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Trotsky en América Latina

E n la tarde del 21 de agosto de 1940 llegué al tercer piso del diario «Crítica». En la redacción del famoso diario amarillo busqué las últimas noticias acerca del estado de

León Trotsky. El día anterior, en México, un asesino al servicio de la gPu de Stalin —el español Ramón Mercader del Río— había hundido un zapapicos de montaña en el cerebro del fundador del Ejército Rojo. De una manera brutal, y con una mezcla típica de cinismo y sarcasmo, el redactor de «Crítica» que me tocó en suerte me informó sonriendo que Trotsky había muerto. Han pasado casi treinta años y recuerdo todavía la indife- rencia con que fue recibida en la Argentina la noticia de la tragedia. Los cuatro o cinco militantes que formábamos la Oposición de Izquierda, extremadamente jóvenes, reunimos algo de dinero y pu- blicamos un manifiesto condenando el asesinato. Después publi- camos un número del periódico Inicial dedicado al gran revolucio- nario. Eso fue todo. Nuestra tentativa de reunir algunas firmas de intelectuales «independientes», algunos de los cuales pontificaban desde el café «Tortoni» por las noches, fracasó. Nadie tenía interés en comprometerse en causas perdidas. Parecía que la fórmula de Maquivelo: «Todos los profetas armados han triunfado y todos los profetas desarmados han perecido», reforzaba la ley del menor es- fuerzo del pequeño–burgués izquierdista, siempre dispuesto a con- sagrar su pasión al poder constituido. ¿A quién podía importar la muerte oscura de un viejo emi- grado, cuyas supuestas glorias habían brillado hacía mucho tiem- po? Y sus libros, ¿quién los conocía en Buenos Aires? Recuerdo que ese mismo año, revolviendo la montaña indiscernible de la librería «La incógnita» junto a un gato inmóvil sobre la cima, mientras el propietario don Constantino Caló observaba la calle Sarmiento con su mirada vacía, encontré como una joya polvorienta un ejem- plar usado de Mi Vida, en la edición española de Cenit. En otra

oportunidad logré descubrir algo así como un incunable en la ex- tinta librería de Menéndez, en la calle Bernardo de Irigoyen. En un estante alto, y envueltos todavía en su ropaje de papel transparente, aparecieron los dos tomos intonsos de la Historia de la Revolución

todavía en su ropaje de papel transparente, aparecieron los dos tomos intonsos de la Historia de

L

Jorge Abelardo Ramos

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Rusa. Las obras de Trotsky no eran fáciles de obtener; y cuando se las tenía entre las manos, todas ellas respiraban una claridad impecable, un exasperante poder lógico que contrariaba lo que la gente de esa época esperaba de la izquierda: sentido común, «lucha antifascista», unidad de acción. ¡Todo era tan claro! De un lado las democracias, del otro los totalitarismos. Los crímenes antisemitas de Hitler habían inspirado a las colectividades judías del extranjero la necesidad de sostener a aquellos partidos que de una manera u otra colocaran la lucha contra el nazismo en el primer plano de su política. De este modo, la burguesía judía, en la Argentina como en otros países, omitía la significación profunda de Hitler, que no era sino la manifestación política terrorista del capital imperialista alemán. Luchar contra el nazismo sin luchar contra el régimen capitalista en Europa, equivalía a luchar contra Hitler en América Latina sosteniendo al imperialismo democrático que perpetuaba el sometimiento nacional de nuestro país. Esta impostura no fue conmovida por el asesinato de un hombre que era llamado «León Bronstein» por las radios nazis, y «agente nazi» por radio Moscú. Para la burguesía judía era más importante salvar sus bienes que echar abajo el capitalismo, generador del antisemitismo. Ante esta concurrencia de fuerzas, el asesinato de León Trotsky no despertó emoción alguna entre la cáfila de dispensadores profesionales de firmas y lágrimas. Por otra parte, Hitler dominaba Europa con sus divisiones blindadas, Francia había caído en poder de los nazis y Stalin era el aliado de Hitler. El mundo entero estaba envuelto en la tempestad de la guerra. Sólo dos meses más tarde, con la invasión alema- na a la Unión Soviética, las líneas que separaban a las «democra- cias» y al «nazi–fascismo» estarían perfectamente demarcadas. La Revolución Rusa quedaba atrás y sus jefes eran vagos espectros, la mayor parte de los cuales habían sido fusilados poco tiempo an- tes por la burocracia omnipotente. En esos años aprendí bastante acerca del mecanismo adaptador que mueve las preferencias y sim-

patías de la clase intelectual, sobre todo de su sector de «izquierda». Aprendí que la expresión «intelectual de izquierda» quiere decir, en

la

mayoría de los casos, intelecto débil y cobardía extrema. Entre la masa de profesores, poetas, escritores, abogados

y

periodistas, verdaderos maniáticos de las firmas de manifiestos

y

solicitadas, no había ninguno para firmar una declaración con-

denando el asesinato de Trotsky. Pertenecían a la misma clase de

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gente que, pocos años más tarde y terminada la guerra, se preci- pitaría hacia los aeropuertos y dársenas para viajar en legión hacia

los Estados socialistas y recibir las gratificaciones turísticas de su servilismo. En esa Argentina de 1940, la «inteligencia» dividía sus in- clinaciones políticas de una manera muy simple: Victoria Ocampo

y sus colegas de la democracia oligárquica gemían por su París,

hollada por las botas nazis. Los intelectuales stalinistas, por su par- te, alababan la sabiduría de Stalin que al aliarse con Hitler había preservado a la urss de la guerra. Poco después se unirían todos en el mismo bando de las «grandes democracias» para acusar como «provocadores’ a los neutralistas o revolucionarios que condenaban

la guerra imperialista. Hasta un versificador rutinario del stalinis-

mo, Raúl González Tuñón, escribiría un «poema» mofándose del asesinato de Trotsky. El último de los grandes marxistas del siglo parecía definitivamente sepultado junto a los principios del mar- xismo. Sus restos mortales yacían olvidados en un rincón del lejano México.

En alta mar

Expulsado de la urss en 1929, León Trotsky residió varios años en

la Isla de Prinkipo, frente a la costa turca, antes de vivir en Francia,

de donde fue deportado. Finalmente, el gobierno «socialista» de

He descripto esa época en el tomo II de Revolución y Contrarrevolución en la

Argentina, Editorial Plus Ultra, 3ª edición, Buenos Aires, 1966. [N. del E] Este es el texto de González Tuñon que menciona Ramos, apareció en Canciones del Tercer Frente, pág. 67, Ed. Problemas, Buenos Aires, 1941, escribe Tuñón:

«Sobre el cadáver de León Trotsky: en Coyoacán, palacete campestre pagado por el dinero norteamericano, ha muerto León Trotsky, literato notable, hombre pequeño y traidor del Partido Comunista y de la Unión Soviética. Nunca fue antifascista como nosotros lo fuimos —y lo somos— recordad, camaradas, los terribles años. Estaba inquieto últimamente porque mientras los imperialismos se desangran la Unión Soviética construye avión tras tanque día a día… En la radio de Ámsterdam por diez mil dólares —en los años terribles— dirigió al New York Times un mensaje —él, el hombre de la «revolución permanente»— delatando y calumniando a sus viejos camaradas del Partido… Dijo al «Plan Quinquenal»: «No…», y el Plan Quinquenal… vosotros lo sabéis… Hoy que la prensa reaccionaria del mundo canta loas a su pobre cadáver de viejo resentido arrojándole la final paletada de tierra de ignominia, cómo se agranda la figura de Lenin cuya memoria fue escupida por los que hoy exaltan al Traidor, y cómo, cómo se agranda la figura de Stalin, el fantasma del fascismo y del imperia- lismo, la expresión suprema de nuestra causa y de nuestro Partido… Atrás, pequeño hombre. La tierra generosa hará con tus cenizas lo que hace con las cenizas de todos los hombres: algo útil a la tierra. Recién ahora tu carne, torturada de envidia y fiebre oscura, tendrá un sentido, una función, pero los pueblos y el Partido no olvidarán que hubo un traidor… Atrás, peque- ña sombra de lúcida maldad. Silencio sobre la tumba del pobre León Trotsky, cuidador de conejos, esposo y padre… Que su ceniza tenga paz, pero no su memoria.» Toma de revista Izquierda Nacional Nº25, agosto de 1973

