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Edita: DISEÑARTE - Goaprint, s.l. Diseño e impresión: DISEÑARTE Revisión estilística: HELEN BLUNDELL I.S.B.N.: 978-84-612-8467-2 Depósito Legal: V-256-2009

A todos los profesionales (jueces, psicólogos,

policías, educadores, trabajadores sociales, etcétera) que se esfuerzan en su quehacer

cotidiano por neutralizar los efectos destructivos de la violencia de pareja y por ofrecer un panorama de esperanza a las víctimas.

A todos ellos, nuestro mayor reconocimiento y

gratitud.

“Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”

Pablo NERUDA (1904-1974)

Índice

Prólogo (Antonio García-Pablos)

13

I PREDICCIÓN DEL RIESGO

Capítulo 1. La predicción de la violencia contra la pareja (Antonio Andrés Pueyo)

21

1. La violencia contra la pareja: definición, características y principales parámetros epidemiológicos

21

2. Peligrosidad y predicción de violencia contra la pareja

28

3. Factores de riesgo y tipos de violencia contra la pareja

33

4. Valoración del riesgo de violencia contra la pareja (SARA y DA)

39

4.1. La SARA (Spouse Assault Risk Assessment) (Kropp et al., 1995)

41

4.2. El DA (Danger Assessment Tool) (Campbell, 1995)

44

5. Conclusiones

47

6. Referencias

49

Capítulo 2. Diferencias entre la violencia grave y la violencia menos grave contra la pareja (Enrique Echeburúa, Javier Fernández-Montalvo y Paz de Corral)

57

1. Introducción

57

2. Método

58

2.1. Sujetos

58

2.2. Instrumento de evaluación

58

2.3. Procedimiento

59

3. Resultados

59

3.1. Estudio de la muestra global

59

3.2. Estudio comparativo de las dos submuestras: elementos diferenciadores de la violencia grave respecto a la violencia no grave

62

4. Conclusiones

70

5. Referencias

72

Capítulo 3. Predicción de riesgo de la violencia grave de pareja: un nuevo instrumento de evaluación (Enrique Echeburúa, Javier Fernández-Montalvo y Paz de Corral)

87

1. Introducción

87

2. Método

89

2.1. Sujetos

89

2.2. Instrumento de evaluación

89

2.3. Procedimiento

89

3. Resultados

90

3.1. Perfil de la muestra

90

3.2. Fiabilidad del instrumento

90

3.3. Validez del instrumento

90

3.4. Eficacia diagnóstica

90

4. Conclusiones

93

5. Recomendaciones finales

94

II MEDIDAS DE PROTECCIÓN

Capítulo 4. Medidas policiales de protección a las víctimas de violencia de género (Grupo

de Coordinación y Seguimiento de la Violencia Doméstica y de Género. Policía de la Comunidad

Autónoma del País Vasco-Ertzaintza)

101

1.

Introducción

101

2.

Procedimiento de actuación de la Ertzaintza

102

3.

Valoración del nivel de riesgo

103

3.1. Valoración inicial

104

3.2. Valoración permanente

104

4.

Asignación de niveles de riesgo

104

5.

Activación de las medidas policiales de protección

104

6.

Medidas policiales de protección de las víctimas

105

6.1.

Formación en medidas de autoprotección

105

 

6.1.1. DVD con medidas de autoprotección

106

6.1.2. Folleto con medidas de autoprotección

107

 

6.2. Traslados y acompañamientos

107

6.3. Asignación de teléfono móvil de contacto inmediato

107

6.4. Contactos telefónicos aleatorios

107

6.5. Control a la persona agresora

108

6.6. Visitas aleatorias a las víctimas

108

6.7. Operativos puntuales de protección

108

6.8. Actividades preventivas en zonas de riesgo

108

6.9. Actividades preventivas durante las rutinas

108

6.10. Vigilancia permanente

109

7.

Valoración final, cierre del caso y retirada de las medidas policiales de protección

109

8.

La utilización de medios telemáticos de control y localización de personas

109

9.

La adopción de nuevas medidas de protección y seguridad para las víctimas de violencia de género

111

10.

Conclusiones

113

11.

Referencias

113

Capítulo 5. La violencia en la relación de pareja: la protección de las víctimas en el sistema institucional de justicia (Ignacio José Subijana)

115

1. La violencia en la relación de pareja

115

 

1.1. Introducción: la significación de la intervención penal

115

1.2. Planteamiento: problemas derivados de la regulación penal de la violencia en la relación de pareja

116

2. La protección de la víctima de la violencia en la investigación judicial: la justicia cautelar 122

2.1. Presupuestos

122

2.2. Situaciones problemáticas

123

3. La protección de la víctima de la violencia en la relación de pareja en el enjuiciamiento judicial 124

3.1. En el juicio contradictorio

124

3.2. En el juicio de conformidad

125

4. La protección de la víctima de la violencia en la relación de pareja en la ejecución judicial 127

4.1.

La pena privativa de libertad: suspensión de la ejecución, sustitución de la pena de prisión y ejecución penitenciaria

127

4.1.1.

Modelos de ejecución de la pena en prisión

127

4.1.3.

La sustitución de la pena de prisión

130

 

4.1.4.

La ejecución penitenciaria de la pena de prisión

131

4.2.

La pena privativa de derechos

131

5. Reflexión final

 

133

6. Referencias

134

Capítulo 6. Manual de autoprotección de las mujeres víctimas de violencia en la relación de pareja (Juan Antonio Cobo)

137

1. Introducción

 

137

2. La estructura del manual de autoprotección

137

3. Errores más habituales de autovaloración

138

3.1. “Ya no lo volverá a hacer”

139

3.2. Minimización, aceptación o justificación de la agresión por la víctima

139

3.3. “Ha llegado al límite; ya no puede hacer otra cosa más grave”

139

3.4. “Tengo que aguantar por mis hijos”

140

3.5. “No tengo riesgo porque nunca me ha agredido”

140

3.6. “No tiene energía ni fuerza para matarme”

141

3.7. “No es capaz de matar ni a una mosca”

141

3.8. El mayor error es engañarse

142

4. Consejos para el momento en que aparece la primera agresión

142

5. Consejos para cuando las agresiones se repiten

143

6. Cuestionario autoaplicado para la valoración del riesgo

143

6.1. Primera fase: evitar errores

143

6.2. Segunda fase: analizar los motivos de la conducta agresiva

143

6.3. Tercera fase: valorar si existen datos que aumenten el riesgo

146

6.4. Cuarta fase: valorar si existen circunstancias que puedan provocar un riesgo agudo

147

7. Conclusiones (una vez autovalorado el riesgo)

148

Epílogo: Violencia de género y sistema penal: reflexiones sobre el tratamiento del riesgo de reiteración de la victimización (Joaquín Delgado)

149

1. Introducción

 

149

2. Riesgo de reiteración de la victimización en la violencia de género

149

2.1. Desconocimiento por parte del sistema penal del historial de violencia doméstica

149

2.2. La convivencia

 

150

2.3. La agresión se produce en el domicilio común o en el de la víctima

150

2.4. Un falso mito: la importancia de las enfermedades o alteraciones psíquicas y del consumo de drogas o alcohol

151

3. Respuesta del Estado a la victimización reiterada

152

3.1. Medidas de autoprotección de la víctima

152

3.2. Medidas de protección por parte de los órganos públicos

153

3.3. Formación y sensibilización de los profesionales y personal en contacto con las víctimas

153

4. Papel del sistema penal frente a la victimización reiterada en casos de violencia de género

153

4.1. Atribuciones del sistema penal

153

4.2. Una perspectiva victimológica para la política criminal

154

 

4.2.1. Reducir los efectos de la victimización

154

4.2.2. Prevenir la victimización

155

4.2.3. Fomentar la participación de la víctima en la resolución del conflicto

156

5. Tratamiento del riesgo por parte del sistema penal

156

5.2.

Gradación del riesgo

157

5.2.1. Perspectiva estática

157

5.2.2. Perspectiva dinámica

157

5.3. Diagnóstico de la situación de riesgo

158

5.3.1. Delimitación conceptual

158

5.3.2. Indicadores de riesgo

158

5.3.3. Niveles en el diagnóstico del riesgo

159

5.3.4. Sistema penal e indicadores de riesgo

159

5.3.5. Principios de organización

160

5.4. Protocolo para la valoración policial del nivel de riesgo de violencia contra la mujer

en los supuestos de la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre

160

Apéndice

163

Relación de autores

Antonio Andrés Pueyo Facultad de Psicología Universidad de Barcelona

Juan Antonio Cobo Instituto de Medicina Legal de Aragón

Paz de Corral Facultad de Psicología Universidad del País Vasco

Joaquín Delgado Consejo General del Poder Judicial Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género

Enrique Echeburúa Facultad de Psicología Universidad del País Vasco

Javier Fernández-Montalvo Facultad de Psicología Universidad Pública de Navarra

Antonio García-Pablos Facultad de Derecho Instituto de Criminología Universidad Complutense de Madrid

Grupo de Coordinación y Seguimiento de la Violencia Doméstica y de Género Policía de la Comunidad Autónoma del País Vasco-Ertzaintza

Ignacio José Subijana Audiencia Provincial de Guipúzcoa

Prólogo

Antonio García-Pablos

La violencia contra la pareja y, en concreto, la violencia contra la mujer en la pareja (la intimate partner violence, en terminología anglosajona) es quizás la forma más preocupante de violencia interpersonal de nuestros días. Sin embargo, y aunque parezca paradójico, este grave y doloroso problema social emerge al ámbito público, reclamando del Estado y las Administraciones una eficaz respuesta a situaciones victimizantes producidas en contextos que culturalmente se asociaban a la privacidad —a la esfera doméstica, de la pareja, alejada de la mirada ajena— y a la felicidad (el hogar como espacio íntimo, ilusionante); a contextos, por tanto, reacios a la intervención pública.

Bajo esta denominación (“violencia contra la pareja”) se incluyen manifestaciones varias y heterogéneas de un patrón de conductas violentas que van desde la violencia física y el maltrato emocional o violencia psicológica hasta las agresiones sexuales, el aislamiento y el control social de la pareja, la intimidación, la coacción, la humillación o la extorsión económica. Este tipo de violencia, en último término, se inserta en un pernicioso marco de discriminación, desigualdad y relaciones de poder del hombre sobre la mujer, como instrumento de dominación y sometimiento de ésta (lo que no sucede necesariamente en otras formas de violencia interpersonal, como la violencia coyuntural, la reactiva o la cruzada). De hecho, este tipo de violencia se ejerce entre personas que tienen —o han tenido— una relación sentimental consentida y prolongada en el tiempo; esto es, que han convivido, compartiendo sus vidas, familias, patrimonio, amistades, etc., voluntariamente.

Se trata, pues, de un fenómeno probablemente universal, asociado a los roles sociales de género y a la singular dinámica de las relaciones íntimas y sentimentales en las que interactúan tanto variables de tipo individual como factores situacionales inmediatos. Además, la violencia contra la mujer en la pareja se produce en un contexto próximo conflictivo con poderosos componentes emocionales y actitudinales. Pero, en todo caso, estamos ante una modalidad de violencia crónica y reiterativa, cíclica, propia de un agresor poco proclive al cambio de patrones conductuales; de una víctima, a menudo afectiva y emocionalmente dependiente, que ignora el riesgo o lo minusvalora y no se protege debidamente; de unos hechos criminales de difícil prueba por ocurrir, en la mayoría de los casos, en el domicilio común o de la víctima; y de una respuesta legal con frecuencia inútil y frustrada, entre otras razones porque el propio sistema suele desconocer en los supuestos más graves de muerte de la víctima la existencia previa de malos tratos y el peligro que corría la mujer.

* * *

La violencia contra la pareja suele analizarse desde dos enfoques complementarios —dos genuinas tradiciones—: el jurídico y el sanitario. El mundo del Derecho ve en aquella un delito, y dirige su lógica punitiva contra el agresor. Por el contrario, el clínico sanitario centra su atención prioritariamente en la víctima y propugna una intervención asistencial en este dramático problema social y comunitario.

La Criminología clásica se ha esforzado por conocer las causas de esta violencia, acuñando a tal efecto teorías generalistas (por ejemplo, la diferencia histórica de los roles sociales y la discriminación de la mujer)

y modelos explicativos dotados de más carga ideológica que fundamento empírico, e incapaces de arrojar

luz sobre el caso concreto. Además, y durante todo el siglo XX, la incierta noción de peligrosidad ha desempeñado un papel trascendental en la explicación y en la predicción de la violencia. Los jueces valoran y diagnostican este atributo individual de acuerdo con informes de peritos forenses, elaborados a partir de métodos clínicos y en clave prioritariamente psicopatológica. Y asocian esa peligrosidad a factores concretos como la enfermedad mental, el consumo de alcohol y otras drogas o el historial delictivo del agresor; factores, por cierto, que no siempre están presentes en el supuesto sui generis de la violencia contra la pareja, cuya especialidad deriva de la relación sentimental y convivencia íntima existente —o que existió— entre hombre y mujer.

La moderna Criminología, sin embargo, sabe que la predicción del riesgo de violencia es la mejor

estrategia preventiva y que dicha predicción no requiere un conocimiento de las causas últimas y mecanismos precisos que generan la violencia contra la pareja, porque basta con la información empírica hoy ya disponible (por ejemplo, estudios epidemiológicos, metaanálisis, etc.) sobre los factores de riesgo sólidamente asociados a la misma (sobre todo los factores de riesgo que afectan a la persona del agresor

y, en menor medida, los que determinan la mayor vulnerabilidad de la víctima). Por ello, la identificación

de estos factores de riesgo y el diseño de procedimientos técnicos, bien clínicos, bien actuariales, bien de

naturaleza mixta (como el propuesto en esta obra por los profesores Echeburúa, Corral y Fernández-

Montalvo), que permitan a los diversos operadores (policía, jueces, asistentes sociales, oficinas de ayuda

a las víctimas, etc.) la adopción urgente de decisiones con el necesario respaldo científico, no meramente intuitivas, se ha convertido en un objetivo de primera magnitud.

* * *

He tenido la oportunidad de leer y releer, calmadamente, la obra que prologo, y puedo asegurar que, en su género, es la de mayor interés y calidad científica de todas cuantas conozco.

La investigación es densa y rigurosa, pero al mismo tiempo pedagógica y accesible a todas las personas y profesionales comprometidos con el problema de la violencia grave en la relación de pareja, a quienes aporta una información de extraordinario interés en orden a la predicción científica y gestión de dicho riesgo de violencia. A mi juicio, refleja mejor que ninguna otra investigación la naturaleza práctica y vocación social de la ciencia, que ha de orientarse al mejor conocimiento y solución de los problemas reales del hombre y la sociedad, lejos de “torneos oratorios”, pruritos academicistas y especulativos o pseudoempirismos metodológicos sin norte. Los autores tienen el mérito de haber sabido diseñar métodos y procedimientos de evaluación del riesgo de violencia, de orientación mixta (clínica y epidemiológica o actuarial), que pueden ser utilizadas por la policía y profesionales o por las propias víctimas, facilitando una toma de decisiones racional, no intuitiva, basada en la experiencia científica. El rigor y alta sofisticación del método empleado para elaborar tales instrumentos de evaluación del riesgo es, sin embargo, perfectamente compatible con la plena y directa operatividad de los mismos en manos de no expertos, logro que reitero y celebro.

Las dos tradiciones antes mencionadas, la jurídica y la sanitaria (y, en el seno de ésta, la orientación clínica

y la epidemiológica o actuarial), tienen fiel y armónico reflejo en los siete capítulos de la obra prologada.

Como jurista, sin embargo —y aunque pueda parecer paradójico—, confieso mi predilección por los tres primeros, sin desconocer por ello el mérito y valor de los restantes, pues hacen gala, a mi juicio, de un

rigor metodológico envidiable y aportan estrategias innovadoras en orden a la eficaz prevención de este complejo fenómeno social. En el comprometido trance de la guerra de métodos, sigue fascinándome el veredicto de Ferri cuando contraponía el distinto proceder del mundo de las togas negras y las batas blancas (“hablamos dos lenguajes diferentes…”) y proclamaba las excelencias del método empírico; método que, como paradigma del cientificismo, según el autor, sustituiría la intuición por la observación, el silogismo por el análisis y el “deber ser” por el “ser”.

El experto —estoy seguro de ello— valorará especialmente el debate metodológico entre clínicos y epidemiólogos del que se hace eco la obra prologada con notable rigor y documentación. Personalmente, si se me permite una opinión atrevida de lego en la materia, me parece muy satisfactorio que la brillante dinámica actuarial, a la que se refiere con máxima solvencia Antonio Andrés Pueyo en el primer capítulo, se concilie con la fórmula mixta sugerida por Enrique Echeburúa, Paz de Corral y Javier Fernández Montalvo en los posteriores, segundo y tercero. Porque no se puede renunciar al enfoque clínico. La epidemiología y las investigaciones actuariales aportan, sin duda, una información valiosísima sobre los factores de riesgo, y garantizan una evaluación científica, mejorando, al parecer sensiblemente, la probabilidad de acierto del pronóstico (de cuatro a seis veces, afirman los teóricos) en comparación con los procedimientos de predicción de corte clínico y criminológico. Parece incuestionable que estrategias actuariales o mixtas brindan excelentes resultados en supuestos de violencia contra la pareja con elevadas tasas de prevalencia (que no es el caso de la predicción de la muerte de la pareja). No lo dudo. Pero los métodos cuantitativos y estadísticos no constituyen, desde luego, la anhelada panacea, ni gozan del total consenso científico como alternativa al seguimiento clínico. La polémica, pienso, sugiere, una vez más, una mirada retrospectiva a los orígenes de la Criminología científica y al pensamiento de sus pioneros, y ésta habla a favor de la irrenunciabilidad de la clínica. Pues se convendrá en que la aportación perenne — el legado— de Lombroso no reside en su teoría de la criminalidad; ni en su tipología del delincuente; o en su tosco instrumental estadístico, sino en haber llamado la atención sobre la necesidad de observar al delincuente, de analizarlo de cerca, cara a cara, en lugar de idear imaginativas teorías sobre el mismo, o construir majestuosos tratados y manuales sobre el delito, como hicieron los clásicos; obras escritas, por cierto, desde sus despachos en bibliotecas y universidades, sin que el investigador hubiese tenido ante sí al hombre delincuente de carne y hueso; sin haberle examinado minuciosamente…”sus ojos, su cara, su mirada…”. Traigo a colación esta cita porque mucho me temo que sin el complemento insustituible del método clínico —y sin una guía lúcida— los sofisticados metaanálisis (estudios de estudios, no estudios de casos) pueden correr el riesgo de convertirse en una mera técnica de comprobación de correlaciones estadísticas, expresión de un empirismo craso, poco convincente, raquítico.

