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Memoria & Sociedad - Vol. 9

No. 19.

Julio - Diciembre de 2005

Mario Barbosa Cruz *

Proyectos de modernización y urbanización en México y Bogotá,

1880-1930**

Abstract

This paper explores lines of analysis for the study of the urban modernization projects in Latin America with an emphasis in the search of comparative criteria among two particular realities: Mexico City and Bogotá. Instead of pointing common characteristics in the processes lived by these two cities, we propose some lines of analysis for comparative history rejecting theoretical dualities and the critical observation of the urban modernizationʼs obstacles.

Resumen

Este artículo pretende explorar líneas de análisis para el estudio de los proyectos de modernización urbana en Latinoamérica con un énfasis en la búsqueda de criterios comparativos entre dos realidades particulares: la ciudad de México y Bogotá. Más que señalar características comunes en los procesos vividos por estas dos ciudades, este texto propone algunas líneas de análisis para la historia comparada con base en el rechazo de dualidades teóricas y la observación crítica de los obstáculos de la modernización urbana.

Key Words

History – Mexico City. Bogota – XXth century, Urban modernization – Bogota – Mexico City, Urbanization – Bogota – Mexico City, Urban Historiography – Bogota – Mexico City.

Palabras Clave

Historia - México D.F. - Bogotá - Siglo XX, Modernización urbana - Bogotá - México D.F., Urbanización - Bogotá - México D.F., Historiografía urbana - Bogotá - México D.F.

I. INTRODUCCIÓN: MODERNIZACIÓN Y URBANIZACIÓN COMO PROBLEMAS DE ESTUDIO

La ciudad del último siglo ha sido un campo abierto a la reflexión y a la investigación en América Latina desde diversos puntos de vista y con base en corrientes teóricas y énfasis diferentes. Las investigaciones en

ciencias sociales, humanidades, artes, comunicación

y estudios culturales, han propuesto miradas y puntos de referencia desde los cuales observar, analizar

y, en ocasiones, proponer alternativas de solución

a sus problemas más agudos. En particular, la

modernización de las ciudades ha generado una gran producción de análisis académicos desde mediados de siglo, momento considerado de manera generalizada como punto de quiebre en el crecimiento de las ciudades.

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Proyectos de modernización y urbanización en México y Bogotá, 1880-1930. , Mario Barbosa Páginas 19
Proyectos de modernización y urbanización en México y Bogotá, 1880-1930. , Mario Barbosa
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Al revisar la historiografía sobre este tema y los

esfuerzos de comparación en el análisis del desarrollo urbano, se encuentran diferencias notables. Siguiendo los patrones de otras ciencias sociales, los estudios urbanos de las últimas décadas se han concentrado en la segunda mitad de siglo, al menos para los casos de Colombia y México. Si se hace un balance, es mucho menor el número de obras dedicadas a explorar

o analizar la consolidación de estas ciudades en la

primera parte del siglo XX. En un buen número de estas obras, además, hay un silencio evidente al

referirse a estos años; en algunos análisis ni siquiera se hace mención como antecedentes del desarrollo urbano posterior, de la expansión de las ciudades,

y se insiste en los problemas generados a partir de

mediados de siglo, trazando una línea directa entre la urbanización desbordada y el aumento de la migración del campo a la ciudad.

En el caso colombiano, desde los años 60 muchos estudios han analizado la vida social de las ciudades, los movimientos sociales, así como la constitución de polos de radicalidad en las principales urbes. Con base en las teorías del desarrollo y la dependencia se produjeron estudios de campo y análisis teóricos que buscaban explorar desde la economía, la sociología o

la historia, la construcción de las urbes y el impacto

de la modernización en la vida política, económica

y social, principalmente. Desde otro ámbito, los

estudios culturales se han propuesto explicar la fragmentación y heterogeneidad de las poblaciones en las ciudades en crecimiento, sobre todo en estas últimas décadas, y han tratado de encontrar claves para analizar los matices entre tradición e innovación. Estos mismos estudios han explorado la inserción de las poblaciones urbanas en un mundo cultural cruzado por el avance de las comunicaciones y la modernidad de las ciudades a partir del ámbito de los signos, las creencias y las formas de comportamiento colectivo. La mayor parte de éstos también se han centrado en el último medio siglo y en estudios contemporáneos. 1

En este corto y general balance, llama la atención la escasa presencia de historiadores en medio de una discusión que protagonizan filósofos, lingüistas, sociólogos y comunicólogos. Mientras

el problema urbano se ha posicionado en el mundo

académico colombiano y, en particular, en Bogotá con un movimiento que ha impulsado una renovación urbanística en la última década, hay una notable ausencia de análisis de fenómenos relacionados con el avance de la modernización urbana desde una investigación histórica de más largo plazo. El

problema no está solamente en ámbitos de planeación,

de intervención urbanística o de renovación del paisaje

edilicio o urbano, sino en la carencia de análisis que

inserten el proceso histórico de la expansión urbana en ámbitos que han sido explorados por otras disciplinas. Por ejemplo, entender los alcances de los proyectos

de modernización en los distintos momentos a partir

del reconocimiento de nuevos espacios urbanizados

y de su papel dentro del conjunto; o de las barreras

que han enfrentado dichos proyectos debido a las características culturales de las mayorías de población.

O

de otro lado, buscar explicaciones a la ausencia o

la

explosión de momentos agudos de conflictividad

social a partir del reconocimiento del desarrollo espacial, de la fragmentación y estratificación social generada por la expansión urbanística.

Las referencias generales al desarrollo urbano en el último siglo han estado plagadas de lugares

comunes, de estereotipos construidos que aún no han sido puestos a prueba. Más allá de las modas teóricas y temáticas, la ciudad sigue siendo un campo por explorar. Y este es precisamente el énfasis y la principal motivación de este artículo. Nos centramos en esa primera mitad del siglo XX, aún poco explorada, y extendemos la mirada hacia las últimas décadas del siglo XIX en donde encontramos algunos antecedentes de tendencias compartidas por Bogotá

y la ciudad de México.

Las siguientes páginas no tienen el propósito de presentar argumentos concluyentes sino de explorar líneas de análisis para el estudio de los proyectos de modernización urbana en Latinoamérica con un énfasis en la búsqueda de criterios comparativos entre realidades particulares. No estamos buscando coincidencias en las características de los procesos vividos por estas dos ciudades, sino aprovechar tendencias de análisis o líneas historiográficas para proponer nuevas investigaciones que abandonen las dualidades teóricas y observen de manera crítica los obstáculos de la modernización urbana. Estamos convencidos de que la comparación es una perspectiva que permite avanzar en el cuestionamiento de hechos sociales considerados como verdades que no tienen discusión o como argumentos de peso que no merecen ser discutidos. Por supuesto, no somos los primeros que hemos insistido en desvirtuar ciertos planteamientos generalizados sobre la modernización de las ciudades. Estudios anteriores nos permiten identificar o sustentar las líneas de análisis que en adelante proponemos.

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Este artículo, de otra parte, pretende contrastar

los planes y la reglamentación en relación con los espacios públicos urbanos y confrontar, a partir de

proyectos, que se mencionaron reiteradamente a

finales del siglo XVIII, son claros antecedentes de los planes que se pusieron en práctica ya bien avanzada

la

comparación, cómo se enfrentaron problemas

la

era republicana para el caso de Ciudad de México

comunes derivados de la urbanización y densificación

y

Bogotá.

de estas ciudades a partir de 1870. Se busca explorar

los modelos de modernización utilizados por las élites

a partir del mejoramiento de la infraestructura urbana

y los esfuerzos normativos para cambiar por la fuerza comportamientos generalizados de sus habitantes que eran contrarios a estos proyectos.

Antes de iniciar, vale la pena subrayar que a pesar de las notables diferencias en cuanto al tamaño, el número de población y la expansión de servicios en

el período de estudio, Ciudad de México y Bogotá son

dos casos importantes para caracterizar los modelos

de crecimiento y modernización urbanos en América

Latina. Una revisión de la historiografía reciente de ambos países permite encontrar coincidencias en las líneas de análisis, así como evidenciar procesos similares vividos en las décadas anteriores a la época de gran expansión de la traza urbana y de explosión de las cifras de población.

A estas perspectivas para abordar situaciones simi-

lares dedicaremos el contenido de este artículo. Como

en cualquier recorrido urbano, en ambas ciudades tenemos estaciones comunes en la consolidación de proyectos de modernización. En ambos casos,

el proceso de urbanización sobrepasaba cualquier

previsión y era, para los contemporáneos, motivo de discursos de rechazo y de voces imperativas para buscar soluciones a problemas que se percibían cada día más agudos. En tres estaciones de este recorrido intentamos explorar de forma general algunos problemas generados por la densificación de las ciudades y relacionarlos con los proyectos de modernización que caracterizaron los discursos de las élites en este periodo.

II. PRIMERA ESTACIÓN:

AUMENTO DE LA DENSIFICACIÓN Y PROPUESTAS DE MODERNIZACIÓN

Los proyectos de reorganización del espacio urbano en la Nueva España y en Nueva Granada fueron protagonistas centrales en el gobierno de las ciudades capitales de los virreinatos en la época colonial. Algunos de los argumentos centrales de estos

Basados en los presupuestos racionales de la Ilustración, los reformadores de finales del siglo XVIII en la Nueva España insistieron en la necesidad de aplicar los avances de la ciencia a una reorganización del espacio urbano. El modelo de reforma de las ciudades buscaba recuperar la cuadrícula primigenia

trazada en la fundación hispana que se había perdido con el paso de los años; la superficie de las propiedades privadas y de las órdenes religiosas se extendió hacia las calles y éstas quedaron incorporadas como parte de su propio espacio privado. Esteban Sánchez de Tagle señala que en el siglo XVIII se quería recuperar

la idea de ciudad de quienes diseñaron la cuadrícula

en el siglo XVI. La racionalidad del dibujo quería expresar una idea de “orden previo a la presencia de los agentes sociales en el espacio, otorgar al gobierno en el poder una justificación que lo hace parecer a sí mismo, necesario y hasta inevitable”. 2 El proyecto de recobrar el orden previo a cualquier instauración de poder llamó la atención de los reformadores del siglo XVIII en la Nueva España. Los borbones quisieron recuperar la cuadrícula como un reflejo del orden instaurado por este nuevo estado, en una explícita reminiscencia del orden soñado por los conquistadores.

Al parecer, ni este tipo de discusión ni los avances en

la discusión urbanística fueron muy extendidos para el

caso de la capital del virreinato de la Nueva Granada.

Aparte de las menciones en las relaciones de mando sobre los problemas de transportes, servicios e higiene pública de la ciudad, 3 son pocas las referencias a iniciativas en este período y a la aplicación de la racionalidad borbónica para la pequeña y aislada Santafé de Bogotá. Algunas de las medidas más mencionadas se refieren al gobierno del virrey Manuel de Guirior, quien en 1772 ordenó organizar

la capital en los barrios de las Nieves Oriental, Nieves

Occidental, del Príncipe, San Jorge, la Catedral, el Palacio, San Victorino y Santa Bárbara. 4 Dentro de sus medidas de reorganización ordenó dar nombre a las calles, numerar las manzanas y las casas, sin

lograr mucha efectividad con tales medidas: “poner número a las fincas urbanas y dar el nombre de las calles parece que sólo se generalizó al comenzar el siglo XIX”. 5

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2 Sánchez de Tagle, Los dueños de la calle. Una historia de la vía pública en la época colonial, México, INAH, Gobierno de la Ciudad

de México, 1997, p. 24.

3 En el perfil histórico de Bogotá de Jaime Jaramillo Uribe se subraya que en las últimas décadas de la colonia los progresos materiales fueron escasos y lo sustenta con una referencia a una relación de mando de un virrey que dijo que la limpieza de la ciudad estaba encargada a cuatro agentes: “los gallinazos, la lluvia, los burros y los cerdos”. Jaramillo Uribe, “Perfil histórico de Bogotá”, En Ensayos

de historia social, tomo II, Temas americanos y otros ensayos, Bogotá, Tercer Mundo Editores, Ediciones Uniandes, 1989, p. 19.

4 Rivadeneira, “Desde sus orígenes”, 2001.

5 Jaramillo, “Perfil histórico”, p. 20.

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Los sustentos racionales de estos esfuerzos de modernización estaban medianamente claros para los reformadores y para los regímenes que apoyaban sus propuestas, pero no para los funcionarios encargados de poner en práctica estas reformas. Estas ideas no fueron fácilmente asimiladas ni se aplicaron en un modelo de planificación como imaginaron sus impulsores. Además de los obstáculos mencionados por la ausencia de recursos para indemnizar a los afectados por las demoliciones, la historiografía mexicana ha señalado que en estas últimas décadas del gobierno colonial aún no se comprendía la necesidad de poner en práctica un plan que ordenara el crecimiento de una ciudad. La ausencia de planificación fue una realidad compartida por la mayoría de las ciudades latinoamericanas, una de las causas repetidamente mencionadas del crecimiento caótico de dichas urbes en el siglo XX. 6

Sin embargo, valdría la pena tomar en cuenta otras dimensiones de estos intentos de planeación de ciudades como la capital mexicana. No se puede desconocer que hubo diversos proyectos para mejorar la imagen urbana y para solucionar algunos de los problemas agudizados por el crecimiento poblacional. Se dictaron un buen número de medidas para atacar problemas coyunturales tanto en la infraestructura urbana como en la formas de comportamiento de sus habitantes. Rodríguez Kuri considera estas diversas propuestas como una “operativización apresurada de la intuición y de un impulso, que busca el abatimiento de un paisaje y la recomposición de un ambiente —en última instancia— que busca la reformulación de una percepción y de una psicología colectivas”; por lo tanto, no había un conjunto de ideas articuladas al respecto, agrega este autor. 7 Lo que sí lograron algunos de estos intentos de planeación fue hacer conciencia de la necesidad de un proyecto de modi- ficación del paisaje urbano. A pesar de las reticencias, en los discursos aparecía claramente la necesidad de un mejoramiento del entorno de la ciudad.

Otra de las barreras para poner en práctica estos esfuerzos de transformación de la vida urbana que se comenzaron a proponer desde finales del siglo XVIII fue la dificultad para cambiar los comportamientos de los individuos en la calle. Regina Hernández Franyuti señala que era casi imposible “sujetar a los vecinos a una disciplina respecto a la disposición de los detritos,

ya que, pese a las normas dictadas con anterioridad al respecto, la gente estaba habituada a desentenderse de la manera más simple y rápida de los desperdicios, esto es, arrojándolos a la vía pública”. 8 Cambiar los comportamientos sería algo más difícil de conseguir

y seguiría siendo una de estas “inercias” que frenarían

los intentos para poner en práctica algunos de los planes de los reformadores.

Las investigaciones sobre el crecimiento urbano de estas dos ciudades a lo largo del siglo XIX y, en particular en la segunda mitad de esa centuria, han coincidido en un aumento de la densificación de las viejas trazas rectangulares, así como en la recuperación de los principios racionalistas de reforma de las ciudades de tiempos de los borbones. Para el caso de México y con base en los censos del siglo XIX, se ha señalado un proceso creciente de densificación de estas viviendas. Según María Dolores Morales y María Gayón, las casas que tenían más de 10 habitaciones aumentaron de 1,015 a 1,721 entre 1848 y 1882. Había una gran diversidad de espacios al interior de una casa: cuartos independientes, accesorias (las cuales tenían acceso directo a la

calle), jacales (habitaciones construidas con madera

u otros materiales perecederos), cajones (espacios

para el comercio en donde también vivían), covachas (situados debajo de las escaleras) o corrales (lugares cercados donde, además de animales, pernoctaban familias). 9

Con el progresivo rompimiento del poder de las corporaciones y, en particular, de la Iglesia, en el siglo XIX se consolidó paulatinamente la tendencia hacia la libertad de propiedad y la incorporación de aquellos predios que aún no habían ingresado al mercado de tierras. Los estudios de Mariano Téllez

Pizarro muestran que en este período y, en particular entre 1872 y 1901, hubo una importante inversión en

la

construcción y remodelación de edificaciones, con

lo

cual el valor de la propiedad inmueble se comenzó

a establecer no sólo por el valor del terreno, sino por

el valor de la construcción. 10

En Bogotá, la investigación de Germán Mejía Pavony subraya que, a lo largo del siglo XIX y sobretodo en las décadas finales, hubo un proceso de densificación de las viejas edificaciones construidas. El aumento progresivo de la inmigración campesina a la ciudad se concentró en las antiguas casas que se subdividieron

6 Muchos han insistido en este hecho a partir de los trabajos de José Luis Romero y sus reflexiones sobre las causas del crecimiento desordenado de las ciudades latinoamericanas en el siglo XX. Romero, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, México, Siglo

XXI, 1976, p. 275.
7

México, Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco, 1996, p. 111.
8

Rodríguez Kuri, La experiencia olvidada. El Ayuntamiento de México: política y gobierno, 1876-1912. México, El Colegio de

Hernández Franyuti, “Ideología, proyectos y urbanización en la ciudad de México, 1760 1850”, en Regina Hernández Franyuti,

comp., La ciudad de México en la primera mitad del siglo XIX. México, Instituto José María Luis Mora tomo I, 1994, p. 140.

9 Morales y Gayón, “Viviendas, casas y usos de suelo en la ciudad de México, 1848-1882”, en Rosalba Loreto López, coord., Casas,

viviendas y hogares en la historia de México, México, El Colegio de México, pp. 344-347.
10

Citado por Rodríguez Kuri, La experiencia olvidada , pp. 99-100.

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y alojaron en su interior a mayor población. Además, muchos lotes vacíos en el marco de la vieja traza fueron construidos, haciendo más compacta el área construida. 11

Cuadras con casas altas, 1878. Mejía, Germán. Los años del cambio. Historia urbana de Bogotá
Cuadras con casas altas, 1878. Mejía, Germán. Los años del
cambio. Historia urbana de Bogotá 1820-1910. 2a ed., Bogotá,
CEJA, 2000, p. 390.
Proyectos de modernización y urbanización en México y Bogotá, 1880-1930. , Mario Barbosa

En ambas ciudades estos años significaron un aumento de población y una densificación de las viejas habitaciones, hecho que generó diversos problemas de hacinamiento e higiene pública que subrayaban ampliamente los contemporáneos. En México, las famosas vecindades (conocidas en Colombia como inquilinatos) eran características de la habitación desde la Colonia pero con un carácter distinto: en su interior se alojaban diversos sectores de estratos diferentes. Desde finales el siglo XIX la diversidad también era su característica pero sólo dentro de los sectores medios (empleados de la creciente democracia y del comercio) y dentro de los sectores bajos (obreros, artesanos, trabajadores

independientes). Varios estudios han insistido en un declive en la calidad de vida en su interior por las fuertes presiones demográficas.

Las cifras de los censos, parciales y poco fiables por serios defectos en la recolección de la información, nos permiten apreciar las tendencias del crecimiento demográfico, el cual no es paralelo a una expansión de la traza urbana. Entre 1870 y 1912, la población bogotana creció de 40 833 a 116 951 habitantes, 12 mientras que la población de la ciudad de México pasó de 241 110 en 1870 a 471 066 habitantes en

1910. 13

Adicionalmente, es necesario tener en cuenta que la

expansión urbana a partir de estas décadas generó otros procesos como el descentramiento en ambos casos, es decir, el traslado paulatino de las élites de las zonas centrales de la ciudad hacia los márgenes en nuevos conglomerados (barrios en Bogotá o colonias en ciudad de México) que tuvieron como destinatarios principales sectores sociales con gran capacidad de pago. Es el caso del barrio Chapinero al norte de Bogotá o de colonias como La Condesa

y Roma en ciudad de México. Para los sectores más

bajos también se crearon nuevos núcleos urbanos pero estos o estaban poco poblados a pesar de su extensión o dieron cabida a una reducida parte de esas mayorías pobres que siguieron hacinadas, según

los testimonios, en las viejas casas de habitación. En medio de la expansión urbana entre 1870 y 1930, un seguimiento de las normas sobre urbanización

y de las acciones del gobierno local muestra que en

ambas capitales —de forma paralela a la expansión de la traza y a la fragmentación socioespacial— hubo esfuerzos por regular el desarrollo de los espacios centrales de los viejos cascos urbanos.