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Noruega le concedió un permiso de estadía que reveló rápidamen- te su fragilidad. El socialista Trigve Lie, futuro secretario de las Naciones Unidas, era ministro de Justicia del rey Haakon. Pero prevalecieron en el gabinete socialista noruego con mayor fuerza los intereses de los vendedores de arenque que el célebre derecho de asilo. El arenque era el producto fundamental que Noruega vendía a la Unión Soviética. Los armadores noruegos presionaron sobre los socialistas en el gobierno. El asilo se transformó en cárcel. Bajo la extorsión comercial de Stalin, los arenques socialistas apro- baron la expulsión de Trotsky de la dulce Noruega, con sus fiords profundos, la intransigencia protestante y sus eficientes cooperati- vas. En esos mismos momentos Stalin sometía a la farsa judicial de los Procesos de Moscú a los fundadores del Estado, y los fusilaba a todos. La combinación de estas circunstancias colocó al prota- gonista de la Insurrección de Octubre y camarada de Lenin en la posición de un proscripto universal. Cincuenta países le rehusaron la entrada. En tanto Stalin lo acusaba en los procesos de «agente inglés» primero y luego de «agente de Hitler», Trotsky se convertía en símbolo de la peste. Todas las puertas se le cerraban, en el más literal sentido de la expresión. Arrojado de la patria de Ibsen, aquella frase del drama «el hombre que está más solo es el más fuerte», adquiría para Trotsky una inflexión irónica. La ralea de los real politic, que pululan y han pululado siempre en las redacciones de los renegados y conformis- tas del mundo, estaba satisfecha. El gobierno «socialista» noruego introdujo a Trotsky y a su compañera Natalia Sedova en el vapor petrolero «Ruth», acompañado de dos policías y los lanzó al océa- no. El buque tenía un destino imprevisto: México.

Los procesos de Moscú

Rodeados del mar inmenso, sin amigos, ni recursos, ni noción clara de lo que podía aguardarle en ese país para él exótico, Trotsky escu- chó por la radio de la nave, de la que era el único pasajero, las pri- meras noticias de los escalofriantes Procesos de Moscú. El antiguo menchevique Vishinsky, que en 1917 se había pronunciado contra

Véase Trotsky, Los crímenes de Stalin, Ed. Zig-Zag, Santiago de Chile, 1938,

e Isaac Deutscher, Le prophete hors la loi, tomo III, Editorial Julliard, París, 1965. Diez años más tarde el delegado soviético ante la onu proponía el nombre del arenque noruego como Secretario General del organismo. La gPu tenía la mano larga y buena memoria para sus amigos.

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la Insurrección de Octubre y colaboraba con los ejércitos blancos, era ahora el Fiscal del Estado a las órdenes de Stalin. Personaje per- fectamente adaptado para tal misión, Vishinsky pidió a la Corte la pena de muerte para esos «perros rabiosos». Las más notorias figuras políticas del partido bolchevique —Zinoviev, Kamenev, Bujarin, Preobrayensky, Radek, Piatakov y otros centenares de fundadores del partido, del Estado y de la Internacional Comunista— estaban sentados en el banquillo de los acusados. Entre todos ellos suma- ban varios miles de años de cárcel por condenas bajo el zarismo. Un ex menchevique acusando a los fundadores del bolchevismo de «traición» habría sido un tema tentador para una farsa de Bertold Brecht, si Brecht mismo no se hubiera arrodillado en ese momento ante los pies de Stalin. Comunismo o no, el poder era el poder. El bochornoso espectáculo fue apoyado o consentido por los in- telectuales soviéticos y europeos más reputados: Máximo Gorki, Chojolov y Ehrenburg capitulaban en la Unión Soviética ante la policía política de Stalin, como lo haría treinta años más tar- de el domesticado rebelde Evtuchenko. Fuera de la urss, Teodoro Dreiser, Henrí Barbusse, Louis Aragón, Romain Rolland, Anne Strong, Paul Sweezy, Bertrand Wolfe, André Malraux y centenares de intelectuales «antifascistas» sumaban al coro bien retribuido de Stalin sus lágrimas de tinta. ¡Cómo dudar de la justicia soviética! Abogados del rey de Inglaterra y juristas franceses liberales asentían gravemente a los Procesos. Pastores de almas y ghandianos senti- mentales como Rolland, aventureros con pocos escrúpulos como Malraux, novelistas como Barbusse, que comparaba el cráneo de Stalin a una «cabeza de sabio», asistían con cierto alivio a la ex- terminación de los revolucionarios que habían fundado el Estado soviético: Stalin ya era para ellos una garantía de respetabilidad. La Europa burguesa progresista, como otrora la Santa Alianza, aplau- día el terror contra los jacobinos. La repugnante máscara de esta unanimidad era el «antifascismo». Stalin por lo demás, mantenía excelentes relaciones con las grandes democracias coloniales, a las que cortejaba en búsqueda de un acuerdo diplomático contra Hitler. Entre Hitler y las demo- cracias (incluída entre estas últimas a la gPu) no había lugar para el pensamiento marxista y mucho menos para el último revolu- cionario de Octubre. Alianza fatídica, esa fusión de liberalismo y stalinismo marcará con su sello toda una época.

Deutscher, op. cit.

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Mucho antes que la expresión fuese acuñada, la «coexisten- cia pacífica» entre la burocracia soviética y el imperialismo demo- crático estaba en vigencia bajo Stalin y los Frentes Populares. Gran parte de la pobre clase intelectual pequeño–burguesa, temblando de miedo entre la reacción fascista y la reacción stalinista, se rindió a la burocracia. Manifestaba así su adhesión hacia una «revolución ocurrida hace mucho tiempo en un país lejano». El poder stalinis- ta recompensaba con largueza esa docilidad: los viajes, las becas, las traducciones y la técnica glorificadora del aparato mundial del stalinismo constituían un verdadero néctar para los espíritus sen- sibles. La era del «intelectual rosa» se reproduciría después de la Segunda Guerra Mundial y rebrotaría al día siguiente del triun- fo de la Revolución Cubana, con las ondas sísmicas de arribistas, alegres viajeros y burgueses progresistas partidarios del «guerrille- rismo» verbal. A esta raza de trepadores ávidos, dispuestos a pa- gar rápidamente el costo de sus giras con odas de encargo, la per- sonalidad de Trotsky le provocaba los mismos estremecimientos de repulsión que ellos suscitan en todo revolucionario. Resultaba perfectamente claro que mientras las letras y las artes soviéticas enmudecían bajo las descargas de las ejecuciones, los intelectuales europeos y argentinos derramaban lágrimas de admiración y grati- tud por el verdugo supremo. Se coreaba con noble entusiasmo, en los medios intelectuales, el burlesco aforismo de Stalin: «El capital más precioso es el hombre». Al alejarse por segunda y definitiva vez del Viejo Mundo, Trotsky podía haber repetido su frase de 1916:

«Es la última vez que miro a esta vieja canaille de Europa».

El México revolucionario

El petrolero «Ruth» y sus singulares pasajeros llegaron al puerto mexicano de Tampico el 9 de enero de 1937. No faltaban razones para los recelos que asaltaban a Trotsky al desembarcar en América Latina. La brusquedad de la partida, la incomunicación con sus amigos, el misterioso país que lo recibía, se combinaban en las cavilaciones del revolucionario con residuos del clásico prejuicio europeo hacia América Latina. Su propio hijo, León Sedov, le es- cribía a Noruega antes de su partida, líneas asombrosas en las que manifestaba su alarma ante la noticia del viaje a México: En esos lugares se encuentra un asesino por un puñado de dólares.