En otro orden de cosas, y desde un punto de vista político-criminal, me parece impecable la propuesta inteligente y razonada de Ignacio José Subijana (capítulo 5) a favor de una intervención subsidiaria del Derecho Penal como instrumento de prevención de la violencia en la relación de pareja, frente al populismo normativo y a la lógica punitiva hoy en alza, que con buen criterio critica el autor. En el actual contexto contrailustrado de la seguridad ciudadana y de los modelos disuasorios que nos invaden por doquier, su tesis merece un especial reconocimiento. Cuando el despotismo poco ilustrado de nuestro tiempo abandera políticas penales de rigor extremo, clamando por el aislamiento social del agresor, por su segregación y exclusión definitiva de la comunidad, reconforta leer a quienes mantienen todavía que en el arsenal de estrategias públicas de un Estado social y democrático, para contener el riesgo de victimización violenta de la pareja, ocupan las de naturaleza penal un lugar postrero, como última receta. No en vano la necesidad de una intervención científica basada en la valoración de los factores de riesgo

que anticipan la conducta violenta, libre de prejuicios ideológicos, dogmatismos y tópicos clásicos, es una de las aportaciones de la obra prologada, acorde con la compleja naturaleza de problemas sociales como

la violencia en la relación de pareja.

Otros aspectos particularmente interesantes de la obra que prologo merecen, a mi entender, ser destacados. Para empezar, algunas precisiones del capítulo 1 sobre la técnica de predicción de sucesos futuros, aplicables, desde luego, al riesgo de violencia contra la pareja. Así, por ejemplo, la relevancia prioritaria de los errores sobre los propios aciertos (y, en particular, de los falsos negativos en los supuestos de violencia grave contra la pareja); el problema de la prevalencia de la conducta violenta en los pronósticos dicotómicos o duales, cuya ‘ratio’ (1:9) propicia lamentablemente más errores por falsos negativos que positivos; así como una advertencia sobre el valor predictivo de las diversas técnicas de valoración del riesgo de violencia contra la pareja (DA, SARA, etc.): que sólo permiten estimar la probabilidad de que en concretos contextos, y para un intervalo temporal limitado, suceda el episodio violento (riesgo relativo), faltando aún, en todo caso, instrumentos específicos para la evaluación del riesgo de violencia psíquica y de reincidencia.

El perfil psicológico del agresor, en la violencia de género, ha dado lugar a una abundante bibliografía durante los últimos años, destacando las investigaciones de Echeburúa, Fernández Montalvo y Amor, que detectaron una rica gama de trastornos y anomalías: desde adicciones y trastornos psicóticos; a psicopatías y trastornos de la personalidad; o distorsiones cognitivas y otros trastornos específicos (descontrol de la ira, machismo acentuado, déficit de habilidades de comunicación, etc.). Mérito de Echeburúa, Fernández Montalvo y Corral es haber conseguido determinar las características de la violencia grave de pareja frente a la menos grave (criterio diferencial no tenido en cuenta hasta la fecha, y que parte de la experiencia clínica de los autores) y predecir el riesgo de homicidio de la víctima con ayuda de una escala empíricamente elaborada no para la creación de constructos psicológicos, sino para orientar la toma de decisiones de los profesionales no clínicos en contextos concretos. Dicha escala, además, tiene la ventaja frente a otras (DA, SARA, etc.) de que centra la predicción en el riesgo de homicidio o de violencia grave; no se constriñe a la relación matrimonial; y responde mejor al contexto cultural europeo (por ejemplo, al contemplar el uso de armas). La amplitud y representatividad de la muestra son evidentes;

y la escala propuesta eficaz, con buenas propiedades psicométricas, y eficiente, fácil de aplicar.

El documentado informe del Grupo de Coordinación y Seguimiento de la Violencia Doméstica y de Género de la Ertzaintza (capítulo 4) demuestra, en primer lugar, el muy favorable giro cualitativo que ha experimentado la respuesta policial al problema que nos ocupa en el País Vasco. Se ha pasado, en efecto, de una intervención excepcional, que requería la legitimación expresa de una resolución judicial previa

para el uso de la coerción contra el agresor por parte de la Ertzaintza (porque latía aún el carácter privado, doméstico, que la sociedad atribuía a estos conflictos), a una intervención normal y pautada de las Fuerzas

y Cuerpos de Seguridad del Estado, por corresponder a éstos una primera valoración del riesgo, la

actualización permanente de éste y la adopción inmediata de medidas de protección a la víctima, ya en fase de investigación policial, a tenor del Protocolo de 10 de junio de 2004. En segundo lugar, el prometedor futuro de convenios como el suscrito por el departamento de Interior del Gobierno Vasco y el equipo del catedrático de Psicología de la Universidad del País Vasco, profesor Enrique Echeburúa, que articulan una imprescindible y fecunda colaboración entre la Universidad y la Ertzaintza, al facilitar a ésta instrumentos de evaluación del riesgo de homicidio o videncia grave de la pareja de base empírica, para la consiguiente adopción de las medidas preventivas oportunas.

De gran utilidad es, también, el Manual de autoprotección que aporta el médico forense Juan Antonio Cabo (capítulo 6), ya que en esta modalidad de violencia —lo que no sucede en otras— la carga decisiva para detectar el riesgo —y la iniciativa para prevenirlo— reside en la mujer, siendo trascendental un diagnóstico correcto y precoz del mismo; y, desde luego, una actitud positiva de autoprotección.

Por último, considero muy plausible la propuesta de Ignacio José Subijana (capítulo 5) a favor de un concepto restrictivo de “violencia de género”, con exclusión de otras modalidades de violencia interpersonal no merecedoras del régimen reforzado que nuestro ordenamiento debiera reservar a aquella por el “injusto criminal específico” de la misma. Y creo que acierta al denunciar algunas de las previsiones de la L.O. 1/2004, de 28 de diciembre, de medidas de protección integral contra la violencia de género que, por la lógica punitiva inspiradora de la reforma, pecan de un rigor, a veces, tan desmedido como innecesario, estableciendo, además, de forma imperativa y generalizadora, criterios restrictivos y sancionadores no extrapolables a toda manifestación de violencia interpersonal; con el riesgo, incluso, de vulnerar la autonomía de la víctima al decidir por ella y protegerla de forma paternalista sin contar con su voluntad.

El epílogo de esta obra refleja la finura jurídica, la formación interdisciplinaria y el compromiso personal con la problemática de la víctima de su autor, Joaquín Delgado, cuyos análisis y propuestas cierran con un brillante alarde de sensibilidad social, experiencia profesional y sentido común esta investigación pluridisciplinar sobre la predicción del riesgo de homicidio y de violencia grave en la relación de pareja.

Agradezco muy sinceramente al profesor Echeburúa la deferencia que ha tenido conmigo, tan generosa como inesperada, encomendándome el Prólogo de esta obra. Lo he escrito con mucho gusto, después de varias lecturas pausadas y apasionantes. Como hombre de leyes, será un verdadero honor que mi nombre aparezca junto al de su director y al de los autores, prestigiosos profesionales y especialistas particularmente motivados por la delicada problemática de la víctima. Reconozco, eso sí —y me excuso por ello—, la osadía y el atrevimiento de opinar sobre algunas cuestiones técnicas que se hallan en la zona limítrofe entre la Psicología y la Criminología. Valga en cualquier caso como testimonio sincero del respeto y admiración que profesa un jurista a quienes, desde la otra orilla —la de las batas blancas—, se ocupan con honestidad y rigor científico del problema criminal con el objeto de mejorar la convivencia humana.

I

Predicción del riesgo

Capítulo 1

La predicción de la violencia contra la pareja

Antonio Andrés Pueyo

1. La violencia contra la pareja: definición, características y principales parámetros epidemiológicos

La violencia contra la pareja (VCP), en concreto la violencia contra la mujer en la pareja, es actualmente la forma más preocupante de violencia interpersonal. Por razones médico-sanitarias, ético-jurídicas,

policiales y sociales, este tipo de violencia se ha convertido en el principal foco de atención de múltiples profesionales. Los asesinatos de pareja, la violencia física y sexual, las formas graves y crónicas de violencia psicológica, así como una variada combinación de malos tratos y abusos, componen este fenómeno que reunimos bajo la etiqueta de “violencia contra la pareja” (VCP). Esta forma de violencia que se ejerce entre personas que tienen o han tenido una relación sentimental consentida durante un tiempo, a veces muy largo, que han compartido voluntariamente su patrimonio, sus vidas, familia, amigos, etc., es muy especial

y distinta de otros tipos de violencia interpersonal en los que la relación agresor-víctima es generalmente

inexistente. Esta especificidad de la VCP es muy relevante para comprenderla. La Criminología ha demostrado que la relación víctima-delincuente es un aspecto crítico para entender funcionalmente los acontecimientos violentos, y esta consideración criminológica tiene mucha trascendencia en el tema de la VCP. Hemos optado por la definición de “violencia contra la pareja” (VCP) porque nos vamos a ocupar, en este trabajo, del ejercicio profesional de la valoración del riesgo de reincidencia de los actos violentos físicos, especialmente graves, sobre un miembro de la pareja (las más de las veces la mujer) por parte de su pareja o ex pareja (generalmente un hombre).

Los estudios sobre la VCP realizados desde los años 80 por criminólogos, juristas, sociólogos, psicólogos

y

profesionales sanitarios muestran una imagen llena de claroscuros porque no siempre son coincidentes

y

a veces hasta son contrapuestos. Hoy la VCP se analiza entre dos perspectivas complementarias: la

jurídica y la socio-sanitaria. En la primera es tratada como un delito y como tal con los métodos propios de la Criminología. En el segundo caso es considerada una amenaza grave a la salud y el bienestar de la víctima y, para su análisis, se emplean procedimientos clínicos y epidemiológicos centrados en la víctima. Nunca como hasta hoy estas dos tradiciones han debido coincidir tanto en el mismo objeto de estudio por causa de la demanda urgente e intensa de intervención en el problema. Pero sus propuestas, muchas veces, son divergentes porque, mientras que la tradición criminológica se ocupa principalmente del agresor y de sus circunstancias, la tradición clínico-sanitaria se interesa por la víctima y su entorno. Estas dos fuentes de información suelen enfatizar aspectos distintos de la misma realidad. En el caso de la VCP la relación víctima-agresor es un aspecto crítico para comprender funcionalmente los acontecimientos violentos que generan. La intervención jurídica, policial, asistencial y clínica requieren puntos de vista distintos, pero la comprensión global del problema debe integrar a todos ellos. Estudiar la violencia desde una perspectiva funcional demanda combinar el estudio de los agresores, de las víctimas y del contexto social/interindividual en el que sucede, para así tener un marco más completo de su etiología y evolución (Meier, Kennedy y Sacco, 2001).

La urgencia social en demanda de respuestas eficaces que detengan todos los hechos violentos contra las mujeres (por extensión también a otros colectivos) es patente en los últimos años. Los distintos profesionales que participan en esta tarea han de actuar de forma rápida y eficaz aun sin conocer a fondo todos los mecanismos que producen esta epidemia (Krugh et al., 2002). Un ejemplo es el escaso rigor y la proliferación de términos variados para referirse al mismo fenómeno. Para denominar este tipo de violencia se utilizan términos como ”violencia machista”, “terrorismo machista”, “violencia de género”, “violencia doméstica”, “violencia familiar”, “violencia de pareja”, etc. Para la divulgación periodística o la discusión política estos términos son intercambiables, pero no lo son para un trabajo profesional riguroso. Recientemente parece que se ha producido una cierta convergencia en utilizar la denominación de “violencia contra la pareja” (VCP) para identificar la violencia contra la mujer en este contexto.

Los asesinatos de pareja, la violencia física y sexual, el acoso, las formas crónicas de violencia psicológica, así como una variada combinación de malos tratos y abusos emocionales de menor gravedad aparente, pero con consecuencias igualmente dramáticas, componen el complejo fenómeno que reunimos bajo la etiqueta de “Violencia Contra la Pareja” (VCP). El acrónimo VCP es el equivalente en español del término anglosajón “Intimate Partner Violence” (IPV) y corresponde a la violencia que se ejerce sobre la mujer en el seno de la pareja. En España, para referirnos a la VCP, se ha generalizado el término “violencia de género”, que es tal y como lo recoge la Ley 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género 1 .

La violencia contra las mujeres, especialmente la que ejercen las parejas o ex parejas, está determinada por el efecto combinado de numerosas variables de tipo biológico, cultural y social, también de tipo personal, así como por factores situacionales inmediatos (Holzworth-Munroe y Stuart, 1994; Echeburúa y Corral, 1998). Cada uno de los actos que constituyen la VCP ocurre en una situación marcada por la conflictividad y las malas relaciones crónicas entre los miembros de la pareja. En las últimas dos décadas los estudios de violencia contra la mujer en el seno de la pareja han evolucionado notablemente y se han prodigado casi de forma exponencial (Krug, 2002; Salber y Taliaferro, 2006). Como resultado de estos estudios se han producido cambios importantes en su definición y conocimiento. La VCP se ha distinguido de otros tipos de violencia, con la que a veces se confunde, y que son la violencia de género y la violencia doméstica o familiar (figura 1). También se han realizado extensos estudios sobre la epidemiología de la misma identificando su prevalencia, incidencia y cronicidad (Tjaden y Thoeness; 2000; Thompson et al., 2006) y diferenciando tipos específicos, descubriendo nuevos modos de ejercicio de la violencia, como es el caso del acoso no sexual (stalking). Asimismo, se han desarrollado instrumentos de evaluación de este tipo de violencia y de sus consecuencias (Rathus y Fiendler, 2002; Ruiz-Pérez et al., 2004), se han puesto en marcha programas de atención específicos a víctimas de VCP y de tratamiento para los agresores (Dutton y Sonkin, 2003) y, muy recientemente, se han formulado modelos integrados para explicar este fenómeno (Stuart, 2005). Pese a este gran esfuerzo, aún no se han resuelto algunos problemas esenciales de la VCP. Entre éstos destaca la delimitación precisa de la llamada violencia psicológica o maltrato emocional que, paradójicamente, es el más prevalente de los componentes de la VCP (Straus, 1980; Echeburúa y Corral, 1998; Mahoney et al., 2001).

1 Extractos de la Ley 1/2004 (Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género):

(art.1. La presente Ley tiene por objeto actuar contra la violencia que (

sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia).

se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan

)

(art 1.3. La violencia de género a que se refiere la presente Ley comprende todo acto de violencia física y psicológica, incluida las agresiones a la libertad sexual, las amenazas, las coacciones o la privación arbitraria de libertad).

La violencia de género agrupa todas las formas de violencia que se ejercen por parte del hombre sobre la mujer por su específico rol de género: violencia sexual, tráfico de mujeres, explotación sexual, mutilación genital, acoso laboral, etc., independientemente del tipo de relaciones interpersonales que mantengan agresor y víctima, que a veces son de tipo sentimental, familiar, de vecindario o inexistentes. Este término genérico convive con otros como el de violencia doméstica o familiar y no pocas veces son confundidos. El caso de la violencia contra la pareja en el que la víctima es la mujer y el agresor es el hombre es el más representativo de la violencia de género, principalmente por su prevalencia e intensidad, y porque combina elementos propios de la violencia de género, de la familiar y doméstica, pero tiene otros específicos que provienen de la particular relación (sentimental e íntima) que tienen o han tenido los miembros de la pareja (Campbell, 1995). La violencia contra la pareja (VCP) es una de las formas que, junto con la violencia sexual sobre la mujer en el seno de la familia, representa una intersección entre la violencia de género y la violencia familiar (figura 1).

Violencia de Violencia Violencia género Contra la familiar/doméstica Ej. Pareja Ej. * Agresiones sexuales *
Violencia de
Violencia
Violencia
género
Contra la
familiar/doméstica
Ej.
Pareja
Ej.
*
Agresiones sexuales
*
Abuso sexual infantil
Ej.
*
Mutilación genital
femenina
*
Malostratos ancianos
*
Uxoricidio
*
Agresiones hijos-padres
*
Acoso
*
Acoso sexual en el
trabajo
*
Etc…
*
Agres. Físicas
*
Etc…
*
Etc…

Figura 1. Violencia de género, violencia contra la pareja y violencia familiar: intersección de los tres fenómenos.

En nuestro país la denominación de la VCP, desde la publicación de la Ley Orgánica 1/2004 (Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género) es la de “violencia de género”. Así es como se la debe denominar técnicamente. Por la definición que se ofrece en esta ley entendemos que la VCP es un caso más general que la violencia de género, que se circunscribe a los casos de VCP cuando la pareja-víctima es una mujer.

La VCP es un conjunto complejo de distintos tipos de comportamientos violentos, actitudes, sentimientos, prácticas, vivencias y estilos de relación entre miembros de una pareja (o ex pareja) íntima que produce daños, malestar y pérdidas personales graves a la víctima. La VCP no es sólo un sinónimo de agresión física sobre la pareja; es un patrón de conductas violentas y coercitivas que incluye los actos de violencia física contra la pareja, pero también el maltrato y abuso psicológico, las agresiones sexuales, el aislamiento y control social, el acoso sistemático y amenazante, la intimidación, la coacción, la humillación, la extorsión económica y las amenazas más diversas. Todas estas actividades, que se pueden combinar y extender en el tiempo de forma crónica, tienen como finalidad someter a la víctima al poder y control del agresor. Por lo general, y sin mediar intervención, la VCP es recurrente y repetitiva. En algunos casos sigue un proceso

de escalada de la frecuencia y gravedad que produce graves daños y secuelas a la víctima y que incluso puede llegar a causar la muerte de ésta. En cualquier caso, siempre afecta al bienestar y la salud de la víctima y de su entorno inmediato (Campbell, 1995; Echeburúa y Corral, 1998; Salber y Talliaferro, 2006).

Una dificultad inherente a la delimitación de la VCP proviene de sus componentes incluidos en la

definición: “pareja” y “violencia”. Entendemos por pareja, concretamente “pareja sentimental o íntima”,

a la formada por dos personas, sean hombre o mujer mayores de edad o adolescentes, que tienen o hayan

tenido relaciones íntimas consentidas entre sí a lo largo de un período mínimo de varias semanas, hayan convivido o no de forma continuada en el mismo domicilio. Por tanto esta definición incluye parejas de esposos y ex esposos, de novios y ex novios, y también parejas íntimas más esporádicas (cfr. Sanmartín, 2007). En este último caso, y a juicio del profesional, siempre se debe contemplar que ha existido una relación sentimental consentida más o menos estable y duradera. De todos es sabido que en este tipo de violencia la mujer es la víctima más frecuente y el hombre el agresor habitual: de ahí su inclusión en la violencia de género. Pero no debemos eliminar otras situaciones de relaciones de pareja donde los roles de víctima y agresor pueden referirse a otra combinación de sexo/género distinta y que no son excepcionales en la VCP (Hart, 2001; Dobash y Dobash, 2003).