De forma contraria a Bogotá, más pequeña y provincial, México vivió un proceso de reconstrucción espacial de los cuarteles centrales en tiempos de Porfirio Díaz (1876-1911). La inversión en obras públicas, en alineación de calles que habían sido incorporadas en la Colonia a los conventos, así como en construcción de grandes avenidas al estilo boulevard (la ampliación del Paseo de la Reforma y la modernización del Paseo Bucarelli). Todas estas obras buscaron mostrar la cara del progreso pregonado por el gobierno de Porfirio Díaz. En Bogotá, no hubo en este período proyectos de modernización material o urbanística con estas dimensiones. Sin embargo, como en México, hubo una preocupación constante por tomar en cuenta

11 Mejía Pavony, Los años del cambio. Historia urbana de Bogotá, 1820-1910, Bogotá, Ceja, 1998, pp. 297 y ss.

12 Ibid., p. 230. 13 Gortari y Hernández Franyuti, Memorias y encuentros: La Ciudad de México y el Distrito Federal (1824-1928), México, Departamento del Distrito Federal e Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, vol. III, pp. 276 y 287. Estos datos corresponden solamente a la municipalidad de México; no incluyen los datos de las municipalidades vecinas, algunas de las cuales ya estaban unidas con la traza de la ciudad.

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el tema de la planeación urbana. Así lo demuestra la participación en congresos internacionales y la expedición de normatividades.

En este período, la norma urbanística fue una estrategia para enfrentar aspectos que se escapaban de las manos en las pocas o muchas reformas. A través de normas y reglamentaciones y de los discursos que las sustentaban es posible señalar algunas de las carac- terísticas de los sentidos que tenía el concepto de urbanización como una expresión clara del proyecto de modernización urbana. La “falta de urbanización”, como repetían reiteradamente los funcionarios gubernamentales en la capital mexicana, se refería básicamente a la ausencia de condiciones básicas de infraestructura en las viviendas y a la limitada cobertura de servicios públicos básicos, como la provisión de agua potable, la conducción de aguas negras y del agua apta para consumo. La revisión de la normatividad y la insistencia progresiva en ciertos aspectos específicos, permite identificar estas dificultades que enfrentaron los gobiernos locales de las ciudades latinoamericanas, en medio de la densificación y la construcción de nuevos barrios o colonias para sectores populares.

En medio de esta densificación y de las dificultades en la salubridad de los espacios urbanos que analizaremos en la siguiente sección, en ambas ciudades habíamos señalado que hubo una fragmentación del espacio urbano, formación de nuevos polos en los extramuros de las ciudades y aumento de la fragmentación del espacio urbano. Algunas evidencias en los estudios urbanos mexicanos señalan que este proceso de fragmentación generó percepciones diferentes frente al espacio urbano en la capital. Al desbordarse los viejos límites de la ciudad, algunos investigadores que han dado seguimiento a los discursos de estos sectores —a través de registros de sus voces en fuentes judiciales o en trámites administrativos— 14 han coin- cidido en la consolidación de “rumbos”, o espacios definidos en los cuales los habitantes concentraron sus actividades de trabajo, socialización y que coincidían, en muchos casos, con sus lugares de habitación. 15 Asimismo, estos trabajos permiten poner en duda la

separación tajante entre ámbitos públicos y privados reiterada como una evidencia de la modernidad de estas ciudades. Por el contrario, tanto en viviendas con un alto grado de hacinamiento y densificación (como las vecindades y los inquilinatos) como en las nuevas barriadas populares se conservan fuertes lazos de solidaridad, de ayuda mutua o de interés común, así como espacios (como patios interiores de las vecindades o las calles de las nuevas barriadas) que han sido, reiteradamente, señalados como una extensión de las habitaciones. Queda por explorar más ampliamente las migraciones rurales hacia las ciudades de estos años y la configuración de redes sociales a partir de un lugar de nacimiento común, de relaciones de compadrazgo o de vecindad. Son pocos los estudios que han vuelto la mirada hacia los sugerentes trabajos etnográficos sobre ciertos rumbos de la ciudad (como los de Oscar Lewis en el caso de la ciudad de México) para poner a prueba los alcances de la modernidad desde una perspectiva histórica, tratando de relacionar la puesta en marcha de los proyectos de modernización en momentos de un fuerte desprecio por lo popular (por incivilizado, inmoral o antihigiénico, como lo veremos en la

siguiente sección) y la consolidación de una imagen urbana fragmentada. Esta imagen, a veces, se convertía en una barrera para superar los pequeños marcos espaciales en donde se desarrollaba la vida de los habitantes en ciudades con un evidente aumento en su área urbanizada, a pesar de que aún no fuera tan explosivo como ocurrió a partir de la década de

1950. 16

Esta es una línea de análisis para reconocer matices, espacios de múltiples tonalidades entre tradición y modernización. Muchos estudios históricos han reiterado afirmaciones generales que intentan sustentar la modernidad de estas ciudades en una separación tajante entre lo público y lo privado, separación que se queda en el plano discursivo y puede ser puesta en duda por las evidencias del tipo de socialización popular en esos años. Parece ser que flanear como evidencia de modernidad no era una actitud generalizada en estas ciudades latinoamericanas de comienzos del siglo XX, o al

14 Es el caso del estudio de Pablo Piccato sobre criminalidad en la capital mexicana entre 1900 y 1930 (Piccato, City of Suspects, Crime in Mexico City, 1900-1931, Duke University Press, 2001) o la investigación doctoral del autor de estas páginas sobre trabajadores en las calles de esta ciudad en el mismo periodo de estudio. 15 Al hacer un estudio socioespacial de la zona de la Merced en la ciudad de México (uno de las zonas de mercado, abasto de alimentos

y

zona cercana a las calles de mayor actividad comercial en este rumbo concentraban sus actividades en un radio que no superaba las 5

o 10 manzanas a la redonda. Valencia, La Merced. Estudio ecológico y social de una zona de la Ciudad de México, México, Instituto

Nacional de Antropología e Historia (INAH), 1965. En los trabajos de Oscar Lewis también es perceptible observar cómo la vida de muchos de los personajes observados en su trabajo etnográfico permanecen en un radio que a veces no supera los alrededores o los espacios comunes de las vecindades. Lewis, Los hijos de Sánchez (1961), México, Editorial Grijalbo, 1966. Una veta de análisis en este mismo sentido puede surgir al tratar de relacionar la construcción de rumbos con la formación de imágenes y mapas mentales urbanos que exploraron los geógrafos en las décadas de 1960 y 1970; por ejemplo, Kevin Lynch, La imagen de la ciudad(1960),

comercio popular más importantes), Enrique Valencia también ha encontrado que desde finales del siglo XIX, los habitantes de la

Buenos Aires, Ediciones Infinito, 1960.

16 En este sentido, hemos realizado un intento incipiente de abordar la vida social de inmigrantes rurales en el barrio obrero Antonio Ricaurte de Bogotá en: Barbosa, La metamorfosis del habitante urbano de principios de siglo. El caso del barrio Ricaurte de Bogotá (1912-1948), Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, Departamento de Historia, 1996.

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menos es una línea de análisis para explorar con estudios concretos y en ámbitos comparativos. Algunas investigaciones han comenzado a explorar las “resistencias” al modelo de modernización a partir de algunas perspectivas de la historia social y cultural y de propuestas teóricas, como las de James Scott, 17 que hablan sobre los espacios populares que permiten la permanencia de tradiciones culturales. 18 Sin embargo, estas investigaciones se tendrían que complementar con estudios que permitan percibir no sólo las resistencias —abiertas y ocultas— y las

reacciones ante el aumento del control social, sino también las prácticas de negociación, las solidaridades

y la conformación de redes sociales que, en medio

del crecimiento urbano y la sobrepoblación, han permitido la sobrevivencia de amplios sectores de

población. Las prácticas sociales y culturales de la sobrevivencia también deberían tener un espacio en

la investigación histórica de estas ciudades.

III. SEGUNDA ESTACIÓN:

DISCURSOS FRENTE A LA INSALUBRIDAD Y LOS COMPORTAMIENTOS INDESEABLES

En nuestra lectura de colecciones normativas de ambas ciudades en el período 1900-1930 hemos podido establecer algunas insistencias comunes frente a un aspecto que se escapaba al manejo de los proyectos de modernización. Me refiero a la necesidad de enfrentar la mencionada densificación poblacional y

el consecuente declive de las condiciones de la calidad

de vida. Este problema se hacía aún más visible en

medio de la difusión de los principios del higienismo

y de teorías científicas para enfrentar enfermedades endémicas o epidémicas. En el tiempo también coincide este momento con un fortalecimiento de

teorías positivistas que insistían en argumentos

raciales para explicar el “bajo” grado de civilización de las sociedades latinoamericanas. Con estas teorías raciales se sustentaba un desprecio por formas de vida tradicionales en las ciudades americanas. Usos

y costumbres populares que eran extendidos entre

la mayoría de la población fueron rechazados de manera progresiva por ser prácticas poco higiénicas de acuerdo con las evidencias de los descubrimientos

de la ciencia en relación con los microorganismos. Otra fuente de rechazo fue la falta de autocontrol en la interrelación entre los diversos sectores sociales, que se reflejaba en formas de comportamiento no bien vistas dentro del modelo secular cimentado a través de manuales de urbanidad y en la escuela.

Pero vamos por partes. Frente a la insalubridad, las normas se concentraron en establecer unas cualidades básicas en la construcción de habitaciones. La actividad del Concejo Municipal de Bogotá en las primeras décadas del siglo XX indica que hubo una gran cantidad de intentos de regulación con anterioridad a la Ley 46 de 1918, mencionada por varias investigaciones como el inicio de la normatización sobre esta materia. 19 Las normas previas a esta ley se dirigían principalmente a la creación de instituciones, la regulación de las construcciones y la prohibición de ciertos comportamientos (aspectos que trataremos

de ciertos comportamientos (aspectos que trataremos Procesión de Corpus Christi frente a la catedral. Mejía,

Procesión de Corpus Christi frente a la catedral. Mejía, Germán. Los años del cambio. Historia urbana de Bogotá 1820-1910. 2a ed., Bogotá, CEJA, 2000, p. 458.

más adelante). Respecto de las construcciones, los acuerdos insistían en que la apertura de nuevas calles sería autorizada por la Oficina de Obras Públicas, al tiempo que fijaban las especificaciones mínimas de éstas y atribuían a los vecinos las funciones de mantenimiento o reconstrucción de los alcantarillados, andenes y canales de desagüe de aguas lluvias. Para

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17 Scott, Los dominados y el arte de la resistencia. Discursos ocultos, México, Ediciones Era 2000. 18 En la última década, por ejemplo, es perceptible una gran cantidad de estudios en varios países de Latinoamérica sobre vagos, ociosos, delincuentes, así como de usos sociales de espacios públicos (como plazas, calles, establecimientos públicos de ocio, etc.). Entre otros, ver por ejemplo, Falcón, Culturas de pobreza y resistencia. Estudios de marginados, proscritos y descontentos. México, 1804-1910, México, El Colegio de México, Universidad de Querétaro, 2005; Calvo Isaza y Saade Granados, La ciudad en cuarentena. Chicha:

patología social y profilaxis, Bogotá, Ministerio de Cultura, 2002; Lida y Pérez Toledo, Trabajo, ocio y coacción. Trabajadores urbanos en México y Guatemala en el siglo XIX, México, UAM-Iztapalapa, Miguel Ángel Porrúa, 2001; Araya Espinoza, Ociosos, vagabundos y malentretenidos en Chile colonial, Santiago, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 1999; Ramón Joffré, La muralla y los callejones. Intervención urbana y proyecto político en Lima durante la

segunda mitad del siglo XIX, Lima, Perú, Sidea, PromPerú, 1999.

19 Véase por ejemplo los trabajos de Mauricio Archila, Cultura e identidad obrera, Colombia 1910-1945, Bogotá: Cinep, 1992, y de Wigberto Castañeda, Bogotá: industria y trabajadores: 1900-1945, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, Departamento de Sociología, 1988, p. 102. Con esta ley de 1918 se impuso a los municipios de más de 15.000 habitantes la obligación de destinar el 2% de los impuestos a la construcción de habitaciones obreras.

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la aprobación de nuevas urbanizaciones se exigía un ancho de 15 metros para calles y 20 metros para carreras (Acuerdo 7 de 1913) y una altura para las casas de obreros de 3,5 metros, mientras que para

otros sectores se exigía una altura mínima de 5 metros. Luego de la mencionada Ley de 1918, se reglamentó la creación de una Junta de Habitaciones para Obreros con participación del Alcalde, concejales y funcionarios administrativos. Sin embargo, bajo la gestión de esta Junta y del organismo que la sucedió —el Instituto de Acción Social creado por Acuerdo

61 de 1932—, 20 sólo se apoyó la construcción de 249

viviendas entre 1918 y 1944. 21

Esta insistencia en la normatización no considera-

ba las circunstancias reales de la construcción y la imposibilidad de contar con todas las condiciones deseadas antes de la iniciación de las obras. De ahí que las reglamentaciones generales tuvieran que ser reformadas prontamente. Por ejemplo, el acuerdo

56 de 1922 permitió edificaciones en lotes que no

tuvieran el servicio de acueducto ni alcantarillado, “siempre que se construya un excusado sanitario de foso séptico, modelo Kentucky, recomendado por la Dirección Nacional de Higiene”, 22 con lo que inten- taba enfrentar la imposibilidad de contar con estos servicios antes de iniciar cualquier construcción en las circunstancias de estos nuevos barrios.

En el caso de la ciudad de México, la densificación también trajo a la discusión problemas de salubridad

e intentos normativos. Desde la segunda mitad del

sobre historia de la expansión urbana subrayan que este aumento del área no implicó un mayor espacio para el alojamiento de las mayorías pobres urbanas.

Gran parte de las nuevas áreas urbanizadas correspondieron a colonias para élites y sectores medios en donde se construyeron grandes casas con una baja densidad de población; mientras que las urbanizaciones destinadas a sectores bajos tenían una mayor densidad por casa o habitación y se poblaron más lentamente. Por ejemplo, el fraccionamiento (loteo) de la colonia Vallejo, fue autorizado a Ignacio del Villar y Compañía Mexicana de Terrenos en 1905; 25 al observar fotografías aéreas de la zona en 1934, 26 aún hay muchas áreas sin construir y calles sin trazar. Su poblamiento fue lento y se extendió varias décadas, haciendo más difícil la consolidación de condiciones de urbanización, tal como ocurrió con buena parte de las colonias populares en la ciudad de México. Al buscar una explicación frente a la especulación en los nuevos fraccionamientos de la ciudad de México, María Dolores Morales señala que funcionarios de Obras Públicas se quejan en 1909 de que continúan presentándose solicitudes para abrir nuevas colonias a pesar la existencia de grandes zonas no habitadas ni construidas y de “casas dispersas a grandes distancias” en las nuevas colonias de sectores altos, medios y bajos, hay enormes espacios sin población. “Es evidente —apunta Morales— que ello obedece a un deseo de especulación de capitalistas a quienes no les importa esperar un largo plazo porque saben que las ganancias son óptimas”. 27

siglo XIX y hasta la primera década de la siguiente centuria, el área construida había crecido casi cinco

En las nuevas colonias ubicadas al sur del viejo

veces, mientras que la población había aumentado 2.3 veces. 23 Según el gobierno del Departamento del Distrito Federal, entre 1900 y 1930 la ciudad pasó de

casco urbano había múltiples quejas por los incumplimientos de los urbanizadores. En la colonia Moderna, por ejemplo, en los años 20 no había ni

 

27

137 500 a 86 087 500 metros cuadrados; entre 1900

“un solo gendarme, ni un carro de limpia ni un solo

y

1910 creció un 32%, entre 1910 y 1920 un 13.5%

foco de luz eléctrica en las calles” que hubiera

y

entre 1921 y 1930 un 46%. 24 Las mayorías pobres,

sido pagado por la municipalidad. El ayuntamiento

entre tanto, continuaban hacinadas en alojamientos calificados por sus contemporáneos —y también por una buena parte de la crónica y la historiografía de la ciudad— de insalubres e inmorales. Los estudios

señalaba que si los fraccionadores no introducían los servicios que les correspondían de acuerdo con el decreto presidencial de 3 de julio de 1924, la colonia no tendría existencia jurídica ante esta instancia. Sin

20

21

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24

25

26

27

República de Colombia, Acuerdos expedidos por el Concejo Municipal. 1930-1933, Bogotá, Imprenta Distrital, 1984.

Castañeda, Bogotá: industria y trabajadores, p. 102.

Acuerdos expedidos por el Consejo [sic] municipal de 1922 a 1923, Bogotá: Concejo Municipal, 1924. p. 148 - 149.

Estos datos corresponden a uno de los estudios históricos pioneros sobre la expansión urbana en México y se hizo a partir de medir los planos a escala elaborados para este trabajo. Morales, “La expansión de la ciudad de México en el siglo XIX. El caso de los fraccionamientos”, en Alejandra Moreno Toscano et al., Investigaciones sobre la historia de la ciudad de México I, México, Cuadernos de Trabajo del Departamento de Investigaciones Históricas, INAH, 1974, p. 74. Jorge Jiménez en su trabajo sobre negocios urbanos en el Distrito Federal entre 1824 y 1928 menciona la existencia de los “portafolieros”, especuladores que se dedicaron a la compra-venta de grandes terrenos urbanos. Jiménez, La traza del poder. Historia de la política y de los negocios urbanos en el Distrito Federal de

sus orígenes a la desaparición del Ayuntamiento (1824-1928), México, Codex Editores,1993, pp. 70-71.

Estos datos provenientes de la Dirección de Obras Públicas del Departamento del Distrito Federal en 1930 están citados en Berra, La expansión de la Ciudad de México y los conflictos urbanos, 1900-1930, México, El Colegio de México, Centro de Estudios

Históricos, 1982, p. 271

Jiménez, La traza del poder, p. 53.

Fotografía aérea de la colonia Vallejo, 1934, Archivo Compañía Mexicana de Aerofoto.

Morales, “La expansión de la ciudad de México”, p. 91.

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embargo, el ayuntamiento cobraba impuesto predial,

servicio de limpieza, etc. a los propietarios de estas zonas suburbanizadas. En el caso de la colonia Postal, todas las mejoras corrieron a cargo de la cooperación de los trabajadores postales pues el ayuntamiento se negó a ayudarlos. El argumento central era que la colonia estaba fuera de la jurisdicción del municipio de México. En el caso de la colonia Obrera, el mencionado decreto paralizó las obras de construcción de casas y habitaciones pero estimuló la aparición de barracas de madera con carácter provisional. Sus habitantes manifestaban que pagaban impuestos con la esperanza de que se realizaran obras

de higienización e introducción de servicios públicos

básicos, aunque se tenía la certeza del incumplimiento de fraccionadores (urbanizadores) y del gobierno local y federal. Así lo manifestaba un grupo de vecinos de esta colonia en los años 20: … y si bien

es cierto que nos libramos de la tiranía del casero, en

cambio, nuestra vida es angustiosa: sin escuela, luz,

pavimento, pues de todo carecemos hasta de policía que es en extremo deficiente, por no decir nula en lo absoluto, pues casos se han dado en que los mismos gendarmes cometen atracos y delitos de sangre. 28

A pesar de estas responsabilidades incumplidas, en

ambas ciudades es perceptible que la responsabilidad por la insalubridad fue trasladada en los discursos hacia las mayorías pobres. En los discursos de higienistas, urbanizadores, empresarios y funcionarios gubernamentales se insistía en que la responsabilidad de los problemas en salubridad —que generaron temores por la expansión de epidemias— estaba en las ʻviciadasʼ prácticas populares.

