de una forma científica y rechazaban tanto sus ideas lamarquianas como la del instin- to de muerte. Dos características principales de sus teorías eran las ideas sobre el yo libre de conflicto (memoria, percepción, juicio) y sobre la neutraliza- ción de los instintos. El énfasis estaba puesto en la adaptación. Hartmann en particular enfatizaba el rol del intelecto en análisis (Friedmann, 1989) Schafer (1970), refiriéndose a la obra de Hartmann, afirmó: “[…] sus contribuciones a la teoría psicoanalítica se elevan frente al estudiante

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103

de psicoanálisis como una cordillera cuyos picos distantes, con sus vis- tas inmensas y rarificada atmósfera, son casi imposibles de alcanzar. Y sin embargo, el estudiante debe intentar ese difícil ascenso y llegar más allá, para poder incluir el trabajo de Hartmann dentro de su propia vi- sión del psicoanálisis”. Leo Rangell y Kurt Eissler eran igualmente elo- giosos, casi con la convicción de que si Freud hubiera vivido, habría se- guido los pasos de Hartmann. Sin embargo, había quienes criticaban el hecho de que Hartmann y su escuela, en su afán por teorizar, parecían alejarse del inconsciente. George Klein (1976), autor a quien me refe- riré más adelante, articula esta crítica como pocos: “La teoría del yo pa- rece un popurrí de ideas académicas sin ningún significado psicoanalí- tico distintivo”. El veredicto acerca de Hartmann, Kris y Loewenstein no es tan uni- forme como lo habría sido aún en los sesenta o setenta. Para Poland, es inconcebible que se acuse a Hartmann de haber superficializado o aisla- do el análisis. Poland considera que el rechazo de las ideas de Hartmann, Kris y Loewenstein fue acompañado de un creciente desinterés por los instintos. ¡Señala, además, que cierto número de profesionales que se consideran analistas profesan desconocer los instintos y cuestionan el inconsciente! Casi en el otro extremo ideológico del espectro de notables figuras del psicoanálisis estadounidense está Owen Renik. Bien conocido en Buenos Aires por sus presentaciones en los tres institutos afiliados a la API, Renik, carismático, brillante y provocativo, afirma que la influencia de Hartmann, Kris y Loewenstein no fue “peor que otras influencias”, sólo parte de la “característica arrogancia del psicoanálisis estadounidense”. Según Renik, cada vez menos pacientes consultan a analistas porque el análisis es visto cada vez menos como una disciplina científica. Además, en los Estados Unidos esta disciplina se ha ido olvidando de que su mi- sión es proveer beneficios terapéuticos. La dicotomía entre objetivos vi- tales y objetivos psicoanalíticos se resuelve claramente a favor de los psi- coanalíticos. Renik cree que, a través de los años, los analistas han desa- tendido la necesidad de alivio de los pacientes. Para muchos, el análisis sólo podía ser evaluado por analistas, y se fue convirtiendo en una doc- trina de iniciados, un movimiento basado en la fe. El tono de Renik es muy definido, y su negativismo con respecto a las posibilidades de cambio dentro de las instituciones es considerable. Sin embargo, desde un ángulo distinto, muchos coinciden con sus aprecia- ciones. Robert Michels ocupa un lugar especial en el psicoanálisis estadouni- dense contemporáneo. Autor de más de trescientos trabajos, tiene la dis- tinción de ser un analista que es también profesor de psiquiatría en una universidad (y nada menos que la Cornell University, parte de las uni-

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versidades de la “Ivy League”), habiendo sido, además, decano de su Facultad de Medicina de 1991 a 1996. Michels confirma lo afirmado por Poland y Renik: en los años sesenta no era imaginable que un psiquia- tra pudiera estar a cargo de una cátedra de Psiquiatría si no era analis- ta. Hoy en día, sugiere Michels sonriendo, puede ser un obstáculo. Michels ve el panorama actual con preocupación. En respuesta a mi pregunta sobre cuáles son las escuelas que él identifica en los Estados Unidos, reflexiona que justamente lo que caracteriza al psicoanálisis es- tadounidense actual es la falta de límites nítidos entre las escuelas. Como el lector habrá notado, esto es una variante de las ideas de Poland sobre el “continente”. Michels cree que, imperceptiblemente, la psico- logía del yo ha ido adoptando ideas de otras teorías. El psicoanalista de hoy incorpora ideas relacionales, intersubjetivas y objetales y, en la últi- ma década, kleinianas y bionianas. Al mismo tiempo, Michels considera que la distinción entre psicoanálisis y psicoterapia psicoanalítica es cada vez menos clara. Compartimos la impresión de que hay una notable dis- minución de la práctica puramente analítica. La falta de diferenciación entre psicoanálisis y psicoterapia psicoa- nalítica se debe, en parte, a la menor frecuencia de sesiones, pero tam- bién a otros factores: la desmedicalización y el gran influjo de psicólogos y trabajadores sociales a las filas de analistas. El trabajo de Leo Stone de 1954, “The Widening Scope of Psychoanalysis”, mostró cómo el uso del análisis se extendía al tratamiento de personalidades más patológicas. De hecho, los analistas hoy tratan pacientes más enfermos… con psico- terapia. La decisión de tomar un paciente en análisis o en psicoterapia está determinada con frecuencia por consideraciones prácticas o econó- micas: tiempo, disponibilidad de medios, disponibilidad del terapeuta/ analista. Michels afirma enfáticamente que el análisis es un método único y privilegiado. Por lo tanto, comparte mi preocupación sobre la creciente dilución de la formación analítica. Es decir, la tarea de transmitir lo único, específico y distintivo del análisis reside en que los candidatos tengan su propia experiencia como analizandos, así como la experiencia con pacientes en tratamiento analítico bajo supervisión. Sin estos dos elementos, Michels sostiene sin vacilar, no formaremos analistas. Pero, agrega, si la comunidad no puede garantizar la carrera psicoanalítica, es probable que se pierda lo que es tan específico del análisis. Al mismo tiempo, en un afán en gran parte económico, los institutos comienzan a ofrecer cursos e, incluso, programas en psicoterapia. Esto diluye aún más los recursos didácticos, humanos y económicos de las instituciones. Paralelamente a este relativo empobrecimiento de la prác- tica, el psicoanálisis conserva su relativa popularidad en los medios académicos, especialmente en las humanidades. Es cierto que en este

EL PSICOANÁLISIS EN LOS ESTADOS UNIDOS

105

ámbito el factor económico no ha sido nunca demasiado importante: los académicos no tienen grandes expectativas de prosperidad económica. Así, en filosofía, antropología y, sobre todo, en literatura, Freud con- tinúa siendo admirado, como lo son algunos autores contemporáneos. Hoy en día, muchas de las figuras notables del psicoanálisis estadou- nidense no vienen de la psiquiatría, sino de las humanidades o de las ciencias sociales. Jonathan Lear es uno de ellos. Filósofo, autor de libros de gran éxito (Open Minded y Love and Its Place in Nature) y convin- cente orador, es muy solicitado como panelista tanto en medios acadé- micos como psicoanalíticos. Nancy Chodorow, socióloga de Berkeley, California, se convirtió a los 34 años en una célebre figura del feminis- mo con la publicación en 1978 de su tesis de doctorado: The Reproduction of Mothering (traducido como El ejercicio de la materni- dad). El libro despertó el interés y la adhesión de muchos a las ideas pro- vocativas de su autora. Versada no sólo en Freud sino también en Klein, Winnicott, Fairbairn y los Balint, su trabajo es erudito, apasionado y, a veces, controvertido. Ese primer libro fue seguido por otros varios, el más reciente de 1999: The Power of Feelings (traducido como El poder de los sentimientos: la significación personal en el psicoanálisis, el gé- nero y la cultura). Chodorow resolvió que, para profundizar su interés en el psicoanáli- sis, necesitaba formarse en un Instituto. En San Francisco, su forma- ción fue parte del movimiento iniciado dentro de la Asociación por la “Comisión sobre investigación y formación especial” (CORST:

Committee on Research and Special Training), que permitió el ingreso de candidatos no médicos, llamados “candidatos de investigación”. Este proceso es muy anterior a la entrada libre de no médicos, la cual, como es sabido, fue consecuencia de la demanda legal presentada como acción legal colectiva contra la API y dos institutos de Nueva York y resuelta en 1989. Chodorow continuó su participación activa en el psicoanálisis de San Francisco hasta su traslado a Boston, donde tiene una práctica activa y es analista didacta. Chodorow ve el encuentro clínico como un encuentro bipersonal que no implica más que la suma de las dos partes. Se considera miembro de la “tradición independiente estadounidense”, y aspira a la divulgación de este término (acuñado por ella siguiendo el modelo de la “tradición independiente británica”). Para ella, esta tradición es multiteórica, con una clara influencia de Freud, Klein, Winnicott, Balint y Fairbairn, así como el crucial influjo de Hans Loewald. Loewald, autor de numerosos trabajos teóricos y clínicos, ha tenido un peso importante también en las concepciones de Warren Poland, quien lo cita como una figura “local” de enorme erudición y originalidad. Es de notar que Herbert Rosenfeld cita a Loewald en Impasse and Interpretation.