Por otra parte, nos encontramos con el concepto de violencia que, como estrategia de control y dominio de la pareja, agrupa varios tipos según su naturaleza, como son la violencia física, sexual, psicológica y la violencia por negligencia o deprivación (Krug et al., 2002). Conviene distinguir subtipos de acciones violentas, tales como son, en el caso de la violencia física, las agresiones físicas (desde las bofetadas, empujones y patadas hasta las lesiones con arma blanca o de fuego y el asesinato por estrangulamiento

o envenenamiento), así como las mismas amenazas graves de ejercer violencia física (muerte o lesiones

físicas) que tienen los mismos determinantes que las acciones violentas (Campbell, 1995). En el caso de la violencia sexual se incluyen diferentes acciones, que van desde la humillación sexual hasta la violación sádica, pasando por el acoso sexual. En el caso de la violencia psicológica, hay que distinguir también acciones tales como el acoso no-sexual (stalking), la coerción y coacción, la humillación, las extorsiones o amenazas y todas aquellas formas de control social y económico de la mujer que la OMS (2005) identifica bajo la rúbrica de “violencia psicológica o abuso emocional”. Este último tipo de violencia reúne acciones muy distintas entre sí y recibe varias denominaciones. El abuso, maltrato o violencia psicológica ejercida sobre la víctima, en la VCP, también incluye una serie de acciones del agresor que, siguiendo a O’Leary, pasamos a enumerar: denigrar y dañar la autoestima y la imagen de la pareja, amenazas explícitas o implícitas de muerte o lesiones, restricción de los derechos de la víctima y evitación pasiva o activa del apoyo emocional o cuidados debidos a la víctima (O’Leary y Maiuro, 2001).

La variedad de formas que adquiere la VCP dificulta su tratamiento homogéneo, su consideración legal y también la búsqueda de soluciones válidas y aceptables por parte de los agentes sociales implicados en su erradicación. Un ejemplo de esto lo tenemos en la simple estimación de la extensión e importancia cambiante del fenómeno. Las estadísticas de prevalencia están muy afectadas por las imprecisiones en la definición de las formas de VCP. La simple idea de contrastar la eficacia de las medidas adoptadas para luchar contra la VCP está muy influida por esta dificultad añadida. Así, la masiva intervención social, con los enormes recursos que se dedican para la erradicación de la VCP en España en los últimos años, no se ve acompañada de una sensible mejora y reducción de la VCP. Probablemente la imprecisión de la medida de los tipos de VCP, particularmente en los tipos menos graves (maltrato emocional, violencia sexual leve, etc.) tiene parte de la explicación de esta paradoja. También esta realidad dificulta mucho la capacidad técnica de predecir ciertas formas de VCP como es la violencia psicológica (Kropp et al., 1995) ya que,

como veremos, la eficacia en la predicción de la violencia depende mucho de la delimitación precisa del comportamiento violento a predecir (Campbell, 1995, 2003).

Según la última Macroencuesta sobre Violencia contra las Mujeres, realizada por encargo del Instituto de la Mujer de 2006 (MTAS, 2007), la prevalencia de la VCP, denominada maltrato en la encuesta y de acuerdo a las consideraciones legales —“maltrato técnico”—, es de un 9,6% anual. Por el contrario, y de acuerdo a la subjetividad de las propias mujeres —“maltrato autorreferido”—, la prevalencia alcanza un valor del 3,6%. Otros datos de prevalencia de VCP obtenidos en estudios específicos, como el realizado por Fontanil et al. (2005), cifran la prevalencia de la VCP en España en un 20%. Asimismo Ruiz-Pérez et al. (2006) estiman la prevalencia de la VCP, en un estudio de detección y cribado de VCP en el ámbito de la atención primaria, en un porcentaje del 30% a lo largo de la vida y del 17% en el último año.

Dos estudios recientes, realizados en España y que presentaremos a continuación, cumplen los requisitos que son exigibles a cualquier estudio epidemiológico de calidad (la elección de una buena muestra y de un instrumento de evaluación contrastado) (Maden, 2007) y nos van a dar una imagen muy válida de la extensión actual de la VCP. Además, estos estudios están realizados en dos intervalos temporales lo suficientemente distantes entre sí (1999 y 2006) y con el mismo instrumento de evaluación (la Conflict Tactics Scale de Strauss adaptada al español) para que su comparación sea muy ilustrativa. Se trata de los estudios de Medina-Ariza y Barberet (2003) y de Calvete, Corral y Estévez (2007). Esta comparación tiene una ventaja destacada ya que utilizan la CTS-R. En general, muchos estudios epidemiológicos de VCP utilizan cuestionarios construidos ad hoc, sin una calidad contrastada, por lo que sus resultados pueden estar influenciados por un nivel considerable de error, pero este no es el caso de ambos estudios.

En 1999 Medina-Ariza y Barberet (2003) estudiaron la prevalencia de la VCP en España con una versión adaptada de la Conflict Tactics Scale Revisada (CTS2) de Strauss (Medina-Ariza et al., 1998). La muestra estudiada tenía una composición heterogénea, formada por un total de 2.015 casos de mujeres adultas (mayores de 18 años). Muy recientemente Calvete, Corral y Estévez (2007), con motivo de un estudio de la estructura factorial del CTS2, han descrito también la prevalencia de la VCP siguiendo un proceso similar al de Medina-Ariza y Barberet (2003). La diferencia temporal entre ambos estudios es especialmente interesante. En estos siete años han cambiado muchas las cosas en cuanto a la consideración social y legal de la VCP, por lo que la comparación adquiere mayor importancia. En la tabla 1 se muestran estos datos de prevalencia comunitarios de la VCP según diferentes indicadores obtenidos por medio de las subescalas de la CTS-R.

Tipo de violencia*

Medina y Barberet (2003)

Calvete et al. (2007)

Diferencia (%)

Psicológica

42,52

71

+28,48

Psicológica grave

15,21

23,6

+8,39

Física

8,05

16,2

+8,15

Física grave

4,89

6,6

+1,71

Sexual

11,48

29,4

+17,92

Sexual grave

4,7

2,8

-1,9

Lesiones

5,76

3,8

-1,96

Lesiones graves

2,23

1,6

-,063

Tabla 1. Prevalencia de la VCP en España según los estudios de Medina-Ariza (2003) y Calvete et al. (2007). Datos en porcentajes. Los datos de prevalencia del estudio de Medina y Barberet corresponden al año 1999; los de Calvete et al., a 2006.

*Los distintos tipos de VCP corresponden a las subescalas del Conflic Tactic Scales Revised de Strauss.

Un análisis general de los datos de la tabla 1 descubre que la prevalencia ha aumentado de forma importante y para este período temporal en 5 modalidades de la VCP. Estas son la violencia psicológica leve y grave, la violencia física leve y grave y la violencia sexual leve (ésta de forma muy alarmante, un

17,92%). Por el contrario, la violencia sexual grave, las lesiones y las lesiones graves han disminuido para

el mismo período. En nuestra consideración creemos que estos datos muestran dos fenómenos distintos

acerca de la evolución de la VCP y que pueden ser paradójicos. En cuanto a los datos de las escalas que aumentan, creemos que solamente reflejan un aparente aumento de las formas menos graves de la VCP. Este aumento indica una mayor sensibilidad para identificar y calificar mejor ciertos sucesos cotidianos como violentos (que anteriormente no tenían esta consideración) y también mayores facilidades en la exposición, denuncia de los mismos y las mayores garantías de seguridad de las víctimas. Este es un efecto positivo derivado de la intervención social para combatir este problema, como han sido, por ejemplo, las nuevas leyes contra la violencia contra las mujeres y los recursos de protección de las mismas. En resumen, podemos decir que este aumento que se ha producido está confundido con la dificultad de discriminar con precisión aquello que se quiere evaluar. Esta confusión solamente se produce cuando analizamos sucesos violentos menos graves que son más susceptibles de este sesgo interpretativo que los sucesos más graves. En los casos de violencia sexual grave, en las lesiones y en las lesiones graves nos encontramos con un descenso de la prevalencia que tiene otra explicación más nítida. Pensamos que este descenso es un descenso genuino de las formas graves de VCP por tres razones: a) este tipo de sucesos es menos susceptible de pasar desapercibido ya que, en general, es objeto frecuente de intervención sanitaria (y también policial) y, por lo tanto, los datos de autoinforme son más válidos; b) se acercan a los valores de la Macroencuesta sobre Violencia contra las Mujeres del Instituto de la Mujer (MTAS, 2007), en el indicador “maltrato autopercibido”, que también muestra un descenso en las tres encuestas de 1999, 2002 y 2006; y por último, c) coincide con la dinámica de descenso de la VCP grave (asesinatos y violencia física grave) que se detecta en países de nuestro entorno sociocultural en los que se han tomado medidas explícitas y generales de lucha contra la VCP (Catalano, 2007).

El caso de los asesinatos de mujeres a manos de su pareja merece una consideración independiente. Este

tipo de VCP es tratado ampliamente y casi con preeminencia en los medios de comunicación, hasta

convertirse en el único indicador público y conocido de la dinámica epidemiológica de la VCP en España,

y muestra, en términos absolutos, un ligero aumento en los últimos años. Esta evidencia justifica la indicación más corriente de que la VCP aumenta a pesar de los esfuerzos por reducirla. Un reciente

estudio realizado por el Centro Reina Sofía de Valencia (Sanmartín, 2007) sobre los asesinatos de mujeres

a manos de sus parejas o ex parejas muestra una prevalencia de 3,61 casos por millón en 2003 (en

promedio en Europa aparecía un 5,78 y en América un 6,57). Entre 2000 y 2003 han sido más los países en que han disminuido los asesinatos de pareja que en los que han aumentado, pero en España la tasa de asesinatos de pareja ha aumentado un 47,95% (Sanmartín, 2007). Según nuestros datos, obtenidos a partir de un estudio preliminar comparando los asesinatos de pareja identificados judicialmente en relación con la población de mujeres adultas censadas entre 1999 y 2006, los cambios en la prevalencia por millón son los siguientes: en 2003 la tasa era de 3,89 y en 2006 fue de 3,11. También Lorente (2007) informa de que entre 2003 y 2004 se produjeron 71 asesinatos mientras que entre 2005 y 2006 (después de la aplicación de la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género) se registraron 63 asesinatos, lo que significa un descenso del 11,9% de este tipo de VCP. Quizás podamos ser más optimistas en la medida en que aquel aumento destacado entre 2000 y 2003 parece haber sufrido un cambio de tendencia en los últimos 3 años.

A tenor de estos estudios y de otros realizados recientemente en España, que ya hemos mencionado,

podemos considerar que las magnitudes epidemiológicas de la VCP en España son similares, quizás algo menores, a las de otros países de condiciones socioeconómicas y culturales análogas (Medina y Barberet,

2003) y que parece constatarse un descenso de la violencia más grave.

La realización de estudios sobre la prevalencia y distribución de la VCP han sido muy beneficiosos para el conocimiento descriptivo de su realidad y han aportado informaciones relevantes sobre los factores de riesgo y las dinámicas propias de la VCP. En estos estudios, de orientación epidemiológica, latía el propósito de conocer la realidad de la VCP para ver el efecto de las intervenciones preventivas que se han propuesto como mecanismo de reducción del impacto y consecuencias de la VCP. Entre las estrategias para reducir y eliminar la violencia contra la mujer destacan las campañas de prevención, la formación de especialistas en detección precoz de la VCP, la promulgación de leyes contra la VCP, la dotación de recursos para evitar la revictimización de las mujeres agredidas y, también, la valoración del riesgo de

violencia. La predicción de la violencia futura es en sí misma una de las principales medidas de prevención de la VCP ya que con su uso se pueden evitar nuevas agresiones e incluso la muerte de la mujer (Dutton

y Kropp, 2000; Hilton y Harris, 2005). En esta última estrategia preventiva, la predicción de la VCP, nos vamos a concentrar en el resto del capítulo.

Hay muchas razones a priori para considerar la importancia de esta estrategia tanto en lo que respecta a

la labor de los profesionales como en referencia a la protección de la víctima y al control del agresor. Los

procedimientos de valoración del riesgo de VCP futura permiten individualizar las predicciones de la probabilidad de reincidencia de la violencia contra la pareja, estimar de forma constante las variaciones del riesgo de violencia contra la mujer y la adecuación de la aplicación de medidas de protección proporcionadas al nivel de riesgo identificado. La valoración del riesgo se convierte en un procedimiento imprescindible para la gestión del futuro de la víctima. Además, los instrumentos de valoración del riesgo de violencia contra la pareja, que se han diseñado en los últimos años, son de gran ayuda a los profesionales que trabajan en contextos forenses, victimológicos, penitenciarios, de asistencia social y de orientación familiar para prevenir la violencia contra la pareja. También se utilizan para valorar los niveles de riesgo de violencia en tratamientos e intervenciones sobre agresores y para revisar la calidad de las decisiones tomadas en procesos civiles o penales en litigios donde la probabilidad de que surja violencia contra la pareja es patente.

La probabilidad de identificar a los agresores de pareja que pueden reincidir en su comportamiento violento es baja si no se aplican procedimientos de valoración del riesgo. Los factores clásicos de peligrosidad, tales como la enfermedad mental grave y el historial criminal, que son los factores predictores más importantes de la delincuencia violenta, no suelen estar presentes en los agresores de

pareja y esto, naturalmente, dificulta mucho la predicción de la reiteración de la conducta violenta sobre

la

pareja. A esta dificultad se añade otra que es de gran influencia en el contacto clínico-asistencial con

la

víctima. En muchos casos de VCP las mujeres no son conscientes del nivel de riesgo que corren en

algunas situaciones de conflicto de pareja. En el caso de asesinatos de pareja aproximadamente la mitad de las víctimas no consideraban que estuvieran en riesgo de muerte a manos de su pareja (Campbell et

al., 2003). En España, recientemente Juan Antonio Cobo, director del Instituto de Medicina Legal de

Aragón, ha publicado un informe sobre las “muertes de pareja silenciosas” (Cobo, 2007). En este informe

se analiza en cuántos casos de asesinato de mujeres por su pareja había desconocimiento de malos tratos

antes del asesinato de la mujer. Se revisaron 225 casos de mujeres asesinadas (entre 2004 y 2007) y se observó que en el 70% de los casos bien no había agresiones previas (40%), bien había una tolerancia extrema a las agresiones físicas por parte de la víctima (30%), por lo que se desconocía el maltrato antes

del asesinato. Por estas razones la predicción de la VCP es una de las tareas imprescindibles de los profesionales que trabajan con víctimas y agresores implicados en la VCP.

2. Peligrosidad y predicción de la violencia contra la pareja

La urgencia en la obligación de intervenir en el problema de la VCP, para numerosos profesionales, tiene varios motivos que han coincidido en el tiempo: las leyes, especialmente la Ley 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, la enorme conciencia social sobre lo intolerable de la violencia contra la mujer y también la implicación institucional en esta problemática, así como la propia

función y responsabilidad de los profesionales. Entre éstos destacan los policías (estatales, autonómicos, locales, etc.), el personal de justicia (jueces, abogados, fiscales, peritos, personal penitenciario, etc.), los profesionales socio-sanitarios (trabajadores sociales, enfermeras, médicos, psicólogos, psiquiatras, forenses, etc.) y muchos otros (periodistas, maestros, agentes sindicales, miembros de asociaciones, etc.). Todos ellos actúan en distintos niveles de la realidad comunitaria, sanitaria y penal, pero con la misma finalidad de combatir la VCP. En muchos de estos profesionales recae la responsabilidad directa de llevar

a cabo ciertas intervenciones o actuaciones que implican tomar decisiones (generalmente en condiciones

difíciles) referentes a la situación futura de la víctima y del agresor con respecto a la violencia futura previsible. Casi siempre estas decisiones son urgentes y de una enorme trascendencia. Cada toma de decisiones implica un ejercicio de predicción futura de la violencia que es, en la mayoría de casos, implícita. Todas las decisiones, por pequeñas que sean, implican una predicción (Maden, 2007). Otras veces estas

decisiones, especialmente cuando las realizan los forenses, los jueces o los policías, se toman en respuesta

a una demanda explícita que suele formalizarse en contextos judiciales, penitenciarios o policiales. Esta toma de decisiones es muy trascendente porque define las medidas a aplicar con la víctima y el agresor para prevenir la reiteración de los comportamientos violentos.

Además de lo acertado de las decisiones y en una dimensión distinta, éstas son las responsables del curso de los acontecimientos futuros. Pensemos en la aplicación de una orden de alejamiento y sus efectos inmediatos en la víctima y en el agresor. Según la evolución de los casos, aquellas decisiones pueden ser cuestionadas y revisadas acerca de lo adecuado de las mismas y a veces dar lugar a expedientes profesionales e incluso procesos civiles. Naturalmente la toma de decisiones que realizan los profesionales se basa en la experiencia, los conocimientos técnicos y la calidad del trabajo de los mismos. Sin embargo, cuando está implicado el futuro, la probabilidad de que las cosas no vayan como se espera son elevadas, no sólo por la calidad del trabajo, sino por la propia naturaleza de los fenómenos de VCP a predecir, que, como cualquier fenómeno violento, son complejos, multideterminados e infrecuentes, lo que los convierte en sucesos difíciles de predecir (Andrés-Pueyo y Redondo, 2007). Además, estas decisiones pueden ser sometidas a revisión posterior, poniendo al profesional responsable de las mismas en la tesitura de

justificar la adecuación de sus decisiones por medio de la presentación de los datos que utilizó y de los argumentos y reglas que le condujeron a la toma de la decisión que se está revisando. En cierto sentido el motivo inicial del desarrollo de las técnicas de predicción, basadas en la valoración del riesgo por medio de protocolos explícitos de uso profesional, fue la voluntad de poder avalar al profesional en su tarea de decisión al permitir la revisión transparente de los fundamentos de las decisiones tomadas en relación con

la violencia futura (Webster et al., 1997).

¿Y en qué se apoyan los profesionales cuando deben tomar una decisión pronóstica en casos de VCP? En primer lugar, si hacemos análogo el comportamiento violento contra la pareja a otros delitos violentos, la

decisión se basará en la peligrosidad del agresor. Podemos aquí recordar un caso de VCP, especialmente grave, que ejemplifica lo que queremos destacar. Sucedió en agosto de 2006 en una población de Sevilla. Un agresor de 63 años asesinó a su mujer (59 años) y a su hija (40 años, casada y madre de un hijo de 7 años) cuando la primera se refugiaba en casa de ésta última, con un arma de fuego que adquirió previa

e intencionadamente para el asesinato porque le habían retirado las de su propiedad al estar denunciado

por violencia de género. Este suceso aconteció mientras el homicida tenía una orden de alejamiento y estaba inmerso en un proceso judicial por varias denuncias de malos tratos y también por la petición de separación de su esposa. Ésta, una semana antes del asesinato y por recomendación del juez, visitó a los servicios sociales de atención a las víctimas. Allí le indicaron que se trasladase a una casa de acogida para evitar el riesgo de que su marido tratara de matarla. Ella no aceptó esta oferta porque consideraba que su vida no corría peligro y que en casa de su hija estaría bien protegida. El resultado fue la muerte de ambas mujeres. Una valoración del riesgo pautada hubiese podido evidenciar el “altísimo e inminente” riesgo que corrían esta mujer y su hija en esos momentos y en aquel escenario. En este caso la peligrosidad del homicida estaba fuera de toda duda ya que acumulaba algunas sentencias por maltrato grave a su mujer e hijos (incluyendo cumplimiento de prisión por lesiones y amenazas a un hijo suyo, ya mayor de edad). Esta historia era bien conocida por las autoridades y los vecinos de la localidad al haberse prolongado durante muchos años. Pero en todos los casos de VCP, quizás en la mayoría, no existe esta evidencia de peligrosidad criminal manifiesta en el agresor. De hecho, la peligrosidad criminal, tan utilizada como predictor de la reincidencia delictiva violenta, es poco útil en la predicción de la VCP.