En el caso de Bogotá, el médico Camilo Tavera hizo en 1922 una descripción de los 20 núcleos de habitaciones obreras que por entonces existían en Bogotá. 29 La mayoría de estos núcleos urbanos localizados al oriente, al sur y al occidente de la ciudad albergaban a habitantes pobres de Bogotá, principalmente artesanos, y a inmigrantes que provenían en forma predominante de los departamentos de Boyacá y Cundinamarca. 30 Entre los núcleos localizados al oriente podemos mencionar los barrios “Unión Obrera”, Bavaria (que hoy forman el sector conocido como La Perseverancia), Las Aguas, Egipto, Belén y Las Cruces; al occidente, los barrios San Façon, San Luis y Ricaurte; y al sur, San Francisco Javier (más conocido como Villa Javier) y

algunos sectores sin nombre localizados en las orillas de los ríos San Francisco y San Agustín. Estos barrios, con excepción de unos pocos, eran un conjunto de casas caracterizado, en su mayoría, por la ausencia de servicios públicos, el desaseo y las condiciones de vida infrahumanas.

En sus reflexiones a partir de la colaboración en la elaboración del plano de 1930, el ingeniero Luis Bautista se refirió en los siguientes términos a la expansión de Bogotá en estas primeras décadas del siglo XX:

el sistema de libre crecimiento entraña peligros casi imposibles de conjurar en el futuro, como son, entre otros, los de orden económico, de higiene y de seguridad, multiplicados diariamente por la intensa construcción de habitaciones clandestinas, verdaderos tugurios sin ventilación, sin luz, sin arte y sin una ley o fuerza coercitiva que evite el emplazamiento de urbanizaciones a considerable distancia unas de otras. 31

Bautista señalaba que las habitaciones “clandestinas”

llegaban en 1931 a una proporción del 70% del área construida y menciona como una de las causas el desamparo en que quedaron los habitantes del Paseo Bolívar, zona ubicada al pie de los cerros orientales, luego de la campaña de higienización de este sector emprendida por el municipio a finales de los años 20. No obstante, fueron las mismas élites las que impulsaron esta campaña de desalojo de varias familias de ésta. Se pedía la eliminación de estos “focos infecciosos” a través de artículos de prensa

e incluso desde los púlpitos, con base no sólo en la

necesidad de salubridad sino también en la apelación

a la moral. Otros como Ortega pedían que en su lugar se construyeran “magníficas residencias de recreo”

para aprovechar el “magnífico panorama”. 32 Los proyectos de higienización del Paseo Bolívar incluían

el establecimiento de una serie de construcciones “con

el estilo y las características de la ciudad jardín”. 33

Estas primeras décadas del siglo se caracterizaron por campañas moralizadoras impulsadas por la élite, bajo la influencia de las teorías social-darwinistas que, entre otros postulados, aceptaban la “inferioridad de la raza hispanoamericana”, en particular de los sectores pobres de estas sociedades. Estas campañas intentaron controlar la utilización del tiempo libre en los sectores

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28 Berra, La expansión de la Ciudad de México, p. 128

29 Tavera, Habitaciones Obreras en Bogotá, Bogotá, Editorial Minerva, 1922.
30

Varios estudios han señalado que, a lo largo del siglo XX, la mayor parte de inmigrantes rurales a Bogotá eran boyacenses. Por ejemplo: Vargas y Zambrano, “Santa Fe y Bogotá: Evolución histórica y servicios públicos”, en Pedro Santana, comp., Bogotá 450

años: Retos y realidades, Bogotá, Editorial Foro e Ifea, 1988, p. 28.
31

Bautista, Estudios de urbanismo: planeamiento de la ciudad de Bogotá, Bogotá: Imprenta Municipal, 1932, p. 32.
32

33 Acuerdo 32 de 1929 en Boletín municipal.
34

Ortega, Arquitectura de Bogotá, Bogotá, Ediciones Proa, 1988, p. 89.

Archila, Cultura e identidad obrera, pp. 173-180.

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populares, con el propósito de reforzar los nuevos hábitos de trabajo que imponía la modernización. 34 En ese sentido, Rafael Uribe Uribe fue uno de los personajes que expresó con mayor vehemencia la necesidad de creación de condiciones para que avanzara la civilización (léase modernización). Uribe Uribe rechazaba el alcoholismo y lo veía como el principal obstáculo para “todo lo que sea civilización, disciplina moral y humanitarismo”. 35 Para enfrentar este mal, consideraba como prioritario inculcar nuevas virtudes para que la población creciera de manera robusta. Sus ideas reflejaban la preocupación de los contemporáneos por controlar cierto tipo de comportamientos.

En estos años es reiterativa la insistencia en las ciudades latinoamericanas por convertirse en metrópolis y a sus habitantes en hombres disciplinados y preparados para la modernización. Por eso se toman medidas como la prohibición de los pregones en las vías principales de la ciudad, el desplazamiento de las chicherías o pulquerías 36 a lugares apartados de los centros y de las zonas residenciales, el desarrollo del transporte urbano, el mejoramiento de andenes, calles y desagües, y hasta la imposición de multas por errores gramaticales en los letreros y anuncios públicos. 37 Organismos e instituciones como la Sociedad de Embellecimiento (creada por Decreto 10 de 1917), la Oficina de Estadística Municipal (marzo 26 de 1918), la Oficina de la Inspección de Tráfico (Acuerdo 84 de 1919) y la Oficina de desinfección urbana (Acuerdo 76 de 1920), para el caso de Bogotá, también son muestra de los intereses de los legisladores.

Desde finales del siglo XVIII, la reglamentación urbana había insistido en esta lucha contra lo sucio y lo maloliente con una mayor exigencia hacia la conservación de los espacios públicos (llámense calles, establecimientos públicos, mercados, jardines) en un estado más salubre, tanto en su construcción, como en el mobiliario. El vestuario, la limpieza personal, el manejo alimentario, entre otras costumbres, también fueron objeto de novedosas reglamentaciones. La batalla contra los comportamientos insalubres se enfrentó con normas y también a través de “denuncias” por parte de periodistas, salubristas e inspectores del ramo, quienes se convirtieron en férreos críticos a

partir de la descripción de situaciones que debían combatirse en esta guerra contra los microbios y las epidemias. El espacio del combate estaba ubicado, por lo general, en los espacios públicos, aunque también se extendió al interior de las habitaciones.

En el caso de México, las épocas secas y de lluvias tenían consecuencias diversas. En tiempos secos y de vientos, las tolvaneras eran una fuente adicional de insalubridad. En tiempos de lluvias, la situación de las calles empantanadas se hacía más difícil por la acumulación de basuras en las calles. La correspondencia cruzada entre los vecinos y las instancias de la administración del Distrito Federal y el ayuntamiento, deja percibir que unos y otros se acusaban de ser los causantes de esta situación. Por ejemplo, mientras los vecinos de las calles centrales de la ciudad señalaban en 1918 a la sección de Limpia y Transporte del Departamento de Obras Públicas como responsable de la acumulación de basuras, esta instancia de gobierno culpaba a los habitantes. 38 Los habitantes, además, se quejaban de que las autoridades no recogían el polvo y los desechos resultantes del barrido de las calles, ni tampoco “tanta inmundicia que hay junto a las paredes pues en las noches por falta de vigilancia se convierten estas calles en excusados públicos”. 39 Esta situación se agravó en tiempos de inestabilidad política en la década revolucionaria, cuando gran parte de los servicios urbanos se vio afectado y se detuvo el mantenimiento de la infraestructura urbana (remozamiento de asfaltados, extensión de redes de servicios públicos, interrupción de la limpieza, aparte de la crisis de abasto que vivió a partir de 1915 y que se prolongó por un par de años).

Alain Corbin y Maurice Angulhon han insistido en que desde el siglo XIX hay una creciente toma de conciencia sobre los olores de la ciudad. El refinamiento olfativo es una cualidad que refleja la diferenciación social: “La ausencia de olor que importune permite distinguirse del pueblo pútrido, hediondo como la muerte, como el pecado, y de paso justificar implícitamente el tratamiento que se le impone”. 40 La ausencia de olor es un signo de distinción en relación con los “malos” olores, sinónimos de enfermedad, hediondez y hasta de pecado.

35 El pensamiento político de Rafael Uribe Uribe (Antología), Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1974, pp. 109-110.
36

Pulquerías son expendios de pulque, bebida embriagante popular en México hecha a partir de la fermentación del jugo de maguey.
37

Sobre estos temas, el Concejo Municipal expidió un buen número de acuerdos entre 1912 y 1930, los cuales intentaban controlar los comportamientos que iban en contravía de los nuevos valores. En el caso de México, ver normas en el Boletín Oficial del Consejo Superior de Gobierno del Distrito Federal y el Boletín municipal, publicaciones periódicas del gobierno y del ayuntamiento en estas

primeras décadas del siglo XX.

38 De la sección de Limpia y Transportes del Departamento de Obras Públicas al Ayuntamiento, 8 de mayo de 1918, en Archivo Histórico

del Distrito Federal, sección Policía Salubridad (en adelante: AHDF, PS), vol. 3672, exp. 268.

39 Vecinos de los callejones de Lecheras al Departamento de Obras Públicas, 26 de agosto de 1918, en AHDF, PS, vol. 3672, exp. 288.

Estos callejones se encontraban ubicados a solo cuatro calles del Palacio Nacional.

40 Corbain, El perfume o el misma. El olfato y lo imaginario social, siglos XVIII y XIX, México, Fondo de Cultura Económica, 1987, p. 159. Sobre esta temática también puede consultarse a Agulhon, Historia vagabunda. Etnología y política en la Francia contemporánea, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 1994.

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Este es un tono persistente en los relatos que hemos consultado en ambas ciudades, tanto de las autoridades sanitarias como de los pobladores —para hacerse escuchar y sin ninguna evidencia explícita de la interiorización de estos valores— relacionan la falta de higiene con los males sociales. Por ejemplo, los espacios abiertos de estas ciudades —llámense calles, ríos, canales, lotes sin cercar, jardines públicos o plazas— eran utilizados para realizar las necesidades fisiológicas de los habitantes de urbes como la ciudad de México, con un limitado número de letrinas y baños públicos. En estos momentos no sólo se dejaban basuras en las calles. Ante la falta de baños en las viviendas o en sitios públicos en la calle se vaciaban otros desechos, en particular, excrementos humanos. 41

El Código Sanitario de 1902 de la ciudad de México reglamentaba, por ejemplo, que las casas debían tener por lo menos un “común”, siempre y cuando el número de habitantes no excediera de 20. Exigía que los comunes que se comunicaran con la atarjea o con el caño principal de la casa, deberían ser lavados con agua en abundancia y con presión; establecía también que “el contenido de los excusados solo podrá descargarse en las atarjeas. En las casas situadas en calles donde no haya atarjea, se usarían vasos móviles o algún otro modelo de comunes que sea aprobado por el Consejo Superior de Salubridad”. 42 Estas condiciones eran difíciles de cumplir en la mayor parte de las habitaciones por la falta de agua con presión y porque la mayoría de las atarjeas estaban obstruidas por lodo y basuras y por la falta de corriente que evitara el estancamiento de las aguas negras. Había también muchas casas de vecindad que aún no tenían baños, a pesar del aumento en la densidad de población.

Hemos visto en estas páginas cómo las percepciones sobre la insalubridad son muestra de la creciente intolerancia hacia formas de vida generalizadas que no cabían dentro de los moldes de un nuevo orden urbano, tanto en las prácticas higiénicas como en las actitudes de autocontrol en los espacios públicos y en las habitaciones de las mayorías pobres. Insistimos en que no era una característica exclusiva de las habi- taciones; los espacios públicos eran también objeto de las preocupaciones de los higienistas.

En esta línea de análisis de la salubridad, relacionada con estudios sobre las características del darwinismo social en estos países, nos parece importante señalar cómo los problemas urbanos se trasladaron al ámbito individual y a ubicar el centro de estas dificultades en las prácticas sociales de las mayorías empobrecidas que vivían en lugares hacinados y con ausencia o limitaciones en la extensión de los servicios públi- cos que avanzaba, con ritmos diferentes en ambas ciudades. Hemos resaltado algunos aspectos de este problema pero, en este ámbito, aún las investigaciones son muy disímiles en relación con la administración urbana. Para el caso de México, varios estudios han

urbana. Para el caso de México, varios estudios han La Carrera séptima en Bogotá a fines

La Carrera séptima en Bogotá a fines del siglo XIX. Mejía, Germán. Los años del cambio. Historia urbana de Bogotá 1820-1910. 2a ed., Bogotá, CEJA, 2000, p. 297.

explorado tanto la esfera administrativa (conflictos entre el ayuntamiento y el gobernador del Distrito Federal), el carácter de la obra pública (tipo de em- presarios, financiación, zonas de cubrimiento), así como el manejo del asunto de la salubridad pública en medio de la modernización. 43 Para el caso de Bo- gotá, el camino está por construir y seguramente las posibilidades de los nuevos acervos documentales disponibles permitirán explorar aspectos mucho más puntuales de la administración y la política urbana, superando las generalidades del gobierno municipal y relacionando la administración municipal con el gobierno nacional asentado allí mismo.

41 Los vecinos de la calle de san Salvador el Seco en la ciudad de México denunciaban al ayuntamiento que ante la falta de sanitarios, los vecinos salían en las noches a vaciar los excrementos “produciéndose un hedor insoportable” y exponiendo a la población “a que se desarrolle en este rumbo una epidemia de tifo, que a todos perjudicará”, 22 de marzo de 1899, AHDF, PS, vol. 3671, exp. 212. 42 Las citas corresponden a lo s artículos 74 a 76 del Código Sanitario, en Diario Oficial, tomo LXIII (México), núm. 50, p. 9.

Tres obras son representativas de este tipo de estudios: Rodríguez Kuri, La experiencia olvidada; Connolly, El contratista de don Porfirio. Obras públicas, deuda y desarrollo desigual, México, El Colegio de Michoacán, UAM, Azcapotzalco, Fondo de Cultura Económica, 1997; Agostoni, Monuments of Progress. Modernization and Public Health in Mexico City, Canadá, University of Calgary Press, University Press of Colorado, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, 2003.

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El hecho de ser capitales hace coincidir el análisis en problemas comunes a estas urbes. Me refiero a una mayor presión en la búsqueda de la modernidad urbana

y en la imagen del estado nación en construcción.

Más allá de evidenciar las ausencias y los límites de las políticas urbanas, las investigaciones podrían enfocarse a buscar la relación entre los proyectos de modernización urbana y los esfuerzos de construcción de legitimidades nacionales en estos problemas de salubridad. Por los indicios con los que contamos, la administración urbana en Latinoamérica fue en estos años un reflejo de los problemas políticos de estas naciones. En el caso de México se enfrentaron en

medio de las vicisitudes políticas y de la legitimación de proyectos de esta índole, desde el porfiriano hasta los primeros gobiernos posrevolucionarios. En el caso colombiano, los proyectos de las élites liberales y conservadores desde comienzos de siglo no encontraron formas de construcción de una identidad nacional, agudizando problemas de fragmentación regional y de marginamiento político

y social de las mayorías. En los dos casos, estas ca-

racterísticas particulares generaron distintas formas de fragmentación espacial en las ciudades. Esta es otra línea de análisis para profundizar y complejizar a partir de la comparación entre realidades similares en Latinoamérica y de la consideración de caracte- rísticas culturales que han sido asimiladas, tanto por los discursos de los contemporáneos en el período estudiado como por la historiografía, a prácticas insalubres y por lo tanto, no modernas; prácticas que han sido signadas al apartado de la tradición con un énfasis negativo.

IV. TERCERA ESTACIÓN, FIN DEL RECORRIDO Y COMIENZO DEL SIGUIENTE

A partir de 1870, tanto en Bogotá como en ciudad

de México, se observa un proceso de ampliación de esa traza que poco se había extendido hasta ese momento. En estas ciudades se puede advertir un crecimiento a partir de la extensión de los llamados “ejes de metropolización”, por lo general avenidas o calles que, al prolongarse, se convierten en el punto de partida para la construcción de nuevas colonias y asentamientos. 44 Estos ejes, a su vez, se convirtieron

en expresión de un proceso de fragmentación social

y de descentramiento de las principales funciones

urbanas.

En estas páginas hemos explorado algunos problemas generados por los proyectos de modernización impulsados por las élites entre 1870 y 1930 en medio de la expansión urbana a partir de estos ejes de crecimiento en cada ciudad. A partir de algunas evidencias empíricas y de una rápida revisión historiográfica, hemos subrayado la necesidad de superar el dualismo entre modernización y tradición en los análisis históricos de este período.

Ciertas ciudades latinoamericanas, como México

o Buenos Aires, han sido señaladas como modelos

de urbanización y de un proceso de modernización. Sin embargo, encontramos que la comparación entre ciudades capitales aparentemente disímiles por la extensión del área urbanizada y el número de

población, puede ser útil para entender los alcances y las limitaciones de unos proyectos de modernización que tenían bases comunes en los discursos de la ciencia

y en las teorías sociales de este momento. Subrayamos

en nuestra primera estación que los procesos comunes de densificación y de construcción de zonas nuevas de urbanización, gene-raron la consolidación de lazos comunitarios a partir de estructuras espaciales en

las que los límites de lo público y lo privado aún no estaban bien definidos, como ocurría en los proyectos para convertir a estas ciudades en metrópolis. En la segunda estación, nos detuvimos en el análisis del ámbito administrativo de estas ciudades frente

a problemas comunes puestos en un primer nivel,

en un momento en que la densificación del espacio urbano hacía más evidentes prácticas usuales frente al manejo de los desechos y basuras, comportamientos en las calles y espacios públicos y el aseo personal y de espacios comunes.

En ambos casos, hemos percibido que sería necesario

sobrepasar los marcos de análisis superando dicotomías que, a nuestro criterio, han sido sobrevaloradas por

la historiografía, tales como tradición-modernidad,

h i g i é n i c o - a n t i h i g i é n i c o , u r b a n o - r u r a l , urbanizado-marginal o público - privado. Las evidencias

empíricas en ambos casos permiten evidenciar que entre estos extremos hay muchas tonalidades que seguramente enriquecerán el análisis de la expansión urbana y de los problemas que de ella se derivan, a

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partir de una incorporación crítica de perspectivas culturales en el análisis histórico de las ciudades.

A pesar de las dificultades para hacer visibles a las

grandes mayorías de la población, habría que subrayar

que se constituyen en los principales protagonistas de

la

vida social y de la construcción del espacio urbano

y

que éstas sobreviven en condiciones adversas y

no es posible seguir considerándolas como parte de un sector tradicional, lejano de la modernización y

aislado de los procesos de formación de identidades urbanas. La comparación nos permite evidenciar ausencias y vías de análisis teniendo en cuenta los avances concretos en la historiografía en cada ciudad.

La historia social y cultural de los proyectos de modernización de las ciudades latinoamericanas aún tiene muchas rutas para explorar. Aquí comienza el nuevo recorrido.

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Aimer Granados *

Hispanismos, nación y proyectos culturales Colombia y México: 1886-1921. Un estudio de historia comparada**

Abstract

This article centers its analysis of the hispanicism as a tendency that in different levels was articulated with Colombia and Mexico national projects during the period among 1886 to 1921. Even though, it shows how in the Colombian case that joint managed to consolidate a traditional conservative cultural project whose referring were taken from the Hispanic tradition. In contrast, in Mexico, after the revolution victory, the relative acceptance that hispanicism have had under the “porfiriato” period was radically denied placing instead a national reborn under the values from one of the principal actors of the revolutionary process, The People. The centrality of popular culture and the interpretations that was made by intellectuals and artists sponsored by the State consolidated a cultural nationalistic revolutionary project.

