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Literatura Española II
Teórico N° 1

Literatura Española II

Teórico N°: 1 – 20 de marzo de 2007


Docente: Dr. Juan Diego Vila
Tema: Presentación del Programa

Hola, buenas tardes.


Yo soy Diego Vila, el adjunto regular de la cátedra. Lo primero que hacemos
siempre es la presentación del programa y los criterios de selección y organización del
curso. Nuestra materia, a diferencia de aquellas materias codificadas en las que siempre hay
que dar determinados temas (como por ejemplo Gramática), trata de adoptar un eje
temático que recorra todo el espectro de la asignatura: los siglos XVI y XVII, aquello que
se ha dado en llamar “Siglo de Oro”. Este recorrido se hace en función de un tópico propio
del período y debe ser respetuoso de la diversidad de formas discursivas que se aquilataron
en ese entonces. Nos preocupa no sólo una variedad genérica (que vean lírica, teatro y
narrativa) sino también que los textos elegidos puedan considerarse ilustrativos de los dos
grandes momentos artísticos del período, que son el Renacimiento y el Barroco.
El tema de nuestro programa actual es Apogeo y cenit de un imperio: límites,
fronteras y cambios culturales en la literatura española áurea. Elegimos el tópico de
“Apogeo y cenit de un imperio” porque, en términos sociológicos, toda esta producción del
Siglo de Oro se enmarca en el lapso que media entre la constitución de España (la Casa de
los Austrias) como el primer imperio trasatlántico y su decadencia. Esta decadencia tiene
causales económicas precisas que serán muy trabajadas en el Barroco.
Esta amplitud, en términos políticos, históricos e ideológicos, va a ser subsidiario de
un continuo trabajo con los límites expresivos, figurativos y temáticos. Vamos a estar frente
a una producción artística que se sabe consciente de estos límites heredados y al continuo
intento de la trasgresión o superación. El límite, la frontera, el pasaje de un estadio al otro,
el intento de una creación innovadora marca el sello distintivo de un sinnúmero de
creadores del período.
La elección a nivel de unidades ha procurado ser una elección temática centrada en
los grandes hitos, en los grandes núcleos temáticos, sin los cuales no puede conocerse
acabadamente qué es el Siglo de Oro para la Literatura Española. El primer punto es el
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denominado tópico de “La Era del libro triunfante”. Hay una revolución técnica
inexcusable y homologable a lo que puede suceder en la modernidad con otro tipo de
soporte, que es la que se genera con el desarrollo de la imprenta, la superabundancia de
ejemplares y todo aquello que está ligado al fenómeno de la imprenta de tipos móviles.
¿Qué sucede en una cultura eminentemente oral y predominantemente analfabeta
cuando las fronteras del saber se quiebran por superabundancia de ejemplares? Desde
entonces existen libros y hasta los incipientes burgueses pueden empezar a confeccionar sus
primeras bibliotecas. Además con la era de la impresión mecánica de los libros se genera un
fenómeno en el plano de la subjetividad de las comunidades, cual es el progresivo
desarrollo de lo que se conoce como lectura silenciosa, lectura individual. Hasta ese
entonces, cuando lo único que mantiene y reproduce es el manuscrito, la transmisión de ese
saber estaba signada y determinada por la existencia de maestros y de aquellos que podían
decir en voz alta aquello que estaba en el manuscrito.
Desde la existencia del libro, como algo que se puede poseer individualmente (y que
se puede llegar a tener a escondidas de las autoridades), se empieza a abrir una serie de
perspectivas y de horizontes radicalmente distintos a las posibilidades que confería el orden
de lo real a estos sujetos. Leyendo, en la intimidad del hogar (a escondidas de los tutores,
gramáticos y esposos), se puede gustar de una libertad que en la realidad no existe, se puede
disfrutar todo aquello que en la vida no le ha sido dado conocer.
Por eso, desconocer los cambios que hace posible la aparición de la imprenta de
tipos móviles hace imposible entender cabalmente el Siglo de Oro. Además, esta
centralidad que tiene el objeto cuasi fetichizado para un montón de eruditos apuntala los
desarrollos pedagógicos (gracias a la existencia de “libros para todos”) que hacen posible
conjeturar un cambio de la propia sociedad. Lo propio del Humanismo, de esta modernidad
asociada al libro, es la adhesión firme a los presupuestos pedagógicos, a la ilusio de la
educación.
Conforme empiezan a aparecer ejemplares de libros surge la creencia de que se
puede migrar de la neutralidad al bien, de la ignorancia a la sabiduría. Esta mutación
anímica, por ende, ha de verse reflejada en la práctica social cotidiana. Siendo mejor yo,
auguro la expectativa de que me irá mejor en la sociedad. Por eso el libro es el fetiche del
momento, es el objeto por excelencia de todas las reproducciones de segundo grado en
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literatura. Pero es también el objeto del desengaño; puesto que, en el Barroco, el libro
concentrará todas las cargas negativas. Tanto se lo ha subido en la expectativa y se lo ha
adorado como vehículo de transformación, cuanto se cifra en él el desengaño. Frente a la
corriente positiva de una ilusio entusiasmada, está la corriente negativa, que comienza en el
Renacimiento y estalla plenamente en el Barroco. Es la corriente del nihil scitur (nada se
sabe) lo que se codifica con el tópico de la vanitas literarum (la vanidad de las letras).
Nuevamente, en el tópico de la Era del Libro Triunfante, vemos un eje que va del apogeo al
cenit.
El segundo punto del programa se denomina Decir el Imperio: las alternativas de la
lírica y la épica ante la materia histórica contemporánea. Tenemos que ver por qué a la
hora de acercarnos a la lírica del período nos planteamos este desafío de decir con la poesía
el imperio y por qué esta disyunción entre lírica y épica ante la materia histórica
contemporánea. Una de las marcas de todos los tratadistas poéticos del período es la
excelencia de la poesía (toda esta corriente de idealidad). Lo poético pauta, describe y
predica el mundo del deber ser, mientras que lo histórico es precisamente lo opuesto, lo que
ocurre. En este momento la lírica asume el desafío de poder unir los opuestos.
Estos puntos divergentes de la teoría, que serían historia y poesía, son uno de los
cometidos centrales de muchísimos escritores de cancioneros del momento. Ellos buscaban
fundir la materia histórica bajo una forma poética. Es particularmente interesante porque,
bajo el influjo de la tradición petrarquista, se había cifrado el tópico de la Traslatio imperii,
que era un mito cultural que postulaba que el imperio avanzaba de oriente a occidente.
Cuando el imperio estaba en la Grecia antigua, al expandirse hacia Roma (hacia
Occidente), se producía en el territorio de partida el desarrollo de la excelencia artística. La
traslatio imperii es un tópico que existe entre los teóricos del momento para postular que en
España se ha llegado a una cumbre. España ha llegado a América y toda la erudición de la
lírica y la filología italiana se han trasladado al reino peninsular.
El punto para ellos es cómo lograr que esta traslatio imperii se detenga, porque este
tópico es también una vía de explicación de la propia decadencia. Cuando el imperio se
desplaza, es cierto y es inminente que decaerá y dejará de ser tal. Es particularmente
importante el lugar que le cabe a la poesía como forma expresiva ante el desafío de decir
una contemporaneidad, una serie de acontecimientos históricos que, por otra parte, deberían
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superar el carácter contingente de lo actual y devenir eterno. Frente a estas innovaciones en