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Chodorow piensa que lo que ella denomina “tradición independiente estadounidense” abarca efectivamente a analistas como Poland en

Washington D.C., Ted Jacobs en Nueva York, Rosemary Balsam en Yale

y James McLoughlin, quien trabajó en Filadelfia. Así es que Chodorow

no ve ninguna disminución de la vitalidad y creatividad de los analistas estadounidenses. Comparto con ella el entusiasmo que manifiesta por los autores que menciona, y por otros muchos que tratan de integrar te- orías y reflexionar continuamente sobre problemas clínicos. Claro que la declinación del número de tratamientos analíticos, la re- ducción de la práctica, es observable para todos. En la medida en que la práctica privada del psicoanálisis se diluye, los analistas buscan otros campos, tal como ha ocurrido ya en América Latina. Esquemáticamente, estos campos se pueden dividir en dos clases: los no lucrativos, que in- cluyen trabajo de investigación, compromiso comunitario y asesoría a instituciones gubernamentales en el nivel nacional o estatal; y los lucra- tivos, que se centran en consultorías a empresas o a estudios jurídicos. Glen Gabbard, reciente editor del International Journal, ex director del Comité de Programa de “la American” y distinguido investigador, comparte algunas de las perspectivas señaladas sobre el panorama ac- tual, especialmente el escepticismo respecto de la primacía de la “American”. Coincide con Michels, en cierta manera, cuando afirma que la práctica de referencia para muchos hoy en día es el pluralismo. Sin embargo, Gabbard cree que aún hay escuelas identificables. Así, la teo- ría del Self introducida por Kohut en Chicago está representada por Paul y Anna Ornstein, acutalmente en Boston, y por Arnold Goldberg en Chicago. Asimismo, los interpersonalistas, escuela iniciada por Sullivan, están representados fundamentalmente por Ed Levenson, del Instituto William Alanson White en Nueva York. La escuela relacional,

fundada por Steven Mitchell, se continúa hoy con Jay Greenberg, tam- bién uno de sus fundadores. Otros representantes son Lew Aron y Jodie Davies. Gabbard cree que es difícil distinguir, dentro del grupo de los “rela-

cionales”, entre los intersubjectivistas y los constructivistas, pero ubica

a Jessica Benjamín en el primer grupo y a Irwin Hoffman en el segun-

do. Señala que el número de analistas que se identifican como analistas del yo es cada vez menor, pero entre ellos sin duda están Dale Boesky y Fred Busch. También cree que hay un grupo que se asemeja al grupo in- dependiente británico y, sin duda, el líder de esa escuela es Christopher Bollas, quien reside actualmente en los Estados Unidos. Agrega Gabbard que Ogden se destaca como alguien que ha hecho un desarro- llo propio siguiendo las ideas de Bion. Para mí, sin duda la influencia que ejerció Bion en los Estados Unidos dejó como herederos a James Grottstein, así como a James y Shirley

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Gooch. Asimismo, Judith Mitrani continúa hoy las ideas de Frances Tustin y Meltzer en la comprensión de esos autores de los aportes de Bion. Tanto Gabbard como Poland observan la muy limitada influencia de Lacan. Si bien esto es cierto, yo creo que ha cambiado en la última dé- cada, y continúa cambiando. Lewis Kirscher en Boston es un serio estu- dioso de Lacan y ofrece regularmente un grupo de discusión sobre ideas lacanianas en los congresos de la Asociación. Además, en Nueva York, Francis Baudry y Gail Reed han formado grupos de estudio sobre André Green y otros autores franceses. Gabbard no duda en afirmar que las teorías de Hartmann, Kris y Loewenstein fueron dañinas para los Estados Unidos y contribuyeron a la marginalización del análisis. Formado en la Menninger en Topeka, Kansas (donde también se formó Otto Kernberg, quien no necesita pre- sentación para los argentinos), Gabbard relata cómo, para tratar pa- cientes perturbados, sus maestros utilizaron las ideas de Klein, Winnicott y Bion porque el psicoanálisis del yo era inútil para dichos pa- cientes. Resulta interesante destacar la evolución de muchos de los in- vestigadores formados en la Menninger. Entre los más conocidos se haya David Rappaport. Psicólogo húngaro que fue salvado del Holocausto por el Comité de Refugiados de la Asociación, Rappaport se trasladó luego al famoso centro de Austen Riggs. Allí atrajo a Merton Gill, George Klein y Roy Schafer. Vale la pena comentar que, entre 1935 y 1945, el Comité de Refugiados recolectó entre los analistas estadounidenses casi 47.000 dólares (de los cuales sólo fueron devueltos 6.000). Gracias a sus esfuer- zos pudieron llegar a los Estados Unidos, además de Rappaport, Bruno Bethelheim, Leopold Bellak, Rudolf Eckstein y el mismo Heinz Hartmann. Inicialmente doctrinario, Rappaport se volvió un crítico de la teoría del yo, y transmitió sus ideas a un grupo de inquietos investigadores que devendrían más tarde figuras ilustres. Es así que cuando Grünbaum (1984) publica su desvastador cuestionamiento de las teorías psicoanalí- ticas, pensadores como Holt, Morris Eagle, George Klein y Lester Lubovsky (así como Margaret Mahler desde un ángulo diferente) acuer- dan con las críticas formuladas. Sus tareas se centran en la investiga- ción empírica y a veces conceptual, y promueven la revisión de muchas nociones. El tema de la investigación y su importancia para el futuro analítico es un foco importante de la discusión local. Gabbard es terminante acer- ca de la importancia de la investigación. Michels, por su parte, destaca que hay muchos tipos de investigación. Se muestra escéptico respecto de la importancia de la neurociencia para convalidar el psicoanálisis pero cree, en cambio, que la investigación de resultados va a ser esencial, y

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señala que el diseño de protocolos apropiados es un gran desafío. Yo coincido, y confieso una cierta desconfianza hacia la investigación empí- rica y una predilección por la conceptual, con modelos como los de Anna Ursula Dreher, seguidos, por ejemplo, en Europa por Jorge Canestri, Peter Fonagy y los Wohleber. Vale la pena remarcar que en la sociología del análisis, después de la muerte de las figuras femeninas de la primera ola de inmigrantes (Annie Reich, Edith Jacobson y Berta Bornstein), hubo una reducción del nú- mero de mujeres analistas, pero esta tendencia ha cambiado en la últi- ma década. Continuando con mi panorama de las escuelas locales, quiero volver

a referirme al grupo relacional. La prematura muerte de Stephen

Mitchell privó a este grupo y, en especial, a la revista Dialogues, de una figura excepcional. Jay Greenberg, por su parte (como destaca Poland, entre otros), ha trascendido su escuela: es un lúcido crítico de las ideas de su propio grupo, desdeñando el sectarismo estrecho y habiendo pro- vocado así cierto resentimiento entre sus colegas. A Stephen Mitchell y Jay Greenberg se agrega Adrienne Harris. Harris se identifica como relacional, pero también se ve un poco como un híbrido, con influencia kleiniana e interés en las ideas de Bion. La ferti- lización a través de la apertura a otras ideas es para Harris un elemento esencial del funcionamiento analítico. Esta analista considera que la es- cuela “posfreudiana” trabaja ahora desde una perspectiva kleiniana, in- fluida por los kleinianos británicos y también por los latinoamericanos. Identifica una tradición estadounidense de relaciones de objeto, donde in- cluye a Glenn Gabbard y Harry Smith. Para ella, el grupo relacional está agrupado alrededor de la revista Dialogues. (Incidentalmente, por invi- tación de Harris, Janine Puget publicará un trabajo en esa revista.)

Menciona a Anthony Bass y Jody Davies en Nueva York, Steven Cooper

en Boston y Stephen Seligman en San Francisco. Distingue entre ellos un grupo dedicado a estudios de género y sexualidad, en el que se ubica junto

a Muriel Dimen y Virginia Goldner. Considera que Beatrice Beebe y

Frank Lachman ligan la psicología del Self y la toería del apego. Entre los que utilizan ideas kleinianas cita a Roy Schafer, Lynn Zeavin y Roberto