Resumen

Este artículo se centra en el análisis del hispanismo como una corriente que en diferentes niveles se articuló con los proyectos de nación en Colombia y México durante el período comprendido entre 1886 a 1921. Así mismo, muestra cómo en el caso colombiano dicha articulación logró consolidar un proyecto cultural nacional tradicional y conservador cuyos principales referentes fueron tomados de la tradición hispánica. En contraste, en México, tras el triunfo de la Revolución, la relativa aceptación que el hispanismo había tenido durante el porfiriato fue radicalmente negado para, en su lugar, refundar la nación sobre la base de los valores de uno de los principales actores del proceso revolucionario:

el pueblo. La centralidad de la cultura popular y la interpretación que de ella hicieron los intelectuales y artistas patrocinados por el Estado consolidaron un proyecto cultural nacionalista y revolucionario.

Key Words

Hispanicisms, nation, project culture, people, revolution, collective memory, Spanish language, Catholic Church.

Palabras Clave

Hispanismos, nación, proyecto cultura, pueblo, revolución, memoria colectiva, idioma español, iglesia católica.

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Hispanismos, nación y proyectos culturales Colombia y México: 1886-1921. , Aimer Granados. Páginas 5 - 18

I. TEMPORALIDADES Y UNIDADES DE COMPARACIÓN 1

Desde mediados del siglo XIX, pero especialmente hacia finales de esa centuria, en España, como también en Hispanoamérica, se fue creando un

movimiento conocido como el hispanismo, 2 una de cuyas ideas directrices, de acuerdo con la expresión de la época, fue la de un “imperio espiritual” de España en América. Mediante esta fórmula se pretendió “mantener unido en lo intemporal aquello que ya se [había perdido] en lo temporal”. 3 Esta noción llegó

a tener una idea territorial definida en los siguientes

términos: “El patrio solar espiritualmente se extiende,

por encima del océano, desde el riñón de Castilla hasta el soleado Valle del Anáhuac”. 4 La idea del “imperio espiritual” o de la “patria espiritual”, se la debe entender en términos de la herencia cultural dejada por los españoles en América. Pero a la vez, y más importante aún, como una corriente de pensamiento

a través de la cual la España de fines del siglo XIX,

tras la debacle imperial de 1898, y ante el ascenso del panamericanismo, intentó reposicionarse en el ámbito latinoamericano. Como lo planteó Gonzalo de Murga, era una especie de trocamiento del poderío material, en poderío espiritual: Hoy que ya no ejercemos dominio material en una sola pulgada de tierra de este Continente que hicimos nacer, y al que diéramos nuestra religión, nuestro verbo y nuestra sangre, la antigua metrópoli se trueca para todos vosotros en patria espiritual; y en la esfera de los sentimientos, veinte pueblos se proclaman españoles. 5

En términos generales se ha aceptado que el hispanismo rechaza todas las contribuciones de los pueblos aborígenes en la formación de las naciones latinoamericanas, con lo cual, entre otras cosas, se

está afirmando que la historia de América inicia

en 1492 y no antes. 6 Pero además, el hispanismo intentó ser un escudo contra toda posible intromisión, especialmente norteamericana, en el acontecer cultural de las antiguas colonias españolas en América. 7 En este sentido, Juan J. Ruano de la Sota afirmó: “Si el panamericaniso es, como antes dije, una fórmula geográfica, continental y aún política, el hispano-americanismo es una expresión histórica, de raza”. 8

Otro de los elementos que caracterizó al hispanismo

fue un cierto tutelaje que España, en razón de la conquista, habría conservado sobre América, ello a

pesar de su Independencia. En este presunto liderazgo

hay una estructura jerárquica por medio de la cual España pretendió mantener su influencia cultural

en las excolonias; desde esta perspectiva se insistió en la noción de “la madre patria” como la entidad que se encargó de incorporar a la Europa del siglo

XVI un basto territorio, y más importante aún, de

civilizar y cristianizar a unas dispersas y fragmentadas naciones indígenas. 9 Después de un largo proceso de aculturación, “la madre patria” heredó a muchos de los nuevos países de América algunos de los pilares del proyecto de nacionalidad. Éstos coinciden con varios de los aspectos centrales de la tradición hispana: religión católica, idioma castellano, historia, sociedad jerarquizada y la “raza”. 10

En el contexto latinoamericano, el hispanismo hizo

parte de un abanico de posibilidades ideológicas con

las cuales convergió en algunos de sus planteamientos, pero entró en franco debate con otras. 11 En la transición del siglo XIX al XX el discurso del “imperio espiritual” y, más genéricamente, el hispanismo, se recibió de diferentes maneras. En México, por ejemplo, el hispanismo osciló entre la aceptación y

6
6

1 Esta parte del trabajo ha sido inspirada en las reflexiones de tipo metodológicas de Medina, M. en “La historia comparada: retos y posibilidades para la historiografía colombiana” en, César Augusto Ayala Diego (editor), La historia política hoy. Sus métodos y las Ciencias Sociales. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2004, pp. 15-32, ha realizado a propósito de la historia com-

parada.

2 Hispanismo, hispanidad e hispanoamericanismo son más o menos ideas convergentes. Sin embargo, una de las diferencias más notables es que el término hispanismo, así como el de hispanidad, son conceptos que aparecen asociados a los proyectos ideológico- culturales de las dictaduras de Primo de Rivera y de Francisco Franco. Al respecto véase Pérez Monfort, R. Hispanismo y Falange. Los sueños imperiales de la derecha española. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. Sobre el hispanoamericanismo véase Granados, A. Debates sobre España: El hispanoamericanismo en México a finales del siglo XIX. México, El Colegio de México /

Universidad Autónoma Metropolitana, Xochimilco, 2005.
3

Pérez Monfort, R. Hispanismo y Falange, p. 16.
4

5 Discurso pronunciado por Gonzalo de Murga, por encargo de la Comisión Central Española de las celebraciones del Centenario de la Independencia de México en, García, G. Crónica oficial de las fiestas del primer centenario de la independencia de México.

Serrano, P. Hispanistas Mexicanos . México: Imprenta Nacional, 1920, vol. 1., p. XIV del prólogo.

Reimpresión de la edición facsimilar de México. México, Condumex, 1991, p. 48 del apéndice.

6 Esta idea estuvo presente en algunos de los hispanistas americanos. Uno de los más importantes de ellos, José Vasconcelos, la in- corporó a su pensamiento. Para Vasconcelos la historia mexicana “empieza como episodio de la gran Odisea del descubrimiento y ocupación del Nuevo Mundo”. Vasconcelos, J. “Bajo el estandarte de Castilla” en, Anuario de la Honorable Colonia Española de

México. México, Editorial B. Costa Amic, 1948., p. 11.
7

En relación con este punto, Miguel Alessio Robles, otro importante hispanista mexicano, vio a su país como el “primer baluarte de la América Latina que batalla con tenacidad asombrosa para detener la ola crecida y surgiente del inquietante expansionismo anglo-

sajón”. Citado por Serrano, P. Hispanistas Mexicanos , p. 22.

8 Ruano de la Sota, J. Aspectos económicos en las relaciones hispanoamericanas y contribución a un ideal. Madrid, Imprenta Velasco,

1925, p. 28.

9 Un análisis crítico sobre la noción “la madre patria” en Granados, A. Debates sobre España, p. 132 y ss. 10 En relación con la “historia” y la “raza”, dentro de la perspectiva del hispanismo, véanse los estudios de Rodríguez, M. “El 12 de octubre: entre el IV y el V centenario” en, Roberto Blancarte (compilador), Cultura e identidad nacional. México, Fondo de Cultura Económica, 1994. y Granados, A. Debates sobre España, capítulos 5, 6 y 7.

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la crítica pero, a partir de la institucionalización del

Estado de la Revolución, fue rechazado a la luz de otras corrientes de pensamiento como el indigenismo,

el latinoamericanismo, y el indoamericanismo. 12 En

otros países, como Colombia, el discurso hispanista

tuvo permanente acogida durante el período en estudio, al punto que por un buen espacio de tiempo llegó a mezclarse con el discurso político del partido conservador y aún, con el del proyecto político-cultural de la regeneración.

Como ya se dijo, en el ámbito colombiano las ideas hispanistas se compenetraron con la cultura y aún con las esferas del poder político; algunos de los

aspectos más importantes del hispanismo como la religión católica y el idioma castellano, contribuyeron para cohesionar la sociedad colombiana y, aún para que los conservadores se apoyaran en la tradición

y valores hispánicos y se perpetuaran en el poder

político por cerca de medio siglo. La resultante fue un nacionalismo cultural conservador. En contraste, en México, el hispanismo, a la luz de los planteamientos de la Revolución de 1910 fue rechazado. Efectivamente, después de una relativa aceptación durante el porfiriato, con la Revolución institucionalizada a partir de la década de 1920 el discurso hispanista encontró una fuerte oposición en las propuestas del indigenismo, en la temática de algunos de los muralistas, en la literatura revolucionaria y, en general, en el nacionalismo que propuso el nuevo proyecto revolucionario. La resultante fue un nacionalismo cultural revolucionario. Estas dos caras de la moneda en los procesos de formación del estado nacional en Colombia y México durante el período

en estudio son planteadas por Frédêric Martínez en los siguientes términos: “A la inversa de otros países que disponían por lo menos de un discurso indigenista para esbozar una definición nacional, Colombia, mediante sus ideólogos de la nación, sólo logra agarrarse de la borrosa imagen de la esencia primordial de los ancestros peninsulares”. 13

Es entonces en el terreno de la definición de la nación, más específicamente en el ámbito de su proyecto cultural, en donde reside especialmente la comparación que se propone en este artículo. En el caso colombiano este proyecto cultural se definió en torno a un patrón hispano, religioso y tradicional, en donde sobresalieron la lengua castellana, el

catolicismo y los valores de una sociedad altamente jerarquizada. 14 En contraste, en México dicho proyecto tuvo como principal protagonista al pueblo

y la revaloración que de la cultura popular hicieron

las élites intelectuales y artísticas del país; 15 por otra parte, a diferencia de Colombia, desde las reformas

liberales de medio siglo y el triunfo de la República Restaurada sobre el proyecto monarquista, en México

el Estado verdaderamente se separó de la Iglesia.

Pero además, la comparación también está en el tipo de hispanismo perfilado en cada uno de los países estudiados. Como haré referencia más adelante los elementos del hispanismo en Colombia estuvieron muy asociados con la importancia que las élites le dieron al idioma castellano y la incidencia directa que la iglesia católica tuvo sobre la sociedad y el poder político. Entre tanto, en México los aspectos centrales del hispanismo estuvieron especialmente asociados

11 El panorama de las corrientes ideológico-políticas que atraviesa el pensamiento latinoamericano de la época es amplio y complejo. El indigenismo de los peruanos Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariategui y, del mexicano Manuel Gamio; corrientes liberales como el positivismo, el panamericanismo y el latinoamericanismo, este último representado por José Enrique Rodó, José Vas- concelos, Francisco García Calderón y Manuel Ugarte entre otros; pero también es importante mencionar el abanico de las izquierdas latinoamericanas del momento, Augusto César Sandino, Ricardo Flores Magón, Manuel González Prada y los ya mencionados Haya

de la Torre y Mariategui. Por supuesto que estas referencias solo constituyen un listado de corrientes y representantes, seguramente arbitrario en algunos de sus ejemplos. Un análisis de estas tendencias y autores en Gonzáles, O. Sanchos fracasados: los arielistas

el pensamiento político peruano. Lima, PREAL, 1996; Devés Valdés, E. El pensamiento latinoamericano en el siglo xx. Entre la

modernización y la identidad. Del Ariel de Rodó a la CEPAL (1900-1950). Buenos Aires, Editorial Biblos / Centro de Investigacio- nes Diego Barros Arana, 2000, tomo I.; Granados A. y Marichal, C. Construcción de las identidades latinoamericanas. Ensayos de

y

historia intelectual. Siglos XIX y XX. México, El Colegio de México, 2004.

12 Una interpretación sobre el origen y evolución del latinoamericanismo, así como un análisis del concepto indoamericanismo se puede leer en los estudios compilados por Granados, A. y Marichal, C. Construcción de las identidades latinoamericanas. Hay que señalar que desde finales de la década de 1880, a raíz del impulso que los Estados Unidos le dieron al panamericanismo, el hispanismo en- contró un fuerte opositor. Para los orígenes del panamericanismo véase Morales, S. Primera conferencia panamericana. Raíces del modelo hegemonista de integración. México, Centro de Investigación Científica Jorge L. Tamayo, A. C, 1994. Diferentes aspectos de las conferencias panamericanas entre 1889 y 1938 en Marichal, C. (coordinador). México y las conferencias panamericanas, 1889-

1938. Antecedentes de la globalización. México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 2002.

13 Martínez, F. El nacionalismo cosmopolita. La reforma europea en la construcción nacional en Colombia, 1845-1900. Bogotá: Banco

de la República / Instituto Francés de Estudios Andinos, 2001, p. 540.
14

Este nacionalismo colombiano del período en estudio ha sido resaltado, entre otros, por Tovar Zambrano, B. “Porque los muertos

hablan. El imaginario patriótico de la historia colombiana” en, Pensar el pasado. Bogotá, Archivo General de la Nación / Universidad Nacional, 1997, pp. 125-169; Arango, R. “La construcción de la nacionalidad” en, Rubén Sierra Mejía (editor). Miguel Antonio Caro

y

cidio colectivo como fuente de nacionalidad» en, Gonzalo Sánchez Gómez y María Emma Wills Obregón (compiladores). Museo, memoria y nación. Misión de los museos nacionales para los ciudadanos del futuro. Bogotá , ICANH / IEPRI, 2000, pp. 421-453 y, Wills Obregón, M. E. “De la nación católica a la nación multicultural: rupturas y desafíos” en, Gonzalo Sánchez Gómez y María

la cultura de su época. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2002, pp. 125-153; Palacios, M. « Un ensayo sobre el fratri-

Emma Wills Obregón (compiladores). Museo, memoria y nación, pp. 387-415.
15

Para un panorama general del proyecto cultural de la revolución mexicana véase Monsiváis, C. “Notas sobre la cultura mexicana en el siglo XX” en, Historia general de México. México, El Colegio de México, 2000, pp. 957-1076; una crítica a algunos aspecto de este proyecto en Pérez Montfort, R. “Los estereotipos nacionales y la educación posrevolucionaria (1920-1930) en, Avatares del nacionalismo cultural. Cinco ensayos. México, CIESAS / CIDEHEM, 2000, pp. 35-67 y, del mismo autor, “Una región inventada desde el centro. La consolidación del cuadro estereotípico nacional” en, Estampas de nacionalismo popular mexicano. Diez ensayos sobre cultura popular y nacionalismo. Segunda edición. México, CIESAS / CIDEHEM, 2003, pp. 121-148.

7
7

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Hispanismos, nación y proyectos culturales Colombia y México: 1886-1921. , Aimer Granados. Páginas 5 - 18

con la memoria colectiva en torno al descubrimiento de América. Efectivamente, en el caso mexicano

Aunque como ya se dijo el interés de la comparación

Colombia ese impacto se concentró especialmente en el ámbito de lo ideológico-religioso y, en mucha

hubo una persistente intención por recrear el hecho colombino y sacar a relucir el panteón heroico del

menor proporción en el ámbito de lo económico. Al considerar la emigración española durante el siglo XX

descubrimiento, con lo cual los hispanistas lograron

hacia

Colombia se ha identificado un primer momento

legitimar su discurso. Es posible que en Colombia este aspecto también haya sido importante. También en el

que más o menos se corresponde con el período aquí considerado, esto es, desde la última década del siglo

caso de México la defensa de la “raza” latina o ibérica

XIX

hasta la víspera de la Guerra Civil Española.

en función de esclarecer los orígenes de la identidad étnica del país, aspecto que no será abordado en este artículo, fue un elemento central del hispanismo 16 .

radica en los proyectos de nación y sus respectivos proyectos culturales, así como también en los derroteros que en cada uno de los países en estudio

Dicho flujo migratorio estuvo constituido en una importante proporción por religiosos que vinieron

“a apuntalar el proyecto educativo de corte católico de la regeneración”; le siguieron los comerciantes y, en una proporción no despreciable, gentes de teatro, los grupos de variedad, comedia y las cuadrillas de toreros; un cierto número de técnicos medios, contabilistas y artesanos completaron este primer

tomó el hispanismo, es pertinente introducir algunas

flujo

de emigrantes. 20

notas que den cuenta sobre el flujo migratorio que, procedente de España, llegó a Colombia y

Uno

de los problemas metodológicos que enfrenta

México. En relación con este asunto, lo primero que

la historia comparativa es el de la periodización.

hay que precisar es que los dos países considerados

La temporalidad que se estudia en este artículo

en este estudio estuvieron por fuera de lo que Nicolás

comprende más o menos los años que van de 1880 a

Sánchez Albornoz ha llamado “la emigración en

1920

en los cuales, tanto para Colombia como para

masa” 17 que, justamente coincide más o menos con

México, se pueden introducir rupturas, continuidades

el período que aquí se estudia, esto es, 1880-1930.

y períodos históricos claramente definidos. Para el

Para los países en que la emigración española en

caso

mexicano la cuestión es más sencilla si nos

masa fue marginal (México, Colombia, Venezuela,

atenemos al “Porfiriato”, usualmente fechado entre

Perú o Centroamérica), Clara E. Lida ha propuesto

1876

y 1910, momento en el cual inicia el proceso

un modelo interpretativo que se sale de la perspectiva cuantitativa y que tiene en cuenta lo cualitativo: “Este modelo cualitativo sugiere un índice migratorio bajo pero continuo a través de los siglos, cuyo impacto sobre la sociedad receptora no es tanto de índole demográfica cuanto socio-económica y cultural”. 18 En el caso mexicano, tal y como lo afirma Mario Cerutti, la emigración española impactó especialmente y de manera importante la estructura económica: “la actividad empresarial que desarrollaron los españoles tuvo una influencia medular en el proceso formativo de la sociedad capitalista mexicana”; aunque no pueden descuidarse los aspectos ideológicos. 19 En

revolucionario. En el caso colombiano aprehender el período presenta muchas más dificultades pues alguna historiografía habla de “la regeneración”, otros autores prefieren periodizar en torno a la “hegemonía conservadora” o de los “regímenes conservadores”, desde la primera presidencia de Rafael Núñez en 1880 hasta el gobierno de Miguel Abadía Méndez (1926- 1930). Quizás uno de los primeros historiadores profesionales en periodizar esta etapa de la historia política colombiana fue Jorge Orlando Melo. A partir de su “Colombia: 1880-1930, la República conservadora” publicado por primera vez en 1975, 21 algunos estudiosos asumieron este período y su

8
8

16 Al respecto véase Granados, A. Debates sobre España, tercera parte.

17 Sánchez Albornoz, N. (compilador). Españoles hacia América. La emigración en masa, 1880-1930. Madrid, Alianza Editorial, 1988. Como se sabe esta emigración en masa de españoles hacia América especialmente se desplazó hacia el cono sur, Cuba y Puerto Rico.

18 Lida, C. “La inmigración española en México: un modelo cualitativo” en Alicia Hernández Chávez y Manuel Miño Grijalva (coor-

dinadores). Cincuenta años de historia en México. México, El Colegio de México, 1993, vol. 1, pp. 201-215 p. 204.