Ibidem

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No sospechaba el infortunado León Sedov al escribir la frase que él mismo moriría un año más tarde a manos de asesinos de la «gPu socialista». Y su muerte trágica no se produciría en un remoto punto del globo como México, sino en el centro superci- vilizado de Europa, en París. Tampoco serían sus ejecutores bandi- dos mexicanos de grandes sombreros, alquilados por un puñado de dólares, sino cultos y reputados cirujanos de una clínica francesa, sometidos al dictado de la policía de Stalin. El notable biógrafo de Trotsky, Isaac Deutscher, emplea una imagen no menos impropia para el único país del mundo que brindaba su protección al perseguido: «Trotsky, aunque impacien- te por abandonar Noruega, mostraba alguna repugnancia, en un momento tan crítico, de buscar abrigo en un país a la vez tan ale- jado y de tan mala reputación por su política de capa y espada». Aunque probablemente la expresión citada pertenece a la pluma de Deutscher, la desazón de Trotsky y su desconocimiento de América Latina eran auténticos. El compañero de Lenin había vivido gran parte de su existencia en Europa y un breve período en Estados Unidos. Durante el confinamiento stalinista residió en Alma Ata, junto a la frontera china. Conocía profundamente los problemas del Extremo Oriente, a los que consagró páginas insustituibles. Sus libros sobre Inglaterra, Francia, Alemania y España perduran como textos clásicos del análisis marxista. Pero América Latina aparecía ante él, y ante la mayoría de los revolucionarios rusos y europeos, como un vasto continente al margen de la historia, sal- vo por la vaga repercusión de sus incesantes e indescifrables gol- pes de Estado. Esto puede ser fácil de explicar si se considera que mientras China había sido transformada en una «hipocolonia» por media docena de potencias euroasiáticas, comprendida la propia Rusia zarista, y en consecuencia la «cuestión china» era un tema corriente de discusión entre los revolucionarios de la generación de Trotsky, América Latina constituía un secular coto de caza des- pedazado entre Gran Bretaña y Estados Unidos, excluído de los canales informativos de la prensa mundial. La frase de Deutscher sobre el país «de capa y espada» parece arrancada más bien de un guión de Hollywood que de las páginas de su magnífica obra. Esto demuestra que aun los mejores espíritus de Europa no han podido

Ibidem

Véase Adónde va Inglaterra; Adónde va Francia; Mis peripecias en España (hay

edición argentina, Editorial Pucará, 1968); Escrits, III, Editorial Marcel Diviere et Cíe, París,

1955

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emanciparse de las «ideas dominantes» que su burguesía ha im- puesto acerca de los mundos excéntricos que domina. Pero las sospechas de Trotsky se disiparon antes de desem- barcar. El presidente de México, general Lázaro Cárdenas, había enviado un alto Jefe del Ejército a recibirlo en su nombre, y pues- to a su disposición en Tampico el tren presidencial. En el puerto aguardaba Frida Kahlo, la mujer del gran pintor y amigo político de Trotsky, Diego Rivera. Un numeroso grupo de exiliados y ca- maradas de México y Estados Unidos le ofreció una afectuosa aco- gida. El representante personal del presidente Cárdenas informó a Trotsky que el gobierno mexicano no lo consideraba un asilado sino un invitado especial de México. «El contraste entre la calurosa recepción de México y el adiós glacial de Noruega era tan abrupto que parecía irreal». Trotsky encontraba al fin, en la tierra latinoamericana, el refugio que le había sido negado en los paraísos democráticos y en el jardín stalinista. El clima, los colores, las gentes y hasta las frutas mexicanas sedujeron al viejo revolucionario. De los helados fiords noruegos con sus socialistas beatos y prolijos, al exuberante México de los campesinos armados y del sol tórrido, no habría de encontrar Trotsky sólo un cambio climático. Aquella revolución agraria y nacional iniciada en 1910 había alcanzado en 1936, bajo 1a dirección de Cárdenas, su etapa más profunda. México había sido durante las primeras décadas de este siglo fuente inspiradora de los movimientos revolucionarios en América latina. La revolución mexicana constituía la primera manifestación de los grandes mo- vimientos nacional–democráticos del siglo XX. El aprismo peruano y su fundador, Haya de la Torre, encontrarían en la Revolución Mexicana y en la Reforma Universitaria de Córdoba de 1918 los dos ejemplos fundamentales. La clase media urbana y un peón rural transformado en pequeño propietario, tales eran las clases sociales que alimentarían durante largos años las esperanzas e ilusiones del nacionalismo revolucionario pequeño–burgués en América Latina. Es fácil comprender que los ultraizquierdistas verbosos de nuestro tiempo contemplen con su jactanciosa ignorancia estos movimien- tos que movilizaron a millones de hombres. Pero ya se sabe que para ese género de «izquierdistas» la historia universal se reduce a un puñado de frases tan altisonantes como vacías.

Deutscher, op. cit.

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Las sangrientas luchas de Zapata y de Villa —los peones del Norte y del Sur— habían concluido con el asesinato de sus jefes. Los antiguos soldados de la guerra civil se habían elevado al poder. Desde Obregón hasta Cárdenas, en el curso de una pequeña década de distribución de tierras, el nuevo Ejército y la peque- ña burguesía revolucionaria pasan de la lucha contra los terrate- nientes nativos al enfrentamiento con el imperialismo extranjero. Cárdenas es su caudillo. En golpes sucesivos, de repercusión inter- nacional, nacionaliza el petróleo de propiedad británica y yanqui, y los ferrocarriles, al mismo tiempo que eleva la distribución de las tierras a niveles sin precedentes. Cárdenas apoya públicamente al bando republicano contra la rebelión de los generales franquistas, sostiene la organización de nuevos sindicatos obreros, otorga a los trabajadores la administración de los ferrocarriles nacionalizados. En los grandes edificios gubernamentales de México los murales de los pintores narran el pasado y el presente de la Revolución. El genio artístico de la prehistoria azteca renace en ellos, combinado con las técnicas de la tradición europea. El más eminente pintor de México, Diego Rivera, describe en sus murales no sólo la his- toria de la Revolución Mexicana, sino también la historia de la Revolución Rusa y de la guerra de clases. Esta última se expresa en el arte latinoamericano, así como Trotsky manifestará en la esfe- ra del pensamiento marxista las tareas revolucionarias de América Latina, inconclusas desde Bolívar. Se enlazan así, por las vías del arte y del pensamiento político, la Revolución Latinoamericana y la Revolución Rusa. Tal es el país que invita a residir en su suelo al organizador de la insurrección de Octubre. Ahora puede advertirse el profundo error de León Sedov y de Isaac Deutscher al juzgar a México con los ojos de la inteligencia europea y sus frívolos periodistas.