Oelsner. Advirtiendo que su comentario puede resultar “disociado”, Harris

agrega que cree que el panorama analítico en los Estados Unidos es muy vital. Sin embargo, le preocupa la falta de recursos que hace que pa- cientes graves no tengan acceso a un tratamiento analítico, con la ex- cepción de Austen Riggs (y yo agregaría el Centro de Cornell, en el Condado de Westchester, que dirige Otto Kernberg). Harris no cree que

el psicoanálisis del yo por sí mismo haya producido aislamiento. Muy

consciente del impacto de lo social, señala que los efectos del exilio y de

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la condición de refugiados les hacía difícil a aquellos analistas seguir pensando en libertad. Cree, además, que la medicalización fue un pro- blema. Harris considera que el futuro reside, en parte, en políticas públicas que devengan en la mejora de la atención de la salud, esencial, según ella, para proteger la psicoterapia y el análisis. Asimismo, insiste en que es necesario que el diálogo entre escuelas continúe y se amplíe, sin ocul- tar ni minimizar las diferencias. Cree que para convalidar el análisis hacen falta estudios profundos sobre la personalidad del analista, la sub- jetividad, la contratransferencia y la puesta en acto (enactment). Vuelve a enfatizar, además, la ruptura de barreras cuando sugiere que también es necesario mantener contacto con otras disciplinas: filosofía, semióti- ca, neurociencia y estética. Quisiera destacar que de todas las personas que entrevisté para este artículo, Harris es la única que no pertenece a la American, aunque en este momento es miembro invitado del Comité de Programa. Harris se formó en el programa de posgrado de la New York University y es ana- lista didacta a través del PINC (Psychoanalytic Institute of Northern California). De esa forma, es miembro directo de la API. Poland, por su parte, es miembro directo de la American, ya que ha renunciado a la par- ticipación en su instituto original. Estas situaciones son posibles desde que la demanda legal fue resuelta. Antes, la American era la única or- ganización a través de la cual se podía pertenecer a la API. Ni los indi- viduos ni las sociedades no amparadas por la American podían ser parte de la agrupación internacional. Hoy en día, en cambio, la American se ha abierto cada vez más a nuevos miembros, y el número actual de in- tegrantes sobrepasa los 3.200. Bueno, debo volver ahora a mi pregunta del comienzo: ¿A quién re- presentan entonces estos representantes (con quienes fue un enorme placer charlar para escribir este artículo)? Coincido con la descripción de Poland de un continente pero, sin dudas, un continente pujante y vital, con fronteras en constante movimiento, con avances y retrocesos. Sus “representantes”, entonces, usan lenguajes diversos, pero empiezan a entenderse y a respetarse entre ellos. Aquellas figuras valiosas en lo teórico y en lo clínico a las que me he referido se preocupan poco por los conflictos “gremiales” de la Asociación. Renik tiene una visión pesimista: piensa que toda modifica- ción es superficial, y ve el aislamiento como problema de fondo. Gabbard considera que el futuro está en una progresiva extensión del uso de con- ceptos analíticos en la psicoterapia y en otros campos. Poland empieza por decir que ha visto muchas modas. Sonriendo, modifica el dicho que las modas “vienen y van” diciendo que “la mayoría viene y pocas se van”. Está de acuerdo con la existencia de un deterioro organizacional, pero

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ello no atenúa su confianza en que las verdades del psicoanálisis no van

a desaparecer. Si bien piensa que se lee mucho menos a Freud que antes

(lo que resulta en la repetición de viejas controversias), cree que seguirá habiendo siempre gente inteligente y curiosa interesada en el análisis.

Comparto ese optimismo, como lo hacen Chodorow y Harris, y qui-

siera terminar con este comentario: yo encuentro gente joven necesita- da de conocimiento analítico. Enseño a residentes de psiquiatría que ven cuán inadecuado es el contacto con pacientes cuando sólo se los medica

y no se los sabe escuchar. Siento gran orgullo personal al ver que varios

de los residentes que hicieron mi curso sobre psicodinamismo son ahora candidatos a analistas. Otros, si bien no han resuelto seguir la carrera, han visto la necesidad de analizarse. Creo también –reconociendo que esto puede tener un dejo elitista– que habrá una vuelta al análisis en profesionales de todas las disciplinas, especialmente entre aquellos más curiosos, abiertos y profundos. Pienso que la rivalidad económica se re- solverá tal vez aceptando la limitada lucratividad de la profesión, y que los profesionales más brillantes e inquietos, en quienes cifro mis espe- ranzas, estarán dispuestos a hacerlo. En mi opinión, la falta de una estructura monolítica es precisamente muy bueno. De hecho, la fuente de mi esperanza es la evidencia de tanto interés por conceptos nuevos. Veo el panorama un poco en analogía con el arte o la música, donde las modas disonantes periódicamente perturban y crean miedo a la degeneración o a la distorsión, pero las obras de genio perduran y siguen inspirando a figuras capaces de crear y evolucionar. Esto no significa que desdeñe el valor posible de estudios que confirmen el valor “científico” del análisis como método. Como he dicho anterior- mente, creo que tales estudios serán útiles para la clínica, y coincido en particular con la visión de Harris acerca de las áreas que pueden ser de gran valor para nuestra profesión. Asimismo, espero que el lector argen- tino, aprovechando la información provista en este artículo, se abra a nue- vos caminos y preguntas, así como a la posibilidad de nuevos diálogos.

Resumen

Este trabajo ofrece una visión de las condiciones de la teoría y práctica del psi- coanálisis actual en los Estados Unidos. Reseñando brevemente su desarrollo desde comienzos del siglo XX hasta el presente, describe su expansión luego de las dos guerras mundiales y su relativa declinación en los últimos veinte años. La autora señala muchas contradicciones de este momento: mientras muchos desean ser reconocidos como psicoanalistas, se desvaloriza el valor científico del método y su eficacia como tratamiento. A través de entrevistas con importan- tes figuras del psicoanálisis norteamericano actual, la autora enfatiza las di- vergencias de muchas visiones contemporáneas. Luego presenta su propia vi-

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sión, y aunque reconoce las dificultades actuales, se muestra optimista con res- pecto al futuro, basándose sobretodo en su experiencia en educación, tanto con candidatos como con residentes en psiquiatría hospitalaria.

DESCRIPTORES: HISTORIA DEL PSICOANÁLISIS / INSTITUCIÓN PSICOANALÍTICA / PSICOLOGÍA DEL YO / PLURALISMO

Summary

PSYCHOANALYSIS IN THE UNITED STATES

This paper presents an overview of the conditions of psychoanalytic theory and practice in the United States at the present time. It offers a brief outline of the history of its development in that country from the early 20th Century to the present. It describes the enormous expansion that began after the two world wars, and the relative decline of the last twenty years. The author points out many contradictions apparent today, in the competition for the ownership of the title of “psychoanalyst” while there are many challenges relative to the sci- entific validity of the method and its efficacy as treatment. Through interviews with prominent current figures of North American Psychoanalytic field the au- thor highlights the divergence of many contemporary views. She also presents her personal view, which whereas recognizing many of the difficulties, offers a hopeful perspective on the outlook for the field, based on her experience in ed- ucation of candidates and hospital residents.

KEYWORDS: HISTORY OF PSYCHOANALYSIS / PSYCHOANALYTIC INSTITUTION / EGO PSYCHOLOGY / PLURALISM

Resumo

A PSICANÁLISE NOS EUA

Este trabalho oferece uma visão das condições da teoria e prática da psicanálise atual nos Estados Unidos. Resumindo brevemente seu desenvolvimento, do iní- cio do século 20 até a atualidade, descreve sua expansão depois das duas guerras mundiais e sua relativa declinação nos últimos vinte anos. A autora aponta mui- tas contradições atuais: enquanto muitos desejam ser reconhecidos como psica- nalistas, desvaloriza-se o valor científico do método e sua eficácia como trata- mento. Através das entrevistas com importantes especialistas em psicanálise norte-americana atual, a autora enfatiza as divergências de muitos pontos de vistas contemporâneos. Depois, apresenta sua própria visão, embora reconheça as dificuldades de hoje, mostra-se otimista com respeito ao futuro, baseando-se especialmente na sua experiência na educação, tanto com aspirantes ou com re- sidentes em psiquiatria hospitalar.

PALAVRAS-CHAVE: HISTÓRIA DA PSICANÁLISE / INSTITUIÇÃO PSICANALÍTICA / PSICOLOGIA DO EU / PLURALISMO

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IRENE CAIRO

Bibliografia

Friedman, L. (1989): “Hartmann’s ‘Ego Psychology and the Problem of Adaptation’”, Psychoanalytic Quarterly, 53, págs. 526-550. Grünbaum, A. (1984): The Foundations of Psychoanalysis: A Philosophical Critique, Berkeley, University of California Press. Hale, Nathan G. (1995): The Rise and Crisis of Psychoanalysis in the United States, Oxford University Press, Inc. Kirsner, D. (1990): “Is there a future for American Psychoanalysis?”, Psychoanalytic Rev., 77, págs. 175-200. Klein, G. S. (1976): “Two theories or one?”, en Psychoanalytic Theory: An Exploration of Essentials, Nueva York, International Universities Press, págs. 41-71.

Mosher, Paul (2008): International Journal of Psychoanalysis, 89, págs. 1109-

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Richards, A. D. (1991): “Psychoanalysis: A hundred year later. The State of the Science”. Discusión presentada en la American Psychological Association, San Francisco. Schafer, R. (1970): “An overview of Heinz Hartmann’s contribution to psycho- analysis”, International Journal of Psycho-Analysis, 51, págs. 425-446.

(Este trabajo fue seleccionado para su publicación el 5 de marzo de 2009.)