19 Cerutti, M. Empresarios españoles y sociedad capitalista en México (1840-1920). Gijón, Fundación Archivo de Indianos, 1995. Diferentes aspectos sobre el impacto que en el ámbito económico tuvo la colonia española en México se pueden ver en, Lida, C. (Coordinadora). Tres aspectos de la presencia española en México durante el porfiriato. México, El Colegio de México, 1981 y Lida C. (compiladora) Una inmigración privilegiada. Comerciantes, empresarios y profesionales españoles en México en los siglos XIX y XX. Madrid, Alianza Editorial, 1994. En este sentido también es importante la investigación de Gamboa, L. Los empresarios de ayer. El grupo dominante en la industria textil de Puebla, 1906-1929. Puebla, Universidad Autónoma de Puebla, 1985. Sobre los aspectos

ideológicos véase Granados, A. Debates sobre España.

20 Vejarano Alvarado, F. et. al., Memoria y sueños españoles en Colombia, siglo XX. Bogotá, Universidad Externado de Colombia, p. 69. De acuerdo con este estudio entre 1926 a 1936 llegaron al país más o menos 193 españoles, p. 101, de los cuales el 26.9% eran religiosos, p. 105. Al hacer una interpretación sobre las políticas inmigratorias y de colonización del territorio colombiano por parte de extranjeros llevadas a cabo en Colombia hacia fines del siglo XIX, por cierto todas ellas fracasadas y con marcado tinte xenofóbico, Martínez, F. El nacionalismo cosmopolita, p. 475, habla de que los regeneracionistas consideraron “exclusivamente una inmigración católica e hispánica, quedando definitivamente descartadas las propuestas de importación de chinos o de peligrosos proletarios eu- ropeos.” El mismo Martínez, F. p. 474 y ss. destaca el influjo que sobre el sistema educativo tuvieron las congregaciones de religiosos católicos europeos. En México, en 1880 había 8000 peninsulares, poco menos de 13.000 en 1895 y 29.500 justo cuando estalla la

revolución de 1910; en 1930 había 47.239 españoles, Lida, C. “La inmigración española en México”, pp. 203-205.

21 Apareció en Ideología y Sociedad, núm. 12, pp. 82-110. A partir de 1978 ha sido incluido en las innumerables ediciones de Colombia Hoy.

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denominación. Sin embargo, la periodización y el nombre adoptado por Melo para estos 50 años de historia política colombiana han sido cuestionados, de alguna manera, aunque no explícitamente, por diferentes autores, aún por el mismo Melo. 22 En suma, tenemos que para el período en estudio -1880 a 1920- tanto la historiografía política colombiana como la mexicana han adoptado períodos paradigmáticos que, sin embargo, cuando se introduce la variable comparativa, presentan algunos problemas de tipo metodológico. Uno de ellos es que las denominaciones “regeneración” y “porfiriato” obedecen a criterios específicamente de historia política y, cuando se amplía el análisis a procesos sociales, económicos

o culturales, no siempre las fechas encuadran. Uno

más, el periodo que se compara en este trabajo 1880

a

1920, en el caso colombiano cubre buena parte de

lo

que genéricamente Melo denominó en su momento

La República Conservadora. Es preciso considerar que la reciente historiografía política colombiana ya no ve esta etapa tan monolítica, entre otras cosas por los matices que se pueden identificar en el partido

conservador de la época entre nacionalistas, históricos

y aún republicanistas, por la Guerra de los Mil Días,

por la separación de Panamá e indudablemente por

el despegue del proceso industrializador colombiano

de la década de 1920. Sin embargo, pareciera ser

que en relación con el hispanismo hay una constante en esta etapa de la historia política de Colombia. Efectivamente, como expongo más adelante, aspectos centrales del hispanismo como el idioma y

el influjo de la religión católica sobre la sociedad, son

constantes y evidentes durante todo el período que va de 1880 a 1930. En cambio, en el caso mexicano no podemos adoptar esta periodización puesto que durante el porfiriato podemos hablar de hispanofilia, pero también de hispanofobia. 23 Con la revolución de 1910, pero especialmente con la revolución institucionalizada a partir de 1920 el hispanismo en México recibe fuertes críticas; en contraste, a través del nacionalismo de la revolución, el indigenismo

tiene mucha más aceptación.

II. CATOLICISMO E IDIOMA ESPAÑOL:

PUNTALES DEL HISPANISMO COLOMBIANO.

En Colombia, en 1885 los conservadores en contienda militar contra los liberales en el poder accedieron al manejo del Estado y, un año después, promulgaron una Constitución que vendría a ser el pilar de la llamada “hegemonía conservadora”. Para la perspectiva de análisis de este trabajo importa destacar que una de las bases del proyecto de la regeneración fue el influjo que la iglesia católica tuvo sobre la manera

y formas de cohesión de la sociedad colombiana de

la transición del siglo XIX al XX; desde este punto de vista Melo dirá que “durante la Regeneración se estableció un ordenamiento político y cultural autoritario y tradicionalista, bastante hostil a algunos aspectos asociados con la modernización económica,

social y cultural del país”. 24

A diferencia de México, en Colombia el proceso de

secularización del Estado y la sociedad durante la segunda mitad del siglo XIX no fue una transformación que pudiera decirse arrojó resultados efectivos. Después de las reformas liberales de medio siglo, pareció que el Estado y la sociedad colombiana se secularizaban de la mano del partido liberal. Sin embargo, cuando los conservadores regresan al poder en 1885, dicho proceso toma un carácter reversible y los intentos realizados por los liberales por modernizar al país, al menos en los aspectos culturales, científicos y de separación Estado-Iglesia,

quedaron truncos. En estas circunstancias el país entró en un proceso de recatolización. Para Miguel Antonio Caro, el gran artífice de este proceso, era claro que la religión y la política debían ir juntas. Al respecto afirmó: La teoría de que los gobiernos, a manera de las bestias del campo, no deben profesar religión alguna, sistema que unos llaman secularización del poder civil y otros con más propiedad, apostasía social

y ateísmo internacional, es, señores, el error capital de la época presente.

22 Un ejemplo que refleja esta situación es el tomo I de la Nueva Historia de Colombia, Historia política, 1886-1946.
23

24 Melo, J. O. “Algunas consideraciones globales sobre “modernidad” y “modernización”, p. 152 en, Predecir el pasado: ensayos de historia de Colombia. Santa Fe de Bogotá, 1992, pp. 137-168. Algunas referencias para conocer la influencia y el papel desempeñado por la iglesia católica en el ordenamiento político-ideológico y cultural de Colombia durante el período en estudio se pueden leer en Londoño Vega, P. Religión, cultura y sociedad en Colombia. Medellín y Antioquia 1850-1930. Bogotá, Fondo de Cultura Económica, 2004; Melo, J. O. “La Constitución de 1886” en, Álvaro Tirado Mejía (director científico), Nueva Historia de Colombia, t. I. Bogotá, Planeta Editores, 1989, pp. 43-64; López de la Roche, F. “La cultura política bipartidista y la cultura eclesiástica dominante en su relación con la sociedad hasta 1958” en, Modernidad y sociedad política en Colombia, Bogotá, FESCOL/IEPRI/Foro Nacional por Colombia, 1993, pp. 95-160; Urrego, M. A. Sexualidad, matrimonio y familia en Bogotá, 1880-1930. Bogotá, Ariel /Universidad Central, 1997, capítulo 5; y en Martínez, F. El nacionalismo cosmopolita, p. 474 y ss.

Al respecto véase Granados, A. Debates sobre España.

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Para justificar esta estrecha relación entre el poder temporal y el divino, el mismo Caro agregaba: Un gobierno que acata las enseñanzas de esa divina institución —se refería a la iglesia católica—, es un gobierno que desea cumplir sus deberes con los ciudadanos y con las demás naciones. 25

Otro de los aspectos a destacar en este proceso de

recatolización de la política, la sociedad y la cultura, fue que la religión se constituyó en un elemento cohesionador de la sociedad que, en la perspectiva de

la dirigencia conservadora de la época, daría solidez

a la nacionalidad colombiana. En el pensamiento

hispanista “la religión católica no sólo es un principio sin el cual España misma es inconcebible, sino que a través de la evangelización la península ibérica dotó de sentido a los pueblos americanos”. 26 Para el caso colombiano la aprobación de la hispanidad se apoyó en un discurso que tendía a afirmar la esencia católica de la sociedad, base de todo programa político.[27] Durante el período en estudio, buena parte del sentido de la identidad nacional se refuerza a través de la pertenencia a la religión que se heredó de España. Es por ello que, entre otros aspectos, se le entrega a

la Iglesia la educación de los ciudadanos.

En relación con Caro y su acendrado catolicismo hay que plantear que ante los signos de los nuevos tiempos que hablaban de utilitarismo, liberalismo, socialismo utópico, en general, de las corrientes anticlericales, había que cerrar filas en “el imperio espiritual” español propuesto por la península a sus santiguas colonias:

[…] el indiferentismo religioso en punto a gobierno y administración pública, es un principio contrario al sentido común y a la razón católica. Hoy el mundo parece vacilar entre el cristianismo verdadero, o sea el catolicismo, y el paganismo

] [

¿Cuál de los dos triunfará? ¿Qué prudente

conjetura podemos hacer en vista de lo que al

] Compelidas por

presente sucede en el mundo? [

la experiencia volverán las naciones cristianas, si no me engaño, a la unidad, y, en no remoto día, no habrá sino “un solo aprisco y un solo Pastor”. 27

El paganismo al que alude Caro no era otro que el liberalismo que, desde mitad del siglo XIX, había enfilado baterías contra la iglesia católica, proclamando la separación del Estado de la Iglesia y

la libertad de cultos entre otros aspectos. En la anterior cita llama la atención que se apele a la experiencia de las naciones cristianas para formar una unidad en contra del liberalismo; ¿no era esta una alusión directa

a España que bastante experiencia tenía en los asuntos de Dios y su grey?

El idioma es otro de los elementos centrales de la tradición hispánica en Colombia. Al igual que la

religión, el idioma español posibilitó en buena medida la cohesión de la sociedad 28 . En el pensamiento hispanista el idioma español constituía “la sangre del espíritu ibérico”, por lo que siendo éste el de América Latina, daba pleno derecho a España sobre el continente. Esta idea estuvo presente en Miguel de Unamuno cuando afirmaba: “El lenguaje es la base de nuestra patria espiritual: y hasta nuestros días Cervantes es quien nos da mayores derechos de posesión sobre América que el mismo Colón le dio

a nuestros ancestros”. 29

Por la época en estudio, la fría, aislada y relativamente despoblada Santafé de Bogotá se la conoció como “La Atenas Suramericana”. Tan monumental remoquete se debió, entre otros aspectos, a que se consideró que las élites bogotanas hablaban el mejor español en lo que antiguamente fueron los dominios españoles en América. Grandes latinistas como Miguel Antonio Caro y otros personajes interesados en los asuntos de la gramática y la ortografía castellana como Rufino José Cuervo y Marco Fidel Suárez, entre otros, contribuyeron a acrecentar la fama del buen habla de los “cachacos”. Pero lo curioso de este asunto es que esta clase de sabiduría estuvo conectada con

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10

25 Caro, M. A. “El paganismo nuevo” en, Escritos políticos. Primera serie. Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1990, p. 98 y 99

respectivamente. Urrego, M. A. Sexualidad, pp. 37 y ss. habla de hispanización de la cultura y de cristianización de la cultura.
26

Pérez Monfort, R. Hispanismo y Falange, p. 16.
27

28 Anderson, B. Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México, Fondo de Cultura Económica, 1993, capítulos III y V, es uno de los autores que, en el contexto europeo oriental, ha analizado la importancia del estudio de las lenguas vernáculas y su influjo sobre el nacionalismo. Sin embargo, de acuerdo con el mismo Anderson, B. p. 77, en el caso de los nacionalismos americanos (Brasil, Estados Unidos e Hispanoamérica) de fines del siglo XVIII y principios del XX “la lengua no era un elemento que los diferenciara de sus respectivas metrópolis”, por lo que, según el mismo Anderson, “la lengua jamás fue ni siquiera un punto de controversia en estas luchas iniciales por la liberación nacional.” Por esto mismo, en el caso hispanoamericano no podríamos formular, al menos en los términos que lo hace Anderson para algunas naciones de Europa oriental, una directa relación entre la lengua y el nacionalismo. Sin embargo, en el caso colombiano sí podríamos establecer un estrecho vínculo entre la importancia que durante la Regeneración tomó el estudio del idioma castellano entre las élites conservadoras y el poder político. Pero además, también podemos establecerlo entre ese encumbramiento del castellano con la cultura de la élite, particularmente la conservadora. Prueba de ello es que Colombia es el primer país latinoamericano en donde se funda la primera Academia de la Lengua, correspondiente de la de España; igualmente, como se muestra más adelante, por la época en estudio los presidentes conservadores, a la vez que gobernaban, adelantaban estudios de filología y gramática del idioma español. Como si fuera poco, desde entonces, hay un imaginario colectivo más o menos extendido por el mundo iberoamericano sobre el buen habla de la lengua de Cervantes entre los colombianos.

29 Citado por Pérez Monfort, R. Hispanismo y Falange, p. 17.

Caro, M. A. “El paganismo nuevo”, p. 107.

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el ejercicio del poder político. 30 Efectivamente,

noticia bibliográfica del mismo Bello realizada por

durante la llamada hegemonía conservadora, un alto porcentaje de los gobernantes que llegaron a la presidencia, a la vez que ejercía el poder estudiaba

Miguel Antonio Caro; parte de su extensa obra ha sido recogida en varios volúmenes que tienen por título Los sueños de Luciano Pulgar. 32

el

idioma. Este fuerte nexo entre poder y gramática

los llevó a exaltar la herencia cultural hispana en lo

Pero más allá de resaltar el hecho de que en Colombia

que tenía que ver con el idioma, pero también con

por un largo período, idioma y poder fueron de la

la

religión. Refiriéndose a Miguel Antonio Caro,

Malcolm Deas ha definido esta singular relación entre poder y gramática en los siguientes términos:

Es representante de cierta clase, pero de una

mano, me interesa establecer que la lengua española fue retomada por los hispanistas colombianos como

uno de los elementos de la tradición hispánica. En este sentido, Malcolm Deas se ha formulado las siguientes preguntas: ¿Cuál es la ideología de todo esto? ¿Realmente hay aquí una ideología coherente que vale

 

clase que tiene su existencia en el gobierno, no en ningún sector o faceta particular de la

la

pena examinar?. ¿Por qué se preocuparon tanto por

economía. Es heredero de la antigua burocracia

el

idioma?.[34] La respuesta a estos cuestionamientos

la

da Deas en palabras de Andrés Bello, ellas tienen

del imperio español, tal como los Cuervo, los Marroquín, los Vergara. Estas familias estaban acostumbradísimas al poder, sin poseer grandes

tierras ni riqueza comercial. En eso se manifestaban no interesadas, o mejor, desinteresadas: el poder sí les interesaba. No les parecía, en lo más mínimo, anormal o inverosímil que éste fuera ejercido por letrados, como muchos de sus miembros, cuyos antepasados habían venido a las Américas a gobernar a cualquier título. Para los letrados, para los burócratas, el idioma, el idioma correcto, es parte significativa del gobierno. 31

La siguiente relación de presidentes colombianos

un alto significado para nuestros planteamientos, toda vez que esbozan el problema del influjo del “imperio espiritual” de España en América:

Si concedemos carta de naturaleza a todos los caprichos del extravagante neologismo, entonces nuestra América, en corto término, reproducirá la confusión de las lenguas, de los dialectos y de las jergas, que es el caos babilónico de la edad media; diez países perderán uno de sus más poderosos vínculos fraternos, uno de sus más preciosos instrumentos para la correspondencia y el comercio. 33

y

su quehacer dentro de las letras da cuenta del

vínculo entre el idioma y la política: Rafael Núñez (1880-1882, 1884 -1886, 1886 –1888 y 1892-2894), poeta y periodista. Miguel Antonio Caro (1892-1898), latinista, crítico, filólogo y poeta; junto con Rufino

La importancia de la lengua española no solamente permitió cohesionar culturalmente a la sociedad sino que, también, desde el punto de vista económico facilitó la consolidación de un mercado nacional

José Cuervo, hizo una gramática latina, escribió

y

aún permitió estrechar los vínculos fraternales

y

comerciales entre los países de habla hispana.

extensamente sobre Andrés Bello y redactó un tratado del participio. Manuel Antonio Sanclemente

(1898-1900), dedicado desde joven al cultivo de las letras y al magisterio, fue cofundador de la Academia Colombiana de la Lengua siendo su primer director; dejó escrito un tratado de ortografía, además de ser novelista costumbrista. José Manuel Marroquín (1898

Pero más allá de estos aspectos que más o menos son evidentes, la centralidad de la lengua en Colombia durante el periodo que se estudia, radicó en que a través de ella la élite política e intelectual conservadora estableció un vínculo permanente con España, con lo cual recogía uno de los elementos del

y

1900-1904), director de la Academia Colombiana

“imperio espiritual” formulado por los hispanistas

de la Lengua y miembro correspondiente de la Real Academia Española, escribió un tratado de ortografía de la lengua castellana. José Vicente Concha (1914-1918), escribió Nociones de prosodia

españoles. Con el fin de coadyuvar en esta hipótesis habría que decir que el costumbrismo -buena parte de sus mejores exponentes pertenecía al partido conservador- uno de los géneros literarios más

latina. Marco Fidel Suárez (1918-1921), afirman los especialistas que como escritor está a la altura de Andrés Bello; tiene una importante introducción a

desarrollados en Colombia durante la segunda mitad del siglo XIX, recreaba una visión del pasado que miraba directamente a España y que buscaba

la

obra filológica de Bello que, además contiene una

“cosas viejas” y tradicionales, incontaminadas y

30 Deas, M. “Miguel Antonio Caro y Amigos: Gramática y poder en Colombia” en, Del poder y la gramática y otros ensayos sobre

historia, política y literatura colombiana. Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1993., p. 26.

31 Deas, M. “Miguel Antonio Caro y amigos”, p. 42. 32 Los datos los he tomado de Deas, M. “Miguel Antonio Caro y amigos”, pp. 29 - 31 y de Mendoza Vélez, J. Gobernantas de Colombia. 500 años de historia. Bogotá, Editorial Minerva, 1953, pp. 178 - 183. 33 Citado por Deas, M. “Miguel Antonio Caro y amigos”,p. 46.

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esencialmente españolas. 34 El vínculo con la madre patria a través del idioma lo dejó saber claramente Caro en uno de sus escritos:

honrar [

]

el recuerdo de aquellos hombres de fe

devolución de las prendas del insurgente José María Morelos al gobierno mexicano por parte del gobierno español y la imposición al presidente Porfirio Díaz

del collar de la Orden de Carlos III; el bautizo de una céntrica calle de la ciudad de México con el nombre

y sin miedo que trajeron y establecieron la lengua

de

“Isabel la Católica” e igualmente la construcción

de Castilla en estas regiones andinas. Volvamos a

de

un monumento en esta misma ciudad a la memoria

conmemorar el día glorioso que en este valle de los

de

la Reina; el descubrimiento de un retrato de Carlos

Alcázarez comenzaron a sonar acentos neolatinos,

III

en el Palacio Nacional, la presencia española con

de que estas mismas palabras, que por encargo

una exposición artística y, por supuesto la presencia

vuestro tengo el honor de dirigiros, son como una

de

una amplia delegación española en las fiestas que

continuación y un eco. 35

reseñamos, 37 calificada por las crónicas de la época

En Colombia estamos ante la presencia de una modernidad que en términos del problema de la nacionalidad y de acuerdo con nuestro planteamiento inicial, tuvo como resultante un tipo de nación tradicional y conservadora que en algunos de sus aspectos centrales se fundamentó en la herencia cultural hispánica. 36 Entre tanto, en México, tras una primera acogida de los preceptos y principios hispanistas, la Revolución, en su propuesta nacionalista, se encargó de plantear un nuevo discurso que, entre otros aspectos, reivindicó el indigenismo, con lo cual se colocó en el polo opuesto a la vertiente nacionalista conservadora, hispanista y tradicionalista que por la época imperaba en Colombia.