la tradición lírica está la vertiente ortodoxa de cómo cantar el imperio, que es la épica.
En el período, frente a las distintas incursiones que se hacen desde el campo
poético, la épica se convierte en el género en verso por excelencia, consagratorio de una
sociedad en progreso. No debemos olvidar que, así como existe una épica militar, hay
épicas religiosas, consagradas a vidas de santos y tópicos imaginativos. Por eso mismo,
nosotros nos vamos a centrar en dos grandes autores del período.
En primer lugar tomaremos a Gracilaso de la Vega, que es la figura del soldado
poeta, aquel que concentra a la perfección las armas y las letras. Es el primero de una larga
serie de autores que se sienten interpelados por estas dos modalidades subjetivas alternas
del ser masculino en sociedad cortesana. El hombre, en la sociedad del quinientos, debe
dejar de ser un guerrero feudal y debe lograr convertirse en cortesano. Debe convertirse en
un cortesano, como signo del Renacimiento, donde esta novedad está fusionada con lo
tradicional. Es tener las letras, pero conservar las armas para un ejercicio de distinción. No
se trata ya de ser un guerrero full time, sino un guerrero part time que combine la pluma y
la espada.
Esto en Garcilaso es evidente, y también lo es en Alonso de Ercilla y su Araucana.
Este texto para nosotros tiene un múltiple interés, porque la temática histórica de la
Araucana es la conquista de Chile. Como americanos nos puede interesar mucho cómo se
construye la visión de ese otro. Recuerden que es un otro idealizado, porque está construido
de acuerdo a las leyes de la épica. Para la épica no valen los principios actuales según los
cuales el otro siempre es malísimo. Porque lo que quiere cantar la épica es el triunfo de
haber vencido al más grande: tanto más vale el vencedor cuanto importante es el vencido.
No vamos a pensar que Ercilla era el primer líder indigenista del hemisferio sur,
pero podemos hacer un trabajo interesante en la relación de este texto con otro tipo de
textos del período. Para nosotros, como investigadores del Siglo de Oro español, esta
diferencia que se da en los programas y cómo se diseñan las asignaturas no es tal. Mucho
de lo que se escribe y se denomina “Literatura Colonial” fue hecha por ingenios
metropolitanos y a cosmovisión de los autores de ese entonces es, en muchos aspectos, la
cosmovisión de un todo. Si bien existen especificidades propias, en lo que se denomina
territorios virreinales, no es menos cierto que hay diálogos muy particulares que habría que
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poder recuperar para pensar estas disciplinas coexistentes desde otra lógica que no sea el
rechazo maquínico. No se puede entender Sor Juana sin entender Góngora o Calderón. Si
nos queremos remontar a los cronistas de indias no podemos ignorar que el patrón de estas
crónicas son los libros de caballería. El modo de contar lo fabuloso, el modo de decir ese
territorio para el cual no hay vocablos ni referencias compartidas por parte de los lectores
españoles. No se olviden que es una producción destinada a la información y el
entretenimiento de la metrópoli.
Frente a la épica y la lírica, que se preocupan por la actualidad, por este mundo, en
la tercera unidad, nos interesamos por El otro lado del Imperio: la vía mística. Una de las
marcas más claras de la producción literaria del período es el florecimiento de los escritores
místicos: San Juan de la Cruz, Fray Luis, Santa Teresa, etc. Son autores que, según moldes
y técnicas particulares, dan cuenta de los vínculos del hombre con el absoluto. Pero no es el
absoluto moderno del emperador, sino el absoluto eterno, que sería Dios.
San Juan de la Cruz y su vía mística, con su ascesis por el camino de la negatividad
es uno de los místicos por excelencia de toda la cultura europea occidental. Por este camino
de despojamiento, por la apuesta de llegar por la secuencia de las nadas él trata de devenir
en un ser despojado para poder acceder a Dios. Frente a él está la figura de Santa Teresa,
que nos interesa no sólo como modelo de escritora femenina del período, sino por la doble
determinación del claustro y del género.
De Santa Teresa vamos a ver La Vida que es uno de los textos más ilustrativos de lo
que podría haber sido la cotidianeidad de ese tipo de figura, porque si quisiéramos
adentrarnos en lo doctrinal sería muchísimo más complejo para un curso introductorio.
Además el curso debe presuponer que, para la cultura del período, ser católico o tener una
formación incipiente en teología era algo dado y obvio. No olviden que la catequesis era
uno de los nortes de la aculturación de todos los individuos que nacían en España. Esto que
para nosotros puede ser un signo de cultura en nuestra sociedad se ha perdido y mucho.
Hoy a mucha gente le dicen Esaú y no saben quién es.
En prácticos, en cambio, hemos decidido introducir el trabajo con otro tipo de forma
de escritura femenina. No tanto la producida por una autora consciente (como sería el caso
de Santa Teresa) sino la que se produce a expensas de una mujer. Aquí veremos los
testimonios del proceso inquisitorial de Lucrecia de León. Lucrecia de León es una de las
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alumbradas, místicas, soñadoras, falsas profetizas, que termina mal. En realidad, todo el
proceso se arma puesto que aquello que está en tela de juicio es la capacidad imaginativa de
la mujer. El asunto es cómo este proyecto de hombre, que todavía no se termina de decidir
si es humano o no, que es una mezcla de ángel y de bruja, puede arrogarse la pretensión y
el derecho de decir que sueña.
En el caso de Lucrecia de León sus sueños circulan impresos y son interpretados por
los doctos ingenios varones del momento como sueños proféticos, que auguran la caída del
reino, sueños que la Inquisición tiene que controlar. Es interesante que, a la par de formas