REV. DE PSICOANÁLISIS, LXVI, 1, 2009, págs. 113-126

La psicología del yo en la Argentina

*Arnaldo Smola

El psicoanálisis nació historizando. Los primeros historiales (evoco el muy rico y audaz historial de Isabel) contienen el germen de la concep- ción teórica y el uso técnico de los recuerdos y de los símbolos. A partir de allí, “la historia de las histerias”, los historiales clínicos, como todos los otros elementos de sus contenidos, fueron cambiando y enriquecien- do sus modalidades y énfasis. Cada uno de ellos dejó una marca en el de- sarrollo de la ciencia misma. Lo que en el presente artículo me propongo es trazar una historia, aunque sea parcial, del devenir de la psicología del yo en nuestro país y los factores que motivaron ese destino, dado que considero útil tomar conciencia de dichos factores, para comprenderlos y, si no es tarde, repa- rar algunos errores, ya sea de operatoria o simplemente de concepción general, y entender cómo aparecen convicciones en el horizonte científi- co, cómo desaparecen y por qué. Sorprende que, en tan poco tiempo de puesta en marcha, haya enten- dido Freud la importancia del uso de los símbolos; de modo que el psico- análisis nace historizando, pero para ello le es preciso develar símbolos. El arte interpretativo se va poblando de un instrumental simbólico 1 que debe ser considerado en cada caso. Volveré sobre este punto para tomar el caso de la psicología del yo. Digámoslo desde ya: la Psicología del Yo, los pilares básicos, sus pos- tulaciones originarias, han sufrido suerte variada, han llegado a tener “mala prensa”, y quisiera considerar las causas, siendo ésta una consi-

* Dirección: Arenales 2949, 8º “B”, (C1425BEI) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. arnaldosmola@gmail.com

1. Baudelaire dice que “el universo es un enorme almacén de símbolos que deben ser digeridos y transformados”.

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deración absolutamente personal. No se tratará de una defensa de dicha teoría, sino de una puesta en valor. En los principios de nuestra institución, en las primeras décadas en que se dictaran seminarios, los pioneros enseñaron basados en dichos pilares básicos de la psicología del yo con fluidez, muy especialmente las características del yo-instancia, las funciones del yo, en especial las defensivas, aunque incursionando en algo que tampoco produjo recha- zo: el “Área Libre de Conflicto”, con aquellas que Hartmann propuso como funciones autónomas primarias. La adaptación tampoco fue mi- rada con el desdén que ulteriormente imperó sobre ese concepto. La idea era, y sigue vigente, tomar en cuenta cómo esas funciones, que constituyen la dotación genética con la que el sujeto va a enfrentar los requerimientos de la vida pulsional, tanto como del mundo exterior, han de influir en el armado de la personalidad, y en la síntesis de su identidad. Conviene saber que Hartmann, el más importante pensador de esa tendencia, escribió sobre las funciones del yo y la adaptación antes de emigrar a los Estados Unidos, de modo que no parece haber sido la in- fluencia del país lo que motivara su pensamiento al respecto. Según ex- presó, las interacciones que se produzcan entre la dotación primaria y el conflicto tienen mucho que ver. La lógica propia de este pensamiento, sin ser desmentida, ha sido dejada de lado, o aparece como comentario común, sin que les sea dado el lugar que la relación trazada por Hartmann le otorga. Leo en un antiguo número de nuestra revista, a raíz de un caso: “[…] se trata de una joven inteligente…”, etc. En todo el artículo, interesante por cierto, ninguna mención a esta cualidad, nin- guna intervención de la inteligencia indudable de esa persona parece haber motivado otro comentario. Y las interpretaciones sí se dirigían a una persona inteligente, contaban con ello, con su tendencia a la intros- pección, su sinceridad, y su capacidad de asociar. La paciente también, por lo que puede verse, contaba con su inteligencia como parte impor- tante de las investiduras del Self. Esa analista, de corte kleiniano, al menos en ese trabajo, trata la inteligencia como área no conflictiva de la mente, cosa que permanece no tocada ni vuelta a mencionar en ese aná- lisis. Algo similar ocurre con los talentos especiales del psicoanalizado, con las dotes artísticas, que sí se han estudiado desde el punto de vista de la motivación, y en un análisis se tiende a que el paciente pueda dar curso libre a ellas. En cambio, la exploración de la aptitud del artista, cómo y dónde se han originado sus condiciones de habilidades y destrezas supe- riores, han quedado para lo innato. El analista que se interesara en esos temas, y recurriera a la biblio- grafía, no podría dejar de acudir a los trabajos de Ernst Kris (1952,

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1955) acerca de las biografías de artistas, al importante libro sobre la creatividad desde los estudios de psicoanálisis de Phillys Greenacre

(1960), que se declara inspirada en los estudios de Kris sobre el tema, y

a su vez acudió a viejos (Galton, 1869) y nuevos estudios (los menciona-

dos de Kris). Otro analista que trabajó en el tema de la creatividad y el genio, dio el ejemplo de echar mano a todos los recursos psicoanalíticos producidos hasta el momento; el libro que compila Didier Anzieu (1978), contiene una bibliografía general y abarcativa, no específica de una de- terminada corriente. Es cierto que eso bien podría quedar para la psico- logía académica, pero, si el psicoanálisis tiene algo que decir al respecto, sería bueno que lo hiciera luego de una exploración desde su campo. Por lo demás, no es posible dejar de lado esas condiciones durante el análi- sis de un artista dotado. Podríamos encontrar, en trabajos analíticos, múltiples ejemplos de cómo una función es atravesada por el conflicto, convirtiéndose en un síntoma, pero no sabríamos hablar de su desarrollo “normal”, o el ca- mino de sus sublimaciones. Un primer motivo para explicarnos la suerte de la psicología del yo en la Argentina puede hallarse en las diferencias personales y de los pueblos donde ha de ser aplicada. El nuestro es un país de inmigran- tes, e inmigrantes de ciertas zonas del mundo lejano, habitado por gentes que ponen su nota de añoranza en relatos, folklore y lo trans- miten a sus descendientes. En la siguiente generación a la que emigró, con sus vaivenes políticos negativos, se marca hasta el can- sancio la imposibilidad de cambio, la resignación, un aire oscuro y nu- boso que sobrevuela y que forma un paraguas de escepticismo muy apto para la defensa. La Argentina nostálgica, la de los tangos, la de Yupanqui y de Carriego.

Los Estados Unidos, en cambio, recibió una inmigración de otras ca- racterísticas. La psicología del yo de Hartmann, si bien concebida en Europa, se ex-

pandió en un país y una cultura basada en las fuerzas que lo movilizan,

y en lo funcional que guía esas fuerzas. En síntesis, una cultura opti-

mista, que no gusta detenerse en las complejidades que conducen a que algo no pueda ser realizado; un país donde tanto fue creado, inventado, expandido, difundido. Los Estados Unidos de Walt Whitman. Otra razón es que entre la población psicoanalítica fueron cada vez más los profesionales psicólogos quienes, obviamente, tienen una for- mación menos biológica que los analistas médicos. Eso resulta notorio, en especial el vuelco hacia la escuela francesa (lacaniana) de psicoanáli- sis, tan basada en la antropología estructural y en la lingüística.

Además, una teoría que promete reemplazar con ventajas a las prece- dentes, ahorrando el esfuerzo de conocerlas.

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Bien entendido, no se trata, con ello, de los aciertos o superioridad de una u otra teoría, sino de la búsqueda de razones que expliquen una pre- ferencia. Por lo demás, estoy hablando de lo que decimos en nuestros salones de discusión, donde, hablando sin demasiada suspicacia, imperan, no sólo la opinión sincera, sino el cuidado por la filiación que se muestre, y hasta un aspecto promocional que conlleva el temor de estar “fuera del tiempo”. Pero, de hecho, un ADN de las interpretaciones que se emiten en los consultorios psicoanalíticos y los recursos “inventados” por el analista en su cometido terapéutico coinciden con un esquema concep- tual no conscientemente aceptado. Con frecuencia no trabajamos en forma tan ortodoxa. Durante mucho tiempo se consideró importante (y aún hoy) que el analizando realizara progresos en su vida real, progre- sos vinculados al desempeño sexual, incremento de la ganancia moneta- ria, tener hijos en lo posible o alguna otra forma de fecundidad, armoni- zación con el mundo externo, y, factiblemente, ser creativo en lo concer- niente a procurar alguna modificación en éste. Esto tenía el sello de ade- lanto conseguido por la persona analizada. Nada mal, pero poco a poco, con la aparición de las siguientes gene- raciones de analistas, comenzó a desconfiarse de esta especie de “decá- logo de la salud mental”, a producir malestar. Adecuadamente, a mi jui- cio, el progreso fue sustituido por la palabra Proceso, en referencia a los avances en un análisis, con consecuencias casi excluyentes de lo ante- rior. Los intereses de analista y paciente transitaban un camino quizá más auténtico, más indirecto también, más divergente y erizado de ries- gos. Era inevitable. Sobrevino un tiempo en el que mucho se habló de mejorías disociadas, resistenciales, no sin perspicacia, pero a un paso de la suspicacia. Un factor más que influyó para que la teoría (del yo) fuera descartada fue el ideológico: los “intelectuales guía” de cierta generación de analis- tas tenían, con frecuencia, tendencias políticas de izquierda, con mayor o menor grado de sofisticación y aun de autenticidad. En tal sentido, en el imaginario institucional, lo que emanara del “poderoso hermano del Norte” pudo ser visualizado como la cultura del egoísmo, del entreteni- miento tipo “The Truman Show”, de obediencia al sistema, del bienestar a costa de otros y la simplificación positivista. Obviamente, el positivis- mo pretende la multiplicación de documentos de investigación, utiliza muchos datos para pocas síntesis. Por lo demás, es notorio que los psicó- logos del yo han debatido con los positivistas de su país, defendiendo la metodología propia del psicoanálisis. No obstante, en nuestro medio, la acusación de “positivistas” y, más aún, “cientificistas” llevó a una suerte de desprecio tal, que práctica- mente lo básico de la teoría no fue conocido por las ulteriores genera-