III. EL HISPANISMO EN MÉXICO Y LA REACCIÓN DE LA REVOLUCIÓN:

TRADICIÓN HISTÓRICA ESPAÑOLA VS. MEMORIA HISTÓRICA INDÍGENA

Con motivo de las fiestas de celebración del centenario de la Independencia de México en el año de 1910, el hispanismo español y el mexicano se abrazaron en una serie de actos y conmemoraciones que tuvieron como fin reafirmar las relaciones entre los dos países, no tanto en aspectos comerciales, como sí fraternales

y

de mancomunidad hispánica. Todos estos actos

y

conmemoraciones tuvieron un alto contenido

simbólico que recreó la historia de los dos países y, en

algunos de sus aspectos, sirvió para que el “imperio espiritual” de España en México se fortaleciera. La

como una de las más aplaudidas, son testimonio de la comparecencia de España en las festividades del

centenario y del discurso y símbolos hispanistas en

las mismas.

En medio de las festividades del Centenario, la autonomía y la Independencia conseguidas un siglo

atrás fueron ratificadas por el presidente Díaz. Pero paralelamente, una cierta veneración desde las esferas del poder político e intelectual hacia España seguía vigente, al menos así lo deja ver la afirmación del mismo Díaz cuando decía que los “lazos de sangre” entre España y sus excolonias en América Latina no se habían disuelto; en este sentido Díaz afirmaba: “las maternidades nunca prescriben.” Pero no solamente eran estas frases sueltas, dichas además en medio del discurso fiestero y patriotero del Centenario, también era la privilegiada posición que la colonia española tuvo en México durante el porfiriato y, desde el punto

de vista cultural, cierta ascendencia española sobre

México. 38 De esta manera el hispanismo mexicano reconocía en España a su “madre”, pero igualmente

dejaba claro que se ponía al mismo nivel de la antigua metrópoli y como “los hijos que ya se valen a sí mismos”, sólo reclamaba “el asiento que [ocupaba] antes de emanciparse y de ganar su vida honrada y dignamente.” 39 El Marqués de Polavieja, embajador especial de España para la celebración del centenario

de la Independencia, recogió positivamente las

palabras de Díaz, afirmando que el Rey y la madre España se sentían “orgullosos de su hija”, por lo que

“la abraza en estos solemnes momentos con todas las

efusiones de su alma”, pero también recalcó la labor descubridora, exploradora y colonizadora de España

en América. 40

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12

34 Deas, M. “Miguel Antonio Caro y amigos”,p. 50.
35

Citado por Deas, M. “Miguel Antonio Caro y amigos”, p. 48.
36

Para una visión general del proceso de la modernidad y la modernización en Colombia durante el período en estudio, véase Melo, Melo, J. O. Algunas consideraciones globales sobre “modernidad” y “modernización” en, Predecir el pasado: ensayos de historia de

Colombia. Santa Fe de Bogotá, 1992, pp. 137-168.

37 Detalles de estos eventos en García, G. Crónica oficial.

38 Al respecto véase Lida, C. (compiladora) Una inmigración privilegiada; Cerutti, M. Empresarios españoles y Granados, A. Debates

sobre España.

39 Discurso pronunciado por Porfirio Díaz en el marco de las fiestas del centenario de la Independencia en, García, G. Crónica oficial,

pp. 8 y 9 del apéndice documental.

40 Discurso pronunciado por el marqués de Polavieja en el marco de las fiestas del centenario de la Independencia en, García, G. Crónica oficial, p. 23 del apéndice documental

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El hispanismo que se puso de manifiesto en las fiestas del centenario de la Independencia mexicana lo podríamos denominar como de “reconciliación” entre la madre patria y una de sus hijas, México, “quizás la predilecta” de España en el período colonial, de acuerdo con palabras de Porfirio Díaz. 41 Pero es a la vez un hispanismo con el cual España se regocijaba al ver el producto de su obra civilizatoria en México, no sólo en lo cultural, sino también en el desarrollo económico y estabilidad política mostrados por el porfiriato. Así lo dejó saber el marqués de Polavieja:

Este vigoroso surgir de México, como de todo país hispano-americano, a una vida nacional superior, sin valla ni límite que no alcance a cualquiera otra nación, aún la mejor dotada, es nuestro orgullo y nuestro anhelo, lo ansiamos como cosa propia, y, por lo mismo, unimos nuestra gratitud, la intensa y dichosa gratitud del que sabe vivir la vida ajena [

42

La historia y la “memoria histórica” han sido aspectos centrales en el hispanismo. 43 En el contexto de las celebraciones del Centenario dos procedimientos historiográficos habrían permitido la utilización del pasado como memoria histórica: la conversión de determinados personajes históricos en héroes y la elaboración de la historia patria para los alumnos de primaria y secundaria. Pero además, en el discurso hispanista que se introduce en las fiestas del Centenario está muy presente la historia monumental y heroizante con claras alusiones a la historia del descubrimiento de América. Efectivamente esta afirmación se comprueba con la erección del monumento a Isabel la Católica y en el homenaje que se le hace al rebautizar una calle de la ciudad de México con su nombre. En los discursos pronunciados en esos actos se recordó, recreó e inculcó en la conciencia histórica mexicana toda la gesta del descubrimiento, conquista y colonización. En la memoria histórica de los pueblos hispanoamericanos Isabel la Católica es figura central. Al “arrullo maternal” de ella, como lo dijo Fernando

Pimentel, presidente del ayuntamiento de la ciudad de México, nació el descubrimiento de Colón. Pimentel justificaba el acto de homenaje a Isabel la Católica de la siguiente manera:

Fue, por lo tanto, feliz iniciativa la encaminada

a

revivir y perpetuar en la metrópoli mexicana

el

recuerdo de la Reina ilustre que por modo tan

directo, que con tan decisivo influjo, contribuyó

al descubrimiento del Nuevo Mundo. [

Es, pues, una antigua deuda de gratitud la que pagamos ahora al glorificar el nombre de Isabel la Católica. Bien podemos decirlo hoy que la creciente cultura del pueblo mexicano ha borra- do, con el agua lustral de un cosmopolitismo bien entendido y mejor practicado, los prejuicios, los odios y los rencores que impedían en no muy

lejanos días el reconocer merecimientos como los que motivan la presente ceremonia. 44

]

El representante español Bernardo J. Cólogan contestó a Pimentel de la siguiente manera:

¿Cómo podríamos, nosotros los españoles, permanecer impávidos, cuando sabemos ya a ciencia cierta que el nombre esclarecido de Isabel la Católica habrá de ser pronunciado por labios mexicanos miles de veces al día, penetrando intensamente en el público y remontándose, así, éste, cada vez más, al tronco genealógico común, de donde parte nuestra consanguinidad y nuestro eterno vínculo, bien patente en esta castiza Sala de Cabildos y en la ordenada y completa serie de retratos virreinales, que preceden a vuestros propios y autónomos gobernantes?. 45

Pero no era tanto que el nombre de la “Reina Católica” fuese pronunciado en la cotidianidad de los mexica- nos, aún hasta nuestros días, sino que se revalorizaba positivamente la figura de la Reina y, paralelamente

41 En García, G. Crónica oficial, p. 23 del anexo documental. 42 Discurso pronunciado por el marqués de Polavieja en el marco de las fiestas del centenario de la Independencia en, García, G. Crónica

oficial, p. 24 del anexo documental.

43 Esta temática está englobada en la línea de investigación que explora la importancia del pasado en función del fortalecimiento del patriotismo y el nacionalismo de los ciudadanos en la formación del Estado moderno. Tiene que ver con la creación de héroes, de historias patrias y oficiales y, por supuesto de identidades nacionales e imaginarios colectivos. Algunas notas sobre el significado de la enseñanza de la historia durante el porfiriato en Guerra, F. México: del antiguo régimen a la revolución. México, Fondo de Cultura Económica, 1993, t. II., pp. 338-339; sobre la creación de héroes durante el porfiriato véase Lempérière, A. “Los dos centenarios de la independencia mexicana (1910-1921): de la historia patria a la antropología cultural”. Historia Mexicana, XLV:2 (178), 1995, pp. 317-352. Un análisis de las historias patrias y oficiales en función de disputas ideológicas entre indigenistas e hispanoamericanistas en Granados, A. Debates sobre España, capítulo 8. Vázquez, J. Nacionalismo y educación en México. México, El Colegio de México, 1975, estudia la educación en México en clave de las disputas entre liberales y conservadores; algunos de los artículos compilados por Pérez Siller, J y Radkau García, V. Identidad en el imaginario nacional. Reescritura y enseñanza de la historia. México, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla - El Colegio de San Luis - Instituto Georg Eckert, 1998, trabajan el tema de la relación entre la enseñanza de la historia y la construcción de identidades nacionales y memoria colectiva. Para el caso colombiano esta perspectiva de análisis en Herrera, M. C. et. al., La identidad nacional en los textos escolares de ciencias sociales. Colombia 1900-1950. Bogotá D. C., Universidad Pedagógica Nacional, 2003 y, en Sánchez Gómez, G. y Wills Obregón, M. E. (compiladores). Museo, memoria y nación. Para España, Pérez Garzón, J. S. et. al. La gestión de la memoria. La historia de España al servicio del poder. Barcelona,

Crítica, 2000.

44 Discurso pronunciado por Fernando Pimentel en el marco de las fiestas del Centenario de la Independencia en, García, G. Crónica oficial, p. 45 del anexo documental. Por cierto, en la actualidad esta calle y su identificación como “Isabel la Católica” todavía pervive en el centro histórico de la Ciudad de México. 45 Discurso pronunciado por Bernardo J. de Cólogan en el marco de las fiestas del Centenario de la Independencia en, García, G. Crónica oficial, p. 45 del anexo documental.

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se reforzaba la memoria y conciencia histórica de la nación mexicana en torno a uno de los hechos históricos más importantes: el descubrimiento de América. 46

Con motivo de la celebración del primer centenario de la consumación de la Independencia mexicana en 1921, el discurso hispanista volvió a hacerse presente después de un período en el que los sucesos de la fase militar de la Revolución hicieron que la hispanofobia se recrudeciera. A principios de la década de los veinte, como en 1910, las fiestas patrias sirvieron para que el discurso y la simbología hispanista estuvieran presentes en los ámbitos políticos e intelectuales y se asociaran con la historia patria. Sin embargo, en esa oportunidad, dados los procesos de institucionalización de la Revolución, entre los que contaba el proyecto cultural, el hispanismo tuvo que dar paso a otros ideas, especialmente las asociadas con el nacionalismo revolucionario.

En los hechos conmemorativos de 1910 y de 1921 hay una gran diferencia que tuvo relación con la implementación de una nueva sensibilidad y memoria histórica para la nación mexicana que se sustentó en la reivindicación de los pueblos precolombinos; evidentemente esta nueva sensibilidad y memoria histórica se deslindó de los referentes históricos del hispanismo que, como ya se dijo, en buena parte hacían alusión a la gesta colombina y a los hechos que de ella se desprendieron. Lempérière plantea estos cambios en los siguientes términos:

En efecto, la metamorfosis de la sensibilidad histórica y el destape de nuevos estilos de memoria, cultural y antropológica, anticiparon el estallido de las guerras civiles. El derrumbe del sistema político porfirista aceleró la evolución de la nueva sensibilidad, que hubiera aparecido de cualquier forma, dado que surgió del agotamiento del discurso histórico con el cual el régimen había fundado su memoria política: una historia patria que, esclava de la cronología y gobernada por la idea de progreso y por el evolucionismo, hizo desaparecer secciones completas de la realidad nacional, como la numerosa población indígena apegada a sus antiguos modos de vida. Consumada la independencia, sus relatos ignoraron deliberadamente la existencia de los indígenas en la historia del siglo XIX. 47

De acuerdo con la misma autora, la nueva sensibilidad

y memoria histórica abordó el pasado con un enfoque

cultural, antropológico y arqueológico. Sin embargo, al tiempo que esta transformación se suscitaba, algunos sectores de la sociedad insistieron sobre el

discurso hispanista. Así por ejemplo, en la alocución que ofreciera Diego Saavedra y Magdalena, encargado de la legación de España en México, con motivo de los festejos de la consumación de la Independencia en 1921, reiteró la idea aquella de la Independencia sustentada en el hecho de “la mayoría de edad” obtenida por los países hispanoamericanos

y de cómo, para regocijo de España, México había

salido adelante como un país respetado en el contexto de las naciones; finalizaba su discurso augurando una era de paz para México y una nueva etapa en las

En respuesta, el

presidente mexicano Álvaro Obregón hizo alusión a la Gran Patria hispana de la cual México hacía parte. 49

Al igual que en la conmemoración del Centenario de la Independencia en 1910, en la del año de 1921 la figura de Isabel la Católica y su carga simbólica volvieron a estar presentes. Esta vez con motivo de la inauguración del parque España y colocación de la primera piedra (que en realidad sería la segunda ya que once años atrás ya se había colocado una) del monumento a Isabel la Católica. Nuevamente en las alocuciones y como una constante del discurso hispanista, la importancia del descubrimiento de

relaciones entre el país y España.

48

América y el legado cultural español se dejaron sentir. Ciertamente en aquella ocasión el encargado de la legación española en México, después de afirmar que el punto inicial de la entrada del país “en el reinado de la luz y la civilización” era el del descubrimiento, resaltó la importancia de este hecho en los siguientes

términos:

Es para España augusto momento de maternidad, cuyo solo recuerdo debe borrar sus culpas y destruir sus errores; es fundamento de confraternidad con veinte naciones a las que España legó su fe; su arte clásico y severo; la ciencia salmantina; las delicadezas de la filosofía aristotélica; una legislación entresacada del derecho justiniano,

vaciado en los moldes del rey sabio (

y,

finalmente, su hermoso idioma, su corazón y su espíritu. 50

)

46

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50

14
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Un análisis sobre el descubrimiento de América como hecho histórico y sus ligas con el discurso hispanoamericanista en Granados,

A. Debates sobre España, capítulo dos.

Lempérière, A. “Los dos centenarios”, p. 335. No obstante estar de acuerdo con esta autora, hay que señalar que durante el siglo XIX mexicano y aún durante el porfiriato hubo intelectuales que reivindicaron un pasado indígena, por ejemplo, véase el apartado “Lo indio como memoria histórica colectiva” en Granados, A. Debates sobre España, p. 271 y ss. Un estudio que revela la conciencia histórica del indigenismo en México es el de Villoro, J. Los grandes momentos del indigenismo en México. México, El Colegio de

México / El Colegio Nacional / Fondo de Cultura Económica, 1996.

El discurso aparece en el Archivo Histórico de la Embajada de España en México, microfilm en El Colegio de México, en adelante citado como AHEM/COLMES, micropelicula (mp.) 142, parte 1B, rollo 65, caja 414. El discurso, al igual que el resto de los pro- nunciados por los embajadores acreditados en México para el momento del Centenario, también está publicado por la Secretaría de

Relaciones Exteriores, bajo el título Celebración del primer centenario de la consumación de la Independencia, pp. 9 - 12.

AHEM/COLOMEX, mp. 142, parte 1B, r. 65, cja. 414.

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En la misma ceremonia H. Pérez Abreu, presidente del ayuntamiento de la ciudad de México, destacó la importancia del descubrimiento, comparándolo con el efecto que en Europa tuvieron las cruzadas:

Para el nuevo mundo vino a traerle una civilización mucho más adelantada, una moral mas pura, una religión mas espiritualista y mas digna: la obra de Colón fue eminentemente civilizadora. Toda Hispanoamérica por derecho legítimo, y las Américas todas, por deber ineludible, deben confundir en un sólo canto de admiración, de amor y agradecimiento, al Almirante Cristóbal Colón, que amplió la civilización terrestre, y a su majestad doña Isabel la católica. 51

Lo que resalta en estos discursos es que no aparece en ellos ninguna alusión a las comunidades prehispánicas, por el contrario se insiste en el hecho colombino como el inicio de la historia de los pueblos hispanoamericanos y en la creación de héroes a partir de ese momento. En este sentido, durante las fiestas que se reseñan, el ayuntamiento de la ciudad de México le hacía saber al jefe de la legación española en México, Diego Saavedra y Magdalena, que aquella entidad había aprobado la publicación de la iconografía de los gobernantes de la Nueva España que habían ejercido el poder durante la colonia “contribuyendo así a la empresa de dar a conocer la muy fecunda labor de civilización que nos legaran aquellos representantes de la Madre Patria”. 52 No he podido establecer si el libro se publicó, pero lo que cabe destacar es que en la conmemoración del Centenario de la consumación de la Independencia

mexicana se editara un libro que exaltaba la tradición hispana, en vez de resaltar la historia patria con la iconografía de los héroes de la Independencia. En fin, de lo que se trataba era de recrear la tradición histórica hispánica y de introducir en la memoria histórica mexicana los patrones de esa tradición.

Un medio muy eficaz para alcanzar este objetivo fue la promoción de conferencias que exaltaran y recordaran la labor cultural de España en tierras americanas. En el mes de septiembre de 1921 se realizó un ciclo de conferencias de cuyo título se desprende la intención que perseguían: “Las artes durante la colonia” (Manuel Romeros de Terreros); “La arquitectura colonial” (Luis E. Ruiz); “Las costumbres durante el virreinato (Norberto Domínguez), “Las letras y la ciencia durante la dominación española” (Francisco Gamoneda). 53 Pero por fuera de los festejos a los que hemos hecho alusión, que involucraban directamente al poder político mexicano y español, el hispanismo también se hizo presente en otros ámbitos del escenario nacional, particularmente en el intelectual. En este escenario las organizaciones españolas de la ciudad de México fueron importantes en la labor de difundir y exaltar los valores de la tradición hispánica. Entre ellas sobresalió el Casino Español de México que por diferentes medios penetró con su discurso hispanista las altas esferas de la sociedad mexicana. La junta directiva que en el año de 1921 presidía la aludida organización declaraba que era su deseo “difundir de la manera más práctica el españolismo entre nosotros”, para lo cual creía que el medio más expedito para lograr ese objetivo era el de impulsar ciclos de conferencias. 54

51 AHEM/COLMEX, mp. 142, parte 1B, r. 65, cja. 414. 52 AHEM/COLMEX, mp. 142, parte 1B, r. 67.

53

AHEM/COLMEX, mp.142, parte 1B, r. 65, cja. 414.