literarias consagradas, ustedes vean también otros tipos discursivos que también informaron
un sinnúmero de otros textos del período. Esta relación de escrituras ante la autoridad no es
arbitraria puesto que el primer gran escándalo del Siglo de Oro (el Lazarillo de Tormes) es
para muchos una respuesta ante el juez inquisitorial competente.
Frente a la problemática que nos presenta la mística en este recorrido por el otro
lado, la unidad IV se centra en las Representaciones de la vida en comunidad e imaginarios
sociales en la narrativa y la prosa satírica. Cuando insistimos en los términos de
comunidad e imaginarios sociales es porque otra de las marcas distintivas de la modernidad
es el afianzamiento de los grandes centros urbanos. Con el desarrollo de los centros urbanos
y las migraciones de poblaciones rurales a las ciudades, el problema de la sociedad y los
otros va a ingresar de un modo muy marcado como un tema central en la literatura del
período. Allí está el desafío que tiene la novela ante la realidad.
El primer texto que van a ver es el Lazarillo de Tormes que, contraviniendo todas
las expectativas autoriales del período, se edita en forma anónima. Y se edita en forma
anónima porque evidentemente habrá de ser el gran escándalo del momento. ¿Qué infame
podría animarse a contar como una autobiografía esa inmundicia? El Lazarillo quiebra con
el violento ingreso de la realidad de los pobres, de los seres sin calidad, el presupuesto
tácito de que el gran arte, la literatura sólo es para gente de pro. Pero la literatura también
tiene lugar para aquellos que nadie sabe quiénes son. Tipológicamente, Lázaro de Tormes,
que se presenta como protagonista de esta autobiografía no firma el libro como tal, sino que
circula anónimamente. Y el libro poco tardará en caer en manos de la Inquisición.
La Inquisición controla no sólo sujetos sino también discursos. Esto, que para
muchos podría ser una marca más del fanatismo, es a la inversa. Bourdieu sostiene que
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todos los postulados heréticos, contrarios a la ortodoxia, siempre empiezan con una nueva
construcción discursiva de lo real: dime qué herejía quieres hacer y te diré qué libro tienes
que empezar a escribir. Por eso todos los movimientos separatistas tienen a mano un
decálogo de obras que postulan, por ejemplo, cómo Navarra nunca perteneció a la
Península Ibérica, cómo hay realidades geográficas que decretan el apartamiento, etc. Eso
siempre es previo porque se necesita formar un consenso de lectores sobre esta realidad. La
persecución de textos es otra actividad que no deben perder de vista, por eso el Lazarillo es
particularmente importante.
Frente a esta realidad de los Don Nadie, de la gente sin calidad, de los carnudos
complacientes que entregan a su esposa por un pedazo de carne y leños en invierno, está la
narrativa breve de Lope de Vega. Lope, como Cervantes, comparte las mismas tasas de
genialidad en cuanto a sondeo y trabajo teórico sobre las convenciones literarias. Suele
decirse que Cervantes es el gran creador de la novela moderna, que lo que hoy conocemos
como novela es todo debido al Quijote. Como Cervantistas muchos vamos a coincidir en
eso, aunque no sea el punto central de la investigación de ninguno de nosotros. Investigar,
en literatura, nunca es poder llegar a hacer una máxima de este estilo.
Pero no es menos cierto que las mismas tasas de genialidad tiene Lope, puesto que
es un conocedor de todos los convencionalismos narrativos existentes en el período, de
todas las convenciones genéricas y es un maestro de la trasgresión. Lope trabaja con los
géneros para quebrarlos una y otra vez. Así vamos a ver tres de las cuatro novelas que
integran la “Colección de Novelas a Marcia Leonarda”: Las fortunas de Diana, La desdicha
por la honra y La más prudente venganza. Estas novelas, desde su titulación, tienen una
marca inequívoca, que es construir una lectora primera bajo la faz de una mujer (que es
además una amante analfabeta). Estas novelas son asedios de Lope al intento de superar los
convencionalismos narrativos de la Bizantina, la Pastoril y la Cortesana, que eran las
formas de novela degustadas en su tiempo.
Si hablamos de Barroco no podríamos haber salido de la forma narrativa extensa,
afín a la novela, que es la prosa satírica. Quevedo es otro de los grandes ingenios del Siglo
de Oro. Variar el programa, para nosotros, afortunadamente no implica ningún tipo de
dificultad pues hay mucho y muy bueno. Vamos a dar en el curso La hora de todos y la
Fortuna con seso, donde se empieza a desarrollar este tópico que se ve anunciado de la
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vanitas mundi, del desengaño barroco signado por las corrientes políticas y morales del
período.
Vamos a terminar el curso con una propuesta que implique un retorno, algo que
cierre el programa y retome los inicios mismos de estas clases. Me refiero al problema de la
representación de la Historia en el teatro. Vamos a ver cómo el Teatro, el gran medio
masivo de la época, se plantea el desafío de decir la propia historia o decir qué es España.
Vamos a ver cómo se construye la genealogía del reino, la historia del imperio y cuáles son
los fines ideológicos que se persiguen al llevar la Historia al corral de comedias. Para ello
vamos a ver Fuente Ovejuna, de Lope de Vega, y El alcalde de Salamea, de Pedro
Calderón de la Barca. En prácticos van a ver cómo el tema de la conquista de América (y
de Chile en particular) es dramatizado por el mismo Lope en El arauco domado.
Este es el programa que ustedes van a cursar. En cuanto a la evaluación, van a tener
que rendir dos parciales. El primero es absolutamente propio, con todos los temas que voy a
dictar yo; y el segundo va a abarcar los temas de las otras dos profesoras. Van a tener que
hacer también una monografía. Cuando llegue el momento del parcial yo voy a tratar de
aclararles en qué va a consistir el examen.