A

lo largo de todo el siglo XX la base de la predicción de la violencia ha sido la peligrosidad (Andrés-Pueyo

y

Redondo, 2007). La estrategia más utilizada en la actualidad para predecir el comportamiento violento,

anclada en la tradición clínica, consiste en evaluar o diagnosticar la peligrosidad de un individuo (Campbell, 1995; Gisbert-Calabuig, 1998; Gotffredson, 2006; Maden 2007). La identificación de este atributo individual se realiza por parte de los jueces, que son asesorados e informados por los peritos forenses, quienes analizan el estado peligroso del sujeto principalmente en clave psicopatológica y por medio de métodos clínicos (Gisbert-Calabuig, 1998). La atribución de la peligrosidad a los responsables de estos delitos violentos ha servido durante muchos años como factor explicativo, y sobre todo predictivo, de la reincidencia y la gravedad de las actuaciones de estos delincuentes, entre los que destacan los agresores sexuales, los homicidas y los maltratadores familiares. Sin embargo, cada vez más se cuestiona la utilidad predictiva de esta propiedad de los agresores (Quinsey et al., 1998; Maden, 2007). Este es el caso concreto de los maltratadores de pareja. Este mismo año (2007) el Consejo General del Poder Judicial español ha realizado un informe sobre el papel que tienen los factores más propios de la peligrosidad, como la enfermedad mental y el consumo de drogas, en el caso de la VCP, indicando lo poco adecuado que resulta basarse en la potencia predictiva de estos factores. En este informe, que revisa aproximadamente unas 500 sentencias de violencia grave (incluyendo el asesinato) de la pareja dictadas por las audiencias provinciales en España a lo largo de los años 2001-2005, se concluye que son mitos injustificados la idea de que el maltratador de la pareja es un “loco” o un “alcohólico”. Esta conclusión tan contundente nos da idea de cómo la peligrosidad, en el caso del agresor de pareja, no es un referente destacable. Otro índice de peligrosidad de los delincuentes, ampliamente empleado en la actividad forense, es su historial criminal y antecedentes delictivos. Este tampoco es un rasgo frecuente entre muchos agresores de pareja. Esta observación, sumada a la anterior, hace que debamos olvidarnos del diagnóstico forense clásico de peligrosidad como un factor predictor de la VCP grave e incluso del homicidio. La VCP tiene elementos muy distintos de otros tipos de violencia interpersonal debido a la especificidad derivada de la relación que agresor y víctima mantienen o han mantenido (Campbell, 1995;

Stith, 2004; Stuart, 2005). Si la peligrosidad no es un buen predictor de la violencia contra la pareja, ¿qué nos permite hacer un pronóstico futuro de VCP? Antes de contestar a esta pregunta queremos introducir algunos aspectos técnicos sobre la predicción.

Generalmente el pensamiento lego en torno a la predicción de sucesos futuros es muy simplista y considera únicamente dos posibilidades en cuanto a lo adecuado de un pronóstico: los pronósticos pueden acertar (se predice que pasara un suceso y éste se produce, o bien se predice que no pasará y efectivamente no sucede lo pronosticado) o pueden ser erróneos. Pero la realidad de la tecnología de la predicción nos requiere un planteamiento un poco más preciso. Según éste, la consideración de los aciertos no cambia, pero sí que lo hace la consideración de los errores, y éstos adquieren un papel protagonista en la tarea predictiva. Estos errores se deben dividir en dos tipos: los “falsos negativos” y los “falsos positivos”. En la figura 2 se representan estas combinaciones.

Modelo lego (cotidiano)

Resul.

Resul.    
   

Predic.

No

Resul.     Predic. Sí No Sí ACIERTO ERROR No ERROR ACIERTO

ACIERTO

ERROR

No

ERROR

ACIERTO

No Sí ACIERTO ERROR No ERROR ACIERTO (Útil para comparar frecuencias y obtener la probabilidad

(Útil para comparar frecuencias y obtener la probabilidad condicional)

Modelo real analítico (verosímil)

Resul.

Resul.    
   

Predic.

No

Resul.     Predic. Sí No Sí     FALSO ACIERTO POSITIVO No FALSO RECHAZO

   

FALSO

ACIERTO

POSITIVO

No

FALSO

RECHAZO

NEGATIVO

CORRECTO

Figura 2. Tabla de contingencia 2x2 donde se compara el modelo lego de predicción con el modelo técnico. La diferencia se sitúa en la distinción entre los tipos de errores posibles.

En el marco de las técnicas modernas de predicción interesan más los errores que los aciertos y esto es así, especialmente, cuando hablamos de predicción de sucesos con graves consecuencias, a veces irreversibles, como en el caso de la VCP grave. Este énfasis en evitar errores proviene de los estudios de la eficacia de los operadores de radares ingleses en la II Guerra Mundial, que tenían el encargo, de una enorme responsabilidad, de avisar y dar la alarma cuando se acercaban escuadrones de bombarderos alemanes para atacar las ciudades británicas. Los operadores de radar de aquellos años, técnicos entrenados en detectar señales en la pantalla de los radares recién descubiertos (con pantallas de rayos catódicos de muy baja resolución), pasaban horas delante de la pantalla esperando que apareciera un pequeño punto brillante que indicaba la presencia de los aviones enemigos. Un punto brillante en la pantalla significaba un bombardero y había que dar la alarma a los servicios de protección civil para que

los ciudadanos pudiesen protegerse cuanto antes. Pero, a veces, el punto brillante en la pantalla no era un bombardero alemán, sino que podía ser un grupo de gaviotas volando o un error de la imagen del radar. Si esa señal era considerada por el operador como un indicio de presencia de los bombarderos alemanes, daba lugar a una cadena de reacciones basadas en un error. Este error se llama un “falso positivo” o también una “falsa alarma” y, por lo general, no tenía consecuencias muy negativas, aunque

sí podía ser costoso e incómodo. Pero cuando sucede lo contrario, es decir, cuando el operador ve en su

pantalla un punto brillante y decide que proviene de un grupo de aves o de un error de la máquina y, por tanto, no considera que es un avión o grupo de aviones alemanes, se produce también un error: el

operador no dará aviso de la emergencia y del peligro a los responsables a los que debe informar y no se pondrán en marcha los procedimientos de protección de la población (el resto se lo dejo a su imaginación). Naturalmente el operador se ha equivocado: ha cometido un error de graves consecuencias.

A este tipo de decisiones erróneas se les denomina “falsos negativos” y representan el peor error que se

puede cometer en el campo de la predicción de la violencia, por las consecuencias que tiene. Así, los errores, divididos en “falsos positivos” y “falsos negativos”, sustentan predicciones erróneas, pero distinguirlos es muy práctico y permite actuar con más eficacia en la gestión de los riesgos futuros y para

la prevención de la violencia contra la pareja (figura 2).

¿En qué se diferencia la tarea de un operador de radar en tiempo de guerra de los profesionales en el caso de la predicción de la violencia contra la pareja? Ambos deben tomar decisiones comprometidas, tanto por las consecuencias que pueden derivarse de sus decisiones como por la dificultad de identificar indicios nítidos de riesgo futuro de violencia. Pensemos en un juez o responsable penitenciario que debe autorizar un permiso a un agresor de pareja que está en reclusión. Decidir su puesta en libertad depende de múltiples criterios, pero, esencialmente (quizás sería mejor decir a la luz de la opinión pública), sólo cuenta uno: ¿reincidirá o no? Podemos generalizar esta situación a un responsable de un hospital psiquiátrico que debe dar el alta a un paciente con historial violento y a otras situaciones similares, tales como la imposición de una orden de protección o de alejamiento. Al igual que los operadores de radar, los profesionales pueden acertar (decidir que no hay riesgo o, por el contrario, decidir que sí hay riesgo, y que se cumpla su pronóstico) o equivocarse, tanto por cometer un falso positivo como un falso negativo. ¿En qué se diferencian las decisiones de un operador de radar de las de un profesional sanitario o penitenciario? Al menos en dos aspectos:

a) Los profesionales que trabajan en la VCP no toman decisiones “todo o nada”, como los operadores de radar. Generalmente las decisiones que se toman en el contexto de la predicción de la violencia futura contra la pareja son una serie de pequeñas decisiones, que a veces pueden parecer insignificantes, pero que tienen importantes consecuencias acumulativas:

aumentar/disminuir la medicación, cambiar las medidas del agresor, avisar o no a la víctima de los cambios de régimen de control del agresor, etc. Todas estas decisiones tienen (explícita o implícitamente) un juicio pronóstico en la mente del que toma estas decisiones y, en su faceta positiva, nos muestran la gran cantidad de ocasiones en que la actuación del profesional puede gestionar, para minimizar, el riesgo de violencia futura de un agresor. Además, estas decisiones suelen estar encadenadas ya que el resultado de una de ellas condiciona la siguiente, y así sucesivamente.

b) El valor de las decisiones es distinto en un caso (los operadores de radar en tiempo de guerra) del que nos ocupa a nosotros (la valoración del riesgo de violencia contra la pareja). Este valor está en referencia a la aceptabilidad de las decisiones. En distintos contextos los errores tienen una valoración diferente. Por ejemplo, un falso positivo en un estudio diagnostico de cáncer, es decir,

diagnosticar a un paciente como enfermo de cáncer por error, tiene consecuencias negativas para el sujeto: ansiedad, administración de un tratamiento cruento que no requería, etc. El falso negativo en un enfermo de cáncer, es decir, no diagnosticarlo como portador de la enfermedad cuando en realidad sí la tiene, acarrea unas consecuencias que pueden ser fatales al no actuar con la diligencia y los recursos que la situación requiere. Comparemos este error en la detección de un cáncer con el de una mujer amenazada de muerte por su marido. El falso positivo consistiría en intervenir deteniendo al marido o protegiendo a la mujer en una casa de acogida. Por el contrario, el falso negativo sería permitirle que volviese a su casa sin más. Naturalmente en ambas situaciones las consecuencias de los errores son indeseables, pero por razones distintas en el caso del falso positivo o del falso negativo, ya que mientras que el primer error puede producir incomodidades o dificultades personales, no son en ningún caso comparables con las consecuencias del cumplimiento de la amenaza por parte del marido.

Esta reflexión se debe modular en relación con un elemento muy importante que afecta a la tarea de predecir la VCP. Es la prevalencia y la probabilidad de la conducta violenta. Generalmente, cuando pensamos en términos duales o dicotómicos, es decir, que un suceso suceda o no, pensamos en que la probabilidad de que suceda es igual a la de que no suceda, es decir, que la probabilidad de un acto violento es del 50%. Esta es una simplificación errónea que cae por su propio peso ante la evidencia empírica. La violencia (los actos violentos y especialmente los graves) es infrecuente y rara. Por tanto, nos debemos olvidar de la ratio 50/50 de que se dé o no se dé un acto violento. Los datos que hemos descrito de prevalencia de los tipos de VCP no dicen que estas probabilidades ocurran en estas proporciones. Consideremos que la ratio es 1:9 de que suceda un acto como es una agresión física. Esta contingencia tiene mucho efecto en la toma de decisiones y suele condicionar muchos más errores por falsos negativos que por falsos positivos y es muy habitual en la predicción del comportamiento violento. Quiere decir que de 10 casos en los que el profesional debe decidir si el agresor se comportará violentamente en el futuro, solamente lo va a hacer en un caso, por lo que el sesgo hacia los falsos negativos es más habitual que hacia los falsos positivos. Este hecho es dramático en los casos de violencia mortal o muy grave, como pasa en el caso de los asesinos de sus parejas o ex parejas. De hecho, todas las decisiones binarias están sujetas a este esquema de aciertos/errores y a sus consecuencias (Quinsey et al., 1998; Maden, 2007).

Tres elementos distintos tienen un papel decisivo en cualquier proceso de predicción futura del comportamiento y, en este caso, de la VCP. Estos tres elementos son: los predictores, que solemos identificar con los factores de riesgo (de los que nos ocuparemos en el próximo apartado); aquello que queremos predecir, que identificaremos como el resultado o criterio (el suceso violento); y, por último, el tercer componente, que es el tiempo que media entre la presencia o acción de los predictores y la ocurrencia del criterio. Por ejemplo, un factor predictor del asesinato de la pareja (criterio o resultado a predecir) son las ideas suicidas del agresor y también la separación física y legal entre los miembros de la pareja. El primer factor de riesgo, las ideas suicidas, son buenos predictores a medio y largo plazo del asesinato de la pareja; en cambio, la separación física y legal (especialmente cuando son coincidentes en el tiempo) son predictores de corto plazo sobre el criterio descrito. La conjunción de los tres factores (predictores, criterio y tiempo) determinan la eficacia de la técnica predictiva. No obstante, la tecnología de la predicción es mucho más compleja que simplemente identificar estos tres elementos; baste como ejemplo la consideración de la prevalencia del criterio a predecir y su efecto en la eficacia predictiva. De hecho, la epidemiología y las técnicas actuariales se han encargado de demostrar que el nivel de aciertos y de errores en las decisiones dicotómicas depende también de la prevalencia del fenómeno a predecir. Esto significa que el caso de la VCP en el que se trate de predecir el asesinato es mucho más difícil que la

predicción de la repetición de la violencia física o sexual que, por efecto del nivel de prevalencia, es mucho más fácil. Recordemos que la prevalencia del asesinato de la pareja se mide en unidades por millón mientras que la violencia sexual o física oscila entre valores del 5 al 10 por ciento (Quinsey et al., 1998; Tjaden y Toehness, 2000; Medina-Ariza y Barberet, 2003; Sanmartín, 2007).

Queremos insistir en considerar que una de las claves de la tarea predictiva es delimitar con precisión el criterio a predecir (Hart, 2001), es decir, el tipo y características de la violencia. Para actuar con rigor y eficacia hemos de recordar que no podemos predecir la violencia en general, sino que hay que delimitar más el criterio a predecir, y eso significa tomar varias decisiones, como por ejemplo: a) ¿qué tipo de violencia nos interesa predecir?; b) ¿en qué grupo de sujetos o población?; y c) ¿para qué intervalo temporal ha de tener validez la predicción? Todas estas especificaciones del criterio son imprescindibles en la tarea de predicción de la violencia y las debe tomar el profesional a partir de su experiencia y formación. Sin estas restricciones no es posible una predicción técnicamente avalada y con garantías contrastables del porqué de las valoraciones y medidas de seguridad subsiguientes. Edens y Douglas (2006) se refieren al llamado “problema del criterio” para describir la variabilidad de las dimensiones operativas que constituyen el fenómeno de interés, tales como la edad (agresión infantil, violencia en la pareja, maltrato de mayores), el ámbito o contexto (prisión, escuela, hospital, comunidad, hogar), la severidad (abuso verbal, golpes, homicidio) o la frecuencia (asesinato en masa, asesinato serial, violencia doméstica repetitiva), por nombrar solamente algunas variables.

3. Factores de riesgo y tipos de violencia contra la pareja

En las actividades profesionales aplicadas sustentadas en disciplinas físico-químicas, biológicas y similares, la predicción de los sucesos futuros se fundamenta en el conocimiento riguroso de los mecanismos causales y de sus interacciones mutuas. Este conocimiento permite la aplicación de las leyes y principios que regulan esos mecanismos para diseñar estructuras o procedimientos que garanticen la eficacia de esas aplicaciones. Podemos analizar cómo los endocrinólogos o los neumólogos diseñan y aplican tratamientos para controlar la diabetes o la insuficiencia respiratoria. Lo mismo pasa entre los ingenieros que proyectan un puente o un túnel de acuerdo con las características del terreno y con la utilidad que va a tener. El conocimiento de las causas y de los procesos que relacionan los mecanismos de cualquier fenómeno es la mejor garantía para poder controlar y predecir su comportamiento futuro. No obstante, este modelo de relaciones entre los conocimientos básicos de una disciplina y su aplicación a la realidad cotidiana es más infrecuente de lo que creemos. Muchas disciplinas tienen conocimientos parciales e incompletos de las causas y, sin embargo, se aplican diariamente. Por ejemplo, la mayoría de las ciencias médicas y la propia economía tienen conocimientos muy parciales de las enfermedades o de las finanzas y no por ello se dejan de aplicar en el diseño de estrategias terapéuticas y de gestión económica. También sucede que algunas disciplinas tienen buenos modelos explicativos de los fenómenos, pero su aplicación no es garantía de evitar sucesos indeseables. Piénsese en la sismología o la meteorología, que, aun disponiendo de buenos modelos explicativos para los terremotos o las tormentas, se limitan a predecir la probabilidad de que sucedan y a recomendar intervenciones preventivas para mitigar los efectos de aquellos sucesos. Podemos decir que no siempre un conocimiento profundo de los mecanismos y las causas que producen un fenómeno son suficientes para poder predecirlo y controlarlo (Monahan y Steadman, 1994). Pero eso no significa que, si no disponemos de un modelo explicativo completo, no podamos actuar con rigor. De hecho, las necesidades explicativas para predecir son mucho más pequeñas que para otro tipo de intervenciones. Predecir no implica explicar el porqué suceden las cosas; simplemente requiere conocer

empíricamente qué factores predictores se asocian (y con qué fuerza o grado de asociación) con qué tipo de criterios. Este conocimiento con respecto a los diferentes tipos de violencia contra la pareja se ha desarrollado al amparo de los estudios epidemiológicos y clínicos que se han realizado en los últimos 15 años y son la base de las estrategias predictivas y preventivas.

Junto con el desarrollo de los estudios epidemiológicos de la VCP, se ha avanzado mucho en el conocimiento de los factores de riesgo asociados a la VCP. Conocer las causas de cualquier fenómeno violento no es tarea fácil debido a la complejidad y multiplicidad de factores que lo determinan (Andrés- Pueyo y Redondo, 2007), y el caso de la VCP no es ninguna excepción. Excepto las explicaciones generalistas que atribuyen a la diferencia histórica de roles sociales entre hombre y mujer y a la discriminación de ésta última, que tienen poca o nula aplicación en los casos individuales, no hay muchos modelos explicativos completos que describan y analicen los procesos y mecanismos que causan la VCP. En cambio, hoy disponemos de un buen nivel de conocimiento de los factores de riesgo estrechamente asociados a la VCP y, en concreto, a los factores que afectan al agresor y, en menor medida, a la víctima (Dobash y Dobash, 1979; Hotaling y Sugarman, 1986; Stith, 2004), lo que permite incluirlos en las técnicas apropiadas para realizar una eficaz tarea predictiva y preventiva.

