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Las exigencias

del corazón
Don Luigi Giussani, El Sentido Religioso, Capítulo XI

Quiero ampliar esta última observación. Lo que documenta experimentalmente el hecho de


que el impacto del hombre con la realidad produzca por su propia naturaleza este presentimiento o
búsqueda de lo otro es que la vida tiene un carácter exigente, el carácter exigente que tiene la
experiencia existencial.
Quiero decir con ello que el tejido mismo de la vida es una trama de exigencias, trama que
podría resumirse en dos categorías fundamentales, pero una y otra con corolarios tan decisivos que
podrían también formar parte de la lista como categorías originales por sí mismas:

a) La primera categoría de exigencias se resume en la exigencia de la verdad, es decir,


sencillamente en la exigencia del significado que tienen las cosas, del significado de la existencia.
Supongamos que tuvierais ante vuestros ojos un mecanismo que no habéis visto nunca. Lo podéis
analizar todo lo que queráis, hasta el detalle más pequeño de todos sus componentes; pero, al final,
no podríais decir que conocéis esta máquina si después de todo el examen no hubierais llegado a
entender para qué sirve. Porque la verdad de la máquina está en su significado, o sea, en la
respuesta a esta pregunta: «¿Cuál es su función?». Esta pregunta busca conocer el nexo que hay
entre todos los engranajes que lo componen y la totalidad del mecanismo, es decir, su finalidad, la
parte que tiene la máquina en la totalidad de lo real.

En este sentido, cuanto más seriamente detalla el hombre la composición de las cosas, más
se exacerba su pregunta por el significado que tienen. Así, pues, la exigencia de la verdad implica
siempre la identificación de la verdad última, porque no se puede definir verdaderamente una verdad
parcial sino en relación con lo último. No se puede conocer nada fuera de la relación que tiene,
aunque sea veloz, todo lo implícita que se quiera, entre ella y la totalidad. Sin entrever al menos su
perspectiva última, las cosas se vuelven monstruosas.
La exigencia de la verdad implica, sostiene y traspasa también la curiosidad constante con la
que el hombre desciende cada día con más detalle a conocer la estructura de la realidad. Nada le
aquieta, nada. «¿Quid enim fortius desiderat anima quam veritatem?», decía san Agustín. «¿Qué
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desea el hombre más ardientemente que la verdad?» . La verdad, el significado real de cada cosa,
radica en el nexo que percibimos que tiene con la totalidad, con el fondo, con lo último. Este es el
momento álgido de ese nivel de la naturaleza en el que ésta llega a convertirse en «yo». Una vez,
Sócrates, que estaba enseñando en el Ágora de Atenas, en el momento culminante de su dialéctica,
cuando todos los rostros de sus discípulos estaban dramáticamente pendientes de él, paró de golpe
su razonamiento, suspendió su discurso y dijo: «Amigos, ¿no es verdad que cuando hablamos de la
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verdad nos olvidamos hasta de las mujeres?» .

1
San Agustín, Comentario al evangelio de san Juan 26, 5.
2
Cf. Platón, El banquete, XXIX, 211b-212a.

1
La humanidad de una sociedad, su grado de civilización, se define por el apoyo que su
educación concede a mantener abierta de par en par esta apertura insaciable, a pesar de todas las
conveniencias e intereses que la quieren cerrar prematuramente.
¿Podemos imaginar que alguna vez el hombre, dentro de cien años, de mil, de mil millones
de siglos, llegue a decir «Lo sabemos todo»? Estaría acabado, no le quedaría más que suicidarse.
Habría terminado como hombre; es imposible hasta concebirlo. Porque el hombre, cuanto más se
introduce en lo real —el impacto con lo cual le ha solicitado y provocado irremediablemente—, más
cae en la cuenta de que todo aquello cuyo conocimiento va alcanzando, tal como citábamos antes de
Francesco Severi, está «en función de un absoluto que se opone como una barrera elástica a verse
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superado con los medios cognoscitivos» .

