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SPRACHPHILOSOPHIE

Filosofía del lenguaje


(Recop.) Justo Fernández López

Vgl.: Sprache / Gehirn und Sprache / Sprache und Realität

„Zwar ist und bleibt die Sprache Gegenstand zahlreicher Wissenschaften und auch der Philosophie,
etwa der philosophischen Anthropologie. Damit sie das aber sein kann, damit es überhaupt
vernünftige Erforschung von Gegenständen geben kann, müssen wir „immer schon“ sprechen. Die
Sprache ist, mit Kant zu reden, „Bedingung der Möglichkeit jeglicher Wissenschaft und
Philosophie. Sofern die Kantische Vernunftkritik als Untersuchung der Möglichkeit jeglicher
Erkenntnis „Transzendentalphilosophie“ hieß, ließe sich also sagen, dass die Sprachkritik das Erbe
der Kantischen Transzendentalphilosophie anzutreten hat.“
[Kamlah, W. und Lorenzen, P.: Logische Propädeutik. Bibliographisches Institut Mannheim u. a.,
²1973, S. 14-15]

[Mind Map erstellt von Justo Fernández López, nach Kuno Lorenz 1971: 32]

„Sprachphilosophie, jener Teil der Philosophie, der die Sprache nach Ursprung, Wesen,
Funktion u. a. untersucht. Die Sprache, die dem Menschen „natürlich“ (physei) ist, ist dennoch
nicht angeboren, sondern erlernt, sie beruht in vielem auf bloßer Übereinkunft, Konvention (ist
zugleich thesei), u. sie ist zudem immer »Muttersprache“, d. h., es gibt das Phänomen u. Problem
der vielen Sprachen.
Während das Alte Testament dies mit der Erzählung von der babylonischen Sprachverwirrung
erklärte u. die griech. Antike das Problem durch den Begriff des „Barbaren“ beiseite schiebt (es gibt
eigentlich nur eine Sprache: Griechisch), wird die Vielheit der Sprachen im Gefolge Humboldts als
Ausdruck einer Pluralität von Weltansichten gedeutet (u. es schließen sich an das Problem des
Übersetzens von einer Sprachwelt in die andere u. die Frage der Hermeneutik, der Auslegung
sprachlicher Denkmäler als Weltphänomene).
Da zu einer Welt (auch u. gerade einer geschichtlichen) die Ganzheit und d. h. auch
Geschlossenheit gehört, erscheint von daher die Sprache in einer Doppelfunktion: sie eröffnet zwar
Welt, schließt aber darin auch ein dadurch, dass sie das je verschiedene materiale „Apriori“ dieser
Welt nicht mehr deutlich macht, jedenfalls nicht im objektsprachlichen Bereich. „Sprachkritik“ als
Aufdeckung dieser strukturbedingten Verbergungstendenz ist daher ein wesentliches Thema der S.
– u. dass sie selbst wieder als Sprache geschieht, ist ein Zeichen für deren Reflexions‑Möglichkeit:
Sprache spricht nicht nur über Dinge, sondern auch – als »Metasprache“ – über sich selbst, aber
freilich ohne aus sich heraus u. „hinter sich“ kommen zu können. Insofern alles Denken u. alles
Gedachte nur in u. als Sprache u. Gesprochenes (im weitesten Sinn) erscheint, konnte S.
zunehmend den Rang einer ersten Philosophie“ (Fundamentalphilosophie) einnehmen, den im
Anschluss an Aristoteles stets die Ontologie beansprucht hatte. Neben die klassische S. sind heute
sprachanalytische Philosophie u. ihre Fortbildungen getreten.“
[Müller, Max / Halder, Alois: Kleines Philosophisches Wörterbuch. Freiburg, Basel, Wien: Herder,
1988, S. 294-295]

„La Filosofía del lenguaje adoptó desde finales del siglo XIX un talante claramente terapéutico
frente a los enredos de la Filosofía anterior. Todos sus defensores han pretendido utilizarla para
alcanzar con ella un punto de partida libre de prejuicios engañosos. En unos casos se la concibió
como puerta de acceso a los auténticos fenómenos que hubieran quedado soterrados bajo
especulaciones más o menos gratuitas. [...]