Se

conocen una importante cantidad de motivos, razones y tipos de conflictos que están relacionados con

la

VCP. En 1986 Hotaling y Sugarman elaboraron un metaanálisis para identificar los factores de riesgo de

la

violencia intrafamiliar, a partir del análisis de 52 estudios caso-control realizados entre los años 1970 y

1985, en los cuales destacaron más de 97 factores de riesgo de violencia del marido sobre la esposa. Entre

estos factores de riesgo aparecían: ser testigo o víctima de violencia en la infancia o adolescencia, el consumo de alcohol y la violencia hacia otros miembros de la familia siendo niño. Asimismo aparecían otros factores de riesgo tales como desempleo, bajo nivel de ingresos, bajo nivel educativo y falta de asertividad que, como es bien sabido, son factores de riesgo típicos en muchos tipos de delincuencia (Redondo y Andrés-Pueyo, 2007).

A partir de los distintos tipos de estudios (clínicos, forenses o epidemiológicos) encontramos diversas

propuestas de factores de riesgo de la VCP. Cada una de ellas tiene su utilidad y además aporta informaciones relevantes y complementarias. Así, el resumen de Tjaden y Thoehnnes (2000) es especialmente práctico a efectos probabilísticos. Estas autoras han descrito los siguientes factores de riesgo y las odds ratio (OR) 2 correspondientes para distintos tipos de VCP obtenidos en su extenso estudio epidemiológico de la VCP. Factores de riesgo de violencia física: tener una pareja que realiza agresiones verbales habitualmente (OR=7,63), tener una pareja celosa (OR=2,69), haber sido víctima de abusos en la infancia (OR=2,59), cohabitar con parejas sin relación administrativa formalizada (OR=1,40) y pertenecer a una minoría o grupo de personas con discapacidad (OR=1,40). Para la violencia sexual: la pareja realiza amenazas graves (OR=3,53), el agresor dispone de armas (OR=2,53), la víctima está en el rango de edad entre 18 y 25 años (OR=2,11), el agresor es el marido (OR=1,69) y el agresor abusa del consumo de alcohol y otras drogas (OR=1,55).

Dobash y Dobash (1984), a partir de estudios clínicos, describieron la frecuencia de las distintas razones

que provocan sucesos violentos entre los miembros de la pareja. Entre ellas destacan: los celos sexuales y

la “posesividad” (45%); las expectativas sobre el trabajo doméstico (16%); los problemas económicos y

relacionados con el dinero (18%); los problemas relacionados con el estatus o el rol social (3%); el rechazo

2 Es un parámetro que mide la probabilidad de que se asocien dos sucesos seleccionados (suicidio y depresión; violencia y sexo; etc.). Es un cociente entre la probabilidad de que ocurra un suceso o de que no ocurra. El valor absoluto debe ser mayor de 1 para ser indicativo de que existe riesgo.

a las demandas sexuales (2%); el intento de abandono por parte de la mujer (10%); las dificultades con los amigos o parientes (4%); el abuso del alcohol por parte del marido (6%); causas relacionadas con los hijos (4%); y, finalmente, otras razones (3%). Es interesante destacar la convergencia de estos resultados con los aportados por la Policía a partir de sus atestados producto de la intervención en situaciones de violencia de pareja. La Policía, en los registros de sus intervenciones, observó que, en sucesos graves de violencia contra la pareja, los antecedentes tenían que ver con los celos sexuales y la posesividad (12%), los problemas relacionados con las tareas domésticas (37%), y las amenazas o intentos de abandono por parte de la mujer (17%). Los estudios transculturales sugieren que los celos o la infidelidad están presentes en la mitad de estos sucesos violentos y que “la falta en el cumplimiento de las obligaciones de la mujer” sustenta otra parte de la causalidad de este tipo de violencia (O’Leary et al., 2007; Fagan y Browne, 1994).

Los factores de riesgo de la VCP no son únicamente individuales y específicos de los agresores y muchos de ellos dependen de las situaciones donde se desarrolla el conflicto de pareja. Por ejemplo, Berk, Berk, Loseke y Rauma (1983) encontraron que las propias órdenes de detención (en general, la intervención policial) aumentan la probabilidad de que las mujeres experimenten abusos graves por parte de sus agresores en respuesta a estas denuncias, al comparar estos comportamientos con grupos de mujeres que no denunciaron a sus parejas. Estos estudios también sugieren que haber convivido con un agresor es un factor que aumenta el riesgo de violencia cuando la mujer decide abandonar o romper la relación de pareja. El haber convivido con el agresor no es un factor de protección de la violencia continuada contra la pareja (Block, Skogan, Fugate, y Devitt, 2001). Se ha estimado que los celos sexuales desencadenan entre un 7 y un 41% de los sucesos de VCP (Block et al., 2001). Estos autores también refieren que un 86% de las mujeres describieron que sus parejas eran celosas y que no querían que ellas hablasen con otros hombres ni con otras mujeres.

También se ha demostrado que el consumo y abuso del alcohol y, en un grado inferior, de otras drogas están asociados a todos los tipos de agresión (Felson, 2007; Wilkinson, 2003). El uso del alcohol en sucesos e incidentes violentos está bien documentado (Block y Christakos, 1995), pero el significado de esta asociación sigue siendo todavía una pregunta empírica (Felson, 2007). El papel que juega el consumo de alcohol en la VCP se ha examinado como factor distante y próximo (Lipsey et al., 1997). El problema de la bebida tiene consecuencias múltiples en las dinámicas sociales, económicas y relacionales de las parejas que producen un aumento de la tensión en la relación. A pesar de que las investigaciones indican de forma persistente que el consumo de alcohol es un factor de riesgo distante para la VCP (Block y Christakos, 1995), nuevas investigaciones indican que el consumo de alcohol en situaciones de violencia se puede convertir en la causa inmediata y directa de los sucesos de VCP. Algunos investigadores han planteado evidencias que indican que el alcohol está asociado con la violencia física (Walker, 1984, Felson et al., 2007), mientras que otros discuten la validez de esos resultados (Berk et al., 1983; Gelles, 1993). Walker (1984) ya encontró que el consumo del alcohol es un problema más grave en la violencia física contra la pareja que el consumo de otras drogas. Pero como frecuentemente el consumo de alcohol y de otras drogas es simultáneo, separar sus efectos y establecer la contribución de cada uno de ellos es un problema complicado.

Las propuestas de causas o factores que provocan la VCP cambian ligeramente no sólo en relación con el tipo de estudio que los identifica (epidemiológico, clínico o criminológico), sino que también varían según se refieran a distintos criterios, como pueden ser la violencia física, la sexual, la psicológica e incluso el asesinato o el acoso no-sexual. Así, vemos que, en el caso de asesinato, los factores de riesgo pueden ser muy específicos y de efectos rápidos. Belfrage et al. (2004), en un estudio de caso-control realizado con todos los casos de asesinatos de mujeres por sus parejas o ex parejas en Suecia entre 1990 y 1999 para

descubrir los factores de riesgo que distinguen las agresiones graves contra la pareja de los asesinatos (o intentos de asesinato) de la pareja, mostraron la importancia de las ideas suicidas u homicidas, la presencia de historia biográfica de trastorno mental grave de los agresores y la demanda de divorcio (o separación) como predictores del asesinato. En contraste con aquellos factores de riesgo, la edad, el consumo de drogas y la psicopatía eran predictores específicos de malos tratos, pero no de asesinato. Esta especificidad de los factores de riesgo en relación con el tipo de resultado a predecir es de gran utilidad en la tarea práctica de la predicción de la VCP y no puede omitirse ya que en cada caso individual nos encontraremos con múltiples factores de riesgo presentes en distinto grado y que pueden cambiar con motivo de las nuevas situaciones a las que las relaciones de la pareja lleguen, como resultado, muchas veces, de la propia dinámica conflictiva.

Varios estudios han demostrado que la separación y el alejamiento tienen una influencia muy importante en una proporción que varía entre el 25 y el 52% de los homicidios de pareja (Browne et al., 1989; Stout, 1993). La violencia mortal motivada por la separación suele ser inmediata y cesar el peligro al pasar un año de la separación (Wilson y Daly, 1993) y, a menudo, ocurre en menos de un mes (Stout, 1993). Block

y Christakos (1995) encontraron que los agresores varones podían asesinar a sus parejas cuando éstas se

separaban o amenazaban con abandonarlos. Los sucesos de violencia contra la pareja son más graves después de que los miembros de la pareja se hayan separado (Block y Christakos, 1995; Browne, Williams

y Dutton, 1999; Rennison y Welchans, 2000; Belfrage et al., 2004). Según diversos estudios que

comparan los factores de riesgo de VCP letal sobre la no-letal, la separación formal y la marcha del domicilio (de la víctima o del agresor) son factores de riesgo inminente y muy grave. Con todo, la separación de los miembros de la pareja no se puede considerar el único predictor de homicidio, pero sí que incrementa el riesgo de forma notable (Dobash et al., 2007).

Numerosos factores de riesgo y de naturaleza variada están relacionados significativamente con la VCP. Sin embargo, recientemente en un estudio de modelización multivariado de las relaciones que mantienen entre sí los miembros de la pareja (el agresor y la víctima), realizado por el grupo de O’Leary (O’Leary et al., 2007), se ha descrito una serie relativamente pequeña de tres factores que se relacionan directamente

con la ejecución de actos de violencia en el seno de la pareja. Estos tres factores son: la dominancia y los celos, el conflicto o desajuste marital (de pareja) y los síntomas depresivos o de desbordamiento emocional. De hecho, estos tres factores recuerdan los argumentos más importantes dados por las tres tradiciones que han formulado modelos interpretativos de las causas de la VCP. Para la tradición feminista,

el control, los celos y la dominancia machista ocupan el papel central de la VCP. Para la orientación más

criminológica, el motivo central de la VCP son los conflictos de pareja que están bien identificados por medio de la variable “ajuste marital”. Por último, el enfoque o aproximación clínica o psicopatológica enfatiza el papel de las variables bien representadas por los trastornos afectivos y emocionales. Estas tres variables quizás sean, en un sentido de predicción inmediata, tan relevantes o más que los listados que

hemos comentado, pero no conviene olvidar que estos tres factores, a su vez, forman parte de una maraña de interacciones que se prolongan en el tiempo y justifican la cronicidad y especificidad de la VCP.

En general, los estudios que han buscado los factores de riesgo asociados a la violencia física o sexual

grave y el asesinato de la pareja han resultado bastante exitosos y han propuesto listados de factores de riesgo muy convergentes y útiles. No pasa lo mismo con el caso de la violencia psicológica y los malos tratos emocionales. Los estudios son muy divergentes y, en general, poco específicos, motivo por el cual

se considera la tarea más difícil en el contexto de la predicción de la VCP. Otra razón de peso es que el

criterio (el resultado) a predecir tiene una delimitación muy poco precisa (Kropp et al., 1995; Hart, 2001)

y, en realidad, se ha avanzado muy poco en la predicción de este tipo de VCP.

Los factores de riesgo son características asociadas con un incremento de la probabilidad de que suceda un determinado hecho, ya sea un acto de violencia física, sexual o de otra naturaleza. Pese a que la presencia de uno o más factores de riesgo no indica necesariamente que se dé una determinada relación causal, sí que se cumple que la probabilidad de un suceso asociado a los factores de riesgo aumenta. Lo mismo pasa con los factores protectores, pero a la inversa; es decir, la presencia de estos factores de protección reduce la probabilidad de aparición de un determinado hecho. Un resultado habitual en los estudios de factores de riesgo de la VCP es una larga lista de estos factores que, a veces, hace falta depurar teniendo en cuenta la influencia ponderal o cuantitativa que tienen sobre la probabilidad de aparición de un hecho violento. La naturaleza y propiedades de estos factores de riesgo son muy variadas, incluyendo variables biográficas, de personalidad, de estados psicopatológicos, de tipo sociolaboral, actitudes, etc. Entre ellas mantienen una red compleja de interacciones que, de hecho, esconden los verdaderos procesos y mecanismos generadores de los comportamientos de interés.

Los factores de riesgo de la VCP se han ido compilando al mismo ritmo que se generaban los estudios empíricos que buscaban asociaciones entre causas y consecuencias de la VCP. Numerosos y variados factores componen hoy un listado de factores de riesgo de la VCP que tienen un papel de mayor o menor intensidad en el inicio, mantenimiento y agravamiento de las distintas formas de VCP. Estos factores de riesgo no son independientes entre sí y actúan diacrónica y sincrónicamente en la producción de los actos violentos y tienen efectos ponderales muy diversos (Stith et al., 2004).

Un resumen completo y exhaustivo de los factores de riesgo de la VCP, de validez general para todos los tipos de violencia (física, sexual y psicológica), se ha presentado recientemente, a partir de un metaanálisis realizado por Stith et al. (2004). Este trabajo organiza los diferentes factores de riesgo en términos del modelo de VCP propuesto por Dutton (Dutton, 1995). Este modelo parte de las insuficiencias de analizar la violencia contra la pareja como un hecho simple, derivado de las creencias patriarcales del agresor o de la presencia de disfunciones psicológicas del agresor e incluye muchos otros factores relacionados con la VCP. Está organizado en cuatro niveles, desde el más amplio al más restrictivo. Estos niveles incluyen factores del macrosistema (social), que agrupa las creencias y los valores ideológicos generales de la cultura donde vive el agresor. El siguiente nivel es el exosistema (comunitario), que incluye todo aquello que hace referencia a las estructuras sociales formales e informales donde vive el agresor y lo conecta con las macroestructuras antes mencionadas. El tercer nivel es el microsistema (grupal), que se refiere a las variables que están relacionadas directamente con el contexto del abuso y las relaciones interindividuales de pareja. Por último, se proponen las variables del nivel ontogenético (individual), que hacen referencia específica a la biografía e historia del desarrollo del agresor. Según este modelo, los niveles están anidados entre ellos, siendo el macrosistema el más incluyente y el resto se van agrupando jerárquicamente uno dentro del otro. Así se entienden las influencias recíprocas (y que actúan a lo largo del desarrollo) que mantienen entre ellos. Estos factores son de naturaleza variada: emocionales, actitudinales, etc., pese a que ocupan niveles de integración diferentes. Esta es una versión revisada del modelo ecológico de Bronfenbrenner que aplica el análisis de la OMS en su estudio sobre violencia y salud (Krug, 2002), pero específico para la organización de los factores de riesgo de la VCP. En la tabla 2 se recogen algunos de estos factores de riesgo que tienen mayor efecto en la variación de la VCP. El hecho de que aparezcan muchos factores influyendo en el riesgo de la violencia de pareja, pero que ninguno de ellos tenga un protagonismo esencial, nos indica que la realidad individual de la violencia contra la pareja es multicausal. Es muy difícil que una sola variable sea responsable de la variabilidad de la expresión de la conducta violenta.

 

Macrosistema

Exosistema

Microsistema

Ontogenético

(individual)

 

Cultura

Trabajo Nivel educativo Estrés laboral/vital Violencia contra familiares (no-parejas) Ingresos económicos Detenciones anteriores Edad

Víctima infantil de abusos Relaciones sexuales forzadas Acoso Satisfacción pareja Separación pareja Control sobre la pareja Maltrato animales Celos Abuso emocional o verbal Historial de agresiones sobre la pareja

Abuso drogas ilegales Odio/hostilidad Actitudes que disculpan la violencia contra las mujeres Ideología tradicional en roles sexuales Depresión Abuso de alcohol Empatía

Valores sociales

Ideología

AGRESOR

Creencias sociales

 

Cultura

Trabajo Nivel educativo Ingresos económicos Ayuda social Edad

Satisfacción pareja Separación pareja Núm./presencia hijos Violencia contra la pareja

Miedo Embarazo Odio/hostilidad Abuso drogas ilegales Actitud de disculpa hacia la violencia contra las mujeres Abuso de alcohol Depresión

Valores sociales

VÍCTIMA

Ideología

Creencias sociales

Tabla 2. Factores de riesgo de violencia contra la pareja descritos a partir del metaanálisis de Stith (2004). Hay que destacar que únicamente se incluyen definiciones genéricas de los factores de riesgo y, asimismo, que los factores pueden tener relaciones positivas o negativas con respecto a la VCP. Los factores en negrita son predictores más potentes. La organización de los mismos se ajusta a la clasificación de Brofenbrenner (ver texto).

En la tabla, que es un resumen de la que presentan Stith et al. (2004) en su trabajo, hemos incluido los factores de riesgo más importantes de VCP asociados al agresor y a la víctima, mostrando sus valores de efecto probabilístico en términos de “tamaño del efecto” 3 , que están en la publicación original. Aquí se han obviado y únicamente se han mostrado en negrita los que tienen un tamaño del efecto medio o alto. En la predicción probabilística, como es ésta, los factores de riesgo suelen estar muy correlacionados entre sí y por ello, como regla general, hemos de pensar que la presencia de varios de ellos es frecuente y determina la probabilidad de que el criterio suceda a veces más que el peso específico ponderal de cada uno de ellos. Estas interacciones hacen muy difícil la aplicación de métodos actuariales precisos a la predicción del riesgo de VCP y, como veremos en el próximo apartado, confieren a la decisión del experto un papel más protagonista del que en un primer momento se cree (Andrés-Pueyo y Redondo, 2007).

Por último, hace falta insistir en que los factores de riesgo lo son de formas específicas de violencia (Andrés-Pueyo y Redondo, 2007) y no de “todo” tipo de violencia. Así, una experta en el tema de la valoración del riesgo de violencia física sobre la pareja, J. C. Campbell, indica que se deben distinguir tres tipos de violencia contra la mujer, en el seno de la pareja, y que podemos predecir diferencialmente: el asesinato de la pareja, nuevas agresiones físicas o sexuales sobre la pareja o la reincidencia delictiva en agresores de pareja. Cada uno de estos tipos de violencia tiene unos predictores diferentes que, como

3 Estimador estadístico que nos muestra la importancia cuantitativa que tiene una variable asociada con otra. Se suele calcular por medio de la “d” de Cohen. Los valores superiores a 0,20 se consideran débiles, los superiores a 0,40 se consideran medios y por encima de 0,80 elevados.

veremos, se encuentran organizados en instrumentos de predicción particulares. Así, para evaluar el riesgo de asesinato se utiliza el Danger Assessment Tool (DA) (Campbell, 1995); para valorar el riesgo de nuevos ataques sobre la pareja utilizamos la Spouse Assault Risk Assessment (SARA) (Kropp et al., 1995); y para valorar el riesgo de reincidencia de delincuentes penados por violencia doméstica se utiliza el Kingston Screening Instrument for DV (K-SID) (Gelles, 1998). Cada uno de ellos tiene un conjunto de factores de riesgo común y, además, otros propios y diferentes, según el comportamiento cuyo riesgo de aparición se quiere estimar. En España no se disponía de ninguno de estos instrumentos adaptados y nuestro grupo de investigación consideró que sería apropiado adaptar la SARA para su uso profesional, así como también una versión piloto del DA 4 .