[Se realiza un breve receso para hacer la inscripción a Prácticos]

Vamos a comenzar ahora el curso propiamente dicho. Conmigo van a ver las dos
primeras unidades. Veremos aquella unidad que se corresponde con la era del libro
triunfante y con los conocimientos generales de Renacimiento, Barroco y Humanismo; y
veremos aquella unidad de lírica y épica del Renacimiento. El parcial no va a ser
inmediatamente después que yo termine mis clases pero, para favorecer la corrección se va
a tomar todo lo que yo de (que son ocho teóricos) en el primer parcial.

Alumna: ¿Los parciales son presenciales?

Profesor: Sí, por supuesto. Una cátedra que estudia la Inquisición ese tipo de cosas no las
va a cambiar. Para empezar a entender el Siglo de Oro desde un punto de vista
historiográfico, de la historia de la cultura y los movimientos estéticos, resulta inexcusable
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toda consideración de qué es Renacimiento, qué es Humanismo y qué es Barroco. Ustedes


ahora tienen la posibilidad de cursar Literatura Europea del Renacimiento, y tienen el
desarrollo conceptual de las posibilidades de hablar de Renacimiento y de categorizar este
fenómeno. Allí el Renacimiento es un objeto exclusivo, si bien está diversificado por la
multiplicidad nacional. Para nosotros esto sería imposible.
Con el Renacimiento se abre lo que se considera la primera Modernidad para la
historia. No obstante, hay un sinfín de posiciones encontradas. Dentro de los múltiples
teóricos, nosotros preferimos a Maravall, porque es un teórico sobre la cultura del XVI y
XVII español. El consagra sus estudios a los fenómenos sociales y culturales de la
Península, si bien no desatiende una mirada de mayor alcance de aquello que está
sucediendo en Europa. Además, Maravall es de formación marxista, por lo cual su punto de
partida permite enfrentar el problema desde una perspectiva más superadora de las
tradicionales visiones idealistas. Estas visiones idealistas tienden a ver el Renacimiento
como algo explicable a través de la escultura italiana, el teatro francés o fenómenos
artísticos aislados.
Maravall, cuando estudia el Renacimiento español hace hincapié en la noción de
estructura, en una serie de componentes interrelacionados con articulaciones mutuas que se
constituyen según una lógica determinada. Eso permite explicar, superando el estatismo de
los distintos fenómenos, el dinamismo particular de un momento cultural como el
Renacimiento. Maravall sabe que para formular descripciones de lo real el recurso a la
categorización y a la conceptualización es ineludible, puesto que es el único modo de
transmitir al otro aquello que se quiere describir. Pero nos alerta continuamente sobre la
conveniencia de nunca creer a rajatabla las precisiones temporales o dogmáticas, puesto
que lo propio de su visión sería el intento de asir, por un momento, un organismo vivo. Y
para entenderlo tenemos que detenerlo, tenemos que fijarlo para hacerlo transmisible.
Maravall pone el énfasis en la noción de estructura porque le interesa superar las
escuelas históricas que privilegiaban datos y hechos aislados. Recuerden que todos alguna
vez hemos aprendido que: “la Modernidad es el descubrimiento de América” o bien el
descubrimiento de la imprenta o de la pólvora. Es como que los manuales se volvían más
perfectos cuantos más datos o acontecimientos ilustres se acumulaban. Ninguno de estos
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fenómenos o detalles aislados alcanza para explicar el todo social, la riqueza y la pujanza
del fenómeno.
Además no nos debemos confiar en los límites temporales, puesto que una de las
marcas específicas del Renacimiento es la peculiaridad de integrar los componentes
heredados o tradicionales con lo que se suele llamar malamente renacentista. Decimos
malamente puesto que hay un sinnúmero de historias literarias del período que sólo
tipifican como renacentista lo original. Justamente, lo propio de la estética renacentista es la
hibridación. La hibridación de lo heredado y convencional con algo nuevo y cambiado se
ve en el gesto de desautomatización de la forma, del modo de decir, por medio de la
introducción de enfoques nuevos.
Es una estructura histórica que se articula en zig-zag, que tiene un carácter bifronte.
A medida que ustedes ahonden en el fenómeno descubrirán de continuo este carácter
bifronte en sus grandes figuras. Para muchos críticos del arte, Durero puede ser un ejemplo
de gótico y medieval; pero, a la vez, es el gran ilustrador de un montón de humanistas del
período. Son las personas que pueden conjugar aspectos que, en apariencia, son
contradictorios.
Maravall, cuando habla de estructura, insiste en que, si bien muchos de estos
fenómenos pueden haberse dado en un montón de comunidades (como los viajes y
descubrimientos realizados por la dinastía Ming en Oriente), éstos carecen del componente
colonizador, evangelizador y cultural que le confiere la corona española a sus
descubrimientos. Son descubrimientos que no están aislados, como puede ocurrir en la
dinastía Ming, sino que están interrelacionados con el desarrollo del arte militar, el empleo
de la pólvora, el auge de la imprenta, et. De ahí que ninguno de estos elementos de por sí
sirva para explicar qué es el Renacimiento español. Es el conjunto, la dinámica, la
interpenetración de la originalidad y tradicionalidad de cada uno de estos detalles entre sí lo
que puede llegar a dar cuenta del todo.
Si tuviésemos que remarcar las características básicas de la estética renacentista, lo
primero que deberíamos decir es que es el primer movimiento estético hispánico
eminentemente ciudadano. Es una literatura, una producción artística, cuyos centros de
producción son las ciudades, sus destinatarios están en las grandes urbes y sus temas hacen
del Renacimiento una cultura urbana. Desde este punto el Renacimiento se ve apuntalado
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por variaciones demográficas y por fluctuaciones en la población. Hay un alzadísimo