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ciones de psicoanalistas, abocados a la lectura de Freud y Klein como au- tores canónicos, a la espera de que llegaran los poskleinianos. De paso, nos librábamos de alguna admiración que, a nuestro gusto, sería “de- masiado”, e implicaría una genuflexión vergonzante, como ofrecerles más a los poderosos. La psicología del yo fue, entre nosotros y en ese tiempo, un símbolo de los Estados Unidos opresores, aquello contra que luchar. Cuando algo es elevado a la categoría de símbolo (ocurre lo mismo que con los modelos), la responsabilidad es mucha, hay riesgo, porque adquiere el valor de contraseña; alcanza con mencionarlo, para que ya se “sepa” lo subyacente. Los mecanismos del prejuicio cuentan con eso. Esto ocurría cuando aquí palpitaba la lucha contra la desigual- dad social, que algunos consideraron que debía ser tratada en los con- sultorios y desde las concepciones psicoanalíticas. El kleinianismo, en su comprensión quizá más torpe y vulgarizada, probablemente también víctima del prejuicio, proporcionaba una ver- sión en que lo negativo imprimía un sello de mayor autenticidad. Entonces, como la teoría de Hartmann, con su área libre de conflictos, aunque fuera vulnerable al conflicto pero que no nacía de él porque es- taba basada en lo biológico en primera instancia, fue descartada porque

el sujeto era visto como una máquina de combustión interna, y la tera-

pia, un servicio prestado al sistema, lo cual no dejó de ser un prejuicio, una contaminación y confusión del objeto. Al respecto, debe tenerse en cuenta que el concepto de Hartmann acerca de la adaptación resalta el tema de la sintonía del yo con la realidad, lo que él llama realidad-sintó- nico, y que no se trata de una adaptación pasiva y conformista al medio externo, como aquí fue entendida en general. Su concepción es más com- pleja, habla de una armonía del sujeto con su ambiente, pero también habla de los cambios en el medio ambiente como actividad del yo. Al fin

de cuentas, también Freud (1911) con su “principio de realidad” consi- dera a la misma supuestamente objetiva, al menos, en un aspecto. Es, por tanto, objetivista en ese sentido, dado que el interlocutor psicoa- nalítico es quien evaluará dicha realidad material. De la realidad histó- rica hablará el inconsciente. En esto, Hartmann se considera y procede como freudiano. Esta dualidad le fue imprescindible a Freud (1911) en su trabajo “Los dos principios del suceder psíquico”. Hartmann (1958) advierte contra la concepción de una adaptación desde el inicio de la vida. Su idea es que el bebé desde su nacimiento, y asistido por el am- biente, cuenta con condiciones precoces de adaptabilidad, que luego se irán transformando en adaptación. La retrospectiva histórica podría continuar con la aversión de Freud hacia la cultura norteamericana, sus críticas a la emigración de Alexander, por quien sentía él mucho afecto,

y por los resultados de la guerra, un cierto nacionalismo europeo, a pesar del creciente fascismo y el antisemitismo consiguiente.

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Otro factor fue, podría decirse, casual, y la historia fue narrada entre nosotros por Betty Garma en una reunión científica de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) hacia los años noventa como sigue:

[…] dos de nuestras antiguas líderes, en realidad las introductoras del psico- análisis de Niños en Argentina, fueron a un congreso internacional con la in- tención de conocer y tomar contacto con Anna Freud, por haber estudiado al- guno de sus textos. En esos tiempos, Anna estaba bastante influida por Hartmann. Al dirigirse ellas a Jones y darle a conocer su intención, éste, que estaba analizando a uno de sus niños con Melanie Klein, los desvió hacia ella,

y a las nuestras les resultó fascinante. Prosiguió entre nuestras pioneras y

Klein un contacto epistolar, y rápidamente la teoría kleiniana se difundió en

la Argentina.

Debe decirse que era, en realidad, fascinante. La seguridad con que Melanie Klein se expresaba, el modo como pasaba a través de las dificultades, cómo ampliaba el campo de acción del psicoanálisis hacia el análisis de niños, y al de las psicosis, cómo ayudó a nuestro conocimiento el mecanismo de la iden- tificación proyectiva, construyeron una imagen de titanismo que proporcio- naba seguridad. Estábamos en la “buena senda”; los trabajos de índole klei- niana se multiplicaban en nuestras revistas y la lectura de Anna Freud era en esos tiempos, para los analistas de niños, poco menos que una ingenuidad, aunque fuera mencionada con respeto. Sin embargo, ocurría que varias ana- listas mayores ya tenían conocimiento y estaban utilizando el Perfil Metapsicológico de Ana Freud (1973) con éxito, en especial por la posibilidad

de organizar un diagnóstico del niño, con esa característica suya de sistema- tizar las destrezas adquiridas en el desarrollo y ofrecer una semiología del yo

y sus defensas. Una sistematización que se hace necesaria cuando se trata de evaluar una persona y decidir un tratamiento. Además, ya estaba en marcha la metodología de los archivos de la Hampstead Clinic.

“La batalla por el análisis de niños”, como gusta denominarla E. Rodrigué (1996), se decidió por la postura kleiniana (Simposyum del ’27), es decir, la existencia de la asociación libre, transferencia y exis- tencia de un superyó temprano, pero quisiéramos saber, hoy en día, cómo trabajan los analistas de niños; me refiero si algo de aquella “pre- paración” o período preanalítico no figura en muchos análisis de niños y de adolescentes, a pesar de hacer uso de las fantasías inconscientes. Es más, no sólo al comienzo de los tratamientos, sino a lo largo de ellos, quizá bajo el rótulo de no ser “demasiado ortodoxo”. A eso me referiré luego con el término de “borronear” las díadas o tríadas inicialmente planteadas. ¿Éramos, pues, kleinianos puros? Encontré pocos, y muchos pensa- ron que no era imprescindible, por no decir imposible, analizar a ciertos niños con dicho encuadre. Sin embargo, alcanzaba con toda la riqueza que Melanie Klein prestaba. Con la riqueza y el entusiasmo que susci- taba, y que fatalmente otorgaba, como todo corpus teórico, al analista entusiasta y convencido.

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Vale la pena aquí la referencia etimológica, porque “entusiasmo” pro- viene del griego en-teos asmos (con Dios adentro). Por lo demás, nuestra práctica se veía enriquecida por el contrapun- to transferencial planteado en la obra de un analista local de gran ta- lento, nuestro Heinrich Racker (1960). A lo largo de su libro, Racker examina y revisita las recomendaciones técnicas de Freud, y les otorga una característica de especularidad, un juego de reciprocidades que brinda el instrumento para profundizar la relación analista-analizando. Estábamos ocupados con eso. Y en cuanto a la Alianza de Trabajo plan- teada por Greenson (1978), quedaba para la transferencia positiva su- blimada, en la cual no había mucho apuro por creer. Pero el camino para olvidar al yo de funciones estaba trazado por el yo de la identificación de Melanie Klein, y por el superyó precoz, difícil de entender aunque aceptado sin chistar, por el temor de los analistas de padecer de resistencias. Es necesario referirse a un importante aspecto de la obra de estos au- tores de la Ego-Psichology, que fue el de organizar a terapeutas de los Estados Unidos que, utilizando sus lecturas freudianas, produjeron di- ferentes mezclas, salidas de su imaginación y de sus esfuerzos clínicos, pero siempre de su desigual formación. Me refiero a interaccionalistas, neo-analistas, psiquiatras dinámicos. Proveerles una formación psicoanalítica resultó en general provechoso, sobre todo en ese país, donde impera cierta libertad de creatividad, y también medios económicos necesarios para algunas experiencias con pacientes graves. Por ejemplo, las experiencias con pacientes psicóticos que hicieran algunos talentosos psiquiatras, como Frieda Fromm- Reichman y Harry Stack Sullivan en la clínica denominada Chestnut Lodge, dieron lugar a conocimientos de primera mano, nacidos de la ex- periencia clínica interpersonal, y originaron textos como “Problemas de transferencia en esquizofrénicos” (Reichman, 1939), y la formulación del concepto de “distorsión paratáxica”, por Sullivan, y otras referidas al pensamiento. Estos textos tienen el valor de haber surgido del trato directo y continuado con pacientes graves, internados en una comuni- dad terapéutica pionera. De allí mismo surgió, también, un autor quizá más puramente psicoanalítico que, entre nosotros, es aún hoy un autor a descubrir: Harold Searles (1966). Estos terapeutas, reunidos inicial- mente bajo el rótulo de Psiquiatría Dinámica, motivaron al personal de la clínica, y a sí mismos, a psicoanalizarse, lo cual contribuyó al con- cepto del terapeuta psicoanalizado, aunque no fuera en un análisis di- recto, oficial. Heinz Hartmann, por referirme a la cabeza del trío famoso, y no cabe duda de que fuera el teórico más importante de esa tendencia, un “pri- mus inter pares”, escribió sus trabajos considerándose perfectamente