El problema del lenguaje no es tan reciente como pudiera parecer. Platón ya lo planteó en el
Cratilo, convencido de que la institución de las palabras tiene algo que ver con la esencia de las
cosas. Y sus argumentos ponen de manifiesto que se movía entre discusiones frecuentes en su
tiempo. [...] Se puede advertir que la distinción entre el ser y los aspectos opinables de las cosas,
que constituyen el eje de la filosofía de Parménides, depende del hecho de que aquél es dicho con
rigor y necesidad, mientras que los segundos sólo son expresados mediante nombres que las gentes
deciden ponerles de acuerdo con criterios más o menos probables. El núcleo de la ontología de
Aristóteles, lo que se ha denominado su «analogía del ente», está vinculado a la tesis de que «lo
ente se dice de muchas maneras». [...] Los estudios filosóficos del lenguaje se presentaron
adosados a investigaciones más amplias sobre la conducta humana y su mundo. Los filósofos
creyeron más importante ocuparse de la mente o del espíritu del hombre y de los seres que llenan
el Universo que de su expresión verbal. [...] Sólo en las postrimerías de la Edad Media la situación
cambió: los problemas del lenguaje crecieron, devorando los restantes problemas antropológicos y
ontológicos o supeditándolos a las cuestiones de la «Gramática especulativa». [...] El siglo XIX
protagonizó una de las crisis más profundas que ha padecido la Filosofía: la de la concepción del
mundo y del hombre que iniciaron mucho antes Platón y Aristóteles, resucitada por los medievales
a su manera. [...] Se hizo tremendamente problemática la constitución del hombre, pues no era
fácil compaginar la noción del alma, como «acto primero del cuerpo físico orgánico», con la de un
intelecto que, a fuer de espiritual, parecía recabar una dignidad extracorpórea. [...] El platonismo
había inyectado en la teoría del conocimiento de Aristóteles la presunción de que las ideas
representan la razón de ser de las cosas, su esencia racional. Pero un balance riguroso de lo que
conocemos realmente del mundo físico (efectuado por Tomás de Aquino) puso en evidencia que
esas esencias nos son desconocidas en su índole absoluta, que sólo son supuestas a partir de los
accidentes que nos ofrecen las cosas. Y de estos accidentes el aristotelismo medieval había
menospreciado precisamente los que mejor nos podían dar un conocimiento racional de la
realidad, las relaciones cuantificables. Tal vez todo ello obedecía al monadismo de la noción
aristotélica de esencia, es decir, al hecho de que la concibió como una razón de ser instalada en
cada uno de los individuos y determinante de sus propiedades «desde dentro». El curso posterior
de la Ciencia ha puesto de manifiesto que las relaciones son un elemento fundamental para nuestra
comprensión del Universo. [...] A los teólogos medievales, recelosos de la síntesis del aristotelismo
con la Revelación mosaica y cristiana, no les fue difícil descubrir las insuficiencias del aristotelismo
para explicar lo que fuese el hombre y su mundo.
En resumen, se trataba de una crisis que afectaba seriamente a dos de los vértices del triángulo
semántico (palabras, conceptos y cosas) establecido por Aristóteles. [...] Es posible que las
especulaciones gramaticales de los autores del siglo XIV y XV se extralimitasen en sutilezas y
alambicamientos, despertando las críticas de los humanistas. [...] De hecho los nominalistas del fin
de la Edad Media reemprendieron la tarea de recuperar lo que fuese el hombre y el mundo a partir
de las palabras que median entre ambos. Pero sería demasiado largo indagar cómo se fraguó desde
aquellas Gramáticas especulativas la nueva concepción de lo humano y lo cósmico que alcanzó un
claro perfil en el siglo XVII.