número de desplazamientos horizontales. Recuerden que en tiempos del descubrimiento,
donde se impone el traslado hacia tierras americanas o hacia frentes de batalla, lo que se
produce es el avance hacia una noción de universalidad de la que se carecía hacia entonces.
Así se perderá lo propio de lo doméstico, el anclaje con el terruño, con el propio hábitat
inmemorial de la familia.
Una de las primeras marcas del Renacimiento es ser una cultura libresca. Esta
cultura se da a caballo de un nuevo modo de transmisión de los discursos, que se genera y
se mantiene por las posibilidades que ofrece la imprenta. La técnica, en cuanto posibilidad
de reproductibilidad infinita del objeto fetiche, lo que determina es la pérdida del aura y la
masificación del objeto. Hay libros para todos. Esta cultura libresca, sin embargo, tiene
marcas singulares puesto que, insistimos, lo propio del Renacimiento es la conjunción de lo
propio con lo nuevo. Los primeros libros, la era de los incunables, conserva en la tipografía
los tipos góticos, que es un tipo de escritura medievalizante, frente a la originalidad de la
escritura moderna.
Desde el punto de vista socio-económico uno de los fenómenos más claros que
acompaña a estas continuas migraciones del campo hacia la urbe es el surgimiento de una
nueva generación de propietarios de tierras no productores. Comenzaría a darse la
alienación mercantil trasladada al agro, porque hay una escisión evidente entre el cultivador
y el dueño del terruño. Empieza a haber cultivadores asalariados del campo, puesto que
muchos de los que estaban ligados a la posesión de tierras han emigrado a las urbes. La
superabundancia de dinero en las urbes ha permitido que las clases privilegiadas compren
los terrenos y luego los alquilen o conchaben personas para que los trabajen. Es
básicamente una economía de base agraria, aunque no se debe perder de vista la
especificidad que le confiere el tráfico con las indias, el flujo de oro y plata y la
bancalización ulterior que se realiza en territorio italiano.
Este fenómeno de que, por vez primera, las comunidades sintieran que existía la
posibilidad de mudar de rumbo, de fijar su norte allende la tierra que lo había visto nacer (a
él y a todas las generaciones anteriores) genera una de las marcas espirituales típicas del
período que es la sensación de movilidad. Hay una verdadera ilusio en términos críticos,
según la cual esta movilidad se traduciría necesariamente en progreso. Moverse,
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desplazarse, implica progresar. Aquello que hacen todos los indianos, cuando se embarcan
hacia las nuevas colonias virreinales en América es ir tras un Dorado, según el cual ellos
piensan que van a volver ricos. Estos son los que, en el retorno, ya viejos, se convierten en
los nuevos ricos del sistema que, entonces, eran llamados los “ricos frescos”.
Esta sensación de movilidad, en términos demográficos y económicos, también se
da en términos sociales y en términos sociales y culturales. Uno de los postulados
pedagógicos del período era la confianza en la educación. La ilusio de que por medio de la
frecuentación de las letras, de la cultura, de la instrucción progresivamente formalizada, era
que uno iba a pasar de la neutralidad de la ignorancia al bien, a la sabiduría.
Esta ilusión genera una casta que se percibe a sí mismo como hombres forjados por
el esfuerzo, que son los hombres nuevos. Estos hombres nuevos se ven a sí mismos como
modernos. Este es un mote que, en boca de tradicionalistas, pueden connotar tintes
despectivos pero que, para ellos mismos, conlleva una valoración positiva. Lo que marca el
Renacimiento hispánico es la emergencia de la idea de progreso. Es el primer momento en
la historia cultural de España en que esta noción de avanzar y afianzarse se puede lograr.
Recordemos que, desde un punto de vista histórico político, este progreso podía
parecer que tenía bases muy firmes en hechos concretos de la Historia a corto plazo.
Piensen que, desde el casamiento de los Reyes Católicos, se habían sucedido un montón de
cosas que cambiaron radicalmente la faz de España y de ese reino que mágicamente estuvo
destinado a convertirse en la cabeza de un imperio ultramarino. Además de unir sus dos
reinos con el casamiento, ganan la guerra de Reconquista con los moros y expulsan al otro
invasor de la península, ganan la guerra de Navarra y cierran mágicamente el linde de la
Península. Toda la Península pasa a ser nuevamente un todo propio, sin quistes, sin
territorios enemigos hacia el interior.
Es un cierre mágico que se produce y se complementa con el descubrimiento de
América. La idea de poder llegar a “cerrar España” habría generado mágicamente la
posibilidad que la providencia les habría dado a los españoles de descubrir América. Años
más tarde, una nueva vuelta de tuerca en este destino será convertirse en la cabeza del
Sacro Imperio Romano bajo Carlos V. Todas estas son marcas claras que no debemos
perder de vista a la hora de analizar nuestros textos.
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La marca de urbanidad era una marca esencial. También tenemos la ilusio de