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freudiano, freudiano de la segunda tópica. Su lectura sobre el desarrollo futuro del psicoanálisis fue que debía responder al requerimiento de convertirse en una psicología general (Hartmann, 1958). Como tal, debía tratar de dar cuenta de aquellas funciones básicas de la personali- dad. Lo cierto es que el psicoanálisis de la segunda tópica, con todas los completamientos y las producciones que de él se originaron, ya es una teoría de la personalidad, es decir, una psicología general, con un objeto específico, que es el inconsciente. Por supuesto, no hay teoría psicoanalítica que ceda a la ambición, difícil y conflictiva por cierto, de explicar los orígenes lo más completa- mente posible. Para Hartmann, no existe un yo desde el comienzo de la vida, sino “…el bebé recién nacido no es totalmente una criatura de impulsos; posee aparatos innatos (mecanismos preceptuales y protectores), que realizan adecuadamente una parte de las funciones que, después de la diferenciación entre Yo y Ello, le atribuimos al Yo”. Sin duda, el tema de la adaptación va de la mano con el tratamiento y profundización que pretende dársele al yo. Hartmann (1939) entiende que el yo cuenta con una energía que le es propia, aunque no exista como tal desde el principio, pero se organiza como tal y toma también energía del ello (“lo que originalmente estuvo anclado en los instintos puede ul- teriormente ser ejecutado por el yo y a su servicio”). En realidad, resultó poco atractiva una idea que no tomara inicial- mente en cuenta las relaciones de objeto, o que, en todo caso, las pos- tergara para describir el lecho en que esas relaciones se fundarán, pero que no son fundantes en sí. Por otra parte, de cosa parecida se ha acu- sado a Melanie Klein, más adherida a la pulsión de muerte que el mismo Freud. En Klein, es la madre la protagonista de la adaptación (véase, si no, su artículo de 1952). Con todos sus valores, muchos de los cuales llegaron a nosotros para quedarse, pues la kleiniana es una teoría que cura, la estrella kleiniana también pareció declinante. Quizá, la imposibilidad de insistir en la transferencia negativa, la frecuencia de las sesiones, difícil de mantener en esos tiempos, la falta de habilidad y las resistencias por parte de los analistas (la técnica kleiniana es muy difícil), fueron parte de esa decli- nación, de ese no poder ser “kleinianos puros”. Y simultáneamente, como empujando, aparece Donald Winnicott. Ni pulsión de muerte, ni frecuencia de sesiones, ni atenerse sólo a las aso- ciaciones, sino una teoría del juego que permite al analista jugar, y en la que se cree que el juego es, en sí mismo, terapéutico. (Obviamente que eso entraña sus peligros, el analista puede entregarse al juego y condu- cir las sesiones como actuaciones de su parte. “Lo que le es permitido a Zeus, no le es permitido al buey.”) Tropezamos con el caso “The Piggle”

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(1977), donde las sesiones son sorprendentemente espaciadas, contra- riamente al caso Richard, que se traslada de localidad para ser atendido. Frente a la severidad kleiniana, que torna al análisis un procedimiento exigente y sombrío, que cura al fin, en Winnicott aparecen los “permi- sos” para el analista, la madre buena, él mismo caracterizado de tal ante el analista, etc. Winnicott es un autor que tiende puentes, él mismo ha sido alumno de Klein y de Anna Freud. Y es un autor que presenta lo que ya había a través de una metabolización personal, a veces muy am- plia y creativa. Así, en él encontramos que la adaptación existe, y tam- bién a cargo de la todopoderosa madre. 2 Él dice que si el bebé es forza- do por la madre o el medio en su adaptación, el resultado será un falso self (1960), siempre existente, pero en mayor medida. Es decir que lo

pulsional es destino, pero no el único y no algo previo al fenómeno, o sea, no el único forjador de éste. Su conocido Espacio Transicional, quizá su creación más original, tiene parecido con el área libre de conflictos. Es un autor donde lo que resalta son, justamente, las transiciones.

Es en esa zona, que si no es interrumpida por el conflicto,

Veamos

aparece la creatividad, el símbolo, el juego, el arte (obviamente, si se cuenta con la dotación). Es decir, este autor retoma algo del área libre de conflictos, lo ambienta en la relación madre-bebé, y hace surgir de allí la creatividad humana. El objeto transicional es, por tanto, un ob- jeto pre-simbólico. Lo que perdimos al no frecuentar los autores de la psicología del yo es una cuenta que todavía está por hacerse. Sería imposible citar a todos los trabajos y autores y sus importantes aportes. Están, y por elegir al- gunos, las obras antes mencionadas de Hartmann, no sólo las obras bá- sicas, sino su teoría acerca de la psicosis (1953), las de Kris sobre la bio- grafía, autobiografía y los artistas, los autores de la generación siguien-

te, Greenacre, tanto sus trabajos sobre creatividad (1960) como los de los mecanismos de defensa, Waelder (1960) y sus polémicas contra el po- sitivismo, los valiosos trabajos de Edith Jacobson sobre las formas de identificación en los pacientes psicóticos, y los que tratan el tema del rango de los mecanismos defensivos, y en general, los de Cameron (1961-1963) acerca de la teoría y clínica de la psicosis, y muchos más. De paso diré que en los trabajos clínicos sobre psicosis de los autores men- cionados puede notarse que trabajan teniendo en cuenta la contratrans-

2. Sólo una observación, que inquieta a muchos: el padre, ¿viene después? ¿Existe para regular las interacciones de la díada, es su sostén y nada más, en los primeros mo- mentos? ¿Puede, entonces, irse tranquilo a su trabajo? Porque la pareja humana es, hoy en día, otra, e investigaciones recientes hablan de la voz a través de las membranas ute- rinas, y la voz sonora del padre es, por consiguiente, transmitida.

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ferencia, que no es patrimonio de la escuela inglesa, que muchos histo- riales clínicos y trabajos de épocas anteriores parecen anticipar al inter- subjetivismo y otros movimientos similares. Hemos, sí, leído y estudiado la obra de Margaret Mahler, sin duda una pensadora útil que partió de la clínica para sus hipótesis sobre el desa- rrollo y sus dificultades precoces, construyendo una teoría sobre las psi- cosis y sus puntos de fijación basada en la relación madre-bebé; la pro- puesta mahleriana fue seguida por muchos autores. Pero, como bien apuntan Bleichmar y Bleichmar (1989), “…el edificio teórico de Hartmann que está presente en los trabajos de Mahler bien podría ser considerado un lenguaje auxiliar, una semántica ad-hoc más que un ele- mento esencial de la teoría mahleriana”. No se puede tampoco ignorar el monumental Psychoanalitic Study of the Child, un órgano de consul- ta variado, original y adecuadamente libre. Una institución psicoanalítica atraviesa por períodos en que, como los pasados entusiasmos kleinianos, y los actuales, lacanianos, todo el campo de interés se desplaza hacia el autor en vigencia. Esto hace que se pierdan de vista otros autores cuyos aportes son valiosos en sí, por el trabajo realizado, y cuyas obras no pueden aprovecharse por desconoci- miento, por prejuicios, o por escasa frecuentación de los principios bási- cos, de las hipótesis de mayor nivel de generalidad. Lo dicho representa una pérdida, sin duda. No es que en los Estados Unidos no hubieran surgido voces críticas, ni que siguieran hoy los pasos de la psicología del yo. Por el contrario. El mismo Hartmann ha modificado, o logrado algunas síntesis, ulterior- mente. Pero, en nuestro país, las críticas o el desinterés por el enfoque económico, con el cual tampoco los psicólogos del yo han logrado más que un concepto y algún aspecto semiológico, y los factores anterior- mente mencionados, han sido los que motivaron su abandono. Quedan, sí, las ideas acerca de la desexualización o neutralización de energía, que utiliza, por ejemplo, Winnicott al hablar de la intervención de excesos pulsionales que “arruinan” el juego del niño. Para concluir, y retomando lo dicho anteriormente, una institución puede pasar por períodos de entusiasmo por una teoría, pero pierde cuando eso le impide escuchar otras líneas y probar sus posibilidades te- rapéuticas. Un verdadero y útil pluralismo sería aquel que preparara a sus miembros para entender a autores de diferentes líneas. Cada crea- dor, suele decirse, “parte” el inconsciente (y por qué no, la personalidad toda) por otro lugar y con otros ejes, y cada muestra clínica parece obli- gar a una asepsia y prometer una cura casi quirúrgica. En las descrip- ciones se dejan a un costado los forcejeos, las vacilaciones y los comen- tarios no interpretativos que el analista hace a su paciente. Las hipóte- sis de mayor nivel de generalidad, una vez conocidas, permiten la lectu-