54 Biblioteca-Archivo del Casino Español de México, en adelante citado como BACEM; libro de actas 1916-1926, año 1920, f. 127r. La siguiente lista de conferencias en torno a temas hispánicos da cuenta de esta intención: en septiembre de 1921 el presidente de la junta directiva reportaba que se había asistido a la Escuela Nacional Preparatoria del D. F., en donde el conferencista español Fran- cisco Javier de Gamoneda había versado sobre la influencia en México de la literatura española y de sus procedimientos gráficos. En abril de 1921, El Casino invitó a la conferencia que dictó Carlos Angulo y Cavad cuyo tema fue “La conciencia de España ante los países americanos”. En mayo de 1922 el presidente de la organización reportó que se había asistido al ciclo de conferencias “España y los españoles en América” (Marcelino Domingo), “La poesía española moderna” y “El patrimonio del idioma” (Felipe Sassone), “Influencia de España en la cultura universal” (José María Albiñana), “De cómo en contra de lo que afirmó don Marcelino Domingo, España vivió y está en México” (Luis Vázquez) y, “Modalidades para un tratado internacional entre España y México” por Antonio Caso y Carlos Badia y Malagrida. Al respecto véase BACEM, libro de actas 1916-1926, año 1921, f. 62r. AHEM, mp. 141, pt. 1B, r. 65, cja. 414 y ABCEM, libro de actas 1916-1926, año 1922, f. 79v, respectivamente. Las celebraciones, conmemora- ciones y exposiciones también hicieron parte de los ritos hispánicos del Casino. Ante la muerte de Benito Pérez Galdós en enero de 1920, la junta directiva dispuso que se pusiera luto en los balcones de la institución y la bandera española a media asta durante tres días; en octubre del mismo año, con motivo del XXV aniversario de la coronación de Nuestra Señora de Guadalupe, el Casino envió su representación; En 1921 se hizo un acto especial en el local de la organización para homenajear a Ramón del Valle Inclán quien era invitado especial a las fiestas de la celebración del Centenario de la consumación de la Independencia; en diciembre de 1922, el Casino organizó una exposición de arte retrospectivo español; en febrero de 1923 invitó a un banquete en honor del “eminente tenor español” Miguel Fleta y por la misma época, con ocasión de la visita a México de Jacinto Benavente “gloria de España”, el casino lo nombró su socio; en abril de 1924, con ocasión de la entrega de la condecoración que la Orden “Cristóbal Colón”, hiciera al por entonces secretario de educación José Vasconcelos, el Casino prestó la sala de actos de la Institución; también en junio de este año el Casino se comprometió a organizar una conferencia con el objeto de iniciar los trabajos de organización del “Liceo de la Raza”, “e imponer la corbata de la bandera mexicana a la de dicho liceo, cuya imposición la hará la distinguida esposa del Sr. Presidente de la República”; en marzo de 1925 el presidente de la Institución informó acerca de haber reunido a los presidentes de los centros españoles con sede en la ciudad de México, con el fin de que entre todos contribuyeran en la compra “de un objeto artístico que habría de ser obsequiado al Sr. don Miguel Alessio Robles por su hispanismo bien demostrado”; en abril del mismo año, el Casino Español invitó a la conferencia “Reseña histórica de la música española”, dictada por un tal señor Torner; dos meses mas tarde, el presidente del Casino propuso la idea de que se nombrara una comisión que fuera a saludar al poeta mexicano Luis S. Urbina, “recién llegado de la madre patria, para significarle la simpatía con que ha sido vista y estimada su entusiasta labor hispanista.” Al respecto véase BACEM, libro de actas 1916-1926, año 1920, f. 127v., AHEM/COLMEX, mp. 142, pt. 1B, r. 81, cja, 486; BACEM, libro de actas 1916-1926, año 1920, f. 19r; año 1922, f. 94; año 1923, f. 101; año 1924, f. 119r; año 1924, f. 124v; año 1925, f. 152v; año 1925, f. 157 r. y v., respectivamente. Éstas y otras actividades desarrolladas por el Casino durante la década de 1920 en, Gutiérrez, Casino español de México. 140 años de historia. México, Porrúa, 2004.

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De las celebraciones del Centenario de la Independencia en 1910, a las fiestas del Centenario de la consumación del mismo proceso en 1921, a pesar del discurso hispanista presente en ambas

festividades, hay una diferencia más o menos notable que tuvo que ver con que en las últimas se empezara

a dar un cambio de posición por parte del gobierno

revolucionario respecto al hispanismo, sobre todo en relación con la historia patria, la memoria histórica y la conciencia histórica de México. Con fines ideológico-políticos los gobiernos revolucionarios de 1920 en adelante comenzaron a resaltar el devenir histórico que habían tenido las comunidades precolombinas hasta la llegada de los conquistadores

y la importancia de las mismas para afianzar la

nacionalidad. Esta nueva sensibilidad histórica estuvo dirigida a inculcar un sentimiento nacionalista que, a diferencia del contemporáneo nacionalismo conservador colombiano, derivó en uno de carácter revolucionario que negó la tradición hispánica.

La nueva tendencia adoptada venía muy bien a los propósitos de la Revolución, ya que en ella se identificó al “pueblo” como el protagonista central del cambio histórico y además como el destinatario de los principales beneficios del movimiento revolucionario. En adelante, al “pueblo” se lo identificó con las mayorías, con los pobres y los humildes. Esta nueva concepción acerca del “pueblo” invadió los ámbitos intelectuales, artísticos, de élite y hasta los más comunes y corrientes. La nueva percepción sobre el “pueblo” estuvo íntimamente ligada al nacionalismo

posrevolucionario:

Desde los discursos académicos hasta las tiras cómicas, desde la carpa hasta los recintos parlamentarios, la preocupación por el “pueblo mexicano” fue una constante. [ ]

El nacionalismo, en términos más generales, empujaba hacia una nueva identificación y valoración de lo propio, negando y diferenciándose de lo extraño o extranjero; en su tono político y en su expresión cultural intentaba definir las características particulares, raciales, históricas o “esenciales” de la “mexicanidad”. Para ello abrió un inmenso abanico de argumentos, desde los “científicos” hasta los circunstanciales. [ ]

El “ser” del mexicano preocupó a filósofos y a literatos, fue objeto de regodeo en los teatros populares y en el arte “culto”, se plasmó en los colores de los artistas plásticos y sonó en la naciente radio, formó parte de los argumentos diplomáticos y buscó la creación de estereotipos en el cine nacional. Políticos, escritores y artistas se lanzaron a un sinnúmero de polémicas, que tenían como aparentes temas centrales: la revolución, la nacionalidad, la historia, la cultura, la raza, etc., pero cuyo primordial afán era darle un contenido a eso que llamaban “el pueblo mexicano”. 55

En esta nueva perspectiva el discurso hispanista, en algunos de sus aspectos, principalmente en aquel que reivindicaba la gesta de la conquista y el descubrimiento y que por consiguiente negaba toda participación de los valores aborígenes de los pueblos americanos en la consolidación de la identidad nacional de los mismos, entró en contradicción con la nueva situación. En el campo de la arqueología esta nueva sensibilidad histórica y sus claros propósitos nacionalistas comenzaron a ser trabajados. Manuel Gamio fue clave para que un pasado prehispánico negado en parte por la historia republicana y por el discurso hispanista fuera incorporado a la memoria histórica y al proyecto de identidad nacional mexicano. Uno de los más importantes libros de Gamio, Forjando Patria, fue clave para empezar a persuadir al naciente Estado de la revolución sobre la importancia de su pasado histórico prehispánico. 56 Un análisis del discurso y de las acciones que en el campo cultural realizó la Revolución triunfante contra el hispanismo muestran una clara tendencia nacionalista. La Revolución y su intelectualidad dieron apoyo a la cultura popular —creación de estereotipos nacionales—, formaron un sólido grupo en el ámbito de las artes —muralismo, cine, teatro, música, literatura— y elaboraron un discurso indigenista para consolidar la nueva propuesta. 57 De esta manera, poco a poco, la memoria histórica del mexicano tuvo nuevos referentes. Este nuevo marco de la identidad nacional mexicana fue exaltado desde el nacionalismo cultural y, por supuesto, desde la escuela.

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55 Pérez Monfort, R. “Indigenismo, hispanismo y panamericanismo en la cultura popular mexicana de 1920 a 1940” p. 345 en, Roberto

Blancarte (compilador), Cultura e identidad nacional, pp. 343-383.

56 Lempérière, A. « Los dos centenarios » , pp. 340-341, esboza el contenido del libro de Gamio en los siguientes términos: “obra que tomó el curso contrario a la historia pat ria porfirista y propuso metas al ejercicio de la memoria. En el capítulo XV, titulado “Aspectos de la historia”, Gamio planteó el problema de los límites temporales de la historia nacional y desarmó la rígida cronología del siglo XIX. A su modo de ver, la historia de la nación no comienza en 1521 con la conquista, “sino en distintas épocas anteriores y posterio- res a la fecha de tal acontecimiento”, según los grupos humanos de que se trate: los lacandones no se conocieron hasta el siglo XIX,

mientras que el conocimiento de la dinastía azteca remonta la historia nacional al siglo XIV”.

57 Pérez Monfort, R. “Una región inventada desde el centro”. Un panorama general del proyecto cultural de la Revolución mexicana en Monsiváis, C. “Notas sobre la cultura”. El proyecto educativo de la Revolución entre 1911 y 1928 en Loyo, E. Gobiernos revolucio- narios y educación popular en México, 1911-1928. México, El Colegio de México, 1999.

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IV. ALGUNAS NOTAS FINALES.

El discurso de la “patria espiritual” de España en

América impulsado por los hispanistas fue en muchos casos y por momentos efectivo. Si bien el otrora Imperio desapareció, no se puede afirmar que en

el ámbito de lo cultural hubiera ocurrido lo mismo.

Argumentos ideológicos, históricos y culturales

fueron puestos en marcha por los hispanistas de uno

y otro lado del Atlántico para mantener la “unión

espiritual” entre las dos orillas del Atlántico. Por periodos largos y cortos, dependiendo del país y de sus circunstancias históricas la corriente hispanista tuvo viabilidad en Colombia como en México.

En Colombia, entre otros aspectos, el hispanismo

fue esgrimido por un grupo político para mantener

el statu quo de la llamada república conservadora.

En México, por momentos, pero no con la fuerza del caso Colombiano, también el hispanismo logró

penetrar algunos ámbitos intelectuales e ideológicos del porfiriato. Sin embargo, el peso de la diferencia radica en que mientras en Colombia el hispanismo penetró las esferas del poder, la cultura y la sociedad, en México su influencia fue mayor en el ámbito de lo económico en donde un flujo migratorio español, muy menor al recibido por Cuba, Argentina o Brasil, logró posicionarse como uno de los grupos económicos y empresariales más dinámicos del porfiriato.

Otra de las grandes diferencias radica en que mientras en Colombia el hispanismo y su ideología acompañaron al régimen político, en México, a raíz de la Re-volución de 1910 el hispanismo fue desapareciendo progresivamente del escenario ideológico y cultural para, con la Revolución institucionalizada a partir de la década de 1920, dar paso a un proyecto cultural que reivindicó el pasado indígena de México.

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“Una

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M. del Rosario Leal del Castillo *

La iconografía neogranadina y el estudio del miedo**

Abstract

For some time, visual images have been taken momentousness as historical sources, giving the possibility to make studies in mentality history. This article shows how to use religious iconography as a historical source, intermingled with other written documents, and analyzed from different fields, directed to the study of fear across transplanted imaginaries.

Resumen

Desde hace algún tiempo, las imágenes visuales han cobrado importancia como fuente histórica, brindando la posibilidad de realizar estudios imbuidos en la historia de las mentalidades. Este artículo describe cómo utilizar la iconografía religiosa como fuente histórica, entrelazada con otros documentos escritos y analizados desde diversas disciplinas, para el estudio del miedo a través de imaginarios trasplantados.

Key Words

Counterreformation, Council from Trento, Imaginary, Symbolical imagination, Euphemistic, Iconography, Baroque, Aesthetics, Fear, Purgatory.

Palabras Clave

Contrarreforma, Concilio de Trento, imaginarios, imaginación simbólica, eufemización, iconografía, barroco, estética, miedo, purgatorio.

I el miedo a través de imaginarios trasplantados en la iconografía neogranadina del siglo XVII, tomando, en parte, la teoría expuesta por Burke y ejemplificado en dos asuntos iconográficos.

En primera instancia se debe puntualizar que el uso de la imagen presenta varios puntos y problemas concretos, a saber: primero, para formular una pregunta y una hipótesis, así como para trazar un camino de indagación de la imagen, es preciso especificar cuál es el problema; Segundo: al ser una obra visual, está sujeta –como cualquier fuente– a un contexto específico en los ámbitos político, económico, religioso y cultural, además de la aureola

Peter Burke, ha llamado positivamente la atención sobre el uso de la imagen como fuente histórica, para ampliar el espacio de indagación del pasado. 1 Este uso de la imagen, es casi necesario cuando se va a llevar a cabo un estudio en los terrenos de la historia de las mentalidades, de los sentimientos, anhelos y miedos -caso específico de este artículo-, de lo material o del cuerpo entre otras, puesto que las imágenes pueden sondear “otros niveles” del hombre, de su historia, de la comprensión de su mundo, así como del contexto que las produjo. Las siguientes líneas, son un recuento metodológico de cómo se estudió

* Escuela de Artes y Letras. Profesora de Historia del Arte e investigadora. Magistra en Historia. Pontificia Universidad Javerina. E-mail: qkcastillo@tutopia.com ** Este trabajo es resultado de la investigación “El miedo a través de la iconografía híbrida fantástica durante el siglo XVII en la Nueva Granada” realizada en 2005.

1 Burke, Peter. Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico, Barcelona, Editorial Crítica, 2001.

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La iconografía neogranadina y el estudio del miedo., M. del Rosario Leal del C. Páginas 81 - 89

propia del arte y de la teoría y quehacer artístico.

Tercero: en el caso específico de iconografía religiosa, es necesario acercarse al “contexto simbólico” y a los imaginarios religiosos, insertos en fenómenos de larga y mediana duración, así como a los imaginarios de los siglos XVI y XVII; en otras palabras, desde la

teoría de la imaginación simbólica y recepción de las

obras. Este punto, a su vez plantea otros problemas. ¿Cómo distinguir símbolos puntuales de una época, cuando la imaginación simbólica y el símbolo son ahistóricos o arquetípicos, en cierto sentido, sobre todo en fuentes iconográficas religiosas? Buena parte de este problema, en el caso específico del estudio

sobre el miedo en la Nueva Granada, a través de

la iconografía, se sorteó con la lectura del contexto del siglo XVII y con la teoría del estructuralismo figurativo de Gilbert Durand, que se expondrá más adelante. Esta teoría y este método de indagación, posibilitan entre otras, aproximarse en un mismo espacio de búsqueda, a iconografías con una larga tradición, como por ejemplo mártires, así como una de reciente invención como la Inmaculada, y develar en ellas símbolos y contenidos en el contexto del siglo XVII.

Antes de abordar, el método y metodología expuesta,

se debe retomar la pregunta central del estudio: ¿A qué

le tenía miedo la gente y cómo develar esto a través

de la iconografía híbrida y fantástica durante el siglo

XVII en la Nueva Granada? En el caso específico

de la producción visual de la Nueva Granada ésta

estuvo sujeta al contexto político, religioso, artístico

y simbólico de Europa, de España más puntualmente.

Siendo la Nueva Granada una colonia más del vasto imperio español, fue la receptora de una serie de

imaginarios, que fueron trasplantados en las nuevas tierras. Este punto, hizo necesaria la contextualización política, religiosa y vivencia religiosa de los siglos XV, XVI y XVII en España, para comprender el discurso visual neogranadino. En este sentido, además se debe puntualizar que hubo dos contextos: Europa

y la Nueva Granada.

El estudio del impacto de la reforma luterana y lo que ésta produjo, fue esencial para dimensionar los alcances del Concilio de Trento (1543-1564) y de la sesión XV del 3 y 4 de diciembre de 1563, cuando allí se introduce la utilización del arte, como herramienta para la catequización, así como el discurso del Catecismo de Pío V 2 , el Flos Sanctorum de Ribadeneira 3 , que tuvo su origen en buena parte

en la hecatombe de la Reforma y la teoría artística

utilizada por la iglesia contarreformada, para alcanzar lo que al arte se le pedía. En este sentido, los tratados de arte del siglo XVII, además de ser puramente artísticos, contenían un esencial fondo estético 4 ,

muy apropiado para el sentido expansionista y

expresionista de la contra-rreforma española. De estos

tratados se tomó el de Francisco Pacheco, Arte de la Pintura. 5 A este último punto se le agrega, la mística

o el nuevo diálogo entre el hombre y Dios, así como los imaginarios religiosos de Europa.

En segundo término, se consideraron las relaciones

entre la Corona y el papado y las condiciones sobre

la tenencia de estas tierras, que éste último impuso a

España de acuerdo con el éxito de la evangelización. En tercer lugar se observaron aspectos la situación interna de la España de finales del siglo XIII y principios del XIV, el decantamiento de las órdenes religiosas que produjeron un renovado sentido religioso, así como la finalización de una larga cruzada, de tintes no sólo políticos sino religiosos, al expulsar a árabes y en algunos casos a judíos de la península.

El estudio del contexto neogranadino, fue de la mano por supuesto del de Europa y España. La llegada, función, formas de adoctrinar y el discurso de salvación de las órdenes religiosas, así como el

propio discurso iconográfico de cada una de ellas, el

oficio y mundillo de pintores, escultores y demás, la

trama social de la Nueva Granada, fueron también indispensables para comprender la función de las

imágenes. Las vivencias religiosas ya entrado el siglo

XVII y el develar los imaginarios ya trasplantados,

pero insertos en una nueva realidad ya ampliada

y trasformada por el contacto con “los otros”. Lo

anterior, fue esencial y básico para globalmente realizar un primer acercamiento a la iconografía neogranadina, de acuerdo con la pregunta central del estudio. Este punto ya posibilitaba, una selección de fuentes no sólo iconográficas sino escritas, pues la sola imagen visual era insuficiente para llevar a cabo este estudio.

Tomando como tópico común la presencia de un ser fantástico e híbrido, (ángeles y demonios), de acuerdo con la premisa de que estos seres –creaciones de la imaginación– son hijos del miedo, se realizó la selección de las fuentes iconográficas, se organizaron por categorías, de acuerdo con temas y asuntos

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2 Catecismo del Santo Concilio de Trento para los Párrocos. Ordenado por disposición de San Pío V. Traducido en lengua castellana Por el R. P. M. Sr. Agustín Borita, Religioso dominico, Según la impresión que de orden del papa Clemente XIII se hizo en Roma

en el año de 1761, Paris, Librería de Rosa y Bouret, 1860.

3 de Ribadeneira, Pedro. Flos Sanctorum. Nuevo año cristiano, Imprenta y Lit de la revista Médica, calle de la Bomba, numero 1. 1863. Tomos I al XII

4 Se debe entender esencialmente estética, en el sentido de impacto y recepción de la obra de quien la contemple, sin importar la calidad formal o técnica de la misma.

5 Pacheco, Francisco. Arte de la Pintura, Madrid, Ediciones Cátedra, S.A. 1990

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representados. Finalizado este punto y de acuerdo con el imaginario religioso, se partió de un problema esencial, complejo pero a la vez sencillo: La religión cristiana promete la salvación y sobre todo la vida eterna, por lo tanto el miedo que ella desea combatir es la muerte. A partir de este punto y de la mano del Catecismo de Pio V y de la Biblia, se procedió a la comprensión del contenido de las imágenes desde el ámbito del anhelo y de su oponente y complemento, el miedo. Llegados a este estado, a continuación se expondrán los pasos necesarios para acercarse a la iconografía posibilitando que ésta sea una fuente histórica, tomando lo que Burke teoriza sobre el uso de la imagen como documento histórico.

II

Una vez realizada la selección de las fuentes iconográficas, se procedió a interpretarlas, recurriendo

a tres instancias. La primera, a través de la metodología

y método interpretativo de Panofsky; la segunda, a

través del estructuralismo figurativo de Gilbert Durand, que aúna método y metodología; y, por último, el contexto histórico.

Panofsky, impulsó un método interpretativo resumido en tres niveles esenciales. El primer nivel consiste en una descripción preiconográfica donde se distinguen los objetos y situaciones, como mesas, personas, batallas o procesiones. Esta significación primaria

o natural, está dividida en fáctica –concerniente

a hechos o cosas descritas como configuración de

líneas, color, plantas, seres, objetos naturales– y en expresiva –referente a actitudes y expresiones–. Las dos vienen a constituirse en los motivos artísticos, que consisten en el reconocimiento sólo de las formas. En este punto, fue necesario acudir a la historia del estilo barroco, pues él proporcionó la manera como determinados motivos, fueron representados durante el siglo XVII. En este caso, se recurrió al Arte de la Pintura, de Pacheco 6 , teórico del siglo XVII cuya teoría circuló por estas tierras.