progreso y la centralidad antropológica del yo. El yo empieza a ser una variable regulatoria
de todas las disciplinas de ese entonces, desde la teología a la mística, pasando por la
Filosofía. En literatura se afianza el empleo (hasta entonces prácticamente desconocido) de
narraciones en primera persona. Se vuelven mucho más conscientes de los usos del punto
de vista, se desarrolla marcadamente la noción de género autobiográfico. Se empieza a
vincular la idea de producción artística con la construcción de distintos tipos de yo.
La economía es el auge de lo que se denominará luego libre competencia, donde no
hay un estado regulador que impone precios, sino donde todos compiten contra todos. Y,
desde el punto de vista del derecho, hay un afianzamiento de todos los tratadistas que se
focalizan en la propiedad privada. Pero la marca más distintiva para Maravall, como
historiador marxista, es efectivamente el afianzamiento del régimen del salario. Es el
régimen del salario como modelo de remuneración de las relaciones del trabajo, puesto que
el salario habitúa a los hombres del Renacimiento a manejar relaciones abstractas y
cuantificadas que potencian la tendencia del individuo a percibirse a sí mismo como un yo
independiente del resto.
Uno de los grandes dilemas para entender el Renacimiento, con todos estos
supuestos progresos, es si efectivamente el Renacimiento supuso quienes lo vivieron fue un
beneficio. En término de clases sociales sería innegable que el Renacimiento, en tanto
cultura urbana, corre parejas con el afianzamiento de una clase social nueva que sería la
burguesía. La burguesía viene a quebrar la lógica estamental opositiva de ricos y pobres, de
señores feudales y vasallos. Esa dinámica de artesanos, mercaderes y estudiosos que no
están al servicio del poder, sino que integran un estamento medio, será uno de los grandes
protagonistas de la revolución del Renacimiento.
Eso es evidente, no sólo por los continuos desplazamientos entre campo y urbe,
entre territorio nacional y territorio conquistado, sino también por los casos de
ennoblecimiento. Ya mencionamos a los nuevos ricos, que volvían de América, pero
también estaban quienes mercando compraban títulos. En una sociedad como la hispánica
de ese entonces todo es ser admitido por el escaño superior. Esa admisión, ese devenir
noble era el anhelo de todo burgués. El burgués, desde su aparición, está atravesado por una
fantasía ascensional que coadyuva no sólo a mantener simbólicamente este norte deseable
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de destino. En la medida en que este protagonismo del burgués se dio en una estructura
económica que aún sigue siendo señorial, el Renacimiento en términos de política
económica sólo contribuyó a fortalecer la jerarquía nobiliaria.
Por eso mismo, lo propio de este organismo vivo que quiere describir Maravall al
hablar del Renacimiento es el movimiento de engaño y desengaño. El desengaño, que se da
con el empobrecimiento por sucesivas bancarrotas, fenómenos de pestes, guerras continuas,
hambrunas, etc. trae el declive de la idea de progreso. ¿Cuándo termina el Renacimiento?
Para Maravall esta pregunta no tendría que tener siquiera entidad, puesto que ha estado
diciendo que el Renacimiento es una estructura que se desborda en antecedentes y
consecuentes.
Mucha de la sensibilidad renacentista, de los aportes del Humanismo, de las
invenciones originales o los legados, siguen en el Barroco. Pero lo que ha cambiado
decididamente con el Barroco es la propia percepción de sí misma que tiene la comunidad
española. Se abre paso progresivamente a una cultura del desengaño, que es una de las
marcas distintivas más claras de lo que fue el Barroco español de ese entonces.
En términos culturales debemos recordar que España, durante siete siglos fue un
califato de la conquista musulmana. Desde el año 711 gran parte de la Península había
estado ocupada por la invasión musulmana. Los reinos visigóticos habían desaparecido y se
habían retraído hacia el norte. Toda la historia eminentemente previa al Renacimiento y el
proceso de reunificación, reconoce un sustrato político religioso muy diverso de lo que fue
en Italia, en Francia, en Inglaterra o en Alemania. El Renacimiento, en España, supone el
reconocimiento previo de una cultura con tres religiones: judíos, musulmanes y católicos.
Como ven es una España altamente semitisada.
Las progresivas conquistas de los ejércitos minoritarios en la lucha contra los califas
musulmanes no se podían mantener con una política servil de dominación y hostilidad,
porque si no continuamente tenían alzamientos internos de las clases trabajadoras. Llevarse
bien con el conquistado, cuando no se posee el poder, es un imperativo básico de toda
guerra. Pero, una vez que se logra expulsarlos del reino de Granada, al actitud de tolerancia
muda radicalmente. Empiezan así los edictos de expulsión, primero contra los judíos y
luego contra los moros. Y muy pronto surgirá el Tribunal del Santo Oficio de la
Inquisición.
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El Santo Oficio de la Inquisición es otro de esos hitos culturales tan políticamente