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ra y el aprovechamiento de la experiencia de distintos analistas. Al fin y al cabo, el narcisismo tiene distintas máscaras, y la religiosidad, reduc- tos no siempre descubiertos. La opción argentina se produjo por todos esos factores. Insisto en que hemos hecho un uso intuitivo de algunos elementos de la psicología del yo, y que hubiera sido mejor el conocimiento de sus bases. No es una buena práctica el dejarse llevar ¡toda una institución! por entusiasmos que van como una ola, porque fatalmente leeremos al- gunos descubrimientos de un autor en otro dialecto; un dialecto que “autorice, aunque sin el autor”; así, en la actualidad, podemos llegar a leer a Melanie Klein en francés (¡!). Quiero hacer un intento de plantear el asunto en términos ideales. Supongamos que, en un primer momento de su formación, el analista tuviera a su disposición las líneas básicas de los autores fundamentales, considerando las escuelas americana, inglesa y francesa. ¿Estaría en- tonces en mejores condiciones de optar? Parece ingenuo, porque está so- metido a un análisis, y todo esto estaría teñido, o matizado, por restos transferenciales. A pesar de todo, eso le permitiría un mayor rango de opciones, al encontrar en su práctica diferentes hallazgos psicopatológi- cos que encuadren mejor en una descripción teórica o en otra. Y tendría esa opción, que da libertad, y hasta los análisis didácticos resonarían más neutralmente, sin imprimir en todo lo que fuera posible el sello al candidato. Muchas veces se ha planteado el problema de la libertad del candidato a psicoanalista, problema que parece difícil de resolver, dado que la regresión transferencial lo torna más permeable, más vulnerable, a lo que entiende que es la elección teórica de su analista. ¿Cuál o cómo sería la ocasión para el progreso y aprovechamiento del debate en el contexto institucional? Una discusión que se haga fecunda sería aquella en que las discrepancias conceptuales se pongan explícita- mente en tensión, de modo de resaltar las diferencias, diferencias que todos conozcan. Es decir que “juguemos el partido con fichas por todos conocidas”. Así, un Instituto no funcionaría como un seleccionador pre- vio, de acuerdo a preferencias que la transferencia transmita. No se trata, entiéndase, de un eclecticismo esterilizante u obsesivo, sino de que queden planteadas, a disposición del entendimiento del analista, díadas o tríadas conceptuales que marquen, quizá exagerando en un pri- mer tiempo, las diferencias. Esto sirve para crear una distinción, discri- minar. Y discriminar, a partir de esa tensión, el núcleo duro del concep- to (por ejemplo, el concepto de yo, defensa, objeto en psicoanálisis), que estará constituido por el criterio que se use para ello. La productividad que ofrece el poner los conceptos en tensión se demuestra en la genera- ción de una distancia crítica (el concepto de duda). En realidad, no se piensa en diferencias o pares dicotómicos para preservarlos para siem-

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pre, sino para ver lo que distingue algo, de “la otra cosa”. Luego, esa di- ferencia se pone en cuestión en la reiteración del uso clínico. Pero es la misma existencia de estas distinciones la que permite ponerlas en duda. Entretanto, servirán para generar una lógica a partir del concepto. Lo que estamos diciendo a esta altura ya es claro, estas distinciones no son del orden del ser sino del de los fenómenos. No se encuentran “allí” sino que son creaciones del pensamiento. Y que el pensamiento procede de esta forma, es cosa testimoniada por el hecho de que casi todas nuestras definiciones se producen en referencia a la alteridad. La ciencia avanza de esta manera. Una teoría viene a poner en duda o en cuestión las distinciones sobre las que una teoría anterior se sos- tenía; se siente, por lo tanto, obligada a contestarla de raíz, dando por tierra con todos sus contenidos. “Exagera”, pero lo hace con el objeto de producir otra distinción. En la creación de estas distinciones debemos reconocer dos procesos distintos: la relación con el referente y aquella entre las diversas refor- mulaciones. Podría decirse, sin riesgo de equivocarse, que “cada teoría tiene su propio Freud”. En esta referencia hay, claro está, una reformu- lación y una reapropiación a través de la cual se crea un campo propio de pensamiento. Estas teorías no entran en competencia con el referen- te (Freud, en este caso), sino que lo hacen entre sí donde incluso la pre- cisión en la lectura del caso pierde peso ante la ostentación de una lec- tura más legítima de Freud. Con el monocultivo, las opciones son azarosas. Las luchas, las “guerras pensadas”, pueden tener un desenlace nega- tivo, o positivo, y eso dependerá de la actitud de los protagonistas.

Resumen

En este artículo se examinan algunos de los factores que influyeron en el deve- nir de la psicología del yo en nuestro país. Se recorren factores teóricos, ideoló- gicos y hasta fortuitos que tuvieron que ver con los desarrollos de esta teoría, y se sugiere algún modo de tomar conciencia de las diferencias y coincidencias en las teorías que se manejan en las discusiones y en nuestra práctica.

DESCRIPTORES: PSICOLOGÍA DEL YO / HISTORIA / ÁREA LIBRE DE CONFLICTO / ADAPTACIÓN / YO / ESPACIO TRANSICIONAL / INSTITUCIÓN PSICOANALÍTICA / PLURALISMO

Summary

EGO PSYCHOLOGY IN ARGENTINA

The author examines some factors influencing ego psychology in Argentina. He discusses theoretical, ideological and even fortuitous factors involved in the de-

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velopment of this theory and suggests ways to become aware of differences and convergences in the theories we use in discussions and in our practice.

KEYWORDS: EGO PSYCHOLOGY / HISTORY / AREA FREE OF CONFLICT / ADAPTATION / EGO / TRAN- SITIONAL SPACE / PSYCHOANALYTIC INSTITUTION / PLURALISM

Resumo

A PSICOLOGIA DO EU NA ARGENTINA

Neste artigo são analisados alguns dos fatores que influenciaram o que viria a ser a psicologia do Eu no nosso país. São observados fatores teóricos, ideológi- cos e até fortuitos que tiveram que ver com o desenvolvimento desta teoria, e se sugere uma maneira de se conscientizar sobre as diferenças e coincidências nas teorias que se manejam nas discussões e na nossa prática.

PALAVRAS-CHAVE: PSICOLOGIA DO EU / HISTÓRIA / ÁREA LIVRE DE CONFLITO / ADAPTAÇÃO / EU / ESPAÇO TRANSICIONAL / INSTITUIÇÃO PSICANALÍTICA / PLURALISMO

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ARNALDO SMOLA

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(Este trabajo fue seleccionado para su publicación el 3 de marzo de 2009.)

REV. DE PSICOANÁLISIS, LXVI, 1, 2009, págs. 127-135

La “plaga” del psicoanálisis. Psicoanálisis y lengua

Comentario de las conferencias y charlas dictadas por J. Lacan en las universidades norteamericanas

*Liliana Szapiro

Los primeros norteamericanos interesados en J. Lacan en los Estados Unidos fueron los académicos. En primer lugar realizaron un Congreso sobre constructivismo y deconstructivismo en la John Hopkins University en 1967, del que participaron Derrida, Todorov y Lacan, entre otros. Con posterioridad, Lacan es invitado por los académicos del Departamento de Lenguas a dar una serie de charlas en las universidades de Yale y Columbia entre noviembre y diciembre de 1975. Entre ellos, lingüistas muy reconocidos en su medio como Geoffrey Hartman, Shoshana Felman y Paul De Man. En este artículo vamos a hacer una sucinta referencia a las cuestiones centrales que Lacan desarrolla en estas conferencias en 1975, que entre otras son:

a) la estructura del lenguaje (el significante) y el psicoanálisis;

b) el descubrimiento del inconsciente freudiano asociado al discurso de la histérica;

c) el inconsciente, el material del lenguaje y la interpretación;

d) el equívoco y la reducción del síntoma;

e) el inconsciente y el dispositivo analítico.

* Dirección: Amenábar 2046, 9º “A”, (1428) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. lilianaszapiro@yahoo.com

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LILIANA SZAPIRO

La estructura del lenguaje (el significante) y el psicoanálisis

Ya sobre el final de su vida, en estas reuniones Lacan intenta transmitir sus ideas sobre el psicoanálisis. Estas ideas están centradas en función de un eje que es que el sujeto se constituye en relación a la lengua y que el psicoanálisis mismo es creado por Freud a partir de una estructura de lenguaje. Lacan nos remarca que lo que crea la estructura subjetiva es la ma- nera en que el lenguaje emerge en el inicio de un ser humano. Al respecto, Lacan plantea que el inconsciente no puede ser aborda- do sin referencia a la lingüística. Plantea que Freud abrió ese camino al fundar el psicoanálisis. Nos dio el eje de la teoría y la práctica del psico- análisis. Ese eje está articulado a la estructura de la lengua. Lacan re- marca que él ha agregado su esfuerzo a la apertura freudiana. No es casual que Lacan haga en inicio este planteo frente a un audi- torio de académicos de la lingüística ni que quienes primero hayan in- troducido las ideas de Lacan en los Estados Unidos fuesen los lingüistas norteamericanos, puesto que Lacan pone el eje de la práctica y teoría del psicoanálisis en relación con la lengua. 1 Se centra en la lectura de la obra de Freud a partir de los desarrollos de lingüistas estructuralistas como Saussure en un inicio y, con posterioridad, Jakobson y Benveniste. Son los desarrollos de esos lingüistas los que orientan la lectura de Lacan de los textos psicoanalíticos freudianos y es esa lectura la que orientará su práctica, sus formalizaciones teóricas y su enseñanza. En estas conferencias, Lacan plantea que fueron los psicóticos quie- nes lo habían conducido a Freud. Recordemos que Lacan era psiquia- tra y que es a partir del trabajo con sus pacientes psicóticos que él des- cubre el psicoanálisis, al que llega –nos dice en la Conferencia en Yale– recién a los 35 años y después de una vasta formación en el ámbito de la psiquiatría. Cabe recordar que él reconoce como su maestro en psi- quiatría a De Clérambault, de quien se considera deudor en relación con sus elaboraciones acerca del fenómeno elemental en la psicosis. Concepto que Lacan elabora a partir de las ideas de De Clérambault con relación al automatismo mental, noción desarrollada por éste en