El segundo nivel permite reconocer los asuntos de las imágenes. Es la descripción iconográfica o significación secundaria o convencional, consistente

en la determinación de los temas de una obra y su combinación; por ejemplo determinar, que un crucificado representa a Cristo y que para los cristianos significa la redención. El análisis iconográfico implica un método descriptivo e incluso estadístico:

identifica, describe y clasifica las imágenes, mas no las interpreta. Para este paso, fue necesario conocer los temas o conceptos específicos, acudiendo a diversas fuentes literarias, como la Biblia, Evangelios apócrifos, los Catecismos del siglo XVI y la literatura hagiográfica 7 . Panofsky insistía, que “un análisis iconográfico correcto presupone una identificación correcta de los motivos”. 8

El tercer nivel es el iconológico que descubre la significación intrínseca o contenido de la obra. En

otras palabras “los principios subyacentes que revelan el carácter básico de una nación, una época, una clase social, una creencia o filosofía”. 9 Este último nivel inicia el proceso hermenéutico de una imagen, posibilitando que pueda irse constituyendo como fuente histórica. En este punto de la investigación se debieron estudiar los principios y la mentalidad del barroco contrareformista y de la Nueva Granada, para determinar no sólo el comportamiento de fondo que condicionó la labor artística –simbolizada en las imágenes–, sino también para comprender la obra como un síntoma de la mentalidad de la época y de la sensibilidad religiosa. De allí la importancia de conocer los antecedentes de la Colonia, el por qué de la evangelización, la situación religiosa y política no sólo de España sino de Europa. Fue determinante el Concilio de Trento y su séptima disposición, en la cual determinaba el Santo Concilio “poner remedio á estas voces y escritos perniciosos” y

Por esta razón, deseando en gran manera los Padres del santo Concilio general de Trento aplicar á este mal tan grande y tan pernicioso alguna saludable medicina, juzgaron que no bastaba definir contra las herejías de nuestros tiempos los puntos más graves de la doctrina católica, sino que además de esto les pareció preciso hacer un formulario y método de instruir al pueblo cristiano en los rudimentos de la fe: por el cual se debiesen arreglar todos los que ejercen en la Iglesia el cargo de legítimo Pastor y Maestro. 10

6 Pacheco, Arte de la Pintura. En este interesante libro publicado póstumamente en 1649, se daban las pautas compositivas y estéticas de las obras. Así mismo en la misma escritura del tratado, se establecía por qué y cómo se tenían que pintar los temas y los personajes allí representados, estableciendo además de valores artísticos y estéticos, valores morales y sociales. El Arte de la pintura, esta estructurado en tres partes o libros con sus respectivos capítulos. El primero trata, sobre “la noticia, antigüedad y grandeza de la Pintura; en el segundo, la división y diferencia de todas sus partes, y lo tocante a la teória; en el tercero, los varios modos de executarla con todo

lo que pertenece a la práctica y exercicio della”. Además de teórico, Pacheco fue pintor y censor de la Inquisición.

7 Se entiende como literatura hagiográfica aquellas obras sobre la vida de los personajes santos. Para este estudio se recurrió al Flos Sanctorum de Pedro de Ribadeneira y al Catecismo de Fray Luís Zapata de Cárdenas, arzobispo de Bogotá entre 1573 a 1590, tiempo durante el cual mandó a redactar el Catecismo que lleva su nombre, promulgado en 1576. Tuvo especial preocupación por la

evangelización de los indígenas que habitaron en la Nueva Granada.

Burke. “Iconografía e Iconología”, p. 45

8 Burke. “Iconografía e Iconología” en Visto no visto, pp. 45 y ss

9 Panofsky, Erwin. Estudios sobre iconología, Madrid, Alianza Universidad, 1972.
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El remedio a estos peligros fue el Catecismo de Pío V, cuya lectura fue determinante para ir develando el contenido más profundo de las imágenes, así como el discurso global visual neogranadino. En otras palabras, trascender el mero asunto formal. Los dos primeros niveles son indispensables, sobre todo cuando se está ante obras religiosas, cuyos detalles, colores, expresiones y composición formal y espacial, son fundamentales para leerlas y sobre todo para

comprender la posible recepción que éstas tuvieron durante el siglo XVII. Por ejemplo, en el caso puntual de un cuadro de ánimas o purgatorio, la composición formal de éstas, la división horizontal entre el cielo

y el purgatorio, las relaciones de los distintos perso-

najes allí representados, las expresiones de los rostros

y de los cuerpos, así como ciertos objetos, pudieron

detonar en el inconsciente de quien contemplara la imagen, algún tipo de sentimiento. En ese aspecto es importante insistir en el lugar de producción de la fuente y en la contextualización de la época, en todos sus aspectos, pues es obvia la diferencia en la recepción de esta misma obra por ejemplo hoy.

Por otra parte, las fuentes iconográficas deben ser interrogadas de acuerdo con el problema planteado,

realizando una lectura paralela, con otras ciencias y otras fuentes. En este sentido, la iconología es sólo una parte, indispensable sí, pero incompleta para realmente tomar una imagen como fuente histórica. En este caso específico, siglo XVII, Nueva Granada

e iconografía religiosa, como anteriormente se

anunciaba, plantea otra serie de ciencias y de fuentes históricas que dinamicen la iconografía como fuente histórica, para lograr su verdadera dimensión y no limitar lo visual a una ilustración de un texto. Para el logro del objetivo se utilizaron el estructuralismo figurativo de Gilbert Durand y la teoría sobre la imaginación simbólica del mismo autor, paralelamente con el estudio del contexto histórico.

III

Burke, no duda en escribir que el método iconográfico

e iconológico es indispensable para un historiador

que trabaje con imágenes, pero enfatiza que debe ser trascendido, pues el significado de las imágenes depende de su contexto social. 11 en otras palabras, la imagen por sí sola no es suficiente en la realización de una investigación histórica y menos aún, en una que quiera indagar las mentalidades colectivas. Este método es un primer paso, pero debe estar al servicio

de otras disciplinas, como el psicoanálisis (teoría

del símbolo, arquetipos, imaginación simbólica) el estructuralismo, la teoría de la recepción, la historia social y cultural, que indagan la dimensión y el contexto social en que las obras fueron realizadas. En otras palabras, no se puede llegar al verdadero significado de la imagen, sin comprender a quien iba dirigida y mucho menos, sin analizar la sociedad en

la

que se desarrolló, lo que Baxandal llama “el ojo de

la

época”. De ahí la importancia de ubicar el contexto

histórico- social de las obras que se analizaron. 12 Por lo tanto, además del Concilio de Trento y las razones de este Concilio y de los Catecismos, fue esencial la lectura de otros textos, para comprender las imágenes y lo que ellas expresaban. En este sentido, el estado del arte, fue indispensable para la lectura complementaria de las imágenes, en tanto que en cada uno de los estudios se abordaron diversos problemas implícitos en la iconografía.

El Flos sanctorum de Pedro de Ribadeneira, sacerdote

jesuita, realizado a finales del siglo XVI y publicado en 1601, aportó, además del conocimiento de la vida de los santos, diversos aspectos de la mentalidad de la época, imbuida en lo que Le Goff ha llamado lo maravilloso cristiano, que permite comprender el sentido e impacto, de milagros y maravillas, en las personas que leían el libro u observaban la iconografía. Además de lo anterior, el libro fue una

de las defensas que el catolicismo esgrimió en contra de Lutero y su ataque a la profusión de santos. Con el conocimiento de la situación política - religiosa de Europa y la Nueva Granada y el concurso de la teoría de la imaginación simbólica, se llegó

a comprender la esencia del sentido de exempla

que a la iconografía neogranadina se le dio, así como la representación continua, no sólo de seres fantásticos e imaginados, sino también de situaciones maravillosas imbuidas en el milagro y así comprender la mentalidad de la sociedad neogranadina del siglo XVII. Como la investigación se llevó a cabo desde la historia de las mentalidades, que no puede desligarse del concepto de cultura, entendida ésta “como un conjunto de significaciones” 13 , trasmitidos históricamente “personificados en símbolos, un sistema de concepciones heredadas expresadas en formas simbólicas y por medio de las cuales los hombres se comunican, perpetúan y desarrollan su conocimiento de la vida y sus actitudes con respecto

a ésta” 14 , se necesitó del concurso de otras ciencias, como la antropología histórica y la psicología social, que indaga por los procesos mentales.

11 Catecismo de San Pío V , p. 8

12 Burke. “Iconografía e Iconología”, pp. 45 y ss
13

Cardoso, Ciro, Pérez B, Héctor. “las mentalidades colectivas” en los métodos de la historia, Barcelona, Editorial Grijalbo, 1976, p.

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14 Chartier, Roger. El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural. Barcelona, Editorial, Gedisa 1992, p. 43

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Por lo anterior, dentro de este mismo espacio de

indagación de la mente, se recurrió a la antropología cultural de Gilbert Durand, la teoría del símbolo de Jung desarrollada por Durand 15 y la historia de las religiones de Mircea Eliade, cercano al simbolismo de Jung, quien escribe que “el hecho religioso es

la historia de las religiones no se

limita simplemente a una disciplina histórica,

igualmente una hermenéutica total llamada a explicar

cualquier clase de contacto del ser humano con lo

sagrado”. A partir de estos estudios, se demarcó la función de la imaginación simbólica, la concepción del héroe, del monstruo, del inconsciente colectivo

o de los arquetipos, así como la comprensión de los

regímenes antagónicos latentes en la iconografía y en los documentos escritos. Estas teorías permitieron un acercamiento conjunto, tanto a las fuentes iconográficas como escritas, como lo fueron las obras literarias neogranadinas. La teoría de Durand sobre la imaginación simbólica 16 , marcó el derrotero teórico para el análisis de las obras, no sólo iconográficas

un hecho vivo (

es

),

sino escritas. Durand establece tres funciones de la imaginación simbólica, que consisten en restaurar el equilibrio vital, el psicosocial y el antropológico. En términos generales la fabulación, (equilibrio vital) da

a la mente esperanzas (eufemizaciones que pretenden

hacerle al hombre menos dura su vida) ante el inevitable fin de la muerte y el horror que ésta causa. Esto resultó esencial para efectos de la investigación,

pues al tratar con formaciones fantásticas (seres,

situaciones y lugares fantásticos, cielo, purgatorio

e infierno) se está ante fabulaciones, que tienen su

origen en el terror que el hombre siempre ha sentido hacia el fin. Por eso la mente crea seres fantásticos, benéficos o maléficos, doctrinas que prometen vida eterna, seres que por sus acciones heroicas siempre están salvando al hombre de una muerte eterna.

Además del papel vital de la imaginación simbólica, ésta tiene un papel de equilibrio social que está presente en las sociedades y que es trasmitido por la acción pedagógica. Cada sociedad tiene sus símbolos que actúan como equilibradores que de acuerdo con diversos movimientos, llamados diástoles y sístoles, permiten que una determinada sociedad tenga estructuras simbólicas que le faciliten evolucionar. Por eso la importancia de situarse en el lugar de producción de lo que se va a investigar, pues claramente lo dice el autor, los sistemas simbólicos se transforman y es desde esta transformación que en

De la mitocrítica al mitoanálisis, Durand estableció la metodología de análisis considerando los mitos (teoría del símbolo de Jung y estructuras antropológicas del imaginario), desde una perspectiva histórica puntual, esto es, desde el contexto de producción de las obras, lo que permite comprender el sentido y el mensaje de ellas en determinadas épocas. En tal sentido se aunaron el estructuralismo figurativo, la historia de las mentalidades y la metodología de Burke, para el abordaje de la iconografía como fuente histórica.

En De la mitocrítica al mitoanálisis, Durand establece diversos aspectos de las obras y la configuración de las estructuras de ellas. A partir de la investigación que realiza, pone de manifiesto las estructuras simbólicas que se hacen presentes en un lienzo o en una novela, establece zonas de explicación para una obra, el tema que engloba los conceptos sociales y el estereotipo, el estilo (iconografía e iconología) y, por último, el régimen de la imagen que viene dado por motivos simbólicos, que indica las inclinaciones imaginarias subjetivas del autor. A través del análisis de sus obras, sobre todo aquellas que están cercanas al ambiente de la Reforma y de la Contrarreforma, se dejan entrever los miedos en un mundo cambiante, plasmados por figuras fantásticas como es el caso de las obras del Bosco o de Durero. Definitivamente es un estudio esencial en tanto que no deja de lado el ambiente social del artista y de las obras,

realizando un estudio interdisciplinario entre historia

e imaginarios, develando cómo el miedo se expresa

plásticamente. Durand ha llamado a su método de análisis estructuralismo figurativo, recurriendo a la historia, historia comparativa de las religiones, antropología y simbología.

El método anteriormente expuesto, posibilita que

a través del símbolo y del mito, (de la imaginación

simbólica) como estructuras simbólicas inherentes al ser humanose puedan leer e interpretar las imágenes desde su condición histórica, sin olvidar su constitución simbólica: es decir, Durand recoge dos momentos del mito: El trascendente, como formaciones arquetípicas y, el puntual, desde el contexto histórico (historia de las mentalidades e imaginarios así como de los fenómenos de larga o mediana duración), para explicar por qué ciertas formaciones, más si estas están en el terreno de la imaginación simbólica, perduran a lo largo de períodos medianos o largos de tiempo. Por ejemplo, las

15 Es la definición que de cultura realiza C. Geertz, citado por Chartier, en El mundo como representación, pp. 43-44

16 Durand, Gilbert. De la mitocrítica al mitoanálisis. Figuras míticas y aspectos de la obra, Barcelona, Anthropos, Editorial del Hombre, 1993, pp. 17-18. Aunque Durand no da una definición cerrada y única del símbolo, pues contraría su esencia toma “tres caracteres” que delimitan su comprensión: “Primero el aspecto concreto (sensible, lleno de imágenes, figurado, etc.) del significante; luego su carácter optimal : es el mejor para evocar (dar a conocer, sugerir, epifinizar, etc.) el significado; y por fin, este último es <algo> imposible de percibir> (ver, imaginar, comprender, etc.) directamente o de otro modo. De hecho el símbolo es un sistema de conocimiento indirecto en el que el significado y el significante anulan más o menos el <corte> circunstancial entre la opacidad de un objeto cualquiera y la

Le pedimos precisamente que dé un <sentido> es decir, más allá del campo de

transparencia un poco vano de su <significante> (

la expresión, que, dicho de algún modo, nos haga una <señal>”.

)

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imágenes de San Miguel arcángel, pueden analizarse

y de los destinos, aclara a posteriori la genética y la

los que dinamizan las civilizaciones.” (

)

En realidad

y Su Vida y Jerónima Nava autora de su autobiografía,

desde su condición arquetípica de héroe que lucha

recluida en Santa Fe de Bogotá 21 , así como los escritos

contra monstruos o seres que desean causarle daño

de Pedro Solís y Valenzuela, El desierto prodigioso

al hombre y desde su condición histórica, sin que ninguna de las dos se excluyan, antes al contrario, se complementan. A este respecto Durand escribía: La dinámica del símbolo que el mito constituye y que consagra a la mitología como <madre> de la historia

mecánica del símbolo” 17 La historia, prosigue, se puede entender desde el espacio del mito. En otras

y el prodigio del desierto y de Hernando Domínguez Camargo, San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Poema Heroico 22 , así como algunos testamentos del siglo XVII, todas fuentes íntimas de la imaginación simbólica y resultantes del discurso eufemizador de la doctrina cristiana.

A través del discurso de estas fuentes escritas, se

palabras son las estructuras simbólicas, los arquetipos

realizó la lectura paralela de La Biblia y esencialmente del Catecismo de Trento, para ir comprendiendo

es el mito el que hace referencia última, a partir del cual la historia se puede entender y «el oficio de historiador» es posible, y no al revés. El mito va por delante de la historia, da fe de ella y la legitima,

el programa salvífico inmerso en las imágenes.

Esto planteó básicamente una lectura conjunta entre escritura e imagen. Los artículos del Credo, fundamento de las creencias católicas, dieron el

del mismo modo que el Antiguo Testamento y sus

derrotero del problema, para determinar las promesas

«figuras» garantizan para un cristiano la autenticidad

de

la doctrina cristiana, que se tradujeron en deseos

histórica del Mesías” 18 .

y,

por supuesto, en miedos del hombre. Luego, esa

En ese sentido, en un aclarador estudio sobre los arcángeles en el arte de los Andes, realizado por Ramón Mújica P, establecía el autor una intimidad entre Miguel Arcángel y la monarquía española,

lectura se amplió con las otras fuentes escritas: el Flos sanctorum de Ribadeneira, los escritos de Solís y Valenzuela, de las monjas clarisas y de Hernando Domínguez Camargo, apoyados siempre por el Arte de la pintura de Francisco Pacheco, en tanto en

de la cual el Arcángel era el patrón desde tiempos anteriores a la conquista 19 . Es menester también recordar que es a partir del siglo XIV que este Arcángel será representado iconográficamente con

éste, se enseñaba cómo se debía pintar un asunto para que impactara o conmoviera a las personas. El estudio de algunos testamentos, así como de obras con donantes, clarificaron la mentalidad de

vestido de guerrero, lo que denotaba el ambiente

la

sociedad del siglo XVII, todo ello amparado por

bélico que ya se cernía sobre Europa 20 . A partir de esta

la

teoría de la imaginación simbólica y el método

concepción, se hace posible una mayor comprensión

del estructuralismo figurativo. Esto permitió tomar

del arte híbrido fantástico de la Colonia, sobrepasando

de las fuentes iconográficas puntos esenciales para

por mucho su mero carácter evangelizador.

ir

develando qué miedos o deseos se filtraron en

 

IV

las obras; el asunto, el tema, la composición, la simbología de los elementos allí presentes y, por

Para ampliar el camino en la interpretación de la iconografía y simbólica neogranadina, se tomaron los escritos de dos monjas clarisas; Josefa de Castillo recluida en Tunja y autora de los Afectos espirituales

supuesto, cada uno de los personajes representados, fueron interrogados. Se develaron de acuerdo con el Catecismo y con las promesas del cristianismo, qué querían exponer y por qué estuvieron presentes en las imágenes.

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Durand. La imaginación simbólica. Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1968. Segunda Edición.

Durand. De la mitocrítica al mitoanálisis, p. 34

Durand. De la mitocrítica al mitoanálisis, p. 33

Mújica Pinilla, Ramón. Ángeles apócrifos en la América virreinal. Lima, Fondo de cultura Económica. 1996. Segunda edición. En

este interesante libro, el autor investiga por qué hubo tantos arcángeles apócrifos en la pintura virreinal de los Andes. Establece el antiguo culto angélico de los 7 arcángeles (espíritus nombrados en el Apocalipsis) Miguel, Rafael, Gabriel, Uriel, Seactiel, Barachʼel

y

fresco en la iglesia de San Angel en Palermo donde aparecen los 7 arcángeles y robustecida por la contrarreforma de la mano de los Jesuitas. Para 1523, en Palermo se dedicó una iglesia a los arcángeles, bajo el mecenazgo de Carlos V. Es importante mencionar que en la pintura neogranadina se representaron todos estos arcángeles más otros también apócrifos. Según Pinilla, citando al jesuita Eusebio de Nieremberg (1595-1658) “desde los orígenes mismos de la monarquía católica los reyes

Geudiel, como la fuente primaria de este culto, revalorizada durante el Renacimiento debido al descubrimiento en 1516 de un

europeos flamearon la bandera del Arcángel San Miguel para combatir la idolatría, los visigodos españoles abdicaron de su arrianismo

el

ángel por la labor catequética que se iniciaba bajo su patrocinio”. p. 29. Recordemos a este respecto, también la figura casi mítica de Santiago, patrón de España y su intercesión en la batalla de Clavijo, para establecer la importancia de la arquetípica figura del héroe

cristiano en tierras españolas y por ende en las colonias.

El libro de Mújica, resalta de nuevo el culto angélico que había sido olvidado, basándose en el Apocalipsis de Juan. En suma Pinilla, establece los estrechos vínculos que la monarquía española, en cabeza de Carlos V y Felipe II tenía con el nuevo culto angélico, que por supuesto llegó a estas tierras. A través del Patr