Por de pronto, este rápido examen puede sugerirnos la posibilidad de que la euforia que ha
alcanzado en el siglo XX la Filosofía del lenguaje se deba a algo similar a lo que motivó su
precedente histórico en el siglo XV. [...] Si intentamos trazar un esbozo de los procesos filosóficos
que pudieron conducir al boom de la Filosofía del lenguaje de nuestro siglo [XX], se podría decir
que todo ocurrió porque los nuevos tiempos se mostraron en ciertos aspectos demasiado fieles al
esquema semántico de Aristóteles: aunque lo corrigieran en sus determinaciones concretas,
mantuvieron su esquema triádico semántico. Aceptaron que las palabras son signos que responden
a procesos mentales que se producen en el «interior» de la razón o del entendimiento del sujeto
que habla y que representan las cosas que se hallan «fuera», en la realidad hablada. Es decir, como
expresión de ideas, imágenes o impresiones subjetivas, las palabras ejercen también, aunque de
forma derivada, la función representativa que esos contenidos mentales poseen con respecto a las
cosas del mundo. [...] La euforia con que se investigaba los vértices antropológico y ontológico del
triángulo semántico produjo un relativo menosprecio para con el vértice lingüístico. [...]
La crisis que decidió el nuevo auge de la Filosofía del lenguaje no se produjo de repente. En rigor se
fue gestando lentamente casi desde los mismos comienzos del siglo XVII, es decir, al compás de la
constitución de la llamada Filosofía moderna. [...] La Filosofía de Kant constituyó una clara voz de
alarma contra la confianza en que es posible un conocimiento riguroso de los procesos mentales
«internos». Los «Paralogismos de la razón pura» constituyen un rotundo rechazo de la Psicología
racional. [...] Cuando volvemos la mirada hacia fuera esa supuesta «interioridad» nos hallamos con
que lo «interior» está volcado hacia fuera y que sólo podemos hallarlo haciendo un examen de los
objetos que forman nuestro mundo. [...] Esa conciencia de que lo mental se ha vaciado en beneficio
de lo otro, de lo objetivo, se agudizará cuando Hegel formule su teoría de la alienación como
estructura fundamental del espíritu: la tensión dialéctica que domina en éste hace que cualquier
proceso subjetivo esté de raíz proyectado en «lo otro», en lo objetivo; se afirma a sí mismo
negándose como entidad cerrada en su propia consistencia, es decir, haciéndose «lo otro», el objeto
que media para su propia realización. De ahí la preculiaridad de la conciencia reflexiva: «la unidad
de sí misma en su ser-otro». [...] Se puede decir que este proceso de disolución de la interioridad
anímica pasa por las críticas de la introspección realizadas por Comte y los conductistas. Y
desemboca en la teoría de la intencionalidad de Brentano y Husserl, que viene a decir que el acto
anímico está de tal suerte proyectado en el objeto que el objeto es el «hilo conductor» que permite
cualquier determinación de lo mental o de lo que sea la conciencia humana.
El siglo XX se enfrentó con una seria crisis en relación con uno de los supuestos que había
mantenido la Filosofía del lenguaje de los tiempos anteriores: el de que las palabras son los signos
visibles de unos contenidos mentales que revolotean por el interior del espíritu y que, a su vez, son
representativos de las cosas exteriores. Al menos en sus primeros decenios, la Filosofía del
lenguaje del siglo XX no se avino fácilmente a una simple eliminación del vértice antropológico en
el triángulo semántico. [...] Desde los tiempos en que Platón adornó la teoría de las Ideas con una
luminosa beatitud, ha prosperado la convicción de que el hombre, por tener ideas, se encuentra
cerca de Dios. Tal vez por ello es posible hallar en los primeros pasos de la Semántica del siglo XX
(e incluso autores tan recientes como Katz y Chomsky) una curiosa tendencia a rehabilitar la teoría
de los contenidos mentales hablados, haciendo del sentido y de la significación de las palabras un
cierto remedo de las clásicas ideas y conceptos, o adaptando abiertamente la hipótesis de que las
ideas dan vida a las palabras, a pesar de que los pensadores que realizaban esa pirueta doctrinal se
proponían depurar a la Filosofía del lenguaje de los viejos mitos. [...]