incorrecto que es fabuloso para estudiarlo. Uno encuentra ahí, prácticamente, lo mismo que
se puede encontrar hoy día en nuestra sociedad, con la diferencia de que en ese entonces no
tenían ningún prurito en decir las cosas que hoy se hacen en silencio. Esto surge como un
modo de controlar la veracidad de las conversiones. Según la dinámica religiosa del
catolicismo, quien ha nacido en otra fe puede (mediante el rito bautismal) convertirse en un
cristiano nuevo. En términos teológicos no debería existir ningún problema, porque Jesús
no opera ningún tipo de distinciones entre cristianos viejos y cristianos nuevos.
El problema es la política racial que empieza a forjarse en el territorio español, so
pretexto de conversiones insinceras. Es como que decían: bueno, me hinchan tanto que me
convierto, pero sigo haciendo todos mis ritos, sigo sin comer tocino, etc. Entonces hay un
proceso de hostigamiento, de continuo control, sobre los conversos. Se instaura entonces
una suerte de panóptico sobre todos aquellos que encontraban convertidos. Una de las
formas más típicas para escapar al control de la Inquisición es mudarse continuamente. Por
eso, cuando los historiadores quieren reconstruir la biografía de un autor o de un pintor del
período y descubre que no dura ni seis meses en un mismo lugar, es porque es una familia
en estado de fuga. Lo típico de las familias conversas es no tener lugar en territorio español,
estar continuamente mudándose, anhelando poder integrarse en el nuevo destino.
El tema de la Inquisición sobre la sinceridad después se fue complementando con
una serie de políticas administrativas, que son todas las prerrogativas sobre limpieza de
sangre. Para llegar a poder acceder a puestos oficiales de poder, había que demostrar que se
era cristiano limpio, sin “sangre infecta” por los cuatro costados. Obviamente, con siete
siglos de dominación musulmana el nivel de mixturación era increíble, por lo cual esto era
un norte absolutamente delirante que sembró un estado de paranoia. Además la limpieza de
sangre es postular que hay una sangre indómita que resiste el Evangelio, que resiste la
conversión. Es como que la conversión sincera nada vale, porque el otro judío o el otro
musulmán es siempre un cuerpo indómito que se alza contra la ley de Dios.
Este fenómeno de control del otro, disidente religioso o racial, se comenzó a
extender también a la literatura. En este período no debemos desechar el tema de la
Reforma y la Contrarreforma, que se dio muy marcadamente en territorio hispánico por la
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declaración que tenía el clero previo católico. Y esto devenía en una gran cantidad de
espiritualidad disidente o heterodoxa.
Pero las incorrecciones no sólo están en los sujetos, sino también en los escritos.
Puesto que uno de los fenómenos consustanciales con la instauración de la Inquisición para
personas es la persecución de textualidades. Los textos pueden ser tan dañinos como los
disidentes de carne y hueso. Hay que empezar a controlar que no entren Biblias impresas en
el exterior, hay que lograr tal tratado no se publique, hay que lograr que determinado fraile
que sostiene una herejía no pueda llegar a la imprenta, etc. Entonces, se empieza a generar
un control sobre las personas y sus producciones artísticas.
Una de las claves a la hora de entender el Renacimiento español es hacer una
evaluación de cuál fue el influjo de la Inquisición sobre los efectos creadores y los artistas
de ese entonces. Nadie se va a poner de acuerdo sobre el verdadero efecto. Se podrían
esquematizar dos posiciones encontradas muy polares. Por ejemplo, para Parker, la
Inquisición actuó contra la humanidad pero no contra los humanistas. Para él si algo definía
a los inquisidores es que eran brutos, ignorantes de toda ignorancia. Lo único que podían
controlar eran cosas del dogma o de la teoría burdamente evidentes.
Hay un sinnúmero de trabajos de la crítica posterior, que conoce el dogma de
entonces, que continuamente encuentra cosas que se les pasaron por alto a los inquisidores.
Suelen encontrar, por ejemplo, una gran cantidad de aspectos erasmistas, cuando ser
erasmista era más o menos como ser un asesino serial. Los inquisidores no lo ven porque
las clases sociales del clero que llegan a estos puestos carecen de toda formación. Es este
mismo clero no reformado que accede a las posiciones burocráticas de fiscalizar.
La postura de Parker es que ser participe o integrar el grupo oficial de las órdenes
monásticas decrece en valor, ya que el norte social es ser un mercader de renombre, alguien
que progresa. Por otra parte ya no persisten los mismos beneficios que tenían las figuras
religiosas en el sistema monástico del medioevo. Si bien sigue siendo un buen resguardo ya
no tiene la misma pujanza en el sistema cultural. Lo cierto es que los inquisidores, en
términos de política cultural, pudieron influir muy poco. Es importante, no obstante,
recordar que la visión de Parker tiende a olvidar el control de los índices inquisitoriales.
Las personas se podían matar una sola vez, pero los libros había que matarlos tantas
veces como ejemplares existían. El único modo de lograr que este ajusticiamiento de los
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textos heréticos fuera prolijo y sistemático era hacer índices de obras prohibidas. Los
índices que se conservan, además de ser muy interesante como testimonio de lectura, desde
el delito y la censura, producen los primeros efectos de crítica literaria de los cuales
tenemos noticias en el Siglo de Oro. Son las marcas que nos han dejado estas escrituras
legales cuán correctas o incorrectas se consideraba a las obras.
Los índices inquisitoriales van variando. Debemos reconocer la modalidad de la
prohibición plena, que prohíben la total circulación de un texto determinado, y las obras a
expurgar. Los índices de obras a expurgar, ante la difusión masiva de los textos literarios,
empiezan a reconocer que sólo partes de una obra son condenables. Entonces se empiezan a
censurar, menciones, frases, capítulos, etc. Esto es muy interesante porque producen un
mecanismo de focalización. La obra prohibida en su totalidad le impone al crítico el desafío
de saber por qué la habían prohibido, en cambio en la focalización uno empieza a entender
el grado de inteligencia o de neurosis que reinaba.
Todas las grandes obras del período que se precien tuvieron sus entradas y salidas
de la Inquisición. Hasta el Quijote, cuando es analizado por la Inquisición de Lisboa sufre
la censura de algunos comentarios. Obviamente, si no fuese por las prolijas notas, estos
comentarios a nosotros se nos pasarían de largo. Pero nos permiten entrever cómo se
percibe a estos textos desde la Inquisición, como una palestra privilegiada para inocular
muy sutilmente detalles mínimos que se reputan peligrosísimos.
En el Quijote, hay una escena en la que Sancho se tiene que flagelar, se tiene que
convertir en un “disciplinante de sangre”, de los que logran su salud dando su sangre en
espectáculo. Y la Duquesa, para controlarlo, le pregunta cómo se está flagelando y Sancho
le responde que lo está haciendo con palmaditas. La Duquesa entonces le dice que eso de
las palmaditas son más masajes y caricias que disciplina y agrega: “Porque las obras de
caridad que se hacen sin fuerza de nada valen”. Esa frase la Inquisición la refuta como
terrible porque es un ataque al dogma de las obras de caridad. Por otra parte, el valor de las
obras era uno de los puntos cismáticos entre cristianos y protestantes. Una frase así les
podía valer entrar en el índice de obras a expurgar y, en tiempos previos, en el índice de
obras prohibidas.
Otro fenómenos muy interesante, ligado a la Inquisición y el control de los textos
escritos, es que cuando no se podía controlar que la prohibición se cumpliera (porque era
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como querer prohibir el programa de mayor éxito) se encaran reescrituras, versiones