América Latina en 1937

Al llegar Trotsky a América Latina, la nación latinoamericana su- fría agudamente las consecuencias de la crisis mundial iniciada en 1929. En la Argentina, la oligarquía terrateniente y comercial había regresado al poder en la persona del general Agustín P. Justo. El viejo caudillo nacionalista Hipólito Yrigoyen, derrocado en 1930, había muerto, arrastrando a la tumba el significado renovador de su movimiento. Utilizando hábilmente la crisis, el Imperio britá-

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nico impuso a la Argentina los más pesados tributos: reforzó su control sobre la banca, los transportes, los seguros, los fletes y el comercio exterior. La democracia política había desaparecido jun- to a los buenos tiempos. El liberalismo del antiguo país agrario, rico y pacífico, era superfluo y hasta peligroso para la oligarquía ilustrada. Las sucesiones presidenciales se operaban mediante el fraude electoral más cínico. Era llamado por las clases conservado- ras y su poderosa prensa venal (La Nación, La Prensa, La Razón), el «fraude patriótico». En Brasil, la crisis, por el contrario, permitió el ascenso al poder del estanciero Getulio Vargas. Pero como en Brasil no existía una oligarquía ganadera dominante, sino una oli- garquía cafetera ligada al comercio exterior, Getulio Vargas era en cierto modo el representante de un nacionalismo agrario fundado en el mercado interior. Imprimió un gran impulso al desarrollo industrial, excluyó al pueblo de toda decisión política e instauró el «Estado Novo», remedo semifascista de los regímenes totalitarios europeos. Bajo esa exteriorización político–jurídica reaccionaria, Getulio practicó una política de nacionalismo burgués en las con- diciones de un país semicolonial. Pretendía crear una burguesía nacional y establecer sin lucha, bajo la coordinación de un Estado cartorial paternalista, un equilibrio entre los viejos plantadores

[N. del Ed.] «Cartorial», del portugués cartorio: notaría. El concepto «estado

cartorial» fue acuñado, junto con el de «política de clientela», por el brasileño Hélio Jaguari- be. Los menciona por primera vez en su estudio «Politica de clientela a politica ideológica», en Digesto Económico, San Pablo, 1951. También los desarrolló posteriormente en O Nacio- nalismo na Atualidade Brasileira, IseB, Río de Janeiro, 1958. En «Brasil: un análisis políti- co», Desarrollo Económico, Vol. IIX, Nº 30-31, 1968, dice Jaguaribe: «El proceso creciente de expansión de las ciudades contribuyó al desarrollo de una clase media urbana, sobre todo en Río de Janeiro y en las principales ciudades de provincia: Recife, Salvador, San Pablo y Porto Alegre. El ejército, considerablemente acrecentado en el último tercio del siglo XIX, debido a las exigencias de la guerra con Paraguay, significó un verdadero escape y uno de los instrumentos de promoción política y social más importantes de una clase media marginal. El hecho de que la urbanización brasileña, contrariamente a lo que sucedió en Europa y los Estados Unidos, precediera a la industrialización, condujo a la formación de una numerosa clase media marginal que pocos servicios específicos podía prestar a una sociedad cuya econo- mía se basaba en la exportación de productos procedentes de las plantaciones. Sin embargo, esa clase media económicamente marginal constituía el sector más culto de la población; representaba la opinión pública de las grandes ciudades y ejercía una influencia política cada vez más importante. Su asimilación a los cuadros de la burocracia civil y militar, cuya apertura respondía a esa finalidad, fue la solución que encontró la oligarquía dominante al subvencio- narla con fondos provenientes del erario, preservando así esta última el poder y sus propios intereses. Este sistema, conocido bajo el nombre de “política de clientela”, y que condujo a un tipo especial de estado, el “Estado Cartorial” (literalmente “estado notarial”), consiste, fundamentalmente, en un intercambio de votos por puestos innecesarios. Al integrarla a una burocracia civil y militar, cada vez más numerosa, el “Estado Cartorial” concede a la clase me- dia una fuente de subsistencia, aparentemente con el propósito de prestar servicios públicos, aunque, en realidad, para ofrecer prebendas y puestos más o menos innecesarios a la clientela política. A la vez, el sistema sirve para mantener el statu quo y preservar, bajo la apariencia de un régimen democrático, el dominio oligárquico del país.»

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de café, la burguesía comercial intermediaria de Río y los intere- ses nacionales del Brasil resumidos en el Ejército y la burocracia estatal. En Perú ejercía la dictadura el siniestro general Benavídez. Los intereses petroleros del capital foráneo y los algodoneros de la costa habían fundado una alianza estable con los terratenientes parasitarios de la sierra, para mantener a la sociedad peruana en un estado de petrificación y servilismo perpetuos. Sólo en 1968, con la revolución de Velasco Alvarado, las tendencias nacionalistas del Ejército peruano han logrado por primera vez, desde la dictadura de Bolívar y la batalla de Ayacucho, avanzar hacia la reconquista de una soberanía perdida durante un siglo y medio. Concluída la Guerra del Chaco promovida por el antago- nismo de los monopolios petroleros internacionales, la generación boliviana que regresa de las trincheras inicia una especie sui generis de socialismo militar, de acuerdo a la curiosa calificación en boga. Bajo la conducción del Coronel David Toro y del joven Teniente Coronel Germán Busch, esta revolución en Bolivia no logra reali- zar ninguno de sus objetivos fundamentales. Pero abre el camino para un potente despertar antiimperialista del Altiplano, que se cristalizará bajo las banderas del Mnr (Movimiento Nacionalista Revolucionario) después de 1943. Venezuela ha visto morir estu- pefacta al bisonte Gómez, un anciano déspota criollo que había mantenido al país bajo su bota desde la caída en 1908 del general Cipriano Castro. La era de las regalías petroleras no había sonado todavía; Venezuela permanecía bajo una dictadura indiferente al siglo XX, con la mayor parte de su juventud revolucionaria en la emigración. En Colombia aparecía un ala izquierda del vetusto Partido Liberal, a cuya cabeza figuraba un fogoso tribuno, Jorge Eleicer Gaitán, con arrestos nacionalistas. Pero el sistema biparti- dario, como en el despreocupado Uruguay, semejaba un chaleco de fuerza para el estancado país boliviano, estrujado por sus grandes cafetaleros conservadores y sus cosmopolitas abogados y comer- ciantes liberales. En el Caribe y Centroamérica se turnaban sin reposo los coroneles o picapleitos de las minúsculas fracciones localistas, multiplicadas desde la desaparición de los unificadores Morazán y Barrios. Los dictadores y los regímenes democráticos, en un ince- sante corsi e recorsi, evidenciaban la inutilidad patética de aquellas históricas provincias divididas para construir una sociedad digna de tal nombre, a menos que pudieran integrar una gran Nación.

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Ridículos mercados internos, unilateralidad en las exportaciones, dependencia del capital extranjero y —con frecuencia— de un simple embajador anglosajón, pseudoejércitos desmantelados que cumplían funciones de policía militar, cuanto más se avanzaba ha- cia el Norte, hacia las fronteras del México revolucionario, más monstruosos se revelaban los frutos de la balcanización, y más trá- gico era el destino de los héroes solitarios que se levantaban contra el imperialismo: Sandino es uno de ellos. Quizás Chile y Uruguay permanecían, por algunas caracte- rísticas particulares, al margen del cuadro general. En Chile la ren- ta agraria y las regalías mineras eran administradas por una oligar- quía secular, a la que la crisis de 1929 conmovió profundamente. El tránsito del poder inglés al poder yanqui no alteró casi la estabili- dad de esa oligarquía. Pero en 1932 la efímera República Socialista de Chile demostró hasta qué punto una semicolonia tan moderada como el país del Pacífico contaba con pilares vulnerables. En el Río de la Plata, el Uruguay gozaba de un status especial. Creada por las intrigas del ministro inglés Canning en 1828, la antigua Banda Oriental estaba profundamente vinculada al Imperio: extra- ña asociación de mutuo beneficio, el Uruguay gozaba de óptimas pasturas naturales, de un excelente puerto y de una numerosa clase media formada a la europea, ahorrativa y culta, que absorbía por la vía del Estado protector gran parte del fruto de las exportacio- nes agrarias. En fin, el Paraguay, después de la guerra de la Triple Alianza en 1885, quedó diezmado demográficamente por la guerra criminal de Buenos Aires y Río de Janeiro. Después de la Guerra del Chaco, su postración acentuó su dependencia de la oligarquía porteña, que a su vez dependía del imperialismo inglés. Encerrado en la selva, orgulloso y pobre, sin salida al mar, el Paraguay no ha- bía encontrado en 1938 otro doctor Francia ni otra familia López para simbolizar su coraje legendario.