1. Cabe destacar que una de las críticas centrales que Lacan había hecho casi veinti- cinco años antes a la corriente psicoanalítica norteamericana de la Ego Psychology era la de no dar a las determinaciones lingüísticas que están articuladas en los fundamen- tos de la teoría freudiana la relevancia que éstas tenían desde la lectura lacaniana. Para Lacan, esta cuestión tenía consecuencias en la práctica del psicoanálisis. Así, Lacan plantea en “La Dirección de la cura y los principios de su poder” que él no realizaba esas críticas “por gusto”, sino para “hacer de sus escollos las boyas de su ruta”.

LA PLAGADEL PSICOANÁLISIS. PSICOANÁLISIS Y LENGUA

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1925, en sus trabajos referidos a las psicosis basadas en el automatis- mo mental. J. Lacan nos aclara que Freud no estudió principalmente a los psicó- ticos, sino que estudió los escritos de un psicótico –haciendo referencia al trabajo de S. Freud relativo al análisis de las Memorias del Presidente Schreber, quien como recordamos desencadenó una paranoia al ser nom- brado Presidente de la Corte Suprema de Sajonia–. Es a partir de este escrito extraordinario sobre D. Schreber, denominado “Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia autobiográficamente descrip- to”, que S. Freud sienta las bases para su teorización de las psicosis. Lo hace con relación al escrito de un psicótico, nos remarca Lacan, no al tratamiento del mismo. Este señalamiento de Lacan tiene el objetivo (articulado al eje de su transmisión en estas conferencias) de remarcar la importancia del significante, de la estructura significante en la obra de Freud. Importancia a la cual Lacan dedicó gran parte de su enseñan- za. A partir de esta lectura de los textos freudianos extrae consecuencias para la práctica y la teoría del psicoanálisis.

La histeria y el descubrimiento del inconsciente

Lacan nos dice que en un inicio Freud estudió centralmente a la histe- ria. Es entonces con relación a la histeria que Freud introduce y crea el psicoanálisis, y es sobre el discurso de la histérica que Freud trabaja. El relato de las histéricas lo conduce al descubrimiento del inconsciente. Freud funda el psicoanálisis a partir de articular esa noción que es la del inconsciente, y al que Lacan plantea estructurado como un len- guaje. El descubrimiento del inconsciente –agrega Lacan– “[ muy curiosa, el descubrimiento de una muy especializada suerte de saber, íntimamente anudada con el material del lenguaje”.

] es una cosa

El equívoco y la interpretación

Lacan hace referencia a tres libros de Freud que considera centrales: La interpretación de los sueños, La psicopatología de la vida cotidiana y El chiste y su relación con el inconsciente. Lacan señala que Freud, en La interpretación de los sueños, insiste en el relato que se hace de los sueños. Para Freud, no importa la experien- cia real del sueño. Justamente en este punto, nos dice Lacan, se centra la objeción a Freud de que el sueño carece de validez porque no está ar- ticulada a la experiencia real del sueño sino a su relato.

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LILIANA SZAPIRO

Es precisamente sobre el relato mismo y su material (la manera en que el sueño es relatado) que Freud trabaja, y Lacan remarca que si él hace una interpretación, es con relación a la repetición, la frecuencia de ciertas palabras. Es siempre el relato del sueño, el material verbal del sueño lo que sirve de base a la interpretación. Lacan también señala la relevancia de la estructura significante en el texto freudiano La psicopatología de la vida cotidiana. En este texto, Freud da cuenta del lapsus y del acto fallido. Éstos no pueden ser pen- sados sino con relación a la estructura del lenguaje. El ejemplo más acabado es dado por el chiste, a partir del cual él ar- ticula los elementos centrales de la interpretación. En el chiste, insiste Lacan, la cualidad y el sentimiento de satisfac- ción mostrado por quien ríe, proviene esencialmente del material lingüístico. Es justamente en el chiste que Lacan va a poner énfasis, ar- ticulándolo con su noción de equívoco, con relación al cual él formalizó la noción de interpretación en tanto que produciendo efectos en el su- jeto. Lacan nos dice en esta Conferencia que al término “palabra” lo ha sustituido por el término “significante”, y que eso significa que él se presta a equívocos, es decir que tiene siempre múltiples significaciones posibles. Y agrega: “[…] es en la medida que Uds. eligen bien sus térmi- nos, que van a importunar al analizante, encontrarán el significante eli- dido, aquel del cual se tratará”. Pensamos el planteo de J. Lacan en el párrafo arriba transcripto a la luz de sus desarrollos relativos a que el sujeto se constituye en relación a una cadena significante que se funda en una falta. Falta que se repite en el intervalo. Es en ese intervalo entre los significantes donde adviene el sujeto en el chiste, en el olvido y en el lapsus. Ese intervalo articula- do es lo que Lacan llama la operación de separación, adonde apunta la interpretación asociada al equívoco. Se trata de aislar ese significante “elidido”, ese significante vacío de sentido al cual “el sujeto está sujeto como sujeto” (Lacan, 1986). En el marco de la dirección de la cura, el su- jeto se desprende del sentido que le viene del Otro al que su ser está fi- jado por la “elección forzada” (Lacan, 1986) asociada a la operación de alienación. La interpretación basada en el equívoco, al operar con el sig- nificante vaciado de todo sentido fijo, al operar con el sin-sentido, apun- ta al intervalo en la cadena y a la posibilidad de propiciar el adveni- miento subjetivo. El significante opera en su sonoridad. Recordemos al respecto que para Saussure (quién introdujo el concepto de signo lingüístico) el sig- nificante era un sonido que está asociado a un significado que se des- plaza. A ese desplazamiento apunta la interpretación a partir del signi- ficante en tanto que sonido.

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Así, Lacan continúa diciendo en la Conferencia en Yale:

[…] en ningún caso una intervención debe ser teórica sugestiva, es decir im- perativa; ella debe ser equívoca. La interpretación analítica no está hecha para ser comprendida; está hecha para producir oleaje. Pues no es necesario ir allí con gruesos zuecos y a menudo vale más callarse; sólo es necesario ele- gir.

O sea, la propuesta de Lacan es no apuntar al sentido, a una interven-

ción plena de sentido, de un significante con una relación unívoca con un significado a la manera en que lo hace la psicoterapia, pues él plan- tea que las interpretaciones que apuntan al sentido refuerzan la fijeza del goce articulado en el síntoma. Refuerzan ese sentido al que el ser del sujeto está anclado por la “elección forzada” del sentido que le viene del Otro en su venida a un mundo donde rige la Ley del símbolo que lo cons- tituye, y con relación al cual se ordena como ser hablante. Recordemos que en los Seminarios 22, 23 y 24, Lacan nos dirá que el equívoco es el responsable de la reducción del síntoma en la cura analí- tica. Diferenciará el significante del sentido y así nos dirá poco tiempo después de estas conferencias a las que estamos haciendo referencia, en

mayo de 1977, que “[

entre el uso del significante y el peso de la sig-

nificación, la manera en que opera un significante, hay un mundo”, y nos aclarará que en nuestra práctica se trata de precisar cómo opera la interpretación. Nosotros nos interesamos en los síntomas y es la inter- pretación basada en el significante en tanto que equívoco, que vuelve “[…] al afecto (en el sentido freudiano) articulado en el síntoma ‘ino-

fensivo’, no engendrando nuevos síntomas”. “[

el afecto –nos aclara

Lacan– está hecho del efecto de lenguaje, de lo que en alguna parte es dicho.” En este camino está la langue. Lacan nos dice que la metáfora y la metonimia no tienen alcance para la interpretación sino en tanto que son capaces de hacer función de otra cosa, para lo cual se unen estrechamente el sonido y la signifi- cación. Es en tanto que una interpretación justa extingue el síntoma

que la verdad se especifica por ser poética. Es el significante el que re- suena en los orificios del cuerpo. No se trata de lo bello que resuena en

el cuerpo como en Santo Tomás. Es la resonancia que se trata de fun-

dar en el chiste. La noción de resonancia es el efecto del significante en tanto que so- nido sobre lo real de la sustancia gozante que se vehiculiza en el sínto-

]

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LILIANA SZAPIRO

ma. La interpretación tiene efectos así, sobre la particular manera de gozar de un sujeto en ese síntoma. 2

Para concluir, el inconsciente y el dispositivo analítico