expurgadas por parte de otros ingenios. Entonces, por ejemplo, el Lazarillo de Tormes, esa
obra escandalosa, fue reescrito por el cosmógrafo real de Felipe II, quitándole las frases
inconvenientes y reorganizando el material. Entonces, el texto que empieza a circular es
otro, puesto que la ortodoxia comprende que cuando algo que se reputa pernicioso no se
puede desterrar del consumo literario, lo mejor es dárselo reformado. Entonces, el Lazarillo
que conoce la posteridad es el Lazarillo castigado y no el auténtico.
Este influjo de la Inquisición sobre los escritos y el sistema de impresión les sigue
deparando novedades a los investigadores del período. No sólo porque se pueden encontrar
textos que reforman obras que habían estado expurgadas, sino que también se pueden
detectar cenáculos de espiritualidad y prácticas políticas disidentes. Por ejemplo, en casas
antiguas, cuando se hace una reforma y se rompe una pared se encuentran bibliotecas
tapiadas. Estas bibliotecas tapiadas (como tesoros mágicos que vuelven de hace cinco
siglos a nuestros días) contienen, en su gran mayoría, textos prohibidos. Este hallazgo de
textos prohibidos no se circunscribe tan solo a personas que uno conoce.
Hace unos diez años se encontró una nueva editio princeps del Lazarillo distinta de
todas las otras que se conocen. Es la edición de Medina del Campo. Hay todo un problema
de fondo para ver cuál es la versión primigenia de la obra, y los críticos literarios se afanan
por poder reconstruir el ur Lazarillo. Cuando todas las editoriales habían logrado llegar a
una suerte de tregua y lanzar una misma versión apareció una biblioteca tapiada con textos
del XVI, que permite recuperar el legado de una disidencia. Se empieza a saber que en ese
lugar vivió una familia (tal vez la misma que hoy sigue ocupando el terruño) que, en un
momento dado, por temor a la Inquisición, supo que para seguir viviendo tenía que tapiar
su biblioteca.
Esta imagen del control libresco y el control literario podría inducirnos a una falsa
semblanza de lo que fue el tema editorial en ese entonces. Es innegable que una historia del
Renacimiento español no puede desoír la importancia de la fundación de universidades y de
un montón de proyectos bibliográficos ligados a la restauración de la letra, a la
recuperación del idioma y de las lenguas clásicas. Pensemos, por ejemplo, en la obra de
Cisneros, que es el arzobispo primado de Toledo, que fundó la Universidad Complutense y
encomendó la Biblia Políglota Complutense. Presuponiendo que la fe depende de la
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fidelidad de la letra y del texto más expurgado y prístino buscó especialistas en latín,
griego, arameo y hebreo y produjo esta primera Biblia hecha en territorio español. Esta
Biblia, tiempo después, será retomada como área de partida para hacer la denominada
Biblia de Amberes. Desde un punto de vista de tradición crítica es mucho más fina, pero no
podría haber sido siquiera esbozada si no hubiese existido el trabajo previo de la Biblia
Políglota Complutense. Es un trabajo editorial de una magnitud impensada para ese
entonces. Los distintos volúmenes tardaban muchos años en imprimirse, porque la
capacidad de tirada de la imprenta era mucho menor a la que se conseguirá luego con el
desarrollo de la técnica.
A la par de estas empresas que creen que el libro, con la letra exacta puede apuntalar
el progreso, también está el desarrollo sistemático de casas de altos estudios, de
universidades. La universidad, que hasta las postrimerías del medioevo sólo era signo
distintivo de un pequeño número de ciudades europeas, empiezan constituirse como
claustros mayores en el territorio hispánico. Es este juego de luces y sombras algo que
también hay que recuperar.
Este primer Renacimiento también se conjuga con la posibilidad de que un
sinnúmero de autores (los humanistas) se hagan cargo del desafío que supone retransmitir y
perpetuar la tradición. Lo que empieza, entonces, a verse son los haberes editoriales
enciclopédicos. Muchas obras del momento entienden que, así como hay que afianzar la
letra de la ortodoxia de la fe, hay que afianzar los haberes de un sinnúmero de disciplinas.
Entonces, muchísimas obras que, desde la titulación, podrían parecer típicas del medioevo
(tesoros, espejos, mares, etc.) llegan a la imprenta con aire renovador. Se masifica ese saber
incipientemente enciclopedista.
Otro punto que quiero dejar presente es la trascendencia de Nebrija, de su
Gramática y de lo que significó el afianzamiento de la conciencia de que “la lengua es
compañera del imperio”. Una lengua sin gramática, sin leyes internas ni reglas que
establezcan cómo bien se habla, es una lengua condenada a la extinción. Nebrija sabe que,
con su Gramática, mucho de esta dimensión tética del Renacimiento español se va a
consolidar. Bueno, por hoy dejamos acá. Hasta la próxima.

Versión CEFyL
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