Fascismo y antifascismo en América Latina

El general Cárdenas debió soportar, inmediatamente después de la llegada de León Trotsky a México, una campaña sistemática de propaganda mundial llevada a cabo por el aparato stalinista para obligarlo a desistir del asilo otorgado al perseguido. Uno de los

Véase Jorge Abelardo Ramos, Historia de la Nación Latinoamericana, Editorial Peña Lillo, Buenos Aires, 1968

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personajes principales de esta campaña era el licenciado Vicente Lombardo Toledano, verdadero hijo de la picaresca cervantina, tan

rica en seres extravagantes, retóricos y huecos que echaron raíces en nuestra América crédula. Se trataba de un producto típico de

la época: el híbrido de demócrata rooseveltiano y stalinista liberal,

que más abundaba en América Latina cuanto más baja era la marea revolucionaria mundial. Encerrado en un suburbio de Coyoacán, en la casa donde finalmente sería ultimado, Trotsky se entregó a un intenso traba- jo intelectual que sería imposible reseñar aquí. Los Procesos de Moscú se sucedían uno tras otro, en una serie alucinante. Los peligros de una guerra imperialista se dibujaban en el horizonte. Después de haber facilitado con su política criminal el triunfo de Hitler, Stalin retrocedía aterrado ante su obra, y reforzaba por me- dio de la Internacional Comunista domesticada la línea del «anti-

fascismo», que traducía su desesperación por obtener un acuerdo diplomático con las «democracias» para aislar a Hitler. En América Latina, dominada por el capital anglo–yanqui y no por el impe- rialismo alemán, esta política se expresó por medio de los Frentes Populares, que reunían en un mismo bando a las oligarquías li- berales, a los partidos pequeño burgueses vinculados a los «focos

de civilización» de los puertos, y a las llamadas «izquierdas». Estos Frentes Populares suponían, por su propia naturaleza de clase, el abandono de la lucha contra el imperialismo y su sustitución por

la «lucha antifascista». En otras palabras, la alianza entre las fuerzas

populares de los países semicoloniales con sus explotadores nativos

y sus amos extranjeros, que eran precisamente los competidores

económicos y políticos de Hitler y Mussolini. En los únicos países atrasados donde la política del Frente Popular asumió un profundo significado fue en China y Yugoslavia, donde el imperialismo japonés y los nazis invadían el país. Pero en estos casos ese Frente Popular tomaba las caracterís- ticas de un Frente Nacional revolucionario contra el invasor fas- cista, con los resultados conocidos. Es cierto que en ambos casos, el chino y el yugoslavo, tales políticas se hicieron contra Stalin; después del triunfo de ambas revoluciones, la burocracia soviéti-

ca intentó estrangularlas, aunque sin éxito. En América Latina, la única voz procedente del campo marxista que se elevó contra el imperialismo y proclamó la necesidad de crear una Confederación Latinoamericana de Estados Socialistas fue la voz de Trotsky. Ya en

Jorge Abelardo Ramos

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1934, desde Prinkipo, Trotsky había percibido el sentido general de la revolución latinoamericana: «Los países de Sud y Centroamérica no pueden librarse del atraso y del sometimiento si no es uniendo a todos sus Estados en una poderosa federación. Esta grandiosa tarea histórica no puede acometerla la atrasada burguesía sudamericana, representación completamente prostituída del imperialismo, sino el joven proletariado latinoamericano, señalado como fuerza diri- gente de las masas oprimidas. Por eso, la consigna de lucha contra las violencias e intrigas del capital financiero internacional y contra la obra nefasta de las camarillas de agentes locales, es: “Los Estados Unidos Socialistas de Centro y Sudamérica”».0 Se trataba de la primera referencia en la literatura marxista mundial a la necesidad de una unión de las Repúblicas latinoamericanas en una confede- ración socialista. Su inmensa importancia radicaba en la vincula- ción de la cuestión nacional irresuelta con el pensamiento marxista. Desde los tiempos de Bolívar, San Martín, Artigas y Morazán, es decir, desde la disolución de los vínculos del extinto Imperio his- panocriollo, América Latina había obtenido su independencia de España y Portugal sin consumar su unidad nacional. Al disgregarse en veinte soberanías sin poder, la Nación latinoamericana dividida quedó en manos de las oligarquías exportadoras, que reinaron so- bre cada provincia aislada, con la ayuda del imperialismo extranje- ro. Los unificadores militares primero, y los teóricos de la unidad latinoamericana pertenecientes a la pequeña burguesía intelectual después, dejaron pálidos rastros en la arena, signos imprecisos de un enorme proyecto nacional frustrado. Cuando a principios de siglo aparecieron en América Latina los primeros marxistas, la bal- canización parecía un hecho tan irrevocable, y dichos marxistas estaban tan influidos por las categorías puramente europeas de la doctrina, que dieron por aceptada tácitamente la idea de que América Latina era un raro compuesto de veinte naciones inde- pendientes, que aunque vinculadas por la lengua, debía cada una de ellas obtener su redención socialista por separado. Este «socialis- mo en un solo país» avant la lettre, se iría a traducir en el stalinismo posterior de América Latina como un socialismo para cada uno de los veinte países. Si desde el punto de vista puramente burgués resulta imposible concebir el desarrollo capitalista de una nación dentro de un espacio político y una población reducidas, mucho

Trotsky, Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina, Editorial Co- yoacán, Buenos Aires, 1961

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menos es posible pensar en una sociedad socialista planificada en países insignificantes por sí mismos. Estas «naciones no viables», para emplear la expresión de Marx, formadas por la balcanización,

parecían a los primeros marxistas latinoamericanos el terreno ideal para implantar el socialismo. Para comprender la importancia del pensamiento de Trotsky sobre la revolución latinoamericana, es necesario recordar los rasgos esenciales de las primeras ideas marxistas en América Latina. Las manifestaciones iniciales del movimiento obrero re- volucionario procedentes de Europa no siempre estaban influídas definitivamente por Marx. Con bastante frecuencia, las concepcio- nes anarquistas de Bakunin y Proudhon prevalecían en los obreros

y artesanos, generalmente tan inmigrantes como las ideas mismas.

El carácter pequeño burgués de las ideas anarquistas se reforzaba por el hecho de que quienes las sostenían eran obreros especia- lizados, trabajadores de servicios o transportes, o dueños de sus propios medios de producción. Se levantaban contra el incipiente capitalismo latinoamericano, no tanto en nombre del nuevo pro- letariado cuanto de las formaciones sociales precapitalistas a que pertenecían. Esto resulta bastante claro hasta en el Manifiesto del 19 de Mayo de 1890 en Buenos Aires, firmado por la Asociación Internacional de Trabajadores. En Cuba, por ejemplo, José Martí escribía en 1883 un artí- culo en homenaje a Marx con motivo de su muerte, y si al rendir honores al luchador del proletariado rechazaba su llamado a la vio- lencia, se refería a Bakunin como «un hombre tierno y brillante». Este eco del marxismo y del bakuninismo en el gran precursor sería más nítido en los discursos de Diego Vicente Tejera, un poeta y es- critor cubano, fundador del fugaz partido Socialista de Cuba, en los

que expresaba en líneas muy generales sus aspiraciones de justicia

para los trabajadores, la condición colonial de Cuba, y la necesidad del socialismo para la isla. Convocaba a la razón a la burguesía, y

a un trato de respeto mutuo entre ella y el Partido Socialista. En

Puerto Rico, las ideas socialistas provinieron de un militante espa- ñol, Santiago Iglesias, que organizó los primeros grupos sindicales de la isla y el Partido Socialista Obrero en 1899, afiliado al Partido

Socialista del Trabajo de los Estados Unidos. Es fácil imaginar la calidad de semejante socialismo y las relaciones de este partido con el marxismo cuando se considera que su fundador llegó a desem- peñarse desde 1917 a 1933 como miembro del Senado de Puerto

