Sie sind auf Seite 1von 8

La fundamentación

del bien moral.


Ética
Los bienes y el Bien.
• ¿Qué es el bien?
• He aquí la gran pregunta de la ética clásica, y de la moral en
general.
• Esta pregunta se impone necesariamente en la reflexión ética
para poder discernir con exactitud qué acciones son correctas
y lícitas y qué acciones incorrectas e ilícitas.
• En toda sociedad o comunidad de personas más o menos
organizada existe una idea de Bien acrítica, es decir,
prerreflexiva, sobre la que se fundan las costumbres y las normas
que todos siguen.
• La ética clásica y aristotélica es conocida como “ética eudaimonista” o “ética de bienes”
ya que parte del supuesto de que la acción humana tiende a un bien último.

• El bien se define como aquello que apetecemos por sí, que resulta honesto y deleitable, y
que por tal, atrae nuestra voluntad. Lo querible en sí. El bien es el objeto de la voluntad.

• Existen, vemos en nuestra experiencia, distintos tipos de bienes: bienes materiales,


culturales y espirituales. Bienes perecederos y efímeros, y bienes inmateriales y
permanentes.

• En nuestra experiencia vemos que los bienes alcanzables y apetecibles son “bienes en
vista de…”, es decir, no son el Bien que colma nuestra ansia de bien, sino que son bienes
intermedios o parciales respecto de lo que aparece como un Bien último o final.

• El Bien último o final no es un bien ideal, separado de este mundo, sino un Bien para el
hombre, pero que por ser último es un bien “saciativo”, cuya posesión le otorga al ser
humano todo aquello que él buscaba como plenitud para su vida.

• A este Bien último, dice Aristóteles, lo llamamos “eudaimonía”, es decir, “felicitas”, esto es
felicidad.
Ahora bien:
¿Y qué es la
felicidad?
Esta también es una gran pregunta de
la moral y de la existencia humana.
Aristóteles dice que las personas
comúnmente confunden la felicidad
con:
- El placer.
- La fama y el honor.
- La riqueza.
• Pero dice Aristóteles dice que la felicidad no puede estar en ninguno
de estos elementos de la vida porque justamente ellos son bienes
parciales o intermedios, es decir, una vez que el hombre los posees,
desea más.
• Por lo tanto, qué nos dice ¿cuál es la felicidad?
• Responde Aristóteles: en la función (“Érgon”) del hombre.
• Así como las demás cosas tienen una función, por ejemplo, la flauta
tiene la función de hacer melodías, el hombre debe tener también
una función a descubrir.
• ¿Y en dónde descubrimos la función del hombre? En la naturaleza
humana.
• La naturaleza humana consiste en tres niveles de vida:
– Vegetativo: el nivel más básico de la vida en donde se dan las funciones
relativas a la nutrición y supervivencia. (Se comparte con los vegetales)
– Sensitivo-perceptivo: el nivel de la sensibilidad perceptiva del mundo y las
cosas. (Se comparte con los mamíferos).
– Racional: nivel de lo intelectual y “espiritual”. Específico del ser humano.
El último nivel de la vida es el que define la función (Érgon) de la vida
humana.
Por tanto, el Bien Último de la vida humana según su naturaleza es todo lo
que tiene que ver con la actividad racional.
Aristóteles lo llama la “contemplación de la verdad”.
• La felicidad no es un sentimiento.

• La felicidad no es un estado.

• La felicidad es una actividad, que depende de la voluntad y también,


y sobre todo, de la razón (logos)

• La felicidad tiene que ver por tanto, con una vida que promueve lo
racional y que no atenta con otra esta dimensión de lo humano. De
ahí que lo malo se lo suela llamar vulgarmente “irracional”.

• La felicidad está relacionada también con una vida de acuerdo a la


virtud, ya que la virtud articula la vida racional del hombre.
• Aristóteles postuló que son pocos los hombres que alcanzan la
felicidad en esta vida.
• Por lo que dos siglos después de su enseñanza, los escuelas filosóficas
helenistas proponen otra fundamentación del Bien Último y por tanto
de la felicidad.
• Epicuro propone que la felicidad pasa por el placer (hedoné), y por la
evitación del dolor. Un placer inteligente y moderado. De ahí que esta
filosofía se llame hedonista.
• Zenón de Citio propone como felicidad el ideal de la ataraxia, que se
puede definir como la imperturbabilidad del alma y la ausencia de
inquietud y preocupación. Para esto proponen una vida alejada de
los placeres sensibles, solitaria y abocada a la meditación intelectual.
Esta escuela se la conoció como el Estoicismo.