4. Valoración del riesgo de violencia contra la pareja: SARA y DA

El comportamiento humano complejo, sea del tipo que sea, incluyendo los distintos tipos de violencia contra la mujer, depende de multitud de factores causales y de sus interacciones y, debido a ello, es prácticamente impredecible. Sin embargo, el conocimiento sobre los factores desencadenantes y moduladores que provocan la conducta violenta permite hacer, con las técnicas adecuadas, predicciones probabilísticas de estos sucesos. En general, la probabilidad de que se produzca un suceso violento, por complejo que éste sea y múltiples las causas que lo produzcan, sí que se puede estimar (Andrés-Pueyo y Redondo, 2007). Las ciencias experimentales y las tecnologías que se derivan de ellas tienen métodos precisos para predecir fenómenos futuros con márgenes de error pequeños. Un ejemplo, que combina el conocimiento de los factores que producen los fenómenos y la relativamente precisa predicción de éstos en el futuro, es la meteorología, que nos puede servir de referente para comprender mejor la predicción de la VCP (Monahan y Steadman, 1994; Quinsey et al., 1998). En los últimos 25 años los procedimientos de predicción de sucesos futuros se han generalizado en las ciencias sociales, también en la Medicina y la Psicología. La base de estos avances ha consistido en fijarse más en la realidad empírica y no esperar a conocer bien las causas de un fenómeno para poder predecirlo. Es lo que se conoce como la estrategia actuarial y representa una mejora importante frente a la estrategia clínica tradicional en la predicción del comportamiento criminal y violento basada en la peligrosidad (Andrés-Pueyo y Redondo, 2007).

Los avances en la epidemiología psiquiátrica, en la evaluación psicológica y en la Criminología han demostrado la insuficiencia de la estrategia clínica de diagnosticar la peligrosidad para predecir la VCP y han propuesto nuevos métodos de predicción de violencia basados en la valoración de los factores de riesgo que anticipan la conducta violenta (Hart, 2001). Estos nuevos métodos se han especializado en la valoración de tipos específicos de violencia y han surgido de la colaboración entre investigadores y profesionales para solventar, en primera instancia, la exigencia práctica de realizar predicciones eficaces. Los resultados son la puesta a disposición de los profesionales de una serie de guías y protocolos de valoración del riesgo que tienen múltiples aplicaciones y que se han generalizado rápidamente a numerosos países. Esta aportación es muy relevante en el caso de la VCP y, por ello, en los últimos años se han desarrollado protocolos como la SARA, guía para predecir la violencia física y sexual grave contra la pareja, o el DA, que permite valorar el riesgo de asesinato de la pareja. Aún faltan desarrollos específicos para valorar el riesgo de violencia psicológica contra la pareja.

Estos instrumentos de valoración del riesgo de violencia contra la pareja son de gran ayuda para los profesionales que trabajan en contextos forenses, victimológicos, penitenciarios, de asistencia social y de

4 Disponibles en www.ub.edu/geav.

orientación familiar, para prevenir la violencia contra la pareja. También se utilizan para valorar los niveles de riesgo en tratamientos e intervenciones sobre agresores y para revisar la calidad de las decisiones tomadas en procesos civiles o penales en litigios donde la probabilidad de que surja violencia contra la pareja es patente.

Hay muchas razones para utilizar las técnicas de predicción de la violencia en la VCP. Todas ellas confluyen en la intención de proteger eficazmente a la víctima, pero hay algunas razones más explícitas que queremos mencionar. Una de ellas, que avala la aplicación de los procedimientos de valoración del riesgo de violencia en la VCP, es el hecho de que las mujeres víctimas generalmente no son conscientes del nivel de riesgo que corren en algunas situaciones. En el caso de los asesinatos de pareja, aproximadamente la mitad de las víctimas no consideraban que estuvieran en riesgo de muerte a manos de su pareja (Campbell et al., 2003). Otra razón hace referencia a la necesidad de pronosticar la violencia que ocurre en el ámbito doméstico ya que este tipo de violencia es muy repetitivo (Campbell, 1986; Dutton y Kropp, 2000; Gondolf, 1997; Quinsey, 1998). Otra serie de razones son de carácter más profesional y tienen que ver con la mejora de la consistencia de las decisiones pronósticas y la transparencia de los procesos que los profesionales realizan para decidir sus pronósticos y predicciones (Webster et al., 1997; Hart, 2001). En la tabla 3 se presentan las razones que justifican y promueven la valoración de riesgo de violencia.

 

Motivos

 

– Adecuación de las medidas de control

AGRESOR

– Evaluación de la eficacia del tratamiento

– Identificación de los factores de riesgo susceptibles de cambio e intervención

 

– Protección ponderada en relación con el riesgo

– Contraste de la “autopercepcion” del riesgo con una valoración más objetiva

VÍCTIMA

– Programación de las medidas de protección

– Consideración de los riesgos que tiene

 

– Aumento de la capacidad predictiva

PROFESIONAL

– Ayuda en la toma de decisiones

– Transparencia a posteriori de las razones de las decisiones tomadas

Tabla 3. Motivos que justifican el uso de las guías de valoración de riesgo para la predicción de la violencia contra la pareja.

La valoración del riesgo se convierte en un procedimiento imprescindible para la gestión del futuro del agresor y de la víctima. En los últimos años los instrumentos de evaluación de la VCP se han multiplicado y difundido al hilo del interés y preocupación suscitados por este fenómeno (Rathus y Fliender, 2005). Principalmente se han construido instrumentos de evaluación que valoran el tipo, la magnitud, la frecuencia, variedad y dinámica de las conductas violentas, así como sus consecuencias y antecedentes. Recientemente se ha publicado por parte del Instituto de la Salud de Andalucía, editado por Ruiz-Pérez et al. (2005), un dossier que compila una gran cantidad de instrumentos de valoración de la violencia contra la mujer de uso clínico, que muestra la vitalidad de este ámbito de investigación y de sus aplicaciones profesionales. Entre estas escalas e inventarios destacan el CTS2 (Conflict Tactics Scales Revised, de Straus,

1996), la ISA (Index of Spouse Abuse) y el WAST (Woman Abuse Screening Tool), que están traducidos y adaptados al castellano por el grupo dirigido por la Dra. Ruiz, del Instituto Andaluz de Salud Pública. También se ha prodigado la puesta a punto de instrumentos de screening o cribado para la detección de la VCP, como el Domestic Violence Screening Tool (Rathus y Fliender, 2005) y otros cuestionarios destinados a evaluar la realidad epidemiológica de la VCP (Tadjen y Toeheness, 2000). Pero en el caso de la reincidencia o del riesgo de reincidencia de la VCP no ha sucedido igual, y apenas contamos con unos pocos instrumentos a escala internacional, que son la SARA (también el B-SAFER), el DA, el ODARA y el K-SID (Zoe Hilton y Harris, 2005). De ellos los más específicos para la finalidad predictiva de la VCP son la SARA y el DA, que describiremos a continuación.

4.1. La SARA (Spouse Assault Risk Assessment) (Kropp et al., 1995)

La SARA (Spouse Assault Risk Assessment) es una guía de valoración del riesgo de violencia contra la pareja que fue desarrollada originalmente por P. Randall Kropp, Stephen D. Hart, Christopher D. Webster y Derek Eaves. Se editó por primera vez en 1993, siendo su segunda edición de 1995, que es la que hemos adaptado al español (Andrés-Pueyo y López, 2005). La SARA, que implica la valoración y gestión de la violencia de pareja, es una guía de gran utilidad en el contexto de la práctica profesional, ya que está diseñada para valorar el riesgo de violencia entre los miembros de una pareja sentimental (actual o pasada) en cualquiera de las situaciones donde puede ser necesaria esta valoración (desde demandas civiles que enfrentan a las parejas o ex parejas, litigios por la custodia de los hijos, separación y divorcio, denuncias penales por malos tratos, valoración del riesgo de reincidencia, estimación del riesgo de violencia física inminente, etc.). Tiene el formato de una guía, es decir, un pequeño libro que se adjunta al protocolo de valoración en la misma línea y diseño que otros instrumentos como el HCR-20 o el SVR- 20 (cfr. Andrés-Pueyo y Redondo, 2007). En el anexo 1 se presenta el protocolo final de valoración de la SARA en su versión española.

La SARA sigue el procedimiento de los métodos de juicio mixto, clínico-actuariales (Andrés-Pueyo y Redondo, 2007), para la valoración del riesgo basándose en el chequeo de 20 factores de riesgo de VCP. La SARA requiere de los evaluadores decidir sobre la presencia o ausencia de los factores de riesgo para informar de manera sencilla sobre la probabilidad de que un agresor pueda volver a reiterar la conducta violenta, principalmente física o sexual, en un plazo de tiempo aproximado entre tres y seis meses después de la valoración.

El primer paso en la construcción de la SARA fue realizar una revisión precisa de la literatura clínica y de investigación relacionada con los estudios de riesgo para la VCP, especialmente aquellos sobre violencia contra la pareja. En este proceso se seleccionaron los factores de riesgo de VCP grave de tipo físico y sexual, no incluyéndose ninguno específico de violencia psicológica (una de las limitaciones de aplicación de la SARA). El resultado fue un protocolo de 20 elementos, que en el contexto de la SARA se denominan ítems, por su similitud con los elementos que constituyen los tests psicológicos, si bien son más etiquetas identificativas de los factores de riesgo que formulaciones que requieren una respuesta por parte del sujeto evaluado. Estos factores de riesgo se agrupan en cinco secciones, que son las siguientes:

1. Historial delictivo. La existencia de una historia anterior de delincuencia, aunque no esté relacionada con delitos de agresión a la pareja, está fuertemente asociada al riesgo de reincidencia de VCP. Son tres ítems que hacen referencia tanto a la historia de violencia propiamente dicha

como al incumplimiento de las sentencias o medidas dictadas por un tribunal u otras instancias jurisdiccionales.

2. Ajuste psicosocial. Se trata de distintos ítems que muestran la violencia asociada a recientes y continuados desajustes psicosociales. En el contexto de la valoración del riesgo conocer si el desajuste está motivado por un problema psicopatológico más o menos crónico o es producto de una situación financiera o personal de estrés grave no es demasiado relevante y, en cualquier caso, estos factores aparecen siempre como buenos predictores de la VCP (Stith, 2004). Además, en esta sección aparecen otros ítems relacionados con la historia o presencia del trastorno mental ya que los individuos que tienen un trastorno mental o un trastorno de personalidad tienen mayor predisposición a actuar y tomar decisiones inadecuadas en situaciones de conflicto real o imaginado con la pareja (Arbach y Andrés-Pueyo, 2007; Maden, 2007).

3. Historia de la violencia de pareja. Esta sección incluye siete ítems relativos a la violencia anterior sobre la pareja y tiene una enorme especificidad para la VCP. Estos factores de riesgo se refieren a los acontecimientos anteriores a la denuncia o motivo que genera la valoración del riesgo. Por ello, los evaluadores han de ser especialmente cautos en distinguir entre la magnitud del riesgo percibido atribuible a los sucesos formalmente documentados (que generalmente se aceptan como válidos o verdaderos) y la magnitud del riesgo atribuido a los sucesos denunciados presentes (que son los que se presentan en la situación inmediatamente anterior a la valoración). Técnicamente llamamos al hecho que genera la valoración el “index offense”, de difícil traducción al español, pero operacionalmente muy importante en el uso de la SARA.

4. Delito/agresión actual (“index offense” que motiva la valoración). Esta sección comprende tres ítems similares en cuanto a su contenido a otros que aparecen en la sección anterior, pero que hacen referencia exclusiva a la agresión más reciente o a la que ha motivado la valoración.

5. Otras consideraciones. Esta sección final no contiene ningún ítem particular o determinado. Está disponible para que el evaluador anote aquellas consideraciones que están presentes en cada caso concreto y que comporten un alto riesgo de violencia de pareja (por ejemplo, la víctima tiene una discapacidad sensorial, etc.).

La calificación a cada ítem la decide el evaluador a partir de la información disponible que generalmente facilita la víctima. La información también puede obtenerse de distintas fuentes, como entrevistas con el agresor, expedientes médico-psiquiátricos, informes psicológicos, partes policiales, informaciones de familiares o conocidos, etc. Con esta información el evaluador ha de realizar dos valoraciones — decisiones— para cada uno de los 20 ítems que forman la SARA. Estas decisiones, que constituyen juicios clínicos per se, se ordenan de acuerdo al siguiente procedimiento. Primero se evalúa, en cuatro categorías, la respuesta al ítem. Estas cuatro categorías son: a) no se dispone de información (un número muy elevado de estos factores de riesgo en la SARA puede impedir su utilización); b) disponemos de información y constatamos que el factor de riesgo no está presente en la biografía (o en su estado actual) del sujeto agresor; c) el factor está presente, pero con una magnitud o frecuencia escasa; o, por último, d) el factor está claramente presente y con una intensidad/frecuencia relevante. Si queremos convertir esta categorización en una escala numérica, sería equivalente a una escala de tres puntos: 0, 1 y 2 (recomendación de los autores de la SARA con finalidades de investigación, pero no para la práctica profesional). Una vez valorados los 20 ítems, se procede a decidir la importancia crítica de cada uno de los que han obtenido una respuesta equivalente al 2. Esta segunda valoración es de enorme interés para la valoración final. Así, por ejemplo, imaginemos un caso en el que está presente un factor de riesgo como

puede ser las “ideas de suicidio/homicidio del agresor” (por tanto, pondríamos una respuesta equivalente

al 2) y que en el último año ha realizado 3 intentos de suicidio. Entonces a este ítem lo consideraríamos

“crítico”, así lo valoraremos al final y lo tendremos en cuenta para seleccionar qué tipo de intervención

sería más necesaria para minimizar el riesgo de violencia futura. Para este proceso de valoración de cada ítem el manual de la SARA presenta definiciones estrictas del significado de los factores de riesgo para reducir las diferencias de interpretación y valoración de los evaluadores ante cada ítem.

Una vez finalizado el proceso de valoración de los factores de riesgo, se procede a decidir qué nivel de riesgo global presenta el caso. La tarea de resumir la valoración del riesgo de violencia por medio de la SARA se hace de forma no-reglada ni ponderada cuantitativamente, es decir, sin algoritmos de cuantificación. Generalmente se realiza teniendo en cuenta el número de ítems total que están presentes en la valoración y de aquellos ítems críticos destacados. La valoración final se resume en cuatro niveles:

bajo, moderado o elevado (a veces inminente), que son los niveles habituales en todos los procedimientos de valoración del riesgo en ámbitos tan variados como la Meteorología, la Economía o los riesgos naturales. Conviene señalar dos aspectos relevantes que enmarcan el resultado de la valoración. El primero es que cada valoración está circunscrita a una duración temporal propia del caso (a veces son 6 meses o un año, pero otras veces pueden ser 8 o 10 semanas). No se toman decisiones de validez indeterminada en el tiempo y hay que tener presente que estas valoraciones se pueden repetir a juicio del desarrollo del caso y los cambios que se pueden dar en el tiempo. El segundo es que cada valoración es sobre un tipo determinado de violencia y que no se puede generalizar indiscriminadamente. Es decir, si valoramos el riesgo de violencia sexual, no podemos pretender que sirva para predecir también los malos tratos psicológicos de la pareja o el riesgo de suicidio.

La última etapa del proceso de valoración del riesgo es la que corresponde a la comunicación de los resultados de la valoración. Normalmente las valoraciones de riesgo de violencia forman parte de diferentes procesos, como pueden ser las decisiones sobre procedimientos judiciales o penitenciarios, las revisiones forenses de situaciones personales de agresores y víctimas, los servicios de atención a las víctimas, etc. Son, por lo tanto, valoraciones dirigidas a responder a demandas que hacen agentes externos a los responsables de las valoraciones. La información que se puede dar de estas valoraciones, por su propia naturaleza, está condicionada a la duración temporal del pronóstico y a la relatividad probabilística de que suceda, puesto que, como hemos insistido, la predicción del riesgo de violencia no determina la seguridad de ocurrencia de un hecho concreto, sino la estimación de la probabilidad de que suceda.

Esta guía tiene una apariencia similar a los tests psicológicos y a veces se confunde con uno de ellos, pero no lo es. La SARA, como otras guías similares (DA, ODARA, SVR-20, etc.), está diseñada para valorar un constructo que es el “riesgo de violencia” y, por ello, no sirve para valorar rasgos de personalidad ni para hacer diagnóstico de enfermedades mentales. Se ha diseñado para estimar el riesgo, ayudar en la toma de decisiones de los profesionales y guiar las intervenciones de control y minimización del riesgo. Es, por tanto, inadecuado requerirle unos parámetros técnicos propios de los instrumentos psicométricos (Hart, 2001). No obstante, se pueden conocer sus propiedades técnicas de capacidad predictiva y de fiabilidad interobservadores. En cuanto a la primera, se suele medir con parámetros propios de las técnicas epidemiológicas, que se pueden resumir en dos: los índices de las curvas ROC (Recieve Operating Curve)

y también por el valor AUC (Area Under Curve), que señalan el equilibrio entre la sensibilidad y la

especificidad del protocolo. Además, se suelen indicar también los valores de la odds ratio que tienen para distintos puntos de corte identificados a priori. Los valores de la AUC pueden oscilar entre 0,50 y 1, siendo

aceptables a partir de 0,70 y muy buenos cuando superan el 0,85. En cuanto a los valores de la odds ratio, son relevantes a partir de valores cercanos o superiores al 2 (Quinsey et al., 1998).

En cuanto a la bondad de ajuste y utilidad de la SARA, presentaremos dos estudios: uno internacional, de Grann y Wedin (2002), y otro realizado por nuestro grupo en Barcelona (Andrés-Pueyo y López, 2006). Grann y Wedin (2002) realizaron uno de los estudios de referencia sobre la eficacia predictiva de la SARA. Analizaron un total de 88 hombres agresores de sus parejas y los datos se obtuvieron a partir de ficheros/expedientes judiciales de asesinatos y lesiones graves en Suecia y Dinamarca. Se utilizó la SARA para valorar el riesgo de violencia grave contra la pareja. Los resultados indicaron una puntuación total promedio de 20,47 (4,66). Otros indicadores de la capacidad predictiva fueron: AUC: 0,52 a 6 meses y 0,65 a 4 años; y en términos de odds ratio, una capacidad predictiva (atendiendo a un punto de corte=20) de 2,70. En este estudio, además, se realizó un seguimiento de los casos con un promedio de 4,5 años al salir de la prisión y se observó que un 28% reincidió con un patrón temporal que fue el siguiente: a los 6 meses, el 15%; al año, el 18%; a los 2 años, el 24%; y a más de 4 años, el 25%. Según este estudio, los ítems con mayor capacidad predictiva son los siguientes: el ítem 3 (violación de órdenes de alejamiento), el ítem 10 (Trastorno de personalidad con impulsividad), el ítem 11 (violencia física en el pasado), el ítem 15 (violaciones de las órdenes de alejamiento), el ítem 16 (minimización extrema…), el ítem 17 (actitudes que justifican la violencia…) y el ítem 20 (violación o incumplimiento de las órdenes de alejamiento).