A primera vista se puede estimar que el vértice ontológico del triángulo semántico (aquello de que
hablamos) no había padecido gran cosa con la crisis kantiana. Es cierto que había visto recortadas
sus pretensiones como cosa en sí, pero había ganado precisión al quedar establecida rigurosamente
su constitución a priori, es decir, los requisitos universales y necesarios que debiera cumplir su
presencia objetiva. [...] El curso posterior de este trabajo pretenderá poner de manifiesto cómo los
apuros de la Semántica del siglo XX proceden, en gran medida, del desajuste entre ese concepto de
objetividad que viene de Kant y lo que son los objetos de que realmente hablamos. [...]
La objetividad kantiana valía sólo para un conocimiento rigurosamente científico. Dejaba fuera de
juego el conocimiento «vulgar» de las cosas, apenas vislumbrado por Kant al mencionar los
«juicios de percepción». Sin embargo, ya Hegel le prestó una mayor atención, al considerarlo como
un estadio inicial en el desarrollo del conocimiento racional que quedaba implicado, aunque
también superado, en el logro de sus etapas ulteriores. A lo largo del siglo XIX ese conocimiento
«vulgar», que no cumplía las exigencias de la objetividad a priori kantiana, fue adquiriendo más
relieve. De hecho protagoniza la Sociología del conocimiento que desplegó Marx. O las filosofías de
la cultura que cultivaron Dilthey, Simmel, Max Weber y tantos otros pensadores. [...]
La crisis alcanzó a lo que, desde Kant, se había aceptado como determinaciones de la universalidad
y necesidad del objeto científico. Se trata de la crisis de la Física clásica que empezó a poner de
manifiesto en los últimos decenios del XIX Ernst Mach y que afectaba tanto a los principios de la
Cosmología newtoniana como al concepto de objetividad que había desarrollado Kant. Pues con la
relatividad de Einstein o la indeterminación causal de Heisenberg y Schrödinger quedaban
malparados tanto el cosmos absoluto de Newton como la validez a priori de lo que Kant había
propuesto como objeto de la razón científica. [...]
Con todo esto se pretende sugerir que el hombre del siglo XX se ha encontrado en una situación
parecida a la que vivió el del siglo XIV. Se le hizo problemático tanto el objeto que es comunicado
por el lenguaje como la entidad mental que éste expresa. Dramatizando la cosa, se podría decir que
experimentó la zozobra de quedarse a solas con las palabras. [...]
Los filósofos del lenguaje de los primeros decenios del siglo XX intentaron reconstruir el triángulo
semántico partiendo del vértice que había quedado a salvo, de las palabras mismas. [...] Lo mismo
en la línea de la Fenomenología iniciada por Husserl, en la de la Analítica del lenguaje anglosajona
o en la del Neopositivismo, estos autores se movieron a impulsos de una desconfianza más o menos
acusada hacia las filosofías de otros tiempos. [...] En cualquier caso, eran movimientos
caracterizados por un manifiesto recelo contra todo lo que no estuviera avalado por la inmediatez
intuitiva, la verificación evidente o la precisión lógica. Se diría que les dominaba un afán similar al
que formuló Ockham cuando rechazó toda multiplicación innecesaria de entidades o al que animó
su navaja rasurante de excesos teóricos de sello idealista.