b) La segunda exigencia, que pertenece también a la primen categoría por su naturaleza, es


la exigencia de justicia.
Hace muchos años se produjo un gran debate en la prensa inglesa a causa de un hombre a
quien, después de haber sido condenado a muerte y ajusticiado, se le reconoció más tarde que era
inocente. ¡El pobrecillo no había parado de gritar en la cárcel que no había sido él! Al leer esta
tragedia me ensimismé con aquel individuo que fue al patíbulo siendo inocente. ¿Quién le haría
justicia? ¿Quizá nosotros a base de reconocer entonces que no tenía culpa? Aquello ya no era una
respuesta válida para él, aunque fuera una respuesta para nosotros, una pacificación de nosotros
mismos. Estábamos haciendo justicia a su memoria, o sea, satisfaciendo nuestra curiosidad histórica,
pero no a él. ¿Quién le haría justicia a él? Pues si la justicia no se le hace a él, no hay justicia que
valga: la respuesta válida es que se realice la exigencia de justicia que tiene uno mismo.
Esa exigencia es una demanda que se identifica con el hombre, con la persona. Por eso, sin
la perspectiva de un más allá, la justicia es imposible.

c) La tercera categoría es la exigencia de felicidad, o sea, el pleno cumplimiento de nosotros


mismos. Con palabras análogas, la total satisfacción (satis factus), que es el reflejo psicológico de la
plenitud, y la perfección («hecho totalmente»), que es el reflejo ontológico de nuestra realización.
A esta exigencia ¿quién podrá responder? En un libro sobre el franciscanismo del padre
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Gemelli recuerdo que todos los capítulos llevaban la primera letra dibujada. Había un capítulo que
comenzaba con la palabra «cuando» (téngase en cuenta que en italiano se escribe «quando»; es
decir, comienza con la letra Q, ndt): el rabillo de la Q era un pajarillo, y dentro del óvalo de la Q había
un perfil de montañas con el sol naciente y la silueta de san Francisco de Asís con la cabeza
levantada y los brazos extendidos, emblema de la sensibilidad del linaje humano cuando le impacta el
aspecto más fascinante de la naturaleza. Y, junto a los pies de san Francisco, la misma Q servía de
comienzo a otra frase escrita: «¿Quid animo satis?», «¿Qué es lo que sacia el ánimo?». Una visión
racional y humana de la experiencia de esta exigencia sólo se da cuando se lee en ella su implícita
referencia a Otro.

d) La cuarta es la categoría del amor.


Un pasaje del Romeo Julieta de Shakespeare expresa sintéticamente la apertura analógica
que tiene el dinamismo del amor en el hombre: «Muéstrame a una amante que sea hermosísima; su
belleza no será otra cosa que un consejo donde yo lea el nombre de aquella que es más hermosa

3
F. Severi, Dalia sctenza alla fede, op. cit., p. 103.
4
Cf. A. Gemelli, Il Francescanesimo, Edizioni O.R., Milán 1932, cap. XIII.

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aún que la hermosísima» . La atracción que ejerce cualquier belleza sigue una trayectoria paradójica:
cuanto más bella es, más remite a otra cosa distinta. El arte (¡pensemos en la música!), cuanto más
grande es, más nos abre. No ocluye, sino que abre de par en par el deseo: es signo de algo distinto.
6
«Ama quien le dice al otro: tú no puedes morir» : también la intuición amorosa de Gabriel Marcel
remite a otra cosa diferente.
El carácter de exigencia que tiene la existencia humana apunta hacia algo que está más allá
de sí misma como sentido suyo, como su finalidad. Las exigencias humanas constituyen una
referencia, una afirmación implícita de la realidad de una respuesta última que está más allá de las
modalidades existenciales que se pueden experimentar. Si se elimina la hipótesis de un «más allá»,
esas exigencias se ven sofocadas de forma antinatural.

5
Cf. W. Shakespeare, Romeo y Julieta, acto I, escena I.
6
Cf. G. Marcel. «La mort de demain», en Trois pièces, Plon, París 1931, p. 161.