Nuestro estudio sobre la bondad y eficacia predictiva de la SARA consistió en un análisis retrospectivo de valoración del riesgo de violencia de pareja y la predicción de su reincidencia. Se analizó una muestra representativa de las víctimas que interpusieron una denuncia contra sus parejas o ex parejas sentimentales en los juzgados penales de la Audiencia Provincial de Barcelona durante los años 2004 y 2005. Se analizaron los expedientes judiciales y peritajes completos de estos casos. Se obtuvo una muestra de 102 parejas y un total de 204 sujetos, de los cuales se hizo un seguimiento de 12 meses para evaluar la reincidencia de los agresores. Los resultados del estudio mostraron la realidad crónica y repetitiva de la VCP puesto que nos encontramos con que un 73,5% de las víctimas afirmaba haber sido agredida físicamente con anterioridad a la denuncia interpuesta (el “index offense”). En cuanto al maltrato psicológico, el porcentaje aumenta hasta un 85,3%. También se pudo comprobar que el 44% de las mujeres agredidas de la muestra no se separaron de su pareja sentimental a pesar del historial de VCP (la media de años de convivencia de todas las parejas de la muestra fue de 13,7 años).

En la valoración final de la SARA se obtuvo una puntuación media de los agresores de la muestra estudiada de 19,58 (6,88). Del total de los agresores valorados en este estudio un 60% han sido reincidentes en el periodo de postvaloración. A su vez, en el estudio hemos podido evidenciar que la valoración global obtenida con la SARA, es decir, la estimación realizada por el evaluador fue el índice de mayor capacidad predictiva, clasificando correctamente al 85% de los reincidentes y al 72% de los no reincidentes, lo que equivale a una AUC=0,83. Por otra parte, todos los agresores que habían obtenido una puntuación total de la SARA sobre la media aumentaron casi en seis veces la probabilidad de ser reincidentes en un futuro, lo que corresponde a un valor de odds ratio de 5,77.

4.2. El DA (Danger Assessment Tool ) (Campbell, 1995)

El Danger Assessment Tool (DA) (Campbell, 1995, 2003) es un instrumento diseñado específicamente para valorar el riesgo de asesinato de la mujer en las relaciones de pareja. Consiste en un listado de factores de riesgo (20 en total) de respuesta sí/no y que se completa también por parte del técnico que

realiza la valoración, después de una pequeña entrevista con la víctima que tiene esa amenaza. La entrevista consiste en ayudar a recuperar en la memoria de la víctima los sucesos violentos que ha sufrido a lo largo de los últimos 6 meses. A partir de esta pequeña entrevista, se solicita a la víctima información acerca del agresor de acuerdo al protocolo de factores de riesgo. Los factores de riesgo (anexo 2) incluyen elementos típicamente relacionados con la VCP como: historia de maltrato, celos, ideas homicidas, posesión de armas, convivencia conjunta, miedo por parte de la víctima a las amenazas de muerte del agresor, etc.

A diferencia de la SARA, el DA tiene una valoración cuantitativa final resultante de sumar de forma

ponderada las respuestas a los ítems. Este valor final se compara con una tabla de puntos de corte que equivalen a distintos niveles de riesgo que comportan asociadas medidas de intervención (menos de 8, “peligro variable”: planificación rutinaria de seguridad y seguimiento; de 8 a 13, “peligro moderado”:

planificación detallada/específica de la seguridad y el seguimiento del caso; de 14 a 17, “peligro grave”:

diseñar un plan de seguridad y se recomienda un nivel elevado y permanente de supervisión de la víctima; más de 18, “peligro extremo”: acciones urgentes y potentes para proteger a la víctima).

La validación del DA se ha realizado de forma parcial en estudios de pocos casos debido a la baja prevalencia de este tipo de sucesos. Recientemente la autora ha realizado un estudio multicéntrico en el que ha podido contrastar la potencia predictiva del DA y valorar los factores de riesgo más destacados. Se analizaron 220 casos de asesinatos de mujeres por sus parejas, a partir de informes policiales y forenses, y se compararon con 343 mujeres víctimas de maltrato grave. Los factores de riesgo previos al asesinato que se identificaron incluían el acceso a armas de fuego y las amenazas previas de muerte por parte del agresor; también aumentaban el riesgo de asesinato las relaciones sexuales forzadas y los malos tratos durante el embarazo, así como el acoso no-sexual. El no haber convivido en un mismo domicilio no comportaba un aumento del riesgo de asesinato. Este estudio (Campbell, 2003) mostraba claramente la capacidad predictiva del DA sobre el asesinato de la pareja.

La valoración de riesgo de VCP resulta útil en el ámbito penal, por ejemplo, tras la detención de una

persona por actos relacionados con la violencia de pareja, o bien cuando la naturaleza de la denuncia o el historial del denunciado puedan indicar la adecuación de dictar prisión preventiva o algunas restricciones de libertad (por ejemplo, una orden de alejamiento). Por otra parte, las valoraciones de riesgo también suelen solicitarse durante el juicio para asesorar al juez acerca de la medida o pena a aplicar a un agresor (libertad condicional, reclusión, medidas alternativas). Durante el cumplimiento de la sentencia las valoraciones de riesgo pueden servir a los técnicos penitenciarios para el desarrollo de planes de tratamiento, así como para determinar la conveniencia o no de las visitas de familiares, los contactos vis a vis o los permisos temporales. En el caso de agresores que han estado en un centro penitenciario, las

valoraciones pueden ayudar a los técnicos a determinar la conveniencia o las condiciones de la libertad condicional y también el plan de reinserción a la comunidad. Para un agresor que está residiendo ya en comunidad y que está finalizando el cumplimiento de la condena, la valoración puede informar al equipo de tratamiento de la necesidad de comunicar a las autoridades competentes del riesgo que representa esta persona antes de finalizar el proceso completamente.

También se puede utilizar la SARA en el ámbito de la justicia civil, en el que cada vez hay más interés por los temas de violencia familiar. Las valoraciones de riesgo de violencia contra la pareja se dan cada vez con mayor frecuencia en el contexto de las separaciones y divorcios y también en los procesos de custodias y visitas de los hijos. Estas valoraciones son especialmente importantes ya que la separación de la pareja puede actuar como desencadenante y precipitante de la violencia de pareja y estas situaciones conflictivas

incrementan el riesgo de repetición de conductas violentas y también facilitan la escalada de la violencia (Stith, 2004).

Por otra parte, la obligación de avisar a terceras partes se fundamenta en que determinados profesionales pueden disponer de un conocimiento razonable y probable de que un sujeto pueda intentar realizar acciones nocivas contra otros o contra sí mismo y, por tanto, están en condiciones de prevenir las consecuencias de este riesgo. La SARA puede utilizarse en situaciones en que el sujeto se encuentra en tratamiento voluntario u obligatorio y el profesional observa la posibilidad de riesgo de violencia hacia la pareja. La valoración de dicho riesgo mediante la SARA justifica los motivos razonables y consistentes para actuar frente a terceras partes.

Asimismo la SARA, y especialmente el DA, pueden ser utilizados por los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en su labor de gestión y control de la violencia contra la pareja. De hecho, hay una versión de la SARA, recientemente diseñada para estos propósitos, que se ha optimizado para un uso donde la urgencia y la falta de información ponen en situación de compromiso a estos profesionales, que están, muchas veces, en la primera línea de actuación en la valoración del riesgo. Esta versión de la SARA para usos policiales se denomina B-SAFER y se está poniendo a prueba su eficacia en policías de Canadá y Suecia. También ha servido de orientación a los trabajos policiales 5 en España del plan piloto de valoración de riesgo de violencia contra la mujer por parte de la Policía Nacional y de la Guardia Civil en el marco de las medidas desarrolladas por el Gobierno a raíz de la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género 1/2004.

En general, la capacidad predictiva de la violencia contra la pareja es relativamente modesta (Hecker y Gondolf, 2004) en comparación con otros tipos de predicción de violencia, como la violencia física en enfermos mentales o delincuentes violentos crónicos o la predicción de la violencia sexual. Esta limitada capacidad predictiva tiene dos razones importantes: la delimitación del criterio a predecir (así, se predice mejor el riesgo de asesinato que la violencia psicológica o el acoso) y el poder predictivo de los factores de riesgo de la VCP, que no son muy potentes ya que una parte relevante de la VCP surge en contextos de discusiones graves de pareja, en procesos de separación (Belfrage, et al., 2004), y tienen una duración temporal limitada aunque pueden ser recurrentes. No obstante, es posible afirmar que las predicciones de riesgo de VCP realizadas por procedimientos rigurosos, tal y como los que hemos descrito, son mejores que aquellas simplemente fundamentadas en la estimación clínica de la peligrosidad o el juicio intuitivo de profesionales que actúan en determinados servicios que atienden a víctimas de VCP o agresores de pareja. Los estudios de predicción de riesgo recomiendan la aplicación de nuevas técnicas asociadas a la valoración del riesgo y la gestión del mismo en los tipos graves de violencia contra la pareja.

Todo este proceso de valoración del riesgo de VCP, tanto el que realizamos con la SARA como con el DA, permite al evaluador, más que con cualquier otro procedimiento, inferir elementos de gestión del riesgo de comportamientos violentos futuros. Haber analizado exhaustivamente la historia del agresor, haber profundizado en el estado clínico del mismo en el momento de la valoración, así como haber especulado sobre el futuro de este sujeto en condiciones y escenarios diferentes, permite realizar propuestas de gestión del riesgo muy individualizadas y, por lo tanto, prácticas para todos aquellos responsables de la violencia contra las mujeres.

5 Recientemente el Ministerio del Interior ha diseñado un protocolo (el VPR), ya en funcionamiento, para valorar el riesgo de violencia de género, y de uso exclusivo en las Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Está construido siguiendo las directrices globales de las técnicas clínico-actuariales de valoración del riesgo.

Por último, queremos mencionar un sub-producto derivado del cambio de paradigma acerca de la peligrosidad y la valoración del riesgo. Se trata de la gestión del riesgo. Para cualquiera que reciba un pronóstico de alto e inminente riesgo de violencia, esta información es un acicate a la búsqueda urgente de medidas para evitar que ese pronóstico se confirme (Hart, 2001; Webster et al., 1997). La minimización

del riesgo de violencia es el paso que sigue a la valoración del riesgo y que en el caso de la VCP es de gran importancia, dado que agresor y víctima se conocen y tienen un acceso fácil debido a los elementos que mantienen en común. Además, si pensamos que, especialmente durante un periodo de 12 a 18 meses post-separación, el riesgo se puede incrementar con facilidad, la adopción de medidas de seguridad y de protección a la víctima son muy necesarias. Este nuevo abordaje técnico se denomina “gestión del riesgo”

y está íntimamente relacionado con la valoración. Se han hecho desarrollos muy importantes, que van

desde la protección policial continuada, pasando por la monitorización del agresor y el empoderamiento de la víctima. La gestión del riesgo (es decir, el diseño y aplicación de programas de protección a la víctima)

se aprovecha de la información recopilada para la valoración con la finalidad de evitar que se cumpla el pronóstico o que los efectos del mismo sean lo más leves posible. Si consideramos que la valoración del riesgo se puede realizar de forma continuada en la medida en que este riesgo puede cambiar (desaparecer factores de riesgo, incrementarse el efecto de otros factores de riesgo, etc.), las medidas de gestión también se pueden ajustar a los niveles de riesgo individuales de cada caso. La gestión del riesgo se basa en entender por qué el sujeto eligió actuar violentamente en el pasado, en determinar si los factores de riesgo/protección que influyeron en la elección siguen presentes y lo estarán en el futuro, en promocionar los factores que llevan a tomar decisiones no-violentas en tanto que estrategias alternativas de solución de conflictos, etc. La gestión del riesgo hace referencia a la aplicación de los conocimientos disponibles generados en los estudios de valoración del riesgo para minimizar la frecuencia actual de las conductas violentas y delictivas, así como sus efectos, y es un campo donde los expertos deben desarrollar nuevas estrategias de intervención en su lucha contra el comportamiento violento.

5. Conclusiones

Las peculiaridades y especiales características de la violencia contra la mujer, especialmente cuando ocurre en el contexto de las relaciones de pareja, y que constituye la Violencia contra la Pareja (VCP) —de forma análoga a la denominación anglosajona Intimate Partner Violence (IPV)—, hacen de la prevención la mejor estrategia para su erradicación. Siendo éste un fenómeno prácticamente universal, claramente asociado

a los roles sociales de género y a la dinámica de las relaciones íntimas y sentimentales, se ha convertido

en uno de los principales motivos de malestar y sufrimiento de las mujeres que la padecen, así como de sus familias. La violencia contra las mujeres, especialmente la que ejercen sus parejas o ex parejas, está determinada por el efecto combinado de numerosas variables de tipo individual tanto como por factores situacionales inmediatos y por el contexto cercano, generalmente un conflicto interpersonal de distinta naturaleza, con fuertes componentes emocionales y actitudinales. La prevención de la violencia contra la pareja consiste en un conjunto de estrategias técnicas que se han desarrollado y aplicado a raíz de la consideración social del problema que representa la violencia de género (Krug et al., 2002). La predicción de la violencia contra la pareja es una de estas estrategias (una de las más eficaces) debido al carácter crónico y reiterativo de esta modalidad de violencia, ya que sus principales factores determinantes son muy específicos y bastante bien conocidos y difíciles de eliminar (Campbell, 1995; Dutton y Kropp, 2002). Al igual que en otros fenómenos sociales de naturaleza violenta y criminal, la predicción de la violencia contra la pareja se rige por una serie de principios y técnicas que se han descrito en este capítulo.

Inicialmente hemos presentado una revisión de tipo epidemiológico en la que distinguimos los procesos que sigue la violencia menos grave y la violencia grave contra la pareja. Los resultados muestran una prevalencia en alza en la violencia menos grave y un ligero descenso en la más grave, en la misma línea con lo que sucede en otros países occidentales (Catalano et al., 2007). Después hemos discutido acerca de los aspectos técnicos de la predicción, enfatizando el problema de los errores, divididos en “falsos positivos” y “falsos negativos”, y sus consecuencias. El siguiente apartado lo hemos dedicado a mostrar los resultados de los estudios de factores de riesgo, con el excelente resumen de Stith (2004), donde se muestran por orden de importancia los factores de riesgo que afectan al agresor y la víctima en la VCP.

La predicción del comportamiento violento consiste en un procedimiento técnico que ayuda a distintos profesionales a tomar decisiones pronósticas. Estas decisiones se realizan a partir de la valoración del riesgo de que se produzcan, en el futuro, conductas violentas. Por medio del uso de guías o protocolos de valoración del riesgo de violencia específicos, como la SARA o el DA, que hemos descrito y cuyos

protocolos de valoración final se muestran en los anexos 1 y 2 de este capítulo, se consigue mejorar el pronóstico de VCP. La predicción de la violencia contra la pareja se ha generalizado a distintos contextos como el forense, policial, penitenciario, clínico, etc. Estas técnicas han aumentado de forma significativa

la eficacia de la intervención en casos de VCP en los que el riesgo de violencia grave (física o sexual) e

incluso de asesinato sobre la pareja era elevado pero, a veces, no muy evidente. Con la guía de valoración de riesgo de violencia contra la pareja (la SARA) los profesionales que trabajan en ámbitos penitenciarios, forenses, policiales y asistenciales disponen de una herramienta eficaz en la predicción futura de la VCP.

La toma de decisiones pronósticas en actuaciones clínicas, de tipo penal o civil, en servicios de víctimas, etc., se verá mejorada con el uso de la SARA. En convergencia con otros profesionales que actúan en la gestión y control de la VCP, las decisiones basadas en la SARA permitirán ajustar las intervenciones de control del agresor y de protección de la víctima de forma continuada y dinámica por las propiedades de

la guía que aquí se ha presentado. En comparación con los procedimientos de predicción exclusivamente

basados en decisiones clínicas o criminológicas, la valoración guiada puede mejorar la capacidad predictiva a corto y medio plazo de la violencia contra la pareja grave, en un factor que multiplica de 4 a 6 veces la probabilidad de acertar en el pronóstico. En el caso del DA, se dispone de una herramienta especializada en la valoración de riesgo de asesinato de la pareja, que, a pesar de su infrecuencia, es imprescindible en la gestión policial y judicial del riesgo de VCP.

A diferencia de otros tipos de violencia, en el caso de la VCP podemos ser optimistas y anticipar que la

valoración del riesgo es un procedimiento eficaz para la predicción futura de la VCP. El uso de

instrumentos de predicción basados en estrategias actuariales o mixtas (Andrés-Pueyo y Redondo, 2007)

es muy recomendable en el caso de la VCP porque las tasas base o prevalencia de la misma son muy altas

y esto facilita el uso de estas técnicas con muy buenos resultados (Dutton y Kropp, 2000). En el único caso donde este optimismo es más limitado es en la predicción del asesinato de la pareja, ya que su escasa

prevalencia hace difícil una predicción eficaz. Además, podemos indicar dos ventajas más que facilitan la

predicción de la VCP: el acceso relativamente fácil a la información sobre el agresor que facilita la víctima

o su entorno y el conocimiento bastante completo de los factores de riesgo más importantes en este tipo de violencia (Kropp et al., 1995; Stith, 2004).

Como conclusión final, es importante recordar la siguiente reflexión. La técnica de valoración del riesgo para la predicción de la violencia no nos permite saber si una persona realizará un determinado acto violento en el futuro. Sólo podremos estimar la probabilidad que, en determinadas ocasiones y condiciones (en un entorno familiar, etc.) y para un intervalo temporal limitado (semanas o meses), aparezca la violencia. Por lo tanto, la predicción de la violencia se transforma en una valoración del riesgo

relativo de que se dé un comportamiento violento por parte de una persona en un entorno determinado y por un período temporal más o menos preciso. Este comentario es de absoluta vigencia en el procedimiento de predicción de la VCP y es su fortaleza como procedimiento, pero también su limitación en la práctica profesional de este tipo de violencia interpersonal que es la VCP.