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Rico, para asumir luego el cargo de Comisionado Residente en los Estados Unidos con sede en Washington, donde falleció en 1939. En la misma época, un hombre que no presumía de socia- lista ni de marxista agonizaba en la cárcel de Atlanta durante largos años por luchar por la independencia de Puerto Rico: Pedro Albizu Campos. En la península de Yucatán, en México, llegó al poder un socialista de extraña extirpe, luego asesinado en el ciclo de la gue- rra civil: Felipe Carrillo. Era un mexicano, un latinoamericano, un socialista agrarista, pero difícilmente podría afirmarse que su acción política se inspiraba en las doctrinas de Marx. En el mismo país el pensamiento marxista no está presente sino bajo una forma canónica y estéril al fundarse el Partido Comunista mexicano por Bertran Wolfe, norteamericano, y Manabendra Nath Roy, hindú, este último enviado por la Internacional Comunista, en mérito — seguramente— de su condición de nativo de la India, lo que haría más fácil su misión en un país de indios. Es obvio añadir que al día siguiente de fundar el Partido Comunista, el hindú Roy abandonó México y no regresó jamás. Un complicado reflejo de Marx en Brasil se hará escuchar por la boca de Tobías Barreto (1839–1889), un orador y agitador mulato, francófobo y germanófilo, propagador de vagas nociones de materialismo histórico, pero políticamente un reaccionario:

le era indiferente la abolición de la esclavitud, pues su condición de mulato ilustrado le infundía cierta arrogancia diferenciadora. También se oponía a la emancipación política y social de la mu- jer, y a la proclamación de la República. Socialismo y marxismo más o menos semejante será el del grande y contradictorio escritor Euclides da Cunha, semipositivista y semimarxista, según los mo- mentos. Sin duda es el médico Silverio Fontes quien introduce, en términos modernos, las ideas de Marx al naciente movimiento obrero e intelectual del Brasil. Pero Fontes, como los posteriores marxistas brasileños, no cuestionaría la balcanización de la penín- sula ibérica, creada por las intrigas del Imperio británico y el aisla- miento recíproco entre España y Portugal, que se prolongaría en la balcanización latinoamericana. Esta generalizada omisión retardaría la concepción marxis- ta sobre la nación latinoamericana. El aislacionismo brasileño con

Cork, 1968

Luis E. Aguilar, Marxism in Latin America, Editorial Alfred A. Knopf, New

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respecto a América Latina era equivalente a la ignorancia latinoa- mericana sobre los problemas del Brasil. El pensamiento marxista entraba a la América hispano–portuguesa disociado y perplejo. Por lo demás, el poderoso influjo del positivismo en la vida cultural del Brasil y en la formación teórica de su Ejército ejerció un papel deformante en la constitución y pensamiento marxista brasileño, empezando por Luis Carlos Prestes, antiguo oficial positivista. Pero donde sin duda alguna las doctrinas económicas de Marx se expresaron formalmente con mayor claridad fue a tra- vés del traductor del primer tomo de El Capital en la europeiza- da Argentina. El doctor Juan B. Justo, positivista, librecambista y políticamente un liberal bernsteiniano, fundó el Partido Socialista sobre tales premisas. Su influencia se hizo sentir al otro lado del Río de la Plata, en la persona del doctor Emilio Frugoni, y hasta se prolongó a Chile, donde Luis Emilio Recabarren, de temple más revolucionario y antiguo militante en el movimiento obrero argentino, fundara el Partido Comunista. Dado el carácter euro- peo de la Argentina y del Uruguay fundado en el usufructo de la renta agraria producida por la pampa húmeda, el socialismo uru- guayo y el socialismo argentino adquirieron desde sus comienzos un evidente carácter reformista. Adversarios de 1a lucha de clases, también lo eran de la dialéctica y de la lucha contra el imperialis- mo. Reproducían en nuestras pequeñas sociedades del Plata la an- títesis teórica de clase contra clase que debía resolverse por la vía de la evolución parlamentaria y, naturalmente, rehusaban asumir las reivindicaciones nacionales y populares de las masas no proletarias del país. Esta concepción los llevó sistemáticamente a alianzas polí- ticas con la oligarquía terrateniente, y a oponerse categóricamente a sostener las luchas que los grandes movimientos nacionales del si- glo XX —yrigoyenismo y peronismo— libraban contra los enemi- gos imperialistas de la Argentina. Tanto el socialismo uruguayo como el argentino desdeñaban las «republiquetas sudamericanas», con sus desórdenes y sus indios (pues se trataba de socialistas posi- tivistas, es decir, de racistas blancos) y proyectaban sus aspiraciones hacia Europa, el continente modelo. Las concepciones de Juan B. Justo han tenido mucha más trascendencia de la que habitualmente se les atribuye. Posee discí-

Vamireh Chacon, Historia das ideáis socialistas no Brasil, Editorial Civilizaçao Brasileira, Río de Janeiro, 1965

Jorge E. Spilimbergo, Juan B. Justo y el socialismo cipayo, Editorial Coyoacán, Buenos Aires, 1961

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pulos que ignoran quién es su maestro: son los ultraizquierdistas verbales, entre ellos numerosos «trotskystas». Pues Justo teorizó dos errores capitales: considerar a la Argentina como una nación (y a las demás provincias latinoamericanas como naciones, aunque bárbaras y mestizas), y precisar el carácter capitalista y burgués de cada una de ellas. Esto suponía —en el «maestro» del socialismo fi- nisecular— disociar la estrategia de la revolución latinoamericana, que es la unidad nacional de los Estados Socialistas, de su táctica, necesariamente aplicable dentro de las fronteras de las provincias balcanizadas. En segundo lugar, el carácter capitalista o burgués de cada uno de los Estados latinoamericanos excluía todo Frente

Nacional Antiimperialista con otras fuerzas no proletarias, y aislaba

al proletariado de Argentina o América Latina de los procesos de las

grandes luchas nacionales. Este «espíritu clasista» respondía perfec- tamente a las necesidades de la oligarquía y del capital extranjero,

que siempre han visto con simpatía la disociación entre la acción marxista y las banderas nacionales. Los discípulos «trotskystas» o

«ultraizquierdistas» de Juan B. Justo (chinos o fidelistas incluídos) tienden así a convertirse en sectas impotentes y fraseadoras de ofi- cio. No es inútil advertir que ni Lenin, ni Trotsky, ni Mao, ni Fidel practicaron jamás esta política, pues de haberla llevado a cabo no habrían triunfado jamás. El único socialista de la Argentina que consideró a América latina como una nación inconstituída fue Manuel Ugarte, pero casi resulta obvio añadir que Ugarte fue expulsado del Partido Socialista. En el Perú, es José Carlos Mariátegui el pensador que mejor representa el pensamiento marxista, y uno de los prime- ros contribuyentes originales a la comprensión de la revolución latinoamericana. Su libro Siete ensayos de la realidad peruana per- manece como una de las raras obras que testimonian la voluntad de América Latina para elevarse a su autoconciencia. Sin embar- go, toda la tradición cultural peruana impidió que Mariátegui se emancipase por completo de las ideas residuales que flotaban en su época. Restos de bersognismo y sorelismo, recuerdos de Nietzsche

y del liberalismo romántico, se deslizan a lo largo de su obra. No

menos significativo es su silencio hacia la cuestión nacional lati- noamericana, que en el nacionalista marxistizante pequeñobur- gués Haya de la Torre constituirá el eje mismo del pensamiento aprista, en el primer período de ese movimiento. La disociación

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entre Mariátegui y el primer Haya de la Torre, entre el introductor del pensamiento marxista en el Perú y el creador del nacionalismo latinoamericano, resultaría un hecho trágico. Demostraría que ni el proletariado ni la pequeña burguesía podían resolver, aun en el dominio teórico, la fusión de los aspectos nacionales y los aspectos socialistas de la revolución latinoamericana, o en otras palabras, concebirla como un proceso único y continuo de revolución per- manente. Mientras Mariátegui acentuaba el carácter socialista de la revolución latinoamericana («será socialista o no será»), Haya de la Torre omitía el papel conductor de la clase obrera en el frente revolucionario y subrayaba la importancia de la cuestión nacio- nal. Pero ni el proletariado latinoamericano —como en cualquier país atrasado— podía realizar por sí mismo la revolución, ni la pequeña burguesía ni el campesinado estaban en condiciones de conducirla sin el proletariado, y sin pasar a las formas socialistas de planificación (que no son el socialismo). Tampoco la revolución podía detenerse en las fronteras de cada Estado para construir el «Estado Antiimperialista» de Haya, sino confederarse entre todos ellos; ni podía hacerse una «revolución socialista», pura y simple, como pretendía Mariátegui, pues no existen en América Latina los prerrequisitos tecnológicos del socialismo. Cuando Trotsky comienza a estudiar América Latina desde México, el stalinismo dominaba la escena. Y por supuesto Mariátegui había muerto, Haya había renunciado a sus tesis an- tiimperialistas iniciales, y el Frente Popular de la traición parasita- ba en cada Estado balcanizado, repitiendo aquí los gestos simiescos de los Frentes Populares de la decadente Europa. El marxismo en Bolivia tuvo dos introductores modernos:

José Antonio Arze y José Aguirre Gainsborg. El primero dio naci- miento al PIr y fue la expresión reformista y conciliadodora de un cripto-stalinismo antiplánico de oscura memoria, pues pactó con todos los gobiernos oligárquicos que se recuerdan en los últimos treinta años de Bolivia. Aguirre Gainsborg, de mayor alcance teó- rico y político, fundó el Partido Obrero Revolucionario, pero su temprana desaparición lo exime de responsabilidad por el sectaris- mo obtuso de sus epígonos, curiosamente llamados «trotskystas». No obstante, la influencia ideológica de Aguirre Gainsborg ha sido y es profunda en Bolivia, pues fue uno de los escasos marxistas que podía invocar su condición de discípulo de Trotsky; es Bolivia, jus- tamente, donde la balcanización es sentida como una llaga viva, y

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la necesidad de ponerle término es sentida como la única respuesta apta para elevarse a la civilización y al socialismo. Ahora quizá se pueda comprender mejor la contribución de Trotsky a la inteligencia de la revolución latinoamericana, a la estrategia de unificación y a las tácticas diversas impuestas por el complejo panorama trazado y el primitivismo que brota de él. Las ideas de Trotsky sobre América Latina reestablecían el pen- samiento olvidado de Lenin sobre la cuestión nacional, y religa- ban el presente latinoamericano a la tradición perdida de la proeza bolivariana. De ahí su incomparable fuerza, que ha sobrevivido a todas las catástrofes del último cuarto de siglo, y que encuentran su expresión en el Partido Socialista de la Izquierda Nacional de la Argentina.

Trotsky y la revolución latinoamericana

La esencia de la contribución teórica y política de Trotsky a la for- mación del pensamiento marxista latinoamericano puede sinteti- zarse de la manera siguiente, empleando frases textuales —apenas resumidas—, del propio Trotsky:

1) Los políticos marxistas de los países latinoamericanos de- ben tener presente que hay dos clases de países en nuestro tiempo:

las naciones opresoras y las naciones oprimidas. Esto supone que un marxista debe considerar en primer término la naturaleza social e histórica del régimen, antes que las formas políticas externas de dicho régimen. La democracia tiene un significado diferente para el México de Cárdenas, y otro muy distinto para Inglaterra, aun- que el primero sea gobernado por un general nacionalista, y Gran Bretaña por un intelectual socialista. El patriotismo en América Latina es progresivo, y en Inglaterra es reaccionario. 2) Bajo cualquier máscara es preciso saber descubrir el ban- do al cual, por más precario que sea, debe brindar su apoyo el partido marxista. En Brasil existía un régimen político antidemo- crático, con Vargas. En Inglaterra, prototipo de la democracia im- perialista, un régimen parlamentario que garantizaba las libertades democráticas. En caso de guerra entre ambos países, sin embargo, un revolucionario debería apoyar al Brasil reaccionario contra la

Véase Clase obrera y poder, Tesis programáticas del Partido Socialista de la Iz-

quierda Nacional, Buenos Aires, Editorial Izquierda Nacional, 1964. [N. del E.] Ver versión electrónica (.pdf) en el sitio web de la Izquierda Nacional.

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Inglaterra democrática. Si Brasil fuese derrotado en caso de una guerra, Inglaterra pondría otro dictador en el poder y acentuaría la dependencia semicolonial de ese país. Si Inglaterra fuese derrotada, en cambio, el triunfo del Brasil conduciría a un despertar nacional y revolucionario del pueblo brasileño, y muy probablemente a una democratización de su régimen político; al mismo tiempo, la de- rrota inglesa conmovería al aburguesado proletariado británico y lo incorporaría a la lucha de clases dentro del Imperio. 3) Los gobiernos de los países latinoamericanos asumen ge- neralmente un carácter bonapartista o semibonapartista. Difieren unos de otros en que algunos de ellos se apoyan en las masas popu- lares para resistir las pretensiones del imperialismo, y se ven obliga- dos a conceder a aquéllas amplias ventajas de distinto orden. Otros de esos gobiernos se inclinan a marchar hombro con hombro con el capital extranjero. Distinguir a ambos, y actuar en consecuencia, es lo que separa a un verdadero revolucionario de los vendedores de frases, que terminan generalmente como ala izquierda del im- perialismo. 4) El carácter de estos gobiernos está determinado por la debilidad general del país, que encuentra en un régimen autorita- rio la única posibilidad de actuar frente al gigantesco poder cen- tralizado del imperialismo extranjero. La democracia política en América Latina ha sido siempre rara, justamente porque ella es un privilegio de la abundancia de los países ricos. 5) Dado que el papel principal lo desempeña en los países atrasados el capital extranjero y no el capital nacional, la burgue- sía nativa ocupa una posición mucho menos importante que la que corresponde al desarrollo de la industria. El proletariado, en cambio, juega un papel mucho más importante que la burguesía, puesto que el capital extranjero no importa obreros sino que prole- tariza a los trabajadores del país. Esta situación peculiar asigna un rol predominante a la clase obrera como conductora de las luchas nacionales. 6) La expropiación del petróleo (por Cárdenas) no es co- munismo ni socialismo: es una medida profundamente progresiva de autodefensa nacional. Marx no consideraba en modo alguno a Abraham Lincoln como comunista. Esto no impidió a Marx ma- nifestar su profunda simpatía por la lucha que Lincoln dirigía. La Primera Internacional envió al Presidente de la guerra civil una nota de salutación, y Lincoln en su respuesta apreció calurosamen-

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te este sostén moral… La causa de México, como la de España, como la de China, es la causa de toda la clase obrera del mundo. 7) En los países industrialmente atrasados, el capital extran- jero desempeña un papel decisivo. De aquí la debilidad relativa de la burguesía «nacional» respecto del proletariado «nacional». Esto da origen a condiciones especiales del poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el doméstico, entre la débil bur- guesía nacional y el proletariado relativamente poderoso. Tal situa- ción confiere al gobierno un carácter bonapartista «sui generis». Se eleva, por decirlo así, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar ya convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y aherrojando al proletariado con las cadenas de una dictadura poli- cial, o bien maniobrando con el proletariado hasta llegar a hacerle concesiones, y obtener así la posibilidad de cierta independencia respecto de los capitalistas extranjeros. 8) En América Latina las medidas nacionalizadoras perma- necen enteramente dentro del dominio del Capitalismo del Estado. Pero la fuerte presión del capital extranjero sobre ese Estado semi- colonial determina que no pueda mantenerse tal política naciona- lista sin el apoyo del pueblo y los obreros. 9) El ultraizquierdismo en los países atrasados es el otro polo del oportunismo sin principios. Es el histérico pago pequeño burgués por los pecados de la conciliación stalinista. El stalinismo, con su política «ultrademocrática» origina los errores «ultraizquier- distas». Estos últimos niegan el carácter progresivo de las luchas nacionales de los pueblos atrasados. Con el slogan de la China sos- tenían, por ejemplo, que el Japón imperialista que invadía la China semicolonial de Chiang Kai–Shek era una guerra «entre burgue- ses», y se oponían a defender a China a causa de Chiang Kai–Shek. Esto es una imbecilidad. Pero una imbecilidad elevada a semejante nivel equivale a traición. El patriotismo japonés es la máscara del bandidaje mundial. El patriotismo chino es legítimo y progresivo. Poner a los dos en el mismo plano y hablar de «socialpatriotismo» o «nacionalismo burgués» sólo puede hacerlo quien no ha leído a Lenin, quien no ha comprendido la actitud de los bolcheviques durante la guerra imperialista, y quien no puede más que compro- meter y prostituir las enseñanzas del marxismo. 10) Nosotros no hemos puesto nunca —ni pondremos jamás— en un mismo plano a todas las guerras. Marx y Engels apoyaban la guerra revolucionaria de los irlandeses contra Gran

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Bretaña o de los polacos contra el Zar, aunque en estas dos gue- rras los jefes eran en su mayoría burgueses. Cuando Abd el Krim se levantó contra Francia, los demócratas y los socialdemócratas hablaron con desprecio de la lucha de un tirano salvaje contra la democracia; el partido de León Blum sostenía este punto de vista. Pero nosotros, marxistas y bolcheviques, considerábamos la guerra de los rifeños contra la dominación francesa como una guerra pro- gresiva.

La herencia de Trotsky

En el período de reacción que se extiende desde 1930 hasta 1945, el mayor peligro del movimiento revolucionario provenía del oportu- nismo stalinista y de la socialdemocracia no menos oportunista. A partir de 1945 se extiende a escala mundial una marea revoluciona- ria que, pese a sus periódicos reflujos, culmina con la Revolución Cubana. La última chispa de la revolución en Europa había sido la Guerra Civil Española de 1936-1939. A partir de ese momento, el estallido de la Segunda Guerra Imperialista y sus efectos, traslada el eje revolucionario hacia las colonias y semicolonias. La histo- ria del mundo se desplaza hacia los «continentes bárbaros». Pero el mismo atraso histórico que obliga a madurar las condiciones revolucionarias en los pueblos coloniales, determina un bajo coefi- ciente en la «acumulación cultural y primitiva», y la pérdida de la tradición marxista europea de la que se había nutrido, en los largos años de emigración, la vanguardia bolchevique rusa. Toda suerte de ideas y semi–ideas, de teorías y semi–teorías, hacen su aparición en América Latina. La pequeña burguesía más o menos ilustrada de las ciudades, conmovida por el rápido y espectacular triunfo de la Revolución Cubana, aspira a repetir el prodigio. Esta pequeña burguesía por lo general está decepcionada del stalinismo y de los grupos socialistas amarillos; o procede del nacionalismo pequeño- burgués. Su inclinación hacia la ultraizquierda es inevitable, por un período, como la ruta más corta a la victoria. Hay bastante de inconsciente exitismo en la difusión de tal fórmula, y en el tácito desdén de tales sectores por las experiencias del movimiento revo- lucionario mundial. De ahí que la herencia política de Trotsky en América Latina recién ahora comience a dar sus frutos. Los pro-

Trotsky, Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina.

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pios «trotskystas» la han ignorado, como han ignorado la mayoría de los sectores de izquierda las ideas leninistas sobre la cuestión nacional. Pero si en las épocas de reacción prospera el oportunismo como política de adaptación a una difícil situación objetiva, en las épocas revolucionarias el peligro proviene del ultraizquierdis- mo, que se nutre de los pequeño–burgueses impacientes por ex- tender su mano y arrancar las manzanas de oro del jardín de las Hespérides. Reunir la tradición de Bolívar con las ideas marxistas re- planteadas por Trotsky en América Latina constituye el deber inex- cusable de todo revolucionario serio que no se alimente de pala- bras.

La titánica obra intelectual y política de León Trotsky to- caba a su fin. La gPu preparaba desde hacía años su eliminación fí- sica. En la plaza Djerhinsk nº 2, en Moscú, el edificio de la policía política de Stalin había consagrado tres pisos íntegros a los archivos sobre Trotsky, planes de vigilancia, maquettes de su residencia, fo- tografías y estudios sobre el plan de su asesinato. Estas operacio- nes estuvieron a cargo del Coronel Serebriansky en Moscú, y del General Leonov en México. Leonov era el Mayor General Leonide Eitington, conocido durante la guerra de España bajo el nombre de General Kotov, y a cuyas órdenes trabajó un equipo de asesinos en Cataluña, que ejecutó a numerosos revolucionarios antistalinistas, entre ellos Andrés Nin, Secretario General del Partido Obrero de Unificación Marxista de España. En las torturas y asesinato de que fue víctima Andrés Nin participó directamente un antiguo funcio- nario de la policía secreta soviética, Vittorio Codovilla, que inter- mitentemente actuaba en diversos períodos como jefe del Partido Comunista de la Argentina. El general Leonov era amigo personal de Caridad Mercader, agente de la policía soviética en Barcelona y París, y cuyo hijo, Ramón Mercader del Río, logró filtrarse en la residencia de Trotsky en Coyoacán y asesinarlo en su estudio. Los documentos y detalles completos de esta historia de horror, que basta para deshonrar de arriba a abajo al stalinismo, han sido pu-

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blicados innumerables veces en todas las lenguas. Sólo ella per- mite medir la degradación burocrática de la Unión Soviética fun- dada por Lenin y por Trotsky, y comprender los acontecimientos del presente, sea la «coexistencia pacífica» o la invasión de Hungría y Checoslovaquia. Por sobre todo, permite comprender que ni la historia de la humanidad ni la historia de las revoluciones siguen un curso recto y esplendente, de incesante progreso, como lo pro- clamaban los cándidos positivistas del siglo XX. Vivimos en una época de guerras y revoluciones, que sólo tendrá término cuando la sociedad capitalista sea sustituída por la sociedad socialista en todo el planeta. Cada acontecimiento parece sumir en una sombra definitiva al acontecimiento precedente y a sus héroes. Pero un revolucionario verdadero debe evitar que el hilo de la historia le sea arrebatado y debe saber ver en la continuidad de los hechos su sentido profundo. Cuando en 1940 el asesinato de Trotsky no suscitó en la opinión pública sino indiferencia gene- ral, pareció que el héroe de la Insurrección de Octubre había sido devorado por la historia, como ocurre generalmente a los políticos burgueses, a esa especie interminable de presidentes, ministros y generales que pasan por el poder efímeramente. En junio de 1968 tuve oportunidad de asistir en París a la «revolución cultural» de estudiantes y obreros. Advertí que en el anfiteatro de la Sorbona se elevaban tres grandes retratos: los de Guevara, Mao y Trotsky. Los estudiantes de París no habían logrado encontrar en su propio país, ni siquiera en la vieja Europa aun próspera, a los símbolos de su lucha. Habían ido a buscarlos en las montañas de América Latina, en las llanuras chinas o en las estepas rusas. En el caso de Trotsky, la reivindicación era doble, pues no sólo se veía en él a un héroe extraeuropeo, sino al hombre más calumniado del siglo XX. En ese tributo a su integridad heroica se adivinaba el anticipo del veredicto final. Pues la historia es lenta, pero implacable.

Isaac Don Levine, L’homme qui a tué Trotsky, Ed. Gallimard, París, 1960. En las memorias de Jesús Hernández, el General Krivitsky y el General Orloy; en Revolución y guerra en España, de Broué y Temine, Ed. Fondo de Cultura Económica; lo mismo que en Le Parti Bolcheviquo, de Broué, Ed. du Minuit, París, 1963; en los libros de Víctor Serge, para citar un puñado de ellos, y sobre todo en la obra de Isaac Deutscher, puede encontrarse parte testimonial y documental de la inmensa tragedia del stalinismo y de la Unión Soviética después de la muerte de Lenin.