Sin embargo, la situación cambió sensiblemente a partir del decenio de los años 20. Ese recelo ante
toda construcción doctrinal se acentuó de tal forma que puso en cuarentena los mismos intentos de
recuperar lo mental y lo objetivo a partir del análisis de las simples palabras. No pretendemos decir
con ello que todos los pensadores coinciden por completo en este movimiento que podríamos llama
«nominalista». Los fenomenólogos posteriores a Husserl escapan de ese nominalismo en la medida
en que respetan la contribución del objeto en la explicación de fenómeno lingüístico. En cuanto a
Wittgenstein, es bien sabido que su pensamiento varió sensiblemente a partir de la etapa del
Tractarus y que en la que le siguió su nominalismo se agudizó dejando fuera de juego
prácticamente la consideración de lo objetivo. En líneas generales se puede decir que los analíticos
del lenguaje anglosajones que le siguieron agudizaron ese nominalismo. Menos clara ha sido la
situación en el campo neopositivista y de los pensadores afines que han prestado una atención
preferente a los lenguajes formalizados. En definitiva, lo objetivo tuvo siempre entre ellos un valor
problemático en tanto que fue concebido como una resultante de los procesos verificadores regidos
o programados por los lenguajes formalizados que eran un producto del dinamismo verbal que los
instituye. En cambio, los neopositivistas se mostraron más propicios a respetar lo mental en la
medida en que dieron por bueno que el sentido o la significación son algo que tiene vigencia tras las
palabras cuando éstas con emitidas.
Algunos pensadores, como Katz y Chomsky, han mostrado un claro desinterés por la inclusión de lo
objetivo en el estudio del lenguaje; en cambio, han apelado a un neocartesianismo al rehabilitar de
alguna manera la contribución de lo ideal en la actividad lingüística. Quine, en cambio, podría
situarse en las posiciones avanzadas de lo que hemos llamado el «nominalismo» del siglo XX:
aunque su rechazo de toda apelación al sentido o a la significación como contenidos mentales va
acompañado de una aparente consideración positiva del objeto hablado, se nos permitirá insinuar
la sospecha de que en rigor sus análisis dejan intacta la cuestión de lo que sean propiamente los
objetos de que hablamos. Algo similar se podría decir de Austin y de Strawson. [...]
Se nos permitirá que nos limitemos a enunciar la mera sospecha de que, en general, cunde por los
círculos que se ocupan del lenguaje en lo que va de siglo una excesiva atención hacia el elemento
verbal que constituye parte del fenómeno lingüístico, en perjuicio de los ingredientes mentales y
objetivos que concurren en él. [...] Estamos convencidos de que una Filosofía del lenguaje no puede
prescindir de tomar posición ante lo que hemos venido llamando «el triángulo semántico». No se
puede dilucidar lo que sean las palabras en uso, el lenguaje que se realiza en concreto en nuestra
vida colectiva, sin aclarar lo que sea el sujeto parlante en tanto que pasea algo así como una mente,
una conciencia y una razón que se exprese con las palabras y que las anime, y lo que sea el ámbito
de los objetos que son comunicados por ellas.”
[Montero, Fernando: Objetos y palabras. Valencia: Fernando Torres, 1976, pp. 9-29]

“Filosofía del lenguaje
Los lingüistas se han centrado, casi siempre, en el análisis del sistema lingüístico, con sus formas,
niveles y funciones, mientras que la preocupación de los ‘filósofos del lenguaje’ fue más profunda o
abstracta, interesándose por cuestiones tales como las relaciones entre el lenguaje y el mundo, esto
es, entre lo lingüístico y lo extralingüístico, o entre el lenguaje y el pensamiento. De los temas
preferidos por la ‘filosofía del lenguaje’ merecen ser destacados el estudio del origen del lenguaje, la
simbolización del lenguaje (lenguaje artificial) y, sobre todo, la actividad lingüística en su
globalidad, y la semántica en particular, la cual en la ‘filosofía del lenguaje’ aborda las
designaciones y la llamada semántica veritativa. Se encuadran, entre otros, dentro de la ‘filosofía
del lenguaje’, los trabajos de John Locke, Frege, Bertrand Russell, Wittgenstein, Quine y también
los de Austin, Searle y Grice.”
[Alcaraz Varó, Enrique / Martínez Linares, María Antonia: Diccionario de lingüística moderna.
Barcelona: Editorial Ariel, 1997, p. 230]