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Anexo I (Copia original del protocolo de la SARA)

Anexo I (Copia original del protocolo de la SARA) 54 Predicción del riesgo de homicidio y
Anexo I (Copia original del protocolo de la SARA) 54 Predicción del riesgo de homicidio y

Anexo 2 (Protocolo del DA)

Marque Sí o No para cada una de las siguientes frases (“Él” refiere a tu esposo, pareja, ex pareja, o quien sea que frecuentemente te esté haciendo daño físicamente.

Sí No 1 En este último año, ¿ha incrementado la gravedad de la violencia física
No
1
En este último año, ¿ha incrementado la gravedad de la violencia física o es más
frecuente?
2
Tu pareja o ex pareja ¿tiene un arma?
3
¿Lo has abandonado después de haber convivido juntos durante el año pasado?
3.a. (Si nunca has convivido con él, indícalo aquí)
4
¿Está desempleado (no trabaja)?
5
¿Ha usado alguna vez un arma contra ti o te ha amenazado de muerte con un
arma?
5.a. (Si respondes sí, ¿era una pistola? indícalo aquí)
6
¿Te amenaza de muerte?
7
¿Se ha escapado, incumplido una orden de alejamiento o evitado que lo detengan
por violencia doméstica?
8
¿Tienes un hijo/a que no es suyo?
9
¿Te ha forzado alguna vez a tener relaciones sexuales aunque tú no lo deseases?
10
¿Ha intentado estrangularte alguna vez?
11
¿Es consumidor habitual de drogas ilegales? Por drogas me refiero a
“estimulantes” o anfetaminas, speed, polvo de ángel, cocaína, “crack” o mezclas?
12
¿Es alcohólico o tiene problemas con la bebida?
13
¿Controla tus actividades diarias? (Por ejemplo, te dice de quién puedes ser amiga,
cuándo puede ver a tu familia, cuánto dinero puedes gastar o cuándo puedes usar
el coche?
(Si lo intenta pero tú no lo dejas –no le haces caso–, indícalo aquí)
14
¿Es violento y/o permanentemente celoso contigo?
(Por ejemplo, dice “si yo no puedo tenerte, ninguno podrá”)
15
¿Has sido alguna vez golpeada por él durante un embarazo?
(Si nunca has estado embarazada de él, regístralo aquí)
16
¿Alguna vez ha amenazado o intentado suicidarse?
17
¿A amenazado con dañar a tu/s hijo/s?
18
¿Crees que es capaz de matarte?
19
¿Te ha seguido o espiado, dejado notas amenazantes o mensajes en el contestador
automático; ha destruido alguna de tus cosas/objetos; o te ha llamado cuando tú
no querías que lo hiciera?
20
¿Alguna vez has amenazado o intentado suicidarte?
20 ¿Alguna vez has amenazado o intentado suicidarte? Total de respuestas “Sí” Gracias. (Por favor, habla

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Dangerous Assessment Tool (Campbell, 2004) - Adap. A. Andrés Pueyo. GEAV-UB Para uso restringido (info:www.ub.edu/geav)

Capítulo 2

Diferencias entre la violencia grave y la violencia menos grave contra la pareja

Enrique Echeburúa Javier Fernández-Montalvo Paz de Corral

1. Introducción 6

La investigación sobre la violencia contra la pareja y, en particular, sobre el perfil psicológico de los agresores ha aumentado considerablemente en los últimos años (Corral, 2004). Se trata, sobre todo, de estudios dirigidos a conocer las características que presentan este tipo de agresores. De este modo, se puede comprender el porqué de sus acciones violentas contra las mujeres y, en consecuencia, se pueden implementar medidas específicas de prevención y de intervención psicológica para erradicarlas (cfr. Echeburúa y Fernández-Montalvo, 1997, 2008; Echeburúa, Fernández-Montalvo y Amor, 2006).

Por ello, nuestro grupo de investigación ha desarrollado distintos estudios encaminados a conocer el perfil clínico que presentan este tipo de agresores: a) estudios sobre las características sociodemográficas y psicopatológicas de los agresores que conviven con la pareja (Fernández-Montalvo y Echeburúa, 1997); b) estudios centrados en el perfil criminológico y psicopatológico de los agresores que cumplen una pena de prisión por un delito de violencia contra la pareja, así como en la comparación entre homicidas y no homicidas (Echeburúa, Fernández-Montalvo y Amor, 2003; Fernández-Montalvo y Echeburúa, 2005; Fernández-Montalvo, Echeburúa y Amor, 2005); c) estudios sobre la prevalencia de la psicopatía entre los agresores de mujeres (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2007); y d) estudios sobre la presencia de trastornos de personalidad específicos en este tipo de agresores (Fernández-Montalvo y Echeburúa,

2008).

Sin embargo, los resultados de estas investigaciones, así como los obtenidos por los principales estudios internacionales (Bernard y Bernard, 1984; Dinwiddie, 1992; Gondolf y White, 2001; Hamberger y Hastings, 1986, 1988, 1991; Holtzworth-Munroe y Stuart, 1994; Huss y Langhinrichsen-Rohling, 2000; Nicholls, Roesch, Olley, Ogloff y Hemphill, 2005; White y Gondolf, 2000), muestran un perfil heterogéneo en este tipo de sujetos. Ello ha provocado un esfuerzo considerable por identificar tipos de agresores, pero todavía se carece de datos empíricos sólidos en apoyo de una tipología concreta (Fernández-Montalvo y Echeburúa, 1997; Holtzworth-Munroe y Stuart, 1994).

Una característica específica de las investigaciones llevadas a cabo hasta la fecha es que todas ellas utilizan muestras globales de maltratadores, sin hacer ningún tipo de distinción en cuanto a la gravedad de la violencia ejercida contra las mujeres. Sin embargo, la experiencia clínica muestra que no todos los agresores obedecen a un mismo perfil. Probablemente el feminicida o el que ejerce una violencia extremadamente grave contra su pareja —que incluye en ocasiones intentos frustrados de homicidio— no responde al mismo perfil que, por ejemplo, el maltratador psicológico. En este último caso, sin tratarse en modo alguno de una violencia menor, no se pone, sin embargo, en peligro la vida de la pareja. Parece,

6 Una versión inicial de este capítulo se encuentra publicada en el International Journal of Clinical and Health Psychology, 2008, 8, 355-382.

por tanto, de interés averiguar si existen diferencias significativas entre los casos que ejercen una violencia grave (principalmente homicidios o intentos frustrados de homicidio) y aquellos que están implicados en otra menos grave, en la que, a pesar de las consecuencias psicológicas negativas generadas en la víctima, no corre peligro su vida.

Así, en este capítulo se presentan los resultados de una investigación llevada a cabo con 1.081 casos, que constituyen la totalidad de los casos denunciados por violencia contra la mujer en las comisarías de la Ertzaintza del País Vasco en 2005 y 2006. Este estudio forma parte de una investigación más amplia, que tiene como objetivo principal establecer los indicadores de riesgo de homicidio o de violencia grave en la pareja y elaborar un cuestionario de detección específico al respecto.

Los objetivos concretos de este estudio son, en primer lugar, precisar y cuantificar las variables psicológicas

y sociodemográficas del agresor y de la víctima, así como de la relación de pareja, en los casos de violencia

contra la mujer; y en segundo lugar, establecer las diferencias más significativas entre la violencia grave y

la violencia menos grave en relación con esas mismas variables.

2. Método

2.1. Sujetos

La muestra de este estudio está constituida por 1.081 sujetos, distribuidos en dos grupos: un grupo experimental de casos graves (269 casos, que representan el 25% de la muestra) y un grupo de control de casos menos graves (812 casos, que suponen el 75% restante).

Por lo que se refiere al grupo experimental, se trata de 269 sujetos que han cometido un homicidio o actos de violencia grave contra su pareja o contra su ex pareja. La muestra de este grupo está constituida por personas denunciadas a la Ertzaintza por este delito y seleccionadas con arreglo a uno o a varios de los siguientes criterios de admisión: a) haber cometido homicidio o intento de homicidio contra la pareja; b) haber utilizado armas u objetos peligrosos contra la pareja; o c) haber producido lesiones graves o reiteradas que hayan requerido, más allá de una primera asistencia facultativa, hospitalización o asistencia médica continuada.

Por su parte, el grupo de control (N=812) está compuesto por sujetos que han cometido violencia física menos grave contra su pareja o contra su ex pareja. La muestra de este grupo está constituida por personas que han sido denunciadas a la Ertzaintza y que no cumplen ninguno de los criterios anteriormente señalados para el grupo experimental.

2.2. Instrumento de evaluación

El instrumento de evaluación se ha elaborado, en una primera fase, a partir de los componentes que

parecen estar más relacionados con la violencia grave de pareja, según la experiencia clínica de los autores

y según la revisión bibliográfica de los estudios previos. Y, en una segunda fase, el cuestionario se ha enriquecido a partir de las sugerencias aportadas por los mandos de la Ertzaintza implicados en esta investigación, con arreglo a sus conocimientos y a su experiencia profesional.

Este cuestionario se ha elaborado como una entrevista estructurada para la utilización de la policía. El cuestionario utilizado figura en el apéndice 1.

2.3.

Procedimiento

Los sujetos de este estudio proceden de todos los casos nuevos denunciados en el ámbito de la Comunidad Autónoma del País Vasco a partir del comienzo de la investigación (octubre de 2005-agosto de 2006), así como de los casos de archivo anteriores en los que había información suficiente como para poder cumplimentar el cuestionario adecuadamente.

Los policías responsables de los casos de violencia contra la pareja en cada una de las comisarías, previamente formados por los autores de este artículo, cumplimentaban el cuestionario en el momento de la denuncia y lo reevaluaban a las 72 horas, con los nuevos datos existentes y con la información procedente del agresor y de la víctima.

Todos los análisis han sido llevados cabo con el SPSS (versión 13.0 para Windows). Para determinar las características de la muestra se han utilizado análisis estadísticos de carácter descriptivo (porcentajes, medias y desviaciones típicas). Asimismo, la comparación entre los grupos se ha llevado a cabo mediante la prueba de Chi cuadrado, en el caso de las variables categóricas, y la T de Student en el caso de las variables cuantitativas.

3. Resultados

En este apartado se presenta, en primer lugar, el análisis de la muestra global, con los resultados referidos al perfil de los agresores, al perfil de las víctimas y a las características de la relación de pareja. En segundo lugar, se analizan los resultados relativos a las diferencias existentes entre los casos más graves y los menos graves en esas mismas variables.

3.1. Estudio de la muestra global

En conjunto, los agresores denunciados tienden a ser más bien jóvenes, con una edad media en torno a los 38 años. De hecho, el 63% de los agresores estudiados (casi 2 de cada 3) tienen menos de 40 años. La edad de mayor riesgo para las conductas violentas se sitúa, en primer lugar, entre los 30 y 40 años y, en segundo lugar, entre los 40 y 50 años. Sin embargo, lo que resulta más significativo es que un 25% del total (1 de cada 4) tengan menos de 30 años.

En cuanto a la nacionalidad, hay una sobrerrepresentación de la población extranjera inmigrante, especialmente latinoamericana. En concreto, según el Instituto Nacional de Estadística, en el País Vasco había, a fecha de 1 de enero de 2006, una tasa de inmigración extranjera del 3,9%. Sin embargo, los agresores extranjeros inmigrantes denunciados suponen el 28% del total de la muestra estudiada, es decir, 7 veces más de lo esperado.

En general, los agresores pertenecen a un estrato socioeconómico medio-bajo o bajo. Muy en consonancia con lo anterior, cuentan con un nivel de estudios escaso y desempeñan profesiones poco cualificadas o se encuentran en paro (tabla 1). En concreto, esta última circunstancia —estar en paro— es un factor de riesgo porque el 30% de los agresores (casi uno de cada 3) carecía de actividad laboral en el momento de la denuncia de los hechos.

TABLA 1

PERFIL DE LOS AGRESORES ESTUDIADOS

 

MUESTRA TOTAL

VARIABLES

(N=1.081)

--------------------

X

(DT)

Edad media del agresor (rango)

38,03 (11,03)

 

(17-89)

 

MUESTRA TOTAL

VARIABLES

(N=1.081)

--------------------

 

N

(%)

Grupos de edad (N=1.067) 17-20 años 21-30 años 31-40 años 41-50 años 51-60 años Más de 60 años

25

(2,3%)

247

(23,1%)

398

(37,3%)

260

(24,3%)

96

(8,9%)

41

(3,8%)

Nacionalidad (N=1.078) Española Latinoamericana Africana Europea Asiática Estadounidense

772

(71,6%)

157

(14,5%)

80

(7,4%)

62

(5,7%)

6

(0,5%)

1

(0,1%)

Profesión (N=991) Sin actividad laboral Trabajador no cualificado Trabajador cualificado Empresario Profesional liberal Profesor

300

(30,3%)

375

(37,8%)

235

(23,7%)

43

(4,3%)

33

(3,3%)

5

(0,5%)

Nivel cultural (N=887) Sin estudios Estudios primarios Estudios secundarios Formación profesional Estudios universitarios

156

(17,6%)

432

(48,7%)

151 (17%)

141

(15,9%)

6

(0,7%)

Nivel socioeconómico (N=987) Bajo Medio Alto

582

(58,9%)

368

(37,3%)

37

(3,8%)

Por lo que se refiere a las víctimas, éstas tienden a ser más jóvenes aún que en el caso de los agresores,

con una edad media en torno a los 35 años. De hecho, y a diferencia de los agresores, el grupo más

frecuente (el 38% de la muestra) se encuentra entre los 18 y 30 años. Esta diferencia en edad entre

víctimas y agresores es estadísticamente significativa (t=6,50; p<0,001).

Respecto a la nacionalidad, y como ocurre también en el caso de los agresores, hay una elevada represen-

tación de víctimas extranjeras inmigrantes, que constituyen el 27% del total de la muestra estudiada.

En general, las víctimas carecen de empleo o desempeñan una profesión muy poco cualificada, cuentan

con estudios elementales y pertenecen a un estrato socioeconómico bajo o medio-bajo (tabla 2). Carecer

de actividad laboral es un factor de riesgo que está presente en el 36% de las víctimas estudiadas.

TABLA 2

PERFIL DE LAS VÍCTIMAS ESTUDIADAS

 

MUESTRA TOTAL

VARIABLES

(N=1.081)

--------------------

 

X

(DT)

Edad media de la víctima (rango)

35,02 (10,5)

 

(15-78)

 

MUESTRA TOTAL

VARIABLES

(N=1.081)

--------------------

 

N

(%)

Grupos de edad (N=1.074) 15-17 años 18-30 años 31-40 años 41-50 años 51-60 años Más de 60 años

10

(0,9%)

404

(37,6%)

357

(33,2%)

225

(20,9%)

52

(4,8%)

26

(2,4%)

Nacionalidad (N=1.073) Española Latinoamericana Europea Africana Asiática Estadounidense

781

(72,8%)

198

(18,4%)

51

(4,7%)

40

(3,7%)

2

(0,2%)

1

(0,1%)

Profesión (N=1.022) Sin actividad laboral Trabajadora no cualificada Trabajadora cualificada Profesional liberal Profesora Empresaria

366

(35,8%)

469 (45%)

140

(13,7%)

18

(1,8%)

15

(1,5%)

23

(2,3%)

Nivel cultural (N=908) Sin estudios Estudios primarios Estudios secundarios Formación profesional Estudios universitarios

112

(12,3%)

390

(42,9%)

223

(24,5%)

177

(19,5%)

6

(0,7%)

Nivel socioeconómico (N=990) Bajo Medio Alto

660

(66,7%)

313

(31,6%)

17

(1,7%)

En cuanto a las características de la relación de pareja en los casos de denuncia por maltrato, se trata de

parejas que mantienen o han mantenido, aun siendo jóvenes, una relación de convivencia prolongada

(una media de 9 años), que habitualmente tienen hijos y que en más de la mitad de los casos (54%) están

ya separadas o en trámites de separación (tabla 3).

TABLA 3 CARACTERÍSTICAS DE LA RELACIÓN DE PAREJA

 

MUESTRA TOTAL

VARIABLES

(N=1.081)

--------------------

X

(DT)

Años de convivencia en pareja

9,33 (9,44)

 

MUESTRA TOTAL

VARIABLES

(N=1.081)

--------------------

N

(%)

Tipo de domicilio familiar (N=942) Comunidad de vecinos Casa aislada

906

(96,1%)

36

(3,8%)

Tipo actual de convivencia (N=1.058) Pareja sin convivencia Convivencia en pareja Trámites de separación o separación

123

(11,6%)

358

(33,8%)

577

(54,5%)

Personas que conviven con la pareja

 

(N=1.081)

Solos Con hijos propios Con hijos de relaciones anteriores (agresor) Con hijos de relaciones anteriores (víctima) Con la madre y/o el padre (agresor) Con la madre y/o el padre (víctima) Con otros

244

(22,5%)

554

(51,2%)

28

(2,6%)

176

(16,3%)

12

(1,1%)

17

(1,5%)

50

(4,6%)

3.2. Estudio comparativo de las dos submuestras: elementos diferenciadores de la violencia

grave respecto a la violencia no grave

Si se atiende a la gravedad de la denuncia, el número de casos de violencia grave (N=269) supone el 25%

de la muestra y es inferior al de los casos de violencia menos grave (N=812), que constituyen el 75% del

total.

En cuanto a los datos demográficos, hay algunas diferencias entre los agresores que han cometido

conductas de violencia grave contra la pareja y los que han llevado a cabo conductas menos graves. En

este punto la nacionalidad es el aspecto más significativo. Así, los agresores inmigrantes extranjeros, sobre

todo latinoamericanos y africanos, tienden a cometer con más frecuencia delitos graves (36%) que los

agresores de nacionalidad española (26%) (chi cuadrado=8,9; p<0,01) (tabla 4). Lo mismo ocurre respecto

a las víctimas, en donde los casos de gravedad se dan con más frecuencia en las mujeres inmigrantes

extranjeras (32%) respecto a las españolas (26%) (chi cuadrado=4,15; p<0,05) (tabla 5).

TABLA 4 COMPARACIÓN EN EL PERFIL DE LOS AGRESORES ESTUDIADOS

 

CASOS GRAVES

CASOS MENOS

 

VARIABLES

(N=269)

GRAVES (N=812)

t

--------------------

--------------------

X

(DT)

X

(DT)

Edad media del agresor

37,3 (10,4)

38,2 (11,2)

1,1

 

CASOS GRAVES

CASOS MENOS

 

VARIABLES

( N=269)

GRAVES (N=812)

X

2

----------- ---------

----------- ---------

 
 

N

(%)

 

N

(%)

Grupos de edad (N=1.067) 17-20 años 21-30 años 31-40 años 41-50 años 51-60 años Más de 60 años

(n=266)

(n=801)

 

7

(2,6%)

18

(2,2%)

58

(21,8%)

189

(23,5%)

114

(42,8%)

284

(35,4%)

5,85

58

(21,8%)

202

(25,2%)

22

(8,2%)

74